martes, 18 de diciembre de 2007

LIBROS - Seis, de Jim Crace: Cuando la fertilidad es enemiga del deseo.


Existen muchas estrategias a la hora de narrar la vida de un hombre: Seis, novela del inglés Jim Crace, se propone hacerlo desde sus mujeres; más exactamente a partir del relato detallado de los sucesos que indefectiblemente acabaron en cada uno de los seis hijos del protagonista. Porque aunque no lo sepa, Felix carga con una fertilidad irrefutable como una maldición: cada mujer con la que se ha acostado le ha dado al menos un hijo. Él es un actor que se siente incómodo con la realidad -eso incluye su cuerpo-, y todo le resultaría más oportuno si pudiera estar pautado como en un guión, en el que cada personaje se abandonara a las indicaciones de un director omnisciente. La paradoja de obedecer sin dignidad, o ser esclavo de las decisiones tomadas en completa libertad.

A través de los seis capítulos de la novela, Crace hace gala de su gracia para detallar diferencias de género, sobre todo las referidas al deseo y su manifestación. En el hombre aparece como afectado por el síndrome de Korsakov, y así como surge ante el menor estímulo sensible (siquiera es necesario el contacto visual y alcanza con un aroma perdido en una esquina para que el cuerpo despierte), no puede mantenerse más que por un tiempo breve: el que le lleva cruzarse con otra mujer en una calle transitada y mutar en un nuevo deseo. Pero ellas saben que ningún hombre es un observador tan discreto como cree y que más bien es la presa quien acecha al depredador en estos casos. Toda mujer es conciente de que besar a alguien en público equivale a hacer el amor con, al menos, otra docena de tipos. Y no está mal sentirse deseadas.

Escrita con oficio a partir de recursos austeros -aunque sobre el final se perciba un apuro que no se delata en la narración anterior-, Seis parece no buscar otra cosa que entretener, rasgo de honestidad que merece destacarse.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

CINE - La brújula dorada (The golden compass), de Chris Weiz: Acerca de Tolkien, Salieri y Danger Four


En el universo de Lyra, una huérfana internada en una escuela de viejo estilo inglés, las almas, llamadas daemonios, no comparten el cuerpo de las personas, sino que con forma de distintos animales caminan a su lado y dialogan con ellas, en una simbiosis total. Lyra está a cargo de su tío, un eminente profesor que regresa de una expedición al Polo Norte -el reino de los osos- con una teoría escandalosa: ese mundo se conecta con otros paralelos a través del polvo (cuya mención es considerada una herejía) y él intentará llegar a ellos. Así ganará el apoyo y la financiación de la escuela, y la enemistad del Magisterio, un buró que casi como el IngSoc de 1984, o una versión victoriana de la santa inquisición, gobierna a partir de la premisa de que ocultar la verdad es lo más conveniente para un pueblo que necesita que le digan todo el tiempo qué es lo mejor. Cuando el tío vuelva a partir obligando a Lyra a sosegar su innata curiosidad en favor de su propia seguridad, una mujer misteriosa e influyente conseguirá que el rector de la escuela le permita llevarse a la niña como asistente personal en un viaje al Norte. Por alguna razón, el rector no podrá negarse, pero en secreto entregará a Lyra una brújula capaz de revelar la verdad oculta a quien sepa usarla. Y entre el público todos saben que ella lo hará.

Desde que El Señor de los Anillos se convirtiera en el éxito previsto, el Fantasy se ha vuelto uno de los géneros de moda en el cine del nuevo milenio, y si algo puede inferirse de esta generación de Salieris de Tolkien, es que nadie ha sabido crear nada nuevo ni ha tenido más imaginación que él para contarlo. Es cierto que con ese criterio hasta se puede decir que la saga de la Tierra Media tampoco es una creación demasiado original -hija legitima de las mitologías germánicas que tanto amaban el profesor J.R.R y C. S. Lewis, autor de Crónicas de Narnia, otra saga literaria traducida al cine con éxito-, pero queda claro que es de allí para abajo en cuanto a calidad y fantasía, y no hacia arriba, que se han edificado estas otras series, con el sobrevaluado Harry Potter a la cabeza, entre otras. En esa misma línea, La brújula dorada peca de la inocente certeza de que alcanza con una joya secreta y virtuosa, con oponer un poder oscuro a la iluminada bondad, con el diseño de una mitología apócrifa pródiga en tribus de gitanos del agua o brujas del aire, o con esfumar la cultura nórdica detrás de símbolos tan básicos como osos polares con borgeanos nombres islandeses, para que el Fantasy se vuelva convincente. La necesidad de explicar algunas de estas particularidades obliga a que la narración abunde en aclaraciones que sobrecargan un relato ya de por sí artificioso, y puede volverse algo enrevesada para los más chicos.

Es verdad que la suma de todo esto, más un impecable trabajo de creación digital de personajes y escenarios, puede entretener a muchos y de hecho lo hace, pero no alcanza para sorprender. La brújula dorada es dentro del género lo que los Danger Four a los Beatles en el rock: quienes elijan verla de seguro no saldrán defraudados (más allá del abrupto final que promete segundas partes), pero tampoco podrán evitar preguntarse si todo esto ya no lo vieron (y leyeron) antes y mejor.

(Artículo publicado originalmente en Página 12)

jueves, 13 de diciembre de 2007

CINE - La última hora (the 11th hour.), de Nadia Conners y Leila Conners Petersen: La letra con sangre entra


El huracán Katrina ha sido para el sistema social de los Estados Unidos, lo que el ataque al World Trade Center a su sistema político: la pastilla roja que ha volcado in his face una realidad que sólo creían posible en las películas, en la televisión o en el tercer mundo. Sus consecuencias (la peor calamidad natural ocurrida en suelo norteamericano) aun siguen saliendo a flote; no caben dudas de que la ola de documentales concebidos como subgénero del cine catástrofe, es una de ellas. Un síntoma de la repentina conciencia surgida en los sectores más progresistas de la conservadora sociedad norteamericana, que, tarde, vienen a darse cuenta de lo que su cultura del consumo ha generado.
La última hora revisita muchos de los tópicos ya desarrollados por Una verdad incómoda, aquella conferencia documental con la que el ex candidato a presidente Al Gore ha intentado despabilar a sus compatriotas en los últimos años: calentamiento global, contaminación ambiental, brutal incremento de la población, agotamiento de recursos no renovables. La primera diferencia entre ambos documentales está dada por el carácter polifónico de La última hora, que a partir de una multiplicidad de voces consigue dotar al discurso de una agilidad que no tenía el monológico film de Gore, escaso en variantes cinematográficas y más parecido en su forma a un audiovisual escolar que a una película. En La última hora se ha intentado compensar ese inevitable exceso discursivo, con una elocuente batería de imágenes, que muchas veces sirven de apoyo a la andanada de conceptos que desde la pantalla abruman al espectador. Sin embargo, a pesar de lo ilustrativas, abundantes y bien elegidas secuencias, es imposible no terminar aturdido ante la sucesión de cabezas parlantes que, apuradas por salvar al mundo, lanzan más información de la que se puede asimilar en 90 minutos. Dentro de ese maremoto verbal, el trabajo de Leonardo Di Caprio como narrador (además, uno de los guionistas del documental), cumple la función de encauzar el flujo informativo a partir de breves copetes, en los que se plantean interrogantes que de inmediato son abordados por hombres y mujeres de la talla de Stephen Hawkins, Wangari Maathai (Nobel de la paz 2004), o Mikhail Gorbachev, dentro de una larga y heterogénea lista de consultados. En el papel de Troy McClure (o, por qué no, de Gastón Pauls), Di Caprio luce demasiado solemne, mucho menos eficaz que en sus últimos trabajos en ficción, como si la responsabilidad de comunicar malas noticias le hubiera lesionado el don de la naturalidad.
La última hora, de Di Caprio y cía., es un retrato del complejo de culpa de una nación pasmada por el impacto de su propia escupida en la cara: el duro despertar del sueño americano. Y aunque eso la convierta en un valioso acto de contrición, su contenido no deja de ser excesivo y sería imposible de seguir, si no fuera por la inteligencia que demuestran muchos de quienes exponen a cámara sin anestesia.

(Artículo publicado originalmente en el diario Página 12)