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jueves, 26 de mayo de 2022

CINE - "Ligera reparación" (Small Engine Repair), de John Pollono: Distinto rumbo, el mismo destino

Aunque lo que muestran los espejos es una imagen más o menos fiel de la realidad, cuando alguien se mira en ellos lo que ve no es tanto un reflejo real, sino lo que percibe de sí mismo. Una imagen subjetiva alterada por la influencia de las propias inseguridades, deseos e imposibilidades. Da la impresión de que lo mismo ocurre con Ligera reparación, ópera prima como director del guionista y actor John Pollono. Todo parece indicar que la película se percibe como una mirada condenatoria de la idiosincrasia de los Estados Unidos, pero que, tal vez sin notarlo, termina poniendo en escena aquello que en apariencia reprueba. Es decir: la crítica está ahí, bien visible, pero ocurre que las vueltas de tuerca terminan haciéndole dar un giro de 180°, dejándola en el mismo lugar al que se le quería dar la espalda.

La película tiende líneas narrativas cuya confluencia busca dar como resultado un autorretrato más o menos amplio de la sociedad estadounidense. Pero si bien su paisaje abarca distintas clases sociales, no deja de ser una suerte de selfie de la América blanca. Un exconvicto ha criado solo a su hija, con la ayuda de sus dos mejores amigos. La chica ahora está por terminar la secundaria y se dispone a comenzar la universidad que su padre, mecánico de oficio, ha comenzado a pagar con esfuerzo. Ligera reparación traza un retrato convincente de la clase obrera en los Estados Unidos, así como del sueño del ascenso social por medio del esfuerzo, que habitualmente se conoce como sueño americano.

Una pelea en un bar pone distancia entre los amigos, pero meses más tarde el padre de la chica propicia el reencuentro. Comerán, beberán, se drogarán y recordarán los buenos tiempos. Acá también Pollono vuelve a ser eficiente para mostrar a los tres viejos amigos conectando con aquello que los une. La comunicación entre ellos se da a través de los códigos que hasta la generación X eran los habituales en casi cualquier universo masculino: algunas groserías, agresiones amistosas (que no dejan de ser agresiones), mucho grito y testosterona. Pero una sensación incómoda flota durante todo el encuentro y la película no tarda en delatarse.

Ya desde el vínculo entre los protagonistas, la violencia como forma de relacionarse aparece en escena con claridad. En particular el bullying, incluso el que se practica entre amigos, que será el tema que propiciará un golpe de guión, haciendo que todo eso que hasta acá aparecía integrado a la vida cotidiana, pase a ocupar la superficie del relato, llevándolo hasta el filo de un abismo. Eso, combinado con el rol que en la actualidad juegan las redes sociales, permitirá abordar de un modo distinto el tema de la justicia por mano propia, tópico recurrente del cine estadounidense. Pero si bien la película cree asumir un punto de vista más progresista al respecto, lo que hace en realidad es terminar de legitimar una nueva forma de linchamiento.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Pägina/12.

jueves, 5 de mayo de 2022

CINE - "Great Freedom" (Grosse Freiheit), de Sebastian Meise: La deuda incobrable

“Entre el 7 y el 8% de los hombres alemanes son homosexuales. Si la cosa sigue así, nuestra nación se desmoronará por culpa de esa plaga. Quienes practican la homosexualidad privan a Alemania de los hijos que le deben”. La declaración pertenece a Heinrich Himmler, líder de las SS, luego de que otro de los hombres fuertes del régimen, Hans Roehm, fuera ejecutado por orden de Adolf Hitler, acusado de traición y homosexualidad. Eso fue en 1934, un año después de que Hitler asumiera como Canciller, y marcó el comienzo de la persecución abierta de los homosexuales. Aunque sus acciones no se desarrollan durante el nazismo, Great Freedom, película dirigida por el austríaco Sebastian Meise, tiene como eje central de su relato la forma en que aquella persecución se extendió en Alemania durante 25 años después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Su primera escena transcurre en Berlín durante 1968, el año de las revoluciones. Hans, el protagonista, es condenado a dos años de prisión tras ser encontrado culpable del delito de sodomía. Encarcelado por homosexual, una práctica legal por entonces habitual en Alemania gracias a la aplicación de la ley conocida como Párrafo 175. La misma indicaba: “un acto sexual innatural cometido entre personas del sexo masculino o de humanos con animales es castigable con reclusión; también puede ser impuesta la pérdida de los derechos civiles”. Aunque el Párrafo 175 fue incorporado en el código penal alemán en 1871, el mismo fue modificado durante el nazismo para que bastara un rumor o la simple sospecha del “delito” para que la justicia pudiera actuar en contra de sus “perpetradores”.

A pesar de la atroz perspectiva de ir a prisión, Hans (interpretado de forma visceral por Franz Rogowski) no parece preocupado. De hecho una vez ahí se reencuentra con Viktor, otro preso, heterosexual, a quien conoce de antes. En el encierro también reconoce a un joven encarcelado por el mismo delito, a quien defiende del acoso de otros reclusos, acción que le depara unos días en la unidad de aislamiento. Será ese espacio de total silencio y oscuridad el dispositivo que la película usará para dar saltos en el tiempo y crear tres ejes temporales, cuyo relato se irá alternando.

Así, la película regresa primero hasta 1945, justo al final de la guerra, cuando Hans entra por primera vez a prisión, donde conoce a Viktor. A pesar del rechazo inicial que este siente por Hans, de a poco se irá apiadando de él, debido al desprecio general al que este es sometido en la penitenciaría. Esa empatía terminará de consolidarse cuando se entere de que Hans estuvo preso en un campo de concentración, donde purgaba una condena de 18 meses por el Párrafo 175. Solo que en lugar de ser liberado, como el resto de los prisioneros de guerra, simplemente fue trasladado a una prisión regular para cumplir con los cuatro meses que le quedan de pena. Otro hecho habitual tras la guerra y una de las grandes deudas del estado alemán. Alcanza con ver Párrafo 175 (2000), gran documental de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, para conocer no solo las atrocidades que sufrieron los varones homosexuales durante el nazismo, sino el estigma que se mantuvo sobre ellos hasta la derogación de la ley en 1969 (y más).

Narrada a través de un montaje paralelo que va de 1945 a 1957 y de ahí hasta 1968, Great Freedom le va dando forma primero al relato de una amistad, surgida al calor de una empatía mutua. Un sentimiento que de a poco irá dando lugar a otros, más profundos, que los protagonistas tardarán no solo en reconocer, sino en aceptar. Filmada con esa luz gris que suele caracterizar a los inviernos alemanes, Great Freedom no duda a la hora de darle forma a una historia llena de aristas duras y conmovedoras, sin que eso se convierta nunca en un calvario para el espectador. Pero tampoco lo sobreprotege con eufemismos o falsos pudores. El resultado es una película tan contundente como conmovedora, que a pesar de su oscuridad consigue iluminar la historia de esas víctimas largamente olvidadas. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 25 de abril de 2022

CINE - 23 BAFICI, Competencia Argentina, días 4 y 5: El camnio de la búsqueda

La Competencia Argentina del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, el Bafici, ha alcanzado la mitad de su recorrido durante el fin de semana. Con la presentación de cuatro nuevos largometrajes, el festival vuelve a poner al cine nacional en primer plano en un momento de profunda crisis, la mayor de los últimos 30 años.

A partir de una película muda, filmada en 1920 por una expedición sueca que buscaba dar con la elusiva y hoy extinta tribu de los pilagá, en el Impenetrable chaqueño, en El campo luminoso Cristian Pauls reconstruye no solo dicha travesía, sino que parece proponerse un objetivo mayor. El director intenta completar aquello que ese viejo documental ha perdido: la palabra. Por un lado a través del diario escrito en sueco que llevaba el líder del grupo, que detalla el día a día de la excursión. Pero sobre todo tratando de documentar lo que queda de la lengua de los pilagá, perdida junto a ellos como tantos otros pueblos y sus lenguas, desaparecidos por la Conquista. La palabra de los que ya no están. Hay una escena de la película que tal vez sirva como una declaración de intenciones. 

Una mujer mayor describe una imagen del velorio de su padre. Es lo único que recuerda de él, porque era muy chica. La escena es nebulosa, como un sueño a medio olvidar, pero persistente. En ella el cuerpo está tendido en el piso de tierra, envuelto en telas y rodeado de gente. La mujer no sabe si aquello lo vivió o si se trata de una memoria inventada solo para aferrarse al padre que no conoció. Las escenas de la película recuperada por Pauls, filmada por los expedicionarios suecos hace exactamente un siglo, se perciben de un modo similar. Es difícil saber si no se trata de fantasmas, o de un sueño soñado por otros del que apenas sobreviven esas reminiscencias, que ahora, por alguna clase de milagro (al que llamaremos cine), nos es dado volver a contemplar y ahora también oír.

Si de recuperar parte de lo perdido se trata, de eso mismo se ocupa también Camuflaje, quinto trabajo de Jonathan Perel que, como en los anteriores, vuelve a abordar un asunto vinculado a la conservación de la memoria en torno a los delitos cometidos durante la última dictadura en la Argentina. A diferencia de títulos como Responsabilidad empresarial (2020) o 17 monumentos (2012), que trabajaban con planos fijos de paisajes arquitectónicos, esta vez la cámara no solo adquiere movimiento, sino que la acción tiene un protagonista: el escritor Felix Bruzzone. Hijo de padres desaparecidos, Bruzzone será el encargado de guiar un acercamiento a Campo de Mayo, la guarnición militar más grande del país, donde también funcionó el mayor campo de exterminio durante la dictadura. Ahí estuvo secuestrada su madre.

El protagonista mantiene con el predio una relación ambigua. Desde hace años se ejercita corriendo en torno a su perímetro, lo que le permitió conocer a distintos personajes que viven cerca. Un agente inmobiliario, un personal trainer, un grupo de chicas. Con cada nueva carrera, Bruzzone los aborda y cada uno le permitirá ir acercándose a ese espacio que parece tirar de él como un vórtice. Primero rondará los alambrados, descubrirá aberturas y de a poco irá colándose al interior, una verdadera reserva natural escondida. Con inteligencia, Perel logra hacer del recorrido de Bruzzone una figura de Escher, en donde una carrera circular es al mismo tiempo un espiral que lo arrastra hacia el centro. No solo de ese espacio contradictorio, en el que el horror convive con la belleza natural, sino de su búsqueda por reconstruir el pedazo que le falta a su propia historia. 

Las películas de Gastón Solnicki son objetos extraños; saludable, compleja y bellamente extraños. A Little Love Package, la más reciente, no es la excepción. Rodada en la ciudad de Viena, Austria, durante el otoño, en ella se retrata el vínculo entre dos mujeres que buscan un departamento para que una de ellas se mude. Esa es una de las historias que el director cuenta en su película, pero hay otras. Un número indefinido de historias que de forma juguetona la película propone ir descubriendo. 

Aunque está compuesta por fragmentos, A Little Love Package no es un rompecabezas, porque está claro que muchas de sus piezas no encajan entre sí. Se trata más bien de un mosaico hecho de delicados azulejos irregulares, cada uno dueño de su propia belleza. A veces su contigüidad puede producir sentido; otras quizás no: como en la poesía, acá la suma de las partes siempre da un resultado distinto, dependiendo del que mira.

También es cierto que hay una historia en esta nueva película de Solnicki, pero lo más recomendable es no intentar una lectura lineal y cronológica, sino dejarse llevar por los elegantes saltos que el director propone. A fin de cuentas, ¿uno no va al cine para ver y para que le cuenten historias? Bueno, en A Little Love Package hay mucho para ver y también son muchas las historias contadas. Aunque a veces estas se parezcan más a juegos con el lenguaje que a relatos propiamente dichos.

Paula es el segundo largo de la cordobesa Florencia Wehbe, retrato bello y vívido de la adolescencia a partir de un grupo de quinceañeras. Y de una de ellas en particular: la del título. La película consigue una serie de pequeños milagros, porque no solo captura con naturalidad la esencia de una edad compleja, sino que lo logra sin caer en dos extremos de los que el cine suele abusar: acá hay humor sin caricatura y drama sin tragedia. En su lugar, Wehbe entrega una película tan contundente como grata, con personajes imperfectos cuyo relieve los hace humanos, con todas las dificultades que eso implica (y no solo cuando se tienen 14 años). 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 14 de abril de 2022

CINE - "Metal Lords", de Peter Stollet: Los metaleros también tienen sentimientos

Que “tierna” sea la primera palabra que se viene a la cabeza para hablar de Metal Lords, película en la que dos adolescentes arman un grupo de thrash metal para competir en un concurso escolar de bandas, no deja de parecer un oxímoron. Es que si a algo han aspirado históricamente los cultores de todos los géneros del metal, del folk metal al grindcore, pasando por el heavy, el power, el doom, el black, el death y el resto de la lista sinfín de sus etiquetas y subdivisiones, es a ser catalogados de salvajes, rebeldes, toscos o cualquier otro adjetivo que destaque su carácter duro. La ternura no es justamente una cualidad con la que estos legionarios de la oscuridad esperan ser asociados. Aún así, aunque los metaleros miren para otro lado, una sensibilidad muchas veces al borde del trauma forma parte esencial de estos estilos musicales que, sin embargo, eligen expresarla a través de sonidos ásperos y rabiosos. 

Es en ese punto donde esta película dirigida por Peter Stollet da en el blanco. Retrata a sus protagonistas como criaturas con una evidente dificultad para reconocer y manejar sus emociones, para quienes la distorsión y los gruñidos resultan los canales perfectos para vehiculizar frustraciones y deseos. Ponerle sonido a aquello a lo que no se le puede poner palabras. Porque, más allá del amor genuino que sienten por la música, hay algo de catártico en la forma en que Hunter y Kevin se abrazan al poder expresivo que obtienen de sus instrumentos. Así, componiendo canciones machacosas y vitales, ambos se proponen darle forma a una nueva realidad, en la que ya no serán objeto de las burlas de algunos de sus compañeros. O mejor todavía: dejarán de ser invisibles. 

En la relación entre ambos los roles están bien claros. Hunter es el fanático experimentado que va guiando al novato Kevin por las ramificaciones infinitas del género (y él cree que también de la vida). Y mientras el primero es insolente y emprendedor, un chico de acción pero a la vez conservador (el fanatismo siempre lo es), el segundo es más bien introspectivo y propenso a no tomar decisiones a las apuradas. El desafío al que se enfrentan es el de encontrar un bajista que complete la formación, a tiempo para presentarse en el concurso, una pesquisa que los pondrá frente a sus anhelos y fantasmas.

A pesar de lo dicho y de una banda sonora que dispone lúdicamente de una larga lista de canciones que pocos imaginaban en una película, Metal Lords no consigue ir más allá de los límites de su propio molde. Un relato de iniciación adolescente a reglamento, en el que un puñado de descastados va en busca de su destino y donde aquello que a priori parece ser un castigo (ser diferente de la mayoría) acaba siendo el tesoro que los vuelve únicos. Una película que ya se hizo y se vio muchas veces, pero cuya ternura permitirá que se la vuelva a ver una vez más con cierto gusto.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 2 de enero de 2022

Correspondencia - Cartas entre José Pablo Feinmann y Adolfo Aristarain: Viaje a la intimidad de dos amigos

Hay historias que necesitan de una explicación antes de ser contadas. Esta es una de ellas.Ha

ce menos de dos semanas, el 17 de diciembre pasado, la noticia de la muerte de José Pablo Feinmann tomó a todo el mundo por sorpresa. Y no es que el reconocido filósofo, escritor y guionista atravesara su mejor momento: tenía 78 años y arrastraba las secuelas de un ACV sufrido en 2016 que limitaban sus apariciones. Sin embargo, nada de eso le impedía seguir participando de la escena pública con intensidad. Así lo hizo luego de las PASO, cuestionando la gestión del presidente Alberto Fernández y de su vicepresidenta, Cristina Fernández, a pesar de ser un peronista histórico, defensor de las gestiones kirchneristas. Un ejemplo de honestidad crítica nada habitual en estos días. Poco antes, el 23 de junio, había publicado en Página/12 una despedida para su amigo Horacio González, fallecido el día anterior a causa del Covid-19. Una auténtica declaración de amor con un final conmovedor, que no solo expresaba el cariño por el amigo perdido, sino una lúcida conciencia de su propia fragilidad: “Te quise mucho, Horacio. Esperame. No voy a demorar. Así lo siento hoy, ahora, mientras escribo estas líneas tristes, esta despedida”.

Como ocurre cada vez que muere una personalidad de la estatura que Feinmann tuvo dentro de la escena cultural, Tiempo Argentino contactó a una lista de personalidades cercanas al homenajeado, ya sea por vínculos personales o afinidad profesional. Algunos se excusaron, otros dieron el sí. Pero hubo una persona cuya respuesta no llegó a tiempo.

Adolfo Aristarain es cineasta. Tal vez el más importante del cine nacional en el período que va de finales de la década de 1970 hasta la aparición del llamado Nuevo Cine Argentino, 20 años después. Él es el responsable de trabajos que marcaron a varias generaciones de espectadores. En especial la trilogía compuesta por las películas La parte del león (1978), Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982), tres thrillers clásicos y oscuros que, aunque parezca increíble, fueron rodados y estrenados durante la dictadura. La tercera de ellas está basada en la novela homónima de Feinmann, deudora del policial negro y el hard-boiled. Un libro que pone en evidencia la admiración que su autor sentía por escritores como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, el film noir y su inclinación hacia la literatura y el cine más popular.

Escribiendo juntos el guión de aquella película, Feinmann y Aristarain comenzaron una amistad que duró hasta el 17 de diciembre pasado. Por eso la palabra del director parecía oportuna para despedir al amigo escritor, tal como Feinmann había hecho con González. Por desgracia, su respuesta llegó cuando la edición de Tiempo del domingo 19 ya estaba en los kioscos: 

"Estimado Juan:

Lamento no abrir todos los días mi correo. Vi tu mensaje hace un rato. Creo que te habría dicho que preferiría no escribir nada. Hablar de un amigo que se muere es hablar de uno mismo y no soluciona nada, ni la muerte ni el dolor.

Si te interesa, te puedo enviar un par de mails que nos escribimos en 2012 hablando de su novela Días de infancia. Vos dirás. Un abrazo, Adolfo."

De más está decir que nuestra respuesta fue afirmativa. ¿Cómo negarse a la tentación de espiar la intimidad de una amistad como esa? Se trata de los tipos que hicieron una de las mejores películas de la historia del cine argentino: Últimos días de la víctima no es otra cosa. Un trabajo en el que Aristarain está a la altura de los mejores directores estadounidenses de su generación, sin nada que envidiar. Un policial que elige de protagonista a un sicario y consigue que el espectador se ponga de su lado. Y que, aun abrazando la tradición norteamericana del género, logra retratar su aldea, atreviéndose a hablar del final de una era de acuario para los asesinos a sueldo, al mismo tiempo que la más sangrienta de las dictaduras que enluta la historia de este país empezaba a caer.

Es imposible ver Últimos días de la víctima y no recordar el cine de Hitchcock, en especial La ventana indiscreta pero también La llamada fatal, ambas de 1954. Y de ahí al Coppola de La conversación (1974), o más todavía al Brian De Palma de Doble de cuerpo, que recién se estrenaría dos años después de la película de Aristarain. ¿Cómo no aceptar publicar esas cartas, punta del témpano del legado inmenso que nos dejarán el filósofo escritor y su amigo, uno de los mejores cineastas del país, que inexplicablemente no consigue financiación para filmar nada desde el estreno de Roma, en 2004? 

A continuación, los lectores de Tiempo podrán leer en exclusiva las tres cartas que Feinmann y Aristarain intercambiaron por correo electrónico hace casi diez años. Por entonces, el escritor acababa de publicar Días de infancia y le pedía al cineasta una devolución de lectura. Vaya nuestro agradecimiento a Adolfo Aristarain por la generosidad de compartir este material en nuestras páginas. 

 

De: José Pablo Feinmann

Para: Adolfo Aristarain 

Enviado: 26 de julio, 2012

Asunto: Novela

Querido Adolfo:

¿No vas a leer Días de infancia? 

Es una novela escrita para tipos como vos. La veas filmable o no. (Probablemente no.) Apuesto a que te va a gustar.

Y si no, no. Pero vale la pena probar. ¿Te gusta un plano secuencia? Entonces te tiene que gustar el estilo de esta novela. ¿O te vas a sumar a los lectores de estos tiempos desangelados que dicen que es muy dura y difícil?

Abrazo, 

José.

PD: ¿Cómo vas a perderte conocer a Calamity Jennifer?


De: Adolfo Aristarain

Enviado: 27 de julio, 2012 

Para: José Pablo Feinmann

Asunto: Re: La Bella Jennifer

José:

Como dicen los pibes: SOS UN ZARPADO.

La novela la leí de un tirón y no me pareció dura ni difícil. Me pareció difícil de escribir, pero no de leer. Es una joya, pero no puedo entender que hayas sido capaz de semejante proeza con el lenguaje. ¿Cómo se puede lograr un nuevo lenguaje, síntesis de comics, películas del ‘50, traducciones buenas y malas al español neutro y no castizo? No solo lograr esa síntesis, sino hacer que el lector (este lector) se meta de cabeza en la nueva convención y disfrute sin más de la historia es algo que parece imposible de conseguir. Pero como sos un genio zarpado lo conseguís. Porque te fuiste al límite en todo, al borde del abismo o caminando por el alambre sobre el abismo, como más te guste. Porque si el lenguaje es sorprendente, la historia no es menos sorprendente y no hablo de qué pasa sino de cómo pasa. Te colocás y me colocás fuera del realismo, tres o cuatro escalones más arriba para que no pierda de vista la ironía y la exageración, pero también tres o cuatro escalones más abajo del disparate sin sentido y sin gracia. Te metiste en el punto de equilibrio de un género delirante y avasallante que inventaste vos.

Y encima te das el lujo de ponerte serio sin que se note y hablar de la nada y de la locura. ¡¡¡Y contando algo que parece farsesco, pero no llega a serlo, conseguís emocionar!!! La Bella Jennifer es absolutamente deseable y maravillosa. Y para tu conocimiento quiero decirte que sin lugar a duda, el Abuelo estuvo en Gettysburg [NdeE: referencia a la batalla del mismo nombre, de la Guerra Civil estadounidense].

Lo que es más sorprendente que todo lo anterior, es que hayas conseguido que uno (de tu generación y con lecturas y películas casi idénticas) sienta que no solo estás contando una historia, sino que me estás haciendo revivir sensaciones que ni recordaba haber tenido en la adolescencia. Una sensación placentera, la sensación de que lo que vivimos y descubrimos y vimos y leímos no se perdió, no pertenece al pasado irrecuperable porque está en uno, se siente vivo y ahora, y eso sí que ni vos me vas a poder explicar cómo carajo lo conseguiste.

No te hago una objeción (sí al corrector, que puso Hornflower en lugar de Hornblower [NdeE: referencia al protagonista de una serie de novelas de aventuras marítimas de C.S. Forester] y me amariconó al marinero) sino que tengo una preocupación que se relaciona con los lectores de Días de Infancia y con su reacción. La reacción que conseguís en mí y creo que también en Horacio González, que lo dice más difícil que yo, es por haber nacido en el 43 o cerca y haber tenido una formación cultural muy similar y supongo que experiencias no muy distintas. La cuestión es ¿qué le pasa al lector de treinta o cuarenta años? ¿Se engancha con todo y lo único que no percibe es esa adolescencia viva? No leí críticas y no sé cómo se está vendiendo. Pero es lo de menos. Joya, Feinmann. Joya que no se puede hacer en cine. Lo que contás es inseparable del lenguaje con que lo contás. Uno inventó al otro o se inventaron juntos. Funcionan a la perfección. Si lo tratás de llevar al cine vas a terminar con un producto grosero, de un humor forzado, al estilo Tarantino o similares cineastas torpes. Si te gusta Tarantino, arriesgate. 

Gran abrazo, 

Adolfo 

 

De: José Pablo Feinmann

Para: Adolfo Aristarain 

Enviado: 28 de julio, 2012 

Asunto: RE: La Bella Jennifer

¡¡¡GRACIAS, ADOLFO!!!

Es la mejor lectura que tuve, la que más me emocionó, la más cercana a mis sentimientos. ¡Qué bien que escribís, atorrante! ¡Qué bien escrito está ese mail!

No tengo palabras para agradecerte. Me arrancaste de mi soledad. De la incomprensión agobiante que rodea a esta novela y –por consiguiente– a mí, su sufrido escritor. Que esperaba se dieran cuenta todos de todo lo que a vos no se te escapó y parece que no es así.

Es cierto: me reprochan dificultad en la lectura. Pero, ¿qué culpa tengo yo si los hábitos de lectura están por el piso? Si la gente abre un libro y solo lo toma en consideración si tienen muchos espacios blancos. Si la “ficción” no vende. Solo venden los libros de chismes políticos escritos por mediocres periodistas.

Y bueno, es así. Esta novela no tiene espacios en blanco. Aunque pedí y se hizo que cada capítulo empezara en página impar. Habrás notado (¿cómo no, si nada se te escapa?) que son 85 capítulos y 85 bloques narrativos. Que ningún capítulo tiene un punto aparte. Que el punto aparte “aparece” cuando pasas de un capítulo a otro. Del lenguaje, no hablemos. Lo agarraste como nadie. Es un honor que me digas que soy un zarpado. ¿Tan generacional es la novela? Entonces, ¿cómo podemos leer El juguete rabioso? ¿Cómo podemos leer a Faulkner o a Chandler y emocionarnos y saber algo o mucho más de la condición humana? ¿Qué es la “condición humana” sino que los hombres y las mujeres (aun en distintas épocas) nos vemos enfrentados a las mismas o a muy similares situaciones límites? No sabés cuánto de mí hay en Jennifer. Porque (con el cáncer de noviembre de 1975 [NdeE: le extirparon un cáncer en ese año] y el golpe militar) se desencadenó en mi cabeza algo que –agazapado– esperaba un gran golpe para salir del ADN y adueñarse de mí: una neurosis obsesivo compulsiva y el terror de todos los terrores: el terror a la locura.

En fin, mi agradecimiento es enorme. Pero tu lucidez como lector también es enorme. No digás tan rápido que no podrías firmarla, porque –al escribirla– pensé en vos muchas veces. Curiosamente, aunque somos tipos de izquierda y odiamos al imperialismo de los yanquis, admiramos a ese país. Vos siempre quisiste filmar ahí y yo siempre admiré esa cultura: toqué a Gershwin en el piano desde pibe, conozco, no digo todo, pero mucho de la historia del cine norteamericano, siempre viví enamorado de Richard Widmark y de Robert Ryan o de la Stanwyck o la Virginia Mayo de White Heat y Colorado Territory.

Para qué seguir: en la novela está claro que solo un argentino apasionado por esa cultura podía escribir ese texto que –además– señala que en ese país hay que ser un asesino para sobrevivir. La derrota de Jennifer nos debe doler como la de toda posible supervivencia de un sujeto libre, arisco, rebelde como ella.

Un enorme abrazo, querido y viejo amigo. Al cabo, también nuestro Últimos días de la víctima es el film de dos apasionados de los grandes que hicieron el más grande cine de la historia. 

José.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 2 de septiembre de 2021

CINE - "Moacir y yo", de Tomás Lipgot: Una elegía de ternura

La que el cineasta Tomás Lipgot fue construyendo en torno de la figura de Moacir Dos Santos es la más emotiva, sensible y tierna de las sagas del cine argentino, que con el estreno de Moacir y yo llega a su cuarta y última entrega. Esa afirmación no solo se justifica en el extraño encanto que poseía el personaje, un compositor y cantante brasileño al que el director conoció cuando realizaba su ópera prima, Fortalezas (2010), documental sobre personas encerradas en instituciones como cárceles u hospitales psiquiátricos. Por entonces Moacir estaba internado en el Borda debido a la fragilidad de su salud mental y su figura se destacó enseguida entre las de quienes dieron sus testimonios en aquella película. 

Pero si bien es cierto que contar con un gran protagonista es indispensable para hacer una gran película, ese milagro no siempre ocurre. Es por eso que este encantador retrato cinematográfico de Moacir –que incluye a Moacir (2011) y Moacir III (2017), además de los dos títulos ya mencionadas— no hubiera sido posible sin la mirada atenta y cariñosa de Lipgot, para quién el cantante brasileño, fallecido en 2018, era mucho más que el protagonista de sus trabajos. Y aunque eso ya estaba claro en los tres anteriores que compartieron como personaje y director, queda confirmado a partir del material con el que Lipgot construyó Moacir y yo. Una película que es muchas cosas a la vez.

Por un lado, cumple con la función formal de cerrar la construcción del personaje que Lipgot venía realizando en las películas previas, poniéndole punto final a una saga que se fue generando ad hoc en torno al vínculo cada vez más intenso que unió a los dos artistas. Moacir y yo también puede ser vista como una especie de detrás de escena de los tres episodios previos, revelando fragmentos en los que director y personaje aparecen juntos en escena, captados de forma espontánea (a veces no tanto) durante los rodajes compartidos o en filmaciones domésticas. 

Pero si hay algo que identifica a esta de las otras tres películas que Lipgot realizó en torno al cantante es su carácter elegíaco. Moacir y yo es la carta de despedida de un amigo a otro. Un intento de cerrar un duelo y empezar a transitar por un mundo que a partir de ahora estará signado por la ausencia, por los huecos que ha dejado el que se fue en la vida de quienes quedaron. O, por qué no, una declaración de amor escrita con imágenes que buscan anclar la memoria. Un esfuerzo por mantener vivo a Moacir para siempre, convirtiéndolo en inmortal. Que Lipgot se encuentre trabajando en una versión animada de Gilgamesh, el inmortal, historieta de Lucho Olivera y Robin Wood basada en el famoso poema épico sumerio, puede ser visto por lo menos como una agradable coincidencia. 

Con esas imágenes el director rescata momentos de la intimidad que compartió con su amigo, en los que Moacir suele aparecer como un chico que consigue salirse con la suya gracias a su simpatía y en los que siempre termina cantando. Resulta especialmente simpática una escena tomada del rodaje de Moacir III, en la que el protagonista debe colocarse una corona mirando a cámara como quien está frente a un espejo. En off se escuchan las indicaciones con las que Lipgot va orientando la actuación del protagonista. Le pide que se coloque la corona despacio y que contemple su imagen. “¿Y qué le pasa a Moacir cuándo se pone la corona?”, pregunta el cineasta en busca de que su actor exprese alguna emoción particular con sus gestos. En lugar de eso, Moacir empieza a cantar su particular versión del bolero “Inolvidable”, obligando a Lipgot a interrumpir la acción para explicarle con paciencia que no puede cantar todo el tiempo, porque por cada canción que aparezca en la película habría que pagarle a Sadaic. La respuesta de Moacir es cantar otra canción, desarticulando al cineasta como un nene haría con su padre. De esa ternura está hecha Moacir y yo. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 27 de agosto de 2021

CINE - "El tiempo contigo" (Tenki no ko), de Makoto Shinkai: Cuando la mágia es posible

Si hay un lugar en donde el realismo mágico no solo sobrevive, sino que goza de una salud de hierro, es en Japón y el estreno del largometraje animado El tiempo contigo, del cineasta Makoto Shinkai, puede ser vista como una confirmación de ello. Si bien el género tuvo su esplendor durante la segunda mitad del siglo XX en el campo literario de América latina, no es raro que su particular forma de incorporar con naturalidad elementos de fantasía en un entorno realista haya calado tan hondo en ese país. Después de todo el sintoísmo, la religión aborigen más popular en tierra nipona, tiene mucho de realismo mágico, ya sea por su modo de repartir la divinidad entre los elementos de la naturaleza, de los astros a los animales y las plantas, o por la convivencia con el mundo de los espíritus que sus creencias plantean. Entre las expresiones más notorias del realismo mágico japonés se encuentra la obra de Haruki Murakami, eterno candidato al Nobel de literatura. Y, sobre todo, la amplia producción de géneros como el manga (historieta) y el animé, nombre que designa a la animación japonesa, área en la que Shinkai es el máximo exponente en la actualidad.

Considerado el heredero de Hayao Miyazaki, uno de los padres y gran maestro del animé, con El tiempo contigo Shinkai vuelve a demostrar su capacidad no solo para abordar la fantasía sin perder de vista el complejo paisaje real (en el que lo social tiene un lugar preponderante), sino también una notable sensibilidad para retratar los vínculos humanos. Esa virtud se manifiesta con claridad en la forma en que registra la relación que surge entre Hodaka y Hina, dos adolescentes con vidas nada sencillas cuyas existencias se cruzan en una Tokio desbordante de gente, pero en la que rige la distancia y el trato despersonalizado. Hodaka, el chico, parece haber llegado hasta ahí como tantos otros migrantes que, decididos a cambiar sus pueblitos por las grandes ciudades, corren detrás de la fantasía de una oportunidad de progreso antes que de una oportunidad concreta, como enseguida lo confirma el choque con la realidad. Porque al ser menor de edad y no contar con el permiso de sus padres, las puertas se le van cerrando y Hodaka termina viviendo en la calle. Que su llegada coincida con un verano inusualmente lluvioso hace que todo sea un poco peor.

Hina, la chica, perdió a sus padres y ha quedado a cargo de su hermano menor. Ella trabaja en un McDonalds donde Hodaka se quedó a pasar la noche y, apiadándose de su condición, a la mañana siguiente lo despierta y le regala una hamburguesa. En ese marco crudamente realista, pero retratado con humor y eludiendo cualquier atisbo de tragedia, es donde el elemento mágico hará su aparición. A diferencia del género fantástico, donde lo extraño es percibido como una alteración de lo que el sentido común entiende por normal, acá ese detalle de fantasía será aceptado con naturalidad por todo el mundo, sin importar lo maravillosas que puedan ser las consecuencias derivadas de su acción.

Es que Hina ha obtenido el poder de manipular las condiciones climáticas el día que atravesó un torii –característicos arcos que funcionan como entrada a los templos sintoístas— para pedir por la salud de su madre. Las duras existencias de ambos chicos volverán a cruzarse y verán en ese don una posibilidad para encontrar una vida mejor ayudando a los otros. Una decisión que implica un sacrificio que irán descubriendo de a poco. Shinkai, a quien el Bafici le dedicó una retrospectiva en 2017, utiliza un diseño obsesivamente realista para retratar la arquitectura y los paisajes de Tokio, y la tradicional estética del dibujo animado japonés para los personajes. Ese contraste reaparece al mostrar de qué forma la pureza del vínculo que va creciendo entre los chicos va rompiendo las frías reglas de la vida en la ciudad. En medio de eso, la fantasía vuelve a ocupar un lugar casi religioso, en el que el poder de un alma noble alcanza para cambiar la realidad más dura. Una ilusión que El tiempo contigo convierte en verosímil. 

 Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Páguna/12.

viernes, 9 de julio de 2021

CINE - "La calle del terror (Parte 2): 1978" (Fear Street Part 2: 1978), de Leigh Janiak: Terror fetiche

Haciendo pie en el formato de las sagas del cine de terror, la semana pasada Netflix estrenó la primera parte de una trilogía basada en la serie de novelas juveniles Fantasmas de Fear Street, de R. L. Stine, muy popular en los Estados Unidos pero no tanto por acá. A diferencia de otras películas seriadas, como Halloween, Martes 13, Pesadilla o Scream, todas ellas clásicos de los años ’80 y los ‘90, La calle del terror completará en tres semanas lo que a las otras les llevó años e incluso décadas construir. Es que la N roja estrenará los tres títulos de la saga en viernes consecutivos. Y así como la semana pasada tuvo lugar la premiere online de La calle del terror (Parte 1): 1994, ahora es el turno de La calle del terror (Parte 2): 1978. 

Como ocurrió con el episodio anterior, esta segunda parte también está llena de guiños a las sagas citadas. La acción, por ejemplo, ocurre en 1978, año en el que John Carpenter estrenó Halloween, piedra basal del género slasher. Los hechos tienen lugar en un campamento de verano para adolescentes al costado de un lago, que recuerda a aquellos en los que transcurrían la primera Martes 13 (Sean Cunningham, 1980) u otras películas significativas del género y la época, como Campamento del terror (Robert Hiltzik, 1983). Ni hablar de que la protagonista, víctima del bullying de sus compañeras, sea tan pelirroja como la mismísima Carrie White, protagonista de Carrie (Brian De Palma, 1976), película que además es citada de forma explícita. La lista de homenajes sigue.

 El estreno de esta parte dos revela además la voluntad de la saga de recorrer los acontecimientos que le dan forma a su universo de manera invertida. Es decir, comenzando por los más recientes y a partir de ahí remontar la historia hasta sus orígenes. Un salto que en este caso abarca 16 años y que tiene como hilo conductor a la única sobreviviente de una matanza de adolescentes ocurrida en aquel campamento de 1978, cuya experiencia puede ser útil para los personajes de 1994. Pero como es fácil imaginar, habrá que esperar hasta el viernes que viene para ver si la parte 3, ambientada en 1666 en plena cacería de brujas del período colonial de los Estados Unidos, termina de resolver el enigma.

No puede decirse que La calle del terror (Parte 2): 1978 tenga a la originalidad entre sus virtudes. Lejos de eso, la película es un mush-up de influencias y tópicos clásicos del cine de terror en el que se funden los asesinos seriales con la brujería y las posesiones demoníacas. Todo con una estética que relee desde el cine a las décadas de 1980 y 1990 en clave moderna, del mismo modo en que Stranger Things lo hizo desde el formato serial. Algo que también han tratado de hacer antes muchas películas, sin éxito alguno. Al contrario, esta segunda parte se muestra eficaz para trasladar al público las emociones y el miedo de sus personajes y logra introducir ciertos elementos que le aportan un plus al viejo combo conocido.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 27 de junio de 2021

LIBROS - "Wilcock", de Adolfo Bioy Casares: Otra declaración de amor disfrazada de diario íntimo

Un centauro llamado Oligor, que nunca ha visto a otro centauro en toda su vida, se dedica a la pintura. En el último de sus cuadros puede verse a un caballo que se asoma y que tiene algo de monstruoso. Mario Obradour, en cambio, es bellísimo, pero solo en fotos: en persona es igual a un maniquí. A los 14 años, Mario descubrió que el amor físico no era para él, de modo que inventó una forma precaria masturbación utilizando una franela como las que se usan para lustrar autos. Por su parte, un apasionado de la filosofía confiesa tener algunos impedimentos físicos: en una mano tiene tres dedos y en la otra, por desgracia la derecha, solo dos. Un problema que le impidió aprender piano como hubiera deseado. Por fin, Jesús Pica Planas es un inventor tan fecundo como inservible. Entre sus creaciones más memorables se encuentran un calzoncillo de goma hermético para perras en celo; un dentífrico de ruda contra el vicio de fumar; un interruptor conectado al pie para no dormirse con la luz abierta y otros 76 inventos inútiles.

La obra de Juan Rodolfo Wilcock –o J. Rodolfo, como firmaba sus libros (o simplemente Johnny, como le decían los amigos—es una de las más absurdas, poéticas, estimulantes, frenéticas y desconocidas de la literatura argentina, a la que de todas formas tal vez no pertenezca. Y es que este hijo de inmigrantes nacido en 1919 escribió la mitad de ella en italiano. Wilcock formó parte del núcleo más íntimo de la cofradía que creció en torno a Jorge Luis Borges, espacio que compartía con autores como Manuel Peyrou, José Bianco, Carlos Mastronardi y, por supuesto, el impar matrimonio que integraban Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, cuya casa solía ser el centro habitual de reuniones, tertulias y cenas. Entre todos, Wilcock era el más joven y, fuera de Borges, probablemente el más brillante y talentoso.

Wilcock vivió en la Argentina hasta 1957 y luego se instaló de forma definitiva en Europa. Pero a diferencia de otros compatriotas emigrados no eligió París para radicarse, sino Roma. Hasta ahí, el joven escritor no había editado casi nada de prosa, pero tenía fama de gran poeta y seis libros publicados. Pero una vez en Italia dejó no solo la poesía sino también su idioma de origen, para dedicarse a la prosa y a escribir en su lengua materna: el italiano. Así publicó una decena de libros hasta su muerte, ocurrida en 1978, que recién se tradujeron al español de forma completa a finales de los ’90. Es por eso que en la literatura argentina su obra ocupa un lugar híbrido, medio monstruoso, que nada tiene que envidiarles a aquellos personajes que habitan sus libros, casi inconseguibles. Los curiosos pueden buscar las ediciones de El caos o El estereoscopio de los solitarios, ambos publicados por el sello La Bestia Equilatera. Pero pronto: no deben quedar muchos disponibles.

Para tener una idea precisa de quién fue este escritor superlativo y narcisista, lo mejor es leer Wilcock, otro volumen extraordinario en el que Daniel Martino compila las citas que sobre él escribió Bioy Casares en sus copiosos diarios personales. Sí, Martino lo hizo de nuevo: él es el responsable del Borges, libraco épico en el cual, en base al mismo sistema, recogió las anécdotas e infidencias que el autor de La trama celeste escribió en sus diarios sobre el autor de El Aleph. Menos voluminoso que aquel, las 240 páginas de esta nueva joya sin embargo alcanzan para dar cuenta no solo del talento de Wilcock y de su carácter malicioso y resbaladizo. También es posible seguir la evolución del vínculo con Bioy, que como el Salieri de la película Amadeus parece ir de los celos y recelos a la amistad y la admiración. 

“Come en casa Johnny.” La ubicua frase que se hizo famosa tras la publicación de Borges, es también el latiguillo al que Bioy recurre al comienzo de muchas de sus entradas diarias. Pero esta vez no llama al invitado por su apellido, sino que utiliza el diminutivo del nombre. Ese cambio no parece ser trivial, porque a través de él toman cuerpo las diferencias entre los vínculos que lo unían a uno y a otro. Vertical, de respeto y hasta sumisión con Borges; horizontal, de paridad y competencia con Wilcock. Y es que en el libro, que abarca los 56 años que van de 1941 a 1997, la mirada de Bioy sobre él registra un vuelco considerable. De hecho, las primeras menciones que realiza en sus diarios ponen de manifiesto una clara antipatía y un encono muy marcado. Si hasta confiesa haberse basado en su figura para componer al poeta pedante y desagradable que protagoniza su cuento El perjurio de la nieve.

Sin embargo esos sentimientos de rechazo (que en alguna medida también parecen estar vinculados a la homosexualidad de Wilcock; mejor dicho: a cierta homofobia por parte de Bioy), con el tiempo y el trato van dando paso a la admiración. Bioy reconoce el genio de su joven amigo incluso contra la consideración de Borges, quien nunca se terminó de bancar mucho al egocéntrico benjamín del grupo. Tal vez sentir que Wilcock no era una competencia en el cariño de Borges le haya permitido a Bioy, que era bastante celoso de su amigo mayor, hacer a un lado los resquemores que le impedían reconocer el enorme talento de ese otro. Quien, por otra parte, abundaba en actitudes que le granjeaban antipatías a granel. Esa dualidad recorre todo el libro, de modo que en una página Wilcock puede ser un nene caprichoso y en otra un interlocutor inteligentísimo; o un conversador ocurrente en una y un histérico insoportable más adelante. Así, Wilcock, el libro, bien puede ser leído como la mera cronología de un vínculo, pero también como el diario de una amistad hermosa. O mejor todavía: como otra declaración de amor que, por pudor, Bioy solo atrevió a confesar disfrazándola de diario. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 18 de junio de 2021

CINE - "El protector" (The Marksman), de Robert Lorenz: Por la mano derecha de Clint Eastwood

Jim es un hombre viejo que tiene su rancho en la Texas profunda. Tan profunda que su propiedad linda con México – literalmente— y a diario ve pasar por sus tierras a quienes con desesperación cruzan la frontera de manera ilegal. Aunque Jim es tan conservador como se puede ser en el territorio más austral de Estados Unidos, en él conviven el apego por la ley, que lo obliga a reportar cada intruso a “la migra”, con una empatía que no le impide tenderle una mano a los que quedan en el camino, vencidos por el agobiante viaje por el desierto. Esa dualidad representa, en escala pero de manera muy gráfica, uno de los grandes desafíos políticos y éticos que el país del norte tiene por delante. Y es de eso de lo que trata El protector, segunda película de Robert Lorenz, conocido por haber sido el asistente de dirección en las ocho películas que Clint Eastwood filmó entre 1995 y 2004 y luego el productor de las doce que rodó entre 2002 y 2014.

Una mañana en la que recorre sus campos cazando a los coyotes que matan a sus vacas, Jim se encuentra con una mujer y su hijo que acaban de cruzar escapando del narco. Con la valla que separa a ambos países de por medio, Jim se bate a duelo con los malos para defender a las víctimas y la mujer acaba muriendo, no sin antes encomendarle a Jim el cuidado de su hijo. Incapaz de no cumplir una deuda de sangre, Jim y el niño comenzarán una travesía por el país, perseguidos por los sanguinarios criminales. Es evidente que esas dos décadas trabajando junto al maestro han sido una enorme escuela para Lorenz: en El protector el "Espíritu Eastwood" está por todas partes. A veces se manifiesta en una forma ética de representar la realidad a partir de la ficción, tomando una posición firme frente al dilema. Y como la manzana nunca cae lejos del árbol, es fácil reconocer en Jim cierto parentesco con los protagonistas de películas como Gran Torino o La mula.

Pero otras veces la presencia de Eastwood se convierte en fetiche, con Lorenz empecinado en hacer de su película un espejo de las de su mentor. Algo que en su ópera prima, Curvas de la vida, era más evidente, en tanto el propio Clint aceptó interpretar un protagónico hecho a medida. Pero esta vez el director no cuenta con él y debió recurrir a un placebo. En ese sentido, la elección de Liam Neeson es un acierto pleno: difícil imaginar otro actor al que las botas del Viejo le calcen con tanta precisión. Otras veces esa pulsión mimética se acerca a la humorada (o al ridículo), como cuando usa a un actor muy (MUY) parecido a Morgan Freeman para un personaje menor. Pero el elemento eastwoodiano que más presente está en El protector es aquella tensión ética, que Lorenz también resuelve sobre la banda derecha del liberalismo. Como muchos personajes de la filmografía de su maestro, las dudas de Jim se destraban cuando decide que a veces el individuo debe resolver por su cuenta aquello que el Estado no es capaz de garantizar a través de sus instituciones.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 30 de mayo de 2021

LIBROS - Asterix vuelve a la Argentina en versión completa y con un nuevo libro

Apenas 50 años antes de Cristo, Roma ya dominaba el mundo. El imperio estaba en su momento de mayor expansión gracias a Julio César, quien gozaba de gran popularidad gracias a la campaña que le permitió anexar las Galias al mapa romano. Pero cuentan los que saben que no todo fue conquista para sus ejércitos en tierra trasalpina. No. Hubo una aldea poblada por irreductibles galos que resistió férreamente al invasor gracias a un arma secreta (o no tanto) que los hacía invencibles. ¿A alguien le suena todo esto? Claro, y es que esta nota tiene menos que ver con la historia que con la historieta. Estamos hablando de Asterix, el pequeño gran personaje creado por el francés René Goscinny con la colaboración del dibujante Albert Uderzo. Es que junto Obelix, su obeso amigo, Asterix se encargaba una y otra vez de arruinarle al César sus planes de conquista, manteniendo a salvo a la única aldea gala libre del yugo romano.

Ahora los fanáticos de Asterix pueden volver a disfrutar de las andanzas del héroe, capaz de acabar con legiones enteras gracias a su ingenio y a la ayuda de una poción mágica que le daba una fuerza inagotable. El sello Libros del Zorzal acaba de relanzar la colección completa, de la que ya pueden conseguirse los primeros nueve tomos y el resto se irá completando a lo largo del año. Pero si eso solo ya representa un verdadero lujo, además la editorial presentó por primera vez en Argentina una nueva aventura del pequeño galo, La hija de Vercingetorix, escrita e ilustrada por la dupla que integran Jean-Yves Ferri y Didier Conrad. Editado en Francia en 2019, el libro lleva vendidos más de 5 millones de ejemplares en todo el mundo. Respetando el espíritu del original, el nuevo episodio cuenta la historia de Adrenalina, hija del general Vercingetorix, rival de Julio César en la vida real, quien es llevada en secreto a la aldea y a quien Asterix y Obelix deben proteger. El libro combina el humor inocente pero pícaro que caracteriza al trabajo de Goscinny, con oportunas referencias que le aportan al lector un panorama de la historia de la cual se alimenta la ficción.

“Lo más difícil de lograr para darle continuidad a la obra de Goscinny y Uderzo es, en mi opinión, el diálogo permanente y no invasivo entre el dibujo y el guion, de tal manera que fluyan juntos, sin competir. Esto en La hija de Vercingetorix está muy logrado: Ferri y Conrad son un tándem de lujo.” La afirmación pertenece a Leopoldo Kulesz, editor de Libros del Zorzal y alma mater del regreso triunfal de Asterix y su banda a la Argentina. Para él, la principal innovación del libro tiene que ver con el tema. “Adrenalina es una adolescente feminista y ecologista que fue criada por dos padres adoptivos varones. Me parece improbable que en los '60 y '70 pudiera haber habido un protagonista con estas características”, señala Kulesz. El editor considera que Ferri y Conrad logran introducir esos elementos “sin caer en lugares comunes ni en estereotipos prefabricados”.

Kulesz fue además el encargado de traducir no solo La hija de Vercingetorix, sino los 37 volúmenes originales. En relación al arduo trabajo de adaptar los textos de un idioma a otro, Kulesz reconoce que se permitió “algunos guiños del cono sur, territorio en el que se distribuye la colección”, pero que no se trata de una traducción que abuse del color local, porque cree que sería ridículo que “Asterix, un europeo del 50 AC, hablara como un rioplatense”. Apenas admite unas pocas intervenciones en los nombres de algunos personajes, aunque en una proporción minoritaria: solo 25 personajes en un universo con casi 450. Entre esos aportes señala los nombres de los romanos Pipicucus, Capitanpilus y Madeinlanus; los galos Elquetejedix, Siamofuorix y Panambix, o el bretón Vamoarribax. Distinto es el caso del grupo de adolescentes encabezado por Adrenalina. “En el original ellos hablan con los modismos de los adolescentes de hoy en Francia y entonces tuvimos que usar también modismos, como por ejemplo ‘¡Alto bardo!’, con su correspondiente doble sentido”, comenta el editor (y traductor). “Esta traducción busca una sola cosa: ser fiel al original globito por globito”, afirma.

En la tarea de traducir, Kulesz reconoce que lo más complicado fue el humor, en especial aquel que surge de los juegos de palabras, muy comunes en el universo de Asterix, tarea que presenta varias dificultades. “La primera es que en el 99% de los casos la traducción literal no sirve. La segunda, preservar el doble sentido. Y la tercera, la más despiadada, es que sea compatible con el dibujo, ya que en no pocas ocasiones el juego de palabras hace referencia a la situación dibujada”, enfatiza. “Pero todas estas dificultades pueden hacer aparecer el trabajo de traducción de Asterix como un padecimiento. Todo lo contrario: fue un disfrute que compartimos 14 personas durante más de un año intenso”, dice Kulesz. Y enseguida recuerda que la traducción fue auditada por Hachette, el sello francés dueño de los derechos del personaje. “El veredicto del auditor fue que este trabajo no parece una traducción, sino un original. Difícil imaginar mayor orgullo”, concluye.

Al ser consultado sobre la posibilidad de que los personajes de Adrenalina y sus amigos adolescentes pudieran ser una herramienta para generar empatía en los lectores del siglo XXI, Kulesz acepta que “puede ser”, pero enseguida toma distancia de ese tipo de análisis. “Lo que ocurre es que siempre busqué preservarme del lugar de crítico literario. Me gusta mantenerme lo más cerca posible de mi situación de lector que descubre los textos, sin especular acerca de las intenciones de los autores ni de sus editores originales”, explica. “En el caso del guion, diría que la prioridad de Goscinny y ahora de Ferri es divertir”, reflexiona el editor y recurre a su memoria emotiva para explicar la experiencia de lectura que propone la historieta. “Recuerdo que de chico, leyendo Asterix me encontraba con palabras que no conocía (nauseabundo, frugal) y con situaciones que, intuía, hacían remitían a alguna referencia que yo no conocía. Pero también recuerdo a esos momentos no como molestia sino todo lo contrario, como la promesa de entender algo interesante o divertido más adelante”, rememora. “Entonces, el único lazo de empatía con nuevos o viejos lectores es el respeto y la confianza natural que nos debemos unos a otros. Asterix es ante todo esto: el respeto del que espera entretenerse y divertirse leyendo, no importa la edad ni la época. Y paro porque ya me volví crítico literario”, redondea Kulesz recurriendo también al humor.

Además de Asterix, Libros del Zorzal también edita en Argentina las aventuras de otros personajes populares de la historieta franco-belga, todos ellos vinculados al trabajo de Goscinny, como Lucky Luke o Iznogud. Lo cual coloca a al sello y a su editor como los encargados de mantener vivo su legado no solo en Argentina, sino también en Uruguay y Chile. “Los que leímos Asterix de chicos sabemos lo que representa ese disfrute. Muchos aprendimos a leer libros con él y esto implica mucha responsabilidad”, admite Kulesz. “Esperamos que lo mismo les ocurra a los chicos de hoy y de las generaciones que vienen: nuestro trabajo es para ellos. Es lo que deja Libros del Zorzal”, se enorgullece el editor. Aunque enseguida confiesa, como si fuera necesario justificar su aporte, que también se trata de un trabajo hecho por puro placer. “Lo hice principalmente porque tenía ganas, porque me gusta”, reconoce. Los lectores de Asterix, agradecidos.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 20 de mayo de 2021

CINE - "Cuentakilómetros" (Meel Patthar), de Ivan Ayr: El engranaje más delicado de una máquina

La primera imagen que se ve tras los títulos de Cuentakilómetros, segunda película del cineasta indio Iván Ayr, aparece a través de un truco visual muy sencillo. Es el propio protagonista, Ghalib, un camionero que trabaja en la ciudad de Nueva Dehli, quien destapa la cámara para dar comienzo a la narración. Lo que la cubre es en realidad la lona que cierra el acoplado del vehículo de Ghalib, que parado en el centro del mismo la va quitando hasta dejar abierta la parte superior del habitáculo. Pero esa acción parece revelar más que el espacio en el que transcurrirá la escena y el universo en el cual se inscribe la película completa, sino que también puede ser interpretado como la caída del velo que esconde una realidad oculta para el espectador. En ese sentido, aquel plano en el que Ghalib destapa la cámara es un gesto que tal vez deba ser interpretado como la promesa de un viaje hacia un universo desconocido. Y quien mejor para guiar una travesía como esa que un camionero experimentado.

La escena es además el comienzo de un largo plano secuencia de casi cinco minutos, en el que de manera eficiente se va presentando información que será muy valiosa a lo largo del relato. Que Ghalib aún no es viejo, pero que tampoco es joven. Que la vida y el oficio parecen haberle pasado por encima y quizá por eso sus colegas ven en él un ejemplo de dedicación. Que tiene la espalda tan destrozada por el esfuerzo cotidiano que apenas puede ayudar a cargar su propio camión. Pero también que hay algo estoico en su actitud que justifica el mudo respeto que genera, incluso en sus patrones. La cámara sigue a Ghalib mientras recorre distintos espacios del dock de carga en el que la escena tiene lugar. Los movimientos de la cámara son tan naturales que el virtuosismo del dispositivo puede llegar a pasar desapercibido. Esa sencillez es una de las marcas estéticas que definen la identidad de Cuentakilómetros. 

Ghalib también es viudo y su familia política (unos campesinos humildes de la India profunda) le reclama una compensación por la muerte de su mujer. Al mismo tiempo, la empresa de transporte para la cual trabaja pone a su cargo a un joven aprendiz para que le vaya enseñando el métier. Pero también acaban de despedir a su mejor amigo, el otro chofer experimentado de la flota, y él no puede evitar ver un augurio funesto en la combinación de ambos hechos. Pero si Ghalib parece a punto de colapsar, el mundo que lo rodea no luce menos endeble. Los peones de carga están en huelga reclamando una mejora en sus magros jornales; los camioneros son acosados por policías corruptos; y todo el tiempo se menciona la existencia de saqueadores en la ruta que atemorizan a los choferes. Ayr mantiene a la mayoría de estos conflictos deliberadamente fuera de campo, evitando que tengan un desarrollo propio. De esta forma, todo su peso dramático se traslada también sobre la dolorida espalda del protagonista, que como un verdadero mártir parece llevar la carga del mundo entero.

Lejos del estereotipo kitsch del cine indio, identificado con una estética que oscila entre el costumbrismo “exótico” y los números musicales barrocos, Cuentakilómetros se desarrolla en un plano de realismo radical. Y su director se mueve en ese territorio con la misma soltura que demuestra en el plano secuencia del comienzo. También es cierto que, igual que su protagonista, la película acaba sobrecargada por su propia gravedad, por la explicita voluntad de ser a toda costa un drama humano no exento de cierta poesía y moraleja. Pero a pesar de eso, Ayr consigue presentar con eficiencia su mirada política de un mundo moderno e impiadoso, en el que las personas, como las máquinas, también tienen una vida útil después de la cual pueden ser descartadas. Cuentakilómetros se propone retratar el dolor que produce el funcionamiento de esa maquinaria pesada en sus engranajes más delicados.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 21 de marzo de 2021

LIBROS - Manuel Peyrou, el otro amigo de Borges: el regreso de un clásico a las librerias argentinas

“Manuel Peyrou, no solo por haber sido un excelente escritor, fue y es uno de nuestros mejores hombres. Su pasión fue la amistad. En cuanto a mí, él me ha ayudado muchas veces, me ha tolerado, sin duda, y siempre con una íntima cortesía”. Con estas y otras palabras, el 2 de enero de 1974, Jorge Luis Borges despidió en el cementerio de Chacarita a uno de sus amigos más cercanos y queridos, a quien había conocido casi 55 años antes. Allá por 1920, una noche ambos coincidieron en una de las tertulias literarias que tenían lugar en cierto bar del barrio de Once. Eran dos chicos: Borges tenía apenas 20 años y Peyrou dos menos. Esa vez se la pasaron caminando hasta la madrugada, recitándose el uno al otro versos de distintos poetas franceses, acompañados por la oportuna sombra de un fantasma apenas entrevisto en la oscuridad de aquella Buenos Aires ahora mítica. Aunque compartieron el oficio de escritores, el gusto por el género policial, un refinado uso de la lengua (oral y escrita) y el deslumbramiento casi infantil por las historias de cuchilleros, marginales y orilleros, el destino literario de Peyrou no puede ser más distinto del que tuvo su amigo famoso. A pesar de estar compuesta por una decena de libros, la obra de Peyrou continúa siendo un secreto incluso para aquellos lectores que conocen su nombre por citas y referencias. Y es que hasta ahora toda su bibliografía, compuesta por volúmenes de ingeniosos relatos policiales y novelas que recrean distintos aspectos de la vida porteña, resultaban inconseguibles. El desafío de hallar alguno de ellos en una librería de viejo podía convertirse en un trabajo detectivesco digno de alguno de sus cuentos. Condenados a la pena de no haber sido reeditados, su trabajo se volvió un misterio insoluble. Hasta ahora.

La editorial Libros del Zorzal acaba de dar una de las grandes sorpresas literarias de 2021, al devolver a las librerías de todo el país las obras completas de Peyrou. Se trata de diez tomos que contienen los nueve títulos oficiales de su bibliografía. La colección, al cuidado de Héctor M. Monacci, incluye sus cinco novelas: El estruendo de las rosas (1948), Las leyes del juego (1959), Acto y ceniza (1963), Se vuelven contra nosotros (1966) y El hijo rechazado (1969). Y los cuatro libros de cuentos, entre los que se cuentan su debut de 1944 La espada dormida; su trabajo más célebre, La noche repetida (1953); El árbol de Judas (1961) y Marea de fervor (1967). Y además incorpora un volumen final, Decadencia de la antropofagia, integrado por una decena de relatos dispersos y otros textos nunca editados como libro. La colección representa un pertinente acto de justicia que recupera a uno de los nombres fundamentales de aquella generación de escritores notables, cuyo brillo quedó opacado por la deslumbrante obra de Borges. Un rescate del que no solo se beneficiarán sus eventuales lectores, sino todo el amplio territorio de la literatura argentina. 

“Yo puedo esbozar alguna hipótesis o, en todo caso, más de una que se combinan, porque me parece que la realidad termina siendo más compleja que la idea de una sola causa”, reflexiona Monacci al tratar de explicar el olvido en el que se encuentra la estimulante obra de Peyrou. “El prologuista de una antología de cuentos que se publicó en 2003 hace un análisis sobre la forma en que ya en esa época a Peyrou se lo percibía como un escritor relegado y de cómo la publicación de aquel libro significaba rescatar al autor de ese olvido. Sin embargo, Peyrou no fue siempre un autor olvidado y mientras más nos acercamos a la fecha de su muerte, su figura va recuperando fuerza”, sostiene el encargado de supervisar la reedición.  

-¿Pero cuáles creés que son las razones que alimentaron ese olvido? 

-Quienes lo conocieron dicen que se trataba de un tipo poco afecto a las convenciones y propenso a reírse de todo aquello en lo que no creía. Y una de las cosas en las que no creía era en los ejercicios de autopromoción, en el marketing propio. Y desde el punto de vista de la venta, del editor, eso equivale a empezar en desventaja, porque es el propio autor el que no quiere ayudar a que su nombre crezca. Por otra parte, y esto se refleja en lo que escribía, todos coinciden en señalar que el tipo era un jodón, alguien que hacía bromas sin medir las consecuencias y que ofendía a la gente con facilidad. Una actitud que si algo no hace es granjearte amigos. Y existe una tercera hipótesis, que no me pertenece, qué dice: ¡ojo!, estar a la sombra de Borges te puede dar calor prestado mientras estás ahí, con él, pero después te deja en un cono de sombra. Y creo que quedar a la sombra de Borges era un riesgo que cuánto más cerca estuvieras, más corrías. 

-Siempre pensé que esa era la razón por la que también quedó medio oculta la obra de J. Rodolfo Wilcock, otro escritor brillante que formó parte del círculo borgeano. 

-Claro, porque incluso si no hubiera existido esa figura monstruosa y medio aplastante de Borges, alcanzaba con que hubiera, como también hubo, esa proliferación de talentosos coincidiendo en el tiempo y peleando por el espacio. Es posible que todo eso haya cumplido un papel importante en la decisión del propio Peyrou de mantenerse en un segundo plano.

-Además ese grupo también era un poco caníbal y si alguno se descuidaba se lo terminaban comiendo sus propios amigos. 

-Cuando comencé con el proyecto de reeditar la obra de Peyrou, tomé el libraco Borges, que reúne lo que Adolfo Bioy Casares escribió de Borges en sus diarios personales, y recopilé todos los fragmentitos en los que se mencionaba a Peyrou. Y la imagen que me quedo es de algún modo la de una pelea entre “las viudas de Borges”. Me parece que el libro da cuenta de una mirada de Bioy que se acercaba más a lo crítico, porque creo que lo sentía como un rival en la amistad y el afecto de Borges. Por eso se ensaña con él por su glotonería o pone en boca de Borges frases sobre eso. Aparentemente a Peyrou le gustaba mucho comer y le gustan mucho las mujeres. Parece que era un mujeriego. 

-¿Y no es posible que Bioy, que también era un mujeriego, sintiera que Peyrou era un rival no solo en el terreno literario o en el afecto de Borges, sino también en el ámbito de la seducción? 

-No descarto que haya habido algún asunto de mujeres entre ellos, pero nunca he leído tal cosa. Pero no sería raro, porque me parece que los dos eran medio depredadores y Bioy tenía una fama muy asentada sobre eso.  

-Fama que él también se encargó difundir. 

-Y eso también lo diferenciaba de Peyrou, que era muy reservado. Hay una anécdota divertida de Peyrou acerca de eso. Dicen que cuando se casó, sus amigos e incluso varios miembros de su familia recién se enteraron de la boda varios meses e incluso varios años después. Parece que no solo era muy reservado en esos temas, sino que además después del casamiento la pareja siguió viviendo separada, cada uno en su casa.  

-Ya en los ‘80, el último Borges insistía con la idea de que “a un escritor se lo juzga menos por su arte que por sus opiniones políticas”. ¿Creés que en este caso hay algo de eso, que el antiperonismo declarado de Peyrou influyó para que su nombre se perdiera? 

-En algún momento me acerqué a pensar eso. Pero aunque es cierto que Peyrou era antiperonista, a diferencia de Borges me parece que la figura que mejor lo retrata es la del “contreras”. Alguien que básicamente se oponía a cualquier cosa en la que no creyera o que le impusiera un límite a su libertad individual. Y con esa actitud uno más bien se termina poniendo en contra de todos.  

-Eso aparece con claridad en la novela Se vuelven contra nosotros, en la que no solo critica abiertamente al peronismo, sino que también se queja de los militares y de la burguesía. 

-Se burla de los ricos de barrio Norte, de la gente religiosa, de los judíos, de los italianos. Sin embargo, esas cosas nunca le jugaron en contra a la hora de llegar a publicar. Ahora, respecto de su fama posterior, el asunto es más inasible. Sobre todo porque cuando volví a releer todo, confirmé que en la prosa de Peyrou había méritos literarios y estéticos propios como para impedir que su trabajo cayera en ese olvido. Sin embargo, no creo que ese acto de desaparición tenga nada que ver con la política, porque no existe una maquinaria peronista evitando que alguien recuerde a un autor. 

-Se me ocurre que su caso podría compararse con el de Leopoldo Marechal, cuyo relativo olvido muchos insisten en relacionar con su simpatía por el peronismo. Pero al contrario de Peyrou, que tenía una prosa más bien clásica, creo que la de Marechal, más cercana a la experimentación formal, terminó envejeciendo bastante y que su ausencia se debe más a eso que a la política. 

-Estoy con vos ciento por ciento. Y eso no le pasó a Borges; tampoco le pasó a Wilcock. Pero sí le pasó a Sabato, que fue un hombre de izquierda, al menos al comienzo, y que fue antiperonista al pasar, digamos. Su obra también envejeció mal, pasó de moda y eso es algo que va variando con los años. Por eso no creo que el hecho de que Peyrou se encuentre en el cono del olvido lo convierta en un caso similar a los de Marechal o Sabato. 

-Algo que resulta sorprendente en la obra de Peyrou, en especial en las novelas, son las alusiones explícitas a Perón y al peronismo. No sé si existen obras literarias, ni siquiera las muy posteriores, en las que el peronismo (o el antiperonismo) aparezca de forma tan explícita dentro de la ficción. 

-En algún momento, Arturo Jauretche emparentó el trabajo de Peyrou con el intento de hacer una especie de Amalia. Es decir, de organizar un relato realista de cómo se vivía durante el peronismo a la manera de lo que José Mármol hizo con Rosas. Tiendo a pensar que el tipo se sentía un gran escritor realista y que entonces eso aparece porque es lo que le tocaba vivir y esa era la manera en que lo veía. Pero es cierto que no hubo mucha escritura de ese tipo. A Borges justamente se lo acusaba de no escribir argentinamente o de temas argentinos, y de estar en una especie de nube intelectual europeizante, a pesar de que los dos compartían esa visión crítica del peronismo, que era predominante en ese círculo. 

-En el ámbito intelectual, sin dudas. 

-Entonces tal vez es cuestión de qué lugar ocuparon los realistas en la literatura argentina. Si nos hemos escapado un poco, si el género fantástico fue tapando las derivaciones del policial, que es más realista por naturaleza. Y Peyrou empieza siendo un autor de cuentos policiales, que ya es una señal que va hacia un mundo de la vida real. Aunque con escapes, porque tiene algunos cuentos con tintes fantásticos que a mí me parecen de lo mejor de su obra. Cuentos que ya no son ni los orilleros esos que Borges destaca, ni la novela realista con connotaciones políticas, sino cuentos que le van poniendo magia a la ciudad. 

-Para apartarnos un poco de Borges y no seguir encadenando al pobre Peyrou a su amigo, creo que un elemento que se destaca en su obra es el uso del humor. 

-Un elemento muy fuerte. En la defensa que hago en la introducción de Decadencia de la antropofagia, justamente pongo el dedo en esa llaga del humor, que aparece en distintas variedades en toda la obra de Peyrou. Hay cosas más sardónicas, más cargadas, pero también un humor más británico, más tenue. Eso ocurre especialmente en los cuentos, pero también está en las novelas. Es decir, incluso cuando se acerca al realismo y se pone a denunciar cosas de extracción más política, no deja de lado el recurso del humor. Y los que lo recuerdan dicen que él era así. Que no era solo un rasgo de su escritura, sino que en el humor él encontraba una especie de manera de vivir. 

-Hablando de humor, un elemento llamativo en sus libros es el ingenio a la hora de bautizar a sus personajes, una herramienta que usaba para brindar información extra acerca de ellos. A qué clase social pertenecen, cuál es su oficio y a veces hasta deja entrever la naturaleza del carácter de los personajes solo con el nombre. Y en ese talento creo que aparece un parentesco inesperado con Roberto Fontanarrosa, tal vez el escritor argentino que mejor bautizó a sus personajes. 

-¡Tenés razón! Nunca lo había pensado, pero es absolutamente así. Incluso en el vínculo humorístico y en cierta aspiración realista que tenían ambos, Peyrou a partir de la plataforma del policial y Fontanarrosa a través sobre todo del fútbol, una combinación que es muy difícil de repetir fuera del territorio de la literatura argentina.  

-Me parece que Fontanarrosa trasciende ese arquetipo del escritor que escribe de fútbol al que se lo suele reducir. 

-Sin dudas es un personaje más complejo que eso. Un tipo capaz de romper esquemas, muy inteligente, con mucho sentido de qué significa escribir bien y es cierto que su obra va más allá del ejercicio futbolero. Pero probablemente el suyo sea "el mejor ejercicio futbolero" de la literatura y entonces de algún modo esa fama también es merecida.  

-Ese reflejo que me pareció hallar en Fontanarrosa podría indicar la posibilidad de cierta influencia posterior. ¿Creés que Peyrou tuvo o tiene herederos en cuyas obras puede reconocerse el legado de su escritura? 

-A pesar de mi licenciatura en letras soy un iletrado en materia de literatura argentina contemporánea, porque elegí una orientación que más bien me llevó al pasado. Por eso no me siento autorizado a decir si esa influencia realmente existe. En todo caso a esa relación con posibles sucesores habría que construirla en base al conocimiento de esos herederos que, hasta donde sé, nadie se ha puesto a buscarlos. Pero tampoco sería imposible que el lugar que Peyrou ocupó, el de un novelista con una fuerte raigambre en la ciudad, con preocupaciones políticas, con capacidad de vuelo literario, haya dejado sucesores. Yo espero que existan, pero te mentiría si te dijera que sé quiénes son candidatos a ocupar ese lugar.  

-Se me ocurre que tanto en Rodolfo Walsh como en Ricardo Piglia, que también mostraron interés por el policial y por el abordaje de lo político a través de lo literario, tal vez pudiera ser reconocible la huella de Peyrou. 

-No me extrañaría. Existen registros de frases muy elogiosas de Walsh hacia la obra de Peyrou y creo que tienen que ver con ciertas maneras parecidas de entender la relación con la literatura. Ahí habría que admitir que un escritor militante, mientras esa militancia no sea entendida como partidismo directamente, sino como alguien que tiene su ideología y que escribe sin esconderla, que la muestra como también muestra otras cosas, como una borrachera, un problema sentimental o la fealdad del mundo, porque básicamente se siente realista y tiene que mostrar lo que cree que existe. Y justamente vos nombrás a dos que trabajaron sobre esos territorios y que podrían ser candidatos.  

Manuel Peyrou, el otro amigo de Borges

–Como ocurrió con Bioy, es posible que entre Borges y Peyrou también se produjera una influencia mutua, aunque debido a la diferencia de visibilidad es fácil creer que el único beneficiado por ella fue Peyrou. Pero ¿de qué modo él pudo haber influido a Borges? 

–Borges siempre dijo que aprendió mucho de Bioy, que era 14 años menor. Es decir, la figura del amigo mayor aprendiendo del menor. Así que no sería extraño que hubiera admitido que podía aprender cosas de Peyrou, aunque no me consta que existan testimonios que lo confirmen. Entonces, es difícil saber si en tal o cual cuento hubo una influencia de uno sobre el otro, más allá de la coincidencia de intereses por determinados temas o géneros. Es cierto que fueron amigos desde jóvenes; que se recitaban poetas franceses de memoria el uno al otro y quedaban fascinados con eso; que los dos se acercaban a los temas del hampa y del cuento policial. Pero no sé si eso fue de uno hacia el otro o si simplemente era lo que estaba en el ambiente de la época. Además, los dos trabajaron en el suplemento sabatino del diario Crítica, que entonces era un fenómeno de masas, donde escribían sobre casos policiales novelados. Intuyo que ahí debe haber habido un ida y vuelta.  

–Vamos a un caso concreto: ambos publican sus primeros libros de cuentos en 1944, cuando Borges editó Ficciones y Peyrou La espada dormida. ¿Existen puntos de contacto que permitan establecer una familiaridad literaria? 

–Detrás de la publicación de ambos libros hay una historia. Borges siempre dijo que a él la escritura de cuentos le llegó a partir de un accidente que le sirvió para fabricarse una excusa que le permitiera ir más allá del ensayo y la poesía. Y Peyrou venía participando de peñas literarias desde hacía décadas, pero termina editando aquel libro con un dinero que le deja una mujer con la que estaba a punto de casarse pero que se murió. En algún punto son historias similares.  

–En ambas interviene la fatalidad. 

–Y respecto del contenido, quizá es más fácil partir de las diferencias. Es evidente que en Borges hay un vuelo distinto, que en Ficciones hay cuentos más ambiciosos, más alejados del realismo. En el caso de Peyrou, sus primeros relatos transcurren en ubicaciones remotas y carecen de la localización argentina que se convertiría en una marca de su obra. Pero desde el comienzo sus cuentos adhieren al policial, que por entonces empezaba a estar de moda. Creo que el nombre de Peyrou es imprescindible en la evolución del género en nuestro país, en el que incluso participa más marcadamente que el propio Borges. 

Versión ampliada del artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

martes, 24 de noviembre de 2020

CINE - Carlos Sorín estrena su nueva película en Netflix: Contar la muerte con una sonrisa

Hace unos años, la historia de María Marie Vázquez conmovió a todos. Feliz, en pareja y madre de un hijo de 3 años, un día le dijeron que tenía cáncer y que no había mucho que la medicina pudiera hacer.. Pero en lugar de dejarse atrapar por la fatalidad, tomó dos decisiones que cambiarían lo que le quedaba de vida: contar el proceso de su muerte a través de las redes sociales y escribir un cuaderno para que Tomy, su hijo, supiera quién había sido su madre. Su cuenta de Twitter se convirtió en tendencia gracias al humor ácido y el sarcasmo con el que relataba su agonía. Rras su muerte, ocurrida el 21 de abril de 2015, aquel cuaderno escrito para ser privado fue publicado por la editorial Planeta y se convirtió en bestseller. Ahora su historia llega a la pantalla con el título de El cuaderno de Tomy. Escrita y dirigida nada menos que por Carlos Sorín, y con Valeria Bertuccelli y Esteban Lamothe en los roles de María y su esposo Sebastián, la película puede verse a partir de hoy en Netflix.

“Este fue un proyecto que me propuso la productora Pampa Films, con quienes había hecho mi trabajo anterior, Joel (2018)”, cuenta el director, recordando el origen del asunto. “Ellos me dieron el libro y el link de una charla Ted que había dado Sebastián, y entre ambas cosas me convencieron para hacer la película. Pensé que se trataba de un desafío de enormes riesgos y eso me empujó a aceptarlo”, relata Sorín.  

-Entre los riesgos se encontraba la dificultad de evitar el golpe bajo. 

-Ese fue el mayor de todos, porque el tema tiene un alto voltaje emotivo y la línea divisoria es muy finita. Todo el tiempo fui consciente de eso y la luz amarilla estuvo todo el tiempo encendida. La puesta en escena tampoco fue sencilla, por qué se trata de una película que transcurre el 80% dentro de una habitación y la protagonista no se mueve de la cama. -¿La inclusión gráfica de dispositivos electrónicos y redes sociales fue una herramienta útil para agilizar esas limitaciones? -Sí, pero por otra parte lo esencial de María pasa por su vida en las redes y era imposible contar su historia prescindiendo de esos espacios. Necesitábamos que eso apareciera y me parece que no sólo le aporta ritmo a la película, sino que también refleja su humor cáustico y ácido, y es uno de los elementos que la vuelven tan atractiva como personaje. 

-En la película las redes sociales adquieren un rol fantasmagórico, porque mientras María se encamina a su final físico alimenta un avatar virtual que la va a sobrevivir. ¿De algún modo las redes representan una forma de vida después de la muerte? 

-Absolutamente. Ella no sería lo que fue, ni hubiéramos hecho una película sobre su vida si no hubiera escrito en las redes sociales. El fenómeno alrededor de ella se viralizó a partir de su acción en las redes. Ahí está el origen de todo. Lo que permite entender al personaje y lo que justifica a la película, es esa vida paralela que María vivía en las redes.  

-Tampoco se puede entender a María sin ese cuaderno que le escribe al hijo, que además puede ser pensado como un trabajo de fijación de la memoria y que también tiene algo de vida más allá de la vida. 

-En la película ella dice “Quiero que te acuerdes de mí de vez en cuando”. Esa es la esencia del cuaderno: que el amor por su hijo perdure más allá de la muerte. Porque el olvido es una segunda muerte. Eso es lo que plantea Coco, la película de Pixar, que trata más o menos de lo mismo que El cuaderno de Tomy. Cuando te olvidan morís por segunda vez.  

-Después de ver la película parece obvio que Bertuccelli era la actriz ideal para personificar a María. ¿Cómo fue trabajar con ella? 

-Lo de Valeria es un trabajo autoral. Como director colaboré en guiar algunas cosas, pero esa cantidad de matices y de pequeños gestos están ahí porque ella es muy fresca para trabajar. Lo mismo que Esteban. Por eso digo que ellos también son autores en ese terreno privado en el que se mueven los actores. Todo el elenco estaba muy conmocionado por la temática de la película y eso hizo que tuvieran con el proyecto un nivel de entrega que no es habitual. Además, buena parte del rodaje tuvo lugar en un hospital y eso ayudó mucho a terminar de cerrar el clima.  

-La película maneja cierta ligereza humorística, pero sin perder el anclaje en el drama. ¿Fue difícil encarar esa dualidad? 

-Me ayudó todo lo que María escribió y que yo tomé textual para el guión. En ese sentido consideró que ella es casi una co-guionista. María era desconcertante, desfachatada y espontánea, pero también muy profunda.  

-Usted ya había trabajado con niños actores en su película anterior, Joel. ¿Qué diferencias hubo entre aquel trabajo y éste? 

-La diferencia más grande era la edad, porque el personaje de Tomy tiene 4 años y Joel tenía 9. Además Joel venía de una zona de suburbios en Terra del Fuego y habiendo hecho una vida de calle que hacía que esos nueve años parecieran muchos más. En este caso era un nene más chico y yo tenía que aprovechar esa espontaneidad y frescura, porque sabía que cuánto más querible fuera Tomy, más profundo iba a calar la película.  

-¿Ya tiene nuevos proyectos para el futuro inmediato? 

-Sí, pero en la línea de las películas más pequeñas que vengo haciendo. Pienso en cómo producir cine en post pandemia, porque la máquina tiene que seguir funcionando. Pero más que en los protocolos hay que pensar en la tecnología, en adaptar el diseño de producción ante una situación como la que estamos viviendo. Estoy desarrollando proyectos para una realidad donde todavía el aislamiento y la distancia estén muy marcados. 

-Como si le faltaran problemas al cine independiente, ahora también hay que pensar en estas variables. 

-Sí, es cierto (risas). Entre otras cosas me gustaría filmar con un iPhone 12, algo que se puede hacer perfectamente si desde el guión pensás en las formas de encuadrar. Es un equipo que te permite entrar en terrenos a los que no podés acceder con un equipo profesional.  

-¿Le interesa filmar en esas condiciones o sólo lo piensa obligado por la circunstancia? 

-No, es algo que me interesa. La evolución tecnológica en el ámbito de la producción dio unos saltos imposibles. Ahora hay cámaras de u$s 600 con las que podés filmar con una calidad absoluta. Hay que pensar que si las películas van a ir a plataformas en lugar de salas, las condiciones son distintas. No es lo mismo hacer una película para proyectar en pantalla gigante que otra para ser vista por televisión, por más grande que sea.  

-¿Pero usted ya se resignó a que el nuevo espacio del cine sea el de las pantallas domésticas? 

-No, para nada. Yo todavía espero lo que venga. Pero como a mí me interesa la tecnología incluso más que el cine (me refiero a la tecnología para filmar), siempre estoy muy al tanto de los progresos que hay en esa área mes a mes. Y hasta te diría que semana a semana. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.