Mostrando las entradas con la etiqueta Tango. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Tango. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de mayo de 2022

CINE - "Corsini interpreta a Blomberg y Maciel", de Mariano Llinás: Del humor y la provocación

Mariano Llinás no es de esos artistas que se conforman con dejar que su obra hable por ellos, aunque gracias a películas como La flor o Historias extraordinarias se ha convertido en un nombre ineludible del cine argentino actual. Sobre todo de aquel que se realiza de forma independiente. No: Llinás también habla por sí mismo. Y mucho. Para ello suele valerse de distintas vías. Por un lado está su obra como ensayista y crítico (tal vez él prefiera no quedar asociado a este último oficio, pero acá no estamos para darle el gusto). Algunos de sus textos pueden leerse en la publicación Revista de Cine. 

Además de eso, Llinás se ha convertido en uno de los polemistas más insistentes de la intelectualidad del cine local, un mundo pequeño pero que se autopercibe inmenso. En esa área el director se ha vuelto un auténtico performer, creando un personaje muy atractivo que tanto puede encantar a unos como enardecer a otros, a través del que sus muy meditadas ideas sobre el cine suelen ser expresadas por medio de espontáneos pasos de comedia no exentos de provocación. Sin embargo, como en el poema “El otro Borges”, es difícil saber dónde termina el Llinás “real” y donde empieza el provocador público. Lo cierto es que diferentes versiones del mismo han sido vistas en muchas de las películas realizadas por El Pampero, la productora que comparte junto a Laura Citarella, Alejo Moguillansky y Agustín Mendilaharzu. Su última aparición se registra en el documental Corsini interpreta a Blomberg y Maciel, su trabajo más reciente.

En él, tres personas se reúnen el 9 de julio de 2021, Día de la Patria, para analizar y volver a grabar algunas de las canciones del disco que le da nombre a la película. Se trata de un álbum grabado en 1929 en el que Ignacio Corsini, uno de los tantos grandes cantores porteños que quedaron a la sombra del mito de Carlos Gardel, aborda un repertorio de temas con música del compositor Enrique Maciel y letras del poeta Héctor Blomberg. La elección de abordar ese disco está motivada por una serie de elementos comunes que atraviesan los textos de Blomberg: todos narran historias de mujeres, transcurren en lugares reconocibles de Buenos Aires y están ambientados durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Conociendo estos datos, sabiendo que la historia es uno de los tópicos favoritos de Llinás y alertados de la hoy lejana simpatía de su linaje familiar por el bando unitario (que él se ha encargado de nunca ocultar. ¿Por qué lo haría?), solo hace falta sumar 1+1 para tener una idea de cuál es el juego que el cineasta propone esta vez.

Es importante no olvidar eso: Corsini interpreta a Blomberg y Maciel es, como otras producciones de El Pampero, una propuesta lúdica en la que el director, junto a Mendilaharzu y el cantor Pablo Dacal, desmenuzan y reinterpretan esas obras de contenido político (no tan) inesperado. Ese carácter juguetón se manifiesta, por ejemplo, en el recorrido por diferentes barrios y parroquias porteñas que se mencionan en cacniones como “La pulpera de Santa Lucía”, “Los jazmines de San Ignacio”, “La mazorquera de Monserrat” o “El payador de San Telmo”, tratando de filmar desde un auto en movimiento iglesias y lugares que nunca terminan de verse bien. Quizás una metáfora de la dificultad para ver la historia, ese objeto también en perpetuo tránsito frente al cual siempre hay algún obstáculo. 

En el reparto de roles a Llinás le toca, claro, el de un “hater” de Rosas y sus acólitos, a los que califica de “tirano” y “hueleculos”, respectivamente. Por su parte Dacal se ocupa tanto de oponerse a las acotaciones excesivas del Llinás personaje, como de volver a cantar aquellas compociones. Mientras que Mendilaharzu se encarga de jugar por el centro de la cancha, como un cinco que distribuye la pelota. Aunque se trata de un juego, el director se lo toma en serio y recurre a una serie de textos, objetos y dramatizaciones que tienen por objeto no tanto demostrar una “verdad” histórica, sino construir una mirada muy específica que se propone rascar donde a otros les pica. Uno puede tomarse la cosa con el humor que evidentemente tiene y aceptar el juego. La otra posibilidad es dejarse provocar por un experto. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 16 de junio de 2019

CINE - La sala Lugones proyectará "El día que me quieras" para conmemorar la muerte de Gardel

Hay mitos que necesitan del añejamiento de los siglos para convertirse en tales y otros que lo hacen de forma instantánea. El de Carlos Gardel es uno de ellos y nació el 24 de junio de 1935 a las 15:05, en el mismo momento en el que el avión en el que viajaban el cantante y su comitiva se estrelló en el aeropuerto de Medellín, Colombia. No hace falta ser un iluminado ni un sabio para saber lo que representa Gardel en la cultura nacional y en particular dentro de la mitología porteña, donde ocupa el más alto pedestal.
Una omnipresencia que se sostiene en una voz que 84 años después de su partida sigue siendo impresionante, en esa sonrisa de molde que se ha vuelto una marca registrada inconfundible y en una lista de grandes éxitos inoxidables compuestos en pareja junto a Alfredo Le Pera. Tan descomunal es esa obra, que no es exagerado poner al tándem que integraban Gardel y Le Pera casi a la misma altura que la que, cuatro décadas más tarde, conformaron Lennon y McCartney para cambiar el mapa cultural del siglo XX.
Pero así como la voz de Gardel sobrevivió a instancias de la industria discográfica, si su imagen se ha vuelto icónica ha sido gracias al cine. Como actor protagonizó once largometrajes entre los que se destacan sobre todo los últimos cuatro, filmados entre 1933 y 1934, apenas dos años antes de su muerte, en los estudios Eastern de Nueva York, con producción de los poderosos estudios Paramount. Se trata de Cuesta abajo y El tango en Broadway, ambos dirigidos por el francés Louis Gasnier, más Tango Bar y sobre todo El día que me quieras, dirigidos por el austríaco John Reinhardt. Justamente este último film será proyectado el próximo lunes 24 de junio a las 19 en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín, Av. Corrientes 1530, en una función especial con la que se conmemorará el 84° aniversario de su fallecimiento.
El día que me quieras es un melodrama de manual, en el que el cantante interpreta al hijo de un millonario que abjura de la fortuna familiar para irse a los Estados Unidos y dedicarse a cantar, que es su pasión. Entre bambalinas el protagonista se enamora de Margarita, una bailarina interpretada por la actriz española Rosita Moreno, a quien le declara su amor cantándole la canción del título. Pero el destino les tiene preparadas unas cuantas páginas oscuras, porque el éxito con el que sueñan nunca llega y la que finalmente los alcanza es la pobreza. A causa de ella Margarita enferma y muere, solo para que Gardel le cante una versión conmovedora de la canción “Sus ojos se cerraron”. La historia se recarga dando un salto de varios años cuando el personaje de Gardel, ya viejo y junto a su hija Marga (también interpretada por Moreno), ha logrado el éxito que había estado buscando. Pero el amor vuelve a meter su cola. Al final Gardel regresa a Buenos Aires, dando lugar a la famosa versión del tango “Volver”, cantado desde la cubierta del barco que lo trae de vuelta a Buenos Aires.
La que se proyectará en la sala Lugones es una versión de la película recientemente restaurada. Marcela Cassinelli, Presidente de la Fundación Cinemateca Argentina, una de las entidades que motorizaron el trabajo de recuperación de la película, reconoció que no fue una tarea sencilla. El proyecto incluyó varios títulos de la filmografía gardeliana y requirió de varias copias de la película, debido al pésimo estado de los materiales originales. Gracias a ese esfuerzo, quienes asistan a esta función especial podrán disfrutar de ver a Gardel casi tan bien como quienes asistieron al estreno que tuvo lugar el 23 de agosto de 1935, apenas dos meses después de la muerte del cantante.
Un dato curioso: prestar atención al personaje de un joven canillita que aparece fugazmente en la película. El mismo es interpretado por un adolescente Astor Piazzolla.  

Morocho en su tinta: la leyenda del Gardel inmortal

El dilema del origen y la sombra de un final tan trágico como legendario, son los extremos que aprovecha la pareja integrada por los guionistas e ilustradores Max Aguirre y Sebastián Dufour para abordar la figura sagrada de Carlos Gardel, en su novela gráfica Tango cruzado (Hotel de las ideas). Trabajada en un expresivo blanco y negro (que incluye "todos los grises", como dice Tuté en un prólogo breve e inspirado), la calve de lectura de este libro es la segunda palabra de su título.

El relato imaginado por Aguirre y Dufour cruza por un lado a una orquesta porteña con otra oriental, en cuya disputa de compadritos se cifra una rivalidad cultural que tiene en el tango y la cuna del icónico cantante uno de sus puntos altos. Otro cruce es del tango con el blues, ritmos de criollos y creoles. Por no hablar de cómo se funden en la historia lo terrenal y lo mítico.
Tango cruzado incluye además a un Gardel capaz de derrotar a la muerte; a un bandoneonista dueño de una prodigiosa habilidad con los sonidos y las palabras; a un morocho que no es del Abasto si no de Nueva Orleans. Todo narrado a través de viñetas atravesadas por un encantador espíritu art decó. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 22 de julio de 2018

CINE - Entrevista a Ricky Piterbarg, director del documental "Ikigai, la sonrisa de Gardel": De la culpa a la sonrisa

Mientras más tiempo pasa entre un hecho del pasado y el momento en que se lo recuerda, la memoria va perdiendo precisión. A veces de manera inconsciente esos agujeros que el tiempo cava son intervenidos por una mezcla de intuición y ficción. Otras veces esos recuerdos permanecen así, raramente incompletos, más parecidos a un sueño que a la memoria. A 24 años del atentado que destruyó la sede de la mutual judía AMIA, matando a 85 personas e hiriendo a otros 300, es esperable que el tiempo ya haya comenzado a hacer ese trabajo evaporador. Por eso es necesario contar una y otra vez lo que ocurrió, no sólo para seguir reclamando el esclarecimiento de un crimen que continúa impune, sino para no olvidar ni a los que se fueron dejando el hueco de su ausencia, ni a los que quedaron cargando con el dolor. De eso se ocupa de forma inusual el documental Ikigai, la sonrisa de Gardel, del director Ricky Piterbarg, que a pesar de comenzar con una serie de textos que recuerdan lo ocurrido el 18 de julio de 1994, sin embargo cuenta la historia de Mirta Regina Satz, una profesora de arte aficionada al tango, quien se propone realizar en el frente de su casa en Parque Patricios un mural dedicado a la sonrisa del Morocho del Abasto.
Piterbarg fue convocado por Mirta para registrar el proceso de construcción del mural y así se termina enterando de que ella es una de las sobrevivientes de aquella tragedia. De esa misma manera el tema fue incorporado a la película. “Me resultó difícil trabajar con lo que le pasaba a Mirta y su memoria”, dice el director. “Tan así que yo me enteré de que era sobreviviente de AMIA unos meses después de que comenzamos con la grabación del proceso de construcción del Mural. Fue a partir de ese momento comenzamos a hacer la película”, agrega. Ikigai comienza con el registro de ese proceso en el que Mirta y los participantes de su taller, que en su mayoría son vecinos del barrio, trabajan en diferentes versiones del retrato de Gardel realizadas con la técnica del mosaico, para integrarlos en un gran mural que ocupará toda la fachada de la casa. ¿Pero por qué Gardel, por qué su sonrisa? ¿Qué es lo que Mirta encuentra en ese gesto convertido en símbolo? Y más aún, ¿cuál es el vínculo entre ese mural y el atentado de la AMIA? Cuando Ikigai pase sus primeros dos tercios de relato aparecerán algunas respuestas.
Reunidos en torno a la mesa de un bar, un grupo de sobrevivientes de la AMIA comparten recuerdos de aquel día. Algunas de las memorias que van apareciendo lo hacen de esa forma difusa y fragmentada por la corrosión del tiempo, que les da un aire de cosa soñada. De pesadilla. “Hay algo que les sucede a los sobrevivientes de cualquier tragedia, que primero necesitan negar esa memoria para poder seguir”, afirma Piterbarg. “Con Mirta fuimos abriendo hendijas por donde esa memoria pudiera aparecer. El sobreviviente necesita ir para adelante, Mirta logra eso eligiendo qué recordar, como cuando elige cada pedacito de azulejo”, completa. El director cree que “lo difícil fue brindarle la confianza para que la memoria apareciera lo más franca posible”.
Para Piterbarg uno de los elementos que más influye sobre la forma que va adoptando la memoria a través del tiempo es la culpa. Y tal vez el fervor puesto en ese trabajo sobre la figura de Gardel que Mirta convierte en una actividad comunitaria tenga el doble valor de aligerar la culpa e intentar cerrar las heridas que el horror le provocó aquella mañana de invierno hace casi medio siglo. “Creo que ella es consciente de que ese trabajo con los otros, ese empoderamiento espiritual a través del arte que surge del compartir, del crear, le hace más liviana la mochila de la culpa”, especula el director.
Como la palabra japonesa Ikigai que le da título a la película y significa “volver a vivir”, la figura de Gardel y su sonrisa representan la esencia multicultural de la identidad argentina. Piterbarg cree que “una de las pocas cosas de las que los argentinos podemos enorgullecernos” es de esa identidad multiétnica. “Mirta y yo estamos hermanados por ser judíos, por ser inclusivos y por sentir ese abrazo múltiple”, afirma. “Pero somos muchos más y bien diversos los que apostamos a la apertura, la inclusión. El título de la película da por hecho algo que me inquieta: definir nuestra identidad como sociedad”, sostiene el director. Y concluye: “A este país lo reconstruimos todos o nos van a seguir tirando bombas”. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 24 de junio de 2018

MUSICA - A 83 años de la trágica muerte de Carlos Gardel: Último vuelo del Zorzal

Era una tarde fría de lunes cuando la noticia empezó a esparcirse por toda Buenos Aires, saltando de boca en boca. Como ocurre con el huevo y la gallina, es imposible saber si fue la radio, que por entonces pasaba por una de sus épocas doradas, o si fueron las tapas de los diarios vespertinos las responsables de dar por primera vez la infausta novedad. Ahora toda la ciudad lloraba la más dolorosa e inesperada despedida, la de su hijo dilecto, aquel al que había adoptado sin preguntar ni su origen ni el linaje de su cuna. Algunas horas antes, exactamente a las 15:05, hora de Medellín, el trimotor Ford matrícula F-31 de la compañía aérea SACO (Servicio Aéreo Colombiano) en el que viajaba Carlos Gardel junto a su famoso letrista Alfredo Le Pera, algunos músicos de su orquesta, su secretario, su profesor de inglés y hasta un representante de los estudios de cine Paramount, se estrelló en la pista del aeropuerto de la ciudad colombiana con un avión de iguales características, pero de una empresa competidora, que aguardaba a un costado para efectuar su despegue. Ambas naves se prendieron fuego de inmediato y fue un horror. Un total de 17 personas murieron ahí: Gardel y otros siete pasajeros de su avión, más los siete del otro fallecieron en el acto. Otros dos acompañantes del cantante argentino murieron en las horas posteriores al accidente a casusa de las heridas. Apenas hubo tres sobrevivientes, todos ellos compañeros de vuelo del Zorzal Criollo. No fueron pocos los porteños que enseguida sacaron las cuentas y haciendo los cuernitos con lágrimas en los ojos le echaron la culpa al desgraciado número 13.
La muerte de Carlos Gardel, ocurrida en aquel accidente aéreo que tuvo lugar el 24 de junio de 1935, forma parte del inconsciente colectivo de los argentinos como pocas otras. Tal vez solo las de Eva y Juan Domingo Perón estén por encima de la del Morocho del Abasto si se las mide por el dolor masivo que causaron entre los argentinos. O tal vez no, porque la figura de Gardel siempre estuvo libre de las dicotomías políticas que polarizaban los sentimientos de la gente hacia la pareja presidencial más famosa de la historia argentina. En ese sentido, que Gardel canta cada día mejor fue y sigue siendo una verdad que casi nadie se atreve a negar.
Al momento del accidente Gardel ya había hecho méritos de sobra para alcanzar la estatura de mito viviente. Se lo consideraba la mayor estrella musical del continente americano, con alrededor de 770 discos grabados, unas 120 canciones compuestas y más de 20 películas (entre largos y cortometrajes), toda ellas rodadas en Buenos Aires, París y Nueva York. Tampoco era la primera vez que el cantante y su troupe se embarcaban en una gira como aquella en la que encontró la muerte, que por la cantidad de shows realizados haría empalidecer hasta la popularidad de los Rolling Stones. Sin embargo fue aquella muerte trágica la que lo volvió automáticamente inmortal.
Pero aquel hecho no sólo golpeó los corazones de sus compatriotas, sino que provocó una congoja que se extendió de norte a sur por toda América. Para probarlo alcanza con releer las crónicas periodísticas de la época, publicadas en los periódicos de las ciudades en las que los restos fueron haciendo escala a lo largo del interminable e insólito viaje de regreso al país tras un periplo continental de casi dos meses desde su exhumación hasta su llegada a Buenos Aires. Según las mismas los restos de Gardel fueron velados por más de una semana y con gran concurrencia de público en una casa funeraria de Nueva York, ciudad a la que habían llegado el 7 de enero de 1936 en una escala previa a ser embarcados en el vapor Pan América que lo traería hasta Buenos Aires, pasando antes por Rio de Janeiro y Montevideo. Según el diario The New York Times, el 5 de febrero de 1936 eran 20 mil los porteños que recibieron al cantante en el puerto de la ciudad. Una multitud en la que, según se indica, “se destacaba la concurrencia del elemento femenino, la mayor parte de las cuales ostentan ramos de flores para rendir así tributo" al artista venerado.
El cuerpo fue llevado en carroza hasta el Luna Park, por entonces el estadio cubierto más grande de Sudamérica, donde pasaron la noche antes de ser trasladados al cementerio de la Chacarita, aunque ese no sería su destino definitivo. Un año después las autoridades de la necrópolis decidieron darle la parcela doble que aún ocupa, en la que fue depositado el 7 de noviembre de 1937. Habían pasado casi dos años y medio desde el día del accidente en Medellín, del que hoy se cumplen 83 años. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 12 de junio de 2016

LIBROS - "El tango", de Jorge Luis Borges: El mito de un baile en las orillas

Como ocurría con Juan Dahlmann, protagonista del cuento “El sur”, Jorge Luis Borges también utiliza su obra como un espejo deformante en el cual proyectaba todas las vidas que no podía, no sabía o no se atrevía a vivir. Vale ese cuento extraordinario como prueba a favor del argumento.
Hay que aclarar que cuando se habla de la obra de Borges no sólo se incluye en ella a sus cuentos, poemas, ensayos y artículos periodísticos, sino también cada diálogo, conversación, entrevista, charla o conferencia que brindó con generosidad a lo largo de una vida dedicada a la literatura. Algo que Adolfo Bioy Casares supo comprender tempranamente, imponiéndose la incomparable tarea de registrar en sus cuadernos-diario las conversaciones que ambos mantenían cada vez que se juntaban. El libro Borges es el resultado de todos esos años de anotaciones y un monumento a la genialidad de su amigo.
Volviendo al tema, así como Dahlmann delira para sí mismo un final épico que lo salve de la deshonra de morir en una cama de hospital, así Borges se fascinaba con las historias heroicas. Por eso en sus charlas aparecen una y otra vez los personajes homéricos, las sagas vikingas y las andanzas de guapos, compadres y compadritos por las orillas de una Buenos Aires donde leyenda y realidad se funden en un relato nuevo que Borges siempre anheló ver convertido en mito de origen nacional. Todo eso vuelve a aparecer en las cuatro conferencias que Borges dio en el año 1965 en un departamento del barrio de Constitución, incluidas ahora en el libro El tango que acaba de publicar primera vez la editorial Sudamericana. La publicación es oportuna, porque coincide con el 30º aniversario de la muerte del escritor. Treinta veces oportuna.
La aparición de textos inéditos es siempre una gran novedad para los lectores de Borges y estos cuatro no son la excepción. Aunque, como se ha dicho, en ellos vuelven a darse cita sus obsesiones temáticas, la genealogía del tango que Borges traza en estos cuatro encuentros pone el acento en la figura del compadre como una continuidad urbana de la del gaucho y, por lo tanto, del tango como una extensión de la gauchesca). En ellas el escritor realiza el camino que lleva al tango de ser una expresión marginal a convertirse en un eufemismo para nombrar a la Argentina.
Así como alguna vez dijo que la gauchesca sólo fue posible a partir de "la mediación de un letrado que imita o recrea la oralidad del gaucho", Borges acierta al atribuir la canonización del tango a la acción de aquellos "niños bien" que lo llevaron a París para legitimarlo y traerlo de vuelta, convertido en danza de salón. Porque como Borges y como Dahlmann, la Argentina también suele necesitar el espejo deformante de la mirada de los otros para aceptarse a sí misma.

Un heredero del linaje tanguero de Borges

 Tal vez Edgardo Cozarinsky sea el último de los escritores que mantuvieron cierta proximidad íntima con el círculo borgeano y su obra es testimonio de esa conexión. En ella se repiten algunos temas que solían aparecer con frecuencia en la del propio Borges: la literatura (y el cine) como espacios vivos; la memoria personal como espejo de lo universal; la búsqueda de una identidad y los rastreos de ella a través de la propia genealogía. Y por supuesto, el tango. Igual que Borges, Cozarinsky tiene una especial obsesión con el tema, aunque para uno y otro signifiquen cosas distintas. Si para el gran escritor argentino el tango y sus personajes constituían una continuidad de la gauchesca, un espacio mítico a partir del cual creía posible construir una mitología y una épica nacional, para Cozarinsky en cambio se trata de una de las entradas secretas al universo que más los fascina: el de la noche. En su libro Milongas, Cozarinsky deja constancia de la pasión con que toda su vida se ha entregado a perseguir el espíritu lúbrico del tango, tentado por la promesa sensual de los cuerpos que se entrelazan entre cortes y quebradas con la complicidad de las sombras.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 4 de diciembre de 2011

LIBROS - Comenzó la Feria del Libro Lunfardo y Tanguero: La verdadera cultura porteña

La literatura, como el cine o la música, son parte de la identidad argentina. Aun en los momentos donde la cultura se vio más maltratada, aun ahí los libros, las películas y los discos continuaron siendo una pulsión vital. Tal vez porque, como los chicos, no dejamos de necesitar que haya alguien que nos cuente una historia o nos cante una canción antes de sumergirnos en la pesadilla de ser lo que somos: argentinos. Por eso no sorprende que los festivales y los espacios para compartir cine y música parezcan brotar de la quinta dimensión, o que las librerías sigan gozando de buena salud. Y como si todo esto fuera poco, durante los últimos años se viene dando un fenómeno especial, tal vez no inesperado, pero sí al menos sorprendente. Se trata de la multiplicación de las ferias del libro, un formato que parece vivir su momento de gloria, generando espacios temáticos inagotables. Hay ferias del libro antiguo; ferias del libro de temática peronista; ferias el libro social y político; ferias del libro infantil; ferias de libros religiosos o de cuanta cosa pudiera ser convertida en libro. Entre todas estas posibilidades, hay una que toca (de manera consiente o no), algunas de las cuerdas más profundas y emotivas de cualquier porteño. Se trata de la octava edición de la Feria del Libro Lunfardo y Tanguero de Buenos Aires, que se inauguró en el día de ayer y que se extenderá hasta el 30 de diciembre.
Nacida como iniciativa de Marcelo Oliveri, periodista, escritor y autor de varios libros dedicados al lunfardo y al tango, esta particular Feria del Libro tiene por objeto fomentar la literatura tanguera. Del mismo modo en que el cine producido por la industria norteamericana monopoliza los espacios de difusión, la literatura “industrial” -los llamados Best Sellers- también asfixian otro tipo de producciones editoriales destinadas a grupos de lectores menos numerosos y, sobre todo, menos predispuestos a acatar las ordenes de las listas de más vendidos. Oliveri reconoce que “en muchas librerías de la calle Corrientes a los libros de tango o lunfardo los tienen en el fondo, escondidos.” Ese fue uno de los disparadores de esta idea, que tuvo su primera edición en 2004.
En ese sentido es especial esta Feria, en tanto no sólo rescata una importante fracción de literatura que de otro modo continuaría invisibilizada por las leyes del mercado, sino que además se dedica a mantener parte del patrimonio vivo de la ciudad de Buenos Aires, como lo son sus sonidos y su lenguaje. El propio Oliveri afirma que “el lunfardo forma parte de nuestra habla. En la Academia decimos que el pueblo agranda el idioma y eso se viene cumpliendo desde que llegaron los primeros inmigrantes a Buenos Aires.” No hay quizá nada más típicamente humano que el lenguaje y justamente por eso se trata de un código en permanente cambio: el Lunfardo no es ajeno a ese movimiento. “Por ejemplo, cuando escuchamos que en un tango del 30 o del 40 aparece la palabra chabón se refiere al tonto, al gil”, afirma Oliveri. “Hoy el chabón significa el sujeto innominado. O bondi, que es una palabra portuguesa que antes se usaba para denominar al tranvía y hoy es el colectivo. Con grela ocurre otro tanto: en el tango es la mujer y para un joven de hoy la grela es la mugre”, concluye.
Durante sus 26 jornadas, la Feria del Libro Lunfardo y Tanguero propondrá un intenso cronograma de actividades. Habrá presentaciones de libros, películas y actuaciones en el Salón Nicolás Olivari y también se podrá adquirir libros, CD, DVD y muchos artículos referidos a la cultura porteña ligada al tango y el lunfardo. Sin embargo esta Feria no recibe apoyo de ningún ente oficial. Consultado al respecto, Oliveri cree que el ministro de cultura porteño, “Hernán Lombardi o la gente que organiza esos festivales tendrían que acercarse a la Academia Porteña del Lunfardo y consultarnos. Nunca nos han invitado formalmente a participar de nada y si bien estuve en dos oportunidades formando parte de alguna mesa, fue gracias a Héctor Negro y Graciela Pesce, de Tango para chicos, que me invitaron a hablar. El tango y el lunfardo es mucho más que un festival anual: están vivos y sería beneficioso para todos que nos llamen.” Por eso es importante destacar que, por tratarse de una iniciativa que pretende llegar a un público masivo, quienes asistan podrán acceder a todas las actividades y espectáculos de manera libre y gratuita. Pero también, aquellos que deseen ayudar voluntariamente a mantener vivo este emprendimiento, podrán colaborar con un pago simbólico de 20 pesos por el que recibirán a cambio un ejemplar del libro Summa Lunfarda, de Ediciones Corregidor. “La Feria lo que hace es mostrar cuánto hay escrito sobre tango”, agrega Oliveri con entusiasmo. “Y más de uno queda con la boca abierta porque no puede creer la cantidad, desde diccionarios pasando por la historia o biografías. La literatura tanguera y lunfarda es inagotable.” El Lunfardo, el Tango y la verdadera Buenos Aires, la que se construye entre todos cada día, estarán agradecidos.

La Feria del Libro Lunfardo y Tanguero se realiza hasta el 30 de diciembre todos los días de 15 a 21 horas, en la sede de la Academia Porteña del Lunfardo, en la calle Estados Unidos 1379.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

martes, 4 de mayo de 2010

LIBROS - Kriminal tango, de Álvaro Abós: Policial negro y porteño

Qué no tiene Buenos Aires que les sobre a Detroit, Chicago o Los Angeles, además de fábricas de autos, gangster y el gran cabaret de lujo de Hollywoodland. ¿No son suficientes las callecitas que se abren por sus arrabales fabriles; la humedad que empasta el aire y el asfalto; los barrios viejos que amontonan conventillos e inmigrantes? Por qué no podría esta ciudad que lo aprieta todo –puerto, manicomios, casas de gobierno, microcentro financiero- en un radio de 30 manzanas, ser el paisaje de un policial negro. Si hasta habemus tango, única magia en el mundo capaz de musicalizar esos escenarios y hacer que el lector se olvide del blues o del jazz, como si nunca hubieran sido estos el acompañamiento natural del género. Así parece haberlo entendido Álvaro Abós al emprender su nuevo trabajo, Kriminal tango, un intento de transpolar al Río de la Plata todo eso que con dificultad puede imaginarse fuera del universo de la cultura norteamericana del siglo XX. Aunque no se trata de una idea novedosa, sino de un tópico revisitado que va de alguna de las novelas de Osvaldo Soriano a El agua electrizada, relato entre intelectual y metafísico de C. E. Feiling, quien desde el extremo opuesto criticaba el tono popular que sostiene la obra del primero.
Con respeto casi fetichista, Abós se encarga de replicar los elementos indispensables en una novela que se precie de negra. El crimen violento: un contador público quemado vivo dentro de un féretro; el antihéroe: el solitario, atribulado inspector Muñecas; las mujeres que tientan -la del muerto, su secretaria, la perito Sarti que colabora en la investigación- y las que lastiman, las que más se desean -la esposa de Muñecas (también policía) lo abandona, le pide el divorcio y está enrollada con su abogado-; los sospechosos de siempre: el socio del muerto y sus clientes con negocios demasiado sucios. Los vicios y las obsesiones: a Muñecas lo domina el tango y cuando puede se escapa a tocar el violín en el fondo de una milonga, junto a un grupito unido sólo por esa pasión compartida. Sin embargo, aunque las piezas están todas, hay algo en la estructura de ese artefacto que es Kriminal tango que no termina de encajar.
En ese juego que intenta implantar el molde del policial negro en Buenos Aires, Abós se permite el uso de algunos modismos neutros más propios de traducciones de Hammett, Chandler o, más aún, del doblaje de las películas que en los años 40 popularizaron este género en el cine. “Ahí mismo encendieron el fuego y ardió…” explica Muñecas al comisario, pero bien podría ser la voz centroamericana de Humphrey Bogart. Porque en Buenos Aires lo único que arde es el champú en los ojos: un tipo al que prenden fuego simplemente se quema. Del mismo modo aparecen manecillas en los relojes, atascos en lugar de embotellamientos e incluso hay quien trabaja en una gasolinera. Pero ese detalle podría ser tomado como un juego intertextual y siendo así hasta se lo puede aceptar de buen grado. Lo que sí está claro que no debe suceder es que las pistas (que en este caso son muchas) estén colocadas sólo para distraer y así desaprovechar sin remedio lo mejor del policial: esa posibilidad de entablar un duelo en el que el autor va dejando marcas para que el lector también acepte el desafío de convertirse en detective. Eso no sucede en Kriminal tango: su lectura deja la desazón que queda cuando una pelea de box se suspende por golpe bajo. Hay algo de la frustración de quien se puso a armar un rompecabezas pero que, después de mucho trabajo, se da cuenta que le sobran muchas piezas y le faltan tantas otras.


Artículo publicado originalmente en la revista ADNcultura del diario La Nación.

jueves, 17 de enero de 2008

CINE - Café de los Maestros, de Miguel Kohan: El sabor de Buenos Aires


Inducido por la ingesta de vaya a saber qué hongo, y a propósito del estreno de su última película en Buenos Aires, Luces al atardecer, el director finés Aki Kaurismäki lanzó como una molotov una declaración que tanto puede sonar a chiste como a compadreada, según quien la escuche: que el tango no habría nacido a la vera del Plata sino bajo el sol de medianoche de su Finlandia querida, y que la versión porteña es apenas su remedo. Y tiene que ser chiste nomás, porque justamente Luces al atardecer lleva la marca de un par tangazos, uno más porteño que el otro: Volver y El día que me quieras, cantados por el propio Carlitos en sus versiones originales. Suerte de contragolpe letal para desarticular esa hipótesis, Café de los Maestros es un documental que nació como complemento de un proyecto del siempre inquieto Gustavo Santaolalla, quien se propuso juntar (y lo consiguió) a los hombres más emblemáticos de la época de oro del tango -algunos de ellos auténticos mitos, como Mariano Mores, Horacio Salgán o Leopoldo Federico, entre otros héroes- en un ensamble musical irrepetible, y registrar el encuentro en un disco que bien puede considerarse único, igual que esta versión fílmica. ¡Cómo el tango no va a ser argentino y porteño, Kaurismäki, viejo! -parecen decir de coté cada uno de los fotogramas de Café de los Maestros-, “si el tango es lo único que no le consultamos a Europa”. Esto último lo afirma la voz de Tom Lupo, invocando a Macedonio durante la presentación que se hizo de Café de los Maestros hace unos años, en el teatro Colón. Un broche de oro.
Y si la idea inicial es oportuna -juntar esa selección de Maestros, símbolo vivo de una época-, el resultado final no puede ser más rotundo: un paseo al natural por la esencia de una ciudad y sus habitantes. Porque después de ver Café de los Maestros no caben dudas que de lo que se trata es de justificar, una vez más, esa unión indisoluble que a veces se produce entre una comunidad y una manifestación artística tan en la carne, que es a la vez parte y espejo. A modo de un cuaderno de memorias, unos y otros van tejiendo con sus comentarios y ejecuciones un mapa perfecto del corazón del tango: desde Juan Carlos Godoy y sus apuntes burreros que mezclan caballos falopeados con una fortuna que sopla donde quiere, a Oscar Ferrari cantando a capella, con el coliseo de la Bombonera de fondo; o el perfil arrabalero de Virginia Luque, heredera legítima al trono de morocha indomable que dejó vacante Tita. O las menciones permanentes a aquellos próceres que marcaron su tiempo de grandes orquestas: Pichuco, Pugliese, D`arienzo, De Angelis. Un subrayado que por otra parte manifiesta una posición clara frente a una vieja discusión, y que sin quererlo resalta el nombre del ausente, un tal Astor…
No hace falta ser ni conocedor ni fanático del tango para disfrutar de este Café de los Maestros, porque más allá del género, de lo que se habla acá es de la pasión de un pueblo, de la nostalgia por un pasado que siempre será mejor, del berretín de la memoria individual y colectiva, llenando el presente de sangre nueva. Basta con escuchar a esos viejos diciendo una y otra vez que el tango es su vida, nada menos, que no hay forma de separar una cosa de otra. Y alcanzan un par de acordes para caer rendidos ante la evidencia: el tango es la vida de todos, de cada uno de los que damos vueltas por esas calles de esquinas mugrientas que el director Miguel Kohan utiliza para ilustrar con elocuencia, los fragmentos musicales que los protagonistas van enhebrando, en un rosario de certeras postales del tango y de la ciudad que lo parió. Diga lo que diga un finlandés.

(Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos, de Página 12)

OPINION - ...y una de arena

Bueno... no tenemos por qué estar de acuerdo en todo.
Gracias a don Gustavo Noriega por esta nueva lección, esta vez en público.

(Haciendo click en el título accederán al artículo relacionado)