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viernes, 11 de marzo de 2011

BAFICI - Miembro del Jurado FIPRESCI de la 13º edición del BA Festival Internacional de Cine Independiente

Juan Pablo Cinelli es periodista, crítico cinematográfico y guionista. Ha escrito de cine y literatura en las revistas culturales Ñ y ADN, de los diarios Clarín y La Nación, y en los suplementos culturales del diario Perfil y El País de Montevideo. Como escritor recibió el Primer Premio en el Certamen de Poesía Joven “Guillermo Alejandro Roemmers”, organizado por el Centro Cultural Borges en el año 2003. Actualmente integra el equipo del suplemento Cultura de Tiempo Argentino y forma parte del plantel de críticos de Página/12.

Programación del Festival

martes, 6 de julio de 2010

LIBROS - Los mejores relatos de Roald Dahl: El discreto encanto de lo simple

La literatura del siglo XX sin dudas ha producido artistas notables; tanto, que un hombre con la evidente habilidad para narrar de Roald Dahl no se encuentra entre ellos. Pero, como solía repetir Borges cuando necesitaba elevar a algún poeta menor, un sólo verso afortunado justifica una vida dedicada a la escritura. Y Dahl ha sido capaz de algunos textos que merecen la admiración del lector.
La literatura de Dahl lleva con claridad las marcas de nacimiento de su genealogía británica y no cuesta nada encontrar las líneas tendidas hacia las obras de otros isleños notables. Alcanza con leer "Katina", primer relato del volumen, para que la emoción nos desborde como no sucedía desde "El cumpleaños de la infanta", de Oscar Wilde. Porque Dahl heredó algo de la sensibilidad de Wilde, pero también su tendencia hacia una ingeniería de la manipulación. De igual manera consigue emular por momentos el humor de Saki. Sin embargo a quien se puede mencionar para tener una referencia más cercana de su estilo, es a O’Henry. Como ocurre con el norteamericano, la mayoría de estos cuentos adolece de una vocación costumbrista, que se desespera por sorprender al lector con sus finales ingeniosos. Y mientras algunos de ellos provocan una sonrisa, otros recuerdan la olvidable prosa de aquellas antologías de ciencia ficción cargadas de autores desconocidos, que la editorial Bruguera solía publicar durante los 60 ó 70.
Más allá de eso, algunos cuentos resultan de verdad recomendables, como el mencionado "Katina" o "El gran gramatizador automático". En este último Dahl fantasea con una máquina que puede programarse para reemplazar al autor en el proceso de escritura. La máquina no se ha inventado, pero sí ha triunfado un sistema en el que la producción literaria se parece mucho al montaje fordiano, en donde importa menos lo literario que la producción. Y esa ironía anticipatoria sí es digna de admirarse.


(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)

LIBROS - Kappa/ Los engranajes, de Ryonosuke Akutagawa: Reflejos sobre el agua

Un hombre sale a dar una caminata por el bosque, cuando sin aviso un kappa se cruza con él y decide perseguirlo. Entre la niebla y la sorpresa pierde su camino y en el intento de atrapar al extraño animal acaba por caer en un hueco profundo. Como en la Alicia de Carroll, es la entrada a un país desconocido, el de los kappa, criaturas míticas apenas conocidas por el hombre: allá el protagonista encontrará un espacio de inesperada comodidad. Akutagawa, autor de la novela y tal vez el escritor más importante de la literatura japonesa del siglo pasado, ubica allí un mundo que funciona como non plus ultra de la realidad, diseñado a medida de la necesidad de explicar su propia extrañeza frente a una vida que, es posible, ya había decidido terminar. Tal vez porque creía, como le ocurre al protagonista entre los kappa -como en el Soy leyenda, de Matheson-, que el intruso era él. Unidos por ese sentimiento de enajenación, personaje y autor coinciden al fin en rechazar una realidad que los ha expurgado de su organismo. No por nada el de la ficción se encuentra recluido en una institución mental.
Las novelas reunidas en esta edición, Kappa y Los engranajes, representan a un tiempo el mutis final de la obra y de la vida de Ryûnosuke Akutagawa, ambas publicadas por primera vez en 1927, apenas separadas por el acto mismo de su muerte. En Los engranajes, Akutagawa teje un relato en el que muchas veces es difícil comprender cuándo y dónde, dentro de la narración, se encuentra la frontera entre la realidad del escritor y el destino del protagonista, permitiendo al lector aceptar la velada sugerencia de que estas páginas representan, como el reflejo del cielo sobre el agua, un mapa fiel de los últimos días de ese hombre torturado. Delicados y sórdidos, los textos del japonés se alinean de algún modo con las trágicas literaturas más sombrías que trágicas de Kafka o Dostoievski.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)

LIBROS - El cojo y el loco, de Jaime Bayly: Caprichos de estrella de televisión


Cuenta la leyenda que Jaime Bayly gano fama como conductor de televisión, oficio en el que se destacó a partir de su personaje de ambiguo entrevistador y de intentar módicas polémicas. Dice esa leyenda que todo ocurrió en los 90, aquella década habitada por los Menem, los Collor de Mello, los Fujimori, por no hablar del abyecto Abdalá Bucaram, todos hijos de una misma estirpe. Se cuenta que cuando el conductor de televisión quiso dedicarse a escribir, fue el propio Mario Vargas Llosa quien lo apadrinó para que pudiera cumplir aquel deseo. Quince años y doce libros después llega El cojo y el loco, nueva novela facturada por Jaime Bayly, el conductor de televisión, y todo intento de leyenda se desmorona ante el módico producto de la lectura.
Durante el Congreso de la Lengua 2004, en Rosario, Roberto Fontanarrosa dio un discurso en defensa de las malas palabras. En él, sin saberlo, el rosarino develaba el truco de El cojo y el loco: “Tal vez [las malas palabras] sean como los villanos de las viejas películas…, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos”. Ese es todo el secreto detrás de los protagonistas de la novela de Bayly. Su estrategia es sencilla: crear dos personajes de alta alcurnia limeña, causarle a ambos durante la infancia algún daño que provoque el desprecio de sus familias, hasta convertirlos en bombas de tiempo, en marginales dentro de su propia clase -dos niños ricos que tienen tristeza-, para luego, como autor, abusar también de ellos. Recursos literarios que pueden resultar válidos si quien los escoge tiene la habilidad de esconder entre la narración los hilos que mueven ese andamiaje de miserias premeditadas. Caso contrario (caso puntual aquí) el relato se convierte en una evidente ingeniería de la vejación y un burdo intento de manipular al lector con un lenguaje pseudo marginal, desbordado de inocentes malas palabras. ¿Será que después de aquel discurso de Fontanarrosa todavía hay quien crea que puede escandalizar por la mera acumulación de vulgaridades?
Quedan todavía esos agradecimientos que el autor despliega como un pedigree al final de la novela, con los que cierra el círculo sobre los 90, encadenando los nombres de Shakira, Antonio y Aíto, apenas separados por un punto seguido de Joaquín Sabina. Vaya a saber si se alegrará el español de compartir el honor con esos amigos ajenos.


(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)

LIBROS - En tierras bajas, de Herta Müller: El dolor de los sueños pasados

Cualquiera sabe que el premio Nobel suele ser mucho más político que otra cosa. Y cada año, cuando un nuevo campeón de las letras se suma a la lista, ahí están quienes se interesan por leerlo todo, queriendo saber qué maravillas o decepciones trae la obra premiada; intentando descubrir qué tan política o cuán literaria ha sido la decisión de los suecos esta vez. En 2009 le ha tocado a la escritora rumana de origen alemán Herta Müller y la gran ventana editorial ha abierto su obra al mundo.
Lo que en principio se suele destacar de la obra de Müller es su carácter de exilada; lo cual es destacar poco de cualquier obra y obliga a levantar la guardia. Una mujer escritora en la Rumania comunista, oponiéndose al tirano Causescu -uno de los tantos satanás que tuvo el fin del siglo- y radicada en Berlín desde 1987, obliga a creer que se trata (de nuevo) de un reconocimiento político. Hay que abrir sus libros para sacarse la duda o confirmar el mal augurio.
En tierras bajas es el primero de ellos, publicado en Rumania en 1982 con numerosos recortes impuestos por la censura del régimen. La versión integra debió esperar dos años y fue editada en Alemania: de esa versión de 1984 desciende la aparecida en nuestro país. Colección de textos muy breves, excepción hecha de aquel que da nombre al volumen, con los que la escritora traza un itinerario posible que atraviesa un pasado como aldeana suaba en Rumania; un camino de memorias abiertas, que abundan en una suerte costumbrismo onírico que da cuenta, a su modo, de la extraña paradoja de ser nativa y extranjera al mismo tiempo.
Memorias como sueños, en los que la vida parece limitada a recorrer la eterna estría del ciclo solar: primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera. Sueños de una mujer que evoca con desconfianza aquella mirada inocente de un mundo que nunca lo fue. Relatos rituales que necesitan anotarlo todo para mantener girando ese ciclo solar, reducido a mecanismo de Moebius.
Con narraciones que recorren los nodos de la vida simple, En tierras bajas es, ante todo, un libro en el que no pasa nada porque pasa demasiado. Es esa vida vulgar -la de padres y de hijos aplastados; la del trabajo y la gente de pueblo; la del dolor de una niña que mira con sorpresa los inexplicables dispositivos del mundo-, la que Herta Müller consigue atrapar en sus textos. Que no son cuentos, pero que quizá también sean poesía.


(Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)

viernes, 2 de abril de 2010

LIBROS - Cine y peronismo; El estado en escena, de Clara Kriger: Peronismo technicolor

La relación de mutuo interés que liga a los estados con las diferentes manifestaciones de la cultura -el cruce del arte y el poder- ha sido siempre un tema complejo y fascinante. No pocos ensayos y tratados han pretendido, con éxito diverso, profundizar en el tema en busca de alguna conclusión definitiva y quizá el más acabado de estos trabajos, el más emblemático, sea justamente Fascinante fascismo, de la norteamericana Susan Sontag. Incluso es uno de los tantos temas que aparecen tratados de algún modo en la reciente y poderosa película de Quentin Tarantino, Bastardos sin gloria. Ambos ejemplos dejan claro que desde su nacimiento y a lo largo del siglo XX, el cine ha sido utilizado cada vez más ampliamente, con mayor o menor sutileza, como una potente herramienta política. En ese campo se inscribe Cine y peronismo. El estado en escena, de Clara Kriger, libro que consigue reconstruir desde sus páginas la compleja red de puentes que ligaron a la industria del cine con el estado, durante los dos primeros gobiernos de Perón, de 1945 a 1955.
Dividido en mitades, Cine y peronismo releva primero la acción del estado sobre la industria, a través de las diferentes políticas implementadas desde la Subsecretaría de Información y Prensa, agencia estatal que en 1954 y en virtud de la importancia que había ido ganando su responsable, Raúl Alejandro Apold, alcanza rango de Secretaría. Y es que justamente Apold es la clave de esta primera parte: apodado Zar del Cine, él fue el responsable no sólo de regular la forma en que se administraban los fondos del estado destinados al cine, sino del rodaje de una gran cantidad de cortos que el libro considera el primer antecedente de cine político en el país. Merece destacarse una afirmación de Apold, que entendía al cine como una herramienta de propaganda más eficaz que otros medios, porque en la oscuridad de la sala “la vista va hacia la luz, sin que haya voluntad capaz de evitarlo”. Un pensamiento que parece coincidir con la visión que del cine han tenido personajes como Goebbels (ver la elocuente caricatura que de él ha hecho Tarantino), pero también dos presidentes de los EEUU. Uno, Herbert Hoover, dijo alguna vez que cuantas más películas norteamericanas se vieran en el mundo, más autos y heladeras norteamericanas se iban a vender. F. D. Roosvelt le dio a la idea una forma más elegante: Primero irán nuestras películas, después nuestros productos. Ambas frases suelen ser repetidas por Manuel Antín, alguien que supo estar parado en el punto en que se cruzan el cine y el estado.
La segunda parte de Cine y peronismo, más analítica que informativa, desmenuza las formas en que el estado peronista -o las consecuencias de su acción- aparece en las diferentes producciones de la época. Segmentando el estudio en cuatro conjuntos de filmes (cine documental y pseudo documental; ficciones que representan instituciones del estado; ficciones en las que se resuelven problemáticas sociales del período y otras en las que resuenan los discursos del peronismo), Krieger despliega en esta mitad una notable capacidad de relación y observación, a través de la cual consigue ofrecer ángulos diversos desde donde abordar los títulos más representativos de aquel cine nacional. Desde Sucesos Argentinos o títulos de evidente contenido social como Las aguas bajan turbias, de Hugo del Carril, a otros en donde el subtexto es menos evidente o su interpretación más compleja, como la exitosa Dios se lo pague (Luis C. Amadori), el policial Deshonra, de Daniel Tinayre, y hasta la popular Catita de Niní Marshall, la mirada de Kriger va revelando la variedad de conflictos o cambios sociales que emergen durante los relatos del corpus fílmico de la época. Pero no de un modo orgánico ni digitado desde el poder, sino en consonancia con el escenario global de la posguerra y su impacto directo en los parámetros estéticos de la industria del cine, que van desde la aparición de movimientos europeos como el neorrealismo, a las reestructuraciones que comenzaban a darse en el sistema de estudios de Hollywood. Con la excepción hecha de la producción de cortos político- documentales, no se registran casos de imposición temática sobre argumentos y guiones, ni existen casos notables de censura registrados en el período.
Cine y peronismo concluye que, sin haber influido sobre el mundo cinematográfico del mismo modo en que operó sobre otros campos de la cultura y la vida social, el perfil de la Nueva Argentina peronista consiguió dejar marcas claras en la producción cinematográfica de la época. Pero de modo indirecto, que es siempre la mejor forma de decir, como solía afirmar Borges; valga la paradoja.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

miércoles, 24 de marzo de 2010

LIBROS - Niños hippies, de Maxine Swann: Una pequeña suma de subjetividades

En El caballo perdido, Felisberto Hernández contaba la historia de un niño enfrentado al ejercicio de observar el mundo, estableciendo a partir de ello un orden muy parecido al caos. “Cuando los ojos del niño toman una parte de las cosas, él supone que están enteras”, escribe Hernández. En esa sinécdoque, que traslada a lo desconocido los detalles propios de una mirada sesgada y única, se encuentra una de las mejores definiciones de la niñez (y del deseo) que se puedan encontrar en la literatura: “Cuando el niño miraba el brazo desnudo de Celina sentía que toda ella estaba en aquel brazo”. En Niños hippies, el universo creado por la norteamericana Maxine Swann se redefine de manera constante por la suma de subjetividades que sus pequeños protagonistas van aportando a lo largo del texto. Narrada en forma de relatos que pueden leerse de manera unitaria, esta segunda novela de Swann recién conformará una totalidad cuando se llegue a contemplarla de modo integral, reuniendo en un todo aquello que va siendo definido por sus partes.

Estos no son unos niños cualquiera. Hijos de una pareja que ha rechazado la instancia de integrarse de un modo convencional a la sociedad moderna, los chicos van construyendo la realidad a partir de los fragmentos extraños que aporta su vida en una granja hippie. Sin embargo no hay para ellos nada extraño en lo que ven. Recién ante el contacto con otras miradas comenzará a desdibujarse esa forma inicial. Metáfora del crecimiento, esos diferentes ángulos desde los que observar un mismo objeto (la realidad), va modificando la idea que se tiene de él. La escuela, el divorcio de sus padres, la salida al mundo exterior -aquel del que se debía escapar-, van agregando nuevos perfiles al diseño de esa estructura en permanente construcción.

Dentro del mundo burbuja de esos cuatro hermanitos, la madre equivale a la tierra, un invernadero fértil y seguro en el cual arraigarse y crecer. El padre es en cambio el combustible, un elemento inestable pero capaz de generar la aventura, la experiencia terrenal. Un explorador avezado (a veces no tanto) que los guiará a través del mapa de la vida lejos del hogar. Niños hippies consigue alcanzar con elegancia el objetivo de volver verosímil la asimetría de esa mirada incompleta, para reproducirla en un discurso tan extraño y cautivante como aquello que describe.  

Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

miércoles, 17 de febrero de 2010

LIBROS - JI-DO. Antología de la narrativa coreana contemporánea, compilado por Oliverio Coleho: La aventura de lo extraño

La historia puede resumirse así: un país arrasado es gobernado durante décadas por violentas dictaduras militares. Durante los 80 el sistema democrático consigue ser refundado y ya en los 90, bajo la influenza del brote neoliberal posterior a la caída de la URSS, el país termina de abrirse al gran flujo de capitales. Esta apurada sinopsis histórica que a primeras vistas parece tan propia, es sin embargo la de Corea del Sur. Y es posible que ninguna otra cultura, siendo a priori tan ajena, tenga tantos puntos en común con la historia reciente de la Argentina. A partir de los 90 el paralelo se quiebra: hoy Corea es considerada un país desarrollado, dentro de las primeras 15 potencias económicas del orbe. Dicho así, pareciera que ser coreano es el mejor destino posible, en contra de las notorias desventajas de ser argentino. Tal vez desde dentro la cosa no se vea como la pinta Wikipedia.
Grato trabajo de compilación del escritor Oliverio Coelho, es posible afirmar que Ji- Do, Antología de la narrativa coreana contemporánea, resulta un libro sorprendente. En primer lugar por lo que contiene: ocho cuentos escritos por ocho diferentes narradores coreanos representantes de diversos momentos históricos de la Corea moderna, heterogeneidad que sin embargo no se traduce en grandes saltos estéticos al avanzar sobre los textos. Aunque es posible pensar que esa comunión pudiera obedecer a los criterios del curador, es más agradable creer en la existencia de una potente marca poética que signa a la literatura coreana. Por suerte el cine coreano ha precedido a esta antología: entre ambos, cine y literatura, confirman que Ji- Do no es (sólo) el catálogo caprichoso de los gustos de Coelho, sino que puede intuirse en ellos el modelo a escala de una cultura propia. Como en las películas de Kim Ki Duk, Chan Wook Park o Joon Ho Bong, sin abjurar del realismo los cuentos de Ji- Do trazan historias en las que la realidad se presenta para el narrador como una criatura extraña: rozando lo siniestro, la cultura milenaria se resiste a convivir con las leyes del mercado.
Cierto es que el trabajo de Coelho dando vida a esta criatura de ocho cabezas, ha sido impecable. Ji- Do, cuya traducción al español es mapa, cumple de forma certera con su función: provee al lector del ovillo que le permitirá adentrarse por los corredores de esta literatura, cuya sola lectura es en sí misma la aventura.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

lunes, 1 de febrero de 2010

LIBROS - Crímenes, de Alberto Barrera Tyszka: Entre crímenes y sobras

Cualquier crimen siempre enfrenta la misma dificultad: qué hacer con las sobras. La frase es perfecta y no sólo si se mira su forma literaria: la cuestión que en ella habita es justamente el dilema que debería desentrañar cualquier cursito de perfeccionamiento criminal. ¿Qué hacer con las sobras? Para eso primero habrá que ponerse de acuerdo en cuál es el alcance de la palabra sobras, qué engloba, qué se contiene en ella. Porque las sobras varían de un crimen a otro y que la pregunta aparezca justamente entre las primeras páginas de Crímenes, el nuevo libro del escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka, aporta una interesante ventana desde la cual asomarse a los diez relatos que le dan vida.
Puestos a rastrear sobras, se podrá notar entonces que a veces estas parecen estar compuestas apenas por evidencia física: unas gotas de sangre sobre la alfombra, los rastros imperceptibles de la infidelidad, cadáveres de perros mutilados a dentelladas. Una mano de mujer arrancada (la mano y la mujer), tendida en la mugrienta oscuridad de un callejón. Evidencia física de hechos que son empíricamente innegables, pero que sin embargo apenas alcanzan a cubrir aquello de lo que es imposible desprenderse. La memoria, incapaz de expresar eso para lo que no hay palabras; el deseo de lo que ya no puede ser; el amor, que se empeña en desalentar a quienes quisieran morir por él; la pretensión de querer ser el de al lado, el de abajo, otro; esa ambición por la que se puede ser capaz de enterrar en olvido a un hermano vivo. Entonces, las sobras: ¡Ecce homo!
Los crímenes que enumera en sus cuentos Barrera Tyszka, no necesariamente son esos delitos banales y carnales que gustan de multiplicarse como epidemia por las pantallas de televisión, sino que tienen mucho más que ver con los huecos del alma humana. En Crímenes lo terrible no es la mano amputada ni la mujer ausente: el crimen es no haberla amado cuando era posible. Del mismo modo no es tan terrible el plagio en sí, sino el secuestro y cautiverio del talento original, la doble muerte de un muerto. Alberto Barrera Tyszka se las arregla para encantar al lector con crímenes imperceptibles, mientras corre sobre sus obsesiones con el tiempo, las mujeres y la miseria de un mundo capaz de mostrar sus verdaderos horrores sin que nadie los vea.



Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

jueves, 14 de enero de 2010

LIBROS - Mármara, de Inés Fernández Moreno: Viaje a los confines de la distancia.

¡Ah, el silencio! Que intensa puede resultar la lectura cuando entre palabras nomás, lo que más pesa es lo que no se ha dicho, aquello que sólo, apenas, ha sido conjurado por una alusión oblicua, una diagonal de nada, un punto final. Eso es lo más saludable de Mármara, nueva colección de relatos de la argentina Inés Fernández Moreno. Es cierto que en algunos de ellos se conforma con el sencillo objetivo de resolverlos de modo literariamente inocente, limitándose a cumplir con modestas sorpresas finales que a veces no los son tanto. Pero eso no alcanza para negarle el mérito de conseguir un puñado de cuentos donde no sobran ni son necesarias más palabras que las elegidas, y en los que lanza al lector en la búsqueda de ese fragmento más oculto que ausente.
Inés Fernández Moreno no presume de ingeniosa ni de otros artificios similares. Se limita con acierto al relato de historias en las cuales quedar encerrado (en un balcón o en la caja de una camioneta frigorífica) resulta tan terrible y definitivo como las diversas máscaras del exilio, siempre uno y terrible; o donde unas piscinas vacías, vistas desde muy alto, no resultan demasiado distintas que aquellas terribles fosas sin nombre. Cuentos habitados por personajes conmovedoramente desdoblados, en los que la vejez (la distancia) resulta una jaula en la que sólo el deseo permanece joven, en los que se repite una y otra vez la idea de que el tiempo nos extraña ante la mirada propia. El tiempo enajena, ergo la vejez (o la distancia) es siniestra.
Nada más alejado de las pretensiones de Mármara, que la de desandar el camino de regreso a una tierra en el pasado que ese mismo tiempo ha vuelto ilusoria, fantástica. Desandar es deshacer, negar el camino de ida. Más bien regresar es lo que se desea y eso implica que el regreso se haga a pie, por un sendero de heridas abiertas.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

jueves, 7 de enero de 2010

LIBROS - El lémur, de Benjamin Black: Cine y literatura en un callejón oscuro

Para trazar un perfil posible del policial negro, es oportuno atender las líneas que lo unen al cine. Puede decirse que las obras de Dashiell Hammett, James M. Cain o Raymond Chandler cedieron al film noir el universo estético del hard boiled y que así comenzó todo. Una galería de héroes perdedores y mujeres como ángeles caídos, errando por sórdidos escenarios que recrean el paisaje suburbano, en el contexto social de un mundo capitalista que ya había atravesado su gran depresión. Filmes como El Halcón maltés, El cartero llama dos veces, Al borde del abismo (guión de William Faulkner sobre novela de Chandler), o Pacto de sangre (novela de Cain, guión de Chandler), dirigidas por algunos de los nombres más notables del cine americano como Billy Wilder, Howard Hawks o John Houston (cuya mención no es gratuita), son resultado de esa operación. Como tarjetas postales animadas, el cine devolvió a la literatura su propio reflejo, aumentado en obras que fueron todavía más allá, tanto en lo tópico y narrativo como en lo estético (véase El tercer hombre, escrita por Graham Greene, que incorpora espionaje e intriga internacional; o Hitchcock, Alfred: obras completas). Ese cine alimentará trabajos posteriores de novelistas como James Ellroy y Walter Mosley, y directores como Friedkin, Lumet, De Palma o Coppola. Para hablar de El lémur puede empezarse desde aquí.
John Glass, un periodista famoso y aburguesado, ha aceptado el encargo de su suegro -un ex pez gordo de la CIA durante la Guerra Fría, devenido millonario- de escribirle una biografía fidedigna. Para el trabajo de campo John contrata un investigador: sus averiguaciones dejarán tempranamente un cadáver y el olor de ollas que nunca debieron destaparse. Instalada con solidez en el género, El lémur no falla a la hora de proponer un protagonista a la altura. John Glass se debate entre su buen pasar y los ideales de su oficio, y tiene mucho en común con el autor, Benjamín Black, aka John Banville que, como su personaje, es irlandés y colaborador del New York Review of Books. Black/ Banville no se priva de reservarle una aparición especial a John Houston como personaje de El lémur, y allí está el perro corriendo su propia cola. Es cierto que en esta reseña se ha escrito más de cine que de la novela en cuestión: he ahí la coartada perfecta para leer uno mismo este buen trabajo de John Banville, alias Benjamín Black.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

martes, 1 de diciembre de 2009

LIBROS - Envidia, de Yuri Olesha: En la frontera de dos mundos


Hay un mensaje en esos bisontes pardos e inmóviles, en esas manos grabadas en la piedra de cuevas paleolíticas que alguna vez fueron atelier de artistas primales: el arte es consecuencia de la contemplación. Observar es un arte. Podría decirse que de eso se trata hasta la más onírica o fantástica de las creaciones, de arriesgar una versión de la realidad. Desde entonces son muchos los autores que aun antes de la historia se han dedicado al sutil arte de observar y retratar lo que ven. Eso hace el escritor ucraniano (y soviético) Yuri Olesha en su novela de 1927, Envidia. En sus páginas narra el desprecio que siente Kavalérov, alcohólico y casi vagabundo, por Bábichev, prohombre de la Revolución dedicado entre otras cosas a la administración de un frigorífico, quien lo ha rescatado de las calles y hospedado gentilmente en su casa.
Kavalérov es un hombre apabullado, que a pesar de los vicios todavía es capaz de obtener una visión lúcida del mundo. A la vez que carga con la conciencia de su propio fracaso, se ve a sí mismo como una joya turbia, un tesoro que nadie más que él mismo alcanza a apreciar. Desde el suelo, impune como sólo se puede ser desde el resentimiento de la derrota, apenas se permite mirar por encima del hombro al resto de la humanidad. Su carácter rabioso y despectivo revela una naturaleza patética que lo liga a la genealogía de la literatura rusa, en particular a los oscuros antihéroes que deambulan por la obra de Dostoievsky, ese universo de almas desoladas.
Envidia es el retrato de dos mundos en pugna, chocando justo frente a la mirada de su autor, capaz de retratar el pujante surgimiento del frío hombre nuevo (y el doloroso desplazamiento del antiguo orden, decadente y resentido), con una poesía fina y desencantada. Un potente e ingenioso diagrama de una realidad y de una historia posibles. Un defecto: el precio de la edición importada.

Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

LIBROS - El mejor mundo posible, de Milena Agus: Cándido, al sur de Cerdeña.


“Optimismo es la manía de sostener, cuando todo va mal, que todo va bien”. Incluida en Cándido la frase pertenece a Voltaire, uno de los escritores que con más habilidad han hecho uso del ingenio y la ironía. Un buen alumno suyo, Ambrose Bierce, completa la idea en su Diccionario del Diablo, afirmando que “siendo una fe ciega, el optimismo no percibe la luz de la refutación”. En Cándido era Pangloss, maestro y tutor del protagonista, quien llevaba la afirmación de la filosofía de Leibniz de que estamos en el mejor de los mundos posibles, a extremos que ponían en evidencia su carácter maniqueo. La italiana Milena Agus aprovecha el viejo epigrama acuñado por Leibniz no para reafirmarlo, sino para voltearlo una vez más.
A partir del tono episódico que le dan sus capítulos breves, encastrados de manera que parecen no seguir un orden determinado -algunos hasta pueden leerse de forma unitaria, como si de cuentos se tratara-, El mejor mundo posible relata una serie de situaciones crueles o enrevesadas para luego jugar a convencerse de que de otra manera, el modo correcto, lejos de mejorar se estará siempre ante una alternativa todavía peor. Es ejemplar el caso del niño olvidado por sus padres, a quien Dios mismo parece escuchar en persona. De forma sutil, y a veces hasta brutalmente, la realidad no deja de aparecer mostrando todo el tiempo ese rostro amargo que se empecina en desacreditar a Leibniz. Con paulatina suavidad, aquella apariencia aleatoria va dejando lugar a un cosmos metódicamente encadenado.
Agus ha sabido elegir a la narradora de El mejor mundo posible: la hija adolescente de un ludópata cuyas deudas y desaparición han empujado a su familia a una paradójica reclusión en una paradisíaca casa en la playa al sur de Cerdeña. Los paisajes familiares que ella presenta cada vez más oscuros, contrastan con el estilo inocente de un discurso que, de manera deliberada, intenta teñir de inocencia al desencanto. No por nada el título original de la novela es Ali di babbo, literalmente Alas de papá; a sabiendas de que es la propia narradora quien manifiesta durante el relato su pasión por lo hiperbólico, aun queda la alternativa de que lo narrado no sea sino el único recurso de la niña para aceptar la realidad: desfigurar los detalles miserables de un mundo al que es preferible filtrar a través de la poesía. Todo un síntoma de buena salud.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

lunes, 9 de noviembre de 2009

LIBROS - El oficio de los santos, de Federico Andahazi: Genesis de una Argentina partida


Exitoso novelista, en El oficio de los santos Federico Andahazi apuesta por un rosario de historias breves, enhebradas en torno a un lugar y a un momento histórico precisos. Quinta del medio es un pueblito que se intuye fronterizo entre la civilización y la barbarie de la guerra civil; disputado por la Unión y la Confederación, todo en él gira en torno a sus instituciones: la prisión, la iglesia, el hospicio. El libro apenas abandona este paisaje para cerrarse entre los fiordos de Malvinas, trazando una diáfana línea de sentido. Barroco (pero no tanto), El oficio de los santos parece querer comunicarse con aquellas narraciones misteriosas con las que Mujica Láinez quiso crear una mitología para Buenos Aires, sin su preciosismo pero también sin los excesos de amaneramiento que signan el estilo manucheano.
Surge en estos cuentos (reedición de sus primeros trabajos) una brutalidad que es afín no sólo al fondo social en que se desarrollan, sino que además resultan un conjuro para la aparición de lo heroico, tanto como la de su gemelo deforme, lo miserable, emergiendo desde lo más profundo de las pasiones humanas. En La isla de los condenados -posiblemente el mejor de los textos incluidos en El oficio de los santos-, Quinta del Medio ha quedado sitiada a causa de una gran inundación, mientras una peste comienza a reclutar un ejército de muertos y enfermos. Son tantos los caídos, que entre los vivos ya no importa quiénes están libres y quiénes encerrados. Dos personajes disputan el centro de esa escena: uno preso, el hombre más respetado del pueblo; el otro, el más temido, su carcelero y torturador. Ambos enfermos. El primero relegará el ansia de venganza para buscar ayuda más allá de esa isla en tierra firme. Quizá en ellos Borges hubiera sabido encontrar dos hombres de valor que, como suele ocurrir en toda épica, se debaten entre la rigidez ética de sus principios y la pasión de sus sentimientos. Dos hombres de valor en los que sin dudas el lector alcanzará a distinguir entre el héroe y el canalla (o hijo de puta, si se evita el eufemismo).
El final de su último cuento, El dólmen, vendrá a confirmar esa distancia entre lo uno y lo otro: que de lo estético a lo ético y del arte a lo moral, hay cosas que nunca cambian; que lo humano, aun siendo vastísimo, siempre se detiene en el límite único y último de sí mismo. Que errar es el destino final de cada hombre.


Publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

martes, 6 de octubre de 2009

LIBROS - Una felicidad con menos pena, de Griselda Gambaro: La caridad como muralla.

En uno de sus monólogos Tato Bores dijo una vez que “El rico no quiere más dinero: el rico lo único que quiere es más dinero”. El chiste parece oportuno para hallar una lectura posible en la reedición de la novela Una felicidad con menos pena, de Griselda Gambaro, que se permite ver en la caridad del que da lo que no le sirve, lo inmoral de quien entrega un poco porque teme perder todo. Pero también una evaluación franca de los efectos de la miseria: “Cuando lo más esencial falta, la gente se vuelve mala”, escribe Gambaro y revela que la monstruosidad no está en el pobre sino en el responsable de sus privaciones.
Eustaquio (o Eduardo, o Heriberto) es un hombre de fortuna que decide amparar en su mansión a quienes lo necesiten, con la salvedad que todas las habitaciones están clausuradas y una multitud cada vez más grande debe ir apiñándose en la cocina. El narrador es el primero en llegar con su perro, y ante la incómoda perspectiva es el único que se instala en el patiecito, reconstruyendo ahí su rancho de chapa: la exaltación de la vida sobre los márgenes, donde la felicidad quizá se da con menos pena. En el tono irreal de la relación entre benefactor y socorridos, Gambaro encuentra el mejor camino para hablar de lo real.
Como en el juego de Sevilla, Eustaquio guarda su lugar con temor, y es que los pobres son insaciables: se les da un techo y ellos además pretenden estar cómodos. La lucha del rico por mantener su privilegio en un mar de muertos de hambre que se apilan unos sobre otros, se convierte aquí, no sin revelar un perfil oscuramente cómico, en una versión extrema del juego de la silla. El asiento que Eustaquio protege durante el relato es el recipiente del poder, un trono que debe cuidarse y desde dónde todavía se puede gobernar; el argumento de quienes creen que el rico gobernará mejor que el pobre, sólo porque desde su abundancia será justo y no necesitará robar. ¡Que actuales son las miradas que ofrecen Tato y Griselda!
Hay algo en esta novela cercano a la prosa de Olga Orozco, de Virgilio Piñera, de Pizarnik y hasta de Gombrowicz, una proximidad que se sostiene y justifica en la contemporaneidad -Una felicidad con menos pena fue escrita en 1967. Y se destaca la capacidad de Gambaro para construir su relato con una eficiencia dramática que revela, entre el texto, a la consumada autora de teatro.


Artículo publicado originalente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

LIBROS - La sombra del animal, de Vanesa Guerra: Juego de universos encastrados.


Un espejo que cae y se rompe puede ser útil para hablar de un hombre que va perdiendo, de a pedazos, la noción del mundo, de sí mismo, de su propia imagen. Es la oscuridad del alma, pero también la de la noche que se desploma y estalla en estrellas que se multiplican en el hueco de la ventana, última certeza de una realidad en fuga. Ahí está la muerte; siempre ella: como rata, como soga, como mujer que busca y persiste y encuentra. Siempre. Los once textos que conforman el segundo volumen de cuentos de Vanesa Guerra, La sombra del animal, tienen sobre todo obsesiones. Marcas profundas que van más allá de la poética y los artificios lingüísticos, abundantes en ingenio y cantidad –demasiado es mejor que escaso-, con los que la autora ha modelado un estilo en el que destaca la versatilidad para transfigurarse a través de los relatos.
En ellos, el vínculo entre los individuos nunca es completo: una constante de tiempos y espacios que se entreveran va limitando las celdas estancas que separan a los personajes; “Yo no iba para un lado y vos para otro. Los cruces no siempre son tan precisos”, ilustra el cuento Plano de una ciudad postergada. La soledad es la peste, una epidemia urbana que une suicidas exitosos con los otros, los que fracasan en todo.
En La sombra del animal el pasado regresa descoyuntado y ya no es el que habita la memoria. Ahí está lo siniestro: el presente es la prueba de que nada es como era, ni uno mismo, y eso aterra. Pero hay más. Aquellas soledades y espejos que, como enfrentados, se repiten de un cuento a otro; la ciudad, el insomnio. Conversaciones que son apenas la combinación de dos monólogos… Obsesiones que circulan por los tiempos y espacios de Vanesa Guerra. Y algunas astillas de realidad clavadas con gracia y levedad fingida aquí o allá, para inducir al lector a creer que cada historia revela un mundo posible.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de el diario Perfil.

domingo, 6 de septiembre de 2009

LIBROS - ¡Burundanga!, de Edgardo Cozarinsky: El canto del viejo marino.


La añoranza de toda memoria, de su contenido y de sus formas, es una de las cuerdas que amarran los textos de Edgardo Cozarinsky a una estética que sólo puede ser mensurada en relación al pasado. Adyacente a la de Borges por necesidad, en la obra de Cozarinsky ese pasado es siempre una ficción tramada desde un presente que incluye el trazo ancestral de viajeros lejos de su tierra, donde el carácter inmigrante de sus padres se prolonga en su propia condición de exilado, de modo que cada recuerdo adquiere el valor de una joya de familia. Un tesoro perdido e irrecuperable.
En las narraciones que conforman ¡Burundanga! prevalece el tono satírico y el humor. Si alguien ya se ha encargado de orientar al lector en el abordaje del Pato Donald, revelando las argucias del palmípedo al servicio del capital, aquí es otro escritor de raíces eslavas quien narra las miserias de otras dos viejas estrellas explotadas por los estudios del mítico hombre helado, en un relato patético que carga la sórdida marca del policial negro. Es la misma pícara sordidez que resuma la brevedad de los arrabaleros Homenajes a nuestras vedettes infantiles o el breviario criminal del Vaticano.
Implícita y explícita (una constante en la obra de Cozarinsky), la cita a Borges es utilizada aquí para revelar un común sentido del humor, siempre auto referencial. A la mención del Ménard borgeano le sigue el recuento de las aventuras de un violador serial de taxistas, cuyos métodos se acercan más a la seducción que al ultraje. En algunos detalles alcanzará a colarse el perfil del autor, dando la ilusión de estar frente a la entretenida bitácora de sus propias travesuras y rondas nocturnas. En el camino se permitirá alimentar la vieja llama todavía encendida entre Florida y Boedo, y esbozar una clase magistral de botánica psicotrópica. Tanto, en apenas 80 páginas.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

LIBROS - El colectivo, de Eugenia Almeida: El vacío de lo que ya no es.


No pocos creen que lo más complejo de conseguir para los escritores de ficción es la creación de mundos ajenos y aun así verosímiles. Mucho más para los dedicados a la literatura fantástica. Sin embargo el verdadero desafío se encuentra todavía más allá: el éxito es completo cuando consiguen tender puentes escondidos entre sus fantasías y la realidad; sendas abiertas a través del texto, a partir de las cuales el lector intrépido descubre esa luz que ilumina de un modo distinto alguna imagen de su propio mundo. Esa es justamente la virtud de El colectivo, primera novela de Eugenia Almeida: se lee como ficción, pero puede ser contemplada como retrato lúcido de una época.
Un colectivo pasa y no se detiene. Es el único que llega hasta ahí, sólo una vez al día, y su repentino capricho se convertirá en costumbre. Ya no volverá a parar en el pueblo. Al principio seguirá de largo, acelerador a fondo, con la soberbia de sus luces encendidas, eludiendo al grupo de curiosos que comienza a juntarse cada tarde noche para verlo pasar. Después a oscuras, entre fantasmas que levanta del camino. Ritos de silencio y desconfianza comienzan a cavar una red de huecos y agujeros: da miedo un pueblo tan vacío, del que no puede salirse y al cual no se puede entrar; donde el que sabe calla y el imbécil es la tierra fértil donde arraiga el horror. Esa parálisis, la inmovilidad de ese pueblo al que sólo le queda ser espectador de su propio escenario, se convierte en la paradójica evidencia de aquello que ocurrirá entre máscaras.
Es inevitable ver en El colectivo una puesta en escena que tiene mucho de drama, un transcurrir casi teatral o cinematográfico que no desgasta su valor literario. La novela de Almeida hace de la elipsis su principal recurso: el lector compartirá la ignorancia con los personajes y junto a ellos irá reconociendo a partir de la acción –ecce drama-, los secretos y sobrentendidos que nadie se atreve a poner en palabras. Sabiamente, la autora tampoco lo hace: alcanza con ser argentino o humano para comprender qué esconde tanto silencio, para reconocer esos cuatro goles mencionados al pasar. Al final habrá retornos y pérdidas definitivas, y junto a los fogonazos de una tormenta que a lo lejos ilumina el llano, ilusión antes que certeza, la esperanza de la lluvia se abrirá como un deseo en carne viva: todo pasa, todo queda…


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

miércoles, 3 de junio de 2009

LIBROS - El crimen de San Alberto, de Fernando Sorrentino: Laberinto fantástico por las calles de Palermo.

Aunque Fernando Sorrentino es dueño de una importante obra publicada entre cuentos, novelas y literatura infantil, en las portadas de sus dos libros más conocidos el nombre de otros escritores relega al propio a un segundo plano. Es que Sorrentino es el autor de Siete conversaciones con Jorge Luis Borges y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, interesantes volúmenes de permanente reedición. Y el efecto de tener intercalado “esos” nombres en su bibliografía no es menor para su obra. Si bien no puede tildárselo de borgeano o de “bioysta”, los cuentos que conforman su último libro, El crimen de San Alberto, se alinean dentro del género fantástico que popularizaran ambos escritores. Línea que por cierto agrupa gran parte de la mejor literatura argentina del siglo XX: Cortázar, Denevi, Walsh, Ocampo y los olvidados pero no menos notables José Bianco y J. Rodolfo Wilcock.
El crimen de San Alberto puede ser dividido en dos mitades casi exactas; la segunda sólo contiene al cuento que le da título y que es además el más logrado. En él, bajo la cómoda forma del policial (otro puente tendido hacia sus modelos), un acomplejado profesor de geografía parece desandar la historia de su silencioso amor por una colega, alimentado por años de contemplación muda en el ambiente poco favorable de una sala de profesores. Pero es su desigual relación con un amigo de la infancia la que signa el mundo de espejos deformantes que propone el cuento y la que en definitiva lo lleva a su desenlace.
El libro de Sorrentino puede leerse además de un modo integral, donde cada pieza es un detalle de azulejos dentro de un mosaico. El crimen de San Alberto se propone como una suerte de imaginario fantástico del barrio de Palermo -que es además el del propio escritor. Los narradores de los cinco textos que lo conforman (todos escritos en primera persona) comparten la insistencia catasrtral de mencionar cada calle y cruce por los que deambulan, delimitando su universo entre “nombres de exploradores o naturalistas” y “países centoamericanos”. Los obsesivos personajes que acumula El crimen de San Alberto, son el emergente de un narrador también obsesivo que no evita abundar ni reiterar detalles, de cuya enumeración muchas veces devienen auténticos mapas que evidencian el anhelo de encajar sus relatos fantásticos en la realidad.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.

LIBROS - Los dobles, de E. T. A. Hoffmann,: El precursor olvidado.


Flaubert definió a Los Clásicos como aquellos que se supone uno debe conocer; la entrada pertenece a su Diccionario de los lugares comunes y no está exenta de la ironía y el sarcasmo que destilan sus páginas. Por opuesto a esta definición, el caso de E. T. A. Hoffmann parece corroborar esa idea: no siempre un clásico es aquel que todos conocen. Más citado que leído, como indica el Estudio preliminar de la edición de su relato Los dobles –la primera en lengua castellana, según se hace notar-, la obra de Hoffmann no es empero la de un escritor notable. Sus textos, aunque capaces de incluir fragmentos de una poética delicada, suelen ser más bien esquemáticos, construidos sobre estructuras excesivas que muchas veces el tejido de su prosa no alcanza a cubrir. Sin embargo su obra es vital, no sólo para el romanticismo alemán al cual pertenece, sino como prototipo de obras mayores, las de Poe o Chejov, que constituyen alguna de la mejor literatura del siglo XIX.
Los dobles narra la historia de dos jóvenes idénticos, que sin conocerse son confundidos entre sí por los habitantes del pueblo a donde uno de ellos ha viajado por orden paterna. El tema del doble (doppelgänger) resulta una maniobra psicológica de la que Hoffmann se sirvió con éxito en muchos de sus cuentos, escribió Freud en Lo siniestro, ensayo en el que intenta definir a su objeto a partir de varios de los elementos que Hoffmann utiliza en El arenero, su relato más popular.
En su autobiografía Groucho Marx afirma que él bien podría haber escrito un clásico de haberlo deseado, pero que prefiere escribir para la gente sencilla. Es en su carácter de precursor -¿Qué es un doble sino esa imagen, tan idéntica como invertida, en los espejos de Borges?- y en ese escribir para gente sencilla, sin un estilo soberbio pero con una capacidad inigualable para abarcar lo mítico, en donde Hoffmann se vuelve clásico.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil.