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domingo, 10 de abril de 2022

LIBROS - "Arboretum", de David Byrne: Diágramas juguetones del pensamiento

En cada página hay un árbol que reúne dos conjuntos diferentes de palabras o conceptos, uno agrupado en torno a la copa y el otro a lo largo de las bifurcaciones de la raíz. En la parte superior de uno de ellos se encuentran las palabras poesía, armonía, simetría, equilibrio y belleza. Debajo se lee: morderse las uñas, echarse pedos, hurgarse la nariz, rascarse los huevos o picor anal. Si todo eso conformara un texto se diría que se trata de uno bastante absurdo, incluso desconcertante, aunque si se lee con paciencia, tampoco es difícil hallar un camino a través de él. Porque ahí están, arriba las distintas abstracciones que definen aquello que es estéticamente bello, y en la mitad inferior una serie de imágenes muy claras (y divertidas) de lo abyecto. En su libro Arboretum (editorial Sexto Piso), el músico y artista estadounidense David Byrne reunió un total de 92 de estos arbolitos, entre los cuáles el antes descripto es uno de los más simples. Y si bien a primera vista parecen no ser más que experimentos con el lenguaje, también existe la posibilidad de pensar en ellos como juegos de ingenio, cuyo desafío consiste en dotar de sentido a aquello que da la impresión de no tenerlo.

Hallar una lógica en el sinsentido es una de las premisas que llevaron al autor, conocido por ser el cantante de Talking Heads, banda germinal del rock neoyorkino a fines de los ’70, a darle forma a su pequeño bosque ilustrado. O como él dice: se trata de “proceder cuidadosa y deliberadamente, desde el sinsentido, sin inmutarse, para a menudo llegar a un nuevo tipo de sentido. Pero ¿cómo puede del sinsentido emerger sentido?” Así, en forma de pregunta, expresa Byrne en el prólogo el impulso que lo llevó a dibujar esas estructuras arbóreas que él relaciona con las del pensamiento. A partir de esas formas recurrentes que a veces se apartan del diseño troncal para convertirse en Diagramas de Venn o en cuadros sinópticos, Arboretum agrupa conjuntos de ideas. En esa tarea, su autor manifiesta especial predilección por cuestiones vinculadas al placer, yendo de lo sexual a lo artístico o de lo gastronómico a lo filosófico. Pero siempre con un humor que surge del contraste entre esos pares enfrentados, cuya convivencia en un mismo espacio resulta difícil de imaginar más allá de la frontera de estas páginas. 

Esa insistencia formal hace que sea fácil relacionar estos experimentos del músico, con los gráficos también arbóreos que la gramática generativa aplica al análisis de estructuras sintácticas. La gran diferencia es que, mientras la teoría creada por el lingüista estadounidense Noam Chomsky se propone predecir las combinaciones correctas de palabras que aparecen en las formas del lenguaje, los árboles de Byrne parecen ser la expresión de un estado mental en el que las reglas se han desvanecido. De ese modo, cada uno de sus dibujos se encuentra más cerca de la asociación libre, de la escritura automática o de los limericks de Edward Lear que de un razonamiento organizado. Aun así, el sentido termina apareciendo a pesar de todo, no porque se encuentre expresado explícitamente, sino porque, como suele ocurrir con la poesía, cada lector se encarga de aportarlo.

“La tarea de la ciencia es cartografiar nuestra ignorancia”, dice Byrne para referirse a la forma en que los dibujos de Arboretum replican las estructuras lógicas del pensamiento científico, pero del modo menos científico posible. En este caso, como él mismo propone, su lápiz se convierte en “una linterna que ilumina una pequeña parte” de la oscuridad que aún existe en nuestro conocimiento acerca de la forma en que funciona la inteligencia humana. Sus dibujos se convierten, entonces, en mapas conjeturales de esos territorios inexplorados de la razón. Planos que en lugar de guiarnos hasta el destino previsto nos alejan, llevándonos a lugares que nunca nadie visitó antes.

Es cierto que un análisis como este puede formar la falsa idea de que Arboretum es una obra demasiado seria, un plomazo teórico, y sin embargo es todo lo contrario. Se trata de un libro que explora lúdica y poéticamente la forma en que los pensamientos van tomando forma en nuestra cabeza. Alcanza el ejemplo citado al comienzo para confirmar que si algo no le falta al trabajo de Byrne es un sentido del humor tan libre como sus inesperados árboles de palabras. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 28 de noviembre de 2021

LIBROS - Entrevista con Jay Parini, autor de la novela "Borges y yo": Borges contra el monstruo del Lago Ness

Jay es un joven estudiante de literatura que sueña con ser poeta, angustiado por la posibilidad de ser reclutado de forma compulsiva por el ejército de los Estados Unidos para ser enviado al frente, en lo peor de la Guerra de Vietnam. Tiene algo más de 20 años y pocas certezas, pero está convencido de que esa guerra que está consumiendo a su país es un completo despropósito y que no será parte de ella. Para ponerse a salvo, el chico decide viajar a Escocia para cursar un posgrado en la universidad de St. Andrews. Además, la travesía resulta oportuna para tomar distancia del pueblito en el que vive, de la casa paterna y en especial del vínculo con su madre, una mujer sobreprotectora y trágica a la que adora pero que, se da cuenta, no le permite empezar a crear sus propios lazos con el mundo. En Escocia Jay conoce a Alastair Reid, un hombre mayor que él y un extraordinario lector, quien lo estimulará en la difícil labor de depurar su escritura. Alastair es además el traductor de Borges al inglés, aunque Jay no tiene ni idea de quién es Borges y tampoco está interesado en descubrirlo. Pero lo hará. 

Es que el viejo escritor argentino está por visitar Escocia y pasará algunos días en la casa de su traductor, que está fascinado con la idea de recibirlo. Pero ocurre que cuando el autor de Ficciones por fin llega, una urgencia obliga a Alastair a viajar a Londres y no encuentra mejor solución que pedirle a Jay que se encargue de cuidar a Borges durante su ausencia. Una vez solos, el viejo convencerá al joven de que lo lleve en auto a conocer las Highlands, las tierras altas al norte de Escocia cuna de tantos mitos. Un poco por compromiso y otro poco por curiosidad, Jay acepta el pedido de Borges. Así, juntos, ambos parten en un Mini Cooper destartalado en un viaje capaz de opacar en aventuras y maravillas al que emprendió el cansado Ulises para regresar a Ítaca, su patria. 

Este es apenas el comienzo de la novela Borges y yo, escrita por el escritor estadounidense Jay Parini y publicada por el sello editor Emecé. En sus páginas, memoria y ficción se trenzan para darle forma a un relato que tiene el encanto de revivir a un Borges íntimo, desconocido para muchos de sus lectores, pero al que se intuye en las infinitas entrevistas, libros de diálogos y anécdotas que lo tienen como protagonista. Como ocurre con muchas películas que abrazan la tarea de ficcionalizar historias reales, el Borges y yo de Parini también podría comenzar con un aviso al lector: aunque los hechos que acá se narran son reales, algunos personajes, situaciones y diálogos han sido modificados y/o creados con fines dramáticos. Como en muchos de los textos del corpus borgeano, en la novela de Parini es imposible saber dónde está el límite entre los recuerdos del autor y esos retazos de ficción necesarios para crear un universo tan vívido como atractivo.

Ese Borges que surge de los recuerdos de Parini, que en efecto recorrió con el escritor el norte de Escocia en el otoño de 1971, es en realidad muchos a la vez. Es el mismo viejo sabio con el que cualquiera se puede encontrar dando una vuelta por YouTube. Pero también una especie de Don Fulgencio, el hombre sin infancia, aquel cándido personaje de historieta creado por Lino Palacio para quien todo en la vida era parte de un juego ilusorio. Así se comporta Borges al conocer esos lugares de la Escocia mítica que desde la infancia habitaban en su imaginación. El Lago Ness, con su monstruo misterioso que para él no es otra cosa que la encarnación de Grendel, la bestia que aterroriza a los vikingos en el poema épico Beowulf. La ciudad de Inverness, citada por Borges en uno de sus cuentos más famosos, “El Aleph”. O la llanura de Culloden, donde los realistas escoceses perdieron su última batalla contra el ejército inglés. Pero también es un nene celoso que le guarda rencor eterno a Oliverio Girondo por robarse el corazón de Norah Lange, su primer amor; o el protagonista de un involuntario viaje psicotrópico, después de devorar con avidez varias porciones de un brownie preparado con un ingrediente “secreto”. Con mano amorosa y de forma ilusoriamente simple, Parini guía al lector por un recorrido maravilloso al centro de su memoria, creando en el camino un verosímil Borges de fantasía.

 

-Una parte importante de su libro gira en torno al vínculo que usted mantuvo con sus padres durante su infancia y juventud. Por eso quisiera comenzar con una pregunta que su padre le hace a aquel Jay joven, pero que tal vez entonces él no tenía forma de responder. ¿La literatura es una profesión? ¿Siente que hoy podría responder con seguridad a esa pregunta de su padre? 

-Pienso que en la actualidad, 50 años más tarde, podría decir que la literatura es tanto una vocación como una profesión. Hago lo que hago por amor esa materia, porque realmente amo escribir y pensar acerca de la literatura y del acto de la escritura. Tengo la sospecha que aquel encuentro con Borges me ayudó a imaginarme, a verme a mí mismo como un escritor en el futuro.  

-La novela está atravesada por un espíritu borgeano que va mucho más allá de la presencia concreta de la figura de Borges como coprotagonista y contiene numerosas referencias y citas indirectas a su obra. Por ejemplo, la historia del profesor Falconer, quien sobre el final de su vida, ya senil, termina creyendo ser el autor de los sonetos de Shakespeare, como si se tratara de una especie de Pierre Menard. El libro está repleto de juegos intertextuales por el estilo. ¿Cuánto de ficción y cuánto de realidad hay en esas referencias? ¿Le resultó difícil integrarlas al relato sin que el recurso se volviera artificial? 

-Creo que esa relación entre la obra de Borges y mi novela va variando en cada caso. Sin embargo, en cuanto al caso del profesor Falconer y su “escritura” de los sonetos de Shakespeare, toda esa historia es literalmente cierta y no necesitó que yo le agregara ni el más mínimo detalle de ficción. Me parece que en ese sentido Borges fue tan clarividente que fue capaz de prever muchas de las cosas que ocurren en el mundo. Yo simplemente tuve que estar atento a eso, realizando los ajustes que me parecieron oportunos tanto para la historia, como para conseguir que el libro tuviera el mayor número posible de ecos borgianos. Por ejemplo, todo el asunto de las duplicaciones se encuentra muy presente en la obra de Borges, así que me aferré a eso para ir encontrando ese tipo de paralelismos con mi propia historia. De ese mismo trabajo surge la anécdota, también real, del profesor Falconer confundiéndome a mí con mí mismo.  

-“El primer deber de un crítico es leer con ánimo compasivo, tratando de comprender el punto de vista de quién escribe”. Me interesó esa afirmación que usted hace durante su primer encuentro con Alastair Reid, porque me recordó al vínculo que muchos lectores establecen con el Borges real. Creo que quienes amamos a Borges estamos obligados a ser piadosos con él, a disimular, a aligerar el peso de sus defectos como persona en beneficio de la admiración que nos produce su genio escritor. ¿Usted debió recurrir a aquel “ánimo compasivo” a la hora de convertir a Borges en un personaje de su novela? 

-Creo que ahí das en el clavo, porque coincido por completo con esto que acabás de marcar. Borges pudo haber tenido muchísimas fallas como hombre, como ser humano. Pero eso es tan cierto como que en su rol de escritor no tiene parangón. Por mi parte, siempre intento practicar la compasión de todas las formas en que me es posible, tanto sea en la escritura como en la vida real.  

-En el libro, Alastair le da a usted un consejo muy borgeano cuando le dice que los poemas “nunca se terminan, solo se abandonan” y que “publicarlos es una forma de deshacerse de ellos”. Teniendo en cuenta que en la novela usted cuenta una historia ocurrida hace 50 años: ¿Por qué tardó tanto en deshacerse de ella? 

-Primero tuve que “ver” esta historia antes de poder escribirla, pero lo cierto es que recién pude hacerlo hace muy poco. En el pasado siempre me daba mucha vergüenza escribir sobre mí mismo. Creo que necesité tomar una gran distancia para tener la perspectiva suficiente sobre aquel que fui, sobre mi propia juventud, y sentirme capaz de escribir acerca de ese chico de esa manera compasiva de la que hablábamos antes. 

-En otro momento, Borges le dice que “nada existe si no encuentra su camino hacia el lenguaje”. ¿Cuánto de esta afirmación es responsable de que finalmente usted haya decidido, 50 años después, convertir aquellos recuerdos de juventud en esta novela? 

-Creo firmemente en eso y después de cinco décadas deseaba, por fin, poder darle un cuerpo a mis pensamientos y experiencias de aquel lejano 1971. Ahora puedo decir que me siento muy bien en relación a lo fiel que conseguí ser al espíritu de aquella época de mi vida. 

-Su Borges también afirma que “todo escritor es un pirata”, porque “pillamos, tomamos lo que nos gusta de los demás, les damos forma a esos bienes robados para nuestros propósitos personales”. A partir de eso, ¿diría que Borges y yo es una novela pirata? 

-Absolutamente. Puedo confesar sin avergonzarme que en ella robé a conciencia cosas de Alastair, de Borges, de Mackay Brown y de docenas de otros escritores. En ese sentido, yo también creo que toda escritura es un acto de piratería. ¡Y Borges era el amo de los piratas! ¡El Capitán Morgan en persona!  

-El protagonista concluye que “a pesar de su mentalidad cosmopolita, Borges parecía apegado a Buenos Aires” y que ese espacio “no era algo a lo que pudiera renunciar. Era su hogar”. Si pensamos en la memoria como un espacio que habitamos, ¿se podría decir que en este libro usted también se construyó un hogar a medida, al que no quiere renunciar? 

-Sí, en efecto, es así. Y por cierto: esa es una analogía encantadora. En este libro mi hogar es un lugar en la memoria, una residencia permanente. En sus páginas he tratado de crear lo que Shakespeare llamaba “a local habitation and a name” (una morada local y un nombre).  

-Su Borges se parece a otras de sus encarnaciones literarias. Tiene la locuacidad, la inteligencia y la picardía casi infantil del que retrata Bioy Casares en su libro Borges. Comparte la avidez y el celo por lo libros con el venerable Iorge, el monje de El nombre de la rosa que Umberto Eco creó inspirado en Borges. Y es también ese fantasma cordial y casi abstracto que camina por Buenos Aires en Sobre héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato. ¿Leyó esas obras? 

-Sí, he leído todos los libros que usted acaba de mencionar y confío en que mi Borges habita en esa misma tradición literaria, tan auto-alimentada por el propio Borges, pero al mismo tiempo también tan real. Recuerdo muy bien una charla que tuvimos con Umberto Eco, en la que hablamos mucho acerca de Borges, y ambos compartimos esta visión acerca de él como una figura extraña y espectral. ¡El amo y señor de la biblioteca universal!  

-Para usted conocer a Borges fue el corolario de una serie de hechos que, al encadenarse, llegan hasta ese punto en el que sus vidas se cruzaron. Pero también es consecuencia de hechos que tienen que ver con las vidas ajenas, como las decisiones que fueron tomando los otros. ¿Cree que detrás de todo eso están los hilos del destino, articulando los hechos de forma borgeana, o haber conocido a Borges no fue más que un golpe de suerte? 

-Me temo que todo ha sido solo un tonto golpe de suerte, una serie de encuentros fortuitos que me han traído hasta esta realidad. En primer lugar, pensá que si no hubiera conocido por mera casualidad a la persona que me sugirió irme a estudiar a la Universidad de St. Andrews, ninguno de los acontecimientos que narro en este libro hubieran tenido lugar. Incluso estaría viviendo una vida muy distinta a la que tuve hasta ahora. Muy probablemente tampoco hubiera conocido a mi esposa, ni hubiera tenido a mis hijos actuales. ¡Mucho menos tendría a mis cuatro nietos! Y todo eso porque el encuentro con Alastair derivó en mi primer trabajo en el Darmouth College, donde conocí a esa mujer que más tarde se convertiría en mi esposa. Creo que la vida no es más que una feliz coincidencia.  

-En la actualidad usted tiene más o menos la edad que tenía Borges cuando lo conoció en Escocia. Imagínese que el destino o la suerte (o la ficción) le permitieran volver a encontrarse con Borges ahora, los dos con algo más de 70 años. ¿Qué clase de conversación cree que tendrían esta vez? 

-Daría cualquier cosa por poder volver a entrar en un hotel de Escocia y encontrarme ahora con Borges en el bar, para mostrarle que yo también logré convertirme en un viejo hombre de letras. Un hombre que, igual que él, ha vivido una vida “verdadera” tanto en los libros como en los caminos del mundo. Creo que ahora podríamos compartir muchas risas y que sería una buena oportunidad para perdonarnos a nosotros mismos por los temores y desvíos de nuestra juventud. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 19 de agosto de 2021

CINE - "Leave No Trace", de Debra Granik: Todos los padres y todas las hijas del mundo

En los Estados Unidos existe una larga tradición de opción por la vida silvestre, que tiene su antecedente más notable en la figura del pensador y escritor Henry David Thoreau, nombre clave de la literatura de ese país, en especial en el más conocido de sus trabajos. Walden, o la vida en los bosques es un libro con un aura mítica, en el que el autor narra su propia experiencia viviendo más de dos años aislado de la civilización, en una cabaña construida por él mismo a orillas de un lago. Thoreau además impulsó la desobediencia civil, práctica política cuyos principios desarrolló en el libro homónimo. Su influjo no es ajeno al cine y se percibe en películas como Hacia rutas salvajes (Sean Penn, 2007), Capitán Fantástico (Matt Ross, 2016) o Nomadland (Chloé Zhao, 2020), reciente ganadora del Oscar. Ambos elementos también parecen impulsar a Will, protagonista de Leave No Trace, de Debra Granik, un veterano de la Guerra de Irak que vive oculto con su hija Tom en los bosques públicos en las afueras de la ciudad de Portland.

En la profundidad forestal, padre e hija habitan un campamento que ellos mismos montaron, donde subsisten a base de los modestos frutos que obtienen de la naturaleza y recogiendo el agua del rocío que la noche junta en las hojas de los árboles. Will le ha enseñado todo a su hija adolescente, desde leer hasta esconderse cuando siente cerca la presencia de extraños. Al principio es fácil imaginar que esa vida marginal tiene origen en alguna razón oscura que se desconoce. Granik sin embargo lo narra todo de forma luminosa, tratando de transmitir al espectador el sutil tesoro sensorial que produce el bosque. E incluso retrata a Will como un padre amoroso a pesar de sus excentricidades y a Tom como una hija a la que una niñez que no termina de dejar atrás todavía le permite ver a la figura paterna desde el deslumbramiento. Una mirada que, sin embargo, tiene los días contados.

Pero la vida salvaje a la que aspiraba Thoureau era más sencilla de conseguir a mediados del siglo XIX que en los albores del XXI. No solo porque a veces Will y Tom deben recurrir a la ciudad para proveerse de algunas cosas indispensables, sino porque es muy difícil evitar ser descubiertos por otros. ¿Pero de quién y de qué se esconden Will y Tom? Cuando un grupo de policías los encuentren y los deriven a la asistencia social, quedará claro que Will escapa de los fantasmas que le dejó la guerra y que Tom es una rehén involuntaria de esa dificultad de su padre para reinsertarse en la vida social. Leave No Trace -que Netflix estrenó con su título original, referido a no dejar rastros- se sostiene sobre todo en la eficiente construcción y evolución que Granik hace del vínculo que une a ese padre con su hija. ¿O será más apropiado decir “a esa hija con su padre”? Porque aunque el relato se reparte entre el punto de vista de ambos, cuando sea inevitable hacer primar una mirada sobre la otra no tendrá dudas en escoger con claridad con quién quedarse.

Como ya sucedía en Lazos de sangre (2010), el film más recordado de Granik, que consagró a Jennifer Lawrence, es interesante ver el retrato que Leave No Trace hace de la figura del Estado, oscilando entre lo ausente y lo presente. Esa dualidad aparece representada con claridad en una escena en la que Will le vende a un grupo de hombres sin hogar la medicación que obtiene de un centro de asistencia para veteranos de guerra. Esos dos extremos vuelven a manifestarse cuando padre e hija son descubiertos, provocando que el campamento de los sin techo sea arrasado por topadoras, mientras los asistentes sociales le consiguen a Will y a Tom una casa y un trabajo decentes en una granja. Para la película no parece haber diferencia entre la relación que une a Will con su hija y el vínculo entre Estado e individuo. Ambos se articulan bajo la lógica paternalista tradicional, en la que un padre amoroso también es capaz de causar un daño involuntario. Granik se abraza a la ternura en el retrato de sus personajes, sin juzgarlo a él por sus errores y tomándose el tiempo necesario para que ella pueda madurar un pequeño pero necesario y definitivo acto de desobediencia. Un fresco en el que caben todos los padres y todas las hijas del mundo.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 1 de agosto de 2021

HOMENAJE - William Burroughs: La pesadilla de una vida convertida en literatura

Un viejo camina con dificultad, como si el peso de la escopeta que carga apenas le permitiera avanzar. Sin embargo levanta el arma y hace descansar la culata sobre un hombro. El movimiento es suave y plástico, como si lo hubiera practicado muchas veces hasta volverlo hermosamente mecánico. Como si el acto de preparar un disparo fuera un ritual que conoce de memoria. Entonces aprieta el gatillo. Igual que ocurre con los témpanos, el arma lanza sobre el viejo una porción mínima de su furia, mientras arroja fuego desde lo profundo de su doble caño. Resulta un misterio que el viejo aguante el empujón de pie. Frente a él, los perdigones destrozan una torta de crema con la palabra "Control" escrita en letras rojas. El hombre recarga y vuelve a disparar cinco veces sobre otras cinco tortas blancas, donde ahora se leen las palabras "Historia", "Imagen", "Realidad", "Lenguaje" y "Sociedad". Con cada tiro, el viejo salpica con tripas de repostería las caras estupefactas de los espectadores: nosotros.

La escena anterior pertenece al videoclip de la canción “Just One Fix”, incluida en el álbum Psalm 69 (1992), del grupo de heavy metal industrial Ministry, y su protagonista no es otro que el escritor William Burroughs, de cuyo fallecimiento se cumplirán este lunes 24 años. Símbolo del movimiento Beat en los Estados Unidos junto a colegas como Jack Kerouac y Allen Ginsberg, y escritor maldito por antonomasia, Burroughs es autor de novelas esenciales de la literatura norteamericana, como El almuerzo desnudo o Yonqui. A pesar de contar con méritos literarios suficientes, Burroughs es —o más bien "se convirtió en"— uno de los íconos más importantes de la contra cultura popular del siglo XX. Un procedimiento que no fue calculado ni tuvo un carácter premeditado por parte del autor, pero del que tampoco renegó. Fueron sus libros (y los retorcidos hechos de su propia vida que los inspiraron) los que lo transformaron en un personaje influyente para varias generaciones de jóvenes (como el músico Al Jourgensen, alma mater de Ministry).

Publicado en 1959, El almuerzo desnudo fue su primer libro editado como William Burroughs: Yonqui había salido en 1953 bajo el seudónimo de Bill Lee. Esa novela lo convirtió en uno de los puntos de convergencia de la generación que parió el rocanrol y una influencia fundamental en el surgimiento de la psicodelia. De hecho, la suya es una de las figuras recortadas en el icónico collage que sirve de tapa al disco del Sargento Peppers, de los Beatles. Ya ungido como símbolo, varias generaciones de roqueros solicitaron y contaron con su colaboración en distintos proyectos. En esa lista se encuentran Jimmy Page, David Bowie, Kurt Cobain y Patti Smith. Un breve paseo por la web también lo mostrará junto a Frank Zappa, Mick Jagger, Debbie Harry, Madonna o Joe Strummer.

Pero antes de todo eso, incluso antes de publicar ninguno de los libros mencionados, la vida de Burroughs había sido marcada por el asesinato supuestamente involuntario de su esposa Joan Vollmer, ocurrido el 6 de septiembre de 1951. El hecho habría tenido lugar durante una fiesta en la Ciuad de México, mientras emulaban a Guillermo Tell, un juego que, dicen, la pareja solía repetir en reuniones de amigos. La rutina consistía en que Joan se ponía un vaso de agua sobre la cabeza para que William lo hiciera estallar de un tiro. Fanático de las armas, hasta ese día Burroughs nunca había errado. 

Ambos eran adictos a diferentes sustancias como el alcohol y la heroína, entre varias más, y nunca quedó claro si los hechos se dieron de esa manera o si en realidad se trató de un pacto ácido o simplemente de lo que hoy es definido como femicidio. Burroughs nunca dejó de reconocer que su nacimiento como escritor ocurrió en el horror de aquella noche. En su libro Artistas criminales (Editorial El Ateneo), Marcos Mayer cuenta esa historia de forma extensa, abordando en profundidad sus múltiples y complejos detalles. 

Aquel hecho también le permitió a Burroughs emprender el camino de salida de sus adicciones. Por el contrario y a pesar de la desgracia, nunca abandonó su pasión por las armas. Justamente, el video de aquella canción de Ministry explota todo eso, no sin algo de morbo. Ahí están la historia trágica de William y Joan, el carácter iconoclasta del escritor y su fascinación con las armas. Ahí se lo ve disparándole a unas tortas de crema en las que se leen las palabras "Control", "Historia", "Imagen", "Realidad", "Lenguaje" y "Sociedad", mientras su voz repite como un mantra: "Bring it all down (Haz que todo desaparezca)".




 
Quienes quieran saber un poco más sobre William Burroughs pueden procurarse el documental William S. Burroughs: a man within, de Yony Leyser. O, mejor todavía, conseguir (y leer) alguno de sus libros. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 18 de julio de 2021

LIBROS - "Consejos de un sabelotodo", de John Waters: Viaje a la mente de un viejo pervertido

Monstruoso, indecente, ridículo, pervertido, aberrante. Todos los de esta lista y muchos más son adjetivos que a lo largo del tiempo han sido utilizados para descalificar al cineasta estadounidense John Waters y a su trabajo. Hubiera bastado con la mitad de ellos para hacer que cualquier otro artista quisiera ser tragado por la tierra. Pero este no es el caso. Como suele ocurrir con muchos fenómenos surgidos en los márgenes de la cultura popular, incomprendidos en el momento de su brutal irrupción, Waters se apropió de aquellas agresiones. Igual que un luchador de aikido, este cineasta radical utilizó la fuerza de la reprobación para hacerla jugar en su favor y ganarse un lugar en la escena del cine independiente durante los ‘70. Es lógico pensar que su ópera prima, Eat your Make Up (1968), en la que una niñera desquiciada secuestra niñas para hacerlas desfilar hasta la muerte frente a sus amigos, era un poquito difícil de entender para su época. No es extraño entonces que la conservadora sociedad estadounidense de los ’50 y los ’60 también creyera que Waters era el anticristo y él desempeñó con gusto ese papel y de manera extraordinaria.

Claro, su carrera no se detuvo ahí y hoy en día excede los límites del cine. Waters ha escrito también una media decena de libros, tres de los cuales han sido publicados en Argentina por el sello Caja Negra. Carsick es un diario de viaje que narra los pormenores del trayecto que el director recorrió a dedo para unir Baltimore, su ciudad natal, con San Francisco a los 66 años. En Mis modelos de conducta le rinde tributo a sus influencias malditas, en el que reúne a personajes anónimos con grandes figuras, como el también demonizado rockero Little Richard o el dramaturgo Tennesse Williams. Ahora le llegó el turno a Consejos de un sabelotodo, que tiene además un subtítulo prometedor: “La sabiduría desviada de un viejo repugnante”. Lo dicho: Waters, maestro de la ironía, sabe perfectamente cómo invertir el peso simbólico de las palabras hasta convertir el agravio en mucho más que un elogio, en parte de su identidad.

De Consejos de un sabelotodo se puede decir que es un extraño libro de memorias. O una guía práctica para no perderse en el laberíntico mundo del perverso señor Waters, rey del trash. O, por qué no, un manual exquisito para conocer a fondo la cultura popular estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Consejos de un sabelotodo es, entonces, muchos libros en uno. Su primera parte propone un recorrido de su paso por Hollywood, abordando el proceso de realización de sus últimos siete trabajos. El recorrido empieza con Polyester (1981), en el que adaptaba el sistema Odorama para aromatizar algunas escenas con olores repugnantes. Y llega hasta Adictos al sexo (2004), su última película, que “acaba” con la cabeza de uno de los protagonistas estallando en una eyaculación gigante que salpica la pantalla justo antes de los títulos finales. En esos textos Waters entrega exquisitos detalles del proceso de hacer películas como las suyas, que van desde las disputas con los vecinos de las locaciones donde las filmaba, hasta las discusiones con los productores o los encargados de calificar sus películas, siempre deseosos de amputarle las partes más provocadoras. Es decir: las mejores.

Pero en el libro Waters también recorre sus gustos musicales y en el camino el lector recibirá una clase de rock’n’roll, otra de jazz, una tercera de soul, rythm’n’blues y ¡hasta de hip-hop! O de punk, al que considera “el disfraz perfecto” para cualquiera que tenga algo que ocultar. Ahí afirma que los chicos punks son, en realidad, “homosexuales desquiciados que escapan del mundo gay tradicional para hacer pogo, en un intento ‘macho’ por tocar cuerpos de otros tipos”. O que “las chicas nunca se ven gordas o feas si son punk”. Confesará además su adoración por el falsete, que incluye a cantantes como Frankie Valli o el inglés Ian Whitcomb, pero también a las infames Alvin y Las Ardillas, de quienes se declara fanático. “Hubiera tenido sexo con Alvin sin dudarlo”, confiesa Waters, recordando con picardía su adolescencia a finales de los ‘50. 

Asumido militante de la izquierda blanca y culposa, el cineasta también cuenta su experiencia dentro de los movimientos radicales de su juventud. Con lucidez, reconoce la labor del movimiento yippie, del que fue parte, o de agrupaciones como los Panteras Negras. Pero también recuerda que por entonces “la izquierda radical era tan homofóbica que era raro ver hombres gay” y recuerda que fueron “las lesbianas quienes siempre combatieron la misoginia de los hombres de izquierda”, realizando un interesante reflexión que resuena en el presente. Por fin, en Consejos de un sabelotodo Waters le pega hasta al papa Francisco, cuyos gestos de “apertura” hacia la comunidad LGBTQ+ define como “un fraude asimilador y falsamente gay friendly”. “Este tipo no hace nada y pretende ser visto positivamente por la comunidad gay”, estalla Waters, que además considera que la actitud del papa argentino “con las mujeres es aun peor que con los putos”. Como buen sabelotodo, Waters tiene un consejo para dar al respecto: “Tengan cuidado con la palmada en la espalda. Puede que les impida avanzar”. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 24 de junio de 2021

CINE - "Deseo prohibido" (The World to Come), de Mona Fstvold: Las hermanas Brontë meet #NiUnaMenos

Tomando como modelo las novelas románticas del siglo XIX, podría decirse que la película Deseo prohibido es algo así como el cruce perfecto entre el universo que surge de la obra colectiva de las hermanas Brontë, con el espíritu feminista post #NiUnaMenos. De atmósfera gótica y ambientada en 1856 en las afueras de un pueblito en una New York todavía rural, este segundo trabajo de la directora Mona Fastvold es el retrato de un amor lleno de obstáculos –sino imposible—, que pone en primer plano una sensibilidad femenina obligada a transitar por los márgenes de las rígidas costumbres de su época. Para poder poner palabras ahí donde las convenciones sociales imponían silencio, el guión utiliza un recurso muy asociado a los relatos decimonónicos: recurrir a un texto privado para ordenar la acción. En este caso se trata del diario que escribe Abigail, su protagonista, cuyas entradas leídas en off funcionan como hilo conductor. 

Abigail está casada con Dyer y juntos llevan adelante una pequeña granja. Si bien la convivencia de la pareja es amable, también se percibe cierta frialdad: la muerte de su pequeña hija a causa de la difteria ha abierto una brecha entre ellos y del amor, si es que alguna vez lo hubo, apenas sobrevive un cariño algo distante. La vida rutinaria del campo se ve alterada para Abigail con la llegada de una pareja que se instala en la granja más cercana, ubicada a pocos kilómetros de distancia. Una tarde, mientras se encuentra realizando sus tareas domésticas, ella recibe la visita de Tallie, la vecina, cuyo pelo rojo se destaca como un punto de luz en el sombrío paisaje invernal. Un detalle que la película no solo aprovecha y destaca desde lo fotográfico. Tallie también será una especie de faro dentro del relato, convirtiéndose en un punto de referencia narrativo que introduce una anomalía no solo en ese entorno prácticamente monocromático, sino también en la anodina existencia de su nueva amiga.

Jugando también con el devenir del tiempo, Deseo prohibido (reduccionista y demasiado revelador título en castellano del mucho más sobrio original The World to Come, El mundo por venir) comienza su relato el 1° de enero, en pleno invierno boreal. A partir de ahí irá avanzando junto con las estaciones del año, a cada una de las cuales le corresponderá una nueva parada en el recorrido del vínculo entre Abigail y Tallie. Si la temporada fría encuentra a la protagonista aletargada en el dolor, la creciente proximidad de la nueva amiga irá reavivando en ella los rescoldos de una pasión aún viva a pesar de la tragedia. A la llegada de la primavera le corresponde el afloramiento de sentimientos que alterarán el curso de su relación. Para el verano la fruta estará madura, abriéndole el paso a una carnalidad que se manifestará de muchas maneras. Por un lado, permitiéndole a las dos mujeres concretar aquello que hasta ahí fue una mera expresión de deseos. Pero también despertando ardores menos benévolos, cuyas fuerzas operarán en contra de las mujeres. Aquí la figura de Tallie volverá a convertirse en el núcleo que orbitarán estas pasiones se signo opuesto.

En la voz en off que guía el devenir dramático de Deseo prohibido -ganadora del Queer Lion en la última Mostra de Venecia- se manifiesta con claridad aquella intención de asimilarse al tono literario del siglo XIX. No solo es el espíritu de las talentosas Brontë el que sobrevuela a la película: también se percibe la presencia de otras autoras de la época, como Mary Shelly o Jane Austen. Que todas ellas sean importantes puntos de referencia para la construcción de las corrientes feministas posteriores (tal vez sea ese el “mundo por venir” del que habla el título original), no es un detalle que se deba pasar por alto. Pero aunque la intensión de Fastvold de poner a dialogar a su película con el contexto actual resulta evidente, la directora consigue mantenerse a reparo de todo trazo grueso. En su lugar elige concentrarse en ir moldeando los distintos sentimientos y emociones que atraviesan a sus personajes, haciendo de su película un pequeño mapa de las relaciones humanas. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 13 de mayo de 2021

CINE - "Sin remordimientos" (Tom Clancy´s Without Remorse), de Stefano Sollima: Acción mata intriga

El nombre del escritor de novelas de espías Tom Clancy es conocido: sus libros están entre los más famosos del género y varias adaptaciones durante los ‘90 ampliaron su popularidad al cine. Títulos como La caza al Octubre Rojo (John McTiernan, 1990), Juego de patriotas (1992) y Peligro inminente (1994), ambas de Philip Noyce, fueron verdaderos blockbusters de su época. Y además las primeras apariciones de su personaje más emblemático, el agente de la CIA Jack Ryan, recientemente rescatado en formato serie por la plataforma Prime Video. Este mismo gigante del streaming acaba de estrenar Sin remordimientos, basada en otra novela del escritor, pero protagonizada por el agente John Kelly, alias John Clark, otra de la criaturas a las que Clancy le dedicó una serie de libros.

Es justo mencionar que el cine de acción e intriga política moderno, el surgido con la saga de Jason Bourne junto con el nuevo siglo, le debe mucho a los imaginarios creados por Clancy. Construidos sobre escenarios realistas que se alejaban del tono fantástico que James Bond le había impuesto al género durante 30 años, aquellos filmes basados en sus libros resignaban el refinamiento clásico de 007 para ganar en nervio y tensión sostenida. La lección aprendida tuvo su clímax en la trilogía Bourne y se impuso como nuevo estándar del género. 20 años después, la influencia se ha invertido y ahora es esta versión de Sin remordimiento la que parece deberle mucho a la historia del agente amnésico.

Kelly es un soldado destinado en Siria, integrante de un escuadrón de elite al que se le encomienda rescatar a un compañero secuestrado. Lo que no saben es que terminarán irrumpiendo en un arsenal ruso y generando un complicado roce político. La respuesta llegará tiempo más tarde, cuando en represalia algunos miembros de su equipo sean asesinados en suelo estadounidense. Kelly debía ser otra de las víctimas, pero algo vuelve a salir mal y no será él quien terminará muerto. A partir de ese giro, Sin remordimientos se vuelve una película en el que el tópico de la justicia por mano propia –uno de los más visitados por el cine moderno— se combinará con un complejo mapa geopolítico, dando lugar a un relato de acción tan efectivo y adrenalínico, como mecánico y en cierta forma predecible.

A diferencia de los modélicos films de Bourne, en Sin remordimiento la intriga es apenas un telón de fondo que a nadie parece importarle mucho. Sobre él se desarrolla lo que de verdad le importa a la película: las escenas de acción, todas ellas narradas con una eficiencia dinámica que pocas veces consigue ser dramática. Aún así, el film acierta en plantear un escenario político lo suficientemente opaco como para que hasta último momento no esté claro donde se oculta la verdadera amenaza. Una mirada desencantada que ubica al mal más allá de la obvia lógica bipolar de una nueva Guerra Fría. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 9 de mayo de 2021

LIBROS - "Café literario. La pulsión de escribir", de Verónica Abdala: Diálogos infinitos entre escritores

“Hay una traición potencial en todo vínculo y hoy está naturalizado el consumo de carne animal. Pero ¿no es también una traición a la naturaleza? […] Lo que nos separa del consumo humano es un tabú cultural”, dice la escritora Agustina Bazterrica, autora de la novela Cadáver exquisito, como si un tabú cultural fuera poca cosa. “La imagen idílica que uno tiene de la naturaleza se acaba cuando uno hace pie ahí. La naturaleza en soledad puede ser algo perturbador”, parece responder el chaqueño Mariano Quirós, autor de Una casa junto al tragadero. “Todos somos potencialmente monstruosos”, se suma la cuentista Samanta Schweblin, “aunque preferimos pensar que lo monstruoso siempre está afuera”. “A mí me gusta pensar que en todas las cosas se esconde lo innombrable, lo misterioso, lo incomprensible”, tercia la mendocina Liliana Bodoc, conocida por su popular Saga de los Confines. “En mi caso, la escritura me fue útil para racionalizar aquellas experiencias que en un primer momento parecían no tener explicación”, agrega Pablo De Santis, cuyo trabajo en la literatura policial, la literatura infantil y la historieta es harto conocido.

La posibilidad de construir hipotéticos diálogos como el anterior es uno de los atractivos del libro Café literario. La pulsión de escribir (Factotum Ediciones), en el que Verónica Abdala compila fragmentos de las decenas de entrevistas a escritores que realizó en sus 25 años de vida periodística. Piezas aparentemente sueltas, pero que permiten trazar líneas de sentido y tender infinitos puentes temáticos, aunque la literatura y su universo funcionan como un eje central que las organiza. Ese carácter fragmentado permite que Café literario pueda ser leído sin necesidad de seguir el orden estricto de la numeración de sus páginas. Al contrario, resulta placentero perderse en ellas, buscando lo que tienen para decir de distintos asuntos figuras como el peruano Mario Vargas Llosa, el español Juan José Millás, los argentinos Josefina Licitra y Héctor Tizón o el chileno Ariel Dorfman. Ninguna de las piezas seleccionadas por Abdala carece de valor. Los retratos de cada autor, realizados por el ilustrador Tomás Gorostiaga con tinta y agua de café, potencian ese espíritu de charla de sobremesa que recorre a todo el libro.

Pero un trabajo como Café literario también plantea otros interrogantes. Porque si bien no llega a poner en cuestión la noción de autor, sí dispara algunas preguntas sobre el asunto, que, en definitiva, no se alejan mucho de aquellas que André Bretón dejó abiertas cuando se le ocurrió plantar un mingitorio sobre un pedestal. Está claro que Abdala no tiene la actitud provocadora del francés, quien con su gesto no solo problematizó la noción de autoría sino la del arte mismo. Sin embargo, al firmar como propio un libro compuesto por una constelación de textos ajenos, es inevitable preguntarse qué significa, al menos en este caso, ser un autor.

Una respuesta posible, una que le resulta conveniente a quien firma este artículo, tiene que ver con la puesta en valor de un oficio cada vez más denigrado, como el periodismo. El periodismo en general, por supuesto, que atraviesa un estado crítico que no solo tiene que ver con una reestructuración tecnológica que afecta a su modelo empresarial (y, por lo tanto, a sus trabajadores), sino con una profunda crisis de valores que socaba la ética misma de la actividad. Pero además, tratándose de un libro de entrevistas a escritores y escritoras, el gesto de Abdala revaloriza también el difícil trabajo del entrevistador y, en particular, el que realiza el periodista cultural.

Porque es muy difícil responder con profundidad o inteligencia a preguntas superficiales y estúpidas. Y hay que estar muy preparado para sentarse a la mesa de un Premio Nobel y convertirse en un interlocutor válido. En ese terreno, Abdala exhibe como medallas el mérito de haber intercambiado preguntas y respuestas no solo con uno, sino con tres Nobel de Literatura, como el sudafricano J. M. Coetzee, al portugués José Saramago y el propio Vargas Llosa. También ha tenido el honor de entrevistar a primeras figuras de la literatura mundial, como los estadounidenses Ray Bradbury y Erica Jong o el polaco Ryszard Kapuściński, y a destacados representantes de la literatura iberoamericana y argentina. Si de algo da cuenta ese corpus compacto conformado por todos los fragmentos recogidos en Café literario, es de la capacidad de, sí, su autora, para obtener esas respuestas valiosas de sus entrevistados. Ese, ni más ni menos, es el trabajo de un buen periodista cultural.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 7 de marzo de 2021

LIBROS - "Un hombre sin patria", de Kurt Vonnegut: Testamento político de un viejito brillante

De un tiempo a esta parte, digamos que a partir de su muerte, ocurrida en 2007, la obra del escritor estadounidense Kurt Vonnegut ha sido objeto en nuestro país de un amplio y llamativo… ¿qué? Podría usarse acá la palabra “redescubrimiento”. Sin embargo, para que la misma fuera adecuada, la obra de Vonnegut debería haber sido primero descubierta y da la impresión de que su nombre nunca pasó de ser algo así como una contraseña secreta, un salvoconducto que se traficaba entre unos pocos iniciados. Sacando su obra magna, Matadero 5, considerada una novela clave de la literatura norteamericana del siglo XX, el resto de sus libros eran prácticamente desconocidos por estas tierras del sur. Hasta que algo (¿de verdad habrá sido la muerte?) le hizo recordar a unos pocos editores memoriosos que existía un escritor de nombre raro, cuyas novelas merecían más lectores. Una de esas casas editoriales que se impuso la tarea de salir a predicar la palabra de Vonnegut es Compañía Naviera Ilimitada, que durante los últimos días de 2020 incluyó entre las novedades editoriales del año de la pandemia una exquisita edición de Un hombre sin patria, el último libro publicado por el autor apenas dos años antes de dejar el mundo.

Un hombre sin patria puede ser leído como un heterogéneo volumen de memorias, en el que Vonnegut va saltando de tema en tema con versatilidad asombrosa. Tanto puede escribir acerca del humor y su capacidad para hacernos sentir vivos, como de los beneficios y desventajas de los autos suecos Saab que él mismo, dice, se dedicó a vender durante un tiempo; o exponer unas ingeniosas lecciones de escritura creativa, cuya primera norma desaconseja el uso del punto y coma (Shame on me!), para algunas páginas después realizar una divertida enumeración de diferencias entre mujeres y hombres, que acaba convertida en una aguda ironía sobre los poderosos clanes familiares y el nepotismo.

Pero Un hombre sin patria es también un testamento político en el que Vonnegut regresa una y otra vez a una pequeña lista de temas, que parecen haberse convertido en una obsesión durante el final de su vida. Entre ellos se destacan las preocupaciones ecológicas (“Los seres humanos, los de antes y los de ahora, nos hemos fumado el planeta entero”, escribe) y el papel que juegan en la degradación del medio ambiente los intereses económicos de los Estados Unidos. Aunque de algún modo la visión del Vonnegut crepuscular calce con precisión en el molde del “todo tiempo pasado fue mejor”, un lugar común para un viejito de 85, sus observaciones sobre la forma en que la sociedad estadounidense (a la que describe y critica sin ninguna piedad) se fue dejando ganar por el cinismo y la arrogancia son tan válidas como oportunas.

Pero lo más disfrutable de este libro, que se lee con el mismo placer y velocidad con que un sediento vacía una botella de agua, es su sentido del humor. De hecho, el autor cuenta en el relato inicial que él era el más chico de la familia y que siempre andaba contando chistes, porque era la única forma que tenía para participar en las conversaciones de los mayores. Esa lección, aprendida en la infancia, se encuentra muy presente en estos textos finales, en los que la sinceridad va siempre de la mano de un fino sentido de la ironía, haciendo aún más grata la experiencia de recorrer esas 124 páginas que dejan con ganas de más.  

Kurt Vonnegut en cinco películas 

Como otros escritores englobados en la ciencia ficción, la obra de Kurt Vonnegut no ha sido llevada al cine de forma demasiado exitosa. Apenas un puñado de títulos dan cuenta de esa transmutación de las palabras impresas a las imágenes proyectadas, todos muy difíciles de ver sin incurrir en prácticas digitales non sanctas. De todas formas, acá van cinco adaptaciones sus libros.  

Matadero 5 (George Roy Hill, 1972). Basada en su experiencia como prisionero de guerra durante el infame ataque británico a Dresde, Vonnegut cuenta la historia de un joven soldado que en esas circunstancias se ve envuelto en un alucinado viaje hacia el pasado y el futuro.  

Salven al planeta (Steven Paul, 1982). Esta poco feliz adaptación en tono de comedia de la novela Payasadas o ¡Nunca más solos! narra la historia de una pareja que da a luz mellizos alienígenas. El reparto incluye a dos grandes comediantes: Jerry Lewis y Marty Feldman.  

Madre noche (Keith Gordon, 1996). En la novela homónima (editada acá por el sello La Bestia Equilátera), Vonnegut vuelve sobre la Segunda Guerra para abordar un relato de espías que en la gran pantalla protagonizó Nick Nolte.  

Desayuno para campeones (Alan Rudolph, 1999). Otra comedia basada en otra novela homónima, también publicada por La Bestia Equilátera y con Nick Nolte otra vez en el reparto. Una puesta en abismo de ciertas neurosis reconocibles en la sociedad blanca norteamericana. Con Bruce Willis y Albert Finney.  

Un hombre sin patria (J. J. Harting, 2018). Documental que retoma los escritos autobiográficos reunidos en el libro publicado por Compañía Naviera que retrata a Vonnegut a través del testimonio de familiares y amigos.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 28 de febrero de 2021

LIBROS - "Un sonido atronador" (Editorial Nórdica): Ray Bradbury, el Efecto Mariposa y 10 películas que no serían posibles sin él

La editorial Nórdica acaba de publicar una deliciosa versión ilustrada de Un sonido atronador, uno de los relatos más populares de los cientos que escribió Ray Bradbury. Gracias a ese cuento, al notable autor estadounidense se lo considera el padre putativo de una célebre teoría científica conocida como Efecto Mariposa. ¿Pero qué es y en qué consiste ese fenómeno? Y sobre todo: ¿por qué recibe ese nombre tan curioso? Para entenderlo, lo mejor es usar a este simple artículo periodístico como una máquina del tiempo que nos permita viajar al pasado y revisar un poco los hechos que la dan forma a esta historia. Entonces, que comience el viaje.

Un cyborg es enviado desde el futuro con la misión de asesinar a la madre del hombre que se convertirá en el líder de la resistencia contra las máquinas que dominan el mundo y así evitar todos los hechos que se derivan de su nacimiento. Casi al mismo tiempo, un adolescente viaja al pasado y la chica que luego se convertirá en su madre se enamora de él, poniendo en riesgo su propia existencia. Películas como Terminator (James Cameron, 1984) o Volver al futuro (Robert Zemeckis, 1985) lograron que a fines del siglo XX un complejo concepto científico se volviera uno de los disparadores dramáticos más populares del cine moderno. Ese concepto, que es conocido como Efecto Mariposa y forma parte de la famosa Teoría del Caos, indica que cualquier variación mínima aplicada dentro de un sistema dinámico, al evolucionar es capaz de crear una divergencia de grandes proporciones. 

Aplicado al flujo temporal, el postulado indica que cualquier modificación que se introdujera en el transcurso de la línea histórica podría provocar que la misma se desarrollara en una dirección por completo distinta de la conocida. En otras palabras: alterar el pasado implica, necesariamente, una alteración mayor en la constitución del presente. De ahí a la idea de las realidades paralelas hay un solo paso. Este concepto fue desarrollado por el científico Edward Lorenz, quien en un artículo de 1963 lo bautizó con ese nombre. ¿Pero qué tiene que ver una simple mariposa con un razonamiento tan complejo?

Una década antes, Ray Bradbury empezaba a volverse popular gracias sus volúmenes de cuentos de ciencia ficción. Ese año publicó el libro Las doradas manzanas del sol, que entre sus relatos incluye uno titulado “El sonido del trueno”. Ahí cuenta la historia de una compañía que ofrece safaris para cazar dinosaurios en la prehistoria. Una de las reglas que deben seguir los cazadores es no apartarse de una pasarela flotante que evita que entren en contacto físico directo con el mundo, evitando cualquier posible alteración. Por supuesto, algo saldrá mal y el protagonista terminará aplastando una pequeña mariposa. Así, al regresar al presente se encontrará con un mundo que no es exactamente el que dejó. Esa mariposa aplastada en el cuento de Bradbury es la que inspiró a Lorenz para bautizar con su nombre al complejo concepto científico.

Para quienes no han leído “El sonido del trueno”, que tal vez sea el cuento más popular de los cientos que escribió Bradbury en su prolífica carrera, la extraordinaria versión ilustrada que acaba de publicar Nórdica es una oportunidad inigualable para reparar el asunto. Publicado bajo el título de Un sonido atronador –una ligera variante que se apara de la traducción al castellano más popular de este relato—, el libro cuenta con las bellísimas ilustraciones de la artista gráfica Elena Ferrándiz, que lo convierten en una exquisita y recomendable pieza editorial.  

Diez películas que no existirían sin el Efecto Mariposa  

Pide al tiempo que vuelva (1980): un guionista viaja al pasado a través de la hipnosis para conocer a una actriz que, ya vieja, dice haberlo conocido en su juventud. Basada en un cuento del gran Richard Matheson.  

Terminator (1984) y Volver al futuro (1985): clásicos de los ’80 que, sin mencionarlo, explicaron el Efecto Mariposa.  

Timecop (1994): quizá la mejor película protagonizada por Jean Claude Van Damme. Su director, Peter Hyamas, también dirigió en 2005 la única adaptación al cine de “El sonido del trueno”.  

12 monos (1995): un condenado a muerte es enviado al pasado para evitar una pandemia que diezmó a la humanidad, obligándola a vivir bajo tierra. ¿Quién se anima a verla?  

El Efecto Mariposa (2004): película que toma esta paradoja temporal para dale forma a una historia de misterio y suspenso.  

Los cronocrímenes (2007): increíble trama policial acerca de un hombre que por accidente se ve involucrado en una serie de asesinatos cometidos en un bucle temporal de apenas una hora.  

Un loco viaje al pasado (2010): exponente de la Nueva Comedia Americana. Un grupo de cuarentones venidos a menos y el sobrino adolescente de uno de ellos regresan por accidente hasta su propio viaje de egresados en los ‘80.  

Cuestión de tiempo (2013): gran historia romántica de un chico con la capacidad de regresar hasta momentos ya vividos, que utiliza el don para conquistar al amor de su vida. 

Tenet (2020): lo último del británico Christopher Nolan será uno de los estrenos que se podrán ver en los cines a partir de su reapertura. Una compleja intriga política en la que el flujo temporal es usado como un arma.

jueves, 6 de agosto de 2020

CINE - "Giraffe", de Anna Sofie Hartmann: Cine, el arte de convertir lo imposible en eterno

“Quizá es que no puedes volver el tiempo atrás. Que no puedes volver a las escenas de amor, de tristeza, de felicidad y debes tomar decisiones. Los lugares a los que fuiste y que no puedes poseer y al final, tú serás el poseído.” La cita pertenece al libro Una guía sobre el arte de perderse de la escritora estadounidense Rebecca Solnit, publicado en Argentina por la editorial Fiordo, y aparece justo a mitad de Giraffe, de la directora danesa Anna Sofie Hartmann. Es la protagonista la que se la lee en la playa, directo del libro, a su amante, a quien conoció trabajando en las obras previas a la construcción de un túnel que unirá a la isla de Lolandia, en Dinamarca, con la Alemania continental.

Dara es antropóloga y su tarea es documentar la vida en el lugar, relevando las viejas casa y granjas de la zona, algunas de ellas con varios siglos de antigüedad, que serán demolidas para permitir que por ahí se extienda el trazado de la nueva ruta. Lucek en cambio es obrero y forma parte de una cuadrilla encargada del tendido eléctrico de la obra. A ambos los separa el origen y la lengua (ella es danesa y él, polaco), pero también 14 años de edad. A pesar de eso y de que Dara tiene una pareja esperándola en Berlín, el flechazo es instantáneo. ¿Pero puede construirse algo capaz de superar las distancias enormes que se interponen entre ellos? ¿Alcanza la pasión para imponerse a los obstáculos concretos? ¿Dara y Lucek serán capaces de levantar su propio puente?

La frase de Solnit parece ser la clave que permite terminar de abrir algunas puertas que el relato mantiene convenientemente entornadas. Esa idea de la vida como recorrido lineal atado al tiempo, en el que se está condenado a avanzar sin remedio y a dejar a cada paso cosas por el camino, es la que irán descubriendo los protagonistas. Por su trabajo, Dara está acostumbrada a lidiar con esos restos, que se acumulan en los espacios ahora vacíos de las casas abandonadas que recorre en soledad. Para ella es habitual convivir con lo que abandonaron los que se fueron y esos fantasmas, aunque ajenos, no le son indiferentes.

El juego de ligar la memoria a lo fantasmal es central en la cita de la autora estadounidense. Como en una película de terror, Solnit habla de ser poseídos por los fantasmas de todo aquello a lo que ya no se puede volver. Una idea de pérdida que también es inherente a la pasión, al enamoramiento, ese momento único e irrepetible sentenciado a quedar en el camino. Es la condena de lo efímero, la vida misma puesta en marcha.

Pero la frase no solo permite ser leída hacia el interior de la película de Hartmann, sino que se la puede extender a un territorio mayor: el de la experiencia cinematográfica. El cine es el arte de la fantasmagoría, el único capaz de encapsular las experiencias del pasado en una ilusión de presente siempre continuo, en la que los muertos vuelven a la vida en cada proyección. Incluso los espacios físicos resucitan en el cine: ¿o acaso no se está ante un fantasma cada vez que en una película vieja aparecen las Torres Gemelas en el skyline de una Nueva York que ya no existe? Como ocurre con el cielo, el cine es la proyección de la luz de estrellas siempre muertas y captura en pantalla aquello que ya no es posible poseer.

Al mismo tiempo le permite al espectador la experiencia de ser poseído por ello, posibilidad que en Giraffe está muy presente. Aparece en la forma en que algunos personajes observan a otros como queriendo aprehenderlos, o cada vez que la voz de Dara imagina una historia para los distintos personajes que se suceden en escena. Pero también cuando Lucek le envía por teléfono un video en el que le muestra imágenes del pueblo de su abuelo en Polonia, o algunas panorámicas de Varsovia. Fantasmas ahora digitales que atraviesan el tiempo y el espacio. Hartman pone todo eso al servicio de una historia de amor a la que justamente el cine le permite existir para siempre. Un amor imposible convertido en eterno.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.