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jueves, 5 de mayo de 2022

CINE - "Great Freedom" (Grosse Freiheit), de Sebastian Meise: La deuda incobrable

“Entre el 7 y el 8% de los hombres alemanes son homosexuales. Si la cosa sigue así, nuestra nación se desmoronará por culpa de esa plaga. Quienes practican la homosexualidad privan a Alemania de los hijos que le deben”. La declaración pertenece a Heinrich Himmler, líder de las SS, luego de que otro de los hombres fuertes del régimen, Hans Roehm, fuera ejecutado por orden de Adolf Hitler, acusado de traición y homosexualidad. Eso fue en 1934, un año después de que Hitler asumiera como Canciller, y marcó el comienzo de la persecución abierta de los homosexuales. Aunque sus acciones no se desarrollan durante el nazismo, Great Freedom, película dirigida por el austríaco Sebastian Meise, tiene como eje central de su relato la forma en que aquella persecución se extendió en Alemania durante 25 años después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Su primera escena transcurre en Berlín durante 1968, el año de las revoluciones. Hans, el protagonista, es condenado a dos años de prisión tras ser encontrado culpable del delito de sodomía. Encarcelado por homosexual, una práctica legal por entonces habitual en Alemania gracias a la aplicación de la ley conocida como Párrafo 175. La misma indicaba: “un acto sexual innatural cometido entre personas del sexo masculino o de humanos con animales es castigable con reclusión; también puede ser impuesta la pérdida de los derechos civiles”. Aunque el Párrafo 175 fue incorporado en el código penal alemán en 1871, el mismo fue modificado durante el nazismo para que bastara un rumor o la simple sospecha del “delito” para que la justicia pudiera actuar en contra de sus “perpetradores”.

A pesar de la atroz perspectiva de ir a prisión, Hans (interpretado de forma visceral por Franz Rogowski) no parece preocupado. De hecho una vez ahí se reencuentra con Viktor, otro preso, heterosexual, a quien conoce de antes. En el encierro también reconoce a un joven encarcelado por el mismo delito, a quien defiende del acoso de otros reclusos, acción que le depara unos días en la unidad de aislamiento. Será ese espacio de total silencio y oscuridad el dispositivo que la película usará para dar saltos en el tiempo y crear tres ejes temporales, cuyo relato se irá alternando.

Así, la película regresa primero hasta 1945, justo al final de la guerra, cuando Hans entra por primera vez a prisión, donde conoce a Viktor. A pesar del rechazo inicial que este siente por Hans, de a poco se irá apiadando de él, debido al desprecio general al que este es sometido en la penitenciaría. Esa empatía terminará de consolidarse cuando se entere de que Hans estuvo preso en un campo de concentración, donde purgaba una condena de 18 meses por el Párrafo 175. Solo que en lugar de ser liberado, como el resto de los prisioneros de guerra, simplemente fue trasladado a una prisión regular para cumplir con los cuatro meses que le quedan de pena. Otro hecho habitual tras la guerra y una de las grandes deudas del estado alemán. Alcanza con ver Párrafo 175 (2000), gran documental de Rob Epstein y Jeffrey Friedman, para conocer no solo las atrocidades que sufrieron los varones homosexuales durante el nazismo, sino el estigma que se mantuvo sobre ellos hasta la derogación de la ley en 1969 (y más).

Narrada a través de un montaje paralelo que va de 1945 a 1957 y de ahí hasta 1968, Great Freedom le va dando forma primero al relato de una amistad, surgida al calor de una empatía mutua. Un sentimiento que de a poco irá dando lugar a otros, más profundos, que los protagonistas tardarán no solo en reconocer, sino en aceptar. Filmada con esa luz gris que suele caracterizar a los inviernos alemanes, Great Freedom no duda a la hora de darle forma a una historia llena de aristas duras y conmovedoras, sin que eso se convierta nunca en un calvario para el espectador. Pero tampoco lo sobreprotege con eufemismos o falsos pudores. El resultado es una película tan contundente como conmovedora, que a pesar de su oscuridad consigue iluminar la historia de esas víctimas largamente olvidadas. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 27 de junio de 2021

LIBROS - "Wilcock", de Adolfo Bioy Casares: Otra declaración de amor disfrazada de diario íntimo

Un centauro llamado Oligor, que nunca ha visto a otro centauro en toda su vida, se dedica a la pintura. En el último de sus cuadros puede verse a un caballo que se asoma y que tiene algo de monstruoso. Mario Obradour, en cambio, es bellísimo, pero solo en fotos: en persona es igual a un maniquí. A los 14 años, Mario descubrió que el amor físico no era para él, de modo que inventó una forma precaria masturbación utilizando una franela como las que se usan para lustrar autos. Por su parte, un apasionado de la filosofía confiesa tener algunos impedimentos físicos: en una mano tiene tres dedos y en la otra, por desgracia la derecha, solo dos. Un problema que le impidió aprender piano como hubiera deseado. Por fin, Jesús Pica Planas es un inventor tan fecundo como inservible. Entre sus creaciones más memorables se encuentran un calzoncillo de goma hermético para perras en celo; un dentífrico de ruda contra el vicio de fumar; un interruptor conectado al pie para no dormirse con la luz abierta y otros 76 inventos inútiles.

La obra de Juan Rodolfo Wilcock –o J. Rodolfo, como firmaba sus libros (o simplemente Johnny, como le decían los amigos—es una de las más absurdas, poéticas, estimulantes, frenéticas y desconocidas de la literatura argentina, a la que de todas formas tal vez no pertenezca. Y es que este hijo de inmigrantes nacido en 1919 escribió la mitad de ella en italiano. Wilcock formó parte del núcleo más íntimo de la cofradía que creció en torno a Jorge Luis Borges, espacio que compartía con autores como Manuel Peyrou, José Bianco, Carlos Mastronardi y, por supuesto, el impar matrimonio que integraban Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, cuya casa solía ser el centro habitual de reuniones, tertulias y cenas. Entre todos, Wilcock era el más joven y, fuera de Borges, probablemente el más brillante y talentoso.

Wilcock vivió en la Argentina hasta 1957 y luego se instaló de forma definitiva en Europa. Pero a diferencia de otros compatriotas emigrados no eligió París para radicarse, sino Roma. Hasta ahí, el joven escritor no había editado casi nada de prosa, pero tenía fama de gran poeta y seis libros publicados. Pero una vez en Italia dejó no solo la poesía sino también su idioma de origen, para dedicarse a la prosa y a escribir en su lengua materna: el italiano. Así publicó una decena de libros hasta su muerte, ocurrida en 1978, que recién se tradujeron al español de forma completa a finales de los ’90. Es por eso que en la literatura argentina su obra ocupa un lugar híbrido, medio monstruoso, que nada tiene que envidiarles a aquellos personajes que habitan sus libros, casi inconseguibles. Los curiosos pueden buscar las ediciones de El caos o El estereoscopio de los solitarios, ambos publicados por el sello La Bestia Equilatera. Pero pronto: no deben quedar muchos disponibles.

Para tener una idea precisa de quién fue este escritor superlativo y narcisista, lo mejor es leer Wilcock, otro volumen extraordinario en el que Daniel Martino compila las citas que sobre él escribió Bioy Casares en sus copiosos diarios personales. Sí, Martino lo hizo de nuevo: él es el responsable del Borges, libraco épico en el cual, en base al mismo sistema, recogió las anécdotas e infidencias que el autor de La trama celeste escribió en sus diarios sobre el autor de El Aleph. Menos voluminoso que aquel, las 240 páginas de esta nueva joya sin embargo alcanzan para dar cuenta no solo del talento de Wilcock y de su carácter malicioso y resbaladizo. También es posible seguir la evolución del vínculo con Bioy, que como el Salieri de la película Amadeus parece ir de los celos y recelos a la amistad y la admiración. 

“Come en casa Johnny.” La ubicua frase que se hizo famosa tras la publicación de Borges, es también el latiguillo al que Bioy recurre al comienzo de muchas de sus entradas diarias. Pero esta vez no llama al invitado por su apellido, sino que utiliza el diminutivo del nombre. Ese cambio no parece ser trivial, porque a través de él toman cuerpo las diferencias entre los vínculos que lo unían a uno y a otro. Vertical, de respeto y hasta sumisión con Borges; horizontal, de paridad y competencia con Wilcock. Y es que en el libro, que abarca los 56 años que van de 1941 a 1997, la mirada de Bioy sobre él registra un vuelco considerable. De hecho, las primeras menciones que realiza en sus diarios ponen de manifiesto una clara antipatía y un encono muy marcado. Si hasta confiesa haberse basado en su figura para componer al poeta pedante y desagradable que protagoniza su cuento El perjurio de la nieve.

Sin embargo esos sentimientos de rechazo (que en alguna medida también parecen estar vinculados a la homosexualidad de Wilcock; mejor dicho: a cierta homofobia por parte de Bioy), con el tiempo y el trato van dando paso a la admiración. Bioy reconoce el genio de su joven amigo incluso contra la consideración de Borges, quien nunca se terminó de bancar mucho al egocéntrico benjamín del grupo. Tal vez sentir que Wilcock no era una competencia en el cariño de Borges le haya permitido a Bioy, que era bastante celoso de su amigo mayor, hacer a un lado los resquemores que le impedían reconocer el enorme talento de ese otro. Quien, por otra parte, abundaba en actitudes que le granjeaban antipatías a granel. Esa dualidad recorre todo el libro, de modo que en una página Wilcock puede ser un nene caprichoso y en otra un interlocutor inteligentísimo; o un conversador ocurrente en una y un histérico insoportable más adelante. Así, Wilcock, el libro, bien puede ser leído como la mera cronología de un vínculo, pero también como el diario de una amistad hermosa. O mejor todavía: como otra declaración de amor que, por pudor, Bioy solo atrevió a confesar disfrazándola de diario. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 25 de febrero de 2021

CINE - "Corazón borrado" (Boy Erased), de Joel Edgerton: Cómo curar a los que están sanos

“Nuestra familia es muy normal”, le dice la madre a Jared cuando este le pregunta si entre los parientes cercanos hay alcohólicos, apostadores, adictos, consumidores de porno o enfermos mentales. Y homosexuales. Esa familia normal (y cristiana) es la que envió al chico, que transita el final de su adolescencia, a un campamento juvenil en el que prometen “curar” su deseo por otros hombres. Es ahí donde le pidieron como tarea que dibuje en un afiche su árbol genealógico, consignando en él todos los pecados morales cometidos por sus familiares más próximos. Pero la respuesta de la madre es tajante y con apenas esas cinco palabras deja a su hijo solo con su deseo, abandonado en el lado monstruoso del mundo.

Basada en el libro de memorias de Garrard Conley, Corazón borrado narra la experiencia de ser homosexual en el centro de los Estados Unidos blancos y cristianos, en cuyo seno es habitual tratar el asunto como una enfermedad que puede y exige ser curada. Pero tampoco es cuestión de señalar con el dedo y mirar para otro lado: los debates en torno a las leyes de género expusieron en la Argentina la existencia de un pensamiento afín. 

En ese campamento de la vergüenza, Jared recibe entre rezos y plegarias valiosas enseñanzas para dejar de ser gay: pararse como un hombre, no cruzar las piernas al sentarse, interpretar un papel. Dirigido por el actor australiano Joel Edgerton, el film combina aciertos con excesos, siempre amparado tras el escudo moral de las buenas intenciones. Sin embargo hay una escena en la que, con una simple decisión de cámara, el director no solo consigue exponer el punto de vista de la película con mucha más potencia que en otras, en las que todo es dicho de forma obvia. También demuestra que Edgerton es capaz de manejar con elegancia e inteligencia los recursos cinematográficos. 

En ella, como si se tratara de un tribunal, los padres junto a un pastor y a otro miembro destacado de la comunidad (que también tiene un hijo “con problemas”), le preguntan a Jared si quiere cambiar y si está dispuesto a sacrificarse para conseguirlo. Tras un momento tenso, en el que los tres hombres no le sacan los ojos de encima al “acusado” mientras la madre esconde la mirada, Jared expresa con firmeza su deseo de dejar de ser quién es. Entonces todos se toman de la mano para orar por ese joven que “se alejó del camino”. En ese momento la película cambia su punto de vista. La cámara sale de la habitación y registra todo desde afuera, a través de la ventana, mientras con un travelling muy suave también se aleja. Con ese gesto sencillo Edgerton confirma que Jared no puede estar más solo, pero además se niega a ser parte del ritual de humillación, tomando distancia. En decisiones como esa, que constituyen una declaración política en la que se combinan ética y estética, está el auténtico valor de Corazón borrado. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 11 de marzo de 2019

CINE - ¿Llegó la hora del primer superhéroe gay?: Rumores alrededor de las próximas películas de Marvel

La revolución de las identidades se va acercando de a poco al universo cinematográfico de los superhéroes. Ocurre que desde hace unos días empezó a correr un rumor muy fuerte en el que se indica que una de las próximas películas basadas en criaturas de la casa Marvel incluiría un personaje abiertamente homosexual. El uso del potencial no es casualidad: es que no hay comunicados oficiales que lo confirmen, sino una serie de indicios que le han permitido a algunos atrevidos de la web sumar dos más dos para sacar conclusiones. El tiempo dirá que tan aventuradas o certeras resultan dichas conjeturas.
La cosa es así. El sitio Thathashtagshow.com informó haber tenido acceso a la convocatoria de un casting de Marvel para la película basada en los personajes de la historieta The Eternals (Los Eternos). En ella se anunciaba la búsqueda de un actor hombre de entre de 30 y 49 años con aspecto de superhéroe, para ser uno de los protagonistas de la película que tendría su estreno en algún momento de 2020. A partir de eso Charles Murphy, miembro del equipo de Thathashtagshow, afirma que esta búsqueda estaría orientada a un actor abiertamente gay.
Pero hasta ahí llega la cosa, ya que no hay información que desde dentro de Marvel confirme esta información. Apenas una serie de manifestaciones de buena voluntad, realizadas de manera aislada por miembros importantes de los estudios, como su presidente el productor Kevin Feige, uno de los responsables del diseño de lo que se conoce como Universo Cinematográfico Marvel (MCU, según su sigla en inglés). Feige había expresado el año pasado durante la gira promocional previa al estreno de Ant-Man and the Wasp, sus buenos sentimientos respecto a la posibilidad de que algunos personajes de las próximas películas formaran parte de la comunidad LGBTI. Es decir: una bienvenida expresión de deseos.
Es cierto que para alcanzar el plano de la certeza a esta serie de esperanzadas conjeturas les falta bastante. Sin embargo la mera posibilidad debería resultar un motivo de alegría para quienes sueñan con una sociedad más abierta a aceptar las diferencias. Aún así se recomienda a los miembros de las comunidades LGBTI no descorchar el champagne antes de tiempo. Ocurre que no es la primera vez que una producción de Marvel amaga con dar el golpe de incluir un personaje de sexualidad no binaria en una de sus masivas producciones.
La primera vez fue en Thor: Ragnarok (2017), última entrega de la trilogía que tiene como protagonista al poderoso dios germánico del trueno. Previo al estreno la actriz Tessa Thompson, quien en la película interpreta a la combativa Valkiria, afirmó vía Twitter que había compuesto a su personaje pensándola como una “bisexual a la que le importa muy poco lo que piensen los hombres”. Aunque en tuits posteriores aclaraba que la película no incluía “referencias explícitas” de la sexualidad de Valkiria, para muchos la actitud y el lenguaje físico del personaje resultaron una alusión evidente.
Lo mismo se puede pensar de la protagonista de la recién estrenada Capitana Marvel, interpretada por la actriz Brie Larsson, a quien algunos críticos han calificado como demasiado masculina. Más allá de interpretaciones personales, ni Valkiria ni la Capitana dieron muestras concretas que permitieran definir su sexualidad.
El estreno de Pantera Negra, a comienzos de 2018, también arrastraba el rumor de incluir una escena donde dos personajes femeninos manifestaban sin temor sus mutuos sentimientos amorosos. Algunas ambiguas declaraciones de Joe Robert Cole, uno de los guionistas del film, parecieron confirmar que tal la escena existió, aunque finalmente habría quedado fuera del corte final, generando una nueva decepción.
Por el momento puede decirse que el superhéroe que más cerca ha estado de mostrar una sexualidad abierta es el escandaloso Deadpool. Tim Miller, director de la primera película basada en el personaje, estrenada en 2016, afirmó por entonces que no tenía dudas de que Deadpool era pansexual. Su trabajo se movió en esa dirección: durante una escena de sexo la novia del personaje se coloca un arnés con un portentoso consolador, iniciativa que el héroe acepta feliz de la vida. Es bastante, sin dudas, pero de ningún modo se trata de un personaje que se vincule con el mundo desde una perspectiva de género. Habrá que ver si el estreno de Los eternos, dentro de casi dos años, representa por fin un gesto de apertura definitivo hacia superhéroes cuyas identidades vayan más allá del modelo tradicional. 

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

jueves, 23 de agosto de 2018

CINE - "El repostero de Berlín" (The Cakemaker), de Ofir Raul Graizer: Desear el lugar del otro

El asunto del doble es uno de los más explotados desde siempre por las artes narrativas. Los ejemplos van de la mitología antigua hasta, por supuesto, el cine. Dentro de este tema existe una subcategoría en la que un personaje, a partir de los motivos más diversos, intenta occupar el lugar de otro y a veces lo consigue. Sobre ese terreno el director israelí Ofir Raul Graizer construye el relato de su ópera prima, El repostero de Berlín. A partir de los tiempos y los recursos con los que suele identificarse al llamado cine independiente, más preocupado por generar una sensación de realismo y explotar los paisajes emocionales que por la acción en el sentido clásico, el film cuenta una historia de dolores paralelos que al cruzarse tal vez consigan alcanzar algo parecido a la redención de culpas autoimpuestas.
El repostero del título es Thomas, un joven que maneja su propio café especializado en repostería en algún rincón encantador de la capital alemana. Hasta ahí llega Oren, un empresario israelí con el que empezará un romance. Pero Oren tiene una mujer y un hijo, una familia que lo espera en Jerusalem, y a Thomas no le queda más que conformarse con verlo una vez por mes y ocupar así el lugar clandestino del otro. La película no pierde tiempo y apenas le dedica poco menos de quince minutos a la construcción del vínculo amoroso entre los dos hombres. Suficientes para dejar claro que Oren no piensa dejar a su familia; que esto provoca celos en Thomas, aunque los mantenga más o menos ocultos tras una máscara de frialdad; y que la figura de Anat, la mujer de Oren, va adquiriendo una dimensión fantasmal que comienza a habitar entre ellos.
Pero una mañana Oren parte hacia Jerusalem, deja de responder los mensajes y ya no regresa a Berlín. Thomas se enterará varios meses después, a través de la empresa para la que Oren trabajaba, que aquel sufrió un accidente mortal en su ciudad. Conmovido, decide viajar a Israel. La película se sirve y saca ventaja de algunos lugares comunes, construyendo a su protagonista a partir de la sequedad emotiva con que se suele simplificar el carácter de los alemanes. El recurso es utilizado para convertir a Thomas en un laberinto emocional indescifrable. Eso es lo que es cuando se ofrece para trabajar en el café de Anat, sin revelar jamás a la viuda de su amante el vínculo que lo unía con este. De ese modo, lentamente, Thomas comienza a tener acceso a los rincones que Oren dejó vacíos en la vida de los demás y de forma casi natural se va acomodando en ellos.
El repostero de Berlín guarda algunas similitudes argumentales con Frantz, el film de 2016 del francés François Ozon. En aquella un joven parisino se presentaba ante una familia alemana como amigo de su hijo, un soldado muerto durante la Primera Guerra Mundial. De a poco y no sin culpa, el chico va tomando el lugar del otro, hasta revelar una verdad que aun estando oculta el relato permitía entrever. Así como en la película de Ozon la rivalidad franco-germana hacía más complejo y profundo aquel juego de ocultamientos y emociones en carne viva, acá es la clásica oposición entre lo alemán y lo hebreo lo que vuelve más áspero y al mismo tiempo más conmovedor el contacto entre Thomas y la familia del muerto. Otro lugar común que Graizer maneja con solvencia. Y si el director francés conseguía construir un sólido melodrama a partir de una atmósfera de tragedia romántica clásica, el israelí se sirve de la distancia emocional de la vida en el siglo XXI para darle forma a este drama íntimo y seco. Desde ese lugar tal vez les brinde a sus heridos protagonistas, siempre con mesura, una generosa segunda oportunidad. 

Artículo pblicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 20 de febrero de 2018

CINE - 68° Berlinale, Día 6: Realidad, ficción y un final amargo

A la gente de Berlín le gusta el cine. Al menos eso se puede concluir al ver las salas colmadas en cada proyección a la que se asiste. Acá dicen que los berlineses son muy cinéfilos, pero que en invierno son más cinéfilos todavía, porque con el frío que hace en la calle meterse a una sala llena de gente es uno de los mejores planes que se pueden hacer en esta ciudad de noviembre a abril. Por eso la Berlinale se realiza en el mes de febrero, en pleno invierno, porque si la hicieran en cualquier otro momento del año es posible que el paisaje de las salas fuera más bien desolador.
Usando la misma lógica que en el párrafo anterior también se podría pensar que los alemanes aman al cine argentino, porque cada una de las películas proyectadas hasta ahora fueron recibidas a sala llena y generalmente saludadas con una salva de aplausos afectuosos. También los recibió en su estreno Marilyn, film debut de Martín Rodríguez Redondo que narra las dificultades con las que se va encontrando Marcos, un adolescente gay, en el pueblo de provincia donde vive, a partir del momento en que decide asumir su identidad sexual. Pero fueron aplausos qué sonaron distinto, aplausas que cargaban una mezcla de conmoción, angustia y desazón. No es que el público rechazara la película, inspirada libremente en un caso real, porque la respuesta durante la proyección fue buena. Los espectadores parecían sufrir con cada situación incómoda o humillante que atravesaba el protagonista en la pantalla y también se rieron con algunas situaciones un poco absurdas que se generaban a partir de su osadía ante determinadas circunstancias. Debe decirse que las poderosas actuaciones de todo el elenco, y principalmente la de Walter Rodríguez, el protagonista, funcionan como un canal muy eficaz para potenciar las emociones de la platea. Sin embargo los aplausos tuvieron algo de desconcierto.
La razón para ese cambio de actitud tiene que ver con un desenlace que si bien tiene su razón de ser y forma parte del abanico de lo posible para una historia como la que se cuenta, también es drástico y opuesto al esmero que el guión pone para generar en el auditorio un vínculo de creciente empatía con la historia del personaje. En otras palabras: Marilyn se propone y consigue que los espectadores se encariñen con Marcos, pero al final los abofetea con una decisión radical que sin dudas puede provocar sorpresa e incluso enojo..
 Durante la charla posterior con el público, Rodríguez Redondo argumentó que ese final le parecía apropiado para cerrar la historia de un chico que se va quedando sin salidas, en el marco de una familia que paralelamente también rueda barranca abajo en el plano social. Y es cierto que Marilyn ofrece por un lado un retrato muy preciso de la realidad cruel que Marcos atraviesa, y por el otro también da cuenta del desmoronamiento de las estructuras sociales en la Argentina, particularmente en el ámbito rural. Sin embargo, atendiendo a la permanente necesidad del director de recordar que su película no es la representación literal del caso en el que se basa, sino apenas una versión libre de la misma, también cabe preguntarse por qué no se permitió darle al protagonista en la ficción esa salida que no tuvo en la realidad. Porque está claro que el cine no es la realidad –ni siquiera en el caso del documental, género que trabaja directamente sobre el paisaje de lo real—, sino la versión personal que el cineasta decide construir a partir de ella. Es el director quien decide el destino de sus criaturas, él es el responsable de ese final amargo.
 Pero no se trata de cuestionar su decisión, que por otra parte es coherente con la realidad de muchos integrantes de la comunidad LGBTI, a los que la sociedad tampoco se las hace fácil. Lo que este texto se propone es, simplemente, manifestar la tristeza y el desacuerdo de este cronista con el destino que la película le impone (repito: le impone) a Marcos. Tal vez esa tristeza sea la misma que ayer sintieron muchos espectadores frente al final de Marilyn.  

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar

jueves, 30 de noviembre de 2017

CINE - "La batalla de los sexos" (Battle of the Sexes), de Jonathan Dayton y Valerie Faris: Peloteo de fondo

Si alguien un poco apurado se guiara solo por lo visto en 2017, tranquilamente podría concluir que el tenis es el nuevo deporte cinematográfico por excelencia. Nada de Rockys Balboas ni Toros Salvajes: ahora Björn Borg, John McEnroe, Billie Jean King y Margaret Smith parecen ser los personajes perfectos para narrar una nueva encarnación del relato épico. Es que al estreno de hace apenas poco más de un mes de la película Borg McEnroe, de Janus Metz, que reconstruye el comienzo de la mítica rivalidad entre el sueco de hielo y el irascible irlandés de Nueva York, lo sigue La batalla de los sexos, tercera película del dúo compuesto por Jonathan Dayton y Valerie Faris, que aborda una de las historias más curiosas de la era moderna del deporte blanco.
Se trata dada menos que del inusual partido que disputaron en 1973 la superestrella del tenis femenino de aquel momento, la estadounidense Billie Jean King y el histriónico campeón retirado Bobby Riggs. Desafío imaginado por el propio Riggs, quien afirmaba que una mujer nunca podría derrotar a un hombre en una cancha de tenis y le apostaba a quien aceptara que, aún con 45 años y retirado hace tiempo, era capaz de vencer a la N°1 del escalafón femenino. Es decir Jean King, quien durante los primeros ‘70 acaparó trofeos de Grand Slam volviéndose casi invencible. Construida a partir de la comedia, género adecuado para contar una historia de algún modo disparatada, la película no se limita a narrar detalles graciosos, sino que se permite indagar en zonas menos visibles pero fundamentales de la anécdota. Procedimiento que Dayton y Faris probaron manejar con solvencia en sus trabajos anteriores, Ruby Sparks (2012) y sobre todo Little Miss Sunshine (2006).
A diferencia de lo que en última instancia ocurría en Borg McEnroe, en La batalla de los sexos Dayton y Faris no intentan convertir al tenis en un espectáculo cinematográfico. Por el contrario, eligen poner el foco en lo que ocurre fuera de la cancha, entendiendo que lo más importante (y lo más interesante para contar) es lo que les pasa a los personajes antes de que comience el peloteo, más allá del deporte, en sus propias vidas. El despertar a una nueva sexualidad en el caso de ella; las dificultades con la afición al juego en el caso de él, dos circunstancias que no son un problema en sí mismas pero que ciertamente inquietaban a los protagonistas. En ambos casos se trata de cómo dichas preocupaciones afectaron sus búsquedas del amor, entre otros aspectos. En concordancia con esa decisión, Dayton y Faris resuelven mostrar el tenis sobre todo a través de la perspectiva de quienes lo ven, aprovechando las diferentes alternativas previas y propias del juego para aportar algo más al drama. En definitiva el retrato del tenis no parece haber sido un fin en sí mismo para los directores, sino una herramienta más que usaron para echar andar y mantener en movimiento la máquina de la acción. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 19 de mayo de 2017

LIBROS - Identidades mitológicas: La ley del deseo

Es una vieja costumbre de las personas hacer a Dios, o a los dioses, responsables absolutos de lo creado. Así todo lo que es dado, tanto lo bueno como lo malo, procede de su mano y para cada uno de sus rasgos o gestos existe un reflejo que se multiplica, abominable, en el carácter imperfecto de lo humano. En todas las versiones del mito de origen, las fuerzas creadoras le imponen al hombre el destino de la semejanza, dejándole a sus criaturas el legado de sus propias virtudes y miserias, sus mismos recelos, temores y deseos.
La literatura mítica abunda en relatos en los cuales el protagonista va configurando su identidad en la dirección hacia la cual su propio deseo lo va guiando. Así, son los héroes, dioses y semidioses quienes se encargaron, allá, en los confines de la historia, de abrir el abanico de identidades con los que un individuo puede definirse a sí mismo hoy en día. Aquí, un breve e incompleto catálogo de mitos y divinidades que supieron esculpir su propia identidad sobre el margen de las convenciones:
Uno de los poemas épicos más antiguos de los que se tiene conocimiento es el que narra las hazañas de Gilgamesh, de origen sumerio. Se trata de un héroe en cuya persona se registra un rasgo que se repetirá en otros: el carácter múltiple de su naturaleza, en la que se funden lo humano y lo divino. Gilgamesh tenía dos terceras partes de dios y la restante de hombre, una duplicidad desequilibrada que volverá a manifestarse en el avatar de su deseo. Rey despótico, Gilgamesh solía llevar la opresión al plano sexual, haciendo uso del derecho de pernada. Su pueblo oprimido recurre a los dioses para liberase del yugo y estos envían a Enkidú, quien había sido criado salvaje. Enkidú desafía al rey justo cuando está por consumar el amor con una doncella y luchan sin tregua. Por fin, Gilgamesh deja de pelear, pero Enkidú le reconoce su carácter divino y superior. Este gesto de mutua admiración marcará, como se dice en el final de Casablanca, el inicio de una gran amistad, que los muchachos inauguran con un beso. Cuando Gilgamesh le propone partir en busca de aventuras y gloria, Enkidú se pone a llorar. “Entonces se cogieron de la mano como una pareja de novios”, dice el poema, y así realizaron muchas hazañas. Hasta que la diosa Ishtar, despechada porque Gilgamesh prefería andar por ahí con su amigo que yacer con ella, envía el Toro del Cielo para matarlos a ambos. Enkidú muere y el sobreviviente Gilgamesh dedica el resto de su vida a buscar el secreto de la inmortalidad, tal vez para compartir la eternidad con él. Eso es amor.
No es raro encontrar en esta saga reminiscencias de la relación entre Aquiles y Patroclo, también unidos por una mutua admiración tramitada desde lo carnal. Como Gilgamesh, Aquiles es un semidios, dualidad que se proyecta sobre su identidad sexual. Asimismo la muerte de Patroclo representa para él una fuente de dolor e ira que necesita ser aliviada. Mucho más básico que su par sumerio, a Aquiles ni se le pasa por la cabeza el resarcimiento poético de la eternidad, sino que necesita enfrentar a Héctor –líder troyano que mató a Patroclo en combate y verdadero héroe de La Ilíada—, a quien derrota y humilla arrastrando el cadáver con su cuadriga. Sin embargo, queda en el lector la sensación de que ninguna de las injurias que Aquiles le provoca al cuerpo sin vida de Héctor alcanzan para aliviar el desasosiego que le produjo la muerte de su amigo y amante.
Pero la dualidad no es sólo cosa de semidioses. Dionisio es entre las divinidades helénicas el de sexualidad más ambigua, dueño de una historia repleta de duplicidades, comenzando por su nacimiento. Hijo de Zeus, Dionisio tiene muchas madres probables, según quien cuente su historia. La más difundida dice que el padre de los dioses sedujo a Sémele “disfrazado de mortal” y que cuando esta, ya embarazada y por consejo de Hera (esposa de Zeus, ladina y celosa cuanto cornuda), le exigió a su amante que revelara su verdadera naturaleza, murió carbonizada al corporizarse Zeus en la figura del rayo. Para salvar al feto, Zeus lo implantó entre los músculos de su propio muslo y ahí terminó de gestarse, de lo que resulta que Dionisio es el único dios olímpico no nacido de una mujer, sino de un hombre. Es por eso que se lo suele llamar con el sugestivo apelativo de “el hijo de la doble puerta”, un manifiesto de ambigüedad en sí mismo. Para despistar a la vengativa Hera, Dionisio fue criado como niña en un gineceo. El filósofo y polemista español Nicola Lococo afirma en su libro Historia oculta de la masonería que la figura de Dionisio, hombre nacido de hombre pero criado como niña, sería fundamental en la transición mitológica acontecida del culto arcaico a la Gran Diosa Madre al panteón masculino regido por Zeus y, por ende, un símbolo del paso del primitivo matriarcado al patriarcado moderno que aún rige las sociedades occidentales.
Artemisa, la cazadora, gemela de Apolo, le pidió a su padre Zeus ser para siempre doncella, para no ser tocada nunca por un hombre, seres por quienes sentía un marcado desprecio. Pregúntenle sino al pobre Acteón, quien por casualidad tuvo la desgracia de verla desnuda mientras se bañaba en un arroyo. Para evitar que este se jactara entre sus amigos de haberla visto al natural, la diosa convirtió al desgraciado Acteón en ciervo y lo hizo despedazar por una jauría de 50 perros. Es cierto que no hay nada más odioso que un grupo de machitos vociferando acerca de sus hazañas en la conquista, pero 50 perros hambrientos parecen un castigo excesivo. Aunque el hecho de ser hija de un padre con un alarmante prontuario de violaciones sin duda justifica su hipersensibilidad en estos temas.
El caso es que Artemisa era además la diosa que las amazonas eligieron como protectora y la decisión suena lógica. Célebre raza de mujeres guerreras, las amazonas despreciaban compartir la vida con los hombres, aunque solían permitirse algunas canitas al aire. Eso sí, siempre en el bosque y a lo oscuro, no fuera que alguien las viera y diera por tierra con su fama de recias. Y si llegaban a quedar embarazadas, fruto de esos deslices, ni bien parían a sus hijos los mandaban derechito con sus padres, para que de la crianza y los pañales se encargaran ellos.
Las amazonas fueron además pioneras en eso de intervenir el propio cuerpo en pos de imponer la identidad deseada por sobre la identidad dada. Privilegiando su naturaleza bélica, estas chicas solían amputarse o mutilarse uno de sus senos, por lo general el derecho, ya que su protuberancia representaba un obstáculo para alcanzar la excelencia en el manejo del arco, la saeta y el venablo, sus armas favoritas. La reina Pentesilea es la más famosa de las amazonas, quien fue muerta en combate justamente por Aquiles, cuando tras la muerte de Héctor un ejército de las bravas guerreras acudió en auxilio de los troyanos. Dicen que Aquiles se enamoró de Pentesilea en el mismo momento en que la atravesaba con su espada, en una escena de notable obviedad alegórica. El dato confirma dos cosas: que Aquiles era bisexual y que, por lo pronto, se había olvidado rápido de Patroclo. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

lunes, 19 de septiembre de 2011

CINE - Terminó el 3º Festival Nacional de Cine y Video Río Negro Proyecta: Larga vida a Batato

La definición de la competencia Nacional del Festival de Cine de Río Negro resultó tan apasionante como prometía. Finalmente el jurado realizó el sábado una inédita deliberación pública para elegir un ganador. Sus integrantes, los críticos Juan Manuel Domínguez y Quintín, más el director José Campusano, expusieron en orden sus argumentos a favor y en contra de los diez títulos en competencia. Durante dos horas, quienes asistieron al encuentro recibieron una interesante muestra gratis de qué elementos pueden intervenir en la mirada de un buen espectador cinematográfico. Los tres jurados no dudaron en apelar a lecturas sociales, técnicas, teóricas, políticas y hasta una subjetividad apasionada, para hablar en orden de cada película.
Al llegar al primer intervalo, habían sido apartados cinco títulos, y otros cinco mantenían su posibilidad de ganar. El estudiante, de Santiago Mitre; La peli de Batato, de Anchou y Peter Pank, y De caravana, de Rosendo Ruíz, fueron elegidas por unanimidad, mientras que Noche sin fortuna, de Forbes y Cifuentes, y Hachazos, de Andrés Di Tella, rescatadas por al menos uno de los jurados. Descartadas posteriormente estas dos últimas, el jurado resolvió elegir como finalistas a De caravana y La peli de Batato, dejando en suspenso hasta el domingo la elección de la ganadora.
El saldo de esta experiencia novedosa de la deliberación pública del jurado, a pesar de algunas objeciones posibles, es ampliamente positivo. No sólo aportó transparencia a la decisión sino que, a su manera, resultó formativo para quienes intentan ver en el cine una manifestación profunda del alma humana. Y si bien toda la programación del festival ha sido irreprochable y meritoria, no puede sino reconocerse la justicia y validez con que se escogió al ganador de esta edición.
Aunque un poco sorprendió que el domingo a la mañana, al abrir el sobre ante un auditorio expectante y en presencia de las autoridades del festival, la gran ganadora resultara el documental de Pank y Anchou sobre la legendaria estrella del under Batato Barea. Sin que ello le quitara ningún mérito a la película de Rosendo Ruíz, que obtuvo una meritoria mención, ni a ninguna de las otras ocho películas programadas en competencia.
Por otra parte el Festival cerró con las proyecciones de las dos finalistas, junto a la gran película del uruguayo Federico Veiroj, La vida útil.
Frente a este balance que no puede ser más positivo, no es descabellado pensar que, más allá de los eventuales movimientos políticos que puedan producirse a partir de las elecciones de octubre, el 2012 volverá a traer una nueva edición de este magnífico Festival Nacional de Cine y Video Río Negro Proyecta. Será entonces, hasta el año que viene. Salud.


Un premio a los excesos


Si algo se premió al elegir La pelí de Batato como ganadora de esta tercera edición del Festival de Cine de Río Negro, sin duda ha sido el exceso. Pero no el exceso de aquel personaje desbordado que fue Batato Barea, sino la forma en que los directores de este saludablemente caótico documental consiguen reabsorber aquella energía, que desde la muerte de “La Diva del Under”, ha quedado dispersa en el cosmos, huérfana de un héroe digno de portarla. Peter Pank y Goyo Anchou, a partir de un material filmado por el primero de ellos poco antes de la muerte del Batato hace ya veinte años, construyen un laberinto anárquico que es a la vez el retrato de un personaje y el de su época, la no menos desenfrenada década de los 80. Y no sólo lo hacen con eficiencia, sino que consiguen un éxito aun mayor: meter de cabeza al espectador en un universo paralelo: la galaxia Batato. Definida por Quintín, uno de los miembros del jurado, como un film devoto, La peli de Batato irradia la luz de su protagonista y reparte a manos llenas ese amor incondicional que los directores sienten por su personaje.
No puede ser más justa la elección de esta ganadora, porque como ocurrió en las ediciones anteriores, cuando resultaron premiadas Vil romance, de José Campusano, y Orquesta roja, de Nicolás Herzog, que compartió el premio con Los Labios, de Loza y Fund, vuelve a reconocerse el valor de lo filmado sobre el margen de todo, casi fuera de lo que muchos dentro del mundo del cine quisieran reconocer como propio. Como Robin Hood, este Festival de Cine de Río Negro insiste en repartir entre los pobres, porque no sólo desde la perfección es posible hacer buenas películas. Y La Peli de Batato es sin dudas una deliciosa película imperfecta.


Artículo publicado originalmente en las sección Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 12 de enero de 2011

CINE - El retrato de Dorian Gray, de Olivier Parker: Un clásico en su justa medida

Las adaptaciones de clásicos de la literatura al cine suelen ser un tema en el que pocas veces se ponen de acuerdo quienes defienden el respeto a ultranza del original y quienes conceden al adaptador el derecho a operar sobre la obra, a fin de lograr que el paso de un género a otro resulte una experiencia positiva. El caso de El retrato de Dorian Gray, la novela del irlandés Oscar Wilde con una veintena de adaptaciones declaradas, es paradigmático. Esta versión de 2009 del inglés Oliver Parker, encaja más en la última de esas dos facciones. No porque se aleje mucho de la novela, sino porque introduce pequeñas variantes que para nada complotan contra su eficacia.
Tampoco es que haya muchas vueltas para darle al conocido relato del joven inocente y virtuoso, quien tras ser retratado por un artista plástico se encuentra con la sorpresa de que ese cuadro que tan genuinamente captura su belleza, comienza a corromperse en la misma medida en que él se inclina hacia vicios y pecados, liberándolo del ocaso de la vejez. Como en la novela, todo el asunto gira en la relación triangular que liga al joven Dorian (Ben Barnes) con el pintor Basil (Ben Chaplin) y el aristócrata lord Wotton (el gran Colin Firth). Basil adora la transparencia del carácter de Dorian, que parece permitir que sus dones interiores se trasluzcan, y su cuadro es una metáfora de su intento por preservar inmaculada esa pureza. Por el contrario, Wotton es un disipado hombre de mundo, deseoso de entregarse a los placeres de la vida sin remordimientos, quien inculcará a Dorian sus valores.
Como en la novela, existe una tensión muy fuerte entre el acatamiento a la estrictas moral victoriana y la liberación de los deseos más allá de la culpa que imponían las normas de aquel tiempo. Tensión que de diferentes formas fue un tópico reiterado en la obra del irlandés. Sin embargo, fuera de época, en pleno siglo XXI es difícil ver vicios o lisa y llana maldad en las inclinaciones del joven Dorian Gray, sino la declinación de una época que cultivó la estética de la decadencia frente a una modernidad que lo avasallaba todo. Las supuestas aberraciones de Dorian no pasan de una potente inclinación hedonista, incluyendo cierta afición a las fiestitas y la diversidad sexual. Nada que hoy en día cualquier swinger del montón no practique por deporte en el living de su casa.
Tal vez el peor error al adaptar El retrato de Dorian Gray al cine, es insistir en el capricho de convertirlo en un relato de terror y esta versión no está libre, hablando de vicios, de esa licencia. Aunque la progresiva monstruosidad que va degradando la imagen de Dorian en el cuadro es descrita en el libro con notorio horror, la novela no pasa de ser una fábula moral, signo de esos tiempos decadentes, que no hace más que reflejar la adhesión de Wilde a las rígidas normas del puritanismo victoriano que, años más tarde, acabarían volviéndose en su contra. En cambio ha resultado un acierto extender la narración hasta entrado el siglo XX, recurso con el cuál acentúa el efecto de la juventud de Dorian entre sus avejentados contemporáneos. Y de paso permite un giro final, de algún modo shakespeareano, que le sienta bien y no es ajeno al trabajo de Oliver Parker. Es sabido que el inglés debutó como director con una versión de Otelo, protagonizada por Laurence Fishburne y Kenneth Branagh, y que sus siguientes películas fueron sendas adaptaciones de Un esposo ideal y La importancia de llamarse Ernesto, dos conocidas piezas teatrales de Wilde. Parece que Parker también probó y le gustó.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

LIBROS - La ciencia del beso y Breve historia del culo: dos maneras de entender la naturaleza humana

Hay temas que fácilmente pueden ser ligados a la historia de la cultura y otros, más enigmáticos, que dejan un rastro menos evidente. Por eso tal vez no sorprenda a nadie que alguien tuviera la idea de escribir un libro sobre el beso, acto que suele representar el clímax de tantas expresiones del arte. Alcanza con mencionar el de Judas, los de Romeo con Julieta, o el de la mujer araña –por no empezar una interminable lista de ejemplos en el cine–, para saber qué tan importantes son los besos como recurso dramático y narrativo. Y para qué fines tan diversos se lo ha usado a lo largo de la historia. Sheril Kirshenbaum, científica de la Universidad de Texas y habitual colaboradora de publicaciones estadounidenses como Newsweek o The Washington Post, es la autora del libro La ciencia del beso (The science of kissing), de reciente publicación en los Estados Unidos, en el que intenta desmenuzar esta práctica tan ligada a los sentimientos como al placer y la perpetuación de la especie.
Menos convencional en la elección de su tema, el francés Jean-Luc Hennig toma un objeto literario mucho más cercano a la categoría de objeto del deseo, y se atreve a aventurarse en un terreno más profundo y oscuro en su libro Breve historia del culo, título que no requiere demasiada explicación. Editado originalmente en Francia en 1995 como Brève histoire des fesses (o Breve historia de las nalgas), esta particular investigación acaba de ser publicada en España y aunque no hay noticias de que alguna editora local quiera lanzarlo en la Argentina, su contenido no deja de despertar curiosidad.
El libro de la investigadora estadounidense propone que el primer beso es una experiencia tal vez más importante incluso que el debut sexual, y afirma que esta costumbre está presente en el 90% de las culturas humanas y en muchas especies animales. Por su parte, el de Hennig rastrea las distintas manifestaciones que han hecho de la cola humana su objeto, de la escultura y la plástica al cine, y de los griegos a los hooligans ingleses. Todo esto sazonado con reflexiones de autores como Bataille, Joyce, Proust, Sade y Rabelais, cada uno a su modo, expertos en el tema.
Es destacable la diferencia con que uno y otro autor han abordado sus trabajos, contraste que se vuelve evidente en fondo y forma, y que al mismo tiempo opone las esencias de las culturas francesas y norteamericanas. Mientras que Kirshenbaum, científica y estadounidense, propone un relato más bien frío y positivista que se mantiene a prudencial distancia de todo atisbo hedonista en relación al beso (al que en el fondo parece querer reducir a la categoría de mera herramienta sexual, que la mujer-hembra utiliza para “juzgar el sabor de la lengua, los labios y la saliva” y saber si el compañero de turno es al fin “el adecuado”, reducción fácilmente asimilable a la tradición puritana de su país), Hennig no se priva de nada. Francés y sin dudas liberal en el sentido estricto que esa palabra tiene en su patria, Hennig no sólo relata seriamente una historia del culo, sino que parece literalmente meterse en él y disfrutar de cada uno de los momentos que la experiencia le depara con la pasión de su compatriota Pepé Le Pew, aquel “romántico” zorrinito de los dibujos animados. Incluso los pasajes más terribles del libro, como el capítulo dedicado a las torturas y tormentos anales a lo largo de la historia, Hennig parece estar a gusto con el tema de su ensayo.
Aun con todas sus diferencias, no caben dudas de que los libros La ciencia del beso y Breve historia del culo son lecturas complementarias y que serían buenos vecinos en cualquier biblioteca. Tal vez porque su proximidad teórica desciende de una intimidad práctica mucho mayor e inocultable. Basta con recordar cualquier velada de pasiones encendidas, o simplemente aquel viejo chiste en el que un pobre mono terminaba agotado después de haber amado toda la noche a una ardiente jirafa.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.