domingo, 17 de diciembre de 2017

LIBROS - Cuando la literatura argentina retrata la violencia: Historia literaria del conflicto

El jueves pasado la televisión permitió ver en directo los cuadros atroces de lo que ocurría adentro y afuera del Congreso de la Nación. Imágenes difíciles de explicar porque primero eran difíciles de entender: una vulgar demostración de poder por parte de las fuerzas de seguridad, que no dudaron en gasear, golpear y disparar sobre un grupo de manifestantes civiles que sólo buscaban hacerse oír frente a la casa donde sus representantes se aprestaban a debatir. El motivo que dio origen a tanta vergüenza e indignación –un proyecto de ley que el oficialismo necesita aprobar para seguir cumpliendo con el objetivo de ajustar a la economía en la base de la pirámide social— en realidad no importan demasiado, porque el problema más grave es otro. Se supone que uno de los puntales de la vida en democracia reside en el derecho de cualquier ciudadano a manifestar públicamente su opinión, siempre que con su acción no ponga en riesgo a las instituciones. Nada de esto ocurrió el jueves: los manifestantes no sólo no representaban una amenaza (¿es necesario repetir que la televisión transmitió en vivo todo el tiempo?), sino que por el contrario fueron ellos los que estuvieron en peligro ante la acción desbordada de las fuerzas de seguridad que comanda la ministra Patricia Bullrich.
Pero no es la primera vez que ocurren hechos de esta clase y magnitud en la Argentina, un país que parece llevar impresa en su ADN la pasión por la violencia. La historia política del siglo XX está llena de relatos en la que los argentinos han chocado de frente; en no pocas de ellas, como ocurrió el jueves, ha sido el Estado quien ha encabezado una de las facciones, lanzando golpes contra sus propios ciudadanos. La semana trágica; la Patagonia rebelde; el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955; los fusilamientos de José León Suárez; la noche de los bastones largos; la masacre de Ezeiza y el accionar de la Triple A; el golpe de estado de 1976; los saqueos de la hiperinflación de 1989; la represión de 2001, el asesinato de Carlos Fuentealba, entre otros. Desde su origen con la publicación de el cuento "El matadero" de Esteban Echeverría, la literatura ha sido espejo de esa realidad, narrándola a partir de distintos formatos. Este informe incluye cinco libros que abordan algunos de estos momentos, consiguiendo conjurar el horror incluso desde la más absoluta ficción.

La Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer

Osvaldo Bayer es un reconocido militante anarquista y uno de los pocos estudiosos interesados en abordar la historia argentina desde el punto de vista de las luchas sindicales antes de que el peronismo consiguiera hacer pié en el movimiento obrero, Sus libros agrupados bajo el nombre genérico de La Patagonia rebelde recrean lo acontecido en el sur del país a comienzos de los años '20 durante el gobierno de Hipólito Irigoyen, cuando una rebelión de obreros rurales paralizó la actividad de la zona. Sin intención de ficcionalizar los hechos, Bayer consigue reconstruirlos con tanta potencia que sus textos casi pueden leerse como una negra novela de intriga política. A tal punto que llegaron a convertirse en el argumento de la película homónima, dirigida en 1974 por Héctor Olivera.
“Apenas pasan unos segundos y ahora sí, el militar sale solo. Va vestido con uniforme de diario y sable al cinto. Se encamina hacia la calle Santa Fe por la misma vereda que esta el mismo hombre rubio. En su paso enérgico demuestra ya su carácter firme. […] Es el famoso teniente coronel Varela. […] El hombre más aborrecido y odiado por los obreros. Lo llaman el ‘Fusilador de la Patagonia’, el ‘Sanguinario’; lo acusan de haber fusilado en el sur a 1.500 peones indefensos. Les hacia cavar primero las tumbas, luego los obligaba a desnudarse y los fusilaba. A los dirigentes obreros los hizo apalear y sablear y luego ordenó pegarles cuatro tiros […]
Cuando lo ve venir, Wilckens no vacila. […] El anarquista sale del zaguán para enfrentar a Varela. […]
Wilckens la arroja al piso con fuerza entre él y el militar, a la misma distancia entre los dos. Es una bomba de persecución, o de mano, de gran poder. Las esquirlas le dan de lleno en las piernas a sorprendido Varela. Pero también a Wilckens.”

Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares

En el extremo opuesto de los libros de Bayer, de corte documental, Diario de la guerra del cerdo es una ficción absoluta sin contacto con hechos puntuales de la historia argentina. Sin embargo en ella Adolfo Bioy Casares supo, de alguna manera, leer perfectamente el clima revulsivo de finales de la década de 1960. Esta novela distópica imagina una rebelión juvenil en la que los jóvenes de Buenos Aires, liderados por un general de apellido Farrell y bajo el nombre de Los Jóvenes Turcos, se vuelven contra los ancianos y empiezan a perseguirlos y atacarlos. Por supuesto que, antiperonista confeso, no pocos indicios, entre ellos los citados, permiten conjeturar que se trata de una velada referencia al peronismo, cuya ala juvenil era muy activa en 1969, año de publicación del libro.

La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez

En esta novela monumental, Tomás Eloy Martínez se propone y cumple la titánica tarea de cartografiar a Perón y junto con él al peronismo todo. Una de las subtramas está dedicada a abordar los sucesos de la llamada Masacre de Ezeiza, ocurrida el 20 de junio de 1973, el día del retorno del líder al país tras 18 años de exilio. Ese día la cúpula de la derecha sindical emboscó y disparó sobre los militantes de izquierda del movimiento y Martínez lo relata desde ambos puntos de vista.
“Los cordones de la Juventud Sindical cierran filas, aferran con la mano derecha al compañero de la izquierda, pegan los hombros, y rechazan, con la cabeza y las rodillas, a la marea que se les viene encima. Frenan solo la primera embestida. Al instante, la ola se rehace, y arremete. […] Los cuerpos se destripan, se desfloran, saltan en aluvión. Un cerco de madera cae, astillado. Desde el palco uno de los elegidos toca el silbato: es la orden para que los cordones cedan el paso y se guarezcan tras las ambulancias en los flancos. […]
El enorme cuerpo de la concentración ha cedido y se derrama en las cunetas. Los muchachos de brazalete verde, trepados a los camiones sindicales, reordenan sus fuerzas,de cuatro en fondo. Se preparan. Esperan la señal. Sacan a relucir las mangueras con relleno de plomo, se calzan las manoplas. […]
Entonces suena nítido, un balazo. En la vorágine donde nadie puede oir siquiera su respiración, todos oyen: el primer balazo cae, y con él cae el silencio.”

El año del desierto, de Pedro Mairal

Inspirada en los hechos de diciembre de 2001, en esta novela Pedro Mairal imagina una distopía nacional. En sus primeras páginas describe esta situación, que transcurre sobre la calle bautizada con el nombre de quien propuso aquello de civilización y barbarie.
“Subí caminando por Sarmiento. Lo tiré por si me agarraban con eso encima. Pasó un tipo en cuero, usando como tambor un tacho de basura de los de plástico. Para el lado de la Plaza se oía el latido enorme de los bombos. Como estaba a tres cuadras, no me preocupé mucho, hasta que vi pasar a la montada. Primero oí el repiqueteo de las herraduras contra el asfalto y después vi pasar los caballos alazanes al galope. Los policías ya venían amenazando con el látigo. Vi que los otros corrían y corrí hasta la esquina. Pasaban chicos con la cabeza envuelta en una remera, pasaban tipos de corbata con el saco en la mano, eufóricos. Lo de siempre. […] Unos tipos arrastraban carteles de 'hombres trabajando' para hacer una barricada. Otros trataban de romper un vidrio y no podían; los cascotes y los pedazos de baldosa rebotaban, haciendo ondular el reflejo como si fuese agua. Se oían frenazos de autos y después explosiones o tiros. Ahí me empecé a asustar.”

Los que se fueron, de Bernardo Kordon

Publicado en 1984, primer año del retorno de la democracia, este libro de cuentos de Bernardo Kordon, ya desde su portada se presenta como una declaración de principios. En ella se ve a las Madres de Plaza de Mayo en una de sus manifestaciones. Sobre ellas aparece el perfil inconfundible de la cúpula del Congreso de la Nación. El primero de sus relatos es "Descansar en paz", cuento en el que una madre es obligada a tener en su casa el ataud cerrado en el que se supone está el cadáver de su hijo desaparecido. Pero no puede abrirlo para confirmarlo y tampoco enterrarlo, porque para hacerlo necesita la intervención de un juez. Todos los días un oficial de policía la visita para asegurarse de que el cajón sigue ahí.
 “En verdad estoy más tranquila. No me devolvieron vivo a mi hijo, pero finalmente me dejaron enterrarlo. Y además tranquila porque ya no espero ver más al inspector. Venía cada dos semanas, para comprobar que el ataúd seguía en su lugar. Veía y se iba a dar cuenta a sus supriores. Ese día, después del entierro de las cenizas, le dije que era mucha crueldad eso que habían hecho: que una madre conservara el cadáver de su hijo. Demasiada crueldad, que se lo dijera a sus superiores. El tipo me escuchó y respondió: Una madre, es cierto, pero de un hijo subversivo, no lo olvide señora. ¿Por qué no lo cuidó antes? […]
No supe qué contestarle. Justo cuando iba a gritar todo eso que aguantaba tanto tiempo aquí adentro. Me callé enseguida. Ahora pienso que eso es lo que buscan. Que nos callemos. Carlos hablaba y lo mataron y dejó de hablar. […] Madre de un subversivo, me dijo el inspector y me hizo callar. Algún día, quizás. Algún día quizás volveremos a hablar.”

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 14 de diciembre de 2017

CINE - "La Guerra de las Galaxias: Los últimos Jedi (Star Wars: The Last Jedi), de Rian Johnson: El regreso de la Fuerza

La frase que ocupa toda la pantalla avisa una vez más que los hechos que están a punto de narrarse ocurrieron en una galaxia muy, muy lejana. Luego la música épica, la imagen del cosmos estrellado de fondo y el título de la película escrito en amarillo con la tipografía característica, justo antes de que un texto que fuga hacia el infinito se encargue de resumir en tres párrafos los hechos previos que servirán para entender un poco mejor lo que sigue. El Episodio VIII de La Guerra de las Galaxias, Los últimos Jedi, respeta los elementos litúrgicos de una de las series cinematográficas más destacadas de la historia del cine, sino la más importante. Un respeto que no sólo abarca detalles estrictamente formales como los que se acaban de enumerar, sino que también sostiene (o quizás debería decirse que de algún modo recupera) la épica de la trilogía original. Esta recuperación, que ya se percibía en la entrega anterior (El despertar de la Fuerza, 2015), se da respecto de los Episodios I, II y III –en los que el elemento épico estaba ausente o muy desaprovechado–, que casi consiguen arruinar todo lo bueno que la saga había construido hasta entonces.
Si contar el argumento de una película no siempre es necesario para hablar de ella, en un caso como el de esta saga que ha ido y venido en el tiempo, y en el que las conexiones entre los personajes y las diferentes tramas pueden hacer que el asunto se vuelva algo confuso para los no iniciados, quizá hasta sea ocioso. Alcanza con decir que mientras los últimos miembros de la resistencia republicana soportan como pueden el asedio de las tropas de los herederos del Imperio, comandadas por un poderoso ser maligno, una joven de origen humilde con inesperadas dotes intenta convencer al último miembro de una orden de sabios, único capaz de enfrentar a las fuerzas del mal, de que por un lado la acepte como alumna de su milenario culto y por el otro la ayude a salvar a los rebeldes. Como ocurría con las primeras películas de la saga, Los últimos Jedi no es otra cosa que una historia de caballeros medievales narrada en el contexto de una aventura con elementos de ciencia ficción. Si a eso se le suma la historia edípica de un joven que mata a su padre, pelea contra su madre y enfrenta a su tío en busca de dominar un poder ancestral, la cosa bordea además el melodrama televisivo.
Es quizá en el éxito de ese juego en donde reside la fortaleza (la Fuerza) del nuevo episodio, que vuelve a manejar con equilibrio las herramientas de la acción y el humor, que al combinarse acaban potenciándose mutuamente. Es cierto que la narración tal vez abrume un poco al promediar sus 152 minutos, pero el buen manejo de la progresión durante el último tercio permite salir satisfechos de la sala. Pero además hay una serie de buenas decisiones, que ayudan a sostener dramáticamente el camino tomado. En primer lugar no utilizar a los viejos personajes, criaturas esenciales del universo de La Guerra de las Galaxias como Luke Skywalker o la princesa Leia, como meros fetiches destinados a mantener cautivos a los fanáticos. Si en El despertar de la Fuerza era el turno de Han Solo (Harrison Ford) de soportar buena parte de la carga de esa pesada herencia (nunca más oportuno el eufemismo), esta vez le toca Luke (Mark Hamill) la tarea de mantener viva la conexión con la saga original. La princesa Leia, por su parte, vuelve a tener un rol importante pero no tanto como debiera: un desperdicio que ya no podrá ser reparado luego de la inesperada muerte de la actriz que la interpretaba, Carrie Fisher.
Otro acierto es el de un elenco que esta vez da en el clavo de cada personaje, de los importantes a los secundarios, en el que es difícil destacar a uno por sobre el resto, porque da la sensación de que todos cumplen con lo que les corresponde. Si hubiera que hacerlo, es oportuno mencionar la labor de Adam Driver. Su Kylo Ren, hijo de la princesa y de Solo, pupilo de Luke en el aprendizaje del uso de la Fuerza, nieto y heredero del más grande, Darth Vader, como exponente del Lado Oscuro, resulta realmente impactante. Ya desde su presencia física (el tipo mide 1,90) y el pelo negro lacio recuerda a la figura de Vader. Pero además es capaz de expresar la furia con una elocuencia abrumadora que lo convierten en un personaje inolvidable. Todo lo contrario de lo que ocurre con Hayden Christensen en los Episodios II y III, cuyo Anakin es recordado por pocos. Y quienes lo hacen preferirían olvidar. 

Artículo publicado originalmente en la secció Espectáculos de Página/12.

CINE y LIBROS - Balance 2017: Las películas argentinas nacidas de los libros

El vínculo entre el cine y la literatura vuelve a ser el eje de uno de los balances que son una costumbre del oficio periodístico. Y es que en efecto durante 2017 se ha producido una cosecha de ejemplos abundantes que dan fe de lo prolífico de ese cruce dentro del territorio de la producción cinematográfica argentina. Comenzando por una de las películas más importantes de la temporada, precandidata nacional para competir por los premios Oscar y Goya, la ineludible Zama, cuarto largometraje de Lucrecia Martel en el que adapta la novela homónima del mendocino Antonio Di Benedetto. Zama, de la que ya se ha escrito mucho (aunque quizá nunca suficiente) es apenas el casco visible de un témpano de al menos una decena de películas basadas en la obra o la figura de otros escritores.
Entre los variados intereses que abarcan los festivales de cine, la exploración del mestizaje entre cine y libros ocupa un lugar destacado. El Bafici, en tanto primer festival importante del calendario cinematográfico argentino, es el espacio elegido por muchas producciones para darse a conocer y la programación de su última edición incluyó varias películas cuyo primer motor se afirma en el imaginario literario. Animador habitual de este festival, Alejo Moguillansky presentó La vendedora de fósforos, película que ya desde el título propone algunos cruces con el famoso cuento del danés Hans Christian Andersen. Por supuesto que filtrados a través de la particular visión cinematográfica del director, quien ya en 2014 había ganado la Competencia Argentina con su controvertida comedia de aventuras histórica El escarabajo de oro, otro trabajo basado libérrimamente en una obra literaria, en esa ocasión el famoso cuento de Edgar Allan Poe.
También en Bafici pudieron verse documentales que trazan un retrato de dos nombres reconocidos de la literatura argentina. El primero de ellos es Salvadora, de Daiana Rosenfeld, que encara el rescate de la lejana, trágica y algo desdibujada figura de Salvadora Medina Onrrubia. Utilizando las herramientas de rigor del género, este documental echa luz sobre quien fuera poeta, militante anarquista, feminista germinal y esposa de Natalio Botana, nombre fundamental de la historia del periodismo argentino. Sin embargo no consigue trascender lo meramente ilustrativo. Varios pasos más allá de eso llega Lai, de Rusi Millán Pastori, que retrata al gigante (en todo sentido) Alberto Laiseca. Ahí se puede ver al escritor a quien sus alumnos apodaban El Conde haciendo gala del carisma, el histrionismo y las extrañas artes de la seducción que lo hicieron famoso, tanto en su faceta de maestro de escritores, como narrador oral o encantador de todo tipo de seres, ya se trate de niños o adultos, letrados o iletrados, propios o ajenos, hombres y mujeres.
Otros dos documentales deben mencionarse, ambos estrenados en el otro gran festival internacionales que se celebran en el país, el de Mar del Plata. Uno es Entre Perón y mi padre, en el que el director Blas Eloy Martínez explora el vínculo con su papá, Tomás Eloy Martínez, y a partir de él, su condición de declarado peronista. Emotivo y punzante, Martínez hijo utiliza la famosa entrevista que su padre le realizó al general Perón en Puerta de Hierro para reflexionar acerca de su propia condición humana y política. También en el festival de la feliz tuvo un espacio Años luz, el diario filmado y retrato de Lucrecia Martel que Manuel Abramovich realizó durante el rodaje de Zama.
La programación de Mar del Plata incluyo además dos películas basadas en obras literarias de autores contemporáneos. Ahí se proyectaron Barrefondo, de Jorge Leandro Colás, basada en la novela homónima de Félix Bruzzone, y El origen de la tristeza, de Oscar Frenkel con guión de Pablo Ramos sobre su propia novela. Ambas películas representan formas opuestas de encarar la adaptación de una obra literaria al cine. Mientras Colás prescindió de toda colaboración del autor de la novela, proponiendo un recorte personal de la obra original, Frenkel delegó en Ramos no sólo el diseño de la adaptación, sino que le entregó el rol de narrador y le permitió a él y a varios miembros de su familia ocupar pequeños roles en pantalla. Todo eso sin mencionar las diferencias estéticas entre ambas películas.
Fuera de los festivales y dentro de los estrenos comerciales que se registraron este año también existen ejemplos que dan cuenta del cruce fílmico-literario. Vuelo nocturno es el segundo trabajo de Nicolás Herzog, que a través del documental indaga en la mítica inspiración que Antoine de Saint-Exupery habría obtenido durante sus años de residencia en la Argentina para escribir El principito, el libro más traducido de la historia después de La Biblia. En cambio Sinfonía para Ana es un trabajo de ficción en el que los directores Ernesto Ardito y Virna Molina adaptaron el relato de la novela homónima de Gaby Meik. Ambas obras cuentan la historia de los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires desaparecidos durante la última dictadura cívico militar, que usurpó el poder entre los años 1976 y 1983.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

lunes, 11 de diciembre de 2017

CINE - Se anunciaron las nominaciones a los Globos de Oro: ¡Viva México, cabrones!

Es bien sabido que los finales de año son territorio de balances generales y exámenes de conciencia al por mayor, ejercicios de memoria cuyo objetivo es tratar de sintetizar lo más relevante que ha ocurrido en los últimos doce meses. Para el cine, y sobre todo para la poderosa industria audiovisual de los Estados Unidos, dicho ejercicio se traduce en las habituales nominaciones a una serie de premios que, bien o mal, se han ganado el prestigio que por un lado le otorga el aparato del show bussiness y por el otro una larga tradición. De todos ellos, los brillantes Oscar que entrega la Academia del Cine norteamericana son los más famosos y codiciados. Pero para eso hay que esperar, ya que la grilla de sus nominados recién será dada a conocer el próximo 23 de enero. Segundos en orden de expectativa se encuentran los Globos de Oro (Golden Globes) que entrega la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood, cuyos candidatos fueron anunciados el día de hoy. Considerados popularmente como “la antesala de los Oscar”, los Globos de Oro tendrán su gala de entrega el 7 de enero y contará con la conducción del cómico Seth Meyers.
El título que más nominaciones recibió este año es La forma del agua, un drama romántico que se desarrolla en un contexto que incluye elementos fantásticos, de ciencia ficción y del período clásico del cine de terror. La palícula está nominada en los rubros de Mejor Film en categoría Drama, Mejor Director, Mejor Guión, Mejor Actriz (la británica Sally Hawkins), Mejor Actriz de Reparto (Octavia Spencer), Mejor Actor de Reparto (Richard Jenkins) y Mejor Banda Sonora. Si Del Toro consiguiera alzarse con el premio a la dirección se convertiría en el tercer mexicano en conseguirlo en los últimos cinco años, luego de que Alfonso Cuarón lo lograra en 2014 por la película Gravedad y que Alejandro González Iñárritu lo hiciera con El renacido en 2016. Después de recibir estos premios, esos mismos años tanto Cuarón como Iñárritu fueron nominados y ganaron los Oscar como mejores directores, con el mérito adicional para el primero de ellos de convertirse en el primer mexicano en ser distinguido como mejor director. Todos excelentes antecedentes para Del Toro, quien tenía entre sus actores favoritos al recientemente fallecido Federico Luppi, que protagonizó su ópera prima Cronos (1993) y fue parte de los elencos de las películas El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006).
El podio de favoritas, con seis nominaciones cada una, se completa con las películas The Post, último trabajo del experimentado Steven Spielberg, y Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, tercera película del británico Martin McDonagh. Ambos directores integran además la nómina de candidatos a la mejor dirección, junto al ya citado Del Toro y a los también ingleses Christopher Nolan por Dunkerque y Ridley Scott por All the Money in the World, lo que convierte a Spielberg en el único cineasta estadounidense dentro de la lista. Salvo esta última, que no recibió nominación en esta categoría, las otras cuatro integran el quinteto de candidatas a Mejor Película en categoría Drama junto a Call Me by Your Name, del italiano Luca Guadagnino.
Por su parte en el rubro Mejor Película en categoría Comedia o Musical se nominó a las películas The Disaster Artist: Obra maestra, de James Franco; Lady Bird, de Greta Gerwig; Yo, Tonya, de Craig Gillespie; El gran showman, de Michael Gracey y ¡Huye!, de Jordan Peele. Varias curiosidades se observan entre las diez nominadas a mejor película. En primer lugar, que la lista solo incluye a una directora (Greta Gerwig), marcando una vez más la desigual posición de la mujer en el mundo de la industria del cine. Además ninguno de los directores de las candidatas en la categoría Comedia o Musical fue seleccionado para integrar la categoría de Mejor Director. Finalmente debe mencionarse que All the Money in the World es el film en el que el director Ridley Scott decidió eliminar el trabajo de Kevin Spacey, luego de que las acusación por abusos y acosos sexuales se acumularan en su contra. Su lugar fue ocupado por el veterano y siempre magnífico Christopher Plummer, quien fue nominado por este trabajo en la categoría Mejor Actor de Reparto.
Debe mencionarse que entre las aspirantes al premio de Mejor Película Extranjera no fue incluida la argentina Zama, de Lucrecia Martel, que fuera seleccionada por la Academia del Cine local para representar al país en la preselección a los premios Oscar y los españoles Goya. En cambio consiguió una nominación Una mujer fantástica del chileno nacido en Mendoza Sebastián Lelio, película protagonizada por la actriz trans Daniela Vega, quien acaba de pasar por el país para participar del reciente Festival de Cine de Mar del Plata. Vega además suena como posible candidata a Mejor Actriz en los premios Oscar, lo cual la convertiría en la primera candidata trans en la historia de los premios. No es nada sencillo que esto ocurra, pero no imposible. El resto de las candidatas a film extranjero son el documental First They Killed my Father, de origen camboyano pero dirigida por la actriz Angelina Jolie; Aus dem Nichts del prestigioso director de origen turco Fatih Akim; la rusa Nelyubov de Andrey Zvyagintsev; y The Square del sueco Ruben Östlund, única de las candidatas de esta nómina que ya se estrenó en nuestro país.
La lista de actores y actrices nominados en las categorías correspondientes a protagónicos y secundarios es un verdadero seleccionado de estrellas. Entre ellos se destacan los nombres de Tom Hanks y Meryl Streep (The post), Hugh Jackman (El gran showman), James Franco (The Disaster Artist), Michelle Williams y Christopher Plummer (All the Money in the World), Steve Carell y Emma Stone (La batalla de los sexos, actualmente en las carteleras locales), Daniel Day-Lewis (Phantom Thread), Gary Oldman (La hora más oscura), Denzel Washington (Roman J. Israel, Esq.), Willem Dafoe (The Florida Project) y las británicas Helen Mirren (The Leisure Seeker) y Judi Dench (Victoria y Abdul), entre muchos otros.
El rubro de mejor canción se encuentra integrado por mayoría de películas animadas (Coco, de los estudios Disney; Olé, El viaje de Ferdinand, de Warner; y La estrella de Belén, de Sony, a las que se suman El gran showman y Mudbound, un drama sobre el racismo durante la posguerra en el sur de los Estados Unidos. Las tres películas animadas mencionadas tienen fechas de estreno en la Argentina dentro de los próximos 30 días, con excepción de la última, que ya fue estrenada y es la única de las tres que no integra la lista de candidatas a Mejor Film Animado. Por su parte esta categoría la completan Un jefe en pañales (de los estudios Fox), la irlandesa The Breadwinner y el film animado para adultos Loving Vincent, basado en la obra del pintor Vincent Van Gogh. La lista de nominados este año por la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood incluye un total de 33 películas.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos del portal de noticias www.tiempoar.com.ar

domingo, 10 de diciembre de 2017

LIBROS - ¡Ufa!, otra vez es Navidad: ¿Por qué no se la afanan de una vez?

El inicio del período navideño trae consigo los rituales de fin de año. Ceremonias por lo general importadas del frío que incluyen una dieta de alto contenido calórico, pinos de nieves eternas, especies exóticas como renos o ardillas, y un gordo de barba blanca vestido de rojo, impropiamente abrigado para el agobiante verano meridional. En el negocio devaluado del periodismo (cada vez más pobre en oportunidades pero también en ideas), fin de año también es temporada de notas temáticas. El informe sobre literatura navideña es un clásico que reaparece en diciembre para revolver el espíritu de paz y amor remachado a fuerza de villancicos insufribles. En ese contexto escribir de nuevo uno de estos reportes se vuelve un desafío: ¿cómo hablar de los mismos cinco o seis cuentos de siempre sin repetir lo dicho hasta el cansancio? Quizá se trate de una tarea periodísticamente imposible.
No es extraño que tratándose de una tradición cristiana los cuentos de Navidad estén más preocupados por contagiar culpa que por transmitir felicidad, como si cargaran con la tarea psicópata de hacer que al menos una vez al año los lectores caigan en la cuenta de sus privilegios y paguen por ello. Así ocurre con "La fosforerita", uno de los cuentos más famosos del escritor para chicos por antonomasia, el danés Hans Christian Andersen. Se trata de la historia de una nena pobre que vende cajitas de fósforos por la calle, pero que sin haber conseguido que nadie le compre ni una teme regresar a su casa en Nochebuena. Como además perdió los zapatos y la nieve ya empezó a congelarla, la chica se refugia en un callejón y no tiene mejor idea para calentarse que empezar a encender los fósforos que debía vender. La luz titilante de las llamitas proyecta en las paredes del callejón las imágenes típicas de las navidades felices de la clase media: árboles con regalos, chimeneas chisporroteantes y pavos asados alimentan su fantasía. Está claro que la niña se está muriendo y sus sentidos la engañan, corporizando sus deseos en forma de delirio. Sospecha que se confirma cuando vuelve a encender un fósforo y esta vez aparece la imagen de su querida abuela muerta y la pequeña le pide que la lleve con ella. El cadáver sonriente y congelado de la fosforerita es hallado la madrugada de Navidad por los primeros peatones, que deben haber sentido la misma culpa que embarga al lector que eligió ese cuento para mandar a la cama a sus hijos y ahora no sabe cómo hacer para que dejen de llorar. Después de un cuento como este a nadie debería extrañarle que personajes como El Grinch o el esqueleto Jack, salidos de la imaginación prolífica del Dr. Seuss y del cineasta Tim Burton, tuvieran como mayor anhelo robarse la Navidad.
El inglés Charles Dickens tomó nota de esta tendencia truculenta de las historias navideñas cuando decidió escribir la suya, pero no olvidó incluir en la fórmula algo del humor que Andersen se dejó vaya a saber dónde. "Una canción de Navidad" es el relato navideño por excelencia, al punto de que se ha editado en todos los formatos posibles y cuenta con numerosas versiones cinematográficas y televisivas. Ahí la culpa reaparece de forma muy clara: es la herramienta elegida para tratar de hacer recapacitar a Ebeneezer Scrooge, un hombre al que la vejez ha convertido en un miserable. Scrooge recibe en Nochebuena la visita de los fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras, que le muestran la felicidad que ya no tiene, la amargura de la actualidad y el horror del porvenir. Ante la perspectiva negra Scrooge recapacita y retorna a la senda de la generosidad, pero siempre quedará la duda de si se trata de un impulso sincero o de simple conveniencia. En esa duplicidad radica la genialidad del relato de Dickens que acaba de reeditar la editorial Bärenhaus. La culpa también está presente en el cuento "El regalo de los magos", de estadounidense O. Henry, pero ahí el humor se convierte en ironía para transformarla en farsa, aunque tampoco consigue escaparle al pegote de las buenas intenciones.
 Maestro de la elegancia, Truman Capote también transitó la Navidad de forma literaria con su cuento "Un recuerdo navideño". Su versión del humor es mucho más fina, menos obvia que en los casos anteriores. Y la culpa brilla por su ausencia, aunque el relato está cargado de melancolía: será que en la literatura realmente no hay lugar para navidades donde la felicidad es plena. Narrado como un recuerdo de infancia, un chico de siete años rememora su amistad con una prima de más de 60, ofreciendo un detallado itinerario de sus actividades durante el mes previo a la celebración. Sin mencionarlo nunca, Capote consigue transmitir que, aun siendo una vieja, aquella mujer adorada por el narrador conserva la conducta infantil de quien tiene la incapacidad de madurar, al punto de que es difícil imaginar a los protagonistas sino como dos niños, a pesar de que el autor deja claro que ella no lo es. El chico es enviado a una escuela lejos, los mejores amigos dejan de verse y él crece sabiendo de ella sólo por sus cartas. Sin ser triste, el final es amargo y confirma que quizá no haya momento más oportuno que la Navidad para añorar lo que ya no es o extrañar a los que ya no están, y que tal vez la última felicidad auténtica efectivamente se quedó en la infancia. Debe ser por eso que para los escritores la Navidad siempre es una porquería.

Artículo publicado originalmente en la seccción Cultura de Tiempo Argentino.