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domingo, 9 de agosto de 2020

ANIVERSARIO - A 75 años, vestigios que las bombas de Hiroshima y Nagasaki en la cultura popular

Las bombas atómicas solo fueron utilizadas dos veces durante un conflicto bélico en curso, ambas lanzadas por los Estados Unidos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, de cuyo bestial impacto se cumplen hoy 75 años. Su poder de destrucción fue tan monstruoso que nadie más se atrevió a usarlas de nuevo. Las explosiones dejaron cicatrices permanentes en la cultura del Japón, pero también repercutieron en la humanidad completa y sus marcas pueden rastrearse a través de la producción de todas las disciplinas artísticas. Libros, películas y obras musicales de todo el mundo se convirtieron en testigos y mensajeros de lo ocurrido.

Nacido en 1935 en un pueblo ubicado a solo cien kilómetros de Hiroshima, al otro lado del Mar de Seto, Kenzaburo Oé recibió el Nobel de Literatura en 1994. Tenía apenas 10 años cuando las bombas cayeron sobre su país y sus efectos fueron determinantes en la constitución de su propia sensibilidad. Tal vez sea autor más importante de la literatura japonesa de posguerra y su obra, literaria y política, debe ser leída a la sombra de los efectos provocados por la guerra en la cultura de su país. Su primera novela, Arrancad las semillas, fusilad a los niños (1958), aborda de forma directa sus experiencias infantiles. La misma está protagonizada por una pandilla de chicos conflictivos que viven en un reformatorio y que durante la guerra deben ser evacuados a una remota aldea de montaña. Pero en lugar de ser recibidos como criaturas, son temidos y detestados por los lugareños. Cuando una epidemia obliga a evacuar el pueblo, los chicos son encerrados y abandonados ahí. De forma similar a lo que ocurría en El señor de las moscas (William Golding, 1954), lo que sigue son los intentos de los jóvenes por crear una nueva sociedad levantada de la nada, pero condenada a un trágico fracaso. Imposible no ver en esa alegoría desesperanzada los temores del todavía joven escritor, que por entonces tenía apenas 23 años, ante la reconstrucción del Japón moderno.

Oé también es conocido por ser su militancia pacifista. Dicha faceta se manifiesta en su libro Cuadernos de Hiroshima, ensayo escrito tras su participación en 1963 en la 9° Conferencia Mundial contra las Armas Nucleares, en el que consigna los testimonios de muchos sobrevivientes de la bomba arrojada sobre ellos el 6 de agosto de 1945. El escritor es además un defensor del artículo 9° de la Constitución de su país, modificada en 1947, a través del cual “el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”. En su discurso de aceptación del Nobel, Oé afirmó que eliminar de la Constitución ese “Principio de Paz Eterna” representaría “un acto de traición contra los pueblos de Asia y las víctimas de Hiroshima y Nagasaki”. “No es difícil para mí como escritor imaginar cuál sería el resultado de esa traición”, sentenció entonces.

El terror atómico se convirtió en un tema recurrente en la ciencia ficción de posguerra, tanto en la literatura como en el cine. Y a partir de los ’60, también en muchas canciones de distintas bandas de rock, género cuya aparición también tuvo el impacto de una bomba cultural. En los primeros casos es imposible no mencionar a Richard Matheson (1926-2013), en particular su novela El hombre menguante (1956). Llevada al cine por Jack Arnold un año más tarde, el libro cuenta la historia de un joven que navegando por el Pacífico (escenario de numerosos ensayos nucleares durante esa década) atraviesa una misteriosa nube radioactiva. Los efectos no tardarán en aparecer, haciendo que el protagonista se vaya reduciendo en tamaño hasta desaparecer. Una metáfora fantástica que representa la forma en que la radioactividad consume a quienes se ven expuestos a ella, como ocurrió con las víctimas en Japón.

Los propios japoneses ya habían corporizado todos sus miedos en la figura de Godzilla (1954), un lagarto al que la radiación convierte en una bestia mutante de 100 metros de altura, que amenaza con destruir Tokio lanzando rayos por la boca. Como en la canción de León Gieco, Godzilla “es un monstruo grande y pisa fuerte”, símbolo que remite a los horrores que la guerra nuclear había desatado sobre Japón. Imposible no mencionar aquí a Hiroshima mon amour (1959), película fundamental en la filmografía del francés Alain Resnais. El guión de Marguerite Duras registra el romance entre una actriz francesa y un arquitecto japonés, durante el rodaje de una película pacifista realizado en la devastada ciudad del título.

Muy distinto es el abordaje de Cuando sopla el viento (1986), película animada en la que el cineasta estadounidense de ascendencia japonesa Jimmy Murakami adaptó un libro ilustrado del británico Raymond Briggs: sus protagonistas son una pareja de ancianos granjeros que sobreviven al cataclismo nuclear. Con una banda sonora que incluye canciones de Roger Waters, David Bowie y Génesis, Cuando sopla el viento un triste alegato en contra de las armas nucleares que fue muy popular durante los últimos años de la Guerra Fría. Un ejemplo curioso en el terreno de la música es Doctor Atómico, una ópera de John Adams estrenada en 2005. Su libreto aborda con tono trágico la figura del físico Robert Oppenheimer –responsable científico del Proyecto Manhattan— durante los momentos previos y posteriores a la Prueba Trinity, en la que se detonó la primera bomba atómica de la historia, tres semanas antes de las que se arrojaron sobre Japón. Ahí está el origen del horror.

 Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 7 de abril de 2017

LIBROS - Poesía japonesa: Símbolos e imágenes

Dentro de la producción literaria del Japón –aunque la percepción puede extenderse a todas las culturas orientales—, la que más fascina al lector occidental es la poesía. El origen de ese misterio quizá se encuentre en el abismo conceptual que separa las lógicas de los idiomas de uno y otro hemisferio, polaridad que alcanza su punto más distante en el ámbito de la palabra escrita.
Para la mirada de quien observa desde el otro extremo del mundo, las lenguas orientales intrigan por cierto carácter poético implícito en sus sistemas simbólicos, compuestos no por letras sino por ideogramas que comunican ideas o imágenes complejas en lugar de palabras. La escritora Anna Kazumi Stahl, radicada desde hace muchos años en la Argentina pero nacida en Nueva Orleans, hija de una madre japonesa y un padre estadounidense descendiente de alemanes, aporta una serie de conceptos e ideas que ayudan a salvar esta brecha no exenta de fantasías, aunque de ninguna manera pretende dar respuestas comprensivas absolutas sobre la lengua o la poesía japonesas.
“Muchos críticos e historiadores indican que en sus orígenes la poesía japonesa manifiesta la doble dimensión de una poesía que debe su sistema de escritura más conceptual (el de los ideogramas) a otra lengua (la china)”, dice Kazumi Stahl, confirmando que efectivamente existe un vínculo íntimo entre la lengua, su forma, y las formas poéticas propias del Japón. Pero a su vez, aclara, “la oralidad japonesa de palabras multi-silabicas y términos compuestos” le aporta a esa poética “un natural apoyo en cuestiones de métrica y ritmo de las frases en tiempo real, habladas o cantadas, o susurradas”.
La poesía japonesa suele estar limitada en el imaginario popular a su género más tradicional, el haiku. Aun así tampoco es tanto ni demasiado profundo lo que se conoce sobre este juego poético basado en la brevedad. Para Kazumi Stahl suena lógico que “a muchos en occidente les resulte subjetivamente familiar la idea de haiku como forma de poesía japonesa”, circunstancia que tal vez se deba a su mencionada brevedad “e incluso a su conteo estricto de diecisiete silabas, en un formato de 5-7-5”. Como ocurre con los ideogramas, “los haiku presentan un concepto a través de imágenes concretas, muchas veces de la cotidianidad, y deben incluir una palabra estacional (kigo), que refiere a la naturaleza, y un término que efectúa o invita a un corte (kireji), que se coloca estratégicamente entre dos imágenes o ideas, con el efecto de provocar un pensamiento o revelación especial”.
Asimismo la escritora llama la atención sobre el hecho de que “la brevedad del haiku es casi opuesta al proceso de contemplación y de activo pensamiento que lo incita”. “La práctica poética lleva también a intentar alejar el ego del proceso creativo”, agrega, “y permite que el entorno sea canalizado a través del ser humano, quien traduce momentos de la realidad percibida en forma lingüística.” Sin embargo la producción poética del Japón no se limita al haiku, sino que incluye otras formas de las cuales también es oportuno tener algunas referencias.
“Existe una forma muy elitista de la poesía clásica en japonés (o waka), que irónicamente se ha vuelto la más popular en el periodo contemporáneo”, revela Kazumi Stahl. Se trata del tanka, una forma algo más larga que el haiku organizada a partir de cinco líneas divididas en unidades de 5-7-5-7-7 silabas cada una. “La composición de tanka constituye hoy una práctica poética en las vidas de personas que no se identificarían como poetas”, agrega la escritora, “sino que más bien se trata de un espacio íntimo o de reflexión que cada quien abre en su vida diaria, en el que se destilan vivencias y percepciones propias, volcándolas en esta forma breve”. Y cuenta que “hoy día existen clubes de tanka por todas partes y las personas llevan esta práctica poética como parte de sus vidas personales y comunitarias”.
A este respecto la escritora se permite una observación acerca de cómo estos clubes de tanka funcionan como una alegoría, ya que la práctica poética en grupo que en ellos se desarrolla “revela la característica colectivista de la cultura y de la mentalidad japonesa”. Y cuenta que en el Japón de antaño “hubo otra forma poética colectiva importante, denominada renga”, suerte de cadáver exquisito a la japonesa en el que “dos o más poetas componían un poema largo a través de módulos de extensión breve (de 5-7-5 silabas o de 7-7 silabas) en cadena o en rondas”. El universo de la poesía japonesa va ampliando sus fronteras para los no iniciados.
“Hay otro género llamado jisei, que es el poema formulado antes del momento de irse de la vida”, cuenta Kazumi Stahl y agrega que aunque “hay jisei en la forma de haiku, mayormente responde a la forma de tanka”. La idea de una poesía formulada ante la conciencia de la propia muerte resulta sobrecogedora y la autora de los libros Catástrofes naturales y Flores de un solo día, ambos publicados en la Argentina, revela otros detalles. Cuenta que los poemas jisei se encuentran arraigados en la filosofía budista, que suelen ser escritos por monjes zen o guerreros samurái contemplando la muerte próxima, y que “expresan una toma de conciencia repentina y forzosamente concreta del mundo material y vivencial como, según reza el dogma budista, inconstante, efímero y más allá del control humano”.
Aunque la fantasía occidental haya limitado su conocimiento sobre poesía japonesa al haiku, Kazumi Stahl aclara que “la forma poética kanshi (en chino o en estilo chino) tiene bastante más que ver con el sistema de escritura en ideogramas y también lleva reglas que piden poner atención en las rimas”. Menos popular que las formas relacionadas con la lengua japonesa y la oralidad, la escritora cuenta que el kanshi “se enseñaba en los colegios dentro de la historia literaria antigua hasta mediados del siglo XX”. Su caída en desuso puede ser vista como una de las grandes consecuencias de la Segunda Guerra Mundial sobre la cultura tradicional japonesa. Cuenta la escritora que al terminar la guerra “la ocupación militar estadounidense impuso cambios en las políticas educativas, simplificando y disminuyendo la cantidad y las prácticas más complejas relacionadas con los ideogramas”. El kanshi era una de ellas.
A pesar de la idea de severidad trascendental que vincula al haiku con el pensamiento budista o las corrientes más severas y austeras del zen, Kazumi Stahl agrega que también existen “géneros de la forma poética breve japonesa que se caracterizan por su levedad o ironía acerca de la condición humana, obien por cierto humor”. Y menciona el senryu, forma similar al haiku que lleva el nombre de un poeta de finales del Periodo Edo,“quien escribía poemas en la forma breve pero liberados de las pautas de kigo y kireji, aprovechando dicha soltura para comentar con humor las debilidades humanas”. Un ejemplo: “Sí, muy bonito / ¡Cierra la ventana ya! / Luna invernal.”

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

domingo, 9 de octubre de 2016

LIBROS - César Aira, el Nobel de Literatura y una semana extra para los apostadores

El Premio Nobel de Literatura llega este año con una doble expectativa. Por un lado la de siempre: conocer al ganador, instancia que, como acostumbra la Academia Sueca encargada de dirimirlo, seguramente dejará tela para cortar. La otra, la infrecuente decisión de la entidad de posponer el anuncio una semana. Para evitar suspicacias acerca de la demora, la propia Academia informó que la misma no obedecería a ninguna falta de acuerdo, sino a una simple falla protocolar. Es que los miembros del comité de elección deben reunirse durante los cuatro jueves anteriores al del anuncio, condición que este año no han podido cumplir por cuestiones de “almanaque”. Eso es lo que dijeron. Como era de esperarse, la explicación no consiguió desactivar los chimentos –ya se sabe: la gente es mala y comenta— y no tardaron en aparecer teorías sobre pujas irresolubles para acordar un ganador.
Lo cierto es que el mentado comité tiene como objeto elegir todos los años a un escritor para reconocer y celebrar su obra, sin que nunca quede claro cuáles son los patrones, reglas o criterios que organizan la lógica de la Academia. Justamente es ese carácter impredecible el que permite que cada temporada las casas de apuestas se conviertan en un hervidero de discusiones, en las que se intenta desentrañar el algoritmo que permitiría acertar un pleno literario, adivinando al próximo ganador del Premio Nobel. Tarea difícil, teniendo en cuenta que rara vez el favorito en las apuestas acabó recibiendo el premio. Uno de esos casos excepcionales ocurrió el año pasado, cuando la bielorrusa Svetlana Alexiévich recibió el premio tras ser primera en la lista de preferidos. Debe decirse que el sistema que les permitió a los apostadores convertir en favorita a una escritora de exposición tan limitada y escaso reconocimiento y popularidad fuera de su país resulta tan misterioso como los mecanismos de elección de la Academia Sueca. La pregunta se repite cada año: ¿de qué manera se elige un Premio Nobel de Literatura? O visto desde la vereda de enfrente: ¿cómo deciden los apostadores a qué escritor jugarle sus fichas?
Es cierto que los argumentos literarios no son los únicos que se ponen en juego dentro de las internas del Nobel. Sobre todo en lo que va del siglo XXI, en el que la elección parece cada vez más atravesada por la necesidad de mantener cierto equilibrio global que de a poco se aparta del eurocentrismo machista que signó las premiaciones durante el siglo anterior, en el que el reconocimiento fue entregado a 71 autores europeos y a sólo a 25 provenientes del resto del mundo (de los cuales diez eran norteamericanos). En el reparto por géneros la diferencia es todavía más marcada, con apenas nueve mujeres reconocidas por su obra literaria durante el siglo XX. Es significativo que en los últimos 15 años ambas minorías crecieron hasta un 30% del total.
Por eso no extraña que entre los primeros diez puestos de la actual lista de apuestas en la casa Ladbrokes haya seis escritores nacidos en Europa y siete del resto del mundo. Entre estos se encuentra el argentino César Aira, quien desde hace cinco años aparece en posiciones cada vez más relevantes de la lista. Tampoco soprende que en ese mismo lote haya sólo una mujer, la estadounidense Joyce Carol Oates. Dicha escasez obedece a que en los tres últimos años fueron premiadas dos escritoras (Alexiévich y la canadiense Alice Munro en 2013) y en vista de las estadísticas señaladas resulta poco probable que el premio vuelva a tener destino de mujer.
Atendiendo a esta cuestión de cupos también pueden evaluarse como muy altas las posibilidades del keniata Ngugi Wa Thiong'o, teniendo en cuenta que en 115 años apenas dos escritores negros recibieron el premio y que sólo uno era africano (el nigeriano Wole Soyinka en 1986). La última fue la estadounidense Toni Morrison en 1993, que además fue la última estadounidense premiada, dato que sirve para elevar las posibilidades estadísticas de Philip Roth o Don Delillo (aunque el premio de Munro, también norteamericana, puede jugarles en contra). El caso Haruki Murakami ya suena a cuento chino: abonado al podio de las apuestas por más de una década, el japonés parece sin embargo condenado a no recibirlo nunca. O al menos no este año: el premio otorgado en 2012 al chino Mo Yan parece demasiado reciente para que otro escritor oriental se lleve los 930 mil euros del premio.
El contexto geopolítico, que el año pasado pareció favorecer la elección de Alexiévich, notoria militante anti Putin, este año podría ser la carta ganadora del sirio Adonis. Poeta, Adonis tiene una mirada feroz sobre el conflicto que desde hace unos años devasta a su país, en la que no tiene piedad ni con el papel que en ella están jugando los EE UU y Rusia, ni con el fundamentalismo islámico, ni con el nacionalismo sirio. Todo eso lo convierte en el gran candidato políticamente correcto del año.
En cuanto a las chances reales de Aira, bueno, sería una de esas sorpresas que de tanto en tanto les gusta dar a los suecos. Los siete años que lo separan de la elección de Mario Vargas Llosa suenan a suficientes para que otro autor en lengua española vuelva a recibir el Nobel. En su contra tiene al español Javier Marías, que está por encima de él en las apuestas y cuyo origen europeo esta vez le juega a favor, teniendo en cuenta que Aira y Vargas Llosa son latinoamericanos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 3 de julio de 2014

CINE - "Oldboy: Días de venganza", de Spike Lee: Desventajas del cut and paste

No hay mucho que decir a favor de la versión estadounidense de Oldboy dirigida por Spike Lee, una versión descremada y desintoxicada de aquella película hiperbólica que hace 10 años lanzó al mercado internacional al coreano Park Chan-wook. Es que el original propone un piso altísimo del que Lee trató de bajarse desde antes de empezar a filmar, afirmando que la suya no sería una remake sino de una reversión del manga (historieta japonesa) en que se basan ambos trabajos. Sin embargo para cualquiera que haya visto la versión de Park será obvio que el bueno de Spike no ha podido filmar la suya sin mirar de reojo a la otra. Pero al norteamericano parecen haberlo deslumbrado más ciertas proezas técnicas que intenta remedar, que los sólidos detalles de fondo sobre los que el coreano cimentó su película y que él descarta en pro de “americanizar” la cosa. De modo que Lee falla en todo, porque ni consigue alcanzar los niveles de virtuosismo que Park demuestra en el manejo de los recursos estrictamente cinematográficos –los travellings, los encuadres y las puestas de cámara, la coreografía escénica o la abrumadora sencillez de un famoso plano secuencia-, ni logra que su versión alcance la suficiente tensión dramática como para hacer olas narrativas que vayan más allá de la superficie del relato. 
Si algo distinguía al film de Park era la naturalidad con que los recursos humorísticos y poéticos y el uso de la violencia eran puestos al servicio de la historia de un hombre condenado a un inexplicable encierro de 15 años y al que su propio deseo de venganza lo empuja todavía más abajo en su derrumbe moral. Una historia conectada con las tragedias de Sófocles, como Edipo Rey o Electra, sin que esto resulte burdo o remanido y que nunca se permite ser indulgente con el espectador. En cambio en la visión de Lee todo es chato, sin matices, haciendo que esas referencias aparezcan más cercanas a la telenovela que al teatro clásico griego. No hay en ella visos de segundas lecturas. Si en el protagonista de la adaptación coreana, por ejemplo, la violencia era el producto a la vez excepcional y natural de un meditado proceso de degradación, en el que un profundo sentido del honor jugaba un rol capital, acá se trata nomás de la violencia de siempre, la que aparece como uno de los recursos que el cine estadounidense utiliza por default en el grueso de su producción. La misma diferencia que separa lo sutil de lo torpe o lo poético de lo prosaico: la recordada escena del martillo y el plano secuencia recién aludido son buenos ejemplos de esto. Las actuaciones excedidas de Samuel Jackson, Sharlto Copley y en menor medida Josh Brolin, tampoco ayudan a mejorar el resultado de la ecuación. Si algo confirma entonces el Oldboy de Spike Lee es que copiar y pegar definitivamente no es lo que mejor le sale a la industria norteamericana.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

jueves, 6 de febrero de 2014

LIBROS - "Drive my car", de Haruki Murakami: Hasta con el pueblo en contra

El famoso escritor Haruki Murakami no tiene paz. Eterno habitué en la lista de favoritos a quedarse con el premio Nobel de Literatura, triunfo que rigurosamente festeja algún otro autor cada mes de octubre cuando la Academia Sueca anuncia los ganadores, el japonés no tiene más remedio que sobrellevar ese repetido trago amargo ahogando sus penas en las ventas de sus libros, que lo convierten también en un pasajero frecuente de las listas de más vendidos. Pero aunque salda las ediciones de sus libros de a millones, parece que el pobre Murakami no gana para sustos. Porque ahora resulta que el ayuntamiento del pueblo japonés de Nakatonbetsu le ha enviado una carta en la que sus habitantes se le quejan porque consideran que la descripción que hace en su último relato, Drive my Car, de la localidad en donde viven "no se ajusta a la realidad".

La protesta, tan escrupulosa como es posible y habitual en cada tarea que emprenden los japoneses, apunta con el dedo a un pasaje puntual del relato, en el que el protagonista de la obra da por hecho que Nakatonbetsu, un pueblo de 1900 habitantes en la isla septentrional de Hokkaido, es un sitio en el que es "natural" que la gente tire las colillas de los cigarrillos sin apagar por la ventanilla del coche. En este fragmento de la discordia, Misaki, la mujer que trabaja de chofer para Kafuku, el protagonista, arroja por la ventana abierta del auto una colilla con su brasa todavía ardiendo y explica que en su pueblo el suelo está cubierto de nieve y hielo la mitad del año. Naturalmente Misaki resulta ser uno de los 1900 vecinos de Nakatonbetsu, y de ahí concluye Kafuku, un actor de unos 50 años de edad, que en ese pueblo esta es una costumbre que "todo el mundo hace de manera natural".

Pero resulta que lo que Murakami consideró una conclusión oportuna puesta en boca de su personaje, para los nakatombetsujineses –que tal vez sea el secreto gentilicio para los habitantes de esa villa japonesa; aunque mejor no conjeturar, a ver si se ofenden de nuevo– resultó un insulto a su cultura. "Es un contenido difamatorio para el pueblo", se lamenta a través de un comunicado del ayuntamiento el pueblo entero, que a esta altura también podría haberse llamado Fuenteovejuna. Uno de los concejales de la localidad explicó a un diario local que el "90 por ciento del pueblo está cubierto de bosque, lo que hace que tengamos especial conciencia" de los peligros de andar tirando cigarrillos encendidos ya no por las ventanas de los autos, sino de cualquier otra plataforma de lanzamiento posible. "Hay seguidores de la obra de Murakami en todo el mundo y hay muchas posibilidades de que la gente se forme una opinión equivocada de nuestro pueblo", explicó otro funcionario con el orgullo también a la miseria.

Por su parte Drive my Car, un cuento cuya extensión alcanza para que casi se lo pueda considerar una novela corta, fue publicado en noviembre pasado en una revista muy popular en el Japón. El texto, en el que Murakami vuelve utilizar como título un tema del disco Rubber Soul de los Beatles, se centra en la interacción que mantienen Kafuku y su chofer veinteañera, a quien el actor contrata para pilotear su viejo auto amarillo. Seguramente este incidente servirá para que Murakami y todos los escritores del mundo, temerosos de las represalias de sus lectores, piensen que tal vez no está tan bueno eso de darle siempre la razón a la imaginación.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

martes, 6 de julio de 2010

LIBROS - Kappa/ Los engranajes, de Ryonosuke Akutagawa: Reflejos sobre el agua

Un hombre sale a dar una caminata por el bosque, cuando sin aviso un kappa se cruza con él y decide perseguirlo. Entre la niebla y la sorpresa pierde su camino y en el intento de atrapar al extraño animal acaba por caer en un hueco profundo. Como en la Alicia de Carroll, es la entrada a un país desconocido, el de los kappa, criaturas míticas apenas conocidas por el hombre: allá el protagonista encontrará un espacio de inesperada comodidad. Akutagawa, autor de la novela y tal vez el escritor más importante de la literatura japonesa del siglo pasado, ubica allí un mundo que funciona como non plus ultra de la realidad, diseñado a medida de la necesidad de explicar su propia extrañeza frente a una vida que, es posible, ya había decidido terminar. Tal vez porque creía, como le ocurre al protagonista entre los kappa -como en el Soy leyenda, de Matheson-, que el intruso era él. Unidos por ese sentimiento de enajenación, personaje y autor coinciden al fin en rechazar una realidad que los ha expurgado de su organismo. No por nada el de la ficción se encuentra recluido en una institución mental.
Las novelas reunidas en esta edición, Kappa y Los engranajes, representan a un tiempo el mutis final de la obra y de la vida de Ryûnosuke Akutagawa, ambas publicadas por primera vez en 1927, apenas separadas por el acto mismo de su muerte. En Los engranajes, Akutagawa teje un relato en el que muchas veces es difícil comprender cuándo y dónde, dentro de la narración, se encuentra la frontera entre la realidad del escritor y el destino del protagonista, permitiendo al lector aceptar la velada sugerencia de que estas páginas representan, como el reflejo del cielo sobre el agua, un mapa fiel de los últimos días de ese hombre torturado. Delicados y sórdidos, los textos del japonés se alinean de algún modo con las trágicas literaturas más sombrías que trágicas de Kafka o Dostoievski.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)