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sábado, 30 de abril de 2022

LIBROS - Tres libros que se hacen distintas preguntas para resolver el mismo misterio: qué es la música

Hacerse preguntas forma parte esencial del ser humano, una especie incapaz de trascender la edad de los porqué. Esa ambición de querer saberlo todo, que tan bien expresa el axioma cartesiano “pienso, luego existo”, es el motor que le permitió a la humanidad llegar sino tan lejos, por lo menos hasta acá. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué hay más allá de nosotros, de este mundo, de la materia? ¿Cómo es posible trascender esos límites? ¿Por qué la gallinita dijo “¡eureka!”?


La cita a los inolvidables Les Luthiers, en cuya obra la comedia se funde con lo musical, resulta el pretexto perfecto para hablar de tres libros que se hacen preguntas justamente sobre eso: la música. Y además, como si fuera poco, se animan a responderlas. Uno de ellos es una novedad; el otro una reedición; y el tercero ya es (casi) un clásico. Entre los tres le dan forma a una serie con un sentido muy claro. 

El primero, que brinda la excusa para hablar de los tres, lleva la pregunta impresa en su tapa. Se trata de ¿Por qué la música? (Serie Gong), en cuyas páginas el filósofo francés Francis Wolff intenta resolver de forma exhaustiva el interrogante, verdadero abismo conceptual. Con esa intención se propone definir el objeto abordado yendo en busca de su origen: analizando en detalle la forma en que sus expresiones afectan al cuerpo y la mente de las personas; estableciendo su relación con el mundo como forma primordial de la cultura y como canal de expresión; e incluso indagando acerca de su utilidad (o inutilidad). La tarea, a todas luces titánica, le demanda al autor casi 600 páginas de una búsqueda tan puntillosa en su desarrollo, como placentera en su lectura.

El segundo libro también cuenta con un título interrogativo, aunque esta vez su autor ha prescindido de los signos de puntuación correspondientes. En Cómo funciona la música (Sexto Piso) es el músico David Byrne el que se hace las preguntas y el que intenta contestarlas. A diferencia del libro de Wolff, que en su rol de filósofo ensaya respuestas de apariencia objetiva, propias de su área de especialización, el de Byrne aborda cada tópico de un modo que no puede evitar la parcialidad de lo subjetivo y en las que su propia experiencia funciona como filtro. La diferencia entre ambos enfoques también está dada por la cuestión semántica que separa al “por qué” del “cómo”, expresiones incluidas en los títulos de cada obra. Mientras el primero orienta su búsqueda hacia las “causas” de la música, el segundo se pregunta por sus modos. La forma en que la tecnología impacta en la música, el modo en que los espacios afectaron su aparición o la manera en que la industria incidió en su desarrollo son algunas de las cuestiones abordadas por el excantante de Talking Heads.

El tercero es En contra de la música (Gourmet Musical), del musicólogo peruano Julio Mendívil que ya va por su segunda edición local. Como se ve, es el único cuyo título no se expresa a través de una interrogación. En su lugar elige un formato declarativo, como si se tratara de un manifiesto. Pero solo es una cuestión de formas: alcanza con recorrer los títulos de algunos de sus capítulos para comprobar que este libro se encuentra tan lleno de preguntas como los anteriores. “¿Tiene sentido hablar de música?”, “¿Son biológicas o culturales las facultades musicales?”, “¿Qué significa saber música?” o “¿Cómo definir las músicas?” son algunos de los asuntos que Mendívil aborda a través de textos tan cortos y de lectura ágil, como precisos y siempre apasionantes. 

Más allá de la variedad de sus enfoques, los tres volúmenes registran coincidencias. Por empezar, ninguno se atribuye el mérito de arrojar respuestas definitivas sobre el asunto abordado. También hay otras, más simpáticas. Como el hecho de que tanto Wolff como Byrne recurran a la canción Good Vibrations, de los Beach Boys, para hablar de la música no solo como fenómeno de carácter audible, sino de la forma en que algunos sonidos son percibidos con todo el cuerpo, debido a las vibraciones producidas por las frecuencias más bajas del campo sonoro. En ese mismo camino, los tres autores se ocupan de refutar la definición clásica de la palabra música, que habla de ella como el arte de combinar sonidos. Mendívil, Byrne y Wolff recuerdan que la misma también se compone de la total ausencia de ellos: el silencio. Y utilizan la obra 4’33", de John Cage, que consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos mudos, para desagraviar el olvido que suele pesar sobre el silencio a la hora de las definiciones. 

¿Por qué la música?, En contra de la música y Cómo funciona la música no se limitan a recorrer las manifestaciones musicales más populares, ni se detienen en las obras más prestigiosas de su historia ni en sus géneros más comerciales. Por el contrario, todos tienen la generosidad de llevar al lector hasta los rincones más remotos del mundo, abriendo el espectro cultural con la intención de hallar las respuestas buscadas. Así y todo, la música sigue siendo un maravilloso misterio, imposible de resolver en solo tres libros. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 12 de noviembre de 2021

CINE - "Una película de policías", de Alonso Ruizpalacios: La naturaleza híbrida

Una película de policías, opus tres de Alonso Ruizpalacios, premio al Mejor Montaje en la última Berlinale y recién estrenada en Netflix, es presentada como un documental. En él, el cineasta mexicano pone el foco sobre la institución policial de su país, en busca de entender por qué es ahí donde se encuentra uno de los orígenes de la corrupción y la injusticia en el México contemporáneo. O al menos esa parece ser la premisa inicial, que sin embargo se irá modificando a medida que la narración se vaya comprometiendo con sus protagonistas, los agentes Montoya y Teresa Hernández. Son sus relatos en primera persona los que van articulando la acción no solo en torno de sus historias personales, sino de la forma en que el “ser policía” va moldeando una mirada del mundo particular y precisa.

Pero ocurre que Una película de policías es también un film de ficción. No porque lo que en él se relate sea un producto de la imaginación del director, que además es el guionista unto a David Gaitán, sino porque Ruizpalacios utiliza a dos actores para interpretar a Hernández y Montoya. Son ellos los que en principio le pondrán cuerpo y voz a los protagonistas, para recrear una serie de situaciones y vivencias que, luego el espectador sabrá, toman de manera textual las declaraciones de los verdaderos Hernández y Montoya. Ese formato híbrido, que articula distintas formas de registro y estéticas disímiles a través de un dispositivo de montaje muy ágil, le permite al director acercarse o tomar distancia de sus protagonistas y de la institución policial, según lo demande el ritmo preciso de la narración.

La hibridez no se acaba en la variedad de género y registro, sino que se extiende sobre la tesis de esta docuficción. Así, puede decirse que Una película de policías articula un discurso contra la policía mexicana. De los relatos de la pareja protagónica, que comienza compartiendo rondas de patrullaje y se termina enamorando, extendiendo el vínculo de pareja al terreno sentimental, surgen elementos que permiten sostener el recelo que en México (como en Argentina y en todo el mundo) despierta la policía. Ambos no solo admiten haber recibido coimas de manera regular, sino que trazan un mapa de cómo ese mecanismo corrupto se extiende hacia arriba, involucrando a los cuadros superiores de la institución, y hacia atrás en la historia. Es que ambos vienen de familias de policías y dan cuenta de que esa corrupción ya existía en tiempos en que sus padres aún eran agentes.

Sin embargo, Una película de policías también es un alegato a favor del organismo fundado para velar por la seguridad de la gente. Es cierto que el origen del relato se encuentra en una mirada crítica, pero al avanzar no solo expondrá la auténtica voluntad de servicio de muchos de los chicos que entran a la institución. También pondrá en escena la presencia del miedo como compañía cotidiana y el desprecio permanente que reciben de los ciudadanos, que los temen y repudian pero al mismo tiempo los necesitan. Ruizpalacios consigue hacer verosímil la articulación, desarticulación y rearticulación de ese punto de vista gracias a un recurso sumamente ingenioso, en el que radica la originalidad y el éxito de la película a la hora de trasladar esos cambios de óptica al espectador.

A partir de ese dispositivo, que conviene no revelar acá, Ruizpalacios logra ilustrar la forma en que se va construyendo la particular mirada con que los policías decodifican la realidad. Pero además permite quitarle a la institución la letra escarlata que la señala como origen de todos los males de la sociedad, sospecha que pesa sobre ella en todo el mundo. Alcanza con leer el libro Cuidar a la fuerza (La Docta Ignorancia), de Daniel Russo, psicólogo especializado en temas de seguridad, para acreditar la existencia de una mirada similar en Argentina. Como el libro, Una película de policías deja en claro que el cuerpo policial es apenas un quiste dentro de un cáncer mayor, que se extiende por todos los sistemas de poder (económico, político, social) que sostienen la estructura de cualquier sociedad. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 11 de agosto de 2020

CINE - El Museo del Cine negó que sus depósitos puedan explotar "como Beirut"

El Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, ubicado en el barrio porteño de La Boca, emitió un comunicado en el que desmintió el estado de abandono de su archivo fílmico. En especial aquel compuesto por las películas más antiguas, conservadas en copias de nitrato de celulosa, un material que en malas condiciones se vuelve altamente inflamable. La aclaración nace a partir de la denuncia realizada por empleados del propio Museo en un artículo publicado en el portal notasperiodismopopular.com.ar, en el que Martha Notari, delegada de los trabajadores del Museo, afirma: “Tenemos un polvorín lleno de nitrato en medio de La Boca. Es igual a Beirut, pero a menor escala”. La frase hace referencia al depósito que la institución tiene en la calle Ministro Brin 615, en donde se encontrarían almacenados más de“90 mil kilos” de películas, según su versión. De ese total, el artículo indica que hay tres mil kilos que corresponden a films cuyo soporte es el nitrato de celulosa, a los que califica como “una bomba de tiempo” que “según los especialistas, puede estallar en cualquier momento”. Notari cuenta que el nitrato de celulosa es un material muy inflamable, al que califica como “más peligroso que el nitrato de amonio que explotó en Beirut, porque el nuestro no necesita un factor externo para explotar”.

Consultada por Tiempo, una fuente del área dedicada al cuidado y preservación del patrimonio del Museo del Cine objetó en primer lugar el uso de la palabra “polvorín”. Explicó que “si el nitrato de celulosa está refrigerado, alejado de fuentes de calor y, por sobre todas las cosas, si es revisado y controlado de manera regular”, es sumamente estable, asegurando que todas esas condiciones están garantizadas. Para cumplir con esos protocolos de seguridad durante la cuarentena, la fuente confirmó que se organizó un equipo de tres personas para controlar diariamente el depósito en el que se encuentra alojado dicho material. “Eso no quiere decir que las posibilidades de un accidente no existan, porque se trata de un material peligroso y eso nadie lo puede negar”, reconoció, pero para que eso ocurra deben darse condiciones de extremo y prolongado abandono que “no son las actuales”. “Tampoco negamos que las condiciones de almacenamiento podrían ser aún mejores y desde el Museo estamos trabajando junto al Instituto del Cine (INCAA) y el Gobierno de la Ciudad para crear un depósito en el que las condiciones sean óptimas”, agregó. Pero insistió en remarcar que “entre eso y un polvorín”, hay una diferencia abismal. Y si se lo quiere comparar con la tragedia ocurrida en la ciudad de Beirut, “la distancia es mucho mayor”.

En consonancia con la información provista desde la institución, el historiador del cine Fernando Martín Peña, uno de los máximos especialistas en preservación de patrimonio fílmico en el país, le dijo a este diario que “hay dos cosas que están mal en esa nota”. “Primero, me parece irresponsable decir que puede haber una explosión como la de Beirut a partir del material de nitrato que está en el Museo. La segunda cosa incorrecta que se dice, es que dicho material está descuidado”, enumeró. Al contrario de eso, el especialista aseguró que el Museo del Cine se encarga de controlar debidamente ese material y que “si al nitrato de celulosa lo cuidás como corresponde, no hay ningún riesgo de que explote”. Recordó que el historial de peligrosidad del nitrato siempre está vinculado al abandono del mismo “en condiciones climáticas adversas y durante años” y que “si hay algo que hizo la gestión de Paula Félix-Didier, actual directora de la institución, es poner todo ese material en las mejores condiciones posibles”, separando a las películas de nitrato del resto de la colección que el Museo se encarga de conservar.

Consultado acerca del peligro de que el material de nitrato de celulosa arda por combustión espontánea, como se menciona en el artículo de notasperiodismopopular.com, Peña dio un ejemplo claro. “En términos generales el nitrato es igual de peligroso que la nafta que tenés dentro del auto: ambos son combustibles. Pero hay cientos de miles de autos circulando todos los días por la ciudad y sin embargo no vemos que exploten espontáneamente. Y mientras no le eches un fósforo adentro del tanque no va a pasar nada”, sintetizó. De este modo negó rotundamente que el nitrato de celulosa tenga la capacidad de arder por sí mismo y aclaró que su inflamabilidad siempre es desatada por un elemento externo, como el fuego, un chispazo eléctrico o la exposición a altas temperaturas de manera prolongada, todo esto siempre en relación a un mal estado de conservación previo. Algo que, según Peña, no es así en el caso del Museo del Cine.

Existe una altísima diferencia de grado entre la explosividad del nitrato de amonio que provocó la tragedia en el puerto beirutí y el nitrato de celulosa utilizado hasta la década de 1940 para realizar las copias de las películas que se proyectaban en los cines de todo el mundo. La más importante de ellas está dada por el hecho de que mientras el nitrato de amonio es utilizado directamente en la fabricación industrial de explosivos de uso militar, el de celulosa no. Además de la explosión de Beirut, se sospecha que el nitrato de amonio fue el material que se usó en la bomba terrorista     que se detonó en la voladura de la AMIA en 1994, mientras que las películas de nitrato de celulosa mal conservadas en todo caso pueden provocar incendios y rara vez explosiones. Por eso desde el Museo sostienen que igualar las condiciones en las que se conserva su archivo con la tragedia ocurrida en la capital libanesa es por lo menos “descabellado”. En primer lugar porque en aquel caso se trató de casi 3.000 toneladas de nitrato de amonio mal almacenadas en “un barco que estuvo abandonado por años, dentro de contenedores de metal que multiplican el calor habitual en una ciudad como Beirut” y, además, “junto a material pirotécnico”. Mientras que las películas de nitrato de celulosa, que representan una parte muy minoritaria del archivo del Museo, se encuentran en un ambiente refrigerado, controlado diariamente y alejado del resto de las colecciones. “Las condiciones no pueden ser más incomparables”, afirman desde la institución.

En ese sentido la fuentes sostuvo además que “los trabajadores del Museo saben perfectamente que esto es así”, ya que “ninguno de nosotros vendría a trabajar si el lugar fuera tan peligroso como se lo describe”. “Estamos siendo lo más cuidadosos posible con esto, porque somos consientes del material con el que estamos en contacto”, insistió la fuente. “Y estamos trabajando intensamente con el INCAA y el Gobierno de la Ciudad para construir este depósito y laboratorio”, concluyó. Finalmente sostuvo que está todo dado para que esto suceda, aunque también es cierto que el proceso se ha visto inevitablemente afectado por la pandemia.

Fernando Martín Peña
, quien fuera director artístico del BAFICI y el Festival de Cine de Mar del Plata, coincidió en esa apreciación y sostuvo que aunque la gestión que encabeza Félix-Didier trabaja con responsabilidad, sabe que las condiciones tampoco son las ideales. Para que esto se resuelva, señaló, es necesario que el Gobierno de la Ciudad junto con el de la Nación, a través del INCAA, avancen en la construcción del Primer Laboratorio de Preservación Fílmica de Argentina, que estará ubicado en Avenida Pedro de Mendoza 3951, en el barrio de Barracas, y cuya gestión estaría bajo la órbita del Museo del Cine. El acuerdo para ello fue firmado el pasado mes de octubre, pero luego el cambio de gobierno y la inesperada pandemia terminaron demorando su implementación.

“Ese depósito debería ser construido cuanto antes y en esa parte coincido absolutamente con todo lo que dice la nota”, señaló el investigador del cine. “Pero resolverlo demanda que los gobiernos de la Ciudad y la Nación reconozcan la urgencia del asunto”, agregó extendiendo a todas las autoridades culturales del país la responsabilidad de que el depósito todavía no exista. Sin embargo, se encargó de recordar que el material perteneciente al acervo del Museo del Cine es un patrimonio de la Ciudad de Buenos Aires y que “por supuesto le corresponde a su gobierno en primer lugar solucionar un tema sobre el que nunca hicieron nada”. Más allá de eso, Peña sostuvo que “nadie entiende que estas cosas son urgentes, pero no porque vaya a haber peligro de muerte para nadie", sino porque el propio material se puede degradar y así se perdería todo lo que está ahí registrado. “Pero la idea tampoco es herir la susceptibilidad de nadie y si todo esto sirve para que se despierten y pongan en marcha la burocracia que hace falta para que alguien empiece a construir algo en algún lado, entonces bienvenido sea.”

Texto completo del comunicado del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken

El nitrato de celulosa es un soporte plástico en el que se fabricaron las películas cinematográficas hasta la década del 50. Debido a su inestabilidad e inflamabilidad, el nitrato es un material que requiere de cuidados estrictos. El Museo del Cine cuenta con un equipo de refrigeración que funciona las 24hs y realiza la revisión periódica (incluso durante la cuarentena) de sus rollos a cargo de personal experto y entrenado, lo que permite la disminución considerable de estos riesgos.

Desde el Ministerio de Cultura se está trabajando para dar una solución permanente a la guarda de este material mediante la construcción de un laboratorio que reunirá todos los requisitos indicados por los standards internacionales de seguridad y preservación. La coyuntura actual y mundial, demora este proyecto, anunciado en octubre del año pasado, que sigue siendo prioritario.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

sábado, 8 de agosto de 2020

CINE - Covid-19 y la crisis del sector audiovisual: La pandemia del cine

La crisis desatada por la pandemia de Covid-19 resultó un mazazo para una industria como la audiovisual, que ya venía golpeada por cuatro años en los que la política económica estuvo más preocupada por favorecer al mundo de las finanzas que por prestar atención a los sectores productivos. La combinación de ambas realidades, alineadas en orden cronológico, sumió a la actividad en una parálisis casi total en todas sus áreas, de lo artístico a lo comercial, pasando por las distintas instancias que involucran la producción de cine y televisión. Hoy en la Argentina no se están rodando ni series ni películas en ninguno de sus formatos o géneros.

Este panorama replica lo que ocurre a escala global. Hasta los grandes estudios de Hollywood, dueños de la porción más grande del mercado audiovisual, suspendieron sus actividades de forma total. El avance de la pandemia obligó a poner en pausa los rodajes de tanques como Avatar, The Batman o Misión Imposible 7 y las nuevas entregas de las sagas Jurassic World y Matrix. Idéntica situación se vivió en el terreno de la exhibición, ya que casi no existen países en los que las salas de cine hayan permanecido abiertas y los títulos que debían disputarse la taquilla 2020 permanecen sin fecha de estreno confirmada. En esa situación están la última de James Bond, Rápido y Furioso 9 o las nuevas películas de Mujer Maravilla, Cazafantasmas y Top Gun.

Recién a mediados de junio el Departamento de Salud de California estableció un protocolo para rodajes mientras dure la crisis sanitaria. Incluye, entre otras cosas, el uso obligatorio de tapabocas, la reducción al mínimo de los equipos de trabajo y controles permanentes de temperatura a los empleados. No será sencillo volver a filmar en estas condiciones y para poder ver películas en una sala de cine parece faltar una eternidad (aunque en algunos países ya se comenzaron a probar variantes).

EN LA ARGENTINA

En el terreno local, el triunfo de Alberto Fernández en octubre de 2019 le había devuelto algo de esperanza al sector audiovisual, uno de los que más resistencia opuso al gobierno de Mauricio Macri. Es que la gestión anterior mantuvo una relación tirante con las industrias culturales y puso un especial interés en manejar la caja del Instituto del Cine (Incaa), que llegó a 2020 con un gran déficit de presupuesto. Su nuevo presidente, el cineasta Luis Puenzo, no tuvo tiempo ni para terminar de estudiar cuál era la situación en el organismo que ya la pandemia lo obligó a manejarse en una realidad inédita, que derivó en la cancelación de todas las actividades a partir de la tercera semana de marzo o la suspensión de actividades masivas, como la edición 2020 del Festival Internacional de Cine independiente de Buenos Aires (BAFICI).

Con los rodajes suspendidos, los estrenos cancelados y las salas cerradas, las distintas organizaciones que nuclean a la comunidad audiovisual (directores, técnicos, actores y productores) le reclamaron al Incaa medidas paliativas, tendientes a amortiguar el impacto del duro panorama que ya se avizoraba al comienzo de la cuarentena. La primera reacción de su presidente fue la de desairar un pedido realizado por las diferentes cámaras de exhibidores, que nuclean a las empresas extranjeras dueñas de los grandes complejos multisala instalados en los centros comerciales. Estas le reclamaban al Instituto una serie de exenciones y subsidios que les permitieran paliar las pérdidas causadas por la suspensión de actividades masivas. Puenzo rechazó esas pretensiones, y les recordó que se trata de “empresas que rinden sus utilidades a corporaciones extranjeras, que suelen considerar a las regulaciones culturales como una interferencia en sus negocios”, pero que ahora “reclaman que el Estado les subsidie el alquiler en los shoppings”.

En cambio, el Incaa fue más receptivo con los eslabones locales de la cadena de producción, estableciendo una serie de políticas (exenciones, subsidios, postergación de cobros o adelanto de pagos) con las que se buscó colaborar con la economía de los perjudicados. Incluso se avanzó en el mal llamado “Impuesto Netflix”, para que las plataformas de streaming comiencen a aportar al Fondo de Fomento un porcentaje de lo que producen en el país. Lejos de ser una medida oportunista, esa alícuota sería similar a la que ya pagan las salas de cine o los canales de televisión por exhibir contenido audiovisual. Lo que se busca no es otra cosa que adecuar al mercado actual lo establecido por la Ley del Cine en 1994.

LA ERA STREAMING


Estas plataformas han sido las grandes ganadoras en tiempos de Covid-19: con la gente obligada a permanecer en casa, el consumo de sus contenidos se volvió la actividad excluyente para llenar los huecos del ocio. El caso de Netflix es paradigmático: la compañía anunció en abril que había duplicado la cantidad de nuevos suscriptores prevista para el primer trimestre de 2020, sumando 16 millones de clientes. La situación es similar en otras empresas del rubro. Para esa misma época Cinear Play, la plataforma de contenidos del Incaa, también informó que había duplicado su cantidad de suscriptores (50 mil incorporaciones). Otras plataformas, como Qubit, Mubi, Prime Video, Apple+, Google Play, YouTube o Movistar+, también se vieron beneficiadas por el cierre de las salas de cine y el confinamiento general.

En el terreno de la producción hubo apenas un puñado de iniciativas realizadas sobre todo gracias al impulso personal de los artistas involucrados. Se trata de creaciones corales, integradas por cortos dirigidos por distintos cineastas y realizados bajo las condiciones que impuso la pandemia. En el marco internacional se puede mencionar la antología Hecho en casa, producida para Netflix por el chileno Pablo Larraín, de la que participaron 17 directores de todo el mundo, entre los que se destacan Naomi Kawase, Sebastián Lelio, Nadine Labaki, Ladj Ly y Paolo Sorrentino.

En la Argentina se estrenaron al menos dos películas con este formato. La primera de ellas fue Las fronteras del cuerpo, integrada por quince microrrelatos filmados desde el encierro en diferentes partes del país, por directores como Nicolás Alonso, Andrés Habbeger, Silvia Di Florio, Nicolás Herzog, Paulo Pécora, Mariana Russo y Melina Terribili, entre otros. La última, titulada Murciélagos, contó con el apoyo de Amnistía Internacional y la participación de ocho cineastas (Paula Hernández, Hernán Gerschuny, Baltazar Tokman, Tamae Garateguy, Daniel Rosenfeld, Connie Martín, Azul Lombardía, más la dupla Diego Fried/Martin Neuburger) y un elenco que incluyó a Oscar Martínez, Luis Ziembrowski, Carlos Belloso y Moro Anghileri, entre otros.

viernes, 13 de marzo de 2020

CINE - "La biblioteca de los libros olvidados" (Le mystére Henri Pick), de Rémi Bezançon: Misterio en la industria editorial

No hay dudas de que entre los géneros narrativos (dentro y fuera del cine) el policial es tal vez el más popular y al mismo tiempo el que con mayor desinterés ha puesto sus herramientas al servicio de otros géneros. En la actualidad no es necesario que una película sea policial para organizar su estructura narrativa como si lo fuera, presentando un misterio que demanda ser resuelto y un par de personajes, no necesariamente detectives, empeñados en conseguirlo. En ese grupo se encuentra La biblioteca de los libros olvidados, último trabajo del director francés Rémi Bezançon, cuyas películas llegan regularmente a la Argentina, ya sea a través de un estreno comercial o como parte de los distintos ciclos dedicados a difundir en cine de su país, gracias a los cuales alguna vez incluso ha visitado Buenos Aires.
Utilizando a la trastienda de la industria literaria como un universo autónomo con sus propias leyes físicas que regulan la lógica de su mecánica, La biblioteca de los libros olvidados propone un punto de partida atractivo. Una joven editora y su novio, que es un promisorio escritor, viajan juntos a un pueblito en la Bretaña francesa para visitar al padre de ella. La chica acaba de publicar la primera novela del chico, pero esta no ha resultado precisamente un éxito de ventas. Los dos están desilusionados y el padre, un poco para burlarse de su yerno, le dice a ella que un viejo bibliotecario del pueblo creó hace unos años una sala dedicada a alojar todos los libros inéditos que hayan sido rechazados por las editoriales. La idea despierta el interés de la joven, abriéndose ante ella como una realidad paralela, un inframundo literario habitado por todos los libros que nunca serán leídos por nadie.
El asunto es que ella descubre entre esos miles de originales lo que cree es una obra maestra perdida, con el atractivo adicional de que ha sido escrita por el viejo pizzero del pueblo, fallecido pocos años antes. Pero resulta que ni la mujer ni la hija del pizzero jamás lo vieron ya no sentado frente a una máquina de escribir, sino siquiera leyendo un libro. La perspectiva de publicar una joya literaria escrita por el genio menos pensado es demasiado perfecta como para no concretarla. Así la editora consigue que una editorial célebre la publique, convirtiéndose no solo en bestseller sino en un objeto de culto.
Hay algo de ironía en el hecho de utilizar a la industria literaria, la más prestigiosa de las usinas culturales, para contar la historia de cómo se construye un ícono. Porque además se trata de la industria cultural más cuestionada por sus métodos. Para justificar esa susceptibilidad, alcanza con mencionar el hecho de que en los concursos literarios más importantes suelen triunfar los autores que ya tienen contratos con las mismas grandes editoriales que los organizan. La biblioteca de los libros olvidados juega con esa falta de transparencia, contraponiendo el aparato mediático montado para promocionar al infrecuente producto con el escaso interés de los editores por corroborar el por lo menos extraño origen de la novela. Solo un crítico literario estrella, famoso por su certera acidez, manifestará en público sus dudas al respecto y se propondrá descubrir al verdadero autor del misterioso texto.
Resulta significativa la elección de la figura del crítico para superponerla a la del detective, sobre todo en la contraposición que se realiza con la del editor. Según la lógica del relato existe una suerte de complicidad entre editor y autor, y entonces es el crítico el único apto para evaluar la obra (y en este caso resolver el delito) de forma imparcial y justa. Es a través de su mirada que la obra puede legitimarse, pero también es la única capacitada para leer de forma correcta los indicios que conducirán a la resolución del enigma. Y en el camino se permite jugar con conceptos complejos, pero siempre con ligereza, como aquel que aborda la muerte de la figura del autor.
Como un mago antes de realizar su acto, la película pone enseguida todas las cartas sobre la mesa pero sin revelar el truco, desafiando a que sea el espectador quien lo descubra junto a este crítico tenaz, quién formará dupla detectivesca con la propia hija del pizzero. Que los personajes estén interpretados por Fabrice Luchini y Camille Cottin es otro acierto. Ambos ya habían mostrado buena química en uno de los mejores capítulos de la serie francesa Diez por ciento (Netflix), en donde ella le pone el cuerpo a una intensa representante de actores y él se interpretó a sí mismo con gracia. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 16 de febrero de 2020

LIBROS - Tres libros de cine: Las mujeres, las ciudades y los monstruos

Entre sus potencias, el cine tiene la insuperable capacidad de adherirse a la memoria de los espectadores, haciendo que sus relatos adquieran con el tiempo el mismo estatus que los recuerdos propios. En virtud del carácter múltiple de su público, la suma de esos recuerdos acaba generando una memoria colectiva compuesta por fragmentos inolvidables. Una colección universal que incluye desde secuencias, escenas y planos, hasta frases e incluso sonidos que llegaron a adquirir un sentido independiente de las obras de origen. Pero el corpus del cine es cada vez más vasto y a veces es necesario recurrir a los expertos para encontrar una guía que proponga nuevos recorridos para atravesar el continuo flujo de sentidos. Eso es lo que intentan los autores de los libros incluidos en este artículo, quienes a partir de distintos ejes sugieren al lector itinerarios novedosos para conocer más acerca del cine.
En Mujeres, cámara, acción (Continente), los periodistas Catalina Dlugi y Rolando Gallego van al rescate de las mujeres que ayudaron a forjar al cine argentino, cuyos nombres siguen a la sombra de los hombres, poniendo en evidencia la pecariedad del espacio en materia de paridad. El volumen Hammer Films, la leyenda del horror británico (Cuarto Menguante) es una antología en la que se analiza la producción del conocido estudio inglés, cuya filmografía es un objeto de culto venerado por los amantes del cine fantástico. Mientras que en Las ciudades y el cine (Paidós), la periodista María Zacco desmenuza la particular asociación que se produce entre las películas y algunos centros urbanos que han llegado a convertirse en verdaderos símbolos cinematográficos.
Lejos de pensarlo de forma unidireccional, Zacco propone que el vínculo del cine con las ciudades es en realidad una simbiosis en la que ambas partes se nutren de forma mutua. Con ojo atento, la autora no solo da cuenta de la relación conocida entre cineastas como Woody Allen, Martin Scorsese o Norah Ephron con Nueva York, o la que unió a Federico Fellini con Roma,sino que analiza la forma en que el cine modificó la percepción que el espectador tiene de los espacios urbanos y el lugar simbólico que los artistas les han atribuido. Articulado como libro de viajes, los capítulos deambulan utilizando a las películas como GPS. Y así como usa a Godzilla (1954) o la obra de Yasujirô Ozu para descubrir Tokyo, y a la mítica Invasión (1969) o Medianeras (2011) para ofrecer diversas versiones de Buenos Aires, Zacco recurre a una lista de títulos, algunos populares y otros no tanto, para hacer turismo cinematográfico por ciudades como París, Berlín, México o Río de Janeiro. Y al final de cada capítulo incluye el mapa de cada una, señalizando en ellos los atractivos citados.
Los estudios Hammer fueron responsables de renovar el panteón de monstruos clásicos, como Drácula, Frankenstein, el hombre lobo o la momia, en las décadas de 1960 y 1970. Criaturas que se habían vuelto obsoletas en las versiones clásicas del sello Universal recuperaron gracias a Hammer su capacidad de asustar a nuevas generaciones. En ello tuvieron mucho que ver las decisiones de aumentar las dosis de sangre y las referencias eróticas en sus películas, que acabaron convertidas en verdaderos objetos pop. Los capítulos de Hammer Films, la leyenda del horror británico abordan la época de oro de los famosos estudios, seccionándola en apartados temáticos tales como "Vampiros", "Frankenstein", "Ciencia ficción" o "Mini Hitchcocks", entre otros, para dar cuenta de su inmenso legado. Y por supuesto, dan cuenta del vínculo con sus grandes estrellas, como Peter Cushing o Christopher Lee, quien llegó a representar el personaje de Drácula en diez películas.
En tiempos de reivindicación del rol que las mujeres han ocupado en la historia, hasta ahora oscurecido por la omnipresencia masculina, uno de los logros de Mujeres, cámara, acción es el de cumplir con la misión de reclamar el reconocimiento que no siempre tuvieron los nombres de incontables precursoras dentro del cine argentino. Dlugi y Gallego realizan un recorrido exhaustivo por todas las áreas de la industria, recopilando nombres y méritos de guionistas, montajistas, productoras, actrices o directoras, colocando en pie de igualdad a aquellas cuyo trabajo consiguió hacerse visible con las que el tiempo convirtió en grandes olvidadas. Mujeres, cámara, acción se erige entonces como un necesario acto de reparación. 

Artículo originalmente publicado en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 11 de agosto de 2019

LIBROS - El auge de los libros de música: Historias de amor con Jane's Adiction, los Ramones y Louis Armstrong

Con el rock en estado de sitio, atrapado por el cerco que le ha impuesto el auge de ritmos hasta hace algunos años marginales como la cumbia, el regaetton o el más contemporáneo trap, no es arriesgado afirmar que lo mejor que ha producido el género durante las dos primeras décadas del siglo XXI no ha surgido del espacio musical, sino del de las letras. Ni hablar si se piesa de Jazz, convertido prematuramente en música clásica. Es verdad que esta afirmación forma parte de un juego provocador. También es cierto que mientras el surgimiento de bandas de rock o ensambles de jazz que capturen la atención de un público masivo ha menguado de manera notoria (peor aún si se piensa en la retracción del mercado discográfico, que en realidad afecta a todos los géneros por igual), el fenómeno de los libros “musicales” se encuentra en su mejor momento. Tres títulos recientes lo confirman: se trata de Ramones en Argentina, de Gerardo Barberán Aquino; El ritual de Jane’s Adiction, de Fabrizio Pedrotti; y Grandes del jazz internacional en Argentina, de Claudio Parisi.
No se trata de simples biografías, que sería lo esperable, sino de un ensayo que bucea en el mito detrás de un disco, una antología de relatos que combinan lo histórico con lo anecdótico y una cronología documentada acerca de la banda neoyorkina más argentina del mundo. Todos forman parte de un fenómeno que no se detiene en nombres obvios como los de The Beatles o Rolling Stones. La tendencia incluye libros sobre artistas de la talla de Metallica, Piazzolla, Charly García, Aníbal Troilo, Joy Divison, Spinetta, Calamaro, Queen, además de investigaciones sobre espacios o publicaciones míticas, y otras que documentan el desarrollo local de los géneros más diverso, del blues a la música experimental. Incluso se han publicado en los últimos años novelas gráficas basadas en las historias de artistas como Nirvana, Bob Marley o los omnipresentes Ramones. Un universo en plena expansión.
El fenómeno se apoya en el surgimiento de editoriales dedicadas a producir material ad hoc. Entre ellas deben mencionarse a sellos como Caja Negra, Ma Non Troppo, Maten al Mensajero, entre otras, además de las eventuales incursiones de los grandes grupos editoriales. Entre todas ellas se destaca Gourmet Musical, verdadera usina de libros dedicados a la música, a cuyo catálogo pertenecen los tres libros citados.
Puede decirse que Ramones en Argentina y Grandes del jazz comparten la premisa de origen: ambos buscan trazar un mapa preciso del vínculo que distintos artistas mantuvieron con este territorio al sur de todo. El primero limitándose al recorrido del popular combo punk por los escenarios del país, desde su primer show en el estadio Obras (febrero de 1987) hasta el último en marzo de 1996, en cancha de River, el más multitudinario que la banda dio en su vida. El segundo realizando un cronograma exhaustivo de nombres, fechas y testimonios que dan cuenta del desempeño de los nombres más notorios de la historia del jazz frente a auditorios locales. Por su parte El ritual de Jane’s Adiction toma como disparador al segundo disco de la banda californiana, Ritual de lo habitual (1990), cuya influencia marcaría el rumbo estético de la escena rockera de esa década.
Pero si hubiera que reunir a los tres títulos bajo una etiqueta que los identifique, debería decirse que se trata de libros que cuentan historias de amor. El de Barberán Aquino retrata el intenso romance que mantuvieron los Ramones con sus fans argentinos. Es sabido que los neoyorquinos fueron más populares acá que en cualquier otro lugardel mundo y que inicialmente aquel show del ’96 se había programado para ser también el último que daría la banda. Adicionalmente el libro aprovecha su viaje para esbozar una síntesis de la evolución del género en el país, convirtiéndose en una breve y espontánea enciclopedia del punk local.
La historia de amor de El ritual de Jane´s Adiction parece ser más íntima: la de Pedrotti con aquel disco emblemático. La intensidad del vínculo se traduce en un libro que no solo aborda la gran influencia que la obra de Jane´s Adiction y ese disco en particular tuvieron sobre su época, sino que debe ser el más completo que se haya escrito sobre la banda en el mundo. Por su parte Parisi retrata la pasión que los argentinos sintieron por el jazz en el período que va de 1956 a 1979, acumulando una cantidad de anécdotas imperdibles sobre el paso por el país de artistas de la talla de Louis Armstrong (que en 1957 acabó detenido en una comisaría por una denuncia de ruidos molestos), Dizzy Gillespie, Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Bill Evans o Lionel Hampton, entre muchos, muchísimos más. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

martes, 21 de mayo de 2019

DISCOS - ¿Un nuevo disco de los Beatles compuesto por una computadora?: El sonido replicante

En el camino por lograr que las máquinas emulen de forma consistente la condición humana, una dupla de científicos estadounidenses con base en la ciudad de Boston, Massachusetts, se propuso entrenar a una inteligencia artificial para que pudiera ser capaz de componer una serie de discos de rock. Se trata de CJ Carr y Zack Zukowski, quienes a través del proyecto Dadabots se encargaron de poner en práctica la experiencia. Entre sus pruebas más atrevidas se encuentran desde un álbum de 20 canciones que busca revivir el estilo de los Beatles hasta un canal de youtube en el que un algoritmo toca sus propias canciones de death metal de forma ininterrumpida, sin repetir y sin soplar, las 24 horas de los 365 días del año.

Dadabots opera con una tecnología conocida como SampleRNN, un modelo de redes neuronales artificiales que en lugar de trabajar en base a técnicas de programación es entrenado a partir de la carga de audio en bruto. Es decir, la máquina no recibe la información como datos sino de forma directa: la computadora “escucha y aprende”. SampleRNN nace de la tecnología Deep Learning, un conjunto de algoritmos de aprendizaje automático que permite que un núcleo de inteligencia artificial pueda “instruirse” no solo a partir de la nueva información que recibe, sino de sus propios procesos de prueba y error. Deep Learning hace posible que una máquina sea capaz hallar la solución a un problema sin que las acciones a ejecutar para resolverlo hayan sido programadas previamente, sino que surgen como consecuencia de su propio “aprendizaje”. Una técnica que replica el formato del razonamiento humano.

Lo que esperaban era que su programa Dadabots fuera capaz de elaborar discos completos de géneros como el death o el black metal, el punk y rock, alimentándolo con pequeños fragmentos de sonido que le permitieran a la máquina reconocer la identidad musical de cada artista. La primera prueba que realizaron estos científicos rockeros consistió en ingresar unas pocas canciones de la banda grunge Nirvana, pero sin demasiada confianza en los resultados iniciales. En las primeras piezas generadas por Dadabots el dúo no esperaba escuchar más que una serie de silencios y ruidos sin demasiada lógica ni forma, sin embargo se encontraron con una especie de grito que parecía decir algo acerca de Jesús.

La anécdota relatada por Carr y Zukowski es divertida y sirve para sentir curiosidad por el trabajo que ambos realizan. Buena parte del mismo puede escucharse en el perfil que Dadabots tiene en la plataforma Bandacamp: dadabots.bandcamp.com. Ahí se encuentran almacenados y disponibles de forma gratuita una decena de discos generados a partir del trabajo realizado sobre álbumes de diferentes bandas como los punks californianos NOFX, los blackmetaleros Krallice, los suecos Meshuggah, la banda canadiense de death metal técnico Aepoch y, o sorpresa, los mismísimos The Beatles. Los resultados son sumamente dispares: mientras más “pesada y ruidosa” es la música, más convincente suena la copia. Pero cuanto más melódica y clásicas son las estructuras que se busca replicar, como en el caso de los cuatro de Liverpool, más fallido es el resultado. Sin embargo su escucha no deja de resultar divertida y hasta cómica.

El disco de Dadabots titulado Deep the Beatles! está integrado por 20 fragmentos de 30 segundos cada uno, en los que se muestra el progreso de la inteligencia artificial en el trabajo realizado sobre los originales de Lennon, McCartney, Harrison y Starr. Es decir que a medida que los “temas” van pasando, la máquina comienza a manejar con mayor destreza el material con el que cuenta. El resultado es que en los primeros tracks de la lista apenas se escuchan ruidos que bien podrían ser parte de la banda sonora de una película de terror, mientras que los últimos cortes se asemejan más a collages en los que se superponen de forma delirante fragmentos, a veces fugazmente reconocibles, de diferentes clásicos de la banda. Pero el proceso nunca da como resultado un conjunto sonoro coherente que permita imaginar que se trata de una nueva canción de la banda. A los sumo es posible jugar con la idea de que así sonarían los Beatles si se hubieran conocido en la salita de tres del jardín de infantes. Acá un simpático ejemplo:



Los resultados obtenidos con géneros que trabajan más sobre la saturación o la distorsión sonora y estructuras de tiempo más matemáticas, como ocurre con los asociados sobre todo a algunas ramas del metal más extremo, suenan bastante más próximos a los originales. Pero siguen sin poder quitarse de encima su condición de mera copia y siempre signados por cierto carácter espástico que provoca inconsistencias en el tempo de las canciones, o que las voces suenen como quien toca un disco de vinilo en reversa en busca de mensajes satánicos. En la mayoría de los casos, las tapas de los nuevos discos y los nombres de las nuevas canciones también fueron generadas por algoritmos de Deep Learning aplicados a la producción de imágenes y textos.


Pero sin dudas el logro más relevante de Carr y Zukowski es el canal de YouTube donde habita el artista artificial Relentless Doppelganger, una red neuronal que a partir de los algoritmos SampleRNN genera de forma ininterrumpida canciones de death metal técnico las 24 horas y los siete días de la semana, hasta el infinito y más allá. El resultado es asombroso, aunque quienes mejor lo apreciarán serán los especialistas en las variantes más pesadas del heavy metal.



La generación de esa secuencia musical potencialmente eterna que produce Relentless Doppelganger resulta perfecta para explicar cómo funciona una red neuronal recurrente. Carr y Zukowski explican que estas son utilizadas “para la predicción de secuencias”, es decir que dado lo que ha sucedido anteriormente en una secuencia lógica se vuelve posible arriesgar qué es lo que sucederá a continuación. “La música puede ser modelada como una secuencia de eventos sobre el tiempo”, continúan los científicos, y por lo tanto “se la puede generar al responder una y otra vez esa pregunta: "¿y después qué pasa?" A esta técnica se la denomina “generación autorregresiva y nuestro trabajo es un ejemplo de síntesis neuronal basado en audio”.

A pesar de las fantasías distópicas que permiten imaginar un mundo donde los humanos se vuelvan prescindibles, este dúo de metaleros científicos insisten en que Dadabots no pretende reemplazar a los artistas, si no ayudarlos a aumentar su vida artística. “Para nosotros es más sorprendente escuchar lo que los humanos harán con eso”, sostiene Carr, quien agrega que el trabajo que realiza con su socio forma parte de “un gran plan para colaborar con las bandas que amamos”.
Fuentes: Youtube.com / Bandcamp.com / Bitcoin.es / Arxiv.org.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

lunes, 15 de abril de 2019

LIBROS - "La desaparición de Josef Mengele", de Olivier Guez: Un ángel de la muerte en América del Sur

Josef Mengele, ángel de la muerte, el terror en Auswitch, científico loco del nazismo. El hombre que experimentaba con gemelos vivos, el hombre cuyo índice envió a las cámaras de gas a millones de personas, el hombre que silbaba óperas mientras torturaba a sus víctimas en aras de la ciencia y del Reich. Si bien todo ese imaginario forma parte de lo que el francés Olivier Guez cuenta en las páginas de La desaparición de Josef Mengele (Tusquets), el libro en realidad se ocupa de otra cosa.
Suerte de novela documental, La desaparición de Josef Mengele narra el itinerario sudamericano que el más famoso de los criminales nazis de la posguerra recorrió para evitar ser detenido y procesado como criminal de guerra. Un recorrido que durante 30 años lo llevó por Argentina, Paraguay y Brasil, donde murió ahogado en una playa paulista en 1979. Tenía 67 años y su vida durante esas tres décadas es un misterio sobre el que Guez se propone arrojar luz. Para ello se concentra en el presente de la huida de su personaje, evitando que los detalles macabros de su pasado compliquen el relato. De esa manera elude poner el acento en lo bestial para darle a su figura una dimensión humana, recurso que lejos de aligerar sus crímenes los vuelve aún más inconcebibles. Guez no escribe sobre un monstruo que es ajeno a lo humano, sino sobre Josef Mengele, el hombre.
“Al principio tenía presente la mitología clásica de Mengele, la cosa mítica, toda la cultura popular que se había desarrollado en torno a él desde los años 60”, revela el autor. “Estaban los relatos de Simon Wiesenthal y dos películas muy populares: Marathon Man y Los niños del Brasil, inspiradas muy libremente en su figura. Todo eso estaba en mi cabeza desde niño. Luego supe además que había vivido 30 años en Sudamérica y que, por supuesto, nunca fue capturado”, continua. “Quería saber qué había hecho Mengele durante ese período, porque 30 años es mucho tiempo para evadir a todos los que lo buscaban. Ese fue el primer impulso del libro”, cuenta Guez.  

-Durante la lectura es recurrente cuestionarse qué es real y qué es ficción dentro del relato.
-La primera cosa de la que me di cuenta es que no me interesaba trabajar sobre lo mitológico. Y si en algún momento resultó útil meter algún elemento mítico fue para tomarlo como referencia, para poder medir la distancia entre la leyenda y la vida real de Mengele. La parte ficcional del libro es en realidad muy pequeña y hasta diría que débil, aunque resultó una herramienta útil para articular la puesta en escena.  
-¿De qué forma preparó esa puesta?
-La estructura del libro está organizada a partir de hechos muy precisos de la vida de este hombre. Para ello cuento con el respaldo de una bibliografía muy amplia, que se puede consultar al final del libro. Sin embargo me faltaban detalles: no sé qué auto tenía, no sé lo que comía, pero aun así pude poner en escena su vida en función de toda la información documentada con la que conté.  
-¿Qué tipo de información?
-De todo tipo. Por ejemplo el restaurant ABC, que todavía existe, era un habitual punto de encuentro entre los refugiados nazis que se encontraban en Buenos Aires entre las décadas de 1940 y 1950. Y me pareció que se trataba del lugar ideal para representar el encuentro entre Mengele y Adolf Eichmann. Primero porque es muy probable que ese encuentro haya tenido lugar ahí, pero también me parecía importante informar al lector que ese había sido un lugar primordial para todos los prófugos nazis en la Argentina.  
-Aunque usted define como menor al trabajo de ficcionalización, se trata de un esfuerzo por reconstruir el discurso, la forma de pensar del personaje. ¿Qué le demando esa experiencia de tratar de convertirse en ese criminal para poder escribir como él?
-En primer lugar aclaro que de ninguna manera tuve necesidad de convertirme en un criminal nazi para escribir el libro (risas). Además no estoy mucho en la cabeza de Mengele, sino que más bien lo persigo: estoy junto a él, detrás de él, pero no adentro. Tenía muy claro que quería escribir este libro desde su punto de vista. Al principio fue difícil, porque es obvio que Mengele es un ser desagradable y hasta llegué a sentir repulsión física. Pero como suele ocurrir en estos casos, uno se protege y comienza a producir anticuerpos contra ese rechazo.  
-Pero no se trata de una biografía del personaje, sino de un relato que abarca una etapa de su vida que aún siendo extensa es muy específica.
-Eso también es muy importante: el libro no relata los años en los que Mengele tuvo el poder de decidir sobre la vida de millones de personas sino, por el contrario, cuento la historia de su declive. Y esa misma contingencia de tener que narrar la parábola de su caída, que literariamente es un material formidable, acabó siendo hasta placentera.  
-Usted confirma que su intención fue siempre la de contar la historia desde la óptica de Mengele, pero por otro lado subraya que nunca se propuso narrar desde adentro de su cabeza. ¿De esta puja nace la decisión de narrar el libro en tercera persona y no en primera?
-Nunca hubiera podido usar la primera persona. El uso de la tercera persona fue siempre mi única opción. Al principio imaginé que en alguna parte del libro podría usar la segunda persona, el vos, pero me di cuenta de que no funcionaba más que por una o dos páginas y en seguida se volvía muy pesado de leer.  
-Aún así el libro incluye algunas intervenciones en primera persona.
-Esas intervenciones las tomé del diario que Mengele llevó durante esos años de su vida en Sudamérica, porque creo que es primordial que el mundo sepa cómo pensaba un nazi. Hoy en día se utiliza la palabra nazi para designar cualquier cosa. En algún momento de la historia olvidamos lo que era realmente un nazi, sobre todo este pensamiento sostenido por el racismo biológico.  
-Durante todo el relato usted llama al personaje por los diferentes nombres que fue adoptando en su huida.
-Mengele tuvo siete u ocho identidades distintas a lo largo de su vida en América del Sur y para mí fue muy importante respetarlas, porque esa circunstancia me resultaba sumamente precisa para dar cuenta de esta especie de esquizofrenia en la cual él estaba inmerso.  
-Uno de los momentos que mejor presentan al personaje es cuando manifiesta sus celos y su odio por Karl, su hermano menor, sentimientos que luego se reeditan cuando Eichmann llega a la Argentina y le quita a Mengele el centro de la escena.
-Conseguir esos efectos demandó mucha lectura y mucho trabajo de recorte y montaje sobre las fuentes. Y sobre todo la capacidad de leer entre líneas para encontrar la psicología del personaje, reconocer sus fallas, sus vetas. Dar con el motor del personaje. Un trabajo que en realidad no dista mucho del que realiza cualquier escritor a la hora de construir un personaje.  
-Es interesante además el paralelo que se crea entre las figuras de Eichmann y Mengele, que hasta pueden ser vistos como opuestos complementarios. Uno atrapado y condenado; el otro no. Uno definido como “la banalidad del mal”; el otro siempre visto como un monstruo en el sentido más clásico.
-Por eso elegí la forma de la novela para contar la historia: si hubiera escrito un ensayo seguramente no habrían emergido estas cosas. Para mí Mengele también encarna esa misma banalidad del mal que Hannah Arendt utilizó para definir a Eichmann, porque él también está convencido de no haber hecho nunca el mal, sino que simplemente cumplió con su deber de soldado biológico. Desde nuestro punto de vista vemos al personaje como la encarnación del mal, pero él no se veía a sí mismo de ese modo. Mengele nunca manifestó ni remordimiento ni arrepentimiento.  
-Esa falta de culpa aparece muy clara durante el encuentro con su hijo Rolf en Brasil, pocos años antes de su muerte.
-Esa escena casi bíblica en la que el hijo va a conocer a su padre asesino es muy importante, porque representa la caída final de Mengele. Esa era su última oportunidad para esbozar algún sentimiento humano de empatía o arrepentimiento, pero en lugar de eso vemos a un personaje muy duro y sobre todo que no escucha.  
-El personaje de Rolf parece funcionar como vehículo para el lector, que al igual que él también necesita saber si hay algún rastro de humanidad en Mengele. ¿Trabajó mucho ese vínculo de identificación?
-Uno no tendría que prestar demasiada atención a las intenciones del autor. Al escribir una novela el trabajo de desarrollar a un personaje se hace por sí solo y no siempre hay una intención particular que mueva al autor en un sentido determinado. Por supuesto que al trabajar la figura de Rolf quise mostrarlo conmovido en todos los sentidos ante la figura de su padre, pero nunca lo pensé en función de la identificación que los lectores pudieran tener con él.  
-Recién hablamos de la extensa bibliografía con la que trabajó. ¿Cuál cree que es la novedad que su libro le aporta a ese corpus?
-Ese trabajo le corresponde más a los críticos o de los lectores que a mí como autor. Sin embargo creo que es un libro que aborda la compleja realidad de la Europa del siglo XX y que en definitiva cuenta de algún modo el destino emblemático de todo el continente durante el siglo pasado. Habrá que ver si tengo la suerte de que mi libro se agregue al final de esa lista. Sería un honor, pero no me corresponde a mí determinarlo.

Artículo publicado originalmente en la Revista Quid.

viernes, 12 de abril de 2019

CINE - BAFICI 21, Los caminos alternativos días 8 y 9: Documental y policial

Los últimos rescoldos de la 21° edición de BAFICI comienzan a apagarse. Mucha carne cinematográfica se coció este año sobre esas brasas, aunque hay que reconocer que fue mucha menos que en temporadas anteriores. Era imposible que la crisis no impactara en su abundante programación, que este año se vio menguada de manera considerable en cantidad aunque manteniendo intacta su calidad.
Competencias, secciones temáticas y focos dedicados a destacar la obra de artistas puntuales volvieron a proponer distintos caminos desde los cuales recorrer un contenido que, incluso disminuido, sigue siendo humanamente inabarcable. Pero más allá de estos senderos “oficiales”, establecidos a partir del concepto curatorial, hay muchas formas de recorrer este y cualquier festival de cine. Solo es necesario estar atento para encontrar diagonales y líneas de puntos que tejen una red de conexiones entre películas que el catálogo se ha encargado de separar, interponiendo muchas páginas entre ellas.
Los amantes de las narrativas del crimen más atentos tal vez hayan notado que este año era posible armar una suerte de trilogía espontanea, orquestada en torno a tres documentales dedicados a contar historias de la vida marginal, que formaron parte de tres secciones distintas. Dentro de la Competencia de Vanguardia y Género se proyectó Apuntes para una película de atracos, documental de León Siminiani que cuenta el caso del Robin Hood de Vallecas, el líder de una banda de boqueteros que en 2013 desvalijó siete bancos de Madrid entrando por el sistema público de alcantarillas y sin disparar un solo tiro. La sección "Lugares", integrada por películas dedicadas a recorrer distintas ciudades y espacios desde los puntos de vista más diversos, incluyó entre las suyas al film Camorra, del italiano Francesco Patierno. Ahí se traza una genealogía posible del hampa de la ciudad de Nápoles, incluyendo una mirada social que excede la mera crónica policial. Finalmente en la sección "Trayectorias", que reúne los últimos trabajos de un grupo de prestigiosos directores, pudo verse Shooting The Mafia, de la británica Kim Longinotto, en la cual realiza un retrato de la fotógrafa palermitana Letizia Battaglia, primera mujer en integrar el departamento de fotografía de un diario italiano, quien posee un impresionante archivo de imágenes vinculadas a la Cosa Nostra, la mafia siciliana.
La historia de Battaglia verdaderamente valía una película. Nacida en Palermo, epicentro de las actividades del crimen organizado en la isla del sur de Italia, la fotógrafa puede ser considerada uno de esos moldes que sentaron las bases para construir el nuevo modelo de mujer que comenzó a tomar forma durante el transcurso del siglo XX. Chica liberal que nunca le temió a poner sus propios deseos por delante de los prejuicios sociales, Battaglia descubrió su pasión por la fotografía casi al mismo tiempo que la que aún hoy siente por los hombres, a sus más de 80 años. Luego de desempeñarse algún tiempo como cronista de un diario de su ciudad, descubrió que su amor por las fotos podía ser también una herramienta de trabajo y así se convirtió en la primera fotógrafa del periodismo italiano. Así también entró en contacto con los asesinatos que a diario tenían lugar en las calles de Palermo.
Shooting The Mafia juega con la doble acepción del verbo disparar, que en el idioma inglés tanto se aplica a un arma como a una cámara de fotos. En ella se presentan las imágenes captadas por Battaglia a lo largo de más de 50 años: cuerpos acribillados en el suelo o en el interior de un auto; charcos de sangre; mujeres llorando a los gritos que necesitan de cuatro o más policías para contenerla; ejércitos de niños portando armas. Un horror que parece no tener fin.
Pero fotografiar a la mafia también implica retratar la pobreza de una de las regiones más miserables de Italia. Battaglia muestra la foto de una madre sentada con un bebé en brazos y otros dos nenes chiquitos alrededor. Cuenta que esa mujer con cara de cansada estaba tan sobrepasada, fregando la escalera de su casa, que no sintió el llanto de su bebé. Cuando lo escuchó y se acercó a calmarlo, se encontró con una rata comiendo los dedos del pequeño. “Fotografiar el dolor es vergonzoso”, reconoce Battaglia, pero sabe que su trabajo debía ser hecho y su archivo hoy cobra un valor testimonial invaluable, convertido en memoria gráfica.
El paisaje que se retrata en Camorra es el de la ciudad de Nápoles, cuya estructura criminal no era en principio tan organizada como la de la Cosa Nostra y hasta casi los años ’80 se mantuvo a la sombra de las mafias de Sicilia y Marsella, y vinculada sobre todo a los delitos de contrabando. Sin embargo, la conclusión es la misma: prestarle atención al mundo del crimen equivale a tener que recorrer sus vínculos directos con la pobreza y el abandono de las clases bajas por parte del estado o las estructuras del poder económico. “Nápoles no es una ciudad mafiosa, sino una ciudad plebeya”, afirma la voz en off.
Esa misma voz expone su tesis con claridad: el crimen organizado (al que en Nápoles se conoce como camorra) actúa como un airbag que contiene la rebelión social y protege los intereses de las clases poderosas. En otras palabras: mientras al pobre se le permita delinquir para garantizar su supervivencia, entonces la paz social estará salvagurdada y los grandes capitales no deberán preocuparse por atender las molestas consecuencias de la miseria. La camorra es entonces un poder del cual se sirvieron durante muchos años políticos y poderosos.
Una imagen incluida en Shooting the Mafia parece confirmar la connivencia. A mediados de los ’60 es capturado por la policía Luciano Leggio, jefe de la mafia que tenía su centro en el pueblo de Corleone, en la cual se inspiró Mario Puzzo para su personaje de El Padrino. En las imágenes de televisión de la época se puede ver por la luneta trasera del patrullero que se aleja cómo uno de los policías que flanquean al capo mafia lo palmea en la espalda. Como si fuesen amigos, como si hubiera confianza. Como si formaran parte del mismo equipo. Un sistema que fácilmente puede trasladarse a cualquier parte del mundo para comprobar que su funcionamiento sigue siendo el mismo y aún es muy eficaz.
Construido con un impresionante material de archivo que incluye reportajes e informes televisivos de las décadas de 1960 y 1970 en los cuales se aborda el vínculo entre la pobreza y el delito, Camorra es un documental elocuente. Alcanza ver y escuchar a grupos de chicos de entre 10 y 15 años contando sus tempranas experiencias criminales para conmoverse. Las primeras víctimas del crimen convertido en una enfermedad social endémica no son entonces ni los asaltados, ni los extorsionados, ni siquiera los muertos, sino esos chicos aplastados cada vez más contra los márgenes y la exclusión. Las imágenes de aquella Nápoles en blanco y negro muestran una ciudad que todavía conservaba un sistema social y una dinámica pública más parecida a la de una enorme aldea medieval que a la Europa del siglo XX. Un hervidero de miseria.
Si bien en su tema central Apuntes para una película de atracos se aparta en apariencia de las dos películas anteriores, por detrás la recorren las mismas certezas. Es cierto que la historia del delincuente conocido como el Robin Hood de Vallecas transcurre en Madrid y no en el sur italiano, de la misma forma que los hechos tienen lugar ya en el siglo XXI y no en el anterior, como en los otros documentales. Pero las historias de crimen nunca son felices y saberlo permite comenzar a tender puentes.
Siminiani es fanático de las películas policiales y siempre tuvo la fantasía de filmar una, en especial una de atracos, de robos a bancos, como las que se contaban en la época del film noir. Cuando el director escucha por primera vez la noticia de los siete robos realizados por una banda de boqueteros (o butroneros, como se los llama en España), queda fascinado con la historia de su líder, un hombre común sin antecedentes criminales ni necesidades económicas que acaba convertido en delincuente. De ahí a contactarlo en la cárcel luego de su detención, ya bautizado por los periodistas (siempre tan creativos) como el Robin Hood de Vallecas, había solo un paso.
Buena parte de la película se encarga de reconstruir la forma en que el cineasta y el delincuente comenzaron a forjar una relación que nace con la película pero que de a poco comienza a deslizarse hacia otro tipo de vínculo. El ladrón le enseña todo sobre la red del alcantarillado de Madrid y el director va y se mete por el mismo lugar que el otro y llega hasta el boquete todavía abierto bajo el sótano del banco. La película vale la pena solo por esa escena claustrofóbica bajo las calle madrileñas. Pero no es lo único.
Para convencerlo de participar en el documental, en un momento el director le dice al delincuente que “los documentales son más reales que las películas”. Una afirmación bastante torpe viniendo de un cineasta y no solo por colocar al cine documental por fuera de la categoría de "Las Películas". Porque: ¿qué serían los documentales si son algo distinto de las películas? La sorpresa llega con la respuesta del ladrón, que no solo lo refuta sino que ofrece una espontanea muestra de inteligencia intuitiva, tal vez sin comprender del todo los alcances de su contestación: “Te diré que realidad solo hay una”. Es cierto: el cine siempre es una imagen subjetiva y el documental no está exento de esa regla.
El increíble Robin Hood de Vallecas toma como propio un lema que popularizó el ladrón italiano Albert Spaggiari, quien se hizo famoso por el robo millonario a un banco de Niza, Francia, realizado en 1976 utilizando el mismo método del boquete, cuya máxima era: “Sin odio, sin violencia, sin armas”. Curiosamente la frase se opone en lo simbólico, lo práctico y lo ideológico al modus operandi de la mafia, sistema criminal con el que se identifica a la delincuencia italiana, basado en el terror y la violencia.
A pesar de las diferencias, como las dos películas anteriores Apuntes para una película de atracos acaba por encontrar el origen del problema y a la vez el pico de su crueldad en una niñez descuidada. El Robin Hood vallecano vuelve una y otra vez al vínculo con su padre, también ladrón y traficante de drogas, con quien lo une una ambigua sensación de amor, culpa y reproche. “Mi padre era un crack”, se enorgullece el boquetero, que un rato antes había reconocido que aquel no había sido con él todo lo cuidadoso que un padre debería ser con sus hijos. Es por eso que el Robin Hood de los boquetes aparece toda la película con una máscara, para no ser reconocido. Él también ahora es padre y prefiere no repetir el mal ejemplo. Es ahí, en esa ternura, donde Apuntes para una película de atracos recupera esa humanidad que las otras dos películas habían dado por perdida. 

Artículo publicado originalmente en la revista digital La Agenda.

jueves, 14 de marzo de 2019

CINE - "El hermano de Miguel", de Mariano Minestrelli: La tracción del sentimiento

“Es difícil alejarse del sentimiento”, le dice Diana a Miguel durante una charla que tienen, ella desde Roma y él en Buenos Aires. En esa frase, que surge durante el tercio final del documental El hermano de Miguel, dirigido por Mariano Minestrelli, se condesa buena parte del sentido ya no de la película, sino de la búsqueda que en ella se retrata. La de Miguel Dicovsky, quien desde hace más de diez años sostiene una pesquisa personal en la que busca aclarar el destino de Gustavo, su hermano mayor, desaparecido en 1974 tras un tiroteo con la policía en los arrabales de Lanús. Quien le habla vía Skype era la pareja de su hermano en aquel momento en el que ambos militaban en el ERP. Con sus palabras, Diana ilumina una realidad que aún siendo evidente suele quedar oculta por los hechos que le dieron origen: que la búsqueda de la verdad, la memoria y la justicia no sería posible sin el sentimiento, sin ese dolor que persiste en las víctimas vivas, las que sobrevivieron al tendal que dejó un proceso represivo que empezó antes del golpe de 1976.
Se trata de un documental de investigación, en el que Miguel regresa una y otra vez a los últimos momentos conocidos en la vida de su hermano, intentando resolver un misterio que ya lleva 45 años abierto. La forma de encarar la búsqueda es cinematográficamente conocida: visita a los espacios en los que los hechos ocurrieron, documentación judicial, recortes de prensa, material del archivo familiar, diálogos en los que cada testigo aporta el fragmento de información que posee. El avance del documental se asemeja al intento por montar un rompecabezas incompleto, pero en el que cada nueva pieza que se suma, en lugar de acercar a la solución, abre nuevas incógnitas.
El empeño de Miguel por lograr que se incluya el caso de su hermano dentro de la causa por los crímenes cometidos en el centro de detención conocido como Puente 12 y las charlas que mantiene con los distintos personajes que componen el coro de testimonios, van trazando el mapa de los hechos del pasado y dan cuenta del estado de situación actual. Pero como si se tratara de un dispositivo capaz de corporizar lo intangible, la película también materializa la esencia de la pérdida, concentrándose en la figura de Miguel, cuya búsqueda no solo pretende revelar el paradero de su hermano, sino sanar una herida propia. El nombre de la película resulta clarificador en ese sentido, afirmándose en el nombre del que busca y aludiendo a Gustavo apenas por su vínculo con el protagonista, una forma elegante de hacer que el acto de su desaparición también quede contenida en el título.
Aunque se ha dicho que en el plano de lo formal El hermano de Miguel no se aparta de las convenciones del documental clásico, hay una secuencia de potencia inusual, que quizá sea única en la filmografía dedicada a los desaparecidos. Se trata del encuentro que Miguel tiene con Silvia Ibarzábal, vicepresidenta de la Asociación Familiares y Amigos de Víctimas del Terrorismo en Argentina e hija del coronel Jorge Ibarzábal, asesinado por el ERP en esos mismos años. Silvia sostiene que Gustavo Dicovsky es el responsable material de haber matado a su padre y Miguel, por sugerencia de su abogado, se contacta con ella.
Con generosidad, el film elige mantenerse neutral en ese encuentro, sacando el foco de la historia para cerrar el plano sobre los sentimientos no tan distintos de Silvia y Miguel. El resultado revela la presencia de dos víctimas, que con nobleza parecen no imponerle al otro la máscara del enemigo, sino que apenas aceptan compartir entre ellos su dolor. Por supuesto que esa escena también aporta la sospecha de una zona fantasmal en el entramado burocrático detrás de la muerte de Ibarzábal y de la desaparición de Dicovsky, pero eso llega solo, sin necesidad de subrayarlo ni de forzar un conflicto. Y si bien la secuencia no habilita a cargar sobre ella el peso de una reconciliación, al menos abre la ventana a empezar a pensar que el dolor de los vivos no necesita de justificaciones para ser comprendido. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.