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jueves, 24 de marzo de 2022

CINE - "Los ojos de Tammy Faye"(The Eyes of Tammy Faye), de Michael Showalter: El negocio de la fe

En pleno auge de la participación de las iglesias evangélicas en la vida política sudamericana –en especial en Brasil, donde sus fieles colaboraron en el triunfo de Jair Bolsonaro en las últimas presidenciales—, desde Hollywood llega Los ojos de Tammy Faye, biopic basada en la figura de Tammy Faye Bakker. Ella y su marido Jim fueron pioneros en el terreno de los predicadores televisivos. No los primeros, pero si los que convirtieron a los programas evangelistas en auténticos shows que ayudaron a multiplicar sus audiencias de forma exponencial (y con ellos las ganancias de este tipo de cultos). Los Bakker son además precursores del modelo de la pareja de pastores que tuvo incluso versiones locales, como la del pastor Giménez y su esposa Irma, famosos en la Argentina menemista de los ’90. Y pertenecen a la generación seminal de predicadores mediáticos como Pat Robertson, hoy verdadero magnate de los medios e inicialmente mentor del matrimonio, o el célebre Jimmy Swaggart, cuya historia de ascenso y caída tiene algunos puntos de contacto con la de los Bakker.

 La mención del rol político de este tipo de organizaciones de raíz religiosa es una de las líneas que desarrolla Los ojos de Tammy Faye, dirigida por Michael Showalter, que pertenece al subgénero de las películas que aprovechan el retrato de una figura pública para crear una postal de un determinado período de la historia estadounidense. Y Showalter, que hasta ahora había dirigido cuatro comedias románticas (la más conocida de ellas es Un amor inseparable, estrenada acá en 2018), utiliza su experiencia para contar la surrealista vida de los Bakker. Que arranca un poco en el tono del género en el cuál se especializa, para girar de a poco hacia la zona del drama y, por qué no, también de la tragedia.

El relato aborda el origen pobre de la protagonista, su temprana devoción religiosa –que en las clases bajas de toda América suele estar asociada a este tipo de cultos—,el inicio del vínculo con Jim Bakker, su crecimiento, apogeo y ocaso. Un arco temporal de 40 años, que va de la pujante posguerra en los ’50 al triunfo neoliberal en los ’90, y de cuyo desarrollo la vida de Tammy Faye es una metáfora oportuna. Showalter toma como modelo los últimos trabajos de Adam McKay, otro cineasta que comenzó haciendo comedias para luego meterse con ácidos retratos de la sociedad de su país, como La gran apuesta (2015) o El vicepresidente: Más allá del poder (2018). Como una fábula, un poco a la manera de Forrest Gump, la figura de Tammy Faye es usada como vehículo para atravesar las diversas contingencias históricas. La diferencia es que ella, interpretada por Jessica Chastain, nominada como Mejor Actriz en los próximos Oscar, está lejos de la simpleza del personaje de Tom Hanks y en el camino irá perdiendo la inocencia. Quizá por eso el título hace referencia a sus ojos y a la caída del velo simbólico del sueño americano que los cubre. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de página/12. 

jueves, 3 de junio de 2021

CINE - "Un amor memorable" (Supernova), de Harry Macqueen: El placer de llorar un rato

“Ya no soy la persona de la que se enamoró. Solo tengo el mismo aspecto”, le dice Tusker a su cuñada en un intento por ilustrar el momento difícil que atraviesan con su pareja. Desde el sofá, el espectador puede preguntarse: “¿y quién no?”. Incluso se podría citar a Heráclito y su célebre afirmación según la cual ningún hombre se baña dos veces en el mismo río, o impostar la inconfundible voz de la Negra para recordar que “cambia, todo cambia”. Sin embargo, el caso de Tusker es sensiblemente distinto. No se trata de esos cambios progresivos que el paso del tiempo va acumulando en forma de arrugas sobre la piel o de imprevistas variaciones en el carácter. Tusker está enfermo y pronto no estará en condiciones de reconocer su propia imagen en un espejo y mucho menos la de Sam, su pareja. Sí: Un amor memorable es otro drama que toma como eje algún tipo de demencia senil, que a esta altura es todo un género en sí mismo.

Pero a diferencia de otras de su tipo –como por ejemplo El padre (Florian Zeller, 2020), por la que Anthony Hopkins acaba de ganar su segundo Oscar como Mejor Actor—, Un amor memorable prescinde de golpes de efecto. Acá la enfermedad no aparece de forma sorpresiva para arruinar un amor idílico; tampoco hay un deterioro súbito que convierte al protagonista en un remedo de sí mismo a la vista del público; ni mucho menos una de esas actuaciones orladas con los tics de la enajenación que normalmente conducen a (¡oh, oh…!) ganar un Oscar. En esta película todo ese morbo queda fuera de campo gracias a un recorte que toma al relato después del diagnóstico y antes de que la enfermedad llegue a manifestarse en toda su amarga expresión.

Por el contrario, este segundo trabajo como director del actor británico Harry Macqueen es sobrio, preciso y, sobre todo, emotivo por su fondo y no por su forma. Y en eso tienen mucho que ver los trabajos modestamente soberbios de la pareja protagónica, Colin Firth y Stanley Tucci. Ambos son capaces de llevar a sus personajes de paseo por un amplio arco emocional con genuina sensibilidad y sin hacer sonar las alarmas del exceso. Un amor memorable es, ante todo, una película que se sostiene en el oficio de sus actores para transitar con simplicidad por esos paisajes anímicos, sin convertirse nunca ni en caricaturas ni en marionetas. Por supuesto que la película no puede evitar ser atravesada por el espíritu de la tragedia, pero Macqueen se encarga de mantener un tono siempre moderado, sin montar un show alrededor del sufrimiento y el dolor.

Tusker y Sam deciden encarar esta etapa de sus vidas haciendo un viaje en casa rodante. Uno que los llevará por distintos lugares de la Gran Bretaña profunda que se han convertido en hitos del vínculo que los une. La apropiación del molde de la road movie no es gratuita. En las escenas iniciales ese recorrido parece funcionar como negación, como un intento desesperado de la pareja por detener el tiempo y encapsular la felicidad en un presente continuo. Pero de a poco se irá transformando en un viaje de ida hacia la aceptación de la pérdida. Un camino que representa cosas distintas para cada protagonista, aunque en ambos casos se trata de transitar un duelo. El de la pérdida de sí mismo en el caso de Tusker; la del amor de su vida en el de Sam. 

Pero hay otro elemento que se destaca en la forma en que Macqueen expone la historia que eligió contar. Porque aunque los protagonistas son dos hombres, el relato nunca pone el acento en ese detalle. Incluso se los podría reemplazar por personas de cualquier género y nada cambiaría en términos dramáticos. En Un amor memorable el amor gay ya no necesita volver a decir su nombre, sino que se lo da por bien conocido con saludable naturalidad. Un gesto de gran peso simbólico, pero realizado sin llamar la atención, sin que se note el enorme y delicado trabajo que implica.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Pägina/12.

lunes, 26 de abril de 2021

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Premios que llegan después de la muerte

Este año las candidaturas a los Oscar incluyen un hecho infrecuente: la elección de un actor fallecido en los rubros dramáticos. Se trata de Chadwick Boseman, a quien el reconocimiento póstumo le llegó por su rol en La madre del blues, de George C. Wolfe. Ahí compone un trompetista díscolo que integra la banda de Ma Rainey, pionera del blues. La decisión es tan excepcional, que solo fue merecida antes por otros seis actores, todos varones. El gesto suele combinar el reconocimiento genuino a la labor de los fallecidos, con la intención deliberada de generar un momento de alta tensión emotiva durante la ceremonia de entrega. ¿Pero quiénes son los actores que precedieron a Boseman en esta particular categoría? 

El más reciente, y tal vez por eso el más recordado, es el australiano Heath Ledger, fallecido en enero de 2008, quien un año más tarde no solo fue reconocido con una nominación, sino que además terminó recibiendo el Oscar gracias a su magnética interpretación del Guasón en El caballero de la noche, de Christopher Nolan. Ledger había sido nominado apenas tres años antes como protagonista de la también recordada Secreto en la montaña, dirigida por el taiwanés Ang Lee. Pero Ledger no fue el único de este grupo, tristemente selecto, en llevarse el premio después de muerto.

El británico Peter Finch, que también murió un mes de enero pero de 1977, es recordado por la efectiva elegancia con que solía interpretar a los personajes que le encomendaban. Imposible olvidar sus trabajos en The Trials of Oscar Wilde, donde interpreta al gran escritor irlandés, o el protagónico de Dos amores en conflicto, por el que recibió su primera nominación en 1972. La segunda le llegó poco después de muerto, por el rol principal en la recordada Poder que mata, de Sidney Lumet, clásico del cine ambientado en el universo del periodismo. 

En 1985 otro inglés fue nominado en el rubro de Mejor Actor de Reparto tras su muerte. Se trata de Ralph Richarson, quien recibió su segunda candidatura en esta categoría por su trabajo en Gresystoke, la leyenda de Tarzán, donde interpreta al abuelo noble del hombre mono. Richarson había recibido la primera 35 años antes, por su labor en La heredera, de William Wyler.

La década de 1990 también tuvo su candidato póstumo. Se trata de Massimo Troisi, actor italiano que se volvió inmortal interpretando a Mario, un cartero al que el poeta Pablo Neruda le ayuda a escribir cartas románticas para seducir al amor de su vida, en la emotiva El cartero, de Michael Radford. Por ese papel Troisi fue nominado en el rubro protagónico en 1995. Pero además recibió una segunda candidatura post mortem, ya que también fue uno de los responsables de adaptar El cartero de Neruda, novela del chileno Antonio Skármeta en la que se basa la película, cuyo libreto integró la categoría de Mejor Guión Adaptado. 

Spencer Tracy es una leyenda del Hollywood clásico, recibiendo nueve nominaciones en su carrera, todas como actor protagónico. Tracy ganó el premio dos años consecutivos: en 1938 por Capitanes intrépidos y en 1939 por Con los brazos abiertos, donde interpreta al cura Flanagan, uno de sus personajes icónicos. La última nominación llegó tras la muerte, en 1968, por ¿Sabes quién viene a cenar?, clásico del cine sobre la segregación racial en Estados Unidos, dirigido por Stanley Kramer.

Queda para el final el auténtico mito de los reconocimientos póstumos en Hollywood: James Dean. Muerto de forma trágica en un accidente de autos en 1955, a los 24 años, él es el único de esta lista en recibir dos nominaciones post mortem como actor protagónico. La primera fue en 1956 por Al este del paraíso y la segunda por Gigante, incluida entre los candidatos de 1957. Contrario a lo que podría pensarse, Dean no recibió nominaciones por su trabajo en Rebelde sin causa, el título por el que más se lo recuerda y que también fue estrenado tras su muerte.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Viejos son los trapos

“Viejos son los trapos”, reza un epigrama muy popular, habitualmente utilizado para ilustrar que nunca se es demasiado grande para proponerse objetivos y hasta para alcanzar aquellas metas a las que el paso del tiempo parece volver imposibles. Y si no hay que preguntarle a Sir Anthony Hopkins, que con su nominación a Mejor Actor Protagónico por su papel en El padre no solo recibía su sexta postulación, sino que, si de ganar esta noche se convertiría en el actor más viejo en alzarse con un Oscar en cualquiera de las cuatro categorías dedicadas a la actuación, proeza que finalmente consiguió. Nada mal para un viejito de con 83 años y 115 días.

De esta manera, Hopkins desplazó por mucho a Henry Fonda, quién desde 1981 ostentaba el título del actor más viejo en ganar una estatuilla como actor protagónico, con 76 años y 317 días, por su trabajo en La laguna dorada. Pero además superaró al canadiense Christopher Plummer, que en 2011 ganó como Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Beginners, así se siente el amor, cuando tenía 82 años y 75 días, que hasta ayer lo convertían en el actor más viejo sin distinción de género en recibir un Oscar. 

Curiosamente, ese año Plummer competía contra el sueco Max von Sydow, quien era siete meses mayor que y estaba nominado por el film Tan fuerte y tan cerca. Von Sydow ostentó el record del nominado más longevo durante algunos años, hasta que fue superado por Rober Duvall, quien con 84 años y 10 días fue nominado en 2014 por su papel en El juez. Hasta que en 2018 el propio Plummer volvió a romper todos los calendarios. Fue gracias a su nominación como actor de reparto por su papel del millonario Paul Getty en Todo el dinero del mundo. Cuando se anunció su candidatura, el actor nacido en Toronto tenía 88 años y 41 días. 

Entre las mujeres también hay señoras con muchas pilas. Jessica Tandy es quien recibió el premio a Mejor Actriz con mayor edad. Fue en 1989 por su recordada performance en Conduciendo a Miss Daisy: tenía 80 años y 292 días. Por su parte, a la francesa Emmanuelle Riva le corresponde ser la mayor entre las nominadas en esa misma categoría. Lo consiguió en 2012 gracias a su papel en el drama Amour, de Michael Haneke. Le faltaba un poco más de un mes para cumplir 86 años. Un dato: en esa película Riva interpretaba a una mujer con Alzheimer, la misma enfermedad que padece el personaje de Hopkins en El padre. 

En el apartado Mejor Actriz de Reparto las recordwoman son Peggy Ashcroft y Gloria Stewart. La primera se llevó su Oscar en 1984 por su trabajo en Pasaje a la India, cuando tenía 77 años y 93 días. La segunda debió conformarse con su nominación de 1997 por interpretar a la viejita inolvidable de Titanic: por entonces tenía apenas 87 años y 221 días.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Hollywood ama a los directores extranjeros

A lo largo de las últimas diez ediciones de los Premios Oscar, solo un cineasta estadounidense fue premiado como Mejor Director. El extraño mérito le corresponde a Damien Chazelle por el premio recibido en 2017 por el musical La La Land. Chazelle, que por entonces tenía solo 32 años, se convirtió en el director más joven en ganar la categoría. Sin embargo, nada oculta el hecho de que los cineastas extranjeros se han vuelto los favoritos de la Academia de Hollywood. Un dato que quedó confirmado con el premio que esta noche recibió la directora china Chloé Zaho, por su película Nomadland.

En la última década fueron premiados tres cineastas mexicanos, que se repartieron cinco estatuillas al Mejor Director. Alfonso Cuarón y Alejando González Iñárritu ganaron dos cada uno: el primero por Gravity (2014) y Roma (2019); el segundo por Birdman (2015) y El renacido (2016). La restante fue para Guillermo del Toro en 2018, por La forma del agua. A ellos se les suma el británico Tom Hooper, premiado en 2011 por El discurso del Rey; el francés Michel Hazanavicius, que dio el golpe en 2012 con su película muda El artista; el taiwanés Ang Lee, que ganó en 2013 por Una aventura extraordinaria. Y el surcoreano Bong Joon-ho, que el año pasado se alzó con su Oscar por Parasite. Zaho es la nueva incorporación de esta lista

Este año el quinteto de directores nominados incluía a tres nacidos fuera de los Estados Unidos y solo a dos naturales del país del norte. Una de las grandes intrigas de la noche pasaba por saber si la Academia confirmaría su preferencia por los extranjeros (lo hizo), o si finalmente le entregaría el premio de Mejor Director a uno de sus compatriotas. Que por cierto la tenían bien difícil, en vista de que la gran favorita de todo el mundo para quedarse con ese Oscar fue siempre la directora china, cuya película arrasó con cuanto reconocimiento le pusieron delante en la temporada de premios 2021.

Los otros dos extranjeros eran el danés Tomas Vinterberg y la británica Emerald Fennell, candidatos por sus películas Otra ronda y Hermosa venganza, respectivamente. El primero, que finalmente se llevó el Oscar a Mejor Película en Lengua Extranjera, contaba con el aval de un prestigio amasado sobre todo en festivales europeos y el protagónico de su compatriota, el siempre rendidor y popular Mads Mikkelsen. La segunda, con una película desafiante que aborda de manera extrema muchas de las preocupaciones que expresan los movimientos feministas en la actualidad. Hermosa venganza terminó llevándose uno de los premios a Mejor Guión.

David Fincher y Lee Isaac Chung fueron los dos estadounidenses nominados en este apartado y tienen un infrecuente punto en común que nada tiene que ver con lo cinematográfico: ambos son oriundos de la ciudad de Denver, en el estado de Colorado. Más allá de eso, sus trabajos no pueden ser más distintos. Fincher era además el único de los cinco candidatos nominado en ediciones anteriores. Sin embargo todo indicaba que este tampoco sería su año y solo restaba ver cuántas de las diez nominaciones que acumulaba su película Mank acababan convertidas en Oscar. Finalmente fueron solo dos, convirtiendo a Fincher y a Mank en los grandes derrotados de la noche. Incluso Minari, la película de Chung, parecía tener más posibilidades en la previa, al menos en algunas de las categorías principales. De hecho, la actriz surcoreana Youn Yuh-jung terminaó ganado la estatuilla correspondiente al rubro Mejor Actriz de Reparto. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE -Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Anthony Hopkins, el actor más viejo en ganar un Oscar

El premio al Mejor Actor Protagónico, que la Academia del cine estadounidense acaba de entregar en la 93° ceremonia de los Oscar, excede por mucho el mero reconocimiento para Anthony Hopkins por su labor en el duro, intrincado y lacrimógeno drama El padre, dirigido por el francés Florian Zeller. Es también una ovación más que merecida para una verdadera leyenda viva, una de las pocas que le quedan al cine contemporáneo. Pero sobre todo parece un gesto auto celebratorio de la industria dedicada a fabricar sueños (y en este caso también pesadillas), el cine mismo aclamando a una de sus creaciones más dilectas. Porque así como es mucho lo que Hopkins le dio al cine, de ningún modo es menos de lo que este talentoso -y a veces un poco chanta- actor inglés de casi 84 años recibió del cine. Que entre otras cosas le habilitó la posibilidad de convertirse en el mito que es hoy.

Este segundo Oscar le llega a Hopkins a casi 30 años de haber recibido el primero, aquel que le entregaron en 1992 por el papel que le permitió pasar de ser un actor prestigioso a una verdadera estrella: Hannibal Lecter, el intimidante doctor caníbal de El silencio de los inocentes. Un triunfo que le deja el regalo adicional de convertirse en el actor más viejo en recibir uno de esos hombrecitos dorados, superando a Henry Fonda y a Christopher Plummer, quienes hasta ahora ostentaban ese record en los rubros de actor protagónico y de reparto, respectivamente.

En el medio hubo otras cuatro nominaciones, dos de ellas en la categoría de actor protagónico (Lo que queda del día, en 1994, y Nixon, en 1996) y otras dos como actor de reparto (por Amistad, en 1998, y Los dos papas, el año pasado). Estas seis películas representan una muestra poderosa de su trabajo, pero de ningún modo alcanzan a condensar la real magnitud de la obra de toda su vida como actor. Una trayectoria inabarcable, que en el territorio de la producción audiovisual ya acumula 61 años.

Hopkins debutó en el cine en 1967, cuando tenía 30 años, con un papel menor en una película menor: The White Bus, de Lindsey Anderson. Pero le bastó apenas un año para pasar a las grandes ligas: en 1968 fue coprotagonista de Peter O’Toole y Katherine Hepburn en El león de invierno, de Anthony Harvey. Ya en 1971 se hacía cargo de su primer protagónico en When Eight Bells Toll, donde interpreta a Philip Calvert, un agente secreto muy británico, copiando todo lo posible el ya por entonces muy exitoso modelo de James Bond. En los ‘70 trabajó a las órdenes de directores como Richard Lester, Robert Wise y Richard Attemborough en tres ocasiones. Y los ‘80 empezaron con uno de los roles protagónicos en la extraordinaria y exitosa El hombre elefante, segunda película de David Lynch. Y los ‘90 con Horas desesperadas, dirigida por el entonces casi olvidado Michael Cimino y coprotagonizada por un todavía joven y hermoso Mickey Rourke.

El Oscar por El silencio de los inocentes intensificó su vínculo con el cine, multiplicando sus incursiones en la pantalla grande. Aunque no siempre en proyectos a la altura: alcanza con recordar sus gruesas interpretaciones en las insoportables Leyendas de pasión (1994) o ¿Conoces a Joe Black? (1998), ambas convertidas en éxito de boleterías gracias a la participación de la todavía juvenil estrella Brad Pitt. Pero también tuvo trabajos memorables. Entre ellos se pueden mencionar La mansión Howard (James Ivory, 1992) o el Drácula de Coppola, donde interpreta al doctor Van Helsing, némesis del conde vampiro. Volvió a trabajar con Attemborough en Tierra de sombras (1993) y con Ivory en Picasso (1996), donde personifica al gran pintor malagueño.

Ya en el siglo XXI la cantidad de títulos en su filmografía se acelera, pero también se polariza la calidad de los proyectos en los que elige participar. Eso podría explicar por qué entre su cuarta y quinta nominación pasaron nada menos que 22 años. En el medio interpretó un par de veces más a Lecter, a Alfred Hitchock, al fundador de la cervecería Heineken y a Odín, padre de Thor, entre las varias decenas de personajes que compuso a lo largo de las últimas dos décadas. Sus trabajos como el papa emérito Joseph Ratzinger en Los dos papas y sobre todo su impresionante trabajo en El padre que le valió su segundo Oscar, permiten reencotrarse con una parte de lo mejor de la larga (y mítica) carrera del gran Anthony Hopkins. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Oscar 2021, 93° Ceremonia de entrega: Frances McDormand, una tierna de piel dura

Es probable que la joven actriz Frances McDormand no tuviera ni idea del paso enorme que estaba a punto de dar cuando a comienzos de la década de 1980 aceptó protagonizar un policial bastante violento. Era la opera prima que habían escrito e iban a dirigir dos hermanos oriundos de Minneapolis, a quienes no conocía nadie. Claro que ella también era una perfecta desconocida: tenía menos de 25 años, su perfil natural no encajaba con los incómodos estándares de belleza de Hollywood y, sobre todo, era la primera vez que se ponía frente a una cámara de cine. 

Cuando la película se estrenó en 1984 con el título de Simplemente sangre fue un éxito, en la dimensión modesta en que pueden ser exitosas las películas independientes. Aun así, fue como si el mundo se pusiera patas para arriba. Aquellos directores ignotos de golpe se convirtieron en los promisorios hermanos Joel y Ethan Coen. Y aunque Frances seguía lejos de calzar en el molde de una estrella, empezó a ser mirada bien de cerca por los buscadores de talento, que es lo que a ella le sobraba. Hoy, 37 años después de aquel comienzo, McDormand acaba de ganar su tercer Oscar como Mejor Actriz Protagónica por su trabajo en Nomadland. 37 años después, Frances demuestra que le sigue sobrando talento.

Dueña de un perfil infrecuente que la aleja de los papeles glamorosos, McDormand construyó su carrera en base a interpretar a mujeres duras y obstinadas, que no le temen a apretar los dientes o a mostrarlos cuando hace falta. Pero siempre dueñas de una gran ternura que, sin embargo, se empecinan en ocultar. Todas las criaturas que integran su galería de personajes, incluida Fern, la solitaria trotamundos de Nomadland, habitan el mismo universo. Uno que es áspero y no muestra clemencia; en el que todos los días amanecen bajo una luz pesada y opaca que se mete por los ojos como una trompada; y en el que, como el título de una película de sus amigos los Coen, no hay lugar para los débiles. Y tanto Fern, como Mildred en 3 anuncios para un crimen (2017); igual que Marge, la policía de Fargo (1996); o Glory, la obrera metalúrgica de Tierra Fría (2005); o la señora Pell en Mississippi en llamas (1988); e incluso Ellaine, la madre sobreprotectora de Casi famosos (2000): todas viven en ese mundo en el que una mujer no puede descuidarse y debe velar por sí misma y por los suyos.

Su relación con los Coen fue larga y fructífera, participando de casi todas las películas que conforman la etapa inicial de su filmografía. Integró los elencos de Educando a Arizona (1987), De paseo a la muerte (1990), Barton Fink (1991) y Fargo. Tras recibir su primer Oscar por su rol protagónico en esta última, McDormand solo volvió a trabajar con los hermanos un par de veces más: en El hombre que nunca estuvo (2001) y en la comedia de 2008 Quémese después de leer. El quipo volvió a reunirse recientemente para una versión de Macbeth dirigida por Joel Coen, que actualmente se encuentra en post producción. En ella McDormand será, claro, Lady Macbeth, haciendo dupla con Denzel Washington, quien estará a cargo del shakespeareano príncipe escocés.

A partir de los ’90, empujada por su nominación como actriz de reparto por Mississippi en llamas en 1989 y, sobre todo, por el Oscar de Fargo, los servicios de McDormand comenzaron a ser requeridos por directores de renombre, pero también por jóvenes talentos. Trabajó para Ken Loach en Agenda oculta (1990) o para Robert Altman en la coral Ciudad de ángeles. Pero también para el ascendente Sam Raimi, en la oscuramente festiva La fiesta del crimen (1985) y Darkman, el hombre sin rostro (1990). En 2001 una nueva nominación como actriz de reparto, esta vez por Casi famosos, de Cameron Crowe, le da un renovado impulso a su carrera. Trabajó con Jack Nicholson y Diane Keaton en la exitosa Alguien tiene que ceder (2003), de Nancy Meyers y en 2005 llega la tercera nominación por un papel de reparto, por Tierra Fría, de Niki Caro. 

Fue parte el elenco de Amigos con dinero (2006), de Nicole Holfcener; trabajó para el italiano Paolo Sorrentino en Este es mi lugar (2011), y fue parte de blockbusters como Transformers: el lado oscuro de la luna (2011), de Michael Bay y de la animada Madagascar 3, donde le puso la voz a una artera agente francesa de sanidad animal. En 2012 comenzó su colaboración con Wes Anderson, participando de las películas Un reino bajo la luna e Isla de perros (2018), estirando la relación a una tercera película, The French Dispatch, de inminente estreno en la edición 2021 del Festival de Cannes. 

En 2017 McDormand volvió a alcanzar la gloria de los Oscar, llevándose una vez más el de actriz protagónica por su trabajo en Tres anuncios para un crimen, tercera película del británico Martin McDonagh. Su papel de madre abnegada que busca justicia para su hija asesinada se convirtió en todo un símbolo en tiempos de #MeToo y #NiUnaMenos. De eso a este tercer premio Oscar, una vez más por un rol central, hubo poco menos que un suspiro. Con su tercera estatuilla en la repisa, McDormand empieza a meterse en el territorio de lo mítico. Con ella alcanza e incluso supera (al menos en términos estadísticos) a una leyenda como Ingrid Bergman y a un mito viviente como Meryl Streep, que también acumulan tres Oscar cada una, aunque en ambos casos uno corresponde a la categoría de reparto, de trascendencia mucho menor. Además McDormand quedó a solo una estatuilla de Katherine Hepburn, verdadero ícono de la cultura estadounidense, que con cuatro triunfos en la máxima categoría es la intérprete más ganadora en la historia de los premios, sin distinción de sexo. Pero tranquilos, que a McDormand todavía le queda mucho talento por compartir. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Curiosidades y números en las categorías de actuación

Las cuatro categorías que reparten premios entre actores y actrices suelen ser las más esperadas en la ceremonia de los Oscar, las populares estatuillas que son marca registrada de la Academia del Cine estadounidense. Y es lógico: son las estrellas las que hacen brillar a Hollywood. Las nominaciones de 2021 esconden varias curiosidades.

De los 20 nominados de este año, 15 enfrentan a la posibilidad de ganar su primera estatuilla, pero solo cuatro han recibido nominaciones previas. El caso más extraordinario es el de Glenn Close, verdadera leyenda contemporánea, que sin embargo nunca recibió un Oscar a pesar de haber sido nominada en siete ocasiones. Tal vez la octava, por su labor de reparto en Hillbilly, una elegía rural, sea la vencida. En cambio, Carey Mulligan y Daniel Kaluuya van por su primera revancha. La británica, que fue nominada en 2010 por Una educación, hoy espera ser reconocida por su rol estelar en Hermosa Venganza. Por su lado, el afroamericano es uno de los favoritos a llevarse el premio de reparto por su trabajo en Judas y el Mesías negro, luego de la nominación que recibió en 2018 por su protagónico en ¡Huye! El caso del inglés Sacha Baron Cohen, que también aspira al Oscar de reparto por El juicio de los 7 de Chicago, es distinto. Su única nominación previa, en 2007, fue por su trabajo como guionista de la comedia Borat, rubro en el que este año vuelve a estar ternado justamente por la secuela de aquella película.

La lista de posibles ganadores de su primer Oscar se completa con los once debutantes. Entre los nominados por papeles protagónicos se encuentran el británico Riz Ahmed, por El sonido del metal; el fallecido Chadwick Boseman, por La madre del blues; y el surcoreano Steven Yeun por Minari. En la misma categoría, pero femenina, aparecen Andra Day, por Los Estados Unidos contra Billie Holiday y la inglesa Vanessa Kirby por Fragmentos de una mujer. El grupo se completa por las nominadas y nominados por roles de reparto: la búlgara María Bakalova por la secuela de Borat; Amanda Seyfried por Mank; la también surcoreana Youn Yuh-jung, por Minari; Leslie Odom Jr por Una noche en Miami; Paul Raci por El sonido del metal y Lakeith Stanfield por Judas y el Mesías negro. 

Los nominados que aspiran a recibir su segundo Oscar son cuatro, tres de ellos británicos: el legendario Anthony Hopkins, que llega a su sexta nominación y ganó el premio en 1992 por interpretar al doctor Lecter en El silencio de los inocentes; Gary Oldman, que va por la tercera nominación y fue premiado en 2018 por darle vida a Winston Churchill en La hora más oscura; y Olivia Colman, que recibió el suyo en 2019 por representar a la reina Ana de Inglaterra en La favorita. Esta es su segunda nominación. La única estadounidense que va por su segundo Oscar es Viola Davis, quien en 2017 ya ganó uno por su trabajo en Fences, en la última de sus tres nominaciones previas.

Mención aparte merece Frances McDormand, que esta noche podría ganar su tercera estatuilla como actriz protagónica. De lograrlo, alcanzaría y hasta superaría a una leyenda como Ingrid Bergman y a un mito viviente como Meryl Streep, que acumulan tres Oscar cada una, aunque en ambos casos uno corresponde a la categoría de reparto, de trascendencia mucho menor. Además McDormand quedaría a solo uno de Katherine Hepburn, un ícono de la cultura estadounidense, que con cuatro triunfos en la máxima categoría es la intérprete más ganadora en la historia de los premios, sin distinción de sexo. 

Varios de los títulos nominados toman como excusa dramática circunstancias históricas, hecho que deriva en que ocho de los candidatos interpreten a personajes reales. Entre ellos, hay cinco artistas: la actriz Marion Davies (Seyfried); el guionista Herman Mankiewicz (Oldman), y tres músicos (la leyenda del jazz Billie Holiday, interpretada por Day; la precursora del blues Ma Rayney, compuesta por Davis y el cantante de soul Sam Cooke, representado por Odom Jr.). A ellos se suman dos activistas sociales: Abbie Hoffman, interpretado por Baron Cohen, y el joven líder de los Panteras Negras Fred Hampton, compuesto por Kaluuya. Cierra la lista el espía Bill O’Neal, representado por Stanfield. 

Uno de los detalles más notorios de la edición 2021 de los Oscar es la variedad de minorías reflejada en las nominaciones, ya que nueve de los 20 actores pertenecen a etnias que rompen la histórica hegemonía blanca. La minoría mayoritaria es, claro, la negra, representada por Davis, Boseman, Day, Kaluuya, Stanfield y Odom Jr. A estos seis se suman los orientales Yeun y Youn y el británico de ascendencia pakistaní Ahmed. No existe la misma amplitud en materia de diversidad de géneros: el único personaje que le escapa a la lógica binaria es el de Viola Davis. 

 Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - Oscar 2021, 93° ceremonia de entrega: Actrices y actores favoritos camino al Oscar

Este año hay dos candidatos muy claros a triunfar en las ternas de actor y actriz protagónicos, las más prestigiosas en el rubro de la actuación. La gran aspirante a quedarse con la estatuilla de Mejor Actriz Protagónica es Frances McDormand, por su papel en Nomadland. Favoritismo que no solo se apoya en otro gran trabajo de la interprete estadounidense, sino en el hecho de que tanto la película como su directora, la china Chloé Zaho, también son las principales aspirantes a triunfar en sus categorías. De cumplirse el augurio, McDormand sumaría la friolera de tres Oscar como actriz protagónica en seis nominaciones (las otras tres fueron como actriz de reparto). Sus dos triunfos anteriores llegaron en 1997 y 2018, como consecuencia de sus trabajos en Fargo y Tres anuncios para un crimen. Además, esta noche McDormand podría llevarse el Oscar a la Mejor Película, ya que también es una de las productoras de Nomadland, hecho que la convierte en la primera actriz en recibir una doble nominación de este tipo.

Por el lado de los hombres, quien parece llevar una cómoda delantera es Chadwick Boseman, protagonista de La madre del blues, un favoritismo que se alimenta de factores extra cinematográficos. Es que Boseman murió víctima del cáncer en agosto de 2020, unos meses antes del estreno de la película vía Netflix. A eso se suma que el actor había logrado convertirse en un símbolo para la comunidad negra, gracias a su interpretación del superhéroe Pantera Negra en la película homónima, que de forma inesperada se convirtió en una de las más taquilleras de la historia. Ambos elementos potencian el peso de su actuación, intensa pero decididamente pasada de rosca, convirtiéndolo en el depositario ideal para uno de esos gestos de sensiblería y corrección política que tanto le gustan a la no menos sobreactuada familia de Hollywood.

Aunque hay otras buenas actuaciones en la categoría de Mejor Actor Protagónico, como las del británico Riz Ahmed y su baterista sordo en El sonido del metal; el coreano Steven Yeun en Minari o el siempre efectivo y también británico Gary Oldman en Mank, hay un solo candidato que a priori parece hacerle sombra a Boseman. Se trata del inoxidable Anthony Hopkins (otro británico), que se luce interpretando a un anciano con Alzheimer en ese tour de forcé que es El padre, film capaz de deshidratar a más de un espectador a fuerza de exprimirle las lágrimas. Esta también es la sexta nominación para Hopkins, quien se llevó su único Oscar en la primera de ellas, por El silencio de los inocentes en 1992.

Algo similar ocurre en la categoría femenina con Viola Davis, protagonista de La madre del blues, que parece la única adversaria de peso para McDormand. Su interpretación de Ma Rainey, pionera del blues, es lo mejor que tiene una película signada por excesos de todo tipo. Esta es la cuarta nominación para Davis, quien ya tiene en su casa el Oscar como actriz de reparto que ganó en 2017 por Fences. De las otras tres candidatas, la que parce tener todavía un poco de resto para pelearle a las favoritas es la inglesa Carey Mulligan, por su trabajo en Hermosa venganza; un poco por su desempeño y otro poco por la temática de un film que se atreve a tomar riesgos para poner en escena la agenda feminista. Las últimas candidatas son Andra Ray, por su interpretación de otra prócer de la cultura negra en Los Estados Unidos vs. Billie Holiday, y Vanessa Kirby por Fragmentos de una mujer. Sus candidaturas parecen meramente testimoniales, pero en Hollywood nunca se sabe. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 7 de julio de 2020

CINE - Murió Ennio Morricone: El largo silbido del adios

Realícese el siguiente experimento. Paso 1: ir al buscador de imágenes de Google y escribir “Clint Eastwood con poncho”. Paso 2: abrir la primera foto que aparezca. Paso 3: dejar que la memoria encuentre el sonido adecuado para esa imagen. Si lo primero que le viene a la mente no es una pegadiza melodía silbada –la misma que en los años ’80 acompañaba las aventuras de un explorador rubio en las propagandas televisivas de una conocida marca de cigarrillos que tiene a un dromedario como emblema—, entonces usted se ha perdido de algo importante. Por lo pronto, es probable que no conozca la obra de quien ha sido el compositor de bandas sonoras para cine más importante de los últimos 60 años. Y tal vez el más influyente en la historia del séptimo arte. Una afirmación arriesgada, pero el nombre de Ennio Morricone, fallecido ayer en la ciudad de Roma a los 91 años, justifica con creces el atrevimiento. Y que los barrabravas de John Williams vengan de a uno...
La melodía a la que se hace referencia en el párrafo anterior (cuya frase más reconocida imitaba al famoso grito con el que el austríaco Johnny Weissmuller inmortalizó al personaje de Tarzán) es la que este músico italiano compuso para la secuencia inicial de El bueno, el malo y el feo (1966), título que cierra la célebre Trilogía del Dólar, de Sergio Leone. Junto a este cineasta romano formaron una dupla creativa tan simbiótica como fenomenal, que había nacido algunos años antes, con la película Por un puñado de dólares (1964). Se trata de la primera del tríptico mencionado, en la que ambos aparecían con los seudónimos de Bob Robertson y Dan Savio, como parte de una estrategia de marketing usual en las producciones italianas de bajo presupuesto, tendiente a disimular el origen de la película y aumentar las posibilidades de hacerla circular en el mercado internacional. Algo que finalmente consiguieron con bastante éxito, aunque el asunto de los nombres falsos no tuvo nada que ver con eso.
Es que no solo la película era muy buena, sino que además tenía al mejor protagonista posible. Sí, Clint Eastwood con poncho, quien a partir de ahí empezaría su recorrido de estrella. La colaboración entre Leone y Morricone abarcó un total de seis películas, todas ellas extraordinarias y todas con una banda sonora sumamente distintiva, que interpretaba con gran precisión el espíritu emotivo de cada una. Además de las ya mencionadas, la lista se completa con Por unos dólares más (1965), Érase una vez en el oeste (1968), Los héroes de Mesa Verde (1971) y Érase una vez en América (1984). No es muy útil en estos casos utilizar argumentos contra fácticos, pero la tentación es muy grande: quién sabe si Leone y Morricone hubieran llegado a convertirse en las leyendas que son sin aquellas seis colaboraciones.
En el caso de Morricone la colaboración con Leone significó la puerta de entrada a las grandes industrias del cine en el resto de Europa y, sobre todo, de los Estados Unidos. Antes de eso había colaborado en una veintena de producciones de su país, en las que se destaca su trabajo en la ópera prima de la directora Lina Wertmüller (Los zánganos, 1963), la comedia Los maniáticos (1964) de Lucio Fulci, y Antes de la revolución (1964), opus dos de Bernardo Bertolucci. Con todos ellos volvería a trabajar, destacándose sus colaboraciones con Bertolucci: El doble (1968), Novecento (1976), La luna (1979) y La tragedia de un hombre ridículo (1981). Aunque también colaboraría con algunos de sus compatriotas más destacados, como Gillo Pontecorvo (La batalla de Argelia, 1966; o Queimada!, 1969), Marco Bellocchio (La China se avecina, 1967), Marco Ferreri (El harem, 1967), Mario Bava (Diabolik, 1968), Pier Paolo Pasolini (Teorema, 1968; Orgía, 1968; El Decamerón, 1971; Los cuentos de Canterbury, 1972), Darío Argento (El pájaro de las plumas de cristal, 1971; El gato de las nueve colas, 1971, Cuatro Moscas sobre el terciopelo gris, 1971) e innumerables trabajos con los otros dos grandes Sergio del spaghetti western: Corbucci (El gran Silencio, 1968; El mercenario, 1968, entre otros) y Sollima (Ajuste de cuentas, 1966, y Cara a cara, 1967, entre otros). Y eso solamente en la primera década de su carrera.
Por esos mismos años realizó su primer trabajo para Hollywood y fue a lo grande. Se trata de La Biblia… en el principio (1966), una de esas épicas religiosas tan populares en la década de 1960, dirigida nada menos que por John Houston. Por desgracia, su trabajo fue rechazado por el director cuando Morricone tenía ya compuestos unos 15 minutos de música y se decidió reemplazarlo por el compositor japonés Toshiro Mayuzumi. El golpe implicó que su llegada a las grandes producciones estadounidenses se demorara. Recién lo haría en películas de segunda línea, como la fallida secuela de El exorcista dirigida por John Boorman en 1977, u Orca, la ballena asesina (1977), clásico de la televisión de los años ’80. Su primer gran trabajo en Estados Unidos fue sin dudas Días de gloria (1978), segunda película de Terrence Malick, por la que recibió su primera candidatura a un Oscar como compositor, premio que finalmente se llevó Giorgio Moroder por Expreso de medianoche (Alan Parker). Con el tiempo le llegarían otras cinco oportunidades.
A partir de ahí el panorama cambió para Morricone, que ya tenía 50 años. Si bien seguía trabajando sobre todo en Italia, alternado entre grandes directores (Pontecorvo, los hermanos Taviani), películas independientes y producciones de exploitaiton, de a poco comenzó a ser convocado para grandes proyectos internacionales. La jaula de las locas (Francia, 1978), El Profesional (con Jean Paul Belmodo, 1981), Perro Blanco (Samuel Fuller, 1982) o El marginal (Jaques Deray, 1983, con Belmondo otra vez como héroe de acción). El caso de El enigma de otro mundo (John Carpenter, 1982), es especial por dos razones. La primera es que le llegó luego de que el encargo fuera rechazado por otro de los grandes compositores de su generación, Jerry Goldsmith. Además Carpenter era un gran admirador de la obra de Morricone, a tal punto que utilizó "El tema de Jill", una de las piezas que el italiano compuso para El bueno, el malo y el feo, para entrar a la iglesia en celebración de su matrimonio con su primera esposa, Adrienne Barbeau.
Durante la segunda mitad de los ’80 la cantidad de trabajo menguó, pero aumentó muchísimo la calidad de las producciones que demandaban sus servicios. Películas inolvidables como La misión (Rolan Joffe, 1986), Los intocables (Brian De Plama, 1987), Rampage (William Friedkin, 1987), Búsqueda frenética (Roman Polanski, 1988), Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), Pecados de guerra (otra vez De Palma, 1989) y Átame (Pedro Almodóvar, 1989) constituyen una seguidilla tremenda que sirve para ejemplificar el enorme respeto que comenzaron a tener por su trabajo los más importantes directores de la época. Con casi todos ellos volvería a trabajar en los siguientes años. Además en este período volvió a ser nominado dos veces a un Oscar: por La Misión (lo ganó Herbie Hancock por Cerca de la medianoche, de Bernard Tavernier) y Los intocables (el premio se lo llevó el japonés Ryuchi Sakamoto por El último emperador de Bertolucci).
En los primeros ’90 su carrera se mantuvo firma, agregando otros directores destacados a su lista, además de una nueva nominación a los Oscar como compositor. En la línea de fuego (Wolfgang Petersem 1993, con Eastwood otra vez como protagonista), la olvidable Lobo (Mike Nichols), en la que Jack Nicholson hace de licántropo o el Hamlet (1990) de Franco Zefirelli, con Mel Gibson como el príncipe de Dinamarca. Y dos trabajos con Barry Levinson: Acoso sexual (1994) y el musical Bugsy (1991), que le significó otra nominación y una nueva decepción en los Oscar. Esta vez frente a la banda sonora de una película animada de Disney, La bella y la bestia.
La permanente negativa de la Academia de Hollywood a concederle uno de sus premios comenzó a volverse ridícula, más allá de lo democrático del sistema que se utiliza para elegir a los ganadores o de la justicia de quienes lo recibieron en lugar de él. Esa sensación se profundizó después de que en 2001 esa sequía se extendería a su quinta nominación, recibida por Malena, otra película de Tornatore (esta vez la gloria se la llevó la partitura de la épica de Ang Lee, El tigre y el dragón). Porque la extraordinaria carrera de Morricone acumulaba otros premios importantes, entre ellos tres Grammy, cuatro Globos de Oro y un León de Oro honorífico otorgado por la Mostra de Venecia en 1995, además de 27 discos de oro y siete de platino. Por eso no resultó extraño para nadie que en 2007, cuando el músico tenía casi 80 años, la entidad decidiera concederle uno de esos famosos Oscar honoríficos con los que tratan de resolver sus innumerables deudas históricas. Sin ir más lejos su compatriota Federico Fellini, gloria del cine de su país, había recibido uno igual en 1993, pocos meses antes de su muerte, tras 12 nominaciones sin llevarse ninguna estatuilla a casa.
Pero, un día, casi una década más tarde, pasó lo que tenía que pasar: Morricone volvió a ser nominado, esta vez por Los ocho más odiados (2015), un western de Quentin Tarantino –otro admirador—, por el que finalmente resultó elegido. Su nombre forma parte de una generación asombrosa de compositores que supieron darle al cine una nueva identidad. Realizar la enumeración permite tomar dimensión de todo lo que el séptimo arte le debe a los músicos y, sobre todo, a la música. Morricone fue contemporáneo de Henry Mancini (Estados Unidos, 1924-1994, 18 nominaciones y 4 Oscar), Maurice Jarre (Francia, 1924-2009, 9 nominaciones y 3 Oscar), Burt Bacharach (Estados Unidos, 1928, 6 nominaciones y 3 Oscar), Jerry Goldsmith (Estados Unidos, 1929-2004, 18 nominaciones y 1 Oscar), Michel Legrand (Francia, 1932-2019, 13 nominaciones y 3 Oscar), John Williams (Estados Unidos, 1932, 52 nominaciones y 5 Oscar), John Barry (Reino Unido, 1933-2011, 7 nominaciones y 5 Oscar) y de los argentinos Lalo Schiffrin (1932, 6 nominaciones y 1 Oscar honorario) y Luis Bacalov (Argentina, 1933-2017, 2 nominaciones y 1 Oscar). Su nombre en esta lista impresionante no hace más que seguir destacando la importancia y la trascendencia de su obra,  que incluye más de 500 películas y que, por supuesto, el cine ya se encargó de convertir en inmortal. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 20 de enero de 2020

CINE - A 100 años del nacimiento de Federico Fellini: Las curvas del deseo

Un sesentón de aspecto conservador tiene un desayuno romántico con una veinteañera preciosa y seductora. Su mesa está instalada bajo un árbol en medio de la bellísima campiña italiana y él, conmovido por su suerte, no puede más que reconocer su felicidad. Es justo en ese momento que la pata de su silla queda atrapada entre los rieles de una vía ferroviaria. Sorprendido busca a la chica con la mirada pero ya no está frente a él, sino que subida a una rama le avisa que el tren se acerca. Cuando vuelve a tomar consciencia, el pobre descubre que está atado a la silla y que no puede escapar. El tren está ahí nomás y ahora la desesperación lo dejó sin palabras. Enseguida se despierta a los gritos en su habitación. En la siguiente escena está en el consultorio de su psicoanalista, quien le dice que “el timón de la vida siempre está en nuestras manos” y que en ocasiones la ayuda del Banco de Roma “puede ser providencial”. Atribulado, el hombrecito quiere saber más, pero el analista le responde que él solo se ocupa “de cuestiones psicológicas” y que “para todo lo demás está el Banco de Roma”. “Acepte mi consejo y sus noches serán más tranquilas”, concluye el émulo de Freud. El corto titulado Desayuno sobre la hierba es uno de los tres que Federico Fellini filmó en 1992 para la campaña publicitaria del banco romano. Esos tres spots fueron lo último que el italiano dirigió antes de morir al año siguiente. A pesar de su origen bastardo, todos ellos son legítimamente “fellinescos” y exhiben ese poderoso núcleo estético y el imaginario que definen la obra de quien es uno de los grandes maestros del cine en el siglo XX, de cuyo nacimiento en la ciudad italiana de Rímini hoy se cumplen cien años.


Considerado uno de los creadores más talentosos de la historia del cine, Fellini es quizá el nombre más importante dentro de la genealogía del séptimo arte en Italia. Su nombre se destaca incluso por encima de pesos pesados como Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Pier Paolo Pasolini, Sergio Leone o Luchino Visconti. Imposible decir si fue el mejor, porque esa es una categoría demasiado contaminada por la subjetividad, pero sin dudas su obra es la que mayor popularidad le dio al cine de su país alrededor del mundo. Películas como La strada, La dolce vita, Las noches de Cabiria, 8½ o Amarcord suelen ser citadas entre las mejores de la historia. En ellas la ficción siempre remite con ironía a la realidad y el humor se trenza con el drama en universos siempre luminosos, a veces idílicos, en donde el enrarecimiento onírico es el código a través del cual se expresan la nostalgia y una memoria que nunca resigna emotividad.
El trabajo de Fellini no estuvo exento de polémicas, generadas sobre todo alrededor de sus primeras películas, que impactaron en el corazón de su tiempo con la potencia de lo inédito. Alcanza con mencionar el caso de La dolce vita, estrenada en 1960, ante cuya mirada ácida de la sociedad no pocos se sintieron ofendidos. En especial los popes de la Iglesia Católica, que desde alguna oscura dependencia oficial del Vaticano llegaron a calificar al film como “desagradable, obsceno, indecente y sacrílego”. Incluso algunos diputados de la Democracia Cristiana, partido que en ese momento gobernaba Italia, expresaron entonces que la película podía representar un “peligroso empujón hacia un despertar revolucionario”. No se equivocaban: La dolce vita se estrenó en un mundo que todavía se escandalizaba por los movimientos de la cadera de Elvis Presley y apenas unos años antes de que fenómenos como la beatlemanía, el feminismo o la revolución sexual cambiaran para siempre la configuración de las sociedades modernas. De algún modo las fantasías de Fellini captaban el espíritu de una época y las miradas más conservadoras no pudieron evitar ver libertinaje donde solo había un retrato lúdico y expresionista de un profundo deseo de libertad.
Se vuelve difícil escribir sobre Fellini sin mencionar el vínculo amoroso y creativo que lo unió a Giulietta Masina, actriz fetiche, musa inspiradora y pareja del cineasta, con quien se conoció en 1942 cuando ambos trabajaban en el radioteatro Las aventuras de Cicco y Pallina, ella como protagonista, él como libretista. Se casaron un año más tarde en una Roma oscurecida por la Segunda Guerra Mundial y se mantuvieron juntos durante 50 años. En el cine compartieron siete largometrajes, que incluyen el debut de Fellini como director en Luces de varieté, codirigido junto a Alberto Lattuada en 1950, y también el debut en solitario que tuvo lugar dos años después con el estreno de El sheik, donde Masina ya era coprotagonista de Alberto Sordi. En 1954 la actriz protagonizó junto a Anthony Quinn La strada, primera película de Fellini en ganar un Oscar (Mejor Película Extranjera) y primer gran salto del director en el plano internacional. La colaboración se extendería en El cuentero (1955), Las noches de Cabiria (1957), Giulietta de los espíritus (1965) y tendría su broche de oro dos décadas después con la crepuscular Ginger y Fred (1986), anteúltimo trabajo del cineasta que también es el último junto a Marcello Mastroiani. En el camino quedaban la muerte de su hijo Pier Federico, fallecido en 1945 a causa de una neumonía antes de cumplir un mes de vida; las infidelidades de él, que una vez convertido en celebridad se permitió acumular amantes; y medio siglo de un amor que la muerte convirtió en eterno cuando Masina falleció el 23 de marzo de 1994, apenas cinco meses después que su esposo.
Sus películas fueron nominadas a 21 premios Oscar, ganando cuatro veces el de Mejor Película Extranjera (La strada en 1957; Las noches de Cabiria en 1958; 8½ en 1964 y Amarcord en 1975) y otras tres el de Mejor Diseño de Vestuario (la primera en 1962 por La dolce vita, la segunda por 8½ y la última por Casanova en 1977). En el terreno personal Fellini fue nominado doce veces a la estatuilla dorada, ocho como guionista y las otras cuatro como director por La dolce vita, 8½, Amarcord y en 1971 por Satiricón. No ganó ninguna. Los socios del club de Hollywood compensarían la injustica justo a tiempo, entregándole un Oscar honorario en 1993, pocos meses antes de su muerte, ocurrida el 31 de octubre de ese año. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 14 de enero de 2020

CINE - Netflix, Joker y candidaturas no inclusivas: Palpitando los Oscar 2020

Las nominaciones a los Premios Oscar que instituye la Academia de Artes Audiovisuales de los Estados Unidos suelen ser una de las noticias más esperadas de cada año. Los amantes del cine de todo el mundo las aguardan ansiosos para ver si sus películas favoritas se encuentran entre las elegidas y evaluar qué posibilidades tienen de ganarles a las competidoras que le hayan tocado en suerte. La sensación es parecida a la que atraviesan los hinchas de fútbol cada vez que se sortean las zonas del mundial. Este año la lista de candidatos resultó bastante predecible.
La gran favorita es Joker, dirigida por Todd Phillips que narra una versión personal del mito de origen del Guasón, el villano más popular del universo de los superhéroes. Teniendo en cuenta que se trata de la película más comentada del año, por lejos, seguramente sus once nominaciones no fueron sorpresivas para nadie. Lo mismo ocurre con las diez que obtuvieron respectivamente El irlandés, último trabajo del gran Martín Scorsese, y Había una vez… en Hollywood, el noveno de ese eterno niño terrible que sigue siendo el ya no tan niño Quentin Tarantino. Una incógnita resultan en cambio la decena de nominaciones que recibió 1917, dirigida por Sam Mendes y ambientada en el espanto de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Es que la película recién se estrenará en las salas locales el 30 de enero. La lista completa de nominaciones puede consultarse en esta nota.
Pero sumar candidaturas no es la única forma de evaluar los favoritismos. De hecho no son pocas las veces que películas muy nominadas se van a casa con pocos premios. Alcanza con mencionar el caso de El ciudadano, película de 1941 dirigida y protagonizada por Orson Welles, considerada por la crítica como una de las mejores de la historia, que en su momento recibió nueve nominaciones pero apenas se llevó una estatuilla por su guión. Hay otros datos interesantes o curiosos que surgen de la lista que se conoció ayer por la mañana y que vale la pena enumerar.
Una aclaración antes de empezar: los Oscar no premian a las mejores películas del año. Se trata de un galardón instituido en 1929 por la corporación de la industria cinematográfica de los Estados Unidos para reconocer a lo más destacado de su producción anual, con una tendencia a celebrar a la masividad por encima de la calidad o la innovación. Usualmente las listas de nominadas también le hacen lugar a películas angloparlantes de diversos orígenes, dejando que muy de vez en cuando se cuele alguna hablada en otro idioma. La gran ilusión (Jean Renoir, Francia) fue la primera película en lengua extranjera en ser incluida entre las candidatas a Mejor Película; ocurrió en 1939 y perdió ante Vive como quieras, de Frank Capra. Ese lugar este año lo ocupa Parasite, del coreano Bong Joon-ho, que recibió seis nominaciones. Bastante menos que Roma (Alfonso Cuarón, México), que el año pasado cosechó diez y se llevó a casa solo tres, o que El tigre y el dragón (Ang Lee, China), que también recibió diez nominaciones en 2001, alzándose finalmente con cuatro de ellas.
Las ternas en cada categoría incluyen a cinco candidatas cada una, con excepción de la correspondiente a mejor película, de la que pueden ser parte hasta un máximo de diez. Eso da lugar situaciones extrañas, como que algunas candidatas a mejor película no tengan a su director ternado en la categoría correspondiente. Este año las películas con posibilidades a quedarse con ese premio son nueve y cinco de sus directores recibieron su correspondiente nominación. ¿Debe suponerse entonces que las otras cuatro películas recibieron una candidatura meramente testimonial? La que se lleva la peor parte de todas ellas es sin dudas Contra lo imposible, en la que el director James Mangold narra la rivalidad que se desató entre las automotrices Ford y Ferrari durante la competencia de Le Mans en 1966. Es que no solo Mangold no integra la categoría de Mejor Director, sino que la película tampoco se encuentra entre las candidatas de las categorías de Mejor Guión Original y Mejor Guión Adaptado, como el resto de sus competidoras, ni tiene a sus protagonistas (Matt Damon y Christian Bale) ternados en la de Mejor Actor. Los productores de Contra lo imposible deben estar discutiendo en este mismo momento si vale la pena gastarse la plata del alquiler de los esmoquin para asistir a la entrega de premios, que se realizará en Los Angeles el domingo 9 de febrero.
Un detalle que no debe pasarse por alto es la casi nula diversidad que exhiben las candidaturas en las categorías principales. Solo una de las nueve ternadas en el rubro de Mejor Película fue dirigida por una mujer (Greta Gerwig, al frente de la nueva versión de la clásica novela de Mary Louis Alcott, Mujercitas, que recibió seis nominaciones) y con excepción de la actriz negra Cynthia Erivo, protagonista del western Harriet (Kasi Lemmons) y del neozelandés de origen maorí Taika Waititi, director de Jo Jo Rabbit, todos los candidatos son blancos. Un hecho que los colectivos dedicados a promover la diversidad en todas sus formas no han dejado de destacar y criticar. Es evidente que en la industria de cine todavía falta mucho por recorrer y hay mucho terreno por ganar en esos territorios.
Las seis nominaciones de la película de Waititi son una de las sorpresas de esta edición de los Oscar… aunque tampoco lo son tanto. Jo Jo Rabbit es una sátira en la que un niño alemán de diez años que forma parte de las Juventudes Hitlerianas tiene como amigo invisible al mismísimo Adolf Hitler, interpretado por el propio director. Pero sabiendo que Hollywood tiene debilidad por los relatos que se atreven a leer con humor los capítulos más oscuros de la historia, siempre que esto se dé en un marco general de corrección política, y con el antecedente directo de La vida es bella, del italiano Roberto Benigni, que en 1999 recibió siete candidaturas y ganó tres Oscar, la sorpresa se desinfla. Entre las que recibió Jo Jo Rabbit se encuentra la de Sacrlett Johansson como Mejor Actriz de Reparto, quien también tiene un lugar en la categoría de Mejor Actriz Protagónica por su rol en la producción de Netflix Historia de un matrimonio, del neoyorquino Noah Baumbach. Existe entonces la remota posibilidad de que la joven Johansson se lleve a casa dos estatuillas por su trabajo en dos películas distintas, un hecho inédito. La mención del asunto lleva directamente a una de las cuestiones sobre las que más se habló este año: Netflix.
No fueron pocas las voces de Hollywood que, apoyados en la poca voluntad que muestra esta empresa por exhibirlas en salas comerciales, se opusieron a la inclusión de las películas producidas por el gigante del streaming entre las candidatas. Tras algunas idas y vueltas que incluyeron algunos paseos por los tribunales, finalmente dos de sus producciones consiguieron meterse entre las favoritas. Se trata de las ya mencionadas El irlandés e Historia de un matrimonio, y aunque el reconocimiento es importante (entre las dos acumulan 16 nominaciones), la empresa de la N roja aspiraba a más. Pero algunas de sus apuestas más fuertes de 2019, como La lavandería, drama basado en el caso de los Panamá Papers dirigido por Steven Soderbergh y un elenco de lujo que incluye a Meryl Streep y Gary Oldman, o The King, protagonizada por el joven aspirante a estrella Timothée Chalamet, se fueron quedando sin nafta para candidaturas. Habrá que ver si las películas de Scorsese y Baumbach consiguen sumar premios. Como se vio en la entrega de los Globos de Oro, donde llegaron favoritas y se fueron con casi nada, el hecho de pertenecer a Netflix todavía parece ser más un lastre que un beneficio. Ya se verá.
Hablando de favoritos, dos de las nominadas en el rubro Mejor Película están dirigidas por auténticos pesos pesados del cine estadounidense, que sin embargo parecen no caerles demasiado en gracia a los votantes de la Academia. Junto a colegas como Francis F. Coppola, Brian De Palma, Steven Spielberg o William Friedkin, entre otros, Martin Scorsese forma parte de una generación de cineastas que no solo le cambió la cara al cine producido en su país, sino que a fuerza de talento consiguió que la figura del director de cine dejara de ser la de un mero empleado de los grandes estudios, para por fin alcanzar el estatus de autor. Su filmografía incluye innegables clásicos, como Taxi Driver (1976), Toro salvaje (1980) o El lobo de Wall Street, entre muchas. Con El irlandés Scorsese recupera el vigor de sus mejores trabajos y cierra una trilogía ad hoc acerca de la historia de la mafia en los Estados Unidos, junto a otras dos de sus obras maestras: Buenos muchachos (1990) y Casino (1995). A pesar de ser uno de los cineastas más importantes de su país de los últimos 50 años, Scorsese acumula diez nominaciones en este rubro, pero solamente ganó un Oscar. Fue por su labor en Los infiltrados (2006).
Aunque no integra una generación notable como la de su colega, Quentin Tarantino también le cambió la cara al cine de Hollywood. A diferencia de Scorsese y sus compañeros de época, cuyo surgimiento le debe mucho a la relectura del Hollywood clásico que realizó la nouvelle vague francesa, el imaginario de este director abreva en un caldo cultural en el que se funden el pop, el cine clase B, el cine de explotación europeo, la historieta y la literatura pulp. En Había una vez… en Hollywood todo eso está puesto al servicio de rendirle homenaje a esa época de cambio, a finales de la década de 1960, en la que el mundo falsamente idílico de la posguerra comenzaba a quedar patas para arriba y donde lo clásico le iba cediendo su lugar a todo eso que tanta fascinación provoca en Tarantino. No hay un director que haya hecho tanto por la narrativa del cine estadounidense en el siglo XXI. Aun así esta es apenas su cuarta nominación como director, categoría que hasta ahora le fue esquiva. Los únicos dos Oscar que ha ganado por el momento fueron por su trabajo como guionista.
Los grandes competidores de Scorsese, Tarantino y sus películas son Todd Phillips y Sam Mendes. El primero cuenta con la ventaja (y el mérito) de haber dirigido Joker, que como se dijo es la película del año. En cuanto al trabajo de Mendes es imposible decir algo con 1917 aún sin estrenar, pero el tema que aborda y su probada tendencia a hacer un cine “serio” y correcto sin dudas permite suponer que se trata de una película que es vista en su país como una de las “importantes”. Que no es poco si se habla de sus posibilidades de triunfo. Su reciente éxito en los Globos de Oro es un antecedente significativo. Un detalle a tener en cuenta es que esta es la segunda nominación que Mendes recibe. La anterior fue en 2000 con su ópera prima Belleza americana, una película menor y algo pretenciosa, aunque con eso le alcanzó para llevarse el Oscar.
En cambio para Phillips, cuya carrera se desarrolló sobre todo en el terreno de la comedia, esta es su primera candidatura. Algo parecido a lo que ocurrió el año pasado con el director Peter Farrelly, famoso por las comedias zafadas como Loco por Mary (1998) o Tonto y retonto (1994) que dirigió junto a su hermano Bobby, pero que en 2019 se ganó el Oscar a la Mejor Película por su primer trabajo serio, Green Book. ¿Lo acompañará a Phillip la misma suerte del principiante? Hay que esperar hasta el 9 de febrero para saberlo.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

sábado, 23 de febrero de 2019

CINE - Murió Stanley Donen, director de "Cantando bajo la lluvia" y "Charada": Shame on You, Hollywood!

Que Stanley Donen, director de algunos de los clásicos más grandes de la historia de Hollywood como Cantando bajo la lluvia (1952) o Charada (1963), se haya muerto ayer a los 94 años, justo el día anterior a la ceremonia de entrega de los Oscar, es un cachetazo inesperado para varios. En primer lugar, y sobre todo, para la famosa Academia de Hollywood, que no solo nunca lo premió con una de sus icónicas estatuitas por su labor al frente de sus casi 30 películas, sino que ni siquiera tuvo la lucidez de nominarlo en la categoría de Mejor Director. Nunca. Suena increíble y lo es. El hombre que estuvo detrás de títulos como Siete novias para siete hermanos (1954), La indiscreta (1958) o Un camino para dos (1967), considerado uno de los maestros de la época más luminosa de la comedia musical, el que dirigió a Fred Astaire, Janet Leight, Gene Kelly, Audrey Hepburn, Frank Sinatra, Ingrid Bergman, Cary Grant, Elizabeth Taylor, Gregory Peck, Sofía Loren y los nombre siguen (y siguen), fue premiado en los festivales de Venecia y San Sebastián, nominado en Cannes, en Berlín e incluso a los Razzie (la parodia de los Oscar que premia a las peores películas de cada año), pero nunca fue tenido en cuenta para los premios de Hollywood, su propia casa. Y no solo fue ignorado por los Oscar: tampoco fue nominado ni una sola vez a los Globos de Oro. Estos datos, que por un lado hablan de la subjetividad de las nominaciones, por otro también confirman el valor relativo de estos premios. En otras palabras: si los miembros de la Academia nunca consideraron oportuno nominar a un maestro como Donen, entonces sus Oscar no pueden valer mucho.
Es imposible no mirar la filmografía de Donen sin pensar de inmediato en que es demasiado buena para ser real. Tuvo su debut a los 25 años, llegando a la meca del cine como asistente personal de Gene Kelly, a quien había conocido en Broadway, donde primero fue bailarín y luego coreógrafo. Y ya en su primera película, Un día en Nueva York (1949), codirigida con Kelly, le tocó estar a cargo de un elenco que incluía no solo a su mentor y amigo, sino nada menos que a Frank Sinatra, pareja que venía de dos exitazos como Levando anclas (1945, en la que Kelly baila en una famosa escena con el ratón Jerry) y La bella dictadora (junto a Esther Williams, también de 1949). Donen comprobó que no era fácil trabajar con estrellas, pero demostró tener con qué. Por empezar, Sinatra no quería ser parte de la película, pero el productor Arthur Freed lo convenció con la promesa de que podría cantar “Lonely Town”, una balada de Leonard Bernstein que a La Voz le encantaba. Sinatra llegó a grabar la canción, pero se enojó mucho cuando Donen y Kelly decidieron no filmar la escena en donde debía interpretarla. Y se sabe que Sinatra enojado no era cosa fácil. Ya en sus últimos años Kelly manifestaba un gran cariño por Una noche en Nueva York. No sólo por el trabajo con Donen, sino porque creía que si bien había hecho mejores películas, aquella había sido filmada en “el pico de su talento”.
El siguiente paso de Donen como director fue también el primero sin la compañía de Kelly y al mismo tiempo representó para él un sueño cumplido: trabajar con Fred Astaire en Boda real (1951). En ella Astaire realiza una coreografía en la que baila en el piso, las paredes y el techo de una habitación. Por esa escena Donen fue contratado en 1986 para dirigir el video “Dancing on the Ceiling”, uno de sus últimos trabajos, en el que Lionel Richie hace lo mismo. Donen nunca ocultó su admiración devota por el gran maestro de la danza cinematográfica, a quien admiraba desde que a los 9 años viera Volando hacia Río (1933), segunda película de Astaire y la primera en la que compartió elenco con su pareja de baile perfecta, Ginger Rogers. “Me pareció que la vida merecía ser vivida gracias a Fred Astaire”, dijo Donen alguna vez, recordando aquel momento epifánico frente a la pantalla. Tanto, que Astaire se convirtió en la influencia definitiva para comenzar en la adolescencia sus estudios de danza. Con apenas 16 años, Donen se mudó a Nueva York desde su Carolina del Sur, donde nació en 1924, y un año después debutaba en Broadway en la obra Pal Joey, dirigida por George Abbott, donde conocería a Kelly, el hombre que le cambiaría la vida. Donen volvería a dirigir a Astaire en La Cenicienta en París (1957), que también marca el comienzo de sus colaboraciones con Audrey Hepburn.
Su relación con Gene Kelly fue decisiva en la vida de ambos y no solo en el terreno de lo cinematográfico, donde dirigieron juntos otras dos películas además de aquel debut de 1949: Siempre hay un día feliz, de 1955, y la célebre Cantando bajo la lluvia. Esta última se encuentra al tope de los musicales mejor puntuados por los usuarios de la plataforma IMDb.com y segunda, después de El mago de Oz (King Vidor y Victor Flemming, 1939), en la lista de los 100 Mejores Musicales de la Historia confeccionada por el sitio Rottentomatoes.com. Con él compartieron su pasión por el baile, la coreografía, las películas e incluso una mujer, Jeanne Coyne, que fue la primera esposa de Donen entre 1948 y 1951, y que casi una década después se casó con Kelly, con quien tuvo dos hijos. El trabajo en pareja es otra de las características que marcan la obra de Donen, quien en 1955 filmó Un extraño en el paraíso en tándem con Vincent Minelli y también formó dupla creativa con Abbott, con quien compartió el rol de director en Juego de pijamas (1957) y Lo que Lola quiere (1958).
Entre los méritos de Donen se cuentan también el de haber convertido en clásicos a películas como Siete novias para siete hermanos, por la que los productores no daban dos pesos. El director fue obligado a filmar en los mismos sets que ya se habían utilizado en películas de mayor presupuesto, entre ellas Brigadoon, firmada por Minelli y estelarizada por Kelly, que luego tuvieron mucha menos repercusión que el film de Donen, realizado con un elenco de actores casi desconocidos. Otro de los muchos puntos altos de su carrera llegaría con el estreno de Charada, comedia de romance y misterio protagonizada por la encantadora pareja que para la ocasión formaron Cary Grant y Audrey Hepburn. A partir de la trama de misterio, llena de giros sorpresivos y la presencia de Grant en el rol protagónico, es usual encontrar que muchos definen a Charada como la película más hitchockiana que no dirigió sir Alfred Hitchcock. El vínculo les hace justicia a ambos directores. No es casual que, al igual que Donen, Hitchcock nunca haya sido reconocido por la Academia de los Oscar. Aunque al menos al director de Psicosis (1960) se acordaron de nominarlo cinco veces, ambos debieron conformarse apenas con unos Oscar honorarios, esos que se entregan de compromiso para corregir lo incorregible. Shame on you, Hollywood!

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 22 de febrero de 2019

CINE - "Cafarnaúm, la ciudad olvidada" (Capharnaúm), de Nadine Labaki: Una ética del dolor

Nominada al Oscar en el rubro Mejor Película en Lengua Extranjera, donde competirá contra el caballo del comisario, la ubicua Roma de Alfonso Cuarón, Cafarnaúm, la ciudad olvidada es el tercer largo de la celebrada cineasta libanesa Nadine Labaki. Celebrada porque sus películas anteriores -Caramel (2007), ¿Y ahora a dónde vamos? (2011)-- le valieron una merecida fama de artista sensible, que se tradujo en una nutrida agenda en festivales como Cannes, Rotterdam, San Sebastián o Toronto. En varios de ellos incluso ganó premios del público, detalle que habla de su facilidad para conectar con el espectador. Ambos trabajos dan cuenta además de su buen pulso para moverse entre el drama y la comedia, sin que ello signifique abordar con ligereza temas complejos como la condición femenina o el peso de las identidades religiosas en el mundo árabe.
Si bien todo esto también forma parte de Cafarnaúm, existen esta vez una serie de elementos que rompen el equilibrio que Labaki había logrado en su obra previa. Acá narra la vida de Zain, un niño libanés de doce años que parece más chico, protagonista excluyente de la película. La misma avanza siguiendo el devenir de sus penurias que, se intuye, no son más que el reflejo de una realidad inevitable para los nenes de las clases bajas de países como Líbano, Siria, Palestina o Afganistán. Pero también para los que han nacido en la mayoría de los países de África o América latina. Incluida la Argentina, donde la pobreza es una epidemia en plena expansión y los abusos contra menores no son precisamente infrecuentes.
Cafarnaúm comienza con unos chicos jugando a los soldados en las calles de un barrio pobre. Aunque llevan armas hechas de madera y botellas de gaseosa vacías, no es difícil reconocer en sus movimientos una íntima familiaridad con los paisajes bélicos. Pero Labaki no está interesada en el panorama geopolítico, sino en tratar de pegarse a Zain para convertirse en testigo de su intimidad, responsabilidad que a través de su película traslada al auditorio. Así se sabrá que Zain está preso en una cárcel para adultos, condenado a cinco años por haber apuñalado a un hombre. "A un hijo de puta", dice Zain ante el juez que instruye la causa que el chico, ya preso, decide llevar contra sus propios padres, acusándolos de haberlo traído al mundo. A partir de ahí, dando un salto temporal hacia el pasado, Labaki reconstruirá el camino que su personaje debió recorrer para llegar hasta ahí.
Zain trabaja más que sus padres para mantener una familia que comparte con cinco o seis hermanas menores. Y se preocupa por ocultar la llegada a la pubertad de una de ellas, Sahar, de once años, y así evitar que la entreguen en matrimonio a un tipo de casi 30. No lo conseguirá, claro. Entonces escapará de su casa y hará amistad con Rahil, una inmigrante africana que lo lleva a vivir con ella a su casilla de chapa. Ahí cuidará al bebé de la mujer mientras ella va a trabajar. Hasta que Rahil es detenida por ilegal y Zain se queda solo. O no tan solo: ahora tiene que cuidar a un bebé.
Cafarnaúm no ahorra golpes de efecto, algunos sensiblemente bajos, para contar las desgracias de Zain, lista que acá se deja incompleta para evitar el spoiler, pero que se irá poniendo cada vez peor. También es cierto que Labaki consigue momentos de humor y ternura incluso en medio del horror más grande, y que el pequeño Zain Al Rafeea se luce en la piel del protagonista. Sin embargo el objetivo final es retratar la miseria, el dolor y la furia de Zain sin filtros, con crudeza y sin piedad. Ahí aparecen las preguntas y sobre todo una: ¿Por qué? Todo ser humano sensible, incluido el argentino de clase media, intuye que la realidad es un abismo, un infierno en el que la mayoría sufre más de lo que le es dado imaginar. El mundo es una mierda, sí. ¿Pero alcanza ese argumento para crear un personaje con el único fin de herirlo a discreción, de provocarle todos los daños posibles frente a un auditorio, solo para ilustrar que el mal existe? ¿Alcanza con la excusa de que el mundo es un lugar espantoso para convertir al cine en un dispositivo de agresión, que tiene como primera víctima a su propio protagonista y a través de él al conjunto de los espectadores? Preguntas difíciles que cada espectador deberá responder solo frente a la pantalla (o no). La película de Labaki habla por ella con elocuencia. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

sábado, 8 de diciembre de 2018

CINE - Guillermo del Toro producirá en Hollywood un remake de "Aterrados", de Demián Rugna

Guillermo del Toro, reciente ganador de múltiples Oscar por La forma del agua, habló esta semana en el Festival de Cine de Marrakech, donde tuvo a su cargo una clase magistral. Ahí el cineasta mexicano dio detalles a la prestigiosa revista The Hollywood Reporter acerca de su próximo trabajo, una adaptación del clásico de la literatura italiana Pinocho que realizará para Netflix en el formato de la animación y que, según contó, tendrá una oscura lectura política que alejará al personaje del conocido perfil infantil que popularizó la versión de Walt Disney de 1940. Pero entre comentario y comentario acerca de la obra de Carlo Collodi, Del Toro también realizó un anuncio inesperado que de algún modo lo vincula al cine argentino, concretamente a un cineasta local: el mexicano producirá en Hollywood la remake de Aterrados (2017), film del argentino Demián Rugna.
La noticia no solo resulta sorpresiva por el impacto que provoca la llegada de un artista nacional a la industria más poderosa del mundo, alimento para el tradicional chauvinismo vernáculo. Ocurre que a pesar de las buenas críticas y de transitar uno de los géneros más populares, Aterrados apenas fue vista en el país por algo más de 20 mil espectadores. Que fueron suficientes para convertirla en una de las películas de terror más “taquilleras” del cine argentino moderno, pero que resultan un número mínimo si se lo compara con las más de un millón de entradas vendidas por otras como Mamá se fue de viaje, El ángel o El fútbol o yo. Aterrados, que se estrenó en mayo de este año, ni siquiera entrará en el top 10 de las películas argentinas más vistas de la temporada. Pero su director filmará su próximo trabajo en los Estados Unidos a través de los estudios Fox.
Hasta ahora Rugna era uno más de los muchos artistas que pelean para filmar en la Argentina y que en los últimos años vieron como la perspectiva de seguir haciéndolo se volvía cada vez más cuesta arriba. Todas sus películas tuvieron estrenos limitados o, peor aún, no lo tuvieron. Es el caso de su trabajo anterior, la comedia negra Vos no sabés con quién estás hablando, que nunca consiguió distribuidor y apenas pudo ser vista como parte de la Competencia Argentina del Festival de Mar del Plata en 2016. A Rugna no le han hecho entrevistas en los grandes medios y su cara no aparece en la tele. En resumen: casi nadie conoce a Demián Rugna ni a sus películas en su propio país, pero filmará la próxima en Hollywood.
“Es una sensación muy extraña, sentir que pertenezco a un mundo que está lejísimos de esto que me están proponiendo”, dice Rugna para tratar de explicar el combo de euforia y confusión que le provoca la posibilidad del salto que está a punto de dar su carrera. “En 15 años como director no pude consolidarse en mi propio país, siempre me moví por los márgenes, con amigos del under, siempre viendo desde el otro lado del vidrio como el banquete del cine se lo morfaban otros. Y esta bomba me explota justo cuando evaluaba abandonar la profesión. Eso me genera lo que le sentiría un futbolista de potrero ya pasadito de años ante una convocatoria para jugar en la selección al lado de Messi: ‘¡Ey…! ¿Pero si todavía no jugué en primera?’”, continúa el director. “Ahí te acordás de los goles que metiste en el arco de madera y te das cuenta de que no eran algo menor, que los partidos que te embarraste y te lastimaste las rodillas no fueron en vano, y entendés que hasta los trofeitos que levantaste valían más de lo que creías.”

-Es decir que en realidad no todo ocurrió tan rápido como podría interpretarse a partir de lo sorpresivo de la noticia.
-Mi sensación ahora es de ansiedad y vértigo. Me da gracia haber tenido tan poca suerte antes y de repente tener tanta ahora. Pero por otra parte lo asimilé bien, porque la posibilidad de dirigir el remake surgió en diciembre de 2017, entonces esa euforia que tuve que contener durante este largo año de negociaciones hicieron madurar una templanza necesaria para estos casos. Tampoco divulgué antes la noticia para estar más tranquilo. Y viendo como estaba la situación del cine en Argentina preferí ser reservado. Así que gran parte de mis amigos y hasta de mi familia se están enterando por esta nota.
-¿Tiene idea de presupuestos o del equipo de trabajo con el que va a filmar?
-Sé que Del Toro será productor a través de Fox Searchlights y que vamos a trabajar en conjunto todo el proceso. Sobre todo el desarrollo y la preproducción. Del equipo solo puedo confirmar al guionista Sacha Gervasi (el mismo que escribió el guión de La terminal para Steven Spielberg), que va a ayudarme específicamente con la adaptación de los diálogos.  
-¿Se siente listo para filmar en un contexto en el que todo ya no dependerá de usted, que apenas será otra pieza de la máquina de hacer películas?
-Se lo que significa Hollywood, pero por suerte caí en las manos del mejor productor. Del Toro me garantizo libertad y me dio toda la confianza. A tal punto que me dijo: “yo creo en tu instinto, porque eso te hizo hacer Aterrados en la forma en que la hiciste. Tu sensibilidad te hizo elegir a los actores adecuados, así que confío en que los vas a volver a elegir bien”.  
-¿Y ya sabe cuáles son los actores que elegiría?
-Es que ahí mismo le dije que quería a Jeff Bridges. Entonces me miro un poco y me dijo: “no sé si el presupuesto dará para tanto, pero déjame y ya veremos qué pasa”. Entiendo que no tendré el control del corte final pero saber que Del Toro me respalda me da muchísima tranquilidad.  
-Antes de la entrevista me contaba que Del Toro habló de Aterrados con Spielberg. ¿Cómo es eso?
-Fue como realidad virtual, como escuchar todo lo que soñé cuando era chico. En uno de los almuerzos que tuvimos Del Toro me dijo, así nomás, mientras se tomaba una sopa, que le iba a pasar el link de la película a Spielberg porque le había estado hablando de una escena, la del chico muerto y el vaso de leche. No me salió otra cosa que agarrarme la cabeza, no pude decirle nada. Uno de mis ídolos del cine me contaba que le quería mostrar mi película a mi gran ídolo de la infancia. Imposible.
-Está claro que el mérito en esta situación le corresponde a Aterrados. Sin embargo usted ha dicho en la presentación de la película en Sitges que la filmó casi de compromiso, sin mucha confianza. ¿Por qué?
-No era falta de confianza en mí, sino en el sistema. Sobre todo porque mientras hacia la posproducción de Aterrados veía como mi película anterior, Vos no sabés con quién estás hablando, no lograba venderse ni tener distribución después de esperar 5 años pata poder filmarla y de un año entero sin salir de casa para posproducirla. Encima en las funciones de los pocos festivales en los que participó el público se reía y la disfrutaba, no me entraba en la cabeza que no se vendiera. Ahí me dije ya fue, me dedico a otra cosa. Empecé a replantearme seriamente lo que iba a hacer a partir de entonces, viviendo en el fondo de la casa de mi vieja, con un auto modelo ‘95 semifundido y un un futuro incierto en el cine a los casi 40 años.  
-¿Pero qué tan serio fue ese replanteo? ¿Evaluó alternativas concretas?
-Mirá, mientras hacia la posproducción de Aterrados mande a pedir un cargamento de muñecos de China y los vendí por internet para probar con otro negocio. Y te digo que, salvo con Aterrados, me fue mejor con eso que con mis otras tres películas. Pensábamos estrenar Aterrados en unas pocas salas en octubre de 2017, palo y a la bolsa. Pero entramos al Festival de Mar del Plata y eso retrasó todo. Ahí la película gano el Festival Mórbido, en México, y desde entonces se fue dando todo. Terminamos participando en los festivales mas grandes de género fantástico, incluida la Competencia Oficial de Sitges. Por eso creo que la suerte me llegó justo a tiempo.  
-¿Cree que este salto que está dando puede ayudar no solo a la producción del cine fantástico en la Argentina, sino a modificar la desconfianza que el público siente por el cine argentino, en particular por la vertiente fantástica?
-Creo que va a ayudar muchísimo. Hace años vengo bregando por un cine fantástico nacional y se ha avanzado desde lo institucional, pero siempre cuesta que el público apoye. Estoy cansado de leer comentarios que dicen que si una película es argentina “seguro va a ser una mierda”, o que tal otra está bien “para ser argentina”. O ver gente levantarse y salir de la sala al minuto de empezar Aterrados porque se dieron cuenta de que era argentina. Es un tema cultural, pero también debemos hacernos cargo como industria de que le hemos dado la espalda al espectador que no consume cine de autor. Que es el gran porcentaje de la gente que va a ver cine a las salas y que es el mismo público al que le chupa un huevo si el Incaa se va a la mierda o si se deja de hacer cine nacional. A ese público lo descuidamos al no producir contenido, pero también por no contar con espacio para la difusión en los medios de comunicación. Por ejemplo a mí solo Página 12 y Tiempo Argentino me hicieron notas por Aterrados. Entonces a un productor independiente le cuesta apostar al género, porque la apuesta es más dura. Ojalá Aterrados haya abierto una ventana para atraer a ese público que no suele mirar su propio cine. Creo que la película puede darle mucho al cine nacional ganando el respeto de muchos espectadores que nunca tuvimos en cuenta. Ahí podré decir que como realizador argentino habré cumplido con el objetivo de aportar en algo que me parece es muy importante.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.