Mostrando las entradas con la etiqueta Punk. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Punk. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de agosto de 2021

HOMENAJE - William Burroughs: La pesadilla de una vida convertida en literatura

Un viejo camina con dificultad, como si el peso de la escopeta que carga apenas le permitiera avanzar. Sin embargo levanta el arma y hace descansar la culata sobre un hombro. El movimiento es suave y plástico, como si lo hubiera practicado muchas veces hasta volverlo hermosamente mecánico. Como si el acto de preparar un disparo fuera un ritual que conoce de memoria. Entonces aprieta el gatillo. Igual que ocurre con los témpanos, el arma lanza sobre el viejo una porción mínima de su furia, mientras arroja fuego desde lo profundo de su doble caño. Resulta un misterio que el viejo aguante el empujón de pie. Frente a él, los perdigones destrozan una torta de crema con la palabra "Control" escrita en letras rojas. El hombre recarga y vuelve a disparar cinco veces sobre otras cinco tortas blancas, donde ahora se leen las palabras "Historia", "Imagen", "Realidad", "Lenguaje" y "Sociedad". Con cada tiro, el viejo salpica con tripas de repostería las caras estupefactas de los espectadores: nosotros.

La escena anterior pertenece al videoclip de la canción “Just One Fix”, incluida en el álbum Psalm 69 (1992), del grupo de heavy metal industrial Ministry, y su protagonista no es otro que el escritor William Burroughs, de cuyo fallecimiento se cumplirán este lunes 24 años. Símbolo del movimiento Beat en los Estados Unidos junto a colegas como Jack Kerouac y Allen Ginsberg, y escritor maldito por antonomasia, Burroughs es autor de novelas esenciales de la literatura norteamericana, como El almuerzo desnudo o Yonqui. A pesar de contar con méritos literarios suficientes, Burroughs es —o más bien "se convirtió en"— uno de los íconos más importantes de la contra cultura popular del siglo XX. Un procedimiento que no fue calculado ni tuvo un carácter premeditado por parte del autor, pero del que tampoco renegó. Fueron sus libros (y los retorcidos hechos de su propia vida que los inspiraron) los que lo transformaron en un personaje influyente para varias generaciones de jóvenes (como el músico Al Jourgensen, alma mater de Ministry).

Publicado en 1959, El almuerzo desnudo fue su primer libro editado como William Burroughs: Yonqui había salido en 1953 bajo el seudónimo de Bill Lee. Esa novela lo convirtió en uno de los puntos de convergencia de la generación que parió el rocanrol y una influencia fundamental en el surgimiento de la psicodelia. De hecho, la suya es una de las figuras recortadas en el icónico collage que sirve de tapa al disco del Sargento Peppers, de los Beatles. Ya ungido como símbolo, varias generaciones de roqueros solicitaron y contaron con su colaboración en distintos proyectos. En esa lista se encuentran Jimmy Page, David Bowie, Kurt Cobain y Patti Smith. Un breve paseo por la web también lo mostrará junto a Frank Zappa, Mick Jagger, Debbie Harry, Madonna o Joe Strummer.

Pero antes de todo eso, incluso antes de publicar ninguno de los libros mencionados, la vida de Burroughs había sido marcada por el asesinato supuestamente involuntario de su esposa Joan Vollmer, ocurrido el 6 de septiembre de 1951. El hecho habría tenido lugar durante una fiesta en la Ciuad de México, mientras emulaban a Guillermo Tell, un juego que, dicen, la pareja solía repetir en reuniones de amigos. La rutina consistía en que Joan se ponía un vaso de agua sobre la cabeza para que William lo hiciera estallar de un tiro. Fanático de las armas, hasta ese día Burroughs nunca había errado. 

Ambos eran adictos a diferentes sustancias como el alcohol y la heroína, entre varias más, y nunca quedó claro si los hechos se dieron de esa manera o si en realidad se trató de un pacto ácido o simplemente de lo que hoy es definido como femicidio. Burroughs nunca dejó de reconocer que su nacimiento como escritor ocurrió en el horror de aquella noche. En su libro Artistas criminales (Editorial El Ateneo), Marcos Mayer cuenta esa historia de forma extensa, abordando en profundidad sus múltiples y complejos detalles. 

Aquel hecho también le permitió a Burroughs emprender el camino de salida de sus adicciones. Por el contrario y a pesar de la desgracia, nunca abandonó su pasión por las armas. Justamente, el video de aquella canción de Ministry explota todo eso, no sin algo de morbo. Ahí están la historia trágica de William y Joan, el carácter iconoclasta del escritor y su fascinación con las armas. Ahí se lo ve disparándole a unas tortas de crema en las que se leen las palabras "Control", "Historia", "Imagen", "Realidad", "Lenguaje" y "Sociedad", mientras su voz repite como un mantra: "Bring it all down (Haz que todo desaparezca)".




 
Quienes quieran saber un poco más sobre William Burroughs pueden procurarse el documental William S. Burroughs: a man within, de Yony Leyser. O, mejor todavía, conseguir (y leer) alguno de sus libros. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 19 de abril de 2020

ARTE - Cuadros de pogos para sobrevivir a la nostalgia del contacto físico

El punto de vista puede cambiar por completo la forma en que se valora una idea, se entiende una situación o se desarrollan los vínculos con los demás. Es la famosa “cuestión de perspectiva”. Un acantilado puede ser alto o profundo, según se lo mire desde arriba o desde abajo. Una persona a la que se respeta puede convertirse en infame; solo hace falta que abra la boca para decir algo inesperadamente desagradable. De la misma forma, la extrema cercanía con un centenar de cuerpos puede provocar rechazo o nostalgia, dependiendo de si uno está viajando en el transporte público en hora pico, o aislado en su propia casa desde hace un mes por culpa de una gripe patotera.
El encierro y el distanciamiento social han cambiado el punto de vista en muchas cuestiones, provocando que un gesto cotidiano como el contacto con los otros se vuelva de golpe un paraíso perdido. No importa si cuando todo esto termine, trenes, subtes y colectivos vuelven a convertirse en el infierno habitual: hoy estamos ávidos del roce con la gente y con gusto cambiaríamos diez días de encierro por meternos dos minutos en un scrum con los All Blacks. Pero no es la intención de este espacio darle manija a la cabeza de nadie. Más bien lo contrario: se trata de proponerle al lector un placebo. Y la obra del artista plástico estadounidense Dan Witz puede resultar oportuna para aplacar esa ansiedad de volver a sentirse pueblo.
Nacido en 1957, Witz se formó como street artista en su Chicago natal, durante los revulsivos años ’70. Fue en el agite del seminal movimiento punk donde comenzó a perfilar su mirada del mundo. Sería en ese mismo ecosistema juvenil donde, años después (muchos; más de 30), encontraría la inspiración para realizar una serie de cuadros en los que retrata escenas multitudinarias. Pero a Witz no le interesa cualquier multitud, sino que tiene sus obsesiones y a ellas ha regresado cuadro tras cuadro. Son las orgías, las pistas abarrotadas de las discotecas y sobre todo los pogos que tienen lugar en los recitales de la escena hardcore, los frondosos paisajes humanos que le dan forma a su obra.
Realizados bajo una estética híper realista, sus trabajos registran estas escenas con pretensión casi fotográfica, encapsulando en ellas la intensidad del instante. Con excepción de aquellos donde retrata orgías –en los que evita registrar las expresiones de los rostros para concentrarse en la trama humana que conforman los cuerpos amontonados—, sus cuadros buscan no solo transmitir la explosión de energía que tiene lugar en los pubs y locales bailables, sino plasmar el desborde emocional que ahí se produce, valiéndose de la elocuencia de los gestos. En una época signada por la imposición de la distancia física, vaciada de sus espacios de expresión colectiva, los cuadros de Witz se convirtieron de un día para otro en el inesperado registro de un pasado que en apenas 30 días ya se percibe distante.
El alto impacto de las imágenes radica en el carácter de verdad que les impone el extremo naturalismo con el que fueron pintadas al óleo por Witz. El trabajo con la luz es impecable pero con un aire artificial, como si las escenas realmente hubieran sido iluminadas con un golpe de flash fotográfico. Al mismo tiempo, quienes hayan participado alguna vez de un pogo (o mosh, como se conoce a esta danza salvaje en la mayor parte del mundo) podrán percibir la forma natural en la que el artista logra plasmar la convivencia extrañamente armoniosa que surge entre esas 30, 40 o 100 personas que se empujan, se tironean y se golpean con belicosa alegría. Aunque en el mundo real los pogos no siempre respetan la regla tácita de hermandad, Witz parece haber elegido para sus cuadros la mejor versión. Una donde todos se ven plenos, justamente porque están juntos y son libres: de saltar, de amontonarse, de estampar el propio cuerpo contra los demás, creando un caos físico donde lo que se anhela es entablar el contacto humano de la forma más visceral posible.
Todo eso está presente en los cuadros pintados por Witz, cuyas escenas fueron utilizadas por la  firma francesa de alta costura Christian Dior para estampar las telas con las que se confeccionó su colección de moda 2017-2018. Las obras del artista pueden disfrutarse en su página personal, www.danwitz.com. Sugerencia: ideal para visitar escuchando de fondo algún disco de Cro-Mags, Agnostic Front o Minor Threat.
Y a no aflojar: ya volveremos y seremos pogo.  

Artículo publicado en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 9 de septiembre de 2019

CULTURA - Seminario 1989: Viaje al final de una época

Es sabido que la década de 1980 representa una etapa crucial de la historia argentina, la llave de paso entre medio siglo manchado por golpes de estado, fragilidad institucional y violencia política, y la consolidación de la democracia. También se sabe que el último año de esa década se convirtió en una prueba de fuego para una sociedad que a pesar de los problemas ya no estaba dispuesta a dar marcha atrás. Y si bien 1989 será recordado por la hiperinflación, el hambre y los saqueos, se trata al mismo tiempo de un nodo cultural potentísimo, con muchas aún por descubrir y discutir. De re-apropiarse de lo que significó aquel año se ocupa el Seminario 1989, que se realiza todos los miércoles a las 19 dentro en el marco del Programa Experimental de la Casa Nacional del Bicentenario.
Con curaduría de la doctora en ciencias sociales Daniela Lucena y la socióloga Gisela Laboureau, Seminario 1989 se propone recorrer cinco hechos estéticos que tuvieron a ese año como escenario. Cinco excusas para dialogar sobre aquel hervidero cultural treinta años después. Todas ellas con entrada libre y gratuita en la sede de Riobamba 985.
El ciclo, coproducido por la Casa Nacional del Bicentenario y la Universidad de Buenos Aires (UBA), con apoyo de la Foundation for Arts Initiatives y de la Asociación de Amigos de la Casa Nacional del Bicentenario, tiene programadas para las próximas semanas mesas y charlas sobre, por ejemplo, la galería del Centro Cultural Rojas, un espacio emblemático de la contracultura de aquellos años. O acerca de la inolvidable performance La Tirolesa/Obelisco que realizó la impredecible Organización Negra en el emblemático monolito porteño.
Este miércoles será el turno de un encuentro bautizado con el sugestivo nombre de "Reporte California: Contracultura, punk y fanzines". Es que el punk fue sin dudas el movimiento que desde espacios marginales definió estética e ideológicamente a los '80 a partir del precepto de "Hazlo tu mismo", que le permitió a las nuevas generaciones sentirse habilitadas para entrar en acción aun sin estar del todo preparadas para los desafíos a enfrentar. De aprender andando, en el camino y a los golpes, de eso se trataba el punk. Aunque, por supuesto, también era mucho más.
Gran exponente de la cultura punk fueron los fanzines, revistas autogestionadas construidas a base de collages y fotocopias abrochadas, en las que la música más rabiosa se fundía con las ideas incendiarias de un anarquismo en tiempos de crisis. De algún modo los fanzines son los antepasados de los blogs del siglo XXI, aunque aquellos demandaban la enérgica decisión de tomar las calles para ir en busca del contacto con el otro, un impulso que hoy la web y las redes sociales han convertido en un ejercicio sedentario.
Gran conocedora de todo aquello es Patricia Pietrafesa, a quien se puede considerar la madre del punk argentino. Ella fue bajista en dos de las agrupaciones fundamentales en la primera camada del género a nivel local, como Sentimiento Incontrolable y Cadáveres de Niños, o simplemente Cadáveres como se los conoció más tarde. Pietrafesa representa el ala más política del punk y fue además la editora de Resistencia, uno de los fanzines más populares de aquella época. Ella será este miércoles una de los miembros que integrará el panel de la charla.
Junto a Pietrafesa estará Claudia Zicker, activista, anarquista y fundadora junto a Enrique Yurkovich de la iniciativa ficcional Club de Blasfemos, una asociación imaginaria que operaba a través de cupones de suscripción insertos en el interior de la revista Manuela a mediados de los ’80. Discípula de Enrique Symns, poeta urbano y editor de la revista Cerdos y Peces, entre otros méritos. Ella y sus compañeros llegaron a tirar hasta 1000 ejemplares de su revista, una de las tantas que protagonizaron la escena subterránea en contexto postdictadura.
La tercera pata del panel será Nicolás Cuello, profesor de Historia de las Artes Visuales en la Universidad Nacional de las Artes e investigador de Conicet. Entre sus áreas de interés se cuentan el activismo político y la edición autogestionada de fanzines en torno a la gordura, a los afectos negativos y a las políticas queer y feministas. Su mirada se amalgama y complementa a las de sus compañeras en una mesa que, con la moderación de Evangelina Margiolakis, permitirá regresar por unas horas para recorrer los vestigios del final de una era.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

martes, 21 de mayo de 2019

DISCOS - ¿Un nuevo disco de los Beatles compuesto por una computadora?: El sonido replicante

En el camino por lograr que las máquinas emulen de forma consistente la condición humana, una dupla de científicos estadounidenses con base en la ciudad de Boston, Massachusetts, se propuso entrenar a una inteligencia artificial para que pudiera ser capaz de componer una serie de discos de rock. Se trata de CJ Carr y Zack Zukowski, quienes a través del proyecto Dadabots se encargaron de poner en práctica la experiencia. Entre sus pruebas más atrevidas se encuentran desde un álbum de 20 canciones que busca revivir el estilo de los Beatles hasta un canal de youtube en el que un algoritmo toca sus propias canciones de death metal de forma ininterrumpida, sin repetir y sin soplar, las 24 horas de los 365 días del año.

Dadabots opera con una tecnología conocida como SampleRNN, un modelo de redes neuronales artificiales que en lugar de trabajar en base a técnicas de programación es entrenado a partir de la carga de audio en bruto. Es decir, la máquina no recibe la información como datos sino de forma directa: la computadora “escucha y aprende”. SampleRNN nace de la tecnología Deep Learning, un conjunto de algoritmos de aprendizaje automático que permite que un núcleo de inteligencia artificial pueda “instruirse” no solo a partir de la nueva información que recibe, sino de sus propios procesos de prueba y error. Deep Learning hace posible que una máquina sea capaz hallar la solución a un problema sin que las acciones a ejecutar para resolverlo hayan sido programadas previamente, sino que surgen como consecuencia de su propio “aprendizaje”. Una técnica que replica el formato del razonamiento humano.

Lo que esperaban era que su programa Dadabots fuera capaz de elaborar discos completos de géneros como el death o el black metal, el punk y rock, alimentándolo con pequeños fragmentos de sonido que le permitieran a la máquina reconocer la identidad musical de cada artista. La primera prueba que realizaron estos científicos rockeros consistió en ingresar unas pocas canciones de la banda grunge Nirvana, pero sin demasiada confianza en los resultados iniciales. En las primeras piezas generadas por Dadabots el dúo no esperaba escuchar más que una serie de silencios y ruidos sin demasiada lógica ni forma, sin embargo se encontraron con una especie de grito que parecía decir algo acerca de Jesús.

La anécdota relatada por Carr y Zukowski es divertida y sirve para sentir curiosidad por el trabajo que ambos realizan. Buena parte del mismo puede escucharse en el perfil que Dadabots tiene en la plataforma Bandacamp: dadabots.bandcamp.com. Ahí se encuentran almacenados y disponibles de forma gratuita una decena de discos generados a partir del trabajo realizado sobre álbumes de diferentes bandas como los punks californianos NOFX, los blackmetaleros Krallice, los suecos Meshuggah, la banda canadiense de death metal técnico Aepoch y, o sorpresa, los mismísimos The Beatles. Los resultados son sumamente dispares: mientras más “pesada y ruidosa” es la música, más convincente suena la copia. Pero cuanto más melódica y clásicas son las estructuras que se busca replicar, como en el caso de los cuatro de Liverpool, más fallido es el resultado. Sin embargo su escucha no deja de resultar divertida y hasta cómica.

El disco de Dadabots titulado Deep the Beatles! está integrado por 20 fragmentos de 30 segundos cada uno, en los que se muestra el progreso de la inteligencia artificial en el trabajo realizado sobre los originales de Lennon, McCartney, Harrison y Starr. Es decir que a medida que los “temas” van pasando, la máquina comienza a manejar con mayor destreza el material con el que cuenta. El resultado es que en los primeros tracks de la lista apenas se escuchan ruidos que bien podrían ser parte de la banda sonora de una película de terror, mientras que los últimos cortes se asemejan más a collages en los que se superponen de forma delirante fragmentos, a veces fugazmente reconocibles, de diferentes clásicos de la banda. Pero el proceso nunca da como resultado un conjunto sonoro coherente que permita imaginar que se trata de una nueva canción de la banda. A los sumo es posible jugar con la idea de que así sonarían los Beatles si se hubieran conocido en la salita de tres del jardín de infantes. Acá un simpático ejemplo:



Los resultados obtenidos con géneros que trabajan más sobre la saturación o la distorsión sonora y estructuras de tiempo más matemáticas, como ocurre con los asociados sobre todo a algunas ramas del metal más extremo, suenan bastante más próximos a los originales. Pero siguen sin poder quitarse de encima su condición de mera copia y siempre signados por cierto carácter espástico que provoca inconsistencias en el tempo de las canciones, o que las voces suenen como quien toca un disco de vinilo en reversa en busca de mensajes satánicos. En la mayoría de los casos, las tapas de los nuevos discos y los nombres de las nuevas canciones también fueron generadas por algoritmos de Deep Learning aplicados a la producción de imágenes y textos.


Pero sin dudas el logro más relevante de Carr y Zukowski es el canal de YouTube donde habita el artista artificial Relentless Doppelganger, una red neuronal que a partir de los algoritmos SampleRNN genera de forma ininterrumpida canciones de death metal técnico las 24 horas y los siete días de la semana, hasta el infinito y más allá. El resultado es asombroso, aunque quienes mejor lo apreciarán serán los especialistas en las variantes más pesadas del heavy metal.



La generación de esa secuencia musical potencialmente eterna que produce Relentless Doppelganger resulta perfecta para explicar cómo funciona una red neuronal recurrente. Carr y Zukowski explican que estas son utilizadas “para la predicción de secuencias”, es decir que dado lo que ha sucedido anteriormente en una secuencia lógica se vuelve posible arriesgar qué es lo que sucederá a continuación. “La música puede ser modelada como una secuencia de eventos sobre el tiempo”, continúan los científicos, y por lo tanto “se la puede generar al responder una y otra vez esa pregunta: "¿y después qué pasa?" A esta técnica se la denomina “generación autorregresiva y nuestro trabajo es un ejemplo de síntesis neuronal basado en audio”.

A pesar de las fantasías distópicas que permiten imaginar un mundo donde los humanos se vuelvan prescindibles, este dúo de metaleros científicos insisten en que Dadabots no pretende reemplazar a los artistas, si no ayudarlos a aumentar su vida artística. “Para nosotros es más sorprendente escuchar lo que los humanos harán con eso”, sostiene Carr, quien agrega que el trabajo que realiza con su socio forma parte de “un gran plan para colaborar con las bandas que amamos”.
Fuentes: Youtube.com / Bandcamp.com / Bitcoin.es / Arxiv.org.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

jueves, 2 de mayo de 2019

CINE - "Los periféricos", de varios directores: Otros mitos del aguante

Existe un territorio en el que el relato mítico sobrevive aun en pleno siglo XXI. No, no es el cine, que tal vez perdió ese poder cuando se convirtió en una máquina de hacer chorizos (que serán más ricos o más feos, pero siguen siendo chorizos), sino el rock. No faltará quien afirme que este género, que durante décadas fue emblema de la rebelión juvenil y catalizador de la eterna búsqueda adolescente, lleva muerto unos cuantos años, también convertido en fábrica de embutidos. Lo cual es parcialmente cierto, porque el rock perdió su carácter revulsivo más o menos con la muerte de Kurt Cobain. A partir de ahí el marketing le ganó la pulseada a la actitud y lo que en la actualidad sobrevive a nivel masivo es apenas el packaging dentro del cual se vende la fotocopia color del rock.
Sin embargo existe un núcleo de resistencia en el que todavía habita el principio esencial del alma rockera. No por nada uno de los sinónimos de resistencia es aguante y el aguante es una de las características que definen a esa corriente subterránea en la que hoy encarna aquel espíritu original. El documental colectivo Los periféricos reúne un conjunto de seis historias que conjuran el mito del aguante rockero y con ellas demuestra que tal vez sea cierto que el rock está muerto, pero que las leyendas son inmortales.
Estos seis episodios, cada uno contado con el estilo que le imprimen sus directores, rescatan distintas figuras que si bien remiten a un pasado de gloria, también prueban que la llama sigue viva. Así cuentan el mito de Max, cantante de los punk Secuestro, cuyos graffitis invadían las paredes porteñas allá en los ‘80, quien hoy es docente en la facultad de medicina. O el de Raúl “Rulo” Fernández, héroe de Villa Soldati y violero de La Máquina, combo que integra la genealogía básica del rock nacional pero de quienes hoy casi nadie se acuerda. O el de Enrique Symns, el Henry Chinaski argento, legendario editor de la revista Cerdos y Peces que sigue acoplando su poesía proletaria a los acordes que le prestan un grupo de jóvenes bluseros. O las figuras de Gus y Batra, responsables del Salón Pueyrredon, emblema de la contracultura que resistió al menemismo y, si el rock quiere, también sobrevivirá a la era Macri. O el de Eddie Pequenino, padre del rock local al que todas las enciclopedias se han encargado de olvidar.
El carácter ecléctico de estos registros le da a Los periféricos una estética de fanzine punk, aquellas revistas autogestivas cuya diagramación le debía todo al arte bastardo del collage. En esos saltos un poco desprolijos que la película va dando de un episodio al otro se encuentra la riqueza de este trabajo, que también recupera el espíritu de grupo que suele identificar al rock. Los periféricos vuelve a demostrar que una buena película no siempre es el resultado de una forma sublime, sino el producto de una búsqueda propia que ayude a potenciar la historia que se cuenta. Y en este documental fondo y forma no podrían estar más entramados.
Como en todo mito, en estas historias lo popular juega un rol decisivo, en tanto que la mitología siempre lo es por definición. En este punto vuelve a ser necesario distinguir entre popular y masivo: ninguna de las historias de Los periféricos retrata a una figura o un fenómeno masivo. Tal vez lo más cercano a eso sea el caso de Pequenino, pero al que el olvido le ha quitado ese carácter. En ese sentido el título del film también resulta adecuado: se trata de personajes y de historias que se han quedado en los márgenes y es desde ahí que su aura se proyecta de una forma casi siempre heroica. Porque por lo general el mito no encarna en la figura del que triunfa, sino en la de quien es derrotado pero aun así pelea por mantener su dignidad. Eso es el aguante. Eso es el rock y de eso trata también Los periféricos.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

sábado, 13 de abril de 2019

CINE - BAFICI 21, "Heroxs del 88" de Luis Hitoshi Díaz, día 10: Al punk argentino: ¡salud!

Una de las películas cuya proyección en el marco de Bafici se convirtió en un evento en sí misma, sin lugar a dudas fue Héroxs del 88. Dirigido por Luis Hitoshi Díaz, este documental celebratorio recrea y homenajea los 30 años del lanzamiento del disco Invasión 88, compilado fundacional del movimiento punk en la Argentina. Aquel álbum, producido, lanzado y distribuido de forma ultra independiente por el sello Radio Trípoli Discos, incluía a casi todas las bandas importantes de la tercera generación de la escena punk local, representando a través de ellas a casi todos los subgéneros que integran el abanico del punk rock. Pero para contar la historia completa lo mejor es reconstruir el paisaje en el cual ocurrió aquel milagro contracultural, que tuvo lugar en las vísperas de una de las crisis políticas y económicas más profundas que se recuerden en estos 36 años de democracia. Dejémonos caer, entonces, a través del túnel del tiempo.
Para 1988 Aldo Rico ya se había convertido en una figura pública, en el enemigo de todos (o casi todos), luego de comandar el levantamiento carapintada durante la Semana Santa del año anterior. Para entonces la llamada Primavera Alfonsinista comenzaba a volverse un invierno que, como aquel anunciado por Álvaro Alsogaray durante su gestión como ministro de economía del gobierno de Arturo Frondizi, habría que aprender a pasar. Presagios de un futuro oscuro que el asesinato de Alicia Muñiz a manos de su marido, el ex campeón mundial de boxeo Carlos Monzón, y la muerte trágica del comediante Alberto Olmedo, motor de la risa nacional, ocurridos a comienzos de ese año parecieron confirmar. 1988 no sería un año más para ningún argentino.
Para esa misma época el punk, aquel movimiento juvenil surgido en Londres once años antes, ya había logrado cierta notoriedad a nivel local, instalándose como lo último en materia de tribus urbanas. Tanto que hasta Jorge Porcel, el Gordo, había protagonizado una película titulada El profesor punk, en donde se lo podía ver tocando la batería, maquillado como Robert Smith de The Cure y con una cresta roja como la de Wattie, el cantante de los rabiosos The Exploited. Claramente el que escribió el guión no entendía nada de punk, más allá de acertar al menos con la cresta, pero la película marcaría un final de época dentro del cine argentino. No solo porque fue la primera película de Porcel tras la muerte de Olmedo, su compañero de fórmula desde hacía casi 20 años, sino también la última comedia que filmaría este cómico antes de que su vida comenzara a desmoronarse hasta su muerte en 2006.
Pero nada de esto le importaba demasiado al ejército de punkies que todos los fines de semana se acercaban a Cemento, al Parakultural, al Teatro Arlequines o a algún otro tugurio de San Telmo o Constitución, para ver los caóticos shows de sus bandas favoritas. Ya hacía rato que el punk vernáculo venía tomando forma, con la edición de los primeros discos de Los Violadores, precursores de la movida no solo en la Argentina sino en toda América del Sur, y la conformación de una escena que tenía sus referentes en bandas como Todos Tus Muertos, Cadáveres de Niños, Massacre Palestina, Sentimiento Incontrolable o Comando Suicida, exponentes de la corriente Oi!, emergente de la cultura skinhead asociada en todo el mundo con las ideologías ultranacionalistas e incluso filo nazis.
Una capa todavía más abajo burbujeaba un magma que apropiándose del “Hacelo vos mismo”, uno de los lemas que sostenían el surgimiento del punk, permitía que casi todo aquel que se sumaba a la corriente terminara formando, tarde o temprano, su propia banda de punk rock. Dos adolescentes emprendedores creyeron que era importante dejar un testimonio de aquella escena y se tomaron el asunto hacerlo ellos mismos como un mandato. Sergio “Chuchu” Fasanelli y Walter Kolm habían editado de forma autogestionada e independiente una serie de simples (aquellos discos de vinilo pequeños con espacio suficiente para contener una o dos canciones por lado) de las bandas que más les gustaban, como Massacre Palestina, Sentimiento Incontrolable y los Comando, en donde Fasanelli había llegado a tocar la batería. Sí, como Porcel en la película pero de verdad.
El resultado de su esfuerzo fue Invasión 88, un disco de vinilo editado no solo en medio de la crisis económica del gobierno de Raúl Alfonsín, que afectaba enormemente a la industria discográfica, sino en plena crisis del formato. La fabricación de los discos de vinilo se había vuelto carísima, convirtiendo al cassette en el formato más comercial. Si a eso s le suma la aparición y el auge de los walkman, una revolución en el consumo de música en los ’80, y la ya anunciada aparición de los discos compactos, todo indicaba que editar un disco de larga duración en vinilo era una verdadera locura. Pero la cultura autogestiva tiene mucho de locura. O de capricho e incluso de ilusión, para decirlo de forma más precisa, y justamente esos fueron los motores del sueño de Kolm y Fasanelli.
No es descabellado afirmar que Invasión 88 fue una superproducción discográfica inédita. Una portada a todo color con ilustraciones del dibujante Mosquil, un disco de vinilo trasparente y un fanzine impreso en el mejor papel ilustración con información de las bandas incluidas, las mejores del punk y el hardcore nacional de aquel momento. Era, sin dudas, un producto de factura extraordinaria, realizada con una cantidad de detalles de lujo que por entonces ninguna de las multinacionales estaba dispuesta a pagar ni siquiera para sus artistas más rentables como Michael Jackson, Sting o U2. Con Invasión 88 el punk de golpe jugaba en primera.
Y las bandas, un equipo completo. Desde grupos fundacionales como los entonces ya separados Los Laxantes (integrado por varios de los músicos que luego formarían Todos Tus Muertos) y Los Baraja, a otros que recién comenzaban pero que tenían un gran futuro por delante, como Flema o Attaque 77, pasando por Rigidez Kadavérica, Conmoción Cerebral, Exeroica (banda integrada por cuatro chicas), División Autista, Defensa y Justicia, un proyecto paralelo que por entonces tenían Ciro Pertusi y Mariano Martínez de Attaque, además de los ya mencionados Comando Suicida.
Justamente eran estos últimos los que marcaban el punto conflictivo de este conjunto de artistas musical y políticamente heterodoxo. Su ideología fascista los convertía en los líderes del movimiento skinhead que en los ’80 tuvo su era dorada en la Argentina y, por lo tanto, en las ovejas negras de un compilado integrado en su mayoría por bandas de extracción anarco anticapitalista. Todas esas rispideces se volvieron concretas el 16 de diciembre de ese mismo año, cuando Fasanelli y Kolm decidieron organizar la presentación en vivo de Invasión 88 en la emblemática sede de Cemento, el local que Omar Chabán tenía en la calle Estados Unidos.
Héroxs del 88 reconstruye todo eso con bastante precisión, incluyendo el clima de época, aprovechando la voz de los músicos de todas las bandas involucradas. Esa noche fue un caos en el que no solamente se vio reflejado el clásico trámite adolescente de forjar el Yo por oposición (procedimiento psicológico que en este caso tenía consecuencias concretas, adoptando la forma de batallas campales entre punkies, heavys y skines), sino que convirtió al interior de Cemento en una muestra a escala de lo que se vivía en las calles. Aunque habían pasado 5 años desde el regreso de la democracia, el aparato represor de las instituciones policiales aún contaba con una estructura poderosa basado en realización de razzias y detenciones masivas. Ser punk, heavy o skinhead en los ’80 equivalía a terminar preso incluso sin razones válidas que lo justificaran y por eso no es raro que casi todas las bandas que formaron parte de Invasión 88 tuvieran sus canciones contra la policía.
Aunque se trata de un documental clásico de cabezas parlantes enriquecido con el poco material de archivo de la época que aún se conserva (y no en muy buen estado), Héroxs del 88 es una película épica en la que su director consigue hilvanar un relato y pintar un retrato que ilustran perfectamente el espíritu no solo del proyecto de ese disco, sino de la época. Y fue realmente emocionante ver como durante las proyecciones los mismos artistas que hace 30 años se agarraban a las piñas cada vez que podían, esta vez compartían la sala y se reían con las anécdotas que unos y otros contaban. Es ese, sobre todo, el gran mérito de la película: homenajear a estos tipos que por entonces no eran más que pibes, pero que ayudaron a que muchos de sus compañeros de generación comenzaran a transitar el desafío de pensar en qué cosa es el mundo y de qué forma querían pasar por él. Salud, entonces, a los Héroxs del 88.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

CINE - Primera edición del Rock'n'Doc Festival: El cine y el rock unen sus fuerzas

El cine y el rock tienen más de un punto en común en sus historias. De ellos puede decirse que llegaron a convertirse en las expresiones artísticas más potentes del siglo XX y que desde el futuro no será posible entender esa época sin atender a lo que ambos universos representaron, no solo en términos artísticos sino como herramientas de comunicación. Pero así como tienen fanáticos, el rock y el cine también acumulan agoreros. Por eso, del mismo modo en que comparten esa potencia que les permitió definir y construir su propio tiempo, también coinciden en el pronóstico reservado con el que muchos evalúan su futuro. No pocas veces uno y otro han sido dados por muertos, en ocasiones con argumentos atendibles, y sin embargo ahí están. Del 6 al 12 de septiembre rock y cine unirán fuerzas para animar la primera edición del Rock’n’Doc Festival, encuentro que recorrerá la huella que comparten música y películas, en una nueva muestra de buena salud.
“El objetivo es generar un espacio de promoción y reconocimiento a las expresiones artísticas que contengan un cruce de estos dos universos que tanto nos gustan a los argentinos”, señala Lisandro Illa, creador y responsable del Rock’n’Doc y de la productora cultural Fuera de la común. “Creemos que es necesario crear un espacio de difusión de este tipo de material, tanto local como internacional. Sabemos que el público lo va a agradecer y nos va a acompañar llenando las salas”, agrega.
El encuentro tendrá como sede el complejo de salas Hoyts Abasto y aunque su programación estará centrada sobre todo en el cruce que se produce entre el rock y el género documental, sus límites serán significativamente más amplios. Y así como sus distintas secciones incluyen documentales de rock, biopics, recitales registrados en vivo y más elementos vinculados a la cultura del rock, también será posible ver ficciones y material que va más allá del campo rockero, pero que comparten con él las características revulsivas, vanguardistas y juveniles que ayudaron a definirlo como género. “La idea es ser lo más inclusivos y abiertos que se pueda, no plantear límites desde el lado del género musical ni del formato documental”, aclara Illa. “El rock es tomado como concepto más que como género, pero sin reducirlo a una cuestión estética. Viene más por el lado de lo disruptivo, de romper reglas y cuestionar lo que se nos impone, desde el lugar que sea. También de actitud, de cómo pararse frente a la vida”, completa.
La primera edición del Rock’n’Doc contará con competencias nacionales e internacionales de largometrajes y video clips, y una Competencia Nacional de Contenido Web. Para elegir a los ganadores el festival convocó a un jurado cuyo line up no podría ser más oportuno: el crítico de cine (y ramonero confeso) Diego Trerotola; Santiago Motorizado, guitarrista y cantante de El Mató a un Policía Motorizado, una de las bandas de rock más importantes de la escena actual; y Sofía Gala Castiglione, que es actriz pero le sobra pasta de auténtica rock star.
La Competencia Internacional de largos está integrada por siete títulos que conforman un corpus ecléctico, tanto en lo cinematográfico como en lo rockero, aunque desde lo musical se perciba una tendencia hacia los espacios propios del punk rock y el hardcore. Sobre ese universo trabajan los documentales Turn It Around: The Story of East Bay Punk, HR Finding Joseph I y Queer Core: How to Punk a Revolution. El primero aborda la historia de la movida en el área de la bahía de San Francisco a finales de los ’70, una de las escenas más potentes del género en esa época junto con la surgida en la ciudad de Whasington. La película, que se presenta en carácter de premier latinoamericana, incluye el relato de Iggy Pop y los testimonios de artistas emblemáticos como Kirk Hammett (violero de Metallica y vecino de San Francisco), Jello Biafra e East Bay Ray de Dead Kennedys, Duff McKagan de Guns’n’Roses, Ian MacKaye de Minor Threat y Fugazi, el guitarrista de Primus Larry Lalonde, e integrantes de bandas como The Offspring, Green Day, 7 seconds, Bad Religion o Rancid. El segundo se traslada justamente a la capital de los Estados Unidos para retratar a Paul HR Hudson, líder de los emblemáticos Bad Brains, padres del hardcore americano y de la mencionada movida del DC (que también es presentada en el documental Salad Days que se proyecta fuera de competencia). La tercera película indaga en el llamado queercore, movimiento cultural y social que comenzó como una rama del punk y se distingue por su labor musical y política sobre los ejes vinculados a diferentes temáticas de género.
Las otras películas en competencia incluyen dos documentales y dos ficciones. Estas últimas son Bodied, producida por Eminem, sobre un joven que elige a las batallas de rap como tema para su tesis universitaria, pero el asunto acaba convertido en una obsesión; y Kuso, una comedia apocalíptica dirigida por el músico y productor musical Flyng Lotus, sobrino nieto de la mítica pareja formada por John y Alice Coltrane. El film cuenta con guión del animador británico David Firth –cuyos trabajos combinan el humor negro con lo sórdido— y un elenco que incluye a la leyenda del funk George Clinton, líder de Parliament y Funkadelic, y al actor porno Lexington Steele en un rol secundario. El sitio de la película en Wikipedia menciona que Kuso se estrenó en el Festival de Sundance 2017 y que por la cantidad de escenas groseras que contiene consiguió que buena parte del público se retirara de la sala mucho antes del final. Una proeza que animará a los amantes del exceso a concurrir a verla en masa. Por su parte el documental Nico 1988, que oficiará de película de clausura, retrata el último año de la vida de la modelo y cantante Nico (recordada por su colaboración con Lou Reed en el disco de la banana, el más popular de Velvet Underground), mientras lidia con la adicción y sus demonios personales. La selección se completa con Matangui Maya M.I.A., perfil del rupturista artista de Sri Lanka.
Por su parte la Competencia Argentina se limitará a tres títulos, todos ellos dentro del espacio del documental. Cien caminos, segunda película que el director Fernando Blanco le dedicada a Suárez, la banda en la que cantaba Rosario Bléfari. A ella se suman Violadores en el Luna Punk, de Juan Riggirozzi, que registra el show que marcó la reunión de la banda madre del punk local luego de 30 años, y Cemento, de Lisandro Carcavallo, que homenajea al espacio más importante para la cultura rockera en las décadas de 1980 y 1990. Por su parte la Competencia Internacional de Video Clips está compuesta mayoritariamente por piezas surgidas del universo del hip hop y sus subgéneros, incluyendo rap, electro rap, trap, anti rap o lo-fi hip-hop. Los artistas en competencia son los estadounidenses Run The Jewels, Childish Gambino y Flying Lotus, los sudafricanos Die Antwoord, el estonio Tommy Cash y el venezolano radicado en Londres Arca. Por el lado nacional compiten Boom Boom Kid, Juana Molina, Usted señálemelo, Bhavi, Khea, Miss Bolivia y Babasónicos, en trabajos en los que se destacan las temáticas sociales. La programación completa del Rock’n’Doc puede consultarse en: www.rockndoc.org.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 26 de agosto de 2018

LIBROS - La novela grafica el rock: Ramones y Metallica en cuadritos

Alguna vez el rock fue un género revulsivo, vinculado al espíritu agitado y las ansias de libertad que identifican a la adolescencia. Capaz de asustar a padres y madres, que se desvivían por alejar a sus chiquitos de tan nefasto influjo, el rock fue vinculado sucesivamente a la violencia, el sexo libre, las drogas, el suicido, el crimen e incluso al mismísimo Satán. En casi todos los casos, para qué negarlo, sobraban las razones. Pero el rock fue pasando de ser una expresión marginal a convertirse en niña mimada del mundo de los negocios. En la actualidad no hay género dentro de su universo al que no le hayan exorcizado sus demonios a través de la liturgia del mercado. Así fueron cayendo desde el rock and roll más tradicional, con las caderas endiabladas de Elvis como estandarte, el hard rock de finales de los '60, los juegos químicos de la psicodelia o la muerte joven del punk, hasta el violento heavy metal y su galaxia de subgéneros, uno más diabólico que el otro. Para cuando en 1992 Nirvana y el grunge provocaron la última revolución adolescente, el rock ya era parte del establishment de la cultura global. Algunos años más tarde hasta las abuelas, que antes se hacían la señal de la cruz con sólo escuchar los primeros acordes de "Jailhouse Rock", lloraron de pena cuando Kurt Cobain se voló su torturado flequillito rubio de un escopetazo.
Desde entonces dicen que el rock ha muerto. Que sólo lo escuchan los "viejos" de más de 40. Que definitivamente ha sido reemplazado en el oído juvenil por el hip-hop, el reggaetón o el dubstep, provocando el enojo de los rockeros, que ahora rezongan como lo hacían los tangueros más conservadores cuando arreciaba la beatlemanía. Pero de golpe aparece en las librerías una colección de historietas, que bajo el nombre de La novela gráfica del rock recorre las biografías de algunas de las bandas más populares del género a través del arte de los cuadritos entintados. Y parece que todavía no se ha perdido la última batalla. Editada por el sello español MaNonTroppo, la colección pone al alcance de los fanáticos sus dos primeros volúmenes dedicados nada menos que a los Ramones y a Metallica, bandas emblemáticas del punk y el heavy metal, los géneros que se encargan de custodiar lo más rebelde y combativo del rock. La elección de ambas es, de alguna manera, una forma de plantar la bandera en la parcela más dura del suelo rockero.
Escritos por el guionista y periodista de rock inglés Jim McCarthy y dibujados por Brian Williamson, los libros narran las carreras de ambos grupos intentando meterse en cada grieta de sus historias. De esa forma recorre los orígenes de cada uno: el de Ramones en el barrio de Queens, en Nueva York, y el de Metallica en la costa opuesta de Estados Unidos, en los suburbios de ciudades como Los Ángeles o la Bay Area de San Francisco. Pasan por los distintos paisajes emotivos que representa para ellos la salida de sus discos emblemáticos, los cambios de miembros, las peleas de sus líderes, los procesos de crecimiento o los períodos críticos, el éxito y las tentaciones, la resistencia en momentos de debilidad, el vínculo con otros artistas, con el público y los fans. Entre estos últimos se encuentra el público natural de estos libros, son ellos los que disfrutarán de ver a las duplas de James Hetfield y Lars Ulrich o Joey y Johnny Ramone convertidas en personajes de historieta.
Proveniente del mundo del comic, no llama la atención que McCarty haya trabajado en su momento como guionista de Judge Dredd, uno de los personajes favoritos de muchos rockeros. Junto con Williamson trabajaron en otros libros de historieta sobre figuras del mundo de la música, como Michael Jackson, Nirvana o Guns N' Roses, este último de próxima aparición en esta misma colección. Trabajados en un blanco y negro de alto contraste que da a las tiras un aire clásico, los libros de Metallica y Ramones tal vez no cuenten nada nuevo, pero sin dudas lo hacen de un modo distinto, agradable más allá de incomodidad inicial que puede provocar una traducción repleta de españolismos. Habrá quien los lea como un certificado de defunción del rock. Pero también quienes los vean como una prueba de que la bestia todavía respira y da pelea. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 19 de noviembre de 2017

LIBROS - Colección La Balsa de la editorial cooperativa Patria Grande: de Spinetta, Patti Smith y más allá

Desde el advenimiento del programa humorístico Peter Capusotto y sus videos, creación del actor Diego Capusotto y el guionista y director Pedro Saborido, escribir un texto sobre el rock se volvió un terreno resbaloso. Cualquier exceso de pretensión, solemnidad o lisa y llanamente cualquier tipo de exceso puede dejar al autor automáticamente frente al abismo de la parodia involuntaria.
Pero también ha quedado claro que en su más de medio siglo de vida el rock ha generado su propia y potente galería de héroes, su propia mitología. A partir de la colección La Balsa, la cooperativa editorial Patria Grande les propone a los lectores rockeros un recorrido posible por ese panteón donde viven para siempre las grandes leyendas de un género que en la actualidad atraviesa por un momento de crisis.
Lanzada hace apenas algunos meses atrás, la colección les dedica sus primeros volúmenes a dos artistas de esos que no tienen molde y cuyas obras representan cumbres ineludibles dentro del universo del rock. El primero de ellos es El lector kamikaze, donde Juan Bautista Duizeide aborda el universo infinito de Luis Alberto Spinetta, pionero y uno de los dos o tres máximos exponentes del rock nacional. El segundo está dedicado nada menos que a Patti Smith, la poeta punk, mujer talentosa y multifacética cuyo perfil traza Rosi Bernas en el libro Poesía y distorsión.
"Solemos decir que los editores somos meros enlaces entre los libros, sus autores y lectores, porque antes que nada somos lectores", dice Sergio Avasolo, uno de los editores responsables de Patria Grande, a modo de declaración de principios para, a partir de ahí, definir los objetivos de la editorial. "A La Balsa la concebimos junto con el escritor Juan Duizeide, quien ejerce como director. Si bien su nombre tributa homenaje al rock nacional y sus pioneros, no se agota allí", afirma Avasolo. La colección no agota su curiosidad en los límtes del rock: "Hay una concepción general que revisa, interpreta y atraviesa la conexión entre dos lenguajes: la música y las literaturas de los compositores letristas, los cantautores populares y sus referencias literarias tanto del rock nacional, el cancionero latinoamericano, el folklore de diversas culturas y hasta de cantautores arropados dentro del show business global pero con un mensaje". Sin embargo el editor aclara que la intención no es la de "abordar cancioneros en términos musicológicos en sentido estricto como tampoco mostrar aspectos o pinceladas biográficas al modo de la hagiografía, sino –y esto es simple– ¿qué leen los músicos que componen canciones?, ¿cómo influyen esas lecturas en su producción?, ¿con qué universos estéticos dialogan los creadores, más allá de las influencias directas?".
"La colección persigue una finalidad tal vez implícita pero no menor, que es la de abrir las puertas a los cultores, los seguidores de la obra de tal o cual músico o banda para mostrarles el acto creativo del bardo que a su vez les tiende un puente a ellos, un puente a otras obras, a otros libros, a otros autores, a otra percepción, a otro modo de involucrarse en la memoria de los pueblos", amplía Avasolo. "El proyecto es recorrer los vasos comunicantes que contribuyen a hacer de las canciones pequeños universos. Artaud, Rimbaud y el Flaco Spinetta; Jim Morrison, Baudelaire y William Blake; Patti Smith y los beatniks; Gustavo Cerati y la ciencia ficción; Ramón Ayala y García Lorca; o el Indio Solari y Castaneda, Conrad, Lovecraft o Gurdjieff. Lo nuclear aquí es qué hace un músico con aquellos autores o libros que influyeron en su arte y su vida", concluye. Y avisa que en La Balsa hay espacio para mucho más, ya que se encuentran en preparación los próximos volúmenes de la colección, dedicados a Juan Tata Cedrón, a Javier Martínez y Manal, y a Ricardo Soulé y La Biblia. Larga vida a la música, larga vida a los artistas. Larga vida al rock.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 30 de julio de 2017

LIBROS - "Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento", de Fernando García: Una novela con 16 rockeros y un periodista

El rock ha muerto, ha dejado el edificio. Se fue de gira. El rock en la actualidad es apenas una sombra de aquella máquina de generar revoluciones por minuto. Aunque las bandas todavía llenan estadios, los festivales continúan multiplicando sus grillas con los nombres de grupos siempre nuevos y sus estrellas mantienen el dorado estatus celestial, la realidad es que los nombres siguen siendo los mismos. O menos, porque los rockeros comparten con el resto de la humanidad esa mala costumbre de morir. ¿Alguien recuerda cuál fue el último artista del rock en ser conocido hasta por las abuelas y que además haya conseguido mantener ese estatus por más de un disco, a lo sumo dos? No, esas cosas ya no pasan: parece que el de las estrellas de rock dejó de ser un recurso renovable.
Algo de esa idea parece confirmarse en el libro Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento, recopilación de algunos de los trabajos que el periodista Fernando García publicó cuando trabajaba para Clarín, donde durante muchos años fue redactor y luego editor del Sí!, el extinto suplemento joven del diario. Como si se tratara de un santoral, en sus páginas se acumulan 16 entrevistas a grandes figuras del rock, casi todos ellos verdaderos íconos en todo el mundo, cuya sola invocación alcanza para traer a la memoria un contexto histórico determinado, una corriente estética muy específica y hasta un momento exacto de la propia vida.
John Lydon, Neil Young, Phil Collins, Kiss, los hermanos Gibb, Noel Gallagher, Jon Bon Jovi, Ozzy, Malcom McLaren, Dee Dee Ramone, Bono, Damon Albarn, Regina Spektor, Lou Reed, David Bowie y sir Paul McCartney: ninguno tiene menos de 47 años e incluso seis de ellos ya han muerto. Como el rock. Un promedio de edad a años luz de la idea de rock como forma de expresión juvenil, del que apenas escapa solo uno de los artistas entrevistados: la Spektor (36 años). Curiosamente es la única mujer del libro y a quien resulta más dificultoso incluir dentro del género de forma plena. Todos son parte de esa realeza decadente a la que todavía se le rinde pleitesía.
Claro que para que eso ocurra es necesario que el lector tenga, digamos, más de 35 años. Porque para los más jóvenes (los millennials no escuchan rock sino como la música de sus padres), el de García puede parecerse a un libro de historia. Eso sí, uno maravillosamente escrito, en el que aquellas entrevistas, ahora liberadas de las limitaciones de espacio que originalmente les impuso el formato rígido de las páginas del diario, alcanzan una segunda vida mucho más plena. Una donde el autor se da el lujo de revelar detalles personales que hacen al clima de la charla, de poner en contexto. De narrar, olvidándose de la entrevista para escribir una novela protagonizada por 16 artistas de rock y un periodista.
Como una declaración de principios, García comienza su propia versión de la historia con la entrevista que le realizó a John Lydon, ex Sex Pistol, ex Johnny Rotten, que en 1992 visitaba por primera vez la Argentina con su banda PIL y a quien solo pudo acceder haciéndose pasar por un fan. Porque un periodista hace cualquier cosa por una buena nota. ¿O será que un periodista nunca deja de ser un fan? Es posible: en muchas de estas crónicas se trasluce la mirada deslumbrada del fiel que lucha contra su propio credo para poder hacer bien su trabajo. Y si de hacer cualquier cosa por cumplirlo se trata, ahí está el relato de la persecución suicida para alcanzar a Paul McCartney en la autopista, durante su primera visita al país en 1993. O el relato de supervivencia que significa entrevistar a una persona que no entrega más que diez palabras por respuesta, como le ocurrió con el guitarrista de Oasis, Noel Gallagher. En Cómo entrevistar a una estrella de rock y no morir en el intento, García ofrece unas cuantas lecciones dignas de un manual de periodismo. Y, quizá sin querer, le firma el certificado de defunción al rock. ¡Dios salve al rock! 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 21 de mayo de 2017

CULTURA - "Bowie by Mick Rock", muestra fotográfica de Mick Rock: El hombre que nos enseño a mirar a Bowie

A veces plantear una pregunta puede resultar la mejor forma de aproximarse a un tema. Una pregunta que funcione no sólo como una trivia que haga entretenido el inicio del abordaje, sino que además sirva para introducir y destacar el detalle más importante del asunto, aquel que lo vuelve relevante y digno de ser tratado. Eso que en periodismo se suele denominar "La Noticia". En cuanto al asunto que nos ocupa esta vez, un posible interrogante que cumpla con ambas premisas de manera eficiente podría ser el siguiente: ¿cuál es el vínculo que une a una heterogénea lista de rockeros que incluye entre otros a David Bowie, Blondie, Queen, Talking Heads o los Ramones con el predio de la Sociedad Rural Argentina? La respuesta es Mick Rock.
Mick Rock es una de esas personas a quienes su nombre parecía tenerles reservado un destino manifiesto. Se trata del fotógrafo y artista gráfico británico vinculado al universo del rock más prestigioso del mundo. Es reconocido sobre todo por haber sido durante más de 40 años el fotógrafo oficial de David Bowie, el prolífico y multifacético cantante y artista fallecido hace poco más de un año. Desde hace algunas semanas la muestra Bowie by Mick Rock se encuentra instalada en el predio palermitano y se la puede visitar hasta el 28 de mayo. La misma representa un recorrido explícito y sublime por el producto de la relación entre fotógrafo y cantante: la galería de retratos de Bowie más completa del universo y sus alrededores, que de algún modo registra el legado cultural de un artista tan admirado como influyente.
Iniciativa realizada con el apoyo de DF Entertainment y Access Creative Agency NYC, Bowie by Mick Rock incluye reproducciones fotográficas gigantes, proyecciones, efectos visuales dentro y fuera de la sala, recreaciones de espacios y diferentes hechos específicos que marcaron la vida de Bowie. Dentro del material incluido se encuentra además la película documental Shot! The Psycho-Spiritual Mantra of Rock, dirigida por Barney Clay, que también formó parte de la reciente 19º edición del Bafici, el Festival Internacional de Cine Independiente porteño, en cuyo catálogo se califica a Rock como “el fotógrafo de rock más importante de los últimos cincuenta años”. Ahí mismo el crítico David Obarrio describe a la película como un recorrido por el universo íntimo del rock, en el que el ubicuo fotógrafo oficia de guía. “Detrás del desfile de caras míticas que empieza con Syd Barrett, pasa por Bowie, Iggy Pop y Lou Reed y sigue de forma infinita, asoman las anécdotas feroces, el olvido, las caídas, la risa del diablo como la melodía peligrosa del mundo del espectáculo y sus vidas al límite”.
La carrera de Rock comenzó cuando conoció a Syd Barret, mítico guitarrista fundador de Pink Floyd, justo después de que este dejara la banda. Una de las fotos que entonces realizó con el músico acabó siendo la imagen que ilustra la portada de su primer disco como solista, The Madcap Laughs. Dos años más tarde conocería a Bowie y su vida cambiaría de rumbo para siempre. "Mick es el hombre que fotografió el rock”, dijeron los organizadores de esta exhibición que llega a su última semana. Y tienen razón: la lista de artistas con los que Rock trabajó es un auténtico dream team de rock and roll. Además de Barret y Bowie, también aceptaron ponerse bajo la lente del fotógrafo bandas y artistas fundamentales como Lou Reed, Queen, Blondie, Talking Heads, Iggy Pop e incluso los más grandes iconos del punk en Inglaterra y los Estados Unidos, los Sex Pistols y los Ramones. Una lista que habla por sí sola de la calidad del trabajo de Rock.
Bowie by Mick Rock representa además la segunda exhibición fotográfica de semejante nivel dedicada a ilustrar el mundo del rock que abre sus puertas en Buenos Aires en 2017. Ya en marzo el fotógrafo estadounidense Bob Gruen había visitado la ciudad para presentar Rock Seen, otra galería rockera que incluía retratos de los Sex Pistols y sus miembros, de los héroes del punk inglés The Clash, de Led Zeppelin, Tina Turner, Chuck Berry, Mick Jagger y John Lennon. Gruen ya había visitado Argentina en 2011 para presentar una muestra de fotografías del ex líder de The Beatles en el Centro Cultural Recoleta. Al igual que las dos de Gruen, la muestra de Mick Rock resultó un éxito de convocatoria, confirmando el gran amor (o el fetiche) de los porteños por los grandes mitos del rock.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino

martes, 22 de noviembre de 2016

CINE - 31° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Día 4: Gimme Danger, dos potencias se saludan

Como ocurrió durante el mítico apretón de manos entre el Mono José María Gatica, asomado entre las sogas del ring y una sonrisa de oreja a oreja, y el General Perón paradito en el ring side, el documental Gimme Danger también representa un acontecimiento cumbre en el que dos potencias se saludan. Que en este caso no tiene que ver directamente ni con la política ni con el deporte, sino con dos pesos pesados de la cultura indie de los Estados Unidos como el director de cine Jim Jarmusch y el ícono del rock and roll más salvaje, James Osterberg, mejor conocido como la iguana Iggy Pop. En poco más de una hora y media el cineasta le rinde culto a The Stooges, la banda fundada por Iggy en 1967, que a partir de su salvaje teatralidad en escena, de la descontrola vida pública y privada de sus miembros, y sobre todo de su novedosa forma de reinterpretar el rock and roll se convirtió en una de las más influyentes de la historia del rock.
La aclaración no es ociosa, porque si bien el cantante y líder de los Stooges ocupa el centro del relato, Jarmusch no se olvida de ninguno de los miembros fundamentales de la banda: el bajista Dave Alexander, los hermanos Ron y Scott Asheton, guitarrista y baterista respectivamente, y más tarde James Williamson, también en guitarra. Todos ellos son responsables de tres discos que llevaron al rock por una nueva dirección, aunque fueran prácticamente despreciados por la mayoría de sus contemporáneos. De la placa original autotitulada de 1969, pasando por Fun House (1970), hasta llegar a esa obra maestra que es Raw Power (1973, producido por David Bowie), los Stooges llevaron la energía del rock a un nivel y por un camino casi inexplorado hasta su aparición. Por supuesto que la película se encarga de honrar también a los MC5, precursores y padrinos de la banda, a quienes el propio Iggy Pop les reconoce parte del mérito de haber llegado hasta donde llegaron.
Considerados los virtuales padres del punk rock, movimiento surgido como tal recién cuatro años después del último disco de estudio de la banda (aunque los Ramones lo venían tocando desde 1974), la historia del rock no sería tal como se la conoce si Iggy y The Stooges no hubieran estado ahí, para mostrarle al mundo cómo era eso de tocar hasta literalmente no dar más. Y Jarmusch, que evidentemente es un gran fanático de la banda, consigue sacarle todo el jugo a cada uno de los testimonios para pintar un fresco vívido y verosímil no sólo de sus personajes, sino también de una época. Pero lo hace sin necesidad de caer en la mera idolatría ni en la condescendencia advenediza: solamente los Stooges y un puñado de voces de los que estuvieron ahí, muy cerca de ellos, contando su propia leyenda.
No faltan la música, los archivos que registran diversas presentaciones en vivo de la banda, ni las fotografías que documentan diversos momentos de su historia. Todo eso amalgamado a partir de animaciones, montajes y la utilización de fragmentos de películas ignotas que le dan a la película el aspecto de un collage en movimiento. El relato llega hasta las diversas reuniones de la banda ya durante los primeros años del siglo XXI e incluso la ceremonia donde The Stooges son incluidos en el Salón del la Fama del Rock, en el año 2010, en el que Iggy recordó a los compañeros fallecidos de la banda. Porque en el fondo, Gimme Danger es también una película elegíaca, un homenaje en vida a uno de los últimos próceres de una época dorada, que ya despidió a unos cuantos de su propia generación (Lou Reed, Leonard Cohen, el propio David Bowie), pero que a punto de cumplir los 70 sigue dándole lecciones de rock a las estrellitas del momento. Dios salve a la iguana.


Para ver la cobertura completa del festival, hacer click ACÁ

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

miércoles, 23 de marzo de 2016

CINE - "Vientos de agosto" (Ventos de agosto), de Gabriel Mascaró: Navegando entre el sueño y la muerte

A diferencia de películas de perfil más comercial, en las que el relato casi no necesita más que de sí mismo para resolverse y cumplir con su destino de ser narrado y de tener un sentido, films como Vientos de agosto, del brasileño Gabriel Mascaro, que se estrena mañana en Buenos Aires, exigen de parte del espectador una observación mucho más activa. Un compromiso que se sustenta en la voluntad de entablar un diálogo con el artista, en el que la mirada ajena busca y aporta elementos y argumentos que a la vez completan y amplían la historia. Del mismo modo en que estas películas se enriquecen con el aporte del espectador atento, las voces de sus directores también pueden resultar una herramienta útil y oportuna para abordarlas. Y Mascaro, que hasta Vientos de agosto sólo se había dedicado al cine documental, resulta ser un buen guía a la hora de sugerir algunos itinerarios a través de los extraños pero cálidos caminos que su película propone. La acción transcurre en una pequeña villa de pescadores en un lugar indeterminado de la costa brasilera. Un espacio muy vívido y real cuyos bordes se pierden en el territorio de lo onírico y donde el mar parece ser una zona de tránsito entre la vigilia y el sueño, pero también entre el mundo de los vivos y el de los muertos. “En la película está muy presente la dualidad del sueño y la muerte, como también la figura del cuerpo como elemento que conecta estos dos planos”, afirma Mascaro. “El mismo cuerpo que está naturalmente desnudo, también está conectado con la muerte de forma orgánica. La película se propone mirar al cuerpo orgánicamente desde diferentes perspectivas. Un cuerpo que se entrega al sexo, que muere, que se pudre. Un cuerpo que es llevado por las olas; un cuerpo que no va al cielo pero tampoco al infierno, sino que se va al mar, como dice un personaje, un pescador. Ahí se representan dos formas filosóficas de cómo mirar a la vida y a la muerte, en donde el mar es un espacio intermediario en donde tiene lugar todo este devenir que, sí, es muy cercano al sueño”, completa el director.  

–Según parece el límite del mar no viene a marcar un final, sino que representa una continuidad de la vida cotidiana, pero también el comienzo de una dimensión nueva. ¿Cómo fue construyendo esa idea?
 –Traté de no pensar en Brasil al imaginarlo, sino en un espacio mítico. Una zona casi mitológica que se mezcla con un perfil geográfico casi surrealista. Ahí tiene lugar una realidad muy cotidiana y sencilla, pero también casi intangible. Entonces la película está inmersa en la cultura de la playa y la naturaleza, pero sin que sea posible identificarla de manera nacionalista. Pero el pueblito y su cementerio en la playa son reales. Ahí pude oír historias de cómo el mar de- sentierra los huesos y el gran dilema de los pobladores es si deben enterrar una vez más esos cuerpos ahora dispersos o bien dejar que el mar haga su trabajo.  
–Por eso no es extraño que sea ahí, en el fondo del mar, en donde Jeison, uno de los protagonistas, tiene su primer encuentro con la muerte.
–Absolutamente. Ellos tienen un gran dilema existencial: si no- sotros encontramos algunos huesos en la arena, ¿se trata de huesos que se están yendo al mar o de huesos que están volviendo, devueltos por él? Me pareció que era interesante ver el lugar que esa cuestión ocupa para los habitantes de este pueblo, porque la forma en que ellos perciben el mar es incluso más importante que la cultura de enterrar los cuerpos. El mar es como una ultra entidad filosófico existencial, casi divina. Entonces si el mar se los lleva, esos cuerpos, esas almas, esos sueños no están ni en el infierno ni en el paraíso, sino en otro lugar quizá mundano. Igual que nosotros, pero libres.  
–¿Por qué elegiste construir la banda sonora con punk rock y heavy metal, dos ritmos que no tienen que ver con las raíces del Brasil, pero que tienen una fuerte tradición dentro de su país?
–La idea era que, como la historia transcurre en un pueblo chiquito y aislado geográficamente, la película contextualizara la distancia que el pueblo tiene de cualquier instancia oficial como parte de un estado. Pero no tan aislado que se convirtiera en intocable. Un lugar que conserva sus raíces pero contemporáneo, abierto al mundo; geográficamente distante pero de ninguna manera aislado culturalmente. Traté de que los personajes tuvieran el deseo de dialogar contemporáneamente con otras culturas. Por eso para mí el personaje de la chica joven es muy significativo: maneja un tractor, escucha punk y heavy metal, quiere ser tatuadora. Tiene un devenir culturalmente distinto, pero la película no trata esa diferencia como algo chistoso o exótico, sino que los deseos de ese personaje también son orgánicos dentro de su propio universo. La música también me sirvió para quebrar la atmósfera de un paisaje idealizado, y eso evita que la película acabe siendo apenas naïf.  
–La aparición del personaje que se dedica a grabar el sonido del viento también produce un quiebre dentro del relato, que además parece un salto en el tiempo entre dos realidades cuyas diferencias no son sólo sociales sino también culturales, tecnológicas y hasta históricas.
–También personifica una paradoja, porque siendo tan distinto, tan ajeno y tan extranjero, sin embargo su materia prima es la misma que la de los pescadores. Ese viento que él viene a registrar es el mismo que para los pescadores representa una herramienta de trabajo. Este personaje llega para percibir esos mismos vientos pero desde una perspectiva distinta. La idea era crear una ruptura: cómo un mismo elemento en común puede ser tan distinto para uno y para otro y cuán grande puede ser la distancia entre las formas en que cada quien lo percibe.  
–Al principio del film una anciana le dice a la chica que para ella los sueños son una puerta para atravesar el velo de la muerte. ¿Es posible que este chico que escucha el viento represente una forma de sueño para Jeison?
–Sí, pero la fascinación es doble. Porque es cierto que a Jeison lo seducen esa tecnología y la labor extraña que lleva adelante el otro, pero también el otro se fascina con Jeison, un chico curioso que le habla de los pulmones del mundo. Que en una película sobre el viento un personaje que se dedica a escucharlo y otro que afirma conocer en dónde están esos pulmones del mundo, acaben fascinados el uno con el otro es casi una cuestión de lógica. El intercambio cultural que se produce entre ellos se genera a partir de esa fascinación, pero paradójicamente también expone sus diferencias.  
–¿No es ese mismo deslumbramiento lo que acaba generando en Jeison una suerte de desprecio por su propia realidad?
 –A Jeison lo atrae lo diferente de una manera amplia. Por eso se relaciona con esta chica que quiere ser tatuadora, que escucha heavy metal y en el fondo es tan distante y distinta como el chico que escucha el viento. Además Jeison es un personaje con una identidad más débil, menos fuerte que la de los otros dos, y siempre está vinculándose con otras personas que puedan darle una experiencia del mundo diferente de la que él es capaz de tener por sí mismo. Y cuando por fin se fascina con ese cadáver que encuentran en el mar, que se va descomponiendo, Jeison termina desconectado de la chica y de su propia comunidad: se admira de ese cuerpo que se pudre, quiere cuidarlo y defenderlo. Y su actitud trae a la superficie el dilema filosófico de su comunidad acerca de qué hacer con sus muertos y el vínculo con el mar, que tiene que ver con la idea de la eternidad.  
–El periplo que realiza Jeison con ese cadáver que encuentra en el mar tiene algo de El proceso, de Franz Kafka. Una versión amazónica de ese laberinto burocrático del que Jeison recién encuentra una salida forzada sobre el final. 
–Es casi como la burocracia extrema de Kafka, pero en un lugar por completo tranquilo, casi idílico, ideal (aunque tal vez sería más correcto decir idealizado), en el que la presencia del estado es nula y en el que nadie nunca imaginaría que puede tener lugar un proceso kafkiano. Un espacio de aparente libertad absoluta, pero que sin embargo es lo opuesto.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 29 de enero de 2016

CINE - "Salad Days: Una década de punk en Washington DC (1980-1990)" (A Decade of Punk in Washington, DC): Juventud política

“Añorando aquellos días/ en los que me puse este traje por primera vez [...] Demasiadas voces/ Me han enmudecido [...] ¿A dónde me puedo bajar? [...] Mirá lo que somos ahora / Nos ablandamos y nos pusimos gordos/ Esperando el momento/ Ya no hay forma de volver/ Tan serios/ Habitando en nuestros recuerdos/ Pero ya no hay hechos.” Algo recortada, esta es la letra de “Salad Days”, canción que cierra Out of Step, segundo y último disco de Minor Threat, banda seminal de la escena hardcore punk en Estados Unidos, editado en 1982. Curiosamente, aunque sus versos parecen reproducir el lamento de una persona que, ya grande, siente nostalgia por los viejos tiempos, tanto el vocalista Ian MacKaye como el resto de sus compañeros no tenían más de 20 años cuando la banda se separó en 1983, dejando como último legado esta canción. Una instantánea de ese momento crucial en la vida de cualquiera, que es el final de la adolescencia. El incómodo desafío que representa el hecho de crecer, entendido no sólo en términos biológicos sino también musicales y políticos, es el tema de este documental que traza un retrato certero de la escena hardcore punk que surgió y creció en la ciudad de Washington DC entre 1980 y 1990, titulado de manera nada casual Salad Days.
Tanto la figura de MacKaye como la de su banda ocupan el centro de este relato que escribió y dirigió Scott Crawford. Los Minor Threat porque, junto con Bad Brains, son los emergentes más populares de aquella escena. Y MacKaye porque, además de ser el fundador de Dischord Records, sello independiente aún activo que, sin proponérselo, se encargó de llevar un registro amplio y vívido de su propia época, es sobre todo el cantante que por un rato le prestó su voz y convicciones a sus compañeros de generación.
 Aunque no se trató de un fenómeno único dentro de los Estados Unidos –tanto en Los Angeles y San Francisco como en Nueva York se dieron movimientos análogos, aunque con menor nivel de cohesión–, la escena del DC tiene la plusvalía de haber tenido lugar en la ciudad que es el corazón político de un imperio que se encaminaba a la hegemonía global. Contemporáneo del triunfo y apogeo del reaganismo, y nacido en la ciudad cuya principal industria son las instituciones de la nación, la movida del DC hardcore en parte es una consecuencia de las durísimas políticas económicas, bélicas, sociales y culturales que Ronald Reagan sostuvo a lo largo de sus ocho años de gobierno, del mismo modo en que la aparición del punk en Londres, en 1977, también representó una reacción cultural al férreo liberalismo impulsado por Margaret Thatcher. El surgimiento del DC hardcore es, entonces, uno de los fenómenos políticos más interesantes que se hayan dado dentro del gran cambalache del rock. Y Crawford parece tenerlo bien claro.
Ya en la secuencia inicial de títulos, entre las reproducciones facsimilares de fanzines, tapas de discos y fotografías de las bandas tocando en vivo, se intercalan las imágenes televisivas del intento de asesinato del que fue víctima el entonces presidente y los retratos de figuras como el coronel Oliver North, pieza clave y chivo expiatorio en el escándalo Irán-Contras, o Marion Barry, el alcalde negro de la ciudad al que en 1990 el FBI encontró en un hotelucho fumando crack con una prostituta.
Aunque el relato avanza a partir del clásico dispositivo de cabezas parlantes, lo valioso de Salad Days son, por un lado, esos testimonios de algunos próceres de aquella movida, de MacKaye al testosterónico Henry Rollins. Pero también la palabra de Thurston Moore, guitarrista de Sonic Youth, o la del ubicuo Dave Grohl, que vienen a certificar el vínculo y enorme influencia que el DC hardcore tuvo en movidas posteriores y mucho más masivas, como la del rock indie primero o el grunge, poco después. Otro hallazgo son las imágenes obtenidas por el fotógrafo Jim Saah, por entonces también un adolescente, que registran la poderosa sinergia que se daba entre las bandas y el público en los shows de Minor Threat, SOA, The Faith, Bad Brains, Void, Government Issue, Gray Matter o Fugazi, entre otras. Asimismo es posible destacar la elección de una estética de diseño y montaje que remite a la de los fanzines punk típicos de la época, gentileza del propio Saah, responsable de la fotografía y la edición de este potente retrato generacional que es además un valioso documento de época. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 17 de enero de 2016

DISCOS - "City Baby Attacked by Rats", de G. B. H.: La furia de saberse sólo

Y de repente me encontré con que la música que escuchaban mamá y papá no me pertenecía. Que no había nada de mí en esas elecciones, en los universos que esos artistas expresaban y que mis viejos elegían para permitirles ser parte de su vida y sentir que en esas canciones de alguna manera también cantaban ellos. Pero no yo. Ante una revelación semejante sólo me quedó escucharlos desde afuera, como si en todos esos discos no hubiera absolutamente nada que me fuera ni remotamente familiar. Lejos de ser liberadora, aquella epifanía fue un derrumbe. Ahora estaba solo: sin padres, sin infancia y sin música. Sin aviso y lleno de furia. A veces es raro cómo pasan las cosas, porque fue entonces cuando supe que para construirme a mí mismo como una persona diferente de mis padres estaba obligado a encontrar una banda de sonido propia. Y fue esa furia la que me dio fuerzas para empezar a construir. Fue esa misma furia la que busqué y encontré en la música. Pueden escuchar City Baby Attacked by Rats, de los furiosos inglesitos de G. B. H. para entender de qué carajo les hablo.



Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo.

domingo, 27 de diciembre de 2015

DISCOS - "Invasión '88", Varios artistas: Mi casa rockera

Mi adolescencia empezó con la democracia: tuve suerte, lo reconozco. No puedo ni quiero imaginar cómo hubiera sido pasar en dictadura ese momento de la vida en que la libertad es una prerrogativa irrenunciable. En esos años también tuve mi primer contacto real con los sonidos del rock que, aunque no podía saberlo por entonces, marcarían mi educación sentimental. Y también política. Tras una infancia con exceso de Frank Sinatra y Tom Jones, de Serrat y Julio Iglesias, descubrir Pink Floyd fue como pegármela de frente contra una pared. Después me ganó la voracidad por ese aire fresco que me llegaba por los oídos y de a poco pude encontrar un lugar en donde había muchos que veían al mundo de una manera parecida a la que lo hacía yo. Primero fueron Los Violadores y al rato Todos Tus Muertos. Pero recién cuando apareció Invasión '88 y su selección de pendejos que eran a la vez agitados y agitadores, sentí que estaba en el lugar correcto. Después seguí abriendo puertas, avanzando por caminos todavía más propios, pero aquel disco (y aquel recital en Cemento) siguen siendo mi piedra fundamental. Mi casa rockera.


  

Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo. 

viernes, 2 de octubre de 2015

CINE - "Victoria", de Sebastian Schipper: El amor es una presencia fugaz

El plano secuencia es un recurso narrativo propio del cine con el que muchos grandes directores acaban obsesionados, aceptando con insistencia el desafío de realizar la proeza de extender su duración y de complejizar su estructura coreográfica. Es conocido el caso de Alfred Hitchcock, que llegó al extremo de rodar La soga, un clásico de su filmografía, simulando un único plano secuencia, algo que con los medios técnicos disponibles en 1948 era imposible de realizar sin trucos. La llegada de la tecnología digital permitió cumplir el sueño de filmar una película de un tirón: lo hizo Alexander Sokurov de manera brillante en El arca rusa (2002) y a partir de ahí varios se atrevieron a replicar la experiencia. De ese modo está filmada Victoria, del alemán Sebastian Schipper. Pero a diferencia del de Sokurov, que transcurría en una única locación (el Museo del Hermitage en San Petersburgo), el film de Schipper se mueve a través de un vasto sector de Berlín, hecho que le confiere una complejidad que el director resuelve y pone a favor del relato. 
En Victoria la cámara sigue con atención durante dos horas y cuarto el deambular de la chica del título, una inmigrante española que intenta adaptarse a su nuevo entorno, y a un grupo de chicos locales con los que se conoce a la salida de una discoteca, en los primeros minutos del tour de force que están a punto de comenzar. Podría decirse que la película divide su estructura en dos mitades exactas. Durante la primera de ellas aparenta ser otro exponente del mumblecore, subgénero del cine independiente en el que un grupo de jóvenes o adolescentes va de acá para allá mascullando sus diálogos cargados de un contundente presente continuo, poniendo en evidencia las dificultades propias de la juventud contemporánea. Entre ellas, la de asumir la posibilidad de una realidad que no sea la que se enmarca de manera estricta en ese aquí y ahora. Una incertidumbre respecto del futuro que diferentes generaciones de jóvenes se vienen heredando más o menos desde que, a mediados de los ’70, el punk convirtió el elocuente “No Fun” de The Stooges en un todavía más explícito “No Future”. 
De esa manera Victoria y sus nuevos amigos, cuatro chicos provenientes del proletario viejo Berlín oriental, comienzan una ronda nocturna que incluye corridas por andar metiéndose en coches ajenos; el hurto de unas cuantas botellas de cerveza a un kiosquero dormido; algunos manotazos con otros transeúntes; un largo diálogo en la terraza de un edificio en el que no vive ninguno de ellos, y una escena más íntima en el interior del bar aún cerrado donde trabaja Victoria, entre ella y uno de los chicos con el que parecen gustarse. Durante todo ese recorrido ella se deja llevar por esa deriva frenética y aleatoria, cautivada por el encanto un poco peligroso que le proponen los cuatro chicos, que de a poco comienzan a cumplir con la promesa de hacerle conocer “la verdadera Berlín, la que está en las calles”. En efecto, la irrealidad electrónica y estroboscópica de la discoteca subterránea del comienzo pronto se diluye en una experiencia cada vez más densa, más próxima a lo cotidiano. Más turbulentamente real.
Al promediar el relato se produce un quiebre que, aunque brusco, no es inesperado: no se ha llegado hasta ahí sin indicios evidentes acerca del carácter marginal de los varones. Un poco seducida pero también algo aturdida por la repentina familiaridad que ahora la conecta con los chicos, Victoria se deja perder todavía más profundo en esa “verdadera Berlín”, hasta quedar enredada casi sin darse cuenta en el robo a un banco que sus recientes compañeros de aventuras son forzados a cometer para saldar una deuda carcelaria del más reo de los cuatro. Aunque la premisa suene forzada y la a priori inexplicable lealtad de Victoria para con sus amigos (completos desconocidos hasta hace una hora atrás) pueda ser puesta en cuestión todo el tiempo, Schipper consigue hacer que el relato se mantenga verosímil. Por un lado lo hace valiéndose de esa red de desesperanzas casi nunca dichas que une de manera invisible las realidades tan distantes, tanto desde lo geográfico y lo cultural como desde lo social, de la instruida Victoria y de sus cuatro descastados amigos. Y por otro, de la solidez de ese extraordinario plano secuencia que, durante algo más de dos horas, permite que el espectador sea testigo en tiempo real de la potencia de la amistad y el amor, de la inocencia y de la vida. Pero también de su carácter frágil y fugaz.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos e Página/12.