martes, 27 de diciembre de 2011

LIBROS - El Matadero, de Esteban Echeverría, ilustrado por Marcia Schvartz y Fernando Bedoya: El olor de la historia en tiempo presente

En el mundo todo tiene un comienzo más o menos certero, pero los finales, aunque imposibles de evitar, siempre son impredecibles. A punto de culminar el año, el sello editorial Edhasa acaba de publicar una nueva versión ilustrada de El Matadero, famoso relato de Esteban Echeverría que para gran parte de los historiadores y del mundo académico marca el comienzo del cuento como género dentro de la literatura argentina. El libro parece llegar justo a tiempo, antes de acabar este 2011 en que se conmemoraron los 160 años de la muerte del escritor, ocurrida en 1851, durante su exilio en el Uruguay.
Esta nueva versión del relato viene acompañada por el trabajo de dos importantes artistas plásticos: Marcia Schvartz y Fernando Bedoya. Sus ilustraciones, en impactante blanco y negro, son un trabajo de montaje realizado a partir de adaptaciones gráficas del cuento de Echeverría que otros realizaron previamente. Otros mataderos que conforman un arco estético de artistas muy disímiles y que va de Alberto Breccia y Héctor Germán Oesterheld a Honorio Pueyrredón o Juan Carlos Castagnino, entre otros. El resultado es una masa claroscura que consigue revivir, quizá por primera vez, el clima empastado y sudoroso de aquella Buenos Aires como un pantano; el aire irrespirable del matadero, saturado de sangres arrancadas de manera bestial. Y, sobre todo, el ominoso clima político que, aunque desde una perspectiva claramente clasista y despectiva, representa una de las miradas posibles sobre el período rosista.
A estas imágenes Schvartz y Bedoya las agrupan bajo el nombre de Trans-Grafías, objetos gráficos que de algún modo vienen a representar para la vista aquello que tan bien ha descrito Echeverría con palabras. Manchar, cortar, invertir, desgarrar, borrar, tachar, superponer, pegar, son algunas de las operaciones y técnicas que Bedoya reconoce en su breve texto de presentación para describir el trabajo realizado. El lector no puede sino sentir que todas ellas anticipan el relato salvaje de los acontecimientos que componen el cuento.
El Matadero cuenta de manera realista la historia ocurrida durante la Pascua de algún año de la década de 1830, en una Buenos Aires azotada por una inundación que provocó una escasez de carne, alimento que, aunque prohibido por la Iglesia en esos días de recogimiento y penitencia, sin embargo era consumido sobre todo por las masas populares. Echeverría no ahorra ejemplos, con la ironía como principal recurso, para hacer evidente la tensión entre federales y unitarios, relacionando a los primeros con la Iglesia, institución ya por entonces cuestionada por la otra facción, de raíz claramente liberal. Un emergente de la famosa dicotomía entre civilización y barbarie, sobre la que pocos años después profundizará Sarmiento en su Facundo.

Luego de detallar con evidente desprecio el clima popular que reinaba dentro del matadero, donde todo es descrito de manera atroz, donde abundan las consignas federales entonadas a viva voz y el hambre de las clases populares es visto como una manifestación animal (trabajadores, mestizos, negros y mulatos todo el tiempo son igualados a los perros, con quienes se disputan las sobras de la faena), el relato llega a su punto de quiebre. Un joven pulcro y elegante que acierta a pasar por el lugar es identificado por la gente del matadero como unitario, en virtud de su aspecto “cajetilla” y su barba en forma de “U” (la misma por la que se lo puede reconocer a Echeverría en los retratos que se conservan de él). Atacado sin más razón aparente que esos detalles cosméticos, el joven es agredido y humillado pero mantiene su dignidad con actitudes de desprecio hacia sus agresores.
La idea que Echeverría transmite de la gente del matadero tal vez no sea muy distinta de la que hoy pudiera aparecer reflejada en una hipotética crónica sobre las ferias de La Salada, si esta fuera a publicarse en la sección de Sociales del diario La Nación. Plagada de espanto por las costumbres salvajes de un pueblo al que se mira desde lo más alto de la escalera social. Hay un horror siniestro que es el alma del relato, el horror a la usurpación de los espacios ganados a fuerza de blasones aristocráticos. Miedo al otro, a la diferencia con esos seres ajenos de toda humanidad. Claro que hoy existe el concepto de lo políticamente correcto. Sin embargo El Matadero es eficiente en mostrar con precisión, aun en su absoluta parcialidad, desde la simpatía o el rechazo, los perfiles de las partes en pugna y eso no sólo acrecienta su valor, sino que lo vuelve irremplazable para la historia y la literatura argentina. De igual modo, el destacado trabajo de Marcia Schvartz y Fernando Bedoya resulta un complemento perfecto para dar relieve a aquellas escenas significativas del relato para notar cómo, con más de 170 años de historia como abismo, la literatura sigue ofreciendo hoy el más valioso de los retratos.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 24 de diciembre de 2011

LIBROS - War stars, guerra, ciencia ficción y hegemonía imperial: La literatura, arma de destrucción masiva

Desde el origen mismo del lenguaje, el hombre se ha venido cuestionando cuál es el poder de las palabras. Poetas, semiólogos, narradores, filósofos se han hecho la pregunta y obtenido enormidad de respuestas. Sin hacerla expresa en ningún momento, el libro War Stars, guerra, ciencia ficción y hegemonía imperial, del norteamericano H. Bruce Franklin, consigue responderla del mejor modo: hablando de otra cosa, pero con una contundencia que no deja espacio para la duda.
En su libro, Franklin recorre con detalle la historia de las ficciones bélicas estadounidenses desde finales del siglo XVIII, para demostrar de qué modo las manifestaciones de la cultura popular (en particular la ciencia ficción) han sido un instrumento eficaz para premoldear escenarios futuros favorables a las estrategias de política exterior, de dominación bélica e imperio económico de los EE UU. El recuento literario que realiza Franklin es exhaustivo e incluye clásicos como Washington Irving, Mark Twain y Jack London, pero también nombres importantes de la Ciencia Ficción, desde el inevitable Philip K. Dick a Clifford Simack, Robert Heinlein o Theodore Sturgeon. O autores que exceden dicho género, como Ray Bradbury y Kurt Vonnegut; un best seller como Tom Clancy, y siguen las firmas. Puede decirse que, de algún modo, War stars hereda, retoma y actualiza algunos conceptos desarrollados por Ariel Dorfman y Armand Matelartt en Para leer al Pato Donald.
De ahí concluye que la literatura fantástica ha sido utilizada de manera permanente para instrumentar la idea de una amenaza externa, un invasor, un enemigo de la libertad que los EE UU, en su carácter de policía de los valores más nobles, deben derrotar y hasta eliminar por completo de la faz del planeta. Este enemigo ha ido mutando de identidad a lo largo de la historia y su variable de cambio han sido los distintos intereses de la nación del Norte. Fue España a finales del siglo XIX, cuando los
EE UU le disputaron y arrebataron las más estratégicas de las colonias ultramarinas que el decadente imperio todavía conservaba: Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Ha sido el “terror amarillo” en los momentos en que necesitaban hacer fuerte su posición en el Pacífico, período que concluyó con una devastadora demostración de poder en Hiroshima y Nagasaki. Lo fue transitoriamente la Alemania nazi, pero sobre todo la Unión Soviética, la “amenaza roja”, némesis absoluta en la carrera nuclear. Sin importar el enemigo eventual, para cada ocasión la literatura ha aportado novelas, cuentos o folletines por entregas publicados en diarios y revistas, que cimentaron el encono con aquellos que más tarde acabarían siendo enemigos reales. En el centro de cada una de estas fantasías de guerra futura se encuentra el santo grial de la tecnofilia norteamericana: el sueño de la súper arma.
La idea de hallar el arma suprema, aquella cuya concepción garantizaría la paz definitiva, pacificadora más por coerción que por convicción, por sometimiento antes que por consenso, es un anhelo que nace junto con la nación a fines del siglo XVIII, con los primeros intentos de Robert Fulton por crear un barco submarino. Esa es la primera escala en la línea de tiempo trazada por Franklin en su libro. Luego vendrán las máquinas voladoras, las bombas cohete, los rayos destructores y, varios años antes de su concreción, las bombas atómicas y la guerra espacial. Documentales como Pax Americana y la conquista militar del espacio (2009), de Denis Delestrac, o films clásicos como Doctor Insólito (1964) de Stanley Kubrick, donde Peter Sellers interpreta tres personajes distintos −entre ellos el doctor del título, una parodia de Werner von Braun, creador de la bomba nazi V2, primer misil de la historia, y padre del programa espacial norteamericano−, aportan interesantes perspectivas a la teoría de Bruce Franklin. De hecho el cine, género narrativo por excelencia de la posguerra, parece confirmar la teoría: ¿alguien quiere hacer la lista de películas previas a la primera Guerra del Golfo que ya le calzaban al mundo árabe la vieja máscara del archienemigo?
La idea del genio salvador es otra figura que se repite en la literatura y que Franklin recoge en War stars. Se trata del héroe, o mejor: el superhéroe, aquel que a partir de un poder único consigue por sí sólo doblegar a los enemigos más infames. Lo más parecido a eso que los norteamericanos tuvieron en la realidad, fueron el mencionado von Braun y, sobre todo, Thomas A. Edison. Edison es el prototipo perfecto del self made man, que en vida aprovechó la creencia generalizada entre sus compatriotas de que él sería capaz de construir la ansiada súper arma. Edison llegó a ser héroe de un folletín, Edison conquista Marte, que comenzó a publicarse en el New York Evening Journal en 1898, el mismo día que el diario publicaba noticias amarrillistas sobre posibles ataques de la flota española a los EE UU. Sin embargo, dice Franklin, las ideas militares atribuidas a Edison no sólo resultaron inútiles e impracticables, sino que generalmente eran ajenas.
“Aunque los gastos militares anuales de los EE UU igualan al del resto de los países del mundo juntos, la ‘defensa’ sigue siendo la prioridad número uno del presupuesto, mientras la salud y la educación pugnan por conseguir migajas.” El libro de Franklin es tan contundente como fascinante y sus argumentos de una lógica tan simple y erudita que es imposible no empatizar con ellos. La prueba definitiva de que la literatura y, en definitiva, la palabra pueden ser armas determinantes en la carrera por la dominación absoluta.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 18 de diciembre de 2011

LIBROS - Colección Tragedias del Rock: John Lennon y Michael Jackson, historias sin final feliz

Para hablar de dos de los más grandes íconos de la cultura popular, como John Lennon y Michael Jackson, tal vez sea necesario remontarse al comienzo de los tiempos, al inicio mismo de la cultura. Desde entonces, siempre hubo dos rostros para clasificar sentimientos y vivencias, además de los relatos que de ellas iban surgiendo. Uno sonriente, aunque no necesariamente alegre: la comedia; el otro demacrado y pesaroso, la tragedia, reflejo de los momentos más oscuros. Con el tiempo, ambas devinieron en símbolo del drama y sintetizan desde los extremos la esencia de todo lo que es humano. La comedia, con su levedad y a veces con un enorme sentido crítico, es la mitad explosiva y risueña aunque no siempre positiva. La tragedia, en cambio, es la expresión de las tristezas más ondas. De las dos, sin dudas esta última es la más perenne, quizás por estar ineludiblemente ligada a la idea del final.
Buena prueba de ello es el Rock, uno de los tantos caminos dentro del laberinto de la música. Como en toda mitología, la tragedia y en especial las muertes trágicas, son las que marcan el pulso dentro de su historia y son una puerta de entrada directa al panteón de los héroes. Un altar que ya suma muchos santos: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Keith Moon, Nick Drake, John Bonham, Sid Vicious, Ian Curtis, Cliff Burton, Kurt Cobain, Layne Stanley, Dimebag Darrell o la recién desaparecida Amy Winehouse, son claros ejemplos de ello. Una lista a la que pude sumarse a los locales Tanguito, Luca Prodan, Miguel Abuelo, Federico Moura y hasta el guitarrista de Heavy Metal Osvaldo Civile.

A partir de esta idea central de reflejar las grandes pérdidas del género, la editorial V&R acaba de lanzar los dos primeros volúmenes de la colección Tragedias del Rock, dedicados a sus mártires más notables: los mencionados Lennon y Jackson. Los dos libros recorren las historias de vida de estos grandes artistas, para tratar de entender cómo es que llegan hasta sus inesperados finales. La colección Tragedias del Rock surge de la idea de recordarlos de manera fiel, pero con una propuesta estética novedosa que le agrega un plus de interés a sus libros.

En primer lugar se trata de narraciones llevadas adelante desde de la historieta. Una decisión acertada, ya que no hay género narrativo más asimilable a la cultura del Rock, tal vez por estar ambas ligadas al universo juvenil. Para ello se convocó a algunos de los principales artistas del género en el país, guionistas y dibujantes que formaron parte del equipo de Andrés Cascioli, dibujante y fundador de la no menos legendaria revista Humor. De esta manera en Un disparo en el umbral, volumen uno de la colección dedicado al guitarrista, cantante y líder de los Beatles, John Lennon, Pablo Maiztegui cumple con las tareas de ser guionista y dibujante. Mientras que en Un thriller en blanco y negro, volumen dos consagrado a Michael Jackson, Horacio Lalia se encarga de los dibujos, y el guión queda en manos de Diego Agrimbau, uno de los autores de Los canillitas, una de las tiras que todos los días ilustra la contratapa de Tiempo Argentino.
Se trata además de libros que combinan con habilmente la realidad que pretenden reconstruir, con elementos ficcionales que funcionan como herramientas para hacer fluir sus relatos. Ambos libros incluyen amplios dossier con discografías, cronologías históricas y una guía de sitios web para profundizar en las figuras icónicas de Jackson y Lennon. Todo esto convierte a la colección Tragedias el Rock, en un material apto no sólo para fanáticos, sino para quienes deseen tener una primera mirada ágil y completa sobre algunos de los músicos populares contemporáneos más notables.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

MUSICA - No todo va mejor con Jorge Schussheim: Monumental y duval


Cuando una canción es capaz de cautivar y captar al mismo tiempo la esencia de la realidad, puede decirse que es perfecta. Si un disco completo consigue con inteligencia, poesía e ingenio, fluir con elegancia de la luz hacia la sombra y del charleston a la tarantela, está condenado a convertirse en inolvidable. Y si además logra atravesar 50 años sin perder ni un poco de filo y mantener su espíritu lúdico, entonces dos cosas ocurren. Primero: se trata de una obra de arte; segundo: si la realidad ha cambiado tan poco a cinco décadas de distancia, estamos en problemas. Seguimos en problemas. Por todas esas razones, No todo va mejor con Jorge Schussheim debería ser un clásico de la música popular argentina reeditado a perpetuidad.
Sin embargo es un disco de culto que apenas conocen los miles de iniciados que han escuchado sus 12 canciones irrepetibles. Monumental y duval.


Para conseguir el disco hacé click con confianza en el nombre del disco.

Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 16 de diciembre de 2011

ENTREVISTA - Bruno Bettati, co director de Cinema Chile: En busca del cine perdido


Ventana Sur, el mercado latinoameri- cano de cine que organiza el Instituto Nacional del Cine (INCAA) y que cada año adquiere mayor importancia, es el espacio ideal para cerrar negocios o promover emprendimientos relativos a la industria cinematográfica. El contexto ideal para conocer los pormenores de Cinema Chile, una iniciativa surgida del esfuerzo conjunto de empresas privadas con el apoyo del Estado chileno. Sus objetivos son de impulsar a la industria audiovisual chilena en el mercado internacional, además de la generación y desarrollo de una marca país que la identifique con altos estándares de calidad. Para ello, el proyecto incluye el apoyo a las películas producidas en su etapa anterior al estreno comercial, cuando las obras recorren el circuito de festivales en busca de soporte y prestigio, y la difusión de los esfuerzos y avances conseguidos. Ventana Sur se presentaba como un foro adecuado para generar lazos con la industria del cine argentino, a la cual se le reconoce cierto liderazgo regional.
Los codirectores de Cinema Chile, Sergio Gándara y Bruno Bettati, pasaron por aquí para cumplir con su trabajo de definir los objetivos y enumerar los logros obtenidos con apenas algunos años de trabajo. Pero un dato contundente parece marcar nos sólo los inicios de este proyecto, sino de la historia del cine en Chile: durante los 17 años que la tiranía encabezada por el general Pinochet estuvo al frente del gobierno, apenas se produjeron ocho películas. Esa etapa representa el grado cero del cine chileno contemporáneo. El retorno a la democracia en 1990 significó una gradual recuperación. Bruno Bettati recuerda ese renacer como “una etapa muy importante, a partir del establecimiento de fondos de apoyo cada vez más concretos.” Aunque recién “en 2004 se estableció un fondo de fomento audiovisual específico para películas.” Bettati ubica allí los primeros pasos firmes en busca de una identidad, ya que “este apoyo ha generado cada vez mayor número de películas; cada vez más técnicos, cada vez más especializados; cada vez más actores y actrices, con cada vez más talento. Se fue sembrando el terreno con un tejido industrial para hacer películas.”

–Sin embargo, dentro de la región, Chile es el país en donde el sistema neoliberal que busca limitar la acción del Estado, ha sido implantado con mayor éxito por las dictaduras de los años ’70 y ’80. ¿Eso representa una dificultad a la hora de comprometer al aparato estatal con acciones directas?
–El Estado chileno, con su precepto neoliberal, nunca negó que hubiera que apoyar la cultura y el cine. Pero sí, y esto es muy neoliberal, se han concentrado todos los esfuerzos en los subsidios y los apoyos (selectivos todos). Por lo tanto, mecanismos automáticos, incentivos fiscales, impuestos específicos, cuotas: son todas medidas que no son admisibles. Y eso plantea un desafío, porque si un Estado, sea de derecha o de izquierda, se reduce a apoyar el cine a partir de subsidios, eso quiere decir que eventualmente va a tener que pagar el 100% del costo de producción, y eso es inviable. Sobre todo si en medio tienes una crisis económica o un desastre natural: ambas cosas sucedieron en Chile. Por ende el punto de vista neoliberal arraigado en Chile va a tener que complementarse con nuevas ideas.
–¿Es la primera vez que el Estado chileno se compromete en el fomento del cine?
–Chile tuvo tres momentos donde intentó armar una industria cinematográfica: los años ’20, en Antofagasta, y luego entre los años 1942 y ’49, con Chile Films, que posteriormente tuvo una segunda etapa del ’67 al ’73. Este sería el cuarto intento por montar una industria cinematográfica. Lo cual significa que el Estado chileno ha hecho tres veces una inversión fuerte y tres veces la ha despilfarrado. Si algo estamos tratando de hacer ahora es convencer al Estado de que no conviene despilfarrar de nuevo.
–¿Han tenido algún modelo específico para comenzar a trabajar?
–Hay muchos casos que hemos tomado como ejemplo. El mejor de todos es Unifrance, sin dudas un modelo a seguir. Pero muchos países tienen una marca sectorial para promover su cine en el extranjero. La inflexión que creo hemos dado es la de poner al autor y al talento en la primera línea, para dignificarlo lo más posible y ocuparlo como nuestras banderas de lucha.
–¿Dónde está la dificultad y qué se debe hacer para que el talento pueda volverse competitivo frente al arsenal del cine industrial norteamericano?
–Una estrategia clásica han sido los festivales: son la forma más tradicional de resistir a la invasión americana. En gran medida los festivales de cine fueron creados en Europa como herramienta para repotenciar al cine europeo. Porque la exposición mediática que te da selección y eventual premio de una película en un festival, es un márketing que como productor no puedes pagar, que lo obtienes sin tener que financiarlo y te apoyas en él para aumentar la visibilidad de tu obra. Sin duda que los festivales y los mercados como Ventana Sur son claves para poder posicionar mejor nuestras películas.

Puertas adentro

–Uno de los objetivos de Cinema Chile es convencer al público doméstico de que el país produce cine de calidad. ¿Incluir a la televisión forma parte de este intento?
–Sin dudas. Al público doméstico básicamente se lo influye, al menos por ahora, por la televisión. Igual, Chile es un país fuertemente conectado: ya estamos llegando a un 40% de hogares conectados a Internet, así que eso va ir cambiando en la medida en que el espectador es remplazado por el internauta.
–El problema es que a veces el internauta también remplaza al espectador de cine.
–Efectivamente: eso es un problema. Sin embargo no creo que nosotros mismos debamos desnaturalizar nuestro producto. El cine, dentro del mundo audiovisiual, es un producto pensado para la pantalla grande y no para la chica. No importa si es documental o ficción, no importa si está terminado en 35 mm o en video digital; importa que hay ciertos productos que están pensados en relación a esa dimensión y requieren explotar la ventana de pantalla grande, que es donde realmente hay un negocio para el cine. Nunca hay que dejar de lado que la experiencia de la pantalla grande es única e irremplazable.
–Justamente, el espacio del cine como vivencia grupal es una experiencia que de a poco se va debilitando. El cine como experiencia masiva potencia y hasta genera reacciones que no son posibles sino en la sala del cine.
–Estoy de acuerdo y también lamento el descenso en la cantidad de espectadores que van al cine. Pero ojo que ese es un descenso que se puede medir desde varios lados. Porque en rigor, por lo menos en Chile, el cine sigue siendo una actividad recreativa relevante en nuestros países. Lo difícil es convencer a la gente de ver una diversidad de productos audiovisuales y no sólo los que aparecen más mediáticamente. El público se deja seducir por el márketing impactante e invasivo. Eso hace que películas que pueden ser superiores tengan menor llegada a un cierto público.

Artículo publicado originalmente en la sección de Cultura de Tiempo Argentino.