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jueves, 2 de diciembre de 2021

CINE - "Las leyes de la frontera", de Daniel Monzón: España, los dueños de Netflix

Películas como Las leyes de la frontera pueden funcionar como un espejo y los espejos siempre generan preguntas. ¿Por qué será que el cine de España encontró en Netflix una ventana de exportación que le permite imponer sus productos en toda Latinoamérica y más allá? Películas y series que pueden ser mejores o peores, pero que siempre están bien construidas desde lo técnico y funcionan como un motor para la industria audiovisual. Una industria que en Argentina también alcanzó picos de calidad no solo en lo técnico, sino también en lo artístico, pero que desde la gestión hace años no hace otra cosa que ametrallarse los pies. Contingencia que ya no es posible simplificar con una explicación política, sino que se ha extendido en el tiempo abarcando los cambios de color. ¿Pero será esa la única razón? Lo cierto es que mientras las obras locales no logran abrir definitivamente esa ventana, fundamental para la industria cinematográfica de esta tercera década del siglo XXI, la producción española se ha parapetado en Netflix y tira con munición gruesa. Las leyes de la frontera es su disparo más reciente.

Dirigida por Daniel Monzón, quien ya tiene un vínculo con el cine de género que acumula siete largometrajes, Las leyes de la frontera combina con eficacia las reglas del policial con el color local, cierto costumbrismo y una reconstrucción de época no exenta del comentario social. En su relato las fronteras son menos geográficas que simbólicas, a pesar de que la acción transcurre en Girona, ciudad catalana ubicada cerca del límite de España y Francia. Acá las fronteras más bien tiene que ver con lo etario, con la cultura, la historia y, sobre todo, con cuestiones de clase. Con esas herramientas, Monzón cuenta la historia de un adolescente de clase media acosado por sus compañeros, que de forma imprevista empieza a frecuentar a un grupo de jóvenes con una carrera delictiva aún incipiente.

Ambientada a fines de los ’70, tras la muerte de Franco, Las leyes de la frontera es una historia de iniciación en la que su protagonista no solo despierta a la conciencia del deseo, sino a la de su lugar en la sociedad y a una búsqueda de libertad que funciona como metáfora de los cambios políticos en la España del Destape. Aunque la película es la adaptación de una novela de Javier Cercas y fluye bien narrativamente, esos apuntes apenas consiguen ir más allá de lo superficial. Incluso llegan a ponerse más bien gruesos sobre el final, cuando la trama se resuelve de un modo tan aleccionador como éticamente cuestionable. 

Se intuye que buena parte de esos méritos y debilidades surgen del libreto escrito entre el director y Jorge Guerricaechevarría, habitual guionista de Alex de la Iglesia, cuyos últimos trabajos también registran esta tendencia al subrayado y las alegorías recargadas, incluso cuando sus relatos avanzan con naturalidad. Aún así, no deja de ser interesante la forma en que el cine español intenta contar historias que, desde los géneros, le permiten al espectador (español) reconocerse como parte de una cultura y de una Historia. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 9 de mayo de 2021

LIBROS - "Café literario. La pulsión de escribir", de Verónica Abdala: Diálogos infinitos entre escritores

“Hay una traición potencial en todo vínculo y hoy está naturalizado el consumo de carne animal. Pero ¿no es también una traición a la naturaleza? […] Lo que nos separa del consumo humano es un tabú cultural”, dice la escritora Agustina Bazterrica, autora de la novela Cadáver exquisito, como si un tabú cultural fuera poca cosa. “La imagen idílica que uno tiene de la naturaleza se acaba cuando uno hace pie ahí. La naturaleza en soledad puede ser algo perturbador”, parece responder el chaqueño Mariano Quirós, autor de Una casa junto al tragadero. “Todos somos potencialmente monstruosos”, se suma la cuentista Samanta Schweblin, “aunque preferimos pensar que lo monstruoso siempre está afuera”. “A mí me gusta pensar que en todas las cosas se esconde lo innombrable, lo misterioso, lo incomprensible”, tercia la mendocina Liliana Bodoc, conocida por su popular Saga de los Confines. “En mi caso, la escritura me fue útil para racionalizar aquellas experiencias que en un primer momento parecían no tener explicación”, agrega Pablo De Santis, cuyo trabajo en la literatura policial, la literatura infantil y la historieta es harto conocido.

La posibilidad de construir hipotéticos diálogos como el anterior es uno de los atractivos del libro Café literario. La pulsión de escribir (Factotum Ediciones), en el que Verónica Abdala compila fragmentos de las decenas de entrevistas a escritores que realizó en sus 25 años de vida periodística. Piezas aparentemente sueltas, pero que permiten trazar líneas de sentido y tender infinitos puentes temáticos, aunque la literatura y su universo funcionan como un eje central que las organiza. Ese carácter fragmentado permite que Café literario pueda ser leído sin necesidad de seguir el orden estricto de la numeración de sus páginas. Al contrario, resulta placentero perderse en ellas, buscando lo que tienen para decir de distintos asuntos figuras como el peruano Mario Vargas Llosa, el español Juan José Millás, los argentinos Josefina Licitra y Héctor Tizón o el chileno Ariel Dorfman. Ninguna de las piezas seleccionadas por Abdala carece de valor. Los retratos de cada autor, realizados por el ilustrador Tomás Gorostiaga con tinta y agua de café, potencian ese espíritu de charla de sobremesa que recorre a todo el libro.

Pero un trabajo como Café literario también plantea otros interrogantes. Porque si bien no llega a poner en cuestión la noción de autor, sí dispara algunas preguntas sobre el asunto, que, en definitiva, no se alejan mucho de aquellas que André Bretón dejó abiertas cuando se le ocurrió plantar un mingitorio sobre un pedestal. Está claro que Abdala no tiene la actitud provocadora del francés, quien con su gesto no solo problematizó la noción de autoría sino la del arte mismo. Sin embargo, al firmar como propio un libro compuesto por una constelación de textos ajenos, es inevitable preguntarse qué significa, al menos en este caso, ser un autor.

Una respuesta posible, una que le resulta conveniente a quien firma este artículo, tiene que ver con la puesta en valor de un oficio cada vez más denigrado, como el periodismo. El periodismo en general, por supuesto, que atraviesa un estado crítico que no solo tiene que ver con una reestructuración tecnológica que afecta a su modelo empresarial (y, por lo tanto, a sus trabajadores), sino con una profunda crisis de valores que socaba la ética misma de la actividad. Pero además, tratándose de un libro de entrevistas a escritores y escritoras, el gesto de Abdala revaloriza también el difícil trabajo del entrevistador y, en particular, el que realiza el periodista cultural.

Porque es muy difícil responder con profundidad o inteligencia a preguntas superficiales y estúpidas. Y hay que estar muy preparado para sentarse a la mesa de un Premio Nobel y convertirse en un interlocutor válido. En ese terreno, Abdala exhibe como medallas el mérito de haber intercambiado preguntas y respuestas no solo con uno, sino con tres Nobel de Literatura, como el sudafricano J. M. Coetzee, al portugués José Saramago y el propio Vargas Llosa. También ha tenido el honor de entrevistar a primeras figuras de la literatura mundial, como los estadounidenses Ray Bradbury y Erica Jong o el polaco Ryszard Kapuściński, y a destacados representantes de la literatura iberoamericana y argentina. Si de algo da cuenta ese corpus compacto conformado por todos los fragmentos recogidos en Café literario, es de la capacidad de, sí, su autora, para obtener esas respuestas valiosas de sus entrevistados. Ese, ni más ni menos, es el trabajo de un buen periodista cultural.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 16 de noviembre de 2020

LIBROS - El poeta valenciano Francisco Brines obtuvo el Premio Cervantes

El Ministerio de Cultura y Deporte de España anunció hoy en la tardecita europea que el poeta valenciano Francisco Brines es el nuevo ganador del Premio Cervantes, sin dudas el más importante que puede recibir un autor en lengua castellana. De esta forma y a los 88 años de edad se convierte en el 46° escritor en recibir esta distinción y el número 24 de nacionalidad española. Brines sucede en el palmarés al poeta catalán Joan Margarit, Premio Cervantes 2019, y a la extraordinaria poeta chilena Ida Vitale, ganadora en 2018, quienes este año formaron parte del jurado que designó al nuevo ganador. 

Nacido en 1932 en la ciudad de Oliva, en la comunidad autónoma de Valencia, Brines pertenece a la Generación del ’50, la camada de poetas cuyas obras surgieron durante el período de posguerras, entre cuyas figuras también se cuentan la de otros autores notables como Jaime Gil de Viedma, José Ángel Valente o José Manuel Caballero Bonald, ganador del Premio Cervantes en 2012, quien en la actualidad tiene 94 años.

Aunque su trabajo no es muy difundido en la Argentina, se lo considera uno de los autores esenciales de la literatura española del último medio siglo. La obra de Brines acumula volúmenes de poesía que van del fundacional Las brasas, publicado en 1959, hasta su último libro, La última costa, publicado en el ya lejano 1995. Desde entonces sus lectores han tenido que conformarse con algunos textos nuevos intercalados en antologías y reediciones.

También es larga la lista de premios que ha merecido su obra, destacándose el Premio Adonais que recibió por su ópera prima, el Premio Nacional de la Crítica que le otorgaron en 1966 por el libro Palabras en la oscuridad, el Premio Nacional de Literatura por su libro de 1986 El otoño de las rosas, o el Premio Nacional de las Letras Españolas que le fuera concedido en 1999. 

Pero no solo su pasión poética es bien conocida, sino que también se conoce la que profesa por el fútbol y en especial por el club de su corazón, el famoso Valencia. Incluso en los ’90 llegó a tener especial predilección por el puntero argentino Claudio “Piojo” López, quien en los 12 partidos que jugó contra el Barcelona mientras formaba parte del equipo le metió 14 goles. Motivo suficiente para que Brines lo tuviera entre sus favoritos.

El jurado, que además de Margarit y Vitale contaba con la presencia del novelista español Eduardo Mendoza (Premio Cervantes 2016), se encargó de destacar a Brines como "maestro de la poesía española actual, reconocido por todas generaciones que le suceden". También señalaron con énfasis el camino particular de su obra, que "va de lo carnal a lo metafísico y espiritual", subrayando su "aspiración de belleza e inmortalidad". El Premio Cervantes consta de una dotación de 125.000 euros.

Además de Brines, entre los candidatos de este año se encontraban el poeta venezolano Rafael Cadenas, la escritora mexicana Ángeles Mastretta y los españoles Enrique Vila-Matas y María Victoria Atencia. Con 88 años, y luego de dos infartos y un accidente cerebrovascular, Brines se desplaza en silla de ruedas, sigue viviendo en su ciudad natal de Oliva y mantiene un saludable sentido del humor. Al conocer la noticia de que había sido elegido, el poeta reconoció que no se lo esperaba, pero que lo primero que atinó a pensar fue que su madre estaría muy contenta. “Le habría dado mucha alegría, porque alguna vez pensó que yo no iba por el mejor camino y al final resulta que ha sido el mejor", agregó con una sonrisa.

España es el país que más premios Cervantes acumula, mientras que México, con seis autores premiados, es el país latinoamericano con más ganadores. Por su parte, la literatura argentina ocupa el tercer lugar, ya que son cuatro los escritores honrados con el prestigioso premio: Jorge Luis Borges, en 1979 (ex aequo con el poeta español Gerardo Diego), Ernesto Sábato, en 1984; Adolfo Bioy Casares, en 1993 y en 2007 Juan Gelman. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

martes, 28 de mayo de 2019

CINE - "Bailar la sangre", de Eloisa Tarruella y Gato Martínez Cantó: La sangre de García Lorca en una fábrica recuperada de Liniers

El vínculo de Federico García Lorca con la Argentina, y en particular con Buenos Aires, sigue siendo muy intenso. Lo fue cuando el poeta español aún vivía y pasó por esta ciudad, en la que vivió poco más de seis meses entre 1933 y 1934. Y lo es todavía hoy, cuando su obra forma parte permanente del menú teatral porteño, y hasta su trágico destino sirve de espejo histórico para interpelar a los argentinos. Desde la sumatoria de esas razones, el estreno de Bailar la sangre se ofrece como un nuevo eslabón en la cadena que salvaguarda el vínculo entre aquel poeta y esta ciudad, que es a la vez emotivo y artístico. La película, dirigida por Eloísa Tarruella y Gato Martínez Cantó en torno a una particular adaptación de la pieza teatral Bodas de sangre, se mueve siempre entre dos orillas que se manifiestan de forma recurrente.
Su carácter híbrido se plasma de formas diversas, combinando la ficción con lo documental, el drama y la música e incluso la puesta en escena con el detrás de escena. Esa decisión por un lado les permite a sus directores narrar esta versión de la clásica obra lorquiana utilizando los recursos de la danza y los ritmos del flamenco, propios de Andalucía, patria chica del autor. Pero por el otro también abordar de forma documental el trabajo previo realizado para ir dándole forma a la puesta en escena. Castings, ensayos, procesos de investigación y hasta diálogos con la primera actriz Cristina Banegas y el crítico teatral Jorge Dubatti, que sirven para establecer un marco dramático y crítico. Moviéndose de manera permanente sobre estas fronteras y para decirlo en palabras del propio Dubatti, Bailar la sangre destaca el carácter liminal de la obra de Lorca.
Bailar la sangre comienza con una mujer bailando, una escena que está signada por el tono de la tragedia. La decisión permite que al mismo tiempo el espíritu del flamenco comparta la escena con la potencia de lo femenino, auténtico combustible del que se alimenta la obra del poeta nacido en Granada. Quien baila es la actriz y bailarina Brenda Biachimano, elegida para interpretar el rol de La Novia, protagonista de Bodas de Sangre. Es cierto que en una primera mirada La Novia puede parecer una mera prenda que se disputan El Novio y El Amante, sin embargo se trata de un símbolo que representa a la mujer que pelea contra los mandatos sociales. La mujer como individuo en torno del cual se articulan las tensiones de la sociedad: ese podría ser el punto de vista desde donde Tarruella y Martínez Cantó abordan el drama lorquiano. El detalle vuelve a hablar del enorme valor que este trabajo de Lorca sigue teniendo para representar al mundo, casi 90 años después de su publicación. Vigencia. Lo dice la propia Bianchimano durante un diálogo que sostiene con su colega Mimí Ardú (quien interpreta a La Madre del Novio), durante una sesión de maquillaje antes de rodar una escena: Lorca vive en el presente. La película se alimenta de esa certeza.
Dubatti, tal vez la voz más autorizada en el territorio de la crítica teatral en la Argentina, lo afirma con mucha claridad cuando dice que el mérito de Bailar la sangre consiste en poner en escena esa interacción entre el trabajo de Lorca y la realidad. Para él la película permite constatar lo intensamente política y social que resulta su obra, subrayando el hecho de que el rodaje de la película se haya realizado en las instalaciones de una fábrica recuperada por sus trabajadores, hoy convertida en cooperativa. Un detalle que puede ser visto como catalizador del cruce entre realidad y ficción, pero también entre la alta dramaturgia y el carácter social de su contenido.
Al mismo tiempo dicha operación cumple con una premisa que el mismo Lorca hizo propia durante sus últimos años de vida: la de sacar al teatro de sus espacios tradicionales, para acercarlo al territorio de lo popular junto a los miembros de su compañía teatral ambulante. Como si de golpe el poeta hubiera caído en la cuenta de que el teatro encerrado en una sala se había convertido en un gesto conservador, en un rito más mortuorio que vital. Desde esa perspectiva Lorca también puede ser visto como el Prometeo de los dramaturgos, robándose el fuego de la cultura para llevar su luz y su calor a los que han sido condenados a la fría oscuridad de la ignorancia. Un gesto de gran potencia política si se tiene en cuenta que España se encontraba en los albores de su Guerra Civil. La película también hace suya esa búsqueda en el actual contexto crítico de la Argentina.
En el terreno de lo cinematográfico es inevitable no vincular a Bailar la sangre con Aniceto (2008), la última película rodada por Leonardo Favio antes de su muerte. Aunque la distancia entre ambos trabajos es grande, sobre todo en términos de producción, en Bailar la sangre habita algo de la potencia de aquel film en el que el gran cineasta argentino reinterpretó en clave musical su película de 1967, El romance del Aniceto y la Francisca. Si bien la fantasía flamenca en torno a Bodas de sangre representa apenas una de las múltiples líneas que componen la trama urdida por Tarruela y Martínez Cantó, hay algo en esa coreográfica puesta en escena que hace que las dos películas puedan compartir sin vergüenza sus lazos familiares. En ambos casos el amor y la tragedia son las herramientas que les permiten a sus autores ofrecer una mirada a la vez estilizada y empática de las clases populares.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

domingo, 4 de noviembre de 2018

LIBROS - Tres poetas, tres libros, tres mujeres: El mundo con ojos de mujer

Un grafiti en la East Side Gallery de Berlín, la exhibición de arte callejero a cielo abierto realizada sobre el último gran fragmento del muro que dividió la ciudad, transmite su mensaje con claridad en dos líneas. Garabateadas al pasar como versos de un brevísimo poema, la primera de ellas presenta una pregunta que la segunda responde: “How’s God? She’s Black” (¿Cómo es Dios? Ella es negra). La brevedad del mensaje multiplica su poder como anuncio (o deseo) del final del patriarcado eurocéntrico. Un exponente de la virulencia con que las consignas del feminismo se expandieron en lo que va del siglo XXI. Demandas que buscan imponer en los hechos una igualdad que en el terreno de la lógica solo se atreven a negar los necios. Como en revoluciones previas, la poesía vuelve a convertirse en arma.
Tres libros de edición reciente pertenecientes a tres jóvenes poetas, dos argentinas y una española, confirman el poder de la poesía para amplificar la nueva mirada de las mujeres, convirtiéndose en un instrumento fundamental en la construcción de un nuevo modelo de feminidad. Con toda intención, los poemarios Un hogar fuera de mí, de Luciana Reif, Otro caso de inseguridad, de Patricia González López, y Alzar el duelo, de la española Loreto Sesma, se convierten en emergentes de su tiempo, funcionando como engranajes de un manifiesto universal que, como un espejo con millones de facetas, va construyendo un cuerpo colectivo a partir de la suma de las miradas que lo componen.
Ya desde el título, el libro de González López pone el acento en el peso que la construcción mediática tiene sobre las formas de representación de lo femenino. Otro caso de inseguridad replica los titulares repetidos en diarios y pantallas, subrayando el lugar de víctimas del mandato machista que sigue sufriendo la mujer. “¿Qué es la inseguridad?/ ¿La policía/ el próximo enamoramiento/ o yo?”, escribe la poeta, que amontona en unos cuantos versos la suma de todos los miedos: las instituciones, los hombres y el lugar de la propia mujer dentro de la ecuación.
“Estoy cansada de esos hombres,/ quiero brillar,/no ser la luna que resplandece/ con luz ajena”: Reif le pone nuevas y mejores palabras al viejo axioma que esconde a la mujer detrás del hombre. Como la de su colega, su poesía desborda formas novedosas de representar deseos, miedos y frustraciones femeninas. Pero no se trata de meros actos de militancia. Reducir a eso sus trabajos sería una nueva máscara del menosprecio, del mismo modo que limitarse a destacar su carácter de retrato femenino equivale a negar el carácter de expresión de un estado del mundo a través de la poesía. "Yo tenía ocho años ese mediodía/ que volví a casa llorando, un chico/ del colegio me arrinconó en el pasillo/ […] y besó mis labios./ Cualquier ser es un demonio/ si no es una la que decide abrir/ las puertas de su cuerpo”, exhibe Reif la raíz del machismo. “–No podemos hacer nada piba/ para evitar tu muerte/ prometemos mostrarlas en televisión/ si pasa algo grave,/ indignarnos cuando llegue el momento”, escribe González López y parece completar un díptico abierto por Reif.
La española Sesma es la más joven de las tres pero, curiosamente, la que desarrolla un estilo formal más clásico, con rimas explícitas y eludiendo la coloquialidad que caracteriza a las argentinas. De intenciones menos colectivistas, la poesía de Sesma representa la búsqueda de una voz individual, esperable en una chica de 22 años. Aunque sus poemas trabajan sobre la hipérbole de los deseos propios, la cuestión femenina consigue colarse a través de algunos versos. “Yo aún quería ser niña/ y tú me abalanzaste a las garras de la realidad”, escribe la española y es imposible no pensar en el paraíso que perdemos cada vez que a una niña le es impuesto el peso de lo real por un "Tú" al que se intuye hombre.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 1 de febrero de 2018

LIBROS - Hijos que escriben a sus padres: Una literatura filial

Hay un concepto bastante repetido que limita a un puñado de palabras los motores que impulsan la acción artística. Según esta mirada, toda creación es pasible de ser encuadrada dentro de unos pocos temas, dos en realidad, que conforman una entidad que sintetiza lo humano a partir de una serie de combinaciones de opuestos complementarios. Vida y muerte, amor y odio, deseo y repulsión, Eros y Thanatos. No hay obra de arte, dicen, capaz de evadir esta caracterización binaria y esencial, y en el particular espacio de la literatura no hay libro que escape a esta polarización. Existe sin embargo una tercera categoría, ínfima en volumen si se la compara con las otras dos, integrada por los libros en los que un único y poderoso elemento absorbe dentro de sí esas dos mitades de forma simultánea. A este pequeño núcleo pertenecen los libros que los escritores les dedican a las figuras de sus padres o madres. Solo en ellos el amor y el odio, la vida y la muerte, el deseo y la repulsión se funden y confunden en una masa de energía literaria ilimitada.
Los griegos, origen de la cultura y las letras occidentales, lo entendieron pronto. Algunas de las obras más destacadas de su mítica dramaturgia, de Edipo rey a Electra, giran en torno de ese centro y no es casual que 25 siglos más tarde Sigmund Freud regresara a dichos argumentos para construir sobre ellos parte de su revolucionaria teoría del psicoanálisis. Más o menos al mismo tiempo Franz Kafka escribía su extraordinaria Carta al padre, cuyo comienzo arrasador deja en claro la ambivalencia que suele habitar en casi todas las obras que abordan los vínculos parentales. “Queridísimo padre: Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener presentes cuando hablo. Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo...”.
Universal como casi ningún otro, el tema del padre (o la madre) no ha dejado de producir ficciones, muchas de ellas versiones apenas veladas de historias reales. Es justamente esa poderosa universalidad la que podría explicar el gran éxito del reciente El salto de papá, en el que Martín Sivak, su autor, reconstruye la historia de su padre, Jorge Sivak, un heterodoxo banquero comunista que se suicidó en diciembre de 1990. El punto de vista es el de un hijo que intenta explicar las razones de su brutal ausencia y que no pierde la oportunidad de trazar una certera postal de una época convulsionada de la Argentina. Un par de años antes, en 2015, la escritora catalana Milena Busquets publicaba También esto pasará, novela de “ficción” en la que la crítica no tardó en hallar coincidencias con el vínculo con su propia madre, la mítica editora Esther Tusquets, fundadora del no menos célebre sello editorial que lleva su nombre. Una inspiración que la autora nunca negó.
En Nada se opone a la noche (2011), la escritora francesa Delphine de Vigan decide comenzar su relato describiendo a su madre muerta. Un punto de partida al mismo tiempo incómodo y conmovedor, desde el cual partirá en un viaje literario en busca de encontrar una explicación para la tristeza y la inestabilidad emocional de esa mujer que, como todas las madres del mundo, había signado su vida de hija. De Vigan consigue hacer que su propia historia se convierta, de alguna manera, en una apasionante novela de intriga. Un poco más radical resulta la apuesta del periodista y escritor argentino Jorge Barón Biza, quien en El desierto y su semilla (1998), su única novela, recrea la historia de horror de sus padres, el oscurísimo Jorge Barón Biza, también escritor, y Clotilde Sabattini. En el libro, Barón Biza hijo ficcionaliza su propia historia a partir de la agresión perpetrada por su padre, quien durante la audiencia del divorcio y en presencia de los abogados, arrojó ácido en la cara de su ex mujer, provocándole severas mutilaciones de por vida. En la novela es el propio hijo, alter ego del autor, quien socorre a la víctima, convirtiéndose en testigo del inmediato proceso de transformación del rostro de su madre, yendo de la belleza al espanto. El cuerpo de su padre sería hallado un día después, sin vida y con un tiro en la sien, una muerte que el propio Jorge replicaría arrojándose al vacío desde la ventana de su departamento en un piso 12, apenas tres años después de publicar El desierto y su semilla.
La lista de libros enumerados entrega una curiosidad: las escritoras hacen libros sobre sus madres y los varones sobre sus padres, detalle que tanto puede ser analizado por la crítica literaria como por la psicología. Una nota discordante en ese orden establecido la dio el escritor argentino Julián López con su novela Una muchacha muy bella, uno de los libros más elogiados del año 2013, en el que el autor reconstruye desde un narrador adulto la mirada arrobada con que de niño percibió a su propia madre. Justamente la hazaña literaria de López radica en la solidez con que va montando esa luminosa mirada infantil, que es además la marca que distingue a su libro de los anteriores. Si en aquellos el punto de vista del narrador estaba inevitablemente teñido por la muerte, acá es la vida la que alimenta el relato y suena lógico. La madre de Una muchacha muy bella es una de los 30 mil desaparecidos que dejó la última dictadura militar en la Argentina y, por lo tanto, la única de todos estos padres literarios que a los ojos de su hijo en realidad nunca murió.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

domingo, 9 de octubre de 2016

LIBROS - César Aira, el Nobel de Literatura y una semana extra para los apostadores

El Premio Nobel de Literatura llega este año con una doble expectativa. Por un lado la de siempre: conocer al ganador, instancia que, como acostumbra la Academia Sueca encargada de dirimirlo, seguramente dejará tela para cortar. La otra, la infrecuente decisión de la entidad de posponer el anuncio una semana. Para evitar suspicacias acerca de la demora, la propia Academia informó que la misma no obedecería a ninguna falta de acuerdo, sino a una simple falla protocolar. Es que los miembros del comité de elección deben reunirse durante los cuatro jueves anteriores al del anuncio, condición que este año no han podido cumplir por cuestiones de “almanaque”. Eso es lo que dijeron. Como era de esperarse, la explicación no consiguió desactivar los chimentos –ya se sabe: la gente es mala y comenta— y no tardaron en aparecer teorías sobre pujas irresolubles para acordar un ganador.
Lo cierto es que el mentado comité tiene como objeto elegir todos los años a un escritor para reconocer y celebrar su obra, sin que nunca quede claro cuáles son los patrones, reglas o criterios que organizan la lógica de la Academia. Justamente es ese carácter impredecible el que permite que cada temporada las casas de apuestas se conviertan en un hervidero de discusiones, en las que se intenta desentrañar el algoritmo que permitiría acertar un pleno literario, adivinando al próximo ganador del Premio Nobel. Tarea difícil, teniendo en cuenta que rara vez el favorito en las apuestas acabó recibiendo el premio. Uno de esos casos excepcionales ocurrió el año pasado, cuando la bielorrusa Svetlana Alexiévich recibió el premio tras ser primera en la lista de preferidos. Debe decirse que el sistema que les permitió a los apostadores convertir en favorita a una escritora de exposición tan limitada y escaso reconocimiento y popularidad fuera de su país resulta tan misterioso como los mecanismos de elección de la Academia Sueca. La pregunta se repite cada año: ¿de qué manera se elige un Premio Nobel de Literatura? O visto desde la vereda de enfrente: ¿cómo deciden los apostadores a qué escritor jugarle sus fichas?
Es cierto que los argumentos literarios no son los únicos que se ponen en juego dentro de las internas del Nobel. Sobre todo en lo que va del siglo XXI, en el que la elección parece cada vez más atravesada por la necesidad de mantener cierto equilibrio global que de a poco se aparta del eurocentrismo machista que signó las premiaciones durante el siglo anterior, en el que el reconocimiento fue entregado a 71 autores europeos y a sólo a 25 provenientes del resto del mundo (de los cuales diez eran norteamericanos). En el reparto por géneros la diferencia es todavía más marcada, con apenas nueve mujeres reconocidas por su obra literaria durante el siglo XX. Es significativo que en los últimos 15 años ambas minorías crecieron hasta un 30% del total.
Por eso no extraña que entre los primeros diez puestos de la actual lista de apuestas en la casa Ladbrokes haya seis escritores nacidos en Europa y siete del resto del mundo. Entre estos se encuentra el argentino César Aira, quien desde hace cinco años aparece en posiciones cada vez más relevantes de la lista. Tampoco soprende que en ese mismo lote haya sólo una mujer, la estadounidense Joyce Carol Oates. Dicha escasez obedece a que en los tres últimos años fueron premiadas dos escritoras (Alexiévich y la canadiense Alice Munro en 2013) y en vista de las estadísticas señaladas resulta poco probable que el premio vuelva a tener destino de mujer.
Atendiendo a esta cuestión de cupos también pueden evaluarse como muy altas las posibilidades del keniata Ngugi Wa Thiong'o, teniendo en cuenta que en 115 años apenas dos escritores negros recibieron el premio y que sólo uno era africano (el nigeriano Wole Soyinka en 1986). La última fue la estadounidense Toni Morrison en 1993, que además fue la última estadounidense premiada, dato que sirve para elevar las posibilidades estadísticas de Philip Roth o Don Delillo (aunque el premio de Munro, también norteamericana, puede jugarles en contra). El caso Haruki Murakami ya suena a cuento chino: abonado al podio de las apuestas por más de una década, el japonés parece sin embargo condenado a no recibirlo nunca. O al menos no este año: el premio otorgado en 2012 al chino Mo Yan parece demasiado reciente para que otro escritor oriental se lleve los 930 mil euros del premio.
El contexto geopolítico, que el año pasado pareció favorecer la elección de Alexiévich, notoria militante anti Putin, este año podría ser la carta ganadora del sirio Adonis. Poeta, Adonis tiene una mirada feroz sobre el conflicto que desde hace unos años devasta a su país, en la que no tiene piedad ni con el papel que en ella están jugando los EE UU y Rusia, ni con el fundamentalismo islámico, ni con el nacionalismo sirio. Todo eso lo convierte en el gran candidato políticamente correcto del año.
En cuanto a las chances reales de Aira, bueno, sería una de esas sorpresas que de tanto en tanto les gusta dar a los suecos. Los siete años que lo separan de la elección de Mario Vargas Llosa suenan a suficientes para que otro autor en lengua española vuelva a recibir el Nobel. En su contra tiene al español Javier Marías, que está por encima de él en las apuestas y cuyo origen europeo esta vez le juega a favor, teniendo en cuenta que Aira y Vargas Llosa son latinoamericanos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 17 de agosto de 2016

LIBROS - 80º aniversario del asesinato de Federico García Lorca

Hay nombres en la historia de la literatura cuya sola mención alcanza para representar no sólo a toda una época, sino a un momento determinado de la historia de una lengua. Los ejemplos más claros y notables son los de William Shakespeare y Miguel de Cervantes, considerados epítomes y padres de las letras inglesas y españolas, sino máximos exponentes históricos en el uso de dichas lenguas. Algo así ocurre con el poeta y dramaturgo Federico García Lorca, tal vez el nombre más importante y universal de la poesía en lengua española del siglo XX, de cuya trágica muerte se cumple mañana el 80º aniversario. O al menos eso se supone.
Porque García Lorca fue fusilado apenas un mes después de que una conspiración militar se sublevara contra el gobierno democrático de la 2º República española, constituído a comienzos de 1936, dando comienzo a la Guerra Civil que se prolongó hasta abril de 1939, diezmando la vida política, social y cultural de la nación ibérica. Sin embargo, aunque se ha llegado al consenso de que su asesinato se produjo en la madrugada del 18 de agosto de 1936, todavía existen discusiones al respecto y opiniones que ubican al crimen un día antes o un día después de dicha fecha. Quisieron los hombres y el destino que su nacimiento y su asesinato se produjeran en Fuente Vaquero y Alcafar, dos pueblos vecinos de la comarca de Vega de Granada, en la provincia de Granada, y es por eso que el monolito granadino que se alza justamente en Alfacar, creado para homenajear al poeta y a las otras tres personas que fueron fusilados con él aquella madrugada, mañana volverá a cubrirse de flores para conmemorar las ocho décadas del crimen que apagó su vidas de forma prematura.
García Lorca había nacido el 5 de Junio de 1898 y tenía apenas 38 años al momento de su muerte. 80 años después sus restos continúan sin aparecer, junto con los de otras más de 100 mil víctimas de la dictadura encabezada por el generar Francisco Franco, que se extendió desde el final de la guerra hasta su muerte ocurrida el 20 de noviembre de 1975. Más de 100 mil desaparecidos que el estado español aún hoy les sigue negando justicia y una reparación oficial.
Aunque fue poeta, dramaturgo y prosista, García Lorca es recordado sobre todo por su obra poética y teatral, géneros en los que es considerado el autor de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Un elogio para nada menor, teniendo en cuenta que fue contemporáneo de poetas célebres como el nicaragüense Rubén Darío, el chileno Pablo Neruda, el peruano César Vallejo, la argentina Alfonsina Storni y sus compatriotas Antonio Machado, Rafael Alberti y Miguel Hernández, o de dramaturgos de la talla de los españoles Alejandro Casona y los argentinos Leopoldo Marechal o Armando Discépolo. Piezas como "La casa de Bernarda Alba", "Mariana Pineda", "La zapatera prodigiosa", "Bodas de sangre", "Yerma" y "Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores” se convirtieron ya desde su estreno en clásicos instantáneos del teatro iberoamericano. En tanto que su obra poética reúne piezas claves de la poesía española, como su "Oda a Salvador Dalí", "Romancero gitano", "Poeta en Nueva York", "Sonetos del amor oscuro" y "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías".

Piden a la justicia argentina que investigue el asesinato

Al igual que ocurre con los robos, secuestros, torturas, asesinatos, robos de identidad y desapariciones perpetrados por el estado argentino durante el gobierno militar que usurpó el poder entre los años 1976 y 1983, los crímenes atroces cometidos por el estado español durante la dictadura del general Franco son considerados de Lesa Humanidad. Es decir, crímenes contra la raza humana en su conjunto. Por eso mismo el derecho internacional, atento a garantizar la prerrogativa de justicia universal, permite que las causas e investigaciones de los mismos puedan ser iniciadas en cualquier tribunal del mundo.
Eso permitió que durante el pasado mes de abril la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica española presentó ante la Justicia argentina un pedido para que se instruya una causa de lesa humanidad por los crímenes cometidos en España durante el régimen de Francisco Franco. Y en particular fue entregado un escrito para que las autoridades argentinas investiguen el crimen de García Lorca. Tales acciones fueron realizados ante el tribunal a cargo de la jueza federal María Romilda Servini de Cubría, en donde los abogados Ana Messuti y Carlos Slepoy presentaron en los tribunales de Comodoro Py documentación que podría aportar al esclarecimiento del asesinato de García Lorca, ocurrido en Granada, España, en el inicio de la Guerra Civil Española.
A través de un comunicado, la mencionada asociación destacó el honor que representa “poder acompañar este proceso de memoria, verdad y justicia que se está gestando desde la Querella Argentina por los Crímenes del franquismo”. Y señalaron que se trata de “un momento en el que todos debemos comprometernos y colaborar para que este trabajo se difunda. Debemos romper la barrera del silencio que el fascismo español construyó en torno a la barbarie que constituyó el régimen de facto de Francisco Franco.
El acto representa una movida inédita y fundamental en torno de la búsqueda de justicia para aquellos crímenes, en tanto que la mencionada causa que se sigue en el Juzgado Federal Número 1 de Buenos Aires es el único expediente abierto en el mundo en el cual se investigan los crímenes perpetrados por el franquismo. En ese marco Servini de Cubría imputó por delitos de lesa humanidad a 19 personas, motivando que entidades defensoras de los derechos humanos como Amnistía Internacional reclamaran que España colabore con las investigaciones.  

Tras los restos del poeta

La búsqueda de los restos físicos de Federico García Lorca se han convertido en un drama largo y penoso no exento de patetismo. En ella se mezclan el empeño y la tenacidad de asociaciones particulares interesadas en recuperar no sólo los huesos del poeta, sino la dignidad de un pueblo que no se decide (o no se atreve) a revisar su propia historia ni a purgar los crímenes que todavía permanecen impunes, con una actitud por parte del estado que en el mejor de los casos puede considerarse tibia, el silencio de gran parte de un pueblo (el español) que por momentos recuerda al de Fuenteovejuna, la clásica pieza teatral de Lope de Vega.
No han sido pocos los intentos por dar con la fosa común en la que permanecen ocultos desde hace 80 años los restos del poeta, junto con los del maestro republicano Dióscoro Galindo y los banderilleros anarquistas Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, todos asesinados en aquella fatídica madrugada de agosto de 1936. También abundan las historias cruzadas que emplazan el lugar del entierro anónimo en diferentes solares ubicados en el camino que separa a los pueblos granadinos de Fuente Vaquero y Alcafar. Así hay quién dice que la fosa se encuentra más acá y quien señala que un poco más allá, dando por resultado que los cuatro cuerpos asesinados continúen desaparecidos. A eso debe sumarse las idas y venidas de los diferentes estados involucrados, que a veces acceden a apoyar las excavaciones de manera timorata, mientras que otras veces se niegan a seguir financiando la búsqueda.
Durante el mes de junio de 2015 la asociación Regreso con Honor pidió a la Junta de Andalucía el correspondiente permiso para iniciar la búsqueda, solicitud que fue aceptada un año después, permitiendo que los solicitantes recién pudieran recomenzar con la búsqueda hace poco más de un mes. Se trata, según han confirmado fuentes del propio gobierno andaluz, de la primera vez que una autorización de este tipo es pedida sin solicitar dinero para su financiación. Los servicios jurídicos de la Junta dictaminaron que no es necesario el permiso de la Administración para trabajos privados de localización de víctimas del franquismo, lo que le permite a los promotores de la búsqueda seguir sondeando la zona del posible enterramiento, un antiguo campo de instrucción de las tropas falangistas conocido como Peñón del Colorado. Sin embargo aclararon que en caso de aparecer restos óseos con evidencias de muerte violenta que pudieran haber pertenecido a “represaliados por el franquismo”, entonces la Administración autonómica de la provincia deberá hacerse cargo de las tareas de exhumación.
El proyecto cuenta con los respaldo de la familia Galindo y de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en calidad de "familia política" de Arcollas y Galadí. Sin embargo, y para complicar aún más la novela de la búsqueda, la asociación Regreso con Honor ha denunciado que su investigación ha sido permanentemente obstaculizada por parte de los descendientes de García Lorca, una actitud que habría provocado la demora de una respuesta positiva por parte de la Junta. La confirmación del permiso permitió a Regreso con Honor comenzar con la tercera fase de una búsqueda, después de que las dos anteriores, llevadas adelante en los años 2009 y 2014 por la propia Junta y que finalizaron sin hallar evidencias de enterramiento.  

La casa de Bernarda Alba y trama familiar detrás del asesinato

Cuando los investigadores señalan que la familia del propio Federico García Lorca se ha convertido en uno de los principales escollos de la búsqueda, es inevitable preguntarse qué puede haber detrás de esa actitud y de la voluntad de que los restos no sean hallados. Una posible respuesta se encuentre en los detalles de un crimen atroz en el que se mezclan la política, la literatura, la homofobia y una compleja trama de disputas y enfrentamientos familiares. Según se sabe, el poeta fue fusilado cerca de Fuente Grande, en las afueras de la localidad de Alfácar, provincia de Granada. Pero su asesinato había sido planificado desde que el poeta volviera a Fuente Vaquero, su pueblo natal vecino a Alcáfar, apenas unas semanas después del estallido de la Guerra Civil, desoyendo a quienes le sugerían partir hacia el exilio. Lo que ocurrió durante esos días es fundamental en la reconstrucción de una historia en la que los cruces acusatorios van y vienen en formato de libros y películas documentales.
El libro “Los últimos días de García Lorca”, del periodista granadino Eduardo Molina Fajardo, fue editado en 1983 algunos meses después de la muerte de su autor por decisión de su esposa y sus páginas causaron no pocas polémicas al momento de su publicación. Ante eso, en aquel momento la viuda de Molina Fajardo declaró que entendía que tales polémicas ya no tenían ningún sentido, porque ninguna discusión podía devolverle la vida a quienes ya estaban muertos, ni volver heroica la actuación de quienes demostraron cobardía. “Lo que debemos procurar todos es tener siempre presente que hechos como éstos no deben nunca volver a repetirse", concluyó entonces la viuda. Uno de los elementos polémicos de aquella investigación era la intención de Molina Fajardo de exculpar a la Falange española (el movimiento fascista español del cual el propio periodista formaba parte) de toda responsabilidad en el asesinato de García Lorca.
En coincidencia con el 75 aniversario del asesinato, en 2011 el historiador Miguel Caballero publicó el volumen Las trece últimas horas en la vida de García Lorca, en donde le pone nombre y apellido a los instigadores y ejecutores del crimen. El libro de Caballero toma como uno de sus puntales la investigación del propio Molina Fajardo, aunque llega a una conclusión bien distinta: que la cadena de decisiones que llevó al trágico final del autor de Romancero gitano estuvo compuesta en un 90% por miembros de Falange Española. Pero en ese libro también se hace alude a un entramado de rencores familiares que habrían sido un elemento fundamental en la conspiración que acabó con la muerte del poeta.
En esa misma teoría se apoya la tesis que el director Emilio Ruiz Barrachina expone en su documental "Lorca, el mar deja de moverse". En él se sostiene que los primos del escritor, pertenecientes a la familia Roldán, fueron los instigadores de la detención y el asesinato de Lorca. Ambas familias se encontraban distanciadas desde hace años por una rencilla insalvable en la que la política tenía un papel preponderante, ya que los García Lorca eran republicanos y sus parientes partidarios del conservador Acción Popular. Según esta teoría los Roldán intentaban cobrarse la ofensa que el poeta les habría causado al publicar su última y más famosa obra de teatro, “La casa de Bernarda Alba”, en la cual el autor retrata de manera cruel la vida de una mujer que somete a sus hijas a un régimen de excesivo control. Hoy se sabe que aquella historia está basada en personajes reales que también eran parientes de los Roldán. Entonces la publicación de la obra, sumada a las ideas de izquierda y la homosexualidad de García Lorca, habrían sido algunos de los motivos por los cuales este fuera entregado para su posterior asesinato.
Publicada poco antes del comienzo de la Guerra Civil que marcó la caída de la 2º República española, “La casa de Bernarda Alba” no se estrenó en España, sino que recién pudo hacerlo en la Argentina nueve años después, el 8 de marzo de 1945 en el teatro Avenida de Buenos Aires. La representación corrió a cargo de la actriz Margarita Xirgu y su compañía.  

García Lorca en Argentina

Es sabido que Federico García Lorca era un escritor viajero, que recorrió el continente americano de punta a punta y que en el contexto de sus travesías llegó a desarrollar un vínculo muy profundo con la Argentina y en particular con Buenos Aires, ciudad en la que vivió durante poco más de seis meses, entre 1933 y 1934. Arribado en el buque Conte Grande el 13 de octubre de 1933, García Lorca llega rodeado de un halo de fama como el más célebre de los poetas españoles pertenecientes a la generación del 27. Aquí fue parte de la intensa vida cultural de la ciudad, frecuentando a figuras como Victoria Ocampo, Oliverio Girondo y su esposa Norah Lange, Pablo Neruda, por entonces cónsul de Chile, e incluso Carlos Gardel.
Durante su estadía porteña García Lorca Vivió en el tradicional hotel Castelar, ubicado en la primera cuadra de la Avenida de Mayo al otro lado de 9 de Julio. Justamente esa avenida, la arteria más importante de aquella ciudad, se convirtió en el eje sobre el cual giró su vida pública. Sobre sus veredas no sólo se encontraba ese hotel al que convirtió en su hogar, sino también el café Tortoni, el café Los 36 Billares y el Teatro Avenida, donde ese mismo año se estrenó la versión local de “Bodas de sangre”, montada por la compañía de la famosa actriz Lola Membrives, responsable de la invitación que trajo al poeta hasta Buenos Aires. Todos esos lugares son puntos fundamentales de un itinerario que se conoce como La Ruta de Lorca, un circuito turístico que intenta ir tras los pasos perdidos del poeta en la ciudad.
Sin dudas es imposible revivir el fervor que desató su paso por Buenos Aires, sin embargo gracias a la prodigalidad de la web, hoy es posible contar con al menos un eco tangencial de aquel hito cultural de la historia porteña. Hace algunos años atrás, el actor español Emilio Gutiérrez Caba donó a la fundación AISGE (Artistas Intérpretes Sociedad de Gestión) un lote de 29 grabaciones entre las que se encontraban varios fragmentos de aquella versión de Bodas de sangre que Membrives estrenó en 1933, con el mismísimo Lorca presente en la sala. En la grabación pueden escucharse las voces de los actores Osvaldo Robledo, Vicente Ariño, Helena Cortesina, Diana Vértiz y Elena Conte, además de la de la propia Membrives.
El archivo puede escucharse en https://player.vimeo.com/video/44643766

La obra de García Lorca al dominio público 

Además de conmemorarse las ocho décadas del asesinato de Federico García Lorca, hoy también se concreta el primer día de la cuenta regresiva que marcará el paso al dominio público de toda la obra del escritor, que debería concretarse el 1º de enero del año que viene. Esto significa que a partir de entonces cualquiera de sus poemas, obras teatrales y demás composiciones literarias de su autoría podrán ser usadas y publicadas libremente, sin necesidad de pagar por ello canon alguno en concepto de derechos de autor.
Aunque hoy en día la Ley de Propiedad Intelectual española, aprobada en 1987, indica que los herederos de todo autor fallecido a partir de esa fecha cuentan con 70 años para explotar los derechos de su obra, el caso de García Lorca (fallecido antes de1987) se encuentra regulado por el marco legal que implementaba la ley anterior, que data de 1879. En esta se determinaba un período de explotación de 80 años posteriores al fallecimiento de los autores, que en el caso del poeta granadino concluye exactamente hoy.  

Artículo publicado originalmente en la web de Tiempo Argentino

domingo, 24 de abril de 2016

CULTURA - Comenzó la 42º Feria Internacional del Libro: Una pluralidad de voces y silencios

Quizá como nunca antes, la jornada de apertura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que va por su edición número 42, estuvo rodeada de un clima enrarecido, de expectativas variopintas entre las que convivían el optimismo con la incertidumbre y el temor. Optimismo porque la continuidad de la Feria siempre es una buena noticia, una sana costumbre que con más de cuatro décadas parece gozar cada vez más de buena salud. Incertidumbre y temor por que el inestable clima social pudiera trasladarse puertas adentro de esta fiesta de la industria editorial.
Ya en los días previos fuentes vinculadas tanto al gobierno nacional como a la administración porteña manifestaban su preocupación por la turbia imagen pública del ministro de Cultura de la ciudad Darío Lopérfido, un actor de importancia no menor en este asunto, en tanto un evento como la Feria del Libro se encuentra dentro de su área de influencia directa. Vale la pena recordar que históricamente Feria y gobierno porteño mantuvieron un vínculo que siempre fue muy próximo. Sirve como ejemplo la tradicional Noche de la Ciudad, que organizaba el anterior responsable de la cartera de Cultura porteña, Hernán Lombardi (hoy Ministro de Medios Públicos de la Nación), pero que Lopérfido eligió no continuar este año. A eso se suman los constantes episodios públicos de rechazo que el ministro de Cultura viene sufriendo desde que, con absoluta falta de tacto político y sin sentido de la oportunidad, se le ocurriera cuestionar el número de los desaparecidos, sugiriendo que dicha cifra obedecía antes al clientelismo que a la historia. Por todo esto, no llamó la atención de nadie que Lopérfido no se encontrara entre los funcionarios que asistieron al acto inaugural de esta edición.
Pero ahí no terminaban las preocupaciones. Aunque no en el mismo nivel que en el caso del ministro de Cultura, la figura del escritor Alberto Manguel, director designado de la Biblioteca Nacional, también se convirtió en un dolor de cabeza para aquellas mismas “fuentes cercanas”. Es que desde que el 22 de marzo se concretara el despido masivo de más de 200 empleados de la Biblioteca, su perfil quedó en el ojo de la tormenta. A partir de eso no fueron pocos los que concluyeron que su condición de asumir en su nuevo cargo a partir del próximo mes de junio, estaba destinada a no quedar vinculado con esta incómoda instancia de achicamiento de la planta. Pero quiso el destino que Manguel, quien vive desde hace años en el extranjero, también fuera el invitado de honor de la Feria a quien se le confió la tarea del discurso inaugural de esta edición. Una invitación que, como se encargó de aclarar en su discurso Martín Gremmelspacher, presidente de la Fundación El Libro, entidad organizadora del encuentro, había sido cursada meses antes de que el nuevo gobierno le ofreciera el sillón de Borges. Fue así como, de buenas a primeras, la Feria del Libro se encontró con una bomba de tiempo entre las manos. Lo que tanto el gobierno como la organización temían (siempre de manera extraoficial, aunque las voces de todos los pasillos lo daban como un hecho consumado) era que los despedidos intentaran manifestarse durante el discurso de Manguel y que la cosa derivara en algún incidente serio.
La profecía, sin embargo, se autocumplió de manera parcial, porque si bien hubo un grupo de personas que se manifestaron de manera abierta durante la alocución que el aún no asumido director dirigió a los presentes, no se registró ni un solo incidente que merezca ser definido como tal. Simplemente un grupo de entre 30 y 40 personas esperaron a que Manguel agarrara algo de velocidad con su discurso para, entonces sí, ponerse de pie y en respetuoso silencio exhibir a mano alzada una serie de pancartas con consignas y preguntas dirigidas al orador. “No a la Biblioteca offshore”, “Una biblioteca no es un negocio” o “¿Quién dirige la Biblioteca Nacional?”, fueron algunas de ellas. Sin apartarse de la lectura de su texto, el nuevo director ignoró por completo la presencia de aquellos que lo increpaban. En esa actitud no sólo parecía no atender a las legítimas dudas de ese grupo de personas autodefinidas como “lectores de la Biblioteca” (ver recuadro), sino apartar la mirada de una serie de cuestiones que lo involucran. Entre ellas la de cargar con la responsabilidad que implican los despidos y el desmantelamiento de la red de actividades ocurridos en la Biblioteca Nacional a poco de que finalmente ocupe su cargo, más de seis meses después de su designación.
La intervención duró no más de cinco minutos. Luego de que los manifestantes se retiraran en paz y por su propia voluntad, Manguel siguió hasta el final de su discurso sobre la relación entre Don Quijote y la ciudad de Buenos Aires. En él Manguel regresa sobre la primera de las aventuras del personaje de Cervantes. “Don Quijote se topa con Andresito, a quien su patrón ha atado a una encina y azota brutalmente porque el muchacho ha tenido la osadía de exigir los nueve meses de sueldo que se le deben”, relata Manguel y el paralelismo desborda actualidad. “Oyendo esto, Don Quijote ordena al patrón que lo desate y que le pague el dinero debido. Éste, azorado por la apariencia demencial del caballero, promete hacerlo. Andresito le implora a Don Quijote que no le crea, que no cumplirá su promesa, que su castigo será peor que antes, a lo cual Don Quijote responde que el patrón ha jurado acatar sus órdenes ‘por la ley de caballería’ y que no se atreverá a romper tal alto juramento. Por supuesto, en cuanto Don Quijote se aleja, el patrón vuelve a atar a Andresito a la encina y le da tantos azotes que lo deja por muerto.” Manguel remató la anécdota afirmando que “En el mundo real no basta la fe del lector”. En este caso no es difícil acordar con él.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

lunes, 24 de febrero de 2014

Buscarán los restos de Miguel de Cervantes Saavedra: El arte de molestar a los muertos

Hay dos maneras de ver este asunto. Por un lado la forma positiva, a partir de la cual se puede decir que la arqueología y la genética son dos ciencias dedicadas a conservar, reconstruir y revelar los misterios y secretos del pasado. Ambas disciplinas han realizado al día de hoy aportes fundamentales para ir rellenando los casilleros vacíos de ese juego de la oca sin fin llamado “Historia”. 
El otro punto de vista respecto de esta cuestión no es tan condescendiente, pero es bastante más sencillo de exponer. Alcanza con decir que según esta postura, la arqueología y la genética no son más que formas refinadas de romperle las pelotas a los muertos. Algo parecido a eso debió pensar el alma inmortal de don Miguel de Cervantes Saavedra al enterarse (si es que esto fuera posible) que un grupo de científicos, en clara connivencia con el Ayuntamiento de Madrid, se empeñará en hallar los huesos que alguna vez fueron suyos. Según se supone, los mismos se hallan enterrados en el viejo caserón del monasterio de clausura de las Trinitarias, en pleno Barrio de las Letras, en Madrid, en donde se supone fue sepultado el 23 de abril de 1616.
Cuatro siglos después de su muerte, la figura del autor del Quijote vuelve a interesar a las autoridades madrileñas, pero por las razones menos oportunas. Lejos de proponerse promocionar la obra del autor fundamental de la lengua castellana, el Gobierno regional ha autorizado el comienzo de la búsqueda en el subsuelo de la antigua iglesia monacal, según informó recientemente el diario El País. Y para ello no se andarán con chuiquitas. Con ayuda de un poderoso georradar, “dispositivo de frecuencias capaz de perfilar las oquedades subterráneas, sus dimensiones y su grado de ocupación”, la expedición (aunque tal vez ese título le quede un poco grande a esta empresa) intentará develar el misterio de la tumba cervantina. 
Existen muchos motivos y documentos para suponer que los restos del escritor se encuentran en el templo de la orden de las Trinitarias, cuyos miembros dirigieron el rescate de su cautiverio en Argel y, tras su muerte, le habrían dado sepultura. Desde 1870, tras un informe encargado por la Real Academia Española a Manuel Roca de Togores, marqués de Molins, existe certeza de la existencia de nueve enterramientos en el viejo monasterio, alguno de ellos con restos que corresponden a los de un varón adulto. Ese, suponen, sería Cervantes. O lo que de él han dejado los cuatro siglos que pasaron desde su muerte.
Para costear esta primera etapa de la investigación se ha destinado una partida municipal de 12 mil euros, que necesitará un refuerzo para sus etapas posteriores. Pero para que el gobierno accediera a dar apoyo oficial a esta iniciativa, nacida del empeño personal del georradarista Luis Avial y el historiador Fernando de Prado, fue necesario que primero le tocaran un poquito el amor propio. Fue así que luego de negarse en varias oportunidades, las autoridades municipales finalmente consintieron a prestar su aval económico luego de que unas cuantas entidades culturales estadounidenses se mostraran interesadas en la pesquisa. 
A todo esto, no hay forma de saber si el viejo escritor consentiría en que un grupo de jóvenes impertinentes vinieran a interrumpir el descanso eterno que bien ganado tiene. Pero no es difícil imaginar que, si pudiera, los haría recular, el arcabuz siempre dispuesto en su única mano, al grito de: “¡A este santo varón, manco y todo, nadie le interrumpe una siesta!” Y que enseguida, con castiza elegancia, los mandaría a buscar a Pierre Menard.

Artículo publicado originalmente por la sección Cultura de Tiempo Argentino. 

sábado, 22 de octubre de 2011

ENTREVISTA - Jorge Herralde, fundador y editor de Editorial Anagrama: por amor al libro

Existe una teoría muy extendida, que supone que muchos de los oficios que eligen las personas no son sino sublimaciones de otra cosa, una máscara para ocultar la frustración de un deseo imposible. Para quienes creen en ella, los críticos de cine son directores fracasados; los periodistas deportivos, futbolistas patadura rechazados por todos los clubes; y las mujeres policía son ese hijo varón que nunca vino, que encuentran en ese oficio la única forma de tener, por una vez en a vida, una pistola propia entre sus manos. Tal vez la teoría sea por completo falsa, o quizá sea cierta a medias o sólo en algunos casos. Es que muchas veces la vocación tiene caminos que la razón desconoce y la felicidad puede encontrarse, como tantas otras cosas, en el cajón de los objetos perdidos.

Lo cierto es que hay muchas profesiones y oficios que despiertan la inmediata curiosidad de saber cómo alguien llegó a elegirlos como propios. Eso es lo que pasa con Jorge Herralde, editor literario y fundador hace más de 40 años de Anagrama, una de las editoriales independientes más prestigiosas de Hispanoamérica. Porque si bien es sencillo imaginar a un chico soñando con ser escritor, con el oficio de editor es mucho más difícil imaginar chicos soñando. “De entrada no se sueña con eso, al principio se es lector. Y se es lector voraz”, dice el propio Herralde, quien pasó fugazmente por Buenos Aires hace algunas semanas. “Primero uno es un lector indiscriminado, pero luego vas descubriendo tus vetas de lecturas preferidas. Después sí, en todo caso, se sueña con ser autor y recién en un periodo posterior uno llega a pensar en ser editor”, confiesa el hombre, sin que eso niegue la pasión, el amor y el placer que encuentra en el oficio elegido. “Ser editor, como yo entiendo a un editor literario, es alguien a quien le gusta transmitir sus entusiasmos, y organizar un catálogo coherente y conforme a dichos entusiasmos.” Mientras habla, aunque sus modales y sus gestos son apacibles, sus ojos traducen brutalmente ese entusiasmo a un lenguaje vital, donde las palabras sobran, porque nunca alcanzan. Su mirada, entonces, dice más y lo dice mejor.

-Desde ser lector hasta llegar a editor, atravesando todas esas etapas intermedias, ¿ha tenido que resignar algo en el camino? -No, porque en realidad la vocación de lector la sigo manteniendo y potenciando con mi actividad de editor. Y aunque en mi lejana juventud perpetré algunos cuentos y poemas o algún esbozo de novela, la actividad editorial tal como la vivo es tan intensa que no me da nostalgia ni me pienso como escritor, en tanto escritor de novelas. Aunque he escrito centenares de páginas y contratapas, correspondencia. 

-Para alguien como usted, que ha conocido a tantos escritores, ¿el libro de memorias es una tentación? 

-Bueno, es que, aunque no soy escritor, he publicado muchos textos en torno a mis actividades de editor y varios de ellos se han ido empaquetando en cuatro o cinco libros. Entre ellos está Por orden alfabético y también El optimismo de la voluntad, que trata sobre mi experiencia como editor en América Latina. En cierta manera forman una suerte de autobiografía fragmentada, y al mismo tiempo una crónica de mis encuentros con escritores y colegas. Allí hay textos dedicados a Copi, a Ricardo Piglia, Alan Pauls y otros.  

-Imagino que en estos años ha ido puliendo sus herramientas de editor. ¿Cuáles son las más importantes de ellas para hacer un buen trabajo? 

-Creo que lo fundamental es la vocación. Un editor debe vivir intensamente todo el proceso, que consiste en lecturas, la organización de colecciones; tener una curiosidad intelectual permanente, apostar por la excelencia literaria e ir a la búsqueda de las nuevas voces de su tiempo, a la vez que se preocupa por el rescate de libros que han sido descatalogados o negligidos o directamente ignorados. Luego se debe trabajar con emoción artesanal para que el objeto libro sea lo más perfecto posible. Y una vez que se ha conseguido publicar el mejor libro y de la mejor forma posible, intentar que se promocione y se venda del mejor modo. Y siempre pensando en el autor, pues con mejor o peor fortuna, todos ellos ponen sus vísceras en cada libro y es muy triste que esto pase desapercibido.  

-Usted menciona como parte del trabajo el criterio de lectura, pero también habla de negocio. Cuando lee alguno de los originales que le llegan: ¿tiene en mente ambas cosas?  

-Cuándo leo lo que busco es la calidad literaria. Si además, pues, se puede convertir al libro en un best seller o si el autor tiene potencial para, en obras futuras, convertirse en uno, pues muchísimo mejor. Después hay que trabajar para que lo sea. Para mí –y esta puede ser la diferencia entre un editor independiente o vocacional y otros editores- en el binomio cultura y negocio, pongo mucho más énfasis en la cultura, pero sin perder de vista que una editorial debe, al menos, autofinanciarse. De hecho en el catálogo de Anagrama hemos publicado muchos títulos a sabiendas que se trataba de autores minoritarios. Allí está Copi, de quien hemos publicado seis o siete títulos, o Rodolfo Wilcock y tantos otros enormes autores que difícilmente tengan un gran éxito.  

-¿Puede ser frustrante publicar a estos autores de tanta calidad, como Wilcock, pero a los que después es muy difícil vender? 

-Sí, lo es. Pero en el caso de Wilcock de todas formas en veintitantos años hemos hecho tres ediciones y vendido unos siete mil ejemplares, de modo que no se trata de un fracaso absoluto. Muchos de ellos son autores que ni en sus países nunca han vendido gran cosa. Es decir, cuando un editor los escoge –un editor con experiencia- ya sabe que lo más probable sea esto, pero de todas formas le gusta tener ese libro en el catálogo porque, aunque se venda poco, atrae a posibles lectores, aunque no sean muchos. Y también a posibles escritores; un ejemplo es el caso de Roberto Bolaño (que cuando lo empecé a publicar más minoritario, imposible). Cuando lo conocí hablábamos muchas horas de literatura, y él me dijo que quería ser escritor de Anagrama porque estaban Rodolfo Wilcock, George Perec y otros autores fundamentales. Quería formar parte de este club, de esta familia.  

-Siendo la buena literatura un bien escaso, ¿debe ser muy difícil mantener el catálogo dentro de un buen nivel? 

-Pienso que se encuentra buena literatura: nosotros estamos incorporando constantemente nuevos autores. Lo que se vuelve más difícil en momentos de banalización, de triunfo del best seller, es encontrar un libro literario en las listas de más vendidos; pasa una vez cada seis meses. Es decir que para mí no resulta difícil encontrar buena literatura y creo que en los libros que publicamos no hacemos ninguna concesión a la comercialidad sin calidad. Lo que cada vez es más difícil es venderlos.  

-Usted habla de la incorporación de nuevos nombres al catálogo, de la dificultad para venderlos, pero a la vez hay nuevas tecnologías y formatos de lectura. ¿Cómo enfrenta Anagrama estos nuevos escenarios? 

-Desde el corazón debo decir que soy un fanático del libro tradicional, y en ese sentido me considero un editor de ancien régime. Pero el cerebro me hace actuar teniendo en cuenta también estas mutaciones, cuyo desarrollo abre una incógnita respecto de la profundidad que van a tener, que puede ser mucha. Por ello Anagrama forma parte desde el principio de Libranda (www.libranda.com), que es una plataforma formada por los tres grandes grupos editoriales, que milagrosamente se unieron en un proyecto conjunto, y al que nos invitaron a unos cuantos editores independientes significativos. Pero de momento el arranque del libro electrónico en España es muy lento. De todas formas la editorial aprovecha otras herramientas de la red: tenemos página web, Facebook, Twitter… es decir, la editorial está al día en nuevas tecnologías. Incluso el Facebook lo alimentamos constantemente con críticas, entrevistas, y otros textos. La eficacia de esto es difícil de medir, pero allí estamos, como si nos lo creyéramos.  

-Cómo amante declarado del libro tradicional, ¿existe alguna estrategia para su defensa? 

-Lo básico para mí es intentar seguir publicando de la forma mejor y más exigente posible. Y luego tener la cintura para intentar adaptarse a estos cambios tecnológicos, conforme se vayan produciendo. Es muy difícil jugar a profetas en ese sentido. Todo el tiempo oigo opiniones de lo más variopintas sobre la duración de este proceso de coexistencia entre el libro tradicional y el electrónico; todo el tiempo surgen nuevas posibilidades de lectura, nuevos aparatos, el pirateo, que es una parte no negligible de la incógnita… no lo sé.  

-En la búsqueda de esas nuevas voces, ¿cuál es la forma en que usted se acerca al material de autores que no conoce? 

-Al mantener lo que llamamos “Política de autor”, es decir, ir siguiendo la carrera de muchos escritores de otras lenguas, todo lo que publican Martin Amis, Ishiguro, Julian Barnes, Ian McEwan, se incorpora automáticamente. Esto nos deja poco espacio editorial. La recomendación que hacemos a ensayistas y novelistas que no hemos publicado, es que se presenten a nuestros concursos. De allí salen voces nuevas pero que, aunque sean desconocidas, creemos que son buenas literariamente, y entonces se publican. Es el caso del mexicano (Juan Pablo) Villalobos. O del argentino Carlos Busqued. Él se presenta al premio y pasa la primera criba, porque hay lectores con instrucciones literarias severísimas para hacer una primera lectura. Luego lo leo yo y literalmente me entusiasma. Creo que llegó a semifinalista del concurso y yo decidí publicarlo con un currículum prácticamente nulo. Aquí tampoco lo conocía nadie: un escritor por completo ignoto y sin ninguna recomendación. De hecho, yo acabo de conocerlo hace tres días. Es un auténtico hallazgo y un ejemplo muy pertinente de que en la editorial los escritores no necesitan ni padrinos ni nada: simplemente escribir un buen libro.   

-¿Qué le queda aun por hacer como editor? 

-Qué me queda: simplemente seguir ejerciendo mi oficio con pasión y placer. Este es mi mayor premio. De Borges, Fogwill y otros escritores ajenos  

-De los escritores argentinos que no publican con Anagrama, ¿hay alguno al que le gustaría incorporar en su catálogo? 

-Te diré una obviedad espantosa: Jorge Luis Borges (risas)  

-Eso es trampa: es la respuesta fácil. 

-Es que en los años 60, antes de ser editor, tuve mi etapa borgeana. Leí todo Borges, conseguido dificultosamente, porque en aquel momento no circulaba fácilmente su obra en España. Entre los autores nuevos he tenido la fortuna de publicar a Ricardo Piglia, incomprensiblemente desconocido en España. Hoy es una satisfacción haberlo visto crecer tanto: da orgullo contar con uno de los 4 o 5 autores más importantes de América Latina en la actualidad. 

-Pero se me está escapando. Dígame algún autor que le guste y no sea de Anagrama. 

-Es que muchos de los que más me gustan son absolutamente inaccesibles: Fabián Casas, César Aira. Me parece interesante esta chica de Las teorías salvajes, la Pola Oloixarac. Me gustaba mucho Fogwill… 

-¿A pesar de los embates? 

-A pesar de ellos. Casi te diría que lo preferiría como lector (risas).  

-¿Qué hay de cierto en aquella afirmación tan polémica que Fogwill le atribuye a usted? -¿A mí?  

-Claro. ¿No la conoce? -No.  

-Él dijo en una entrevista que usted obliga a los escritores argentinos que contrata a incluir al menos un desaparecido por libro como estrategia editorial. 

-¿Eso dijo? (risas) Es genial. Esa es su imaginación de publicista (risas). Yo lo vi sólo una vez y me divertí mucho. Estuvo agresivo -como siempre-, pero agresivo en buen rollo. Creo que era una fiesta en la librería Mansalva, hace algunos años. “Herralde, hombre: mira que darle el premio a estos pendejos de Alan Pauls y Martín Kohan”. Pero si están muy bien, le dije. “¡Bah, este premio! A mí me lo deberías dar” (risas). Pero si también se lo hemos dado a Alvaro Pombo, que ahora es uno de los grandes, respondí. “¡Nada! Un desastre.” Pero siempre riendo: él era así. He oído frases suyas muy polémicas, pero una tan ingeniosa como esta de los desaparecidos, nunca. (risas)  

-Hemos hablado de lo grato del oficio, de estar cerca de la lectura. Pero supongo que también se habrá ganado algún enemigo. 

-Es muy posible. Hay una frase que me gusta mucho de una novela de Paul Auster, que hablando de un editor decía que “el rechazo es la esencia de su trabajo.” Y es verdad: si nosotros publicamos unas 75 novedades al año y recibimos, digamos, 3 mil sugerencias, pues hay 2925 damnificados. Entonces es lógico que una parte de ellos tenga una herida narcisista importante, más o menos (o nada) cicatrizada. Debo decir que la actividad editorial vivida apasionadamente, que es como creo que debe vivirse de modo casi obligatorio, estando en contacto con el ego de los autores (ego imprescindible por otra parte), es un trabajo complicado, aunque tengo muy buena relación con muchos de ellos. También está el factor de los grandes grupos, con anticipos imposibles de igualar; o los agentes literarios azuzando a todo el mundo. Es decir, esto no es un jardín de rosas. O mejor, quizá de rosas pero con conspicuas espinas.  

Entrevista publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 4 de agosto de 2011

CINE Y LIBROS - Zombis, los modernos Prometeos: La reencarnación de los muertos y Filosofía zombi

Es rica la mitología: sabrosa y fértil. Si lo sabrían Freud, Borges, Tolkien, John Ford, quienes, cada uno a su modo, admiraron, estudiaron, reescribieron y generaron construcciones míticas. Ocurre que el relato mítico ha tenido la capacidad ancestral de contener de manera encriptada, poética, aquello que el resto de los lenguajes humanos nunca pudo decir mejor de manera directa. Conforme la historia ha ido avanzando, lo mítico también fue modificando su estatus, de las tradicionales mitologías religiosas de la antigüedad a las épicas populares de la edad media. Con la modernidad, aunque lejos de perder potencia, el relato mítico comenzó a ser barrido bajo la alfombra de las supersticiones: aquellas creencias que lejos del progreso avasallante -y avasallador- que proponía la iluminada Europa cristiana (un mero conjunto de supersticiones con estatus canónico, por otra parte), podían ser reducidas con desprecio a la categoría de “lo pagano”. Civilización contra barbarie en estado puro.

Vampiros y resucitados: la edad contemporánea. El siglo XIX generó los que tal vez sean los únicos mitos modernos, de la mano de dos escritores que para la historia de las letras son menores, pero sin dudas de los más importantes en la cultura popular. En 1918, Mary Wollstonecraft, típica adolescente romántica, publicó Frankestein, o el moderno Prometeo. Nacido de un verano de poesía y tormenta a orillas del lago Leman, en Suiza, compartido con su marido Percy Shelley y los amigos George “Lord” Byron y John William Polidori, poetas todos ellos, el relato lleva las señas inconfundibles del espíritu gótico de su época. En esas mismas vacaciones, Polidori escribiría El vampiro, que junto con Carmillia de Sheridan Le Fanú, son los más sólidos antecedentes de Drácula, la novela con la que Bram Stoker terminó de consolidar el mito victoriano del vampiro aristocrático y seductor, que desde la Europa Central trae la peste al mundo civilizado. (Todo parecido con la realidad sociopolítica europea actual puede no ser pura coincidencia).
Como azaroso comentario adicional, merece destacarse el valor del lago Leman como potente vehículo para la generación de relatos míticos; basta recordar que la historia -¿o leyenda?- detrás de "Humo sobre el agua", emblemática canción de la agrupación inglesa de rock pesado Deep Purple, también ocurrió allí. Una nota marginal que, aunque simpática, quiza excedael tema de este artículo. ¿O no?
Lo cierto es que aquel injerto de muertos imaginado por Mary, y el conde rumano para quien, como Orfeo, el amor es más definitivo que la muerte, constituyen, con la imprescindible ayuda del lenguaje cinematográfico, los dos grandes mitos que pueden considerarse propios del siglo XX. Porque no caben dudas que desde su nacimiento en 1895, dos años antes de que Stoker publicara su novela, el cine ha sido el gran generador de relatos del siglo pasado, el factor decisivo para que muertos vivos y no muertos se instalaran con fuerza en el imaginario popular.

Vienen por ti, Bárbara. Pero no es el glamour del vampiro lo que interesa acá porque, además, se trata de un mito de clausura: el cuento del decadente vampiro que no encuentra lugar en un mundo moderno, coincide con el final del período victoriano, decadente por excelencia. Por el contrario, la historia que se cuenta en Frankenstein es un primer esbozo de un futuro deseado, que representa además la mayor fantasía de la era industrial: la de la posibilidad humana de crear vida. Un anhelo comparable al que alimentó a los arquitectos de Babel, enceguecidos por el afán de rascarle la barriga a Dios.
Y sin dudas no puede considerarse glamoroso a un cadáver que, imposibilitado de persistir en la muerte, se ve obligado a deambular sin pulso, sin voluntad, puro despojo, pura necesidad insatisfecha. Porque eso es lo que son los muertos vivientes creados por el director norteamericano George Romero, hijos legítimos de aquella criatura animada por Víctor Frankenstein. Lejos de la lujuria del vampiro, donde lo que manda es la satisfacción de un deseo que tiene mucho de sensual, el zombi romeriano va sin rumbo, tratando de paliar una necesidad que es básica y primal: calmar un hambre sin límites. Desconectados de aquellos personajes de los filmes que en los años 40 y 50, a partir de leyendas del vudú haitiano, referían a cadáveres levantados de sus tumbas por una voluntad mágica que los controlaba, los zombis de Romero son víctimas de corrupciones surgidas del corazón mismo del progreso tal como lo concibe la cultura capitalista. Escapes radioactivos, mutaciones genéticas o epidemias de laboratorio son algunos de los orígenes que justifican el horror. Otras veces la elipsis sobre las causas del desastre es completa: el origen no importa, porque la semilla del mal siempre está en los mecanismos básicos de una sociedad cada vez menos humana. Como el personaje de Wollstonecraft, el zombi es a la vez monstruo y víctima.
Hace un par de semanas se estrenó en Buenos Aires Survival of the dead, sexta entrega de la saga de Romero sobre muertos ambulantes, rebautizada de forma inexplicable como La reencarnación de los muertos. Si bien se trata de la más floja de todas, el veterano director vuelve a demostrar que, más allá de ser un personaje eficaz a la hora de causar algún susto, la masa zombi es, como otros mitos, un símbolo útil para hablar de modo indirecto, poético a su manera, de los vivos.

El libro de los muertos. El filólogo español Jorge Fernández Gonzalo acaba de publicar Filosofía zombi (Anagrama, 2011), donde consigue construir interesantes relecturas de los trabajos de Romero. Organizado en capítulos que se ocupan de ellos de manera individual, Fernández Gonzalo profundiza la ya famosa referencia a la segregación racial, de la inaugural La noche de los muertos vivos, de 1968, pasando por la crítica al hiperconsumo (El amanecer de los muertos, 1978); la educación conductista (El día de los muertos, 1985); las insalvables distancias sociales del mundo neoliberal y la lucha de clases (La tierra de los muertos, 2005), o la dependencia mediática (El diario de los muertos, 2007). Filosofía zombi pone el acento sobre la figura del muerto viviente como símbolo de la creciente deshumanización de los lazos entre individuos, y no duda en recurrir a Freud, Deleuze, Lacan o Barthes para soportar su análisis. Lo más interesante que aporta el libro del filólogo español, es la certeza de que. como humo sobre el agua, el hombre actual se encuentra alienado intentando satisfacer necesidades ilusorias, alimentadas por un mundo virtual de publicidades, marcas y productos, más que en trabar contactos humanos reales.
Y así como para el zombi nada más existe un hambre que sólo puede saciar la carne humana, el hombre moderno ha dejado de desear -porque el deseo involucra el reconocimiento de un otro-, para aislarse en estas necesidades ante las que se es único, solitario y final. En este punto es donde tal vez todos podríamos decir, a la manera de Flaubert: “Los zombis somos nosotros”.


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Versión ampliada del artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 10 de octubre de 2007

LIBROS - Mira si yo te querré, de Luis Leante: La estética del marketing

A la sombra de acontecimientos recientes, la obtención de un premio literario prestigioso se ha vuelto de un valor relativo: sucedió con Plata quemada y con Bolivia construcciones, éxitos que enseguida se vieron revueltos entre dudas y escándalo. Las preguntas, entonces, se repiten: ¿cuál es el valor real de estos premios? ¿O cuál el criterio que utilizan sus jurados para decidir qué premiar? La novela Mira si yo te querré, del español Luis Leante, llega precedida por la fanfarria triunfal del premio Alfaguara de novela 2007, y tal vez a partir de su lectura pueda arriesgarse alguna respuesta.
Una sucesión de tragedias personales han empujado a la doctora Montse Cambra a pasar el Año Nuevo de guardia en el hospital. Esa noche, entre las pertenencias de una joven paciente de origen saharaui, encuentra una foto de Santiago San Román, un chico que treinta años antes fuera su primer amor, a quien creía muerto desde entonces en la colonia española del Sahara. Empujada por sus frustraciones y esperanzas, Montse viaja a África: la búsqueda de Santiago le impondrá el desafío de una cultura extraña, que resultará un filtro oportuno para intentar otra lectura del pasado. Mira si yo te querré es una historia de amor con conflicto político de fondo, en donde la distancia se vuelve un alivio para el fracaso, y el tiempo (al fin, otra forma de distancia) un consuelo que la casualidad se empecina en obviar.
Luis Leante, que ha confesado la influencia del cine sobre su obra, da a la novela un ritmo cinematográfico y una estructura similar a las llamadas películas corales, consiguiendo que la narración se parezca más a cine contado que a una obra literaria. Esto, más el uso de un relato no lineal y saltos temporales que intentan generar un suspenso que no es propio de la historia, evidencian lo artificial de tales recursos.
Cerca del best seller como género, y hasta de la telenovela, Mira si yo te querré se pone del lado de quienes piensan que los grandes premios literarios suelen tener mayor estima por aquellas obras que presumen masividad y prometen eventualmente multiplicar la inversión inicial -el Alfaguara de novela representa más de ciento treinta mil euros para el ganador-, que por lo literario. Lo cual no significa que literatura y negocio no puedan convivir con amabilidad. No es este el caso.
(Publicado originalmente en el suplemento Cultura, del diario Perfil)