Halla es una mujer solitaria pero socialmente activa y dedicada su comunidad, que dirige un coro barrial en los suburbios de Reikiavik, la capital de Islandia. Pero esa parte de su personalidad es la máscara perfecta para mantener oculta otra cara: ella es también una activista muy comprometida con causas ecológicas, rol en el que no duda en pasar a la acción desde la clandestinidad. Alguien a quien el establishment considera una terrorista, lugar que Halla reivindica al atribuirse una serie de atentados contra la industria del aluminio en su país, a la que considera dañina para la naturaleza, bajo el seudónimo de "La mujer de la montaña".
Exponente de una suerte de realismo mágico europeo, Mujer en guerra trenza la crítica social y un registro a veces fantasioso con las buenas intenciones y los mensajes morales subrayados. Estas características se funden en una amalgama que tiene al correcto manejo de los tiempos del suspenso y la exhibición de cierto ingenio en el uso de los recursos específicos de la narración cinematográfica como elementos salientes.
Tales son las herramientas que el cineasta islandés Benedikt Erlingsson pone a disposición de una historia con la que busca la complicidad emotiva del espectador de mirada progresista, consciente de los dramas del mundo actual y tan capaz de adherir a las causas populares y apoyar a quienes van contra ellas, como de conmoverse con el sufrimiento ajeno, aunque más no sea dentro del cine. El resultado es una película bellamente realizada en el plano estético, que consigue ser efectiva en el balance del desarrollo dramático, aunque a veces fuerza su propio verosímil y resulta obvia en materia política.
Lo que Halla representa de forma extrema es un estereotipo reconocible de ese progresismo europeo, aquel que no duda en abrazar las causas del reciclaje, la ecosustentabilidad y el respeto por el orden natural, valiéndose de una comodidad primermundista que en este caso la protagonista no duda en arriesgar. Hay algo de idealismo setentista, de hippismo 2.0, que se pone en juego en el personaje de Halla. Una idea que se completa y queda más clara con la figura de una hermana gemela, Ása, una profesora de yoga que aspira a pasar dos años meditando en el ashram del famoso gurú Maharashi.
Ambas representan las dos caras de la misma moneda: una desde un lugar espiritual y afectivo pero naïve; la otra desde un materialismo rabioso no exento de conexiones con cierto saber ancestral. Erlingsson vuelve evidente ese vínculo con la tradición cultural al incluir en el plano diegético elementos que el cine suele mantener fuera de él. Así, los músicos responsables de la banda sonora incidental (basada en variantes del folklore nórdico) comparten la puesta en escena con Halla, hasta convertirse en algo así como su voz de la conciencia y, llegado el caso, también en sus mejores cómplices.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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jueves, 26 de septiembre de 2019
lunes, 12 de noviembre de 2018
CINE - 33° Festival de Cine de Mar del Plata, Día 1: La tormenta afuera y adentro
La gala de apertura de la 33° edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se convirtió, tal vez de forma previsible, en el plató donde se pusieron en escena los conflictos que desde el comienzo de la gestión de Cambiemos vienen caldeando los ánimos dentro de la comunidad de la producción cinematográfica y audiovisual. Es que quizá por primera vez las partes involucradas tuvieron la oportunidad de compartir el mismo espacio físico y las tensiones acumuladas durante tres años acabaron generando momentos de mucha tensión. Conducida por la periodista Gabriela Radice, anfitriona habitual en las primeras jornadas de actividades, la ceremonia inaugural comenzó de manera amable, con un Teatro Auditorium colmado aplaudiendo por el inicio de la nueva edición. Sin embargo había indicadores que permitían suponer que se trataba, como suelen titular los canales de noticias, de una “tensa calma”.
Ya la corrida cambiaria iniciada a finales del mes de agosto, cuando el peso sufrió una fortísima devaluación, había obligado a los responsables del festival a trazar un plan de ajuste. Con un presupuesto reducido a golpes de mercado, el Festival se vio forzado a recortar su duración (este año tiene tres días menos de los previstos) y la cantidad de películas programadas. Decisiones que en la previa generaron críticas que volvieron a poner el foco en la actual política económica y en su inevitable impacto en el campo cultural, donde la gestión de Pablo Avelluto al frente de la Secretaria de Cultura replica los lineamientos que bajan del gobierno nacional. Por eso no resultó extraño que cuando se convocó al funcionario para que oficiara de primer orador, muchos sectores del auditorio lo recibieran con silbidos y abucheos que dificultaron el inicio de su alocución.
Pero este no fue el único momento en el que la realidad se coló con dureza en la ceremonia. Invitada a Mar del Plata para ser homenajeada por su trayectoria junto a las directoras Narcisa Hirsch y Lucrecia Martel (ambas ausentes a causa de la tormenta que les impidió llegar a tiempo), la actriz Mercedes Morán también aprovechó para expresar sus temores ante lo que el rumbo de la política económica provoca en el ámbito cultural. “Estoy feliz de estar acá, recibiendo este reconocimiento, porque el Festival se hizo. Estuve muy preocupada todo el año temiendo que los enormes recortes presupuestarios en la cultura impidieran su realización”, expresó Morán bajo un aplauso cerrado. Pero además destacó el espacio que se le dará a la mujer dentro de esta edición del Festival de Mar del Plata, agradeciéndole a su nueva directora artística, Cecilia Barrionuevo. “Quiero agradecer que nos hayas dado un espacio por primera vez en tantas ediciones. Por todas las mujeres que este año lucharon y siguen luchando por todo lo que queremos conseguir." Y se despidió saludando al público levantando el premio con la mano derecha, dejando ver un pañuelo verde envuelto en su muñeca, mientras los aplausos festejaban el final de sus palabras.
La gala inaugural culminó con la presencia en el escenario de la cineasta Ana Katz, directora de Sueño Florianópolis, película que dio comienzo a las proyecciones de esta edición, protagonizada justamente por Morán y Gustavo Garzón. Tras celebrar el hecho de que una mujer esté al frente del Festival por primera vez en su historia y de agradecer a todos sus compañeros de rodaje, Katz se tomo el tiempo para leer una declaración personal, que de algún modo funcionó como respuesta a algunas de las afirmaciones de Avelluto . "Quiero decir que además de cuidar y promover la inserción de nuestras películas en el mercado, para mí el INCAA tiene un objetivo esencial que es dar espacio a películas que tengan una mirada personal; a las que se hagan preguntas; a las óperas primas, para que nazcan y de a muchas; a las que experimentan y que busquan la libertad. Porque de esas películas y no sólo de las que obtienen el deseado éxito de taquilla, de esas también es que se construye nuestra identidad cinematográfica”. La directora de Los Marziano recordó que “hacer películas es una herramienta enorme y la necesitamos” y cerró su intervención pidiendo que “cuidemos nuestro cine, dentro del mercado, pero también como herramienta de batalla."
Y que comience el 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Ya la corrida cambiaria iniciada a finales del mes de agosto, cuando el peso sufrió una fortísima devaluación, había obligado a los responsables del festival a trazar un plan de ajuste. Con un presupuesto reducido a golpes de mercado, el Festival se vio forzado a recortar su duración (este año tiene tres días menos de los previstos) y la cantidad de películas programadas. Decisiones que en la previa generaron críticas que volvieron a poner el foco en la actual política económica y en su inevitable impacto en el campo cultural, donde la gestión de Pablo Avelluto al frente de la Secretaria de Cultura replica los lineamientos que bajan del gobierno nacional. Por eso no resultó extraño que cuando se convocó al funcionario para que oficiara de primer orador, muchos sectores del auditorio lo recibieran con silbidos y abucheos que dificultaron el inicio de su alocución.
“Qué bueno que chiflen, porque quería hablar exactamente de eso”, arrancó Avelluto, poniéndole el cuerpo al clima hostil. “Pero para eso nos tenemos que escuchar”, agregó y la frase fue recibida con más chiflidos. Enseguida enumeró los méritos de su gestión, una lista que tanto él como Ralph Haiek, presidente del Instituto Nacional del Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), recuerdan en cada acto público, pero que distintos colectivos de productores, directores, actores y técnicos se encargan de desmentir de inmediato a través de comunicados. “Quería decir que este año tuvimos record de rodajes, que en agosto tuvimos el mes del cine argentino con un millón y medio de espectadores”, impulsándolo a “los primeros lugares de las listas…” Desde la platea, muchos de los presentes, la mayoría trabajadores de la industria cinematográfica, volvieron a interrumpir al Secretario de Cultura, calificándolo de “cínico” y “mentiroso”. “¿Se acuerdan cuando vivíamos en una sociedad democrática y nos escuchábamos los unos a los otros?”, preguntó Avelluto sin amilanarse y recibió como respuesta que más voces se sumaran a la improvisada reprobación coral. La escena se repitió varias veces durante los cuatro o cinco minutos que el funcionario tomó la palabra. Pero tuvo especiales crescendos cuando mencionó los cambios que su gestión había promovido dentro del INCAA “en materia de transparencia”, o cuando intentó apaciguar los ánimos, aceptando ser consciente de “que en muchas cosas pensamos distinto, pero el cine nos importa a todos”. Sin embargo, a partir de ahí comenzó a manifestarse otro sector del público, que tibiamente apoyó algunos conceptos expresados por el Secretario de Cultura, generando que aplausos y desaprobación compartieran el aire. Ya al final Avelluto agradeció a “todos los que intervinieron en la organización, porque organizar este festival es un trabajo enorme y todos ellos lo han hecho con gran dedicación y profesionalismo”. Luego se retiró, perdiéndose tras bambalinas del mismo modo en que los aplausos desaparecían entre los abucheos.El secretario de Cultura de argentina, Pablo Avelluto, es abucheado en la apertura del @MDQFilmFest @dpa_noticias pic.twitter.com/kGwB5TsuWl— Astrid Riehn (@AstridRiehn) 11 de noviembre de 2018
Pero este no fue el único momento en el que la realidad se coló con dureza en la ceremonia. Invitada a Mar del Plata para ser homenajeada por su trayectoria junto a las directoras Narcisa Hirsch y Lucrecia Martel (ambas ausentes a causa de la tormenta que les impidió llegar a tiempo), la actriz Mercedes Morán también aprovechó para expresar sus temores ante lo que el rumbo de la política económica provoca en el ámbito cultural. “Estoy feliz de estar acá, recibiendo este reconocimiento, porque el Festival se hizo. Estuve muy preocupada todo el año temiendo que los enormes recortes presupuestarios en la cultura impidieran su realización”, expresó Morán bajo un aplauso cerrado. Pero además destacó el espacio que se le dará a la mujer dentro de esta edición del Festival de Mar del Plata, agradeciéndole a su nueva directora artística, Cecilia Barrionuevo. “Quiero agradecer que nos hayas dado un espacio por primera vez en tantas ediciones. Por todas las mujeres que este año lucharon y siguen luchando por todo lo que queremos conseguir." Y se despidió saludando al público levantando el premio con la mano derecha, dejando ver un pañuelo verde envuelto en su muñeca, mientras los aplausos festejaban el final de sus palabras.
La gala inaugural culminó con la presencia en el escenario de la cineasta Ana Katz, directora de Sueño Florianópolis, película que dio comienzo a las proyecciones de esta edición, protagonizada justamente por Morán y Gustavo Garzón. Tras celebrar el hecho de que una mujer esté al frente del Festival por primera vez en su historia y de agradecer a todos sus compañeros de rodaje, Katz se tomo el tiempo para leer una declaración personal, que de algún modo funcionó como respuesta a algunas de las afirmaciones de Avelluto . "Quiero decir que además de cuidar y promover la inserción de nuestras películas en el mercado, para mí el INCAA tiene un objetivo esencial que es dar espacio a películas que tengan una mirada personal; a las que se hagan preguntas; a las óperas primas, para que nazcan y de a muchas; a las que experimentan y que busquan la libertad. Porque de esas películas y no sólo de las que obtienen el deseado éxito de taquilla, de esas también es que se construye nuestra identidad cinematográfica”. La directora de Los Marziano recordó que “hacer películas es una herramienta enorme y la necesitamos” y cerró su intervención pidiendo que “cuidemos nuestro cine, dentro del mercado, pero también como herramienta de batalla."
Y que comience el 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
domingo, 30 de septiembre de 2018
CULTURA - En medio de una discusión sobre la gratuidad, se inauguró la muestra de J.M.W.Turner: Ser o no ser gratis
Luego de una previa áspera, que incluyó la discusión en torno de la posibilidad de que la entrada a los museos nacionales dejara de ser gratuita, desde el miércoles por fin puede visitarse en el Museo Nacional de Bellas Artes la muestra J. M. W. Turner. Acuarelas, que incluye 85 obras de quien fuera uno de los nombres más relevantes de la pintura durante el siglo XIX. La muestra, integrada por trabajos del maestro inglés pertenecientes a la colección de la TATE Gallery de Londres, podrá visitarse hasta el 17 de febrero de 2019 y la entrada tiene un valor de $100.Justamente la decisión de arancelar la muestra, anunciada hace dos semanas por la Secretaría de Cultura de la Nación, corrió el eje de la atención mediática de la innegable relevancia artística de la exhibición. La misma está compuesta por seis núcleos que enmarcan las diferentes etapas de la trayectoria creativa de Joseph Turner: la obra temprana –realizada a fines del siglo XVIII–, los paisajes ingleses de 1805 a 1815, su producción como artista viajero entre 1815 y 1830, las experimentaciones de luz y color, y sus trabajos de madurez –creados en las décadas de 1830 y 1840–, con las obras más tardías, de tormentas y naufragios, realizadas en sus últimas dos visitas al norte de Francia, en 1845.
“Con esta muestra sufrimos bastante, porque las muestras grandes demandan tiempos largos de preparación: hace dos años y medio que estamos trabajando en ella con los curadores de la TATE. Ocurre que nuestro país no acompaña mucho a esa tranquilidad que se necesita para firmar un contrato con tanta anticipación”, reveló Andrés Duprat, director del Museo de Bellas Artes, en una charla exclusiva con Tiempo. “La muestra se paga en libras esterlinas y económicamente nos excedía. Entonces me reuní con el entonces ministro de cultura Pablo Avelluto, para ver si existía la decisión política de traerla a pesar de todo. Porque era una oportunidad: es una muestra que hicieron por nosotros, a pedido nuestro, no es una muestra enlatada”, agregó.
“Las muestras como está, que exponen piezas de valores millonarios, tienen protocolos muy estrictos con enormes costos de seguro y traslado en dólares que no hay forma de abaratar. En esa reunión se tomó la decisión de traerla a pesar de ello y una de las posibilidades era, como se hace en museos de todo el mundo, la de hacer que el público pagara un arancel. Algo que no me escandaliza, porque me parece que pagar $100 para ver una muestra como esta sigue siendo razonable. Sobre todo cuando también se contempla la posibilidad de que los que no puedan pagar esa plata puedan verla gratis.El Museo garantiza que todo el mundo va a poder ver la muestra”, concluyó el director.
Sin embargo no son pocos quienes consideran que el arancelamiento de la muestra de Turner representa un primer paso en el camino de la pérdida de la gratuidad de los muesos públicos. Precisamente el miércoles, mientras se desarrollaba la inauguración de la muestra, un grupo de artistas, trabajadores de la cultura y miembros de Ate protestó en la puerta del Museo de Bellas Artes, proyectando sobre la fachada consignas en contra del arancelamiento. “La cultura no se achica”, “No a la privatización de la cultura” y “La cultura está de luto”, fueron algunas de las frases elegidas para protestar contra las actividades aranceladas.
“Me parece que el Museo es un servicio público y creo que está bien que su espacio sea de libre acceso. Eso no significa que todo debe ser absolutamente gratis. Si hay una muestra especial, como la de Turner, a la que es necesario arancelar para poder traerla, entonces no me parece mal. Siempre y cuando se garantice que quienes no puedan pagar ese arancel también puedan verla, como ocurre en este caso”, respondió Duprat al ser consultado. “En todos los museos del mundo las muestras de este tipo están aranceladas. Incluso en este caso el valor de la entrada hasta me parece modesto. Pensá que hoy una entrada de cine vale $250”, comparó.
“Yo creo que el tema de la entrada a la muestra de Turner se magnificó porque se anunció casi junto con el cambio del Ministerio de Cultura a Secretaría, cuando en realidad las dos cosas no estuvieron conectadas, porque lo del arancelamiento lo veníamos hablando hace rato. Y en realidad como hombre de la cultura me parece mucho más grave ese cambio de status que el asunto de la entrada. Porque si sos cabeza de un ministerio tenés acceso a la mesa chica de decisiones políticas, pero si sos una secretaría dentro de un ministerio, ese acceso se ve limitado seriamente. Eso necesariamente va impactar en la cultura. Haber tenido un Ministerio de Cultura era un logro importante y este cambio representa una degradación dentro de la estructura jerárquica de los organismos públicos. No es una buena noticia para la cultura,”concluyó Duprat.
Días, horas y entrada
La muestra J. M. W. Turner. Acuarelas puede visitarse hasta el 17 de febrero de 2019, de martes a viernes de 11 a 20, y sábados y domingos de 10 a 20, en Av. del Libertador 1473. El valor de la entrada es de $100 pesos, excepto jubilados, docentes, menores de 12 años, discapacitados y contingentes escolares. Los martes el ingreso será libre y gratuito para todo público. De miércoles a domingos, durante la última hora de apertura del Museo, la entrada también será gratuita.
Versión ampliadartículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
martes, 31 de julio de 2018
CINE - "Toda esta sangre en el monte", de Martín Céspedes: La lucha del campesinado
El estreno de Toda esta sangre en el monte, del director debutante Martín Céspedes, le suma un granito de arena al extenso vínculo entre el género documental y el mundo del campo, al que el cine nunca ha dejado de observar con atención. La película de Céspedes retrata las actividades del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase) y a través de registrar su lucha por el derecho a la tierra de los pequeños productores que la organización nuclea, vuelve a revelar la puja de fuerzas sociales que tienen lugar en torno de la producción agropecuaria.
El Mocase es una organización cooperativa con casi 30 años de historia, a la que pertenecen unas nueve mil familias campesinas de Santiago del Estero. La misma fue fundada el 4 de agosto de 1990. Su objetivo: luchar contra los desalojos y la ocupación ilegal de la que eran víctimas los habitantes de los territorios rurales a manos de empresarios y terratenientes, siempre a partir de operaciones fraudulentas y títulos de propiedad fraguados. Aunque ahí se encuentran los motivos legales de la lucha del Mocase, hay razones más profundas para justificar la existencia de esta organización y sus luchas: la dignidad de los históricos propietarios de la tierra resistiéndose a ser despojados, a ser convertidos de dueños de su trabajo en descastados peones rurales, uno de los sectores más maltratados de la estructura económica de la Argentina.
El relato de Céspedes arranca de forma brutal, con imágenes del cortejo fúnebre y el entierro de Miguel Galván, miembro del Mocase asesinado por un sicario tras denunciar algunos días antes haber recibido amenazas de muerte. El drama sorprendió al director en pleno rodaje y no dudó en retener dentro de su cámara el dolor y la furia, la resignación y desesperación de los familiares, compañeros y vecinos de la víctima. El registro no necesita más que simplemente mostrar, sin recurrir a golpes de efecto ni acentuar nada a través del montaje. Simplemente la tragedia humana teniendo lugar frente a los ojos del espectador. Esa es la realidad a la que están expuestos de forma cotidiana quienes integran el Mocase.
Porque no se trata de un acontecimiento aislado. De hecho uno de los núcleos en torno de los cuales se articula Toda esta sangre en el monte es el juicio contra Javier Juárez y el empresario rural José Ciccioli, acusados de causar la muerte de Cristian Ferreyra, otro miembro del Mocase asesinado en 2011, un año antes de Galván. Mientras las jornadas del juicio se suceden (cuatro años después Juárez será condenado y Ciccioli, su supuesto instigador, quedará en libertad), Céspedes va dejando constancia de distintas situaciones propias de la vida campesina de estos hombres y mujeres que defienden el derecho ancestral a poseer la tierra que habitan y el derecho humano de trabajarla.
En su relato, el director no se priva de de utilizar algunas de estas viñetas para generar analogías que potencian los distintos hechos que conforman el relato. De ese modo un cabrito degollado se convierte por un rato en víctima: aunque entre su muerte y la de Galván haya un abismo ético que las separa, el recurso es cinematográfica y poéticamente efectivo. De igual forma un hachero que habla de la territorialidad de las abejas y del modo en que estas se organizan para cuidar su espacio vital, mientras saca la miel de un panal oculto dentro de un tronco, resulta una analogía perfecta para representar a la comunidad del Mocase y el despojo constante del cual son objeto.
Céspedes también retrata el recelo dialéctico de algunos miembros del Mocase frente la mirada de estudiantes o sociólogos que se interesan en la comunidad para realizar sus trabajos de campo, reduciéndolos a la categoría fría de meros objetos de estudio, y “después no vuelven más”. Están convencidos que los que vienen de afuera llegan cargados de prejuicios y conocimientos muy limitados de lo qué es y cómo funciona esa realidad para ellos cotidiana. Del mismo modo sienten que su capacidad de producción como campesinos es subestimada. Curiosamente, un documental como este también representa una mirada externa. La diferencia podría radicar en el respeto con que Céspedes ha realizado su trabajo, cuyo resultado es esta película que no cae en los extremos de lo aséptico ni de lo panfletario, aunque sin dejar dudas de dónde se encuentra ubicado el punto de vista.
Espacio de enorme complejidad e importante valor simbólico para el imaginario cultural argentino, al campo se le exige, entre otras cosas, ser el salvador de la economía del país, un arcón de riquezas interminables, capaz de alimentar a cada habitante de la nación, y además paliar el hambre del mundo. Lejos de las fantasías reduccionistas, desde que la Argentina es Argentina el campo también ha sido el escenario en el que las fuerzas sociales han combatido por sus intereses y derechos. Ese conflicto en particular es sobre el que los documentalistas vuelven a poner el ojo de su cámara una y otra vez. En Toda esta sangre en el monte Céspedes consigue hacerlo con potencia y de modo cinematográficamente eficaz.
Pero no es la única película estrenada durante 2018 en registrar los conflictos y tragedias ocurridas en el corazón del universo rural. En febrero de este año, durante la última edición del Festival Internacional de Cine de Berlín, tuvo su premiere mundial Viaje a los pueblos fumigados, documental en el que Fernando Pino Solanas aborda el inquietante tema del uso indiscriminado de agrotóxicos en la producción agrícola y las consecuencias directas o indirectas que estos tienen sobre la salud humana. En el conflictivo contexto sociopolítico actual no parece probable que los cineastas dejen de mirar hacia el desierto verde en busca de nuevos temas que les permitan retratar la identidad cultural argentina en su faceta más esencial.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar
El Mocase es una organización cooperativa con casi 30 años de historia, a la que pertenecen unas nueve mil familias campesinas de Santiago del Estero. La misma fue fundada el 4 de agosto de 1990. Su objetivo: luchar contra los desalojos y la ocupación ilegal de la que eran víctimas los habitantes de los territorios rurales a manos de empresarios y terratenientes, siempre a partir de operaciones fraudulentas y títulos de propiedad fraguados. Aunque ahí se encuentran los motivos legales de la lucha del Mocase, hay razones más profundas para justificar la existencia de esta organización y sus luchas: la dignidad de los históricos propietarios de la tierra resistiéndose a ser despojados, a ser convertidos de dueños de su trabajo en descastados peones rurales, uno de los sectores más maltratados de la estructura económica de la Argentina.
El relato de Céspedes arranca de forma brutal, con imágenes del cortejo fúnebre y el entierro de Miguel Galván, miembro del Mocase asesinado por un sicario tras denunciar algunos días antes haber recibido amenazas de muerte. El drama sorprendió al director en pleno rodaje y no dudó en retener dentro de su cámara el dolor y la furia, la resignación y desesperación de los familiares, compañeros y vecinos de la víctima. El registro no necesita más que simplemente mostrar, sin recurrir a golpes de efecto ni acentuar nada a través del montaje. Simplemente la tragedia humana teniendo lugar frente a los ojos del espectador. Esa es la realidad a la que están expuestos de forma cotidiana quienes integran el Mocase.
Porque no se trata de un acontecimiento aislado. De hecho uno de los núcleos en torno de los cuales se articula Toda esta sangre en el monte es el juicio contra Javier Juárez y el empresario rural José Ciccioli, acusados de causar la muerte de Cristian Ferreyra, otro miembro del Mocase asesinado en 2011, un año antes de Galván. Mientras las jornadas del juicio se suceden (cuatro años después Juárez será condenado y Ciccioli, su supuesto instigador, quedará en libertad), Céspedes va dejando constancia de distintas situaciones propias de la vida campesina de estos hombres y mujeres que defienden el derecho ancestral a poseer la tierra que habitan y el derecho humano de trabajarla.
En su relato, el director no se priva de de utilizar algunas de estas viñetas para generar analogías que potencian los distintos hechos que conforman el relato. De ese modo un cabrito degollado se convierte por un rato en víctima: aunque entre su muerte y la de Galván haya un abismo ético que las separa, el recurso es cinematográfica y poéticamente efectivo. De igual forma un hachero que habla de la territorialidad de las abejas y del modo en que estas se organizan para cuidar su espacio vital, mientras saca la miel de un panal oculto dentro de un tronco, resulta una analogía perfecta para representar a la comunidad del Mocase y el despojo constante del cual son objeto.
Céspedes también retrata el recelo dialéctico de algunos miembros del Mocase frente la mirada de estudiantes o sociólogos que se interesan en la comunidad para realizar sus trabajos de campo, reduciéndolos a la categoría fría de meros objetos de estudio, y “después no vuelven más”. Están convencidos que los que vienen de afuera llegan cargados de prejuicios y conocimientos muy limitados de lo qué es y cómo funciona esa realidad para ellos cotidiana. Del mismo modo sienten que su capacidad de producción como campesinos es subestimada. Curiosamente, un documental como este también representa una mirada externa. La diferencia podría radicar en el respeto con que Céspedes ha realizado su trabajo, cuyo resultado es esta película que no cae en los extremos de lo aséptico ni de lo panfletario, aunque sin dejar dudas de dónde se encuentra ubicado el punto de vista.
Espacio de enorme complejidad e importante valor simbólico para el imaginario cultural argentino, al campo se le exige, entre otras cosas, ser el salvador de la economía del país, un arcón de riquezas interminables, capaz de alimentar a cada habitante de la nación, y además paliar el hambre del mundo. Lejos de las fantasías reduccionistas, desde que la Argentina es Argentina el campo también ha sido el escenario en el que las fuerzas sociales han combatido por sus intereses y derechos. Ese conflicto en particular es sobre el que los documentalistas vuelven a poner el ojo de su cámara una y otra vez. En Toda esta sangre en el monte Céspedes consigue hacerlo con potencia y de modo cinematográficamente eficaz.
Pero no es la única película estrenada durante 2018 en registrar los conflictos y tragedias ocurridas en el corazón del universo rural. En febrero de este año, durante la última edición del Festival Internacional de Cine de Berlín, tuvo su premiere mundial Viaje a los pueblos fumigados, documental en el que Fernando Pino Solanas aborda el inquietante tema del uso indiscriminado de agrotóxicos en la producción agrícola y las consecuencias directas o indirectas que estos tienen sobre la salud humana. En el conflictivo contexto sociopolítico actual no parece probable que los cineastas dejen de mirar hacia el desierto verde en busca de nuevos temas que les permitan retratar la identidad cultural argentina en su faceta más esencial.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar
jueves, 14 de septiembre de 2017
LIBROS - La comunicación mural: Bandos, revistas, pintadas y graffitis
En tiempos del Virreinato del Río de la Plata, hace 250 años, no existían los medios de prensa, o no al menos en el sentido que se le da hoy a ese concepto. Apenas circulaban algunas publicaciones sumamente precarias en términos de libertad de expresión, como el semanario Correo de Comercio, que se publicaba por orden directa del Virrey y bajo su estricto control. Uno de sus editores fue en algún momento Manuel Belgrano, quien sin embargo no podía publicar nada sin que antes lo aprobara Manuel de Velazco, el censor oficial (puesto que en realidad no recibía ese nombre, aunque en los hechos lo fuera).
Tampoco es que muchos ciudadanos tuvieran acceso a publicaciones como esta, de tirada limitada destinada al patriciado. El grueso de la población de Buenos Aires se informaba a través de los bandos, también oficiales, en los que el Virrey de turno detallaba noticias, informes, nuevas leyes, cambios en las regulaciones vigentes o cualquier otra cosa que creyera conveniente hacerle saber a los ciudadanos. Dichos bandos debían ser colgados a la vista de todos en los edificios más importantes de la pequeña ciudad, como la Recova de la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) o en las paredes del Cabildo.
Desde aquellos bandos virreinales hasta la actualidad, las paredes de Buenos Aires fueron siempre el medio de comunicación más popular, democrático y libre de todos. Un espacio en el que la política y el arte se turnaron para expresar aquello que debía ser dicho a pesar de todo. "Si los medios nos callan, hablaran los muros", rezaba una inscripción anónima en alguna pared de la turbulenta París del‘68, una idea que sin embargo existe en la práctica desde mucho antes y en el caso de la Argentina, incluso sin necesidad de usar el lenguaje escrito. Pocos años después de la Revolución de Mayo, ya en tiempos del gobernador Juan Manuel de Rosas, que una pared estuviera pintada de rojo lo decía todo sin necesidad de palabra alguna. Pero no sería sino hasta las primeras décadas del siglo XX que las paredes comenzarían a hablar de manera literal.
Aunque ya durante los conflictos obreros de principios del siglo pasado las pintadas políticas jugaron un papel importante, no fue hasta el surgimiento del peronismo que estas se volvieron un instrumento de expresión masivo. La tiza y el carbón fueron entonces la pluma del pueblo. Utilizadas primero para mostrar el respaldo a los gobiernos de Perón o, ya en tiempos de la proscripción posterior al golpe de estado de 1955, para expresar el descontento y la resistencia, las pintadas llegaron a convertirse en parte del ADN de dicho movimiento político. Sin embargo también resultaron una herramienta oportuna para quienes ocuparon el rol opositor durante esos mismos gobiernos. Imposible no recordar el brutalmente célebre “¡Viva el cáncer!” con el que los antiperonistas festejaron en los muros la enfermedad y muerte de Eva Duarte.
Los años ’60, Instituto Di Tella mediante, alumbraron un grupo de artistas gráficos entre quienes se contaban Roberto Jacoby, Juan Carlos Romero y otros, quienes en busca de formas experimentales encontraron en los populares afiches publicitarios de vía pública (que aún se usan para promocionar presentaciones de grupos de cumbia) un vehículo perfecto para visibilizar ideas y consignas.
Esa misma década marcó también el advenimiento del graffiti moderno por interpósita invención de la pintura en aerosol. Fue ahí que las paredes hablaron como nunca y ya no sólo de política, porque el rock comenzó a adueñarse de la herramienta, ideal para difundir bandas emergentes. Hasta que en 1976 el silencio llegó bajo la forma de la más sangrienta de las dictaduras. Fueron años de ciudades limpias y conciencias sucias, en los que hasta las paredes hablaban en voz baja, pudiendo volver a gritar recién en 1983.
Pero si la década de los ’80 fue una fiesta, no sólo se debió a que la política por fin pudo expresarse de nuevo en las tribunas y sobre el ladrillo, sino porque un grupo de ilustres anónimos convirtió a la ciudad en un espacio sobre el cual desplegar el ingenio. Ellos se encargaron de llenar las paredes con frases humorísticas que pronto se volvieron populares, a las que firmaban con el seudónimo de Los Vergara, colectivo que integraban los tres hermanos Korol, hoy conocidos conductores y humoristas de televisión. Ya durante los 2000 el graffiti asumió nuevas formas. Algunas muy plásticas, cercanas al muralismo, de la mano de la cultura del hip-hop, mientras que otras, como las de los grupos de Acción Poética, volvieron a llevar los versos al ladrillo 80 años después de que Jorge Luis Borges y cía. crearan la revista mural Prisma (Ver aparte).
Se sabe que la Historia nunca concluye, que es un continuo presente desplegándose sobre el tiempo como una cinta sinfín. En el último fotograma de esta película las paredes siguen siendo un medio para comunicar, reclamar o gritar de rabia. Las pintadas realizadas en las paredes del Cabildo durante la multitudinaria marcha que hace pocos días se congregó para pedir la reaparición del joven Santiago Maldonado son un ejemplo más, herederas directas de aquellos bandos virreinales. La demostración de que la comunicación mural sigue siendo una tradición con vigencia plena y larga vida por delante.
El Borges de los muros

Al regresar de su estancia europea a comienzos de la década de 1920, Jorge Luis Borges trajo consigo algunas ideas novedosas aprendidas en su contacto con el ultraísmo y no tardó en llevarlas a la práctica. Empujado por su propia juventud y en compañía de amigos como Guillermo de Torre, Eduardo González Lanuzza y su primo Guillermo Juan, Borges fundó la revista Prisma, una publicación mural de poesía en la que los integrantes del grupo difundían textos de su autoría, con ilustraciones de Norah, la hermana de quien llegaría a ser el mayor autor de la literatura en lengua castellana del siglo pasado. El número inicial de Prisma se editó en noviembre de 1921 y sus propios creadores se encargaron de salir por las noches a pegar los ejemplares por toda la ciudad. Hoy resulta difícil imaginarse al Borges más famoso, ya viejo y ciego, vandalizando las paredes de Buenos Aires, pero la historia no deja mentir. A través de ella no sólo se puede confirmar que Borges alguna vez fue joven y anarquista, sino que también tuvo sus noches de descontrol. A juzgar por la corta vida de la revista (solo se publicaron dos números, el segundo en marzo de 1922), podría pensarse que Prisma no tuvo ningún éxito. Sin embargo se trata de un antecedente directo de otra, Martín Fierro, que tal vez sea la publicación literaria más importante del siglo XX en la Argentina.
Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.
Tampoco es que muchos ciudadanos tuvieran acceso a publicaciones como esta, de tirada limitada destinada al patriciado. El grueso de la población de Buenos Aires se informaba a través de los bandos, también oficiales, en los que el Virrey de turno detallaba noticias, informes, nuevas leyes, cambios en las regulaciones vigentes o cualquier otra cosa que creyera conveniente hacerle saber a los ciudadanos. Dichos bandos debían ser colgados a la vista de todos en los edificios más importantes de la pequeña ciudad, como la Recova de la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) o en las paredes del Cabildo.
Desde aquellos bandos virreinales hasta la actualidad, las paredes de Buenos Aires fueron siempre el medio de comunicación más popular, democrático y libre de todos. Un espacio en el que la política y el arte se turnaron para expresar aquello que debía ser dicho a pesar de todo. "Si los medios nos callan, hablaran los muros", rezaba una inscripción anónima en alguna pared de la turbulenta París del‘68, una idea que sin embargo existe en la práctica desde mucho antes y en el caso de la Argentina, incluso sin necesidad de usar el lenguaje escrito. Pocos años después de la Revolución de Mayo, ya en tiempos del gobernador Juan Manuel de Rosas, que una pared estuviera pintada de rojo lo decía todo sin necesidad de palabra alguna. Pero no sería sino hasta las primeras décadas del siglo XX que las paredes comenzarían a hablar de manera literal.
Aunque ya durante los conflictos obreros de principios del siglo pasado las pintadas políticas jugaron un papel importante, no fue hasta el surgimiento del peronismo que estas se volvieron un instrumento de expresión masivo. La tiza y el carbón fueron entonces la pluma del pueblo. Utilizadas primero para mostrar el respaldo a los gobiernos de Perón o, ya en tiempos de la proscripción posterior al golpe de estado de 1955, para expresar el descontento y la resistencia, las pintadas llegaron a convertirse en parte del ADN de dicho movimiento político. Sin embargo también resultaron una herramienta oportuna para quienes ocuparon el rol opositor durante esos mismos gobiernos. Imposible no recordar el brutalmente célebre “¡Viva el cáncer!” con el que los antiperonistas festejaron en los muros la enfermedad y muerte de Eva Duarte.Esa misma década marcó también el advenimiento del graffiti moderno por interpósita invención de la pintura en aerosol. Fue ahí que las paredes hablaron como nunca y ya no sólo de política, porque el rock comenzó a adueñarse de la herramienta, ideal para difundir bandas emergentes. Hasta que en 1976 el silencio llegó bajo la forma de la más sangrienta de las dictaduras. Fueron años de ciudades limpias y conciencias sucias, en los que hasta las paredes hablaban en voz baja, pudiendo volver a gritar recién en 1983.
Pero si la década de los ’80 fue una fiesta, no sólo se debió a que la política por fin pudo expresarse de nuevo en las tribunas y sobre el ladrillo, sino porque un grupo de ilustres anónimos convirtió a la ciudad en un espacio sobre el cual desplegar el ingenio. Ellos se encargaron de llenar las paredes con frases humorísticas que pronto se volvieron populares, a las que firmaban con el seudónimo de Los Vergara, colectivo que integraban los tres hermanos Korol, hoy conocidos conductores y humoristas de televisión. Ya durante los 2000 el graffiti asumió nuevas formas. Algunas muy plásticas, cercanas al muralismo, de la mano de la cultura del hip-hop, mientras que otras, como las de los grupos de Acción Poética, volvieron a llevar los versos al ladrillo 80 años después de que Jorge Luis Borges y cía. crearan la revista mural Prisma (Ver aparte).
Se sabe que la Historia nunca concluye, que es un continuo presente desplegándose sobre el tiempo como una cinta sinfín. En el último fotograma de esta película las paredes siguen siendo un medio para comunicar, reclamar o gritar de rabia. Las pintadas realizadas en las paredes del Cabildo durante la multitudinaria marcha que hace pocos días se congregó para pedir la reaparición del joven Santiago Maldonado son un ejemplo más, herederas directas de aquellos bandos virreinales. La demostración de que la comunicación mural sigue siendo una tradición con vigencia plena y larga vida por delante.
El Borges de los muros

Al regresar de su estancia europea a comienzos de la década de 1920, Jorge Luis Borges trajo consigo algunas ideas novedosas aprendidas en su contacto con el ultraísmo y no tardó en llevarlas a la práctica. Empujado por su propia juventud y en compañía de amigos como Guillermo de Torre, Eduardo González Lanuzza y su primo Guillermo Juan, Borges fundó la revista Prisma, una publicación mural de poesía en la que los integrantes del grupo difundían textos de su autoría, con ilustraciones de Norah, la hermana de quien llegaría a ser el mayor autor de la literatura en lengua castellana del siglo pasado. El número inicial de Prisma se editó en noviembre de 1921 y sus propios creadores se encargaron de salir por las noches a pegar los ejemplares por toda la ciudad. Hoy resulta difícil imaginarse al Borges más famoso, ya viejo y ciego, vandalizando las paredes de Buenos Aires, pero la historia no deja mentir. A través de ella no sólo se puede confirmar que Borges alguna vez fue joven y anarquista, sino que también tuvo sus noches de descontrol. A juzgar por la corta vida de la revista (solo se publicaron dos números, el segundo en marzo de 1922), podría pensarse que Prisma no tuvo ningún éxito. Sin embargo se trata de un antecedente directo de otra, Martín Fierro, que tal vez sea la publicación literaria más importante del siglo XX en la Argentina.
Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.
miércoles, 26 de octubre de 2016
CINE - 16° DOC Buenos Aires: "Raving Irán", de Susanne Regina Meures, o la suma de las realidades
Dentro de las actividades de la 16° edición del DocBsAs, el gran encuentro documental que se desarrolla hasta mañana, Raving Irán de la alemana Susanne Regina Meures representa la oportunidad de una mirada detallada sobre la juventud en un régimen de hipercontrol como el que impone el Estado en el país persa. El film retrata la vida de Anoosh y Arash, muchachos que viven de manera casi militante su trabajo como DJ´s. Componen, autoeditan sus discos y organizan fiestas en las que pinchan música toda la noche, como cualquier joven como ellos en Berlín, Tokio, Nueva York, Buenos Aires o casi cualquier otra ciudad. Pero ellos viven en Teherán, la populosa capital iraní, y las cosas que quieren y les gusta hacer están prohibidas por un sinnúmero de regulaciones restrictivas.
Anoosh y Arash trabajan bajo el nombre artístico de Blade & Beard (“Navaja y Barba”, alusión rebelde a la tradición religiosa de las barbas en la cultura musulmana), pero sus proyectos no son sencillos. Si organizan un baile corren el riesgo de que la policía se lleve a los invitados; no pueden imprimir las tapas de sus discos y si lo lograran no podrían venderlos. No pueden salir del país ni mandar sus discos por correo. Pero insisten, rompen las reglas que deberían detenerlos y consiguen que un festival de música electrónica los invite a Suiza. De cada una de esas instancias es testigo la lente de Meures, quien a través de cámaras ocultas da cuenta del tour kafkiano de los dos chicos no sólo por las oficinas públicas, sino por los comercios que recorren intentando hallar un lugar. Pero sólo encuentran el miedo de los otros.
“Sólo había estado en Irán de vacaciones y no tenía ningún conocido”, cuenta la directora. “Mi intención nunca fue la de hacer una película política, pero todo lo que es considerado ilegal en Irán incluye o involucra a lo político. Mi intención era mostrar cosas del país y su cultura que pocos conocen, esperando que otras personas también se interesen”, concluye Meures, cuyo film se proyecta hoy a las 18 en el Cine Gaumont Incaa KM 0.
–Raving Irán utiliza a sus personajes, cuyos intereses no son distintos a los de cualquier chico, para darle relevancia a un contexto sociopolítico que es extraordinario visto desde Occidente. ¿Cómo hizo para reflejar todo eso de manera realista?
–Antes de rodar hice una investigación para informarme, vi películas que me ayudaron, pero no tenía ningún guión ni idea a partir de la cual trabajar la historia. La mayor parte de la información vino junto con los protagonistas una vez que los encontré, y recién través de ellos pude empezar a profundizar en su cultura.
–La película permite trazar un paralelo entre lo que les pasa a estos chicos y lo que le ocurrió a Jafar Panahi por su actividad en el cine. ¿Tuvo en cuenta ese antecedente?
–No intenté realizar un paralelismo, pero creo que la historia funciona muy bien para representar la crisis que se está desarrollando en Irán en cuanto a las culturas y las políticas, y creo que diferentes artistas de cine o teatro, autores, DJ´s, están enfrentando esa misma crisis.
–Es llamativo el choque entre la imagen occidentalizada de Teherán y muchos de sus habitantes, atravesada por situaciones originadas en la política y la religión. ¿Esa paradoja se siente estando ahí?
–Sí, claro, aunque lo que intenté fue mostrar una parte muy pequeña de una sociedad que es mucho más que eso. Piense que Teherán es una ciudad de 17 millones de personas, muy moderna y en muchos sentidos muy occidentalizada tanto en sus medios de comunicación, como en su vestuario y muchos aspectos de su cultura.
–¿Como extranjera percibió toda esa presión?
–Sí, porque estaba rodando una película en ese lugar y todo se percibe de un modo muy diferente cuando uno no viaja al país como turista. Pero tuve que enfrentar una serie situaciones de ilegalidad que limitaban el modo en que debíamos programar todo lo que representa un rodaje como este. Las fiestas que se ven en la película eran realmente clandestinas y nunca contamos con la libertad para poder trabajar cómodos.
–Es interesante el modo en que usted retrata la mirada de los protagonistas cuando viajan a Suiza, su primer contacto con Occidente: plasma la mirada ajena a partir de detalles sutiles, como cuando en medio de una rave callejera uno de ellos dice que “en Occidente los hombres se ven mejor que las mujeres”. ¿Cómo le dio forma a esa mirada?
–Me pareció muy importante respetar la glorificación que ellos hacen del mundo occidental, porque sirve para contrastar con esa forma “metafórica” de prisión en la que transcurre su vida cotidiana. Lo que más sufren no es la opresión, sino el hecho de no poder dejar su país, porque no les permite compararse con otras culturas. Esa forma de glorificar a Occidente es apenas una ilusión. Quise mostrar las expectativas que tenían antes de viajar a Occidente y una vez llegados, la euforia que sintieron y lo paralizados que se encontraban al ver las grandes diferencias entre ambas realidades. Raving Irán es una oportunidad de ver nuestra sociedad a través de sus ojos y sus dudas nos pueden hacer dudar a nosotros. Es lo que me gustaría que el espectador se lleve.
–En toda la película hay algunas personas cuyos rostros aparecen esfumados digitalmente y otros que no. ¿Cómo estableció el límite de qué rostros mostrar y cuáles no?
–Muy simple: se esfumaron las caras de aquellas personas que a partir de su participación en la película hubieran podido ser vinculadas posteriormente con cualquier actividad considerada ilegal dentro de Irán o la de todo aquel que se manifestara en contra del Estado iraní o de alguna de sus políticas.
–Hay escenas, como las de las fiestas clandestinas, en las que las mujeres, haciendo uso de su libertad y su autodeterminación, se quitan el velo de manera voluntaria, pero a quienes la película les impone esa suerte de velo digital. ¿Eso no representa una derrota para usted como directora?
–Sí, de muchas maneras. Pero no tuve otra alternativa, porque cuando una decide rodar una película con estas características y en un ámbito como este, no puede permitirse descuidar la seguridad de las personas. Es verdad que no muestro lo suficiente, pero necesitaba asegurarme que la integridad de quienes participaron de la película fuera preservada.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Anoosh y Arash trabajan bajo el nombre artístico de Blade & Beard (“Navaja y Barba”, alusión rebelde a la tradición religiosa de las barbas en la cultura musulmana), pero sus proyectos no son sencillos. Si organizan un baile corren el riesgo de que la policía se lleve a los invitados; no pueden imprimir las tapas de sus discos y si lo lograran no podrían venderlos. No pueden salir del país ni mandar sus discos por correo. Pero insisten, rompen las reglas que deberían detenerlos y consiguen que un festival de música electrónica los invite a Suiza. De cada una de esas instancias es testigo la lente de Meures, quien a través de cámaras ocultas da cuenta del tour kafkiano de los dos chicos no sólo por las oficinas públicas, sino por los comercios que recorren intentando hallar un lugar. Pero sólo encuentran el miedo de los otros.
“Sólo había estado en Irán de vacaciones y no tenía ningún conocido”, cuenta la directora. “Mi intención nunca fue la de hacer una película política, pero todo lo que es considerado ilegal en Irán incluye o involucra a lo político. Mi intención era mostrar cosas del país y su cultura que pocos conocen, esperando que otras personas también se interesen”, concluye Meures, cuyo film se proyecta hoy a las 18 en el Cine Gaumont Incaa KM 0.
–Raving Irán utiliza a sus personajes, cuyos intereses no son distintos a los de cualquier chico, para darle relevancia a un contexto sociopolítico que es extraordinario visto desde Occidente. ¿Cómo hizo para reflejar todo eso de manera realista?
–Antes de rodar hice una investigación para informarme, vi películas que me ayudaron, pero no tenía ningún guión ni idea a partir de la cual trabajar la historia. La mayor parte de la información vino junto con los protagonistas una vez que los encontré, y recién través de ellos pude empezar a profundizar en su cultura.
–La película permite trazar un paralelo entre lo que les pasa a estos chicos y lo que le ocurrió a Jafar Panahi por su actividad en el cine. ¿Tuvo en cuenta ese antecedente?
–No intenté realizar un paralelismo, pero creo que la historia funciona muy bien para representar la crisis que se está desarrollando en Irán en cuanto a las culturas y las políticas, y creo que diferentes artistas de cine o teatro, autores, DJ´s, están enfrentando esa misma crisis.
–Es llamativo el choque entre la imagen occidentalizada de Teherán y muchos de sus habitantes, atravesada por situaciones originadas en la política y la religión. ¿Esa paradoja se siente estando ahí?
–Sí, claro, aunque lo que intenté fue mostrar una parte muy pequeña de una sociedad que es mucho más que eso. Piense que Teherán es una ciudad de 17 millones de personas, muy moderna y en muchos sentidos muy occidentalizada tanto en sus medios de comunicación, como en su vestuario y muchos aspectos de su cultura.
–¿Como extranjera percibió toda esa presión?
–Sí, porque estaba rodando una película en ese lugar y todo se percibe de un modo muy diferente cuando uno no viaja al país como turista. Pero tuve que enfrentar una serie situaciones de ilegalidad que limitaban el modo en que debíamos programar todo lo que representa un rodaje como este. Las fiestas que se ven en la película eran realmente clandestinas y nunca contamos con la libertad para poder trabajar cómodos.
–Es interesante el modo en que usted retrata la mirada de los protagonistas cuando viajan a Suiza, su primer contacto con Occidente: plasma la mirada ajena a partir de detalles sutiles, como cuando en medio de una rave callejera uno de ellos dice que “en Occidente los hombres se ven mejor que las mujeres”. ¿Cómo le dio forma a esa mirada?
–Me pareció muy importante respetar la glorificación que ellos hacen del mundo occidental, porque sirve para contrastar con esa forma “metafórica” de prisión en la que transcurre su vida cotidiana. Lo que más sufren no es la opresión, sino el hecho de no poder dejar su país, porque no les permite compararse con otras culturas. Esa forma de glorificar a Occidente es apenas una ilusión. Quise mostrar las expectativas que tenían antes de viajar a Occidente y una vez llegados, la euforia que sintieron y lo paralizados que se encontraban al ver las grandes diferencias entre ambas realidades. Raving Irán es una oportunidad de ver nuestra sociedad a través de sus ojos y sus dudas nos pueden hacer dudar a nosotros. Es lo que me gustaría que el espectador se lleve.
–En toda la película hay algunas personas cuyos rostros aparecen esfumados digitalmente y otros que no. ¿Cómo estableció el límite de qué rostros mostrar y cuáles no?
–Muy simple: se esfumaron las caras de aquellas personas que a partir de su participación en la película hubieran podido ser vinculadas posteriormente con cualquier actividad considerada ilegal dentro de Irán o la de todo aquel que se manifestara en contra del Estado iraní o de alguna de sus políticas.
–Hay escenas, como las de las fiestas clandestinas, en las que las mujeres, haciendo uso de su libertad y su autodeterminación, se quitan el velo de manera voluntaria, pero a quienes la película les impone esa suerte de velo digital. ¿Eso no representa una derrota para usted como directora?
–Sí, de muchas maneras. Pero no tuve otra alternativa, porque cuando una decide rodar una película con estas características y en un ámbito como este, no puede permitirse descuidar la seguridad de las personas. Es verdad que no muestro lo suficiente, pero necesitaba asegurarme que la integridad de quienes participaron de la película fuera preservada.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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viernes, 29 de enero de 2016
CINE - "Salad Days: Una década de punk en Washington DC (1980-1990)" (A Decade of Punk in Washington, DC): Juventud política
“Añorando aquellos días/ en los que me puse este traje por primera vez [...] Demasiadas voces/ Me han enmudecido [...] ¿A dónde me puedo bajar? [...] Mirá lo que somos ahora / Nos ablandamos y nos pusimos gordos/ Esperando el momento/ Ya no hay forma de volver/ Tan serios/ Habitando en nuestros recuerdos/ Pero ya no hay hechos.” Algo recortada, esta es la letra de “Salad Days”, canción que cierra Out of Step, segundo y último disco de Minor Threat, banda seminal de la escena hardcore punk en Estados Unidos, editado en 1982. Curiosamente, aunque sus versos parecen reproducir el lamento de una persona que, ya grande, siente nostalgia por los viejos tiempos, tanto el vocalista Ian MacKaye como el resto de sus compañeros no tenían más de 20 años cuando la banda se separó en 1983, dejando como último legado esta canción. Una instantánea de ese momento crucial en la vida de cualquiera, que es el final de la adolescencia. El incómodo desafío que representa el hecho de crecer, entendido no sólo en términos biológicos sino también musicales y políticos, es el tema de este documental que traza un retrato certero de la escena hardcore punk que surgió y creció en la ciudad de Washington DC entre 1980 y 1990, titulado de manera nada casual Salad Days.Tanto la figura de MacKaye como la de su banda ocupan el centro de este relato que escribió y dirigió Scott Crawford. Los Minor Threat porque, junto con Bad Brains, son los emergentes más populares de aquella escena. Y MacKaye porque, además de ser el fundador de Dischord Records, sello independiente aún activo que, sin proponérselo, se encargó de llevar un registro amplio y vívido de su propia época, es sobre todo el cantante que por un rato le prestó su voz y convicciones a sus compañeros de generación.
Aunque no se trató de un fenómeno único dentro de los Estados Unidos –tanto en Los Angeles y San Francisco como en Nueva York se dieron movimientos análogos, aunque con menor nivel de cohesión–, la escena del DC tiene la plusvalía de haber tenido lugar en la ciudad que es el corazón político de un imperio que se encaminaba a la hegemonía global. Contemporáneo del triunfo y apogeo del reaganismo, y nacido en la ciudad cuya principal industria son las instituciones de la nación, la movida del DC hardcore en parte es una consecuencia de las durísimas políticas económicas, bélicas, sociales y culturales que Ronald Reagan sostuvo a lo largo de sus ocho años de gobierno, del mismo modo en que la aparición del punk en Londres, en 1977, también representó una reacción cultural al férreo liberalismo impulsado por Margaret Thatcher. El surgimiento del DC hardcore es, entonces, uno de los fenómenos políticos más interesantes que se hayan dado dentro del gran cambalache del rock. Y Crawford parece tenerlo bien claro.
Ya en la secuencia inicial de títulos, entre las reproducciones facsimilares de fanzines, tapas de discos y fotografías de las bandas tocando en vivo, se intercalan las imágenes televisivas del intento de asesinato del que fue víctima el entonces presidente y los retratos de figuras como el coronel Oliver North, pieza clave y chivo expiatorio en el escándalo Irán-Contras, o Marion Barry, el alcalde negro de la ciudad al que en 1990 el FBI encontró en un hotelucho fumando crack con una prostituta.
Aunque el relato avanza a partir del clásico dispositivo de cabezas parlantes, lo valioso de Salad Days son, por un lado, esos testimonios de algunos próceres de aquella movida, de MacKaye al testosterónico Henry Rollins. Pero también la palabra de Thurston Moore, guitarrista de Sonic Youth, o la del ubicuo Dave Grohl, que vienen a certificar el vínculo y enorme influencia que el DC hardcore tuvo en movidas posteriores y mucho más masivas, como la del rock indie primero o el grunge, poco después. Otro hallazgo son las imágenes obtenidas por el fotógrafo Jim Saah, por entonces también un adolescente, que registran la poderosa sinergia que se daba entre las bandas y el público en los shows de Minor Threat, SOA, The Faith, Bad Brains, Void, Government Issue, Gray Matter o Fugazi, entre otras. Asimismo es posible destacar la elección de una estética de diseño y montaje que remite a la de los fanzines punk típicos de la época, gentileza del propio Saah, responsable de la fotografía y la edición de este potente retrato generacional que es además un valioso documento de época.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
domingo, 17 de agosto de 2014
DISCOS - "Plastic Surgery Disasters", de Dead Kennedys: Estrellas que eligen reventar.
Como pasa con el cielo de verdad, en donde las estrellas más luminosas impiden ver otras, más distantes, pequeñas o simplemente más oscuras, así es el mundo del espectáculo. Grandes astros dispuestos a cualquier cosa para acaparar esos flashes que son como reflejos en miniatura de su propia luz; lo que sea con tal de ser tapa en revistas que multiplicarán sus figuritas en tiradas de escala mundial. Sacerdotes de un culto a la imagen (hueca pero lustrosa) que dejan en el cono de su sombra a galaxias enteras que no cuentan con recursos para competir con tanto ego. O que prefieren no hecerlo. Es la guerra sucia del negocio contra los artistas. Pero, ya se sabe, el arte siempre tuvo su Résistance, su guerra de guerrillas, y en ese ejército de descastados los Dead Kennedys son el Vietcong. Y Jello Biafra el General Giáp, el mismo diablo, uno de los artistas más revulsivos y coherentes que hayan dado los Estados Unidos. La tapa de su disco debut, Desastres de la cirugía plástica, que muestra en primer plano una mano blanca sosteniendo la manito reseca y negra de un nenito muerto de hambre, es una prueba de por qué para algunos nunca habrá flashes ni tapas de revista disponibles. Estrellas que eligen reventar en lugar de andar brillando.
Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.
Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.
domingo, 10 de junio de 2012
CINE - Acorralados, de Julio Bove: Inverosimil visión de un pasado reciente
La idea de Acorralados, film de Julio Bove, es de lo más sencilla y ya desde su título propone un juego de palabras (no muy brillante) que deja el asunto bastante claro. Ambientada justo antes de la Navidad de 2001, en ese Acorralados se funden las millones de víctimas que padecieron la retención de sus ahorros con el Corralito -gentileza del inolvidable dúo conformado por el ex ministro de economía Domingo Cavallo y el ex presidente de la República Fernando De La Rúa-, y un grupo de personas más reducido que a partir de aquella circunstancia, voluntaria o involuntariamente, se ven envueltos en una situación sin salida. El centro de la historia lo ocupa Don Antonio, un anciano que en la primera escena le confiesa a la tumba de su mujer que, después de intentarlo todo ha tomado una decisión. Y enseguida se pone una pistola en la cabeza. Lejos de aceptar su propio juego de comenzar el relato con una escena de tan alta carga dramática, el intento de suicidio de Antonio se ve frustrado por dos pibes chorros que le roban los zapatos, el cinturón y la boina y se van corriendo. De manera inverosímil, todo eso ocurre dentro de un cementerio parque: en sólo dos escenas, Acorralados comienza a mostrar los hilos de sus debilidades argumentales. Como ocurre con otras producciones nacionales estrenadas recientemente, esta está construida desde una idea de cine avejentada, que ni en su mejor época produjo buenas películas. Montada torpemente y musicalizada de modo explícito, la trama comienza a acumular golpes de efecto, en busca de sensibilizar al espectador. Antonio llega al banco que retiene sus ahorros y, granada en mano, exige que se los entreguen. Para ese momento ya sabemos que además de viejo, viudo y estafado, el tipo también es insulinodependiente. Y entre los rehenes que toma hay una pareja con un hijito de cuatro años sordo, un joven noble y suicida, cuya novia enferma se mató unas semanas antes para no ser una carga, y los empleados del banco, que son más cándidos que aquel de Voltaire (lo cual es mucho). Ante un panorama semejante, no es extraño que los deus ex machina se vayan acumulando para inventar un insólito final feliz, allí donde en la Historia no lo hubo.
La idea de jugar con los hechos a la vez trágicos y traumáticos de un pasado reciente, en principio no tiene nada de malo y las dificultades de Acorralados no surgen de allí. Su problema es la absoluta falta de recursos (o la mala selección de ellos) para contar el cuento elegido de una manera convincente. La elección del elenco no ayuda en ningún momento a definir el tono narrativo del film. Mientras Federico Luppi entrega una de sus clásicas actuaciones realistas -y hay que reconocer que hace hasta donde el guión se lo permite-, Esther Goris se maneja en un registro farsesco y el comisario de Gustavo Garzón parece salido de un policial de esos que mezclan comedia con intrigas. Es decir, tres películas distintas según el personaje que ocupe la pantalla. Vale subrayar que no se trata de un film que se dedica a cruzar géneros para causar un efecto narrativo determinado, sino de una que no sabe cómo quiere contar su historia. Y cuando una cosa semejante sucede, el resultado es que no hay película.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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sábado, 7 de abril de 2012
DISCOS - Minor Threat: El poder de la furia
La palabra es Furia. Exactamente "eso" buscaba cuando entré al local de discos al fondo de una galería en avenida Cabildo –uno de los pocos lugares de Buenos Aires donde se podía encontrar lo que yo necesitaba entonces– y le dije al dueño del local que quería escuchar la banda más rápida que tuviera. El Rengo, como muchos le decían al disquero sin cariño alguno, agarró sin dudarlo la tapa roja del vinilo de Minor Threat y me dijo que lo que yo quería era "eso". Y tenía razón, porque "eso" era la sonorización de mi furia: 14 canciones desaforadas reventando en 18 minutos de desahogo. Fueron 18 minutos con la boca abierta, pensando que no podía ser posible, porque era como si se hubieran metido en mi cabeza enojada de adolescente y con todo lo que encontraron revuelto ahí dentro hicieran lo que yo todavía no tenía forma de hacer aunque lo intentara. Gritar, patear y decir basta, todo convertido en la música más furiosa del mundo. Y si uno es sus discos, entonces yo fui y seré "eso": Minor Threat. Fijate vos: acá también podés escuchar la discografía completa de Minor Threat, en sólo ¡47 furiosos minutos!
Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.
domingo, 21 de agosto de 2011
MUSICA - The Clash (1977), de The Clash: Londres, ciudad de la furia
Como Londres se avino por algunos días, que podrían ser semanas o meses, a calzarse la piel arrancada de La Ciudad de la Furia, no está mal volver en el tiempo y tender hilos con alguna versión anterior igual de rabiosa, que permita ver el presente desde la historia. Sería demasiado obvio detenerse en London Calling, cuando Londres llamaba a los inframundos porque la ciudad ardía, pero no importaba si te tocaba vivir a orillas del río. Dejamos que el reloj siga su retirada: es 1977. Londres es abrasada por la recesión, el desempleo, los problemas raciales. Y el Punk. Los Pistols, Damned, The Jam, todos golpean al Reino con el furor de la juventud. Pero son los Clash quienes terminan de encender las llamas de un Punk revolucionario que no duda en saludar al Sandinismo, la Guerra Civil española o los movimientos de liberación latinoamericanos. En su álbum debut se entusiasman con quemar todo, en “London’s Burning”, y sueñan con una revuelta blanca. Dos años después al Reino le llegaba la Thatcher. ¿Y ahora qué pasa, eh?
Artículo publicado originalmente el el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.
jueves, 5 de mayo de 2011
CINE - Vienen por el oro, vienen por todo, de Pablo D'Alo Abba y Cristian Harbaruk: El pueblo unido
La ópera prima de Pablo D’Alo Abba y Cristián Harbaruk, el premiado documental Vienen por el oro, vienen por todo, retrata la odisea colectiva que emprendió la comunidad de Esquel a partir de la propuesta de la empresa Meridian Gold de crear una gran mina a cielo abierto en medio de las montañas, para explotar una veta de oro. El proyecto dividió a la gente de Esquel entre quienes apoyaban el proyecto (impulsado desde el estado provincial) como una necesaria fuente de trabajo, y quienes lo rechazaban, a sabiendas de las innumerables contras que, apenas escarbando un poco, empezaban a aparecer. Es que para abrir una mina de esa clase es necesario hacer desaparecer (literalmente) la mitad de una montaña, utilizando grandes cantidades de explosivos. Uno de los ingenieros a cargo del proyecto le explica a un grupo de vecinos (y a las cámaras) que para obtener 10 gramos de oro es necesario volar una tonelada de roca. Apenas 10 gramos, que luego se separan de la piedra utilizando millones de litros de agua y cianuro. El impacto ambiental de semejante combo no sólo afectaría al paisaje y las especies sino también, tarde o temprano, a la buena salud de la población de Esquel.
Lo interesante de Vienen por el oro, vienen por todo, es la eficiencia con que los directores explican de manera didáctica que las compañías extranjeras se benefician con una ley de minería promulgada en tiempos del menemismo. Mientras tanto, retratan el proceso de lucha de un grupo de vecinos que se oponen firmemente a la mina, sin olvidar en ningún momento los atendibles argumentos de la otra parte. Para una familia de desocupados crónicos, ¿qué diferencia hay entre morirse lentamente de hambre o lentamente envenenados? Lo curioso es que el grupo de gente que apoyaba la llegada de la mina era de una heterogeneidad social llamativa, ya que reunía a personas de clase media alta (aquellos que de uno u otro modo se beneficiarían con el emprendimiento) y la masa de desocupados o subocupados, cuya situación reclamaba una solución urgente.
En la polaridad de ese grupo es donde se volvía evidente que los problemas de fondo en Esquel eran otros, y que nada tenían que ver con la tramposa oportunidad de la minería a cielo abierto. Problemas que debían ser resueltos y que D’Alo Abba y Harbaruk han sabido expresar con claridad en el relato que hilvanan. Tanto como el corte transversal que realizan para retratar el conflicto social y el seguimiento de una resolución ejemplarmente democrática. Sin mayores trastornos y mediante un plebiscito popular, el proyecto fue al fin rechazado por el 82% de los votantes y Esquel todavía disfruta del perfil virgen de sus montañas. Aun así, las oficinas de Meridian Gold nunca abandonaron la ciudad. ¿Será que para los buitres lo último que se pierde también es la esperanza?
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
lunes, 18 de abril de 2011
CINE - Carta de Sylvain George, director ganador del BAFICI: Las amistades extranjeras
Paris, 16 de Abril 2011Buenas tardes/noches
Queridas amigas, queridos amigos,
Razones independientes a mi voluntad hacen que no pueda estar esta noche físicamente en este lugar con ustedes, para recibir los premios que han sido atribuidos a mi película Qu’ils reposent en révolte (Des figures de guerres). Esta es mi primer película (las otras han sido realizadas en paralelo), sobre la cual trabajo desde mis inicios cinematográficos hace ya cinco años, y en la cual toda mi energía, toda mi atención han estado concentradas.
Esta se centra en describir las consecuencias de las políticas migratorias actuales sobre las principales personas implicadas: los migrantes. Políticas que son ante todo políticas experimentales, como lo son los dispositivos encargados de traducirlas y luego susceptibles de dirigirse a la gran mayoría de ellos: tribunales y justicia de excepción, controles, hostigamiento y violencias policiales…
La acción se desarrolla en Calais, ciudad cuyo nombre es conocido a través de las fronteras. Una ciudad como una zona gris, un intersticio, un espacio de indistinción entre la excepción y la regla. Allí los individuos son tratados como criminales, son despojados, «desnudados» de sus más elementales derechos que hacen de ellos sujetos de derecho, y reducidos al estado de cuerpos experimentales, de «cuerpos puros», o «vida desnuda».
A estas zonas de excepción conviene responderles creando el verdadero estado de excepción: situaciones y espacio-tiempo singulares en los cuales la integridad física y psicológica de los seres y de las cosas son restituidas a sí misma. Un individuo, sea quien sea, es profundamente irreductible; no puede reducirse a las representaciones sociales y raciales que una sociedad puede tener sobre él. El cine es un medio cuyos recursos profundos (juego sobre el tiempo y el espacio) permiten desnudar los mecanismos que actúan en las representaciones dominantes y mediante ellos mismo, iniciar un proceso de emancipación, un proceso revolucionario en el sentido profundo del término: la capacidad, en cada momento, de poder cambiar el curso de las cosas.
Al espacio preorganizado, disciplinado, se opone un espacio movedizo, caracterizado por otro tipo de distribución: una distribución «nómada», sin cercas ni medidas, en la cual los hombres se distribuyen en un espacio abierto, ilimitado, o al menos sin límites precisos. Este movimiento se definiría como un movimiento de liberación, continuo, siempre reiniciado, y que desborda permanentemente las estructuras y a los marcos de pensamiento establecidos. Lo que cuenta ya no es la asignación de perímetros fijos, sino el movimiento y las relaciones (discordantes) entre los seres y las cosas. La frontera se vuelve frágil, pasadizo, intersticio entre dos espacios y el territorio es inseparable de lo que lo excede, de la relación con su propio afuera. Orillas y umbrales substituyen a las fronteras y a los corrales. El espacio ya no es homogéneo, sino heterogéneo y múltiple, y se le quita a la multitud una representación bio-política, disciplinaria, del cuerpo social, de la masa… Por lo tanto el tema es no tanto orientarse y ubicarse, sino más bien conocer gente.
A la reducción de los mundos a uno solo, visión autoritaria del poder político dominante, el cine propone un proceso de desmultiplicación del mundo.
Quisiera muy sinceramente agradecer al Bafici, a su director, a sus programadores, a todo el equipo, que tuvieron la bondad, fraterna y política, de seleccionar y programar mi película en competencia internacional. Es sumamente importante, hoy quizás más que nunca, que espacios como este puedan existir y dar a ver, leer y escuchar pensamientos, palabras, imágenes y visiones minoritarias.
Quisiera agradecer muy sinceramente a los miembros de los dos jurados que decidieron acordar estos premios a mi película. Con estos gestos, otorgan un espacio de visibilidad extremamente importante a un film considerado como «difícil», a veces «molesto», tanto por el tema como por el leguaje cinematográfico empleado. Es también una recompensa a una empresa que fue extremadamente difícil de llevar a cabo de punto de vista material, económico y político. Y más fundamentalmente, veo aquí un incentivo y una ayuda extremadamente importantes para mis inicios cinematográficos, y para las películas por venir.
Estoy muy feliz de recibir estos tan importantes premios en Argentina, entre otros motivos porque esta película sin dudas terminará su recorrido en los festivales aquí, en Buenos Aires. La primera proyección tuvo lugar en Francia en un gran festival, el Fid Marseille, con una primera versión que yo consideraba como todavía no del todo acabada. La última tuvo lugar acá, en este otro gran festival, el Bafici, con su versión definitiva.
Me alegro tanto más, porque tengo una relación extremadamente singular con este país, ya que despierta en mí recuerdos muy profundos: en efecto, durante mi infancia y adolescencia, y como primeros gestos políticos, he participado de numerosos encuentros y fiestas de apoyo a los opositores de la dictadura en Argentina. Argentina era un país muy alejado y sin embargo extremadamente próximo. En el espacio y en el tiempo.
Para terminar, y ustedes me disculparán de querer brevemente pronunciar algunas palabras aparentemente simples y banales, quizás intrascendentes, pero que son para mí muy importantes. Quisiera ante todo saludar muy calurosamente a los demás cineastas presentes en el Bafici, en competencia o no. El hecho que las películas no sean recompensadas no significa en lo más mínimo que sean menores ni menos interesantes, importantes o significativas.
Quisiera también dirigir fraternos y trans-históricos saludos a un cineasta muy conocido en Argentina, pero que recién empieza a tener renombre en Francia. Un cineasta que descubrí hace poco en la Cinemateca Francesa y cuyo trabajo me interesó y maravilló profundamente. Un cineasta con una gran integridad y moral, desaparecido por la Junta Militar. Me refiero a Raymundo Gleyzer.
Finalmente, quisiera dirigirme a ese joven, a esa joven, que no conoce a nadie, que se siente perdido, que no sabe adonde ir, que no logra encontrar su lugar en la sociedad, que tiene el sentimiento de arrancar de cero y de ser devuelto incansablemente a ese lugar aparentemente vacío. Que tiene 18 años, en el amanecer de su vida, y que sin embargo ya tiene la sensación de ser un anciano. Porque la rabia lo ahoga, porque la rebelión vive en él y se vuelve contra él. Quisiera dirigirme a ese joven, a esa joven, que piensa que ciertos mundos le están vedados, porque está preso en una clase social, forzosamente desfavorecida. A ese joven, a esa joven, que sueña por ejemplo con hacer películas, con hacer cine, pero piensa que jamás va a lograrlo porque viene de un medio demasiado modesto, que lo frenan barreras culturales y simbólicas; a él, a ella, quisiera decirle que no pierda la esperanza, que no abandone, que permanezca atento a sus deseos. Estos deseos son océanos de llamas capaces de destruir las columnas del cielo, los mitos, las representaciones dominantes y estigmatizantes, también capaces de darle cobijo a lo desconocido, lo imposible. A él, a ella, quisiera decirle que no desespere, que no abandone, y que pelee. Que pelee por lo que cree. Que pelee tanto por uno mismo, como por los demás.
Frente a los mundos prohibidos solo se pueden tomar caminos escondidos y extranjeros: «únicamente el capítulo de las bifurcaciones queda abierto a la esperanza» decía Auguste Blanqui, un gran revolucionario francés del siglo XIX.
Caminos amigos, como solo pueden haber amistades extranjeras.
Les agradezco por su hospitalidad y por su atención.
Pronto volveré a la Argentina.
Sylvain George
Carta del director francés Sylvain George, ganador del premio principal en Competencia Internacional y del Premio FIPRESCI, durante la reciente edición del BAFICI [13], por su sobervio documental Qu'ils reposent en révolte (Les figures de guerres), que fue leído durante la ceremonia de entrega de premios el sábado 16 de abril. Un texto tan lúcido y humano, como profundamente político. Para leer y releer, para acordar o discutir, pero que no debe pasar por alto. Si el texto te pareció interesante, su película es entonces de visión obligatoria.
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viernes, 8 de abril de 2011
CINE - Apertura del BAFICI 13 (Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires): La cultura en tiempos de Macri
Foto tomada del sitio www.OTROSCINES.com
La velada transcurría amena: la apertura del Bafici es un ámbito festivo, celebratorio de ese ritual necesaria y gratamente compartido que es siempre el cine. Charlas de colegas matizando la espera, esa ansiedad que antecede la víspera de cualquier esperanza: directores, periodistas, actores y productores, todos felices de simplemente estar ahí, a la espera de que la misa de luz y sombras al fin comience. De pronto la sala del magnífico teatro 25 de Mayo -recuperado por los vecinos del barrio de Villa Urquiza y casi exPROpiado por la actual gestión política de la ciudad- se queda a oscuras. Un cañonazo de luz sobre el escenario certifica que la hora llegó: entrando por la derecha, el ministro de Cultura porteño Hernán Lombardi entra en escena, seguido por Sergio Wolf, máximo responsable del festival desde hace cuatro ediciones. La recepción no es calurosa, ni deja de serlo.Con habilidad de actor consagrado, Lombardi toma el micrófono inalámbrico que hasta entonces reposaba en su soporte. Wolf en cambio queda encadenado al cable del suyo. Con voz engolada el Ministro comienza lo que espera será un carismático discurso de bienvenida: a los presentes en la sala, a la nueva edición del festival; al cine mismo. Apenas consigue iniciar la primera frase cuando, por la escalera que une la sala con el escenario, dos personas le atragantan la inspiración. Piden permiso para subir y uno de ellos avanza con el brazo extendido y algo en su mano (¿Un grabador? ¿Otro micrófono? ¡¿Un arma?!), algo que el Ministro cree que es para él y se estira para alcanzarlo. Centímetros antes de que las manos consigan hacer contacto, el otro retira la suya, como si se tratara de una clásica rutina cómica y entonces todos reconocen al actor Luis Ziembrowski.
En el auditorio se escuchan risas: la primera idea que aparece es que el Bafici ha querido en 2011 disfrazarse de Hollywood, matizando la ceremonia con algún tipo de sketch a lo Videomatch que deje claro cuál es la base del proyecto cultural del PRO. Pero Ziembrowski se pone los anteojos (era eso lo que traía en la mano) y volviendo a pedir permiso, esta vez al auditorio, comienza a leer a voz en cuello un texto que nada tiene de teatral. Se trata de una lista que enumera el atraso en los pagos de los sueldos de los cuerpos de teatro de la ciudad, la falta de contratos en regla en el Teatro San Martín y el mal estado de la infraestructura teatral en general. Cómo lo cortés no quita lo valiente, el Ministro le ofrece a Ziembrowski su inalámbrico, para que ambas voces -al menos desde lo formal- estén en el mismo plano, pero el intruso declina de aceptar el ofrecimiento y continua hablando fuerte y claro, para que nadie en todo el recinto se quede sin saber de qué se trata. Queda claro cuál de los dos es el verdadero actor. La lista sigue. Se pronuncian las palabras maltrato, incumplimiento, respeto y no deja de mencionarse el conocido conflicto con los empleados del Teatro Colón. El orador se quita los anteojos (su arma), se guarda el papel en un bolsillo y dando las gracias hace mutis, descendiendo nuevamente al anonimato de la sala llena.
Aplausos. Tantos que Lombardi deberá esperar más de un minuto antes de que el silencio lo habilite a improvisar una respuesta: todos los contratos del San Martín están en regla, dice. Alguien desde el fondo conmina al ministro a devolver la plata, mientras un grupo de más de 30 se levantan y se van, dejando al Ministro con su respuesta partida al medio.
Comenzó el Bafici. ¡Larga vida al Bafici!
Artículo publicado originalmente en las sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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