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jueves, 1 de febrero de 2018

LIBROS - Hijos que escriben a sus padres: Una literatura filial

Hay un concepto bastante repetido que limita a un puñado de palabras los motores que impulsan la acción artística. Según esta mirada, toda creación es pasible de ser encuadrada dentro de unos pocos temas, dos en realidad, que conforman una entidad que sintetiza lo humano a partir de una serie de combinaciones de opuestos complementarios. Vida y muerte, amor y odio, deseo y repulsión, Eros y Thanatos. No hay obra de arte, dicen, capaz de evadir esta caracterización binaria y esencial, y en el particular espacio de la literatura no hay libro que escape a esta polarización. Existe sin embargo una tercera categoría, ínfima en volumen si se la compara con las otras dos, integrada por los libros en los que un único y poderoso elemento absorbe dentro de sí esas dos mitades de forma simultánea. A este pequeño núcleo pertenecen los libros que los escritores les dedican a las figuras de sus padres o madres. Solo en ellos el amor y el odio, la vida y la muerte, el deseo y la repulsión se funden y confunden en una masa de energía literaria ilimitada.
Los griegos, origen de la cultura y las letras occidentales, lo entendieron pronto. Algunas de las obras más destacadas de su mítica dramaturgia, de Edipo rey a Electra, giran en torno de ese centro y no es casual que 25 siglos más tarde Sigmund Freud regresara a dichos argumentos para construir sobre ellos parte de su revolucionaria teoría del psicoanálisis. Más o menos al mismo tiempo Franz Kafka escribía su extraordinaria Carta al padre, cuyo comienzo arrasador deja en claro la ambivalencia que suele habitar en casi todas las obras que abordan los vínculos parentales. “Queridísimo padre: Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener presentes cuando hablo. Y si intento aquí responderte por escrito, sólo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo...”.
Universal como casi ningún otro, el tema del padre (o la madre) no ha dejado de producir ficciones, muchas de ellas versiones apenas veladas de historias reales. Es justamente esa poderosa universalidad la que podría explicar el gran éxito del reciente El salto de papá, en el que Martín Sivak, su autor, reconstruye la historia de su padre, Jorge Sivak, un heterodoxo banquero comunista que se suicidó en diciembre de 1990. El punto de vista es el de un hijo que intenta explicar las razones de su brutal ausencia y que no pierde la oportunidad de trazar una certera postal de una época convulsionada de la Argentina. Un par de años antes, en 2015, la escritora catalana Milena Busquets publicaba También esto pasará, novela de “ficción” en la que la crítica no tardó en hallar coincidencias con el vínculo con su propia madre, la mítica editora Esther Tusquets, fundadora del no menos célebre sello editorial que lleva su nombre. Una inspiración que la autora nunca negó.
En Nada se opone a la noche (2011), la escritora francesa Delphine de Vigan decide comenzar su relato describiendo a su madre muerta. Un punto de partida al mismo tiempo incómodo y conmovedor, desde el cual partirá en un viaje literario en busca de encontrar una explicación para la tristeza y la inestabilidad emocional de esa mujer que, como todas las madres del mundo, había signado su vida de hija. De Vigan consigue hacer que su propia historia se convierta, de alguna manera, en una apasionante novela de intriga. Un poco más radical resulta la apuesta del periodista y escritor argentino Jorge Barón Biza, quien en El desierto y su semilla (1998), su única novela, recrea la historia de horror de sus padres, el oscurísimo Jorge Barón Biza, también escritor, y Clotilde Sabattini. En el libro, Barón Biza hijo ficcionaliza su propia historia a partir de la agresión perpetrada por su padre, quien durante la audiencia del divorcio y en presencia de los abogados, arrojó ácido en la cara de su ex mujer, provocándole severas mutilaciones de por vida. En la novela es el propio hijo, alter ego del autor, quien socorre a la víctima, convirtiéndose en testigo del inmediato proceso de transformación del rostro de su madre, yendo de la belleza al espanto. El cuerpo de su padre sería hallado un día después, sin vida y con un tiro en la sien, una muerte que el propio Jorge replicaría arrojándose al vacío desde la ventana de su departamento en un piso 12, apenas tres años después de publicar El desierto y su semilla.
La lista de libros enumerados entrega una curiosidad: las escritoras hacen libros sobre sus madres y los varones sobre sus padres, detalle que tanto puede ser analizado por la crítica literaria como por la psicología. Una nota discordante en ese orden establecido la dio el escritor argentino Julián López con su novela Una muchacha muy bella, uno de los libros más elogiados del año 2013, en el que el autor reconstruye desde un narrador adulto la mirada arrobada con que de niño percibió a su propia madre. Justamente la hazaña literaria de López radica en la solidez con que va montando esa luminosa mirada infantil, que es además la marca que distingue a su libro de los anteriores. Si en aquellos el punto de vista del narrador estaba inevitablemente teñido por la muerte, acá es la vida la que alimenta el relato y suena lógico. La madre de Una muchacha muy bella es una de los 30 mil desaparecidos que dejó la última dictadura militar en la Argentina y, por lo tanto, la única de todos estos padres literarios que a los ojos de su hijo en realidad nunca murió.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 14 de diciembre de 2017

CINE y LIBROS - Balance 2017: Las películas argentinas nacidas de los libros

El vínculo entre el cine y la literatura vuelve a ser el eje de uno de los balances que son una costumbre del oficio periodístico. Y es que en efecto durante 2017 se ha producido una cosecha de ejemplos abundantes que dan fe de lo prolífico de ese cruce dentro del territorio de la producción cinematográfica argentina. Comenzando por una de las películas más importantes de la temporada, precandidata nacional para competir por los premios Oscar y Goya, la ineludible Zama, cuarto largometraje de Lucrecia Martel en el que adapta la novela homónima del mendocino Antonio Di Benedetto. Zama, de la que ya se ha escrito mucho (aunque quizá nunca suficiente) es apenas el casco visible de un témpano de al menos una decena de películas basadas en la obra o la figura de otros escritores.
Entre los variados intereses que abarcan los festivales de cine, la exploración del mestizaje entre cine y libros ocupa un lugar destacado. El Bafici, en tanto primer festival importante del calendario cinematográfico argentino, es el espacio elegido por muchas producciones para darse a conocer y la programación de su última edición incluyó varias películas cuyo primer motor se afirma en el imaginario literario. Animador habitual de este festival, Alejo Moguillansky presentó La vendedora de fósforos, película que ya desde el título propone algunos cruces con el famoso cuento del danés Hans Christian Andersen. Por supuesto que filtrados a través de la particular visión cinematográfica del director, quien ya en 2014 había ganado la Competencia Argentina con su controvertida comedia de aventuras histórica El escarabajo de oro, otro trabajo basado libérrimamente en una obra literaria, en esa ocasión el famoso cuento de Edgar Allan Poe.

También en Bafici pudieron verse documentales que trazan un retrato de dos nombres reconocidos de la literatura argentina. El primero de ellos es Salvadora, de Daiana Rosenfeld, que encara el rescate de la lejana, trágica y algo desdibujada figura de Salvadora Medina Onrrubia. Utilizando las herramientas de rigor del género, este documental echa luz sobre quien fuera poeta, militante anarquista, feminista germinal y esposa de Natalio Botana, nombre fundamental de la historia del periodismo argentino. Sin embargo no consigue trascender lo meramente ilustrativo. Varios pasos más allá de eso llega Lai, de Rusi Millán Pastori, que retrata al gigante (en todo sentido) Alberto Laiseca. Ahí se puede ver al escritor a quien sus alumnos apodaban El Conde haciendo gala del carisma, el histrionismo y las extrañas artes de la seducción que lo hicieron famoso, tanto en su faceta de maestro de escritores, como narrador oral o encantador de todo tipo de seres, ya se trate de niños o adultos, letrados o iletrados, propios o ajenos, hombres y mujeres.

Otros dos documentales deben mencionarse, ambos estrenados en el otro gran festival internacionales que se celebran en el país, el de Mar del Plata. Uno es Entre Perón y mi padre, en el que el director Blas Eloy Martínez explora el vínculo con su papá, Tomás Eloy Martínez, y a partir de él, su condición de declarado peronista. Emotivo y punzante, Martínez hijo utiliza la famosa entrevista que su padre le realizó al general Perón en Puerta de Hierro para reflexionar acerca de su propia condición humana y política. También en el festival de la feliz tuvo un espacio Años luz, el diario filmado y retrato de Lucrecia Martel que Manuel Abramovich realizó durante el rodaje de Zama.

La programación de Mar del Plata incluyo además dos películas basadas en obras literarias de autores contemporáneos. Ahí se proyectaron Barrefondo, de Jorge Leandro Colás, basada en la novela homónima de Félix Bruzzone, y El origen de la tristeza, de Oscar Frenkel con guión de Pablo Ramos sobre su propia novela. Ambas películas representan formas opuestas de encarar la adaptación de una obra literaria al cine. Mientras Colás prescindió de toda colaboración del autor de la novela, proponiendo un recorte personal de la obra original, Frenkel delegó en Ramos no sólo el diseño de la adaptación, sino que le entregó el rol de narrador y le permitió a él y a varios miembros de su familia ocupar pequeños roles en pantalla. Todo eso sin mencionar las diferencias estéticas entre ambas películas.

Fuera de los festivales y dentro de los estrenos comerciales que se registraron este año también existen ejemplos que dan cuenta del cruce fílmico-literario. Vuelo nocturno es el segundo trabajo de Nicolás Herzog, que a través del documental indaga en la mítica inspiración que Antoine de Saint-Exupery habría obtenido durante sus años de residencia en la Argentina para escribir El principito, el libro más traducido de la historia después de La Biblia. En cambio Sinfonía para Ana es un trabajo de ficción en el que los directores Ernesto Ardito y Virna Molina adaptaron el relato de la novela homónima de Gaby Meik. Ambas obras cuentan la historia de los alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires desaparecidos durante la última dictadura cívico militar, que usurpó el poder entre los años 1976 y 1983.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 28 de septiembre de 2017

CINE - "Zama", de Lucrecia Martel: Las grietas en la realidad

¡El doctor don Diego de Zama!.. El enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios, el que hizo justicia sin emplear la espada. Zama, el que dominó la rebelión indígena sin gasto de sangre española, ganó honores del monarca y respeto de los vencidos. No era ese el Zama de las funciones sin sorpresas ni riesgos. Zama el corregidor desconocía con presunción al Zama asesor letrado, mientras éste se esforzaba por mostrar, más que un parentesco, cierta absoluta identidad que aducía.” Este recorte de uno de los párrafos de la ineludible Zama, novela y cumbre de la obra del mendocino Antonio Di Benedetto, es especialmente útil para comenzar a hablar de Zama, película que marca el regreso de Lucrecia Martel a las pantallas de cine, una década después del estreno de su trabajo anterior, La mujer sin cabeza. Como ocurre con los concentrados esenciales que luego se utilizan para crear los perfumes más exquisitos, el fragmento transcripto condensa de tal modo el espíritu del relato que consigue convertirse en el punto sobre el cual hacen equilibrio los universos de Zama, película y libro. En él se da cuenta de la desconexión que suele mediar entre el pasado y el presente, cuyo producto es esa brecha abierta en el pecho de la realidad a la que se conoce como ficción. Pero no sólo la ficción entendida desde su faceta artística, sino como única forma eficiente de construir una memoria. “Yo veía el pasado como algo visceral, informe y, a la vez, perfectible”, reflexiona algunas páginas más adelante el propio Diego de Zama, el protagonista, dando cuenta de ese mecanismo que vuelve a la realidad inaprensible y que será el elegido por Martel para poner en escena su extraordinaria versión de una de esas novelas consideradas intraducibles al lenguaje cinematográfico.
Buena parte de esa fama no necesariamente injusta que carga el libro se sustenta en el trabajo realizado por Di Benedetto a partir de su particular reinvención de una lengua española extinta e irrecuperable. Y de algún modo el prejuicio de “infilmabilidad” es válido, porque: ¿cómo convertir en imagen a esas inflexiones del lenguaje, esa primera ficción creada por este escritor notable que hace de Zama una obra literaria sin molde? La pregunta sería difícil de responder si ese fuera el único mérito de la novela, que por supuesto no lo es. Sin embargo ese es un desafío al que la directora no sólo que no le saca el cuerpo, sino que se trata de un duelo largamente buscado por ella. En alguna entrevista realizada con motivo del estreno de La mujer sin cabeza, Martel contó que uno de sus anhelos era adaptar al cine algún hecho de la historia argentina decimonónica, donde imaginaba que el principal desafío sería el de tener que inventar un lenguaje para representar ese pasado convertido en ilusorio. En ese sentido el complejo trabajo realizado por Di Benedetto en Zama se ofrecía como plataforma ideal para que Martel se sacase esa espina y es justamente en ese terreno donde consigue dar el primer gran golpe en su rol de adaptadora. A partir de un elenco de delicado diseño, en el que coexiste parte de la enorme variedad en la que el idioma español se fue desplegando a partir de su expansión por toda América, la directora crea una paleta sonora en la que la lengua se convierte en tierra de nadie. En Zama conviven actores mexicanos, españoles, argentinos –algunos con acento porteño y otros con tonada guaraní—, brasileños que hablan distintas versiones del idioma, dándole forma a una especie de castellano de Babel. Un modelo fantástico del habla en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII, pero al que Martel llega por medios muy distintos de aquellos que utilizara Di Benedetto en su trabajo de invención. Al fin y al cabo, de eso se trata adaptar: no de copiar sino de recrear.
Pero si algo demanda Zama en su costado más dramático es generar aquella brecha en donde la realidad se diluye entre el pasado y el presente. O entre las formas en que el protagonista, el burócrata Diego de Zama, se percibe a sí mismo dentro de un espacio nebuloso en el que de a poco va perdiendo la noción de quién es, hasta convertirse en un ente que se deja extraviar por los laberintos de una realidad cada vez más extraña. Si bien Martel demostró ser especialista en la creación de este tipo de atmósferas irreales encapsuladas en burbujas de apariencia perfectamente realistas, su nuevo film representa un paso más allá de todo lo hecho en sus trabajos precedentes (La ciénaga, 2001; La niña santa, 2004; La mujer sin cabeza, 2008). Y no sólo por tratarse de una película de época –aunque es cierto que esto le permite apartarse del costado más formal del realismo para inventar, como hace con el lenguaje, su propia versión del mundo—. El gran triunfo de Martel consiste en hacer que dicha realidad se vaya volviendo ilusoria para el protagonista, proceso que deriva en el desvanecimiento de su identidad, que acaba diluida, absorbida por el entorno que antes rechazaba. De ese modo Diego de Zama, sujeto de una espera que de a poco se va volviendo sin fin, se convierte en objeto y pasa de actuar a ser actuado por las circunstancias que, a partir de un notorio punto de quiebre en el relato, acaban por arrastrarlo de acá para allá, como ocurre con aquel mono muerto que es presa de la corriente del río en la primera página de la novela (escena que Martel acierta en no incluir en su película). Un manejo soberbio del sonido y la fotografía, que parecen moverse de forma independiente el uno de la otra, terminan de plasmar esa sensación de aturdimiento permanente en la que parece vivir el protagonista, interpretado con precisión por el mexicano Daniel Giménez Cacho. Así se completa la fórmula alquímica con la que Martel consigue convertir a la novela Zama en cine, proyecto al que por tanto tiempo se condenó, ahora se sabe que de forma injusta, al infierno de lo irrealizable. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 14 de septiembre de 2017

LIBROS - La comunicación mural: Bandos, revistas, pintadas y graffitis

En tiempos del Virreinato del Río de la Plata, hace 250 años, no existían los medios de prensa, o no al menos en el sentido que se le da hoy a ese concepto. Apenas circulaban algunas publicaciones sumamente precarias en términos de libertad de expresión, como el semanario Correo de Comercio, que se publicaba por orden directa del Virrey y bajo su estricto control. Uno de sus editores fue en algún momento Manuel Belgrano, quien sin embargo no podía publicar nada sin que antes lo aprobara Manuel de Velazco, el censor oficial (puesto que en realidad no recibía ese nombre, aunque en los hechos lo fuera).
Tampoco es que muchos ciudadanos tuvieran acceso a publicaciones como esta, de tirada limitada destinada al patriciado. El grueso de la población de Buenos Aires se informaba a través de los bandos, también oficiales, en los que el Virrey de turno detallaba noticias, informes, nuevas leyes, cambios en las regulaciones vigentes o cualquier otra cosa que creyera conveniente hacerle saber a los ciudadanos. Dichos bandos debían ser colgados a la vista de todos en los edificios más importantes de la pequeña ciudad, como la Recova de la Plaza Mayor (hoy Plaza de Mayo) o en las paredes del Cabildo.
Desde aquellos bandos virreinales hasta la actualidad, las paredes de Buenos Aires fueron siempre el medio de comunicación más popular, democrático y libre de todos. Un espacio en el que la política y el arte se turnaron para expresar aquello que debía ser dicho a pesar de todo. "Si los medios nos callan, hablaran los muros", rezaba una inscripción anónima en alguna pared de la turbulenta París del‘68, una idea que sin embargo existe en la práctica desde mucho antes y en el caso de la Argentina, incluso sin necesidad de usar el lenguaje escrito. Pocos años después de la Revolución de Mayo, ya en tiempos del gobernador Juan Manuel de Rosas, que una pared estuviera pintada de rojo lo decía todo sin necesidad de palabra alguna. Pero no sería sino hasta las primeras décadas del siglo XX que las paredes comenzarían a hablar de manera literal.
Aunque ya durante los conflictos obreros de principios del siglo pasado las pintadas políticas jugaron un papel importante, no fue hasta el surgimiento del peronismo que estas se volvieron un instrumento de expresión masivo. La tiza y el carbón fueron entonces la pluma del pueblo. Utilizadas primero para mostrar el respaldo a los gobiernos de Perón o, ya en tiempos de la proscripción posterior al golpe de estado de 1955, para expresar el descontento y la resistencia, las pintadas llegaron a convertirse en parte del ADN de dicho movimiento político. Sin embargo también resultaron una herramienta oportuna para quienes ocuparon el rol opositor durante esos mismos gobiernos. Imposible no recordar el brutalmente célebre “¡Viva el cáncer!” con el que los antiperonistas festejaron en los muros la enfermedad y muerte de Eva Duarte.
Los años ’60, Instituto Di Tella mediante, alumbraron un grupo de artistas gráficos entre quienes se contaban Roberto Jacoby, Juan Carlos Romero y otros, quienes en busca de formas experimentales encontraron en los populares afiches publicitarios de vía pública (que aún se usan para promocionar presentaciones de grupos de cumbia) un vehículo perfecto para visibilizar ideas y consignas.
Esa misma década marcó también el advenimiento del graffiti moderno por interpósita invención de la pintura en aerosol. Fue ahí que las paredes hablaron como nunca y ya no sólo de política, porque el rock comenzó a adueñarse de la herramienta, ideal para difundir bandas emergentes. Hasta que en 1976 el silencio llegó bajo la forma de la más sangrienta de las dictaduras. Fueron años de ciudades limpias y conciencias sucias, en los que hasta las paredes hablaban en voz baja, pudiendo volver a gritar recién en 1983.
Pero si la década de los ’80 fue una fiesta, no sólo se debió a que la política por fin pudo expresarse de nuevo en las tribunas y sobre el ladrillo, sino porque un grupo de ilustres anónimos convirtió a la ciudad en un espacio sobre el cual desplegar el ingenio. Ellos se encargaron de llenar las paredes con frases humorísticas que pronto se volvieron populares, a las que firmaban con el seudónimo de Los Vergara, colectivo que integraban los tres hermanos Korol, hoy conocidos conductores y humoristas de televisión. Ya durante los 2000 el graffiti asumió nuevas formas. Algunas muy plásticas, cercanas al muralismo, de la mano de la cultura del hip-hop, mientras que otras, como las de los grupos de Acción Poética, volvieron a llevar los versos al ladrillo 80 años después de que Jorge Luis Borges y cía. crearan la revista mural Prisma (Ver aparte).
Se sabe que la Historia nunca concluye, que es un continuo presente desplegándose sobre el tiempo como una cinta sinfín. En el último fotograma de esta película las paredes siguen siendo un medio para comunicar, reclamar o gritar de rabia. Las pintadas realizadas en las paredes del Cabildo durante la multitudinaria marcha que hace pocos días se congregó para pedir la reaparición del joven Santiago Maldonado son un ejemplo más, herederas directas de aquellos bandos virreinales. La demostración de que la comunicación mural sigue siendo una tradición con vigencia plena y larga vida por delante.

El Borges de los muros


Al regresar de su estancia europea a comienzos de la década de 1920, Jorge Luis Borges trajo consigo algunas ideas novedosas aprendidas en su contacto con el ultraísmo y no tardó en llevarlas a la práctica. Empujado por su propia juventud y en compañía de amigos como Guillermo de Torre, Eduardo González Lanuzza y su primo Guillermo Juan, Borges fundó la revista Prisma, una publicación mural de poesía en la que los integrantes del grupo difundían textos de su autoría, con ilustraciones de Norah, la hermana de quien llegaría a ser el mayor autor de la literatura en lengua castellana del siglo pasado. El número inicial de Prisma se editó en noviembre de 1921 y sus propios creadores se encargaron de salir por las noches a pegar los ejemplares por toda la ciudad. Hoy resulta difícil imaginarse al Borges más famoso, ya viejo y ciego, vandalizando las paredes de Buenos Aires, pero la historia no deja mentir. A través de ella no sólo se puede confirmar que Borges alguna vez fue joven y anarquista, sino que también tuvo sus noches de descontrol. A juzgar por la corta vida de la revista (solo se publicaron dos números, el segundo en marzo de 1922), podría pensarse que Prisma no tuvo ningún éxito. Sin embargo se trata de un antecedente directo de otra, Martín Fierro, que tal vez sea la publicación literaria más importante del siglo XX en la Argentina.

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 27 de julio de 2017

LIBROS - "El artista", de Alberto Laiseca: La liviandad de lo prescindible

Los libros malos, lo que se dice malos pero malos de verdad, al punto de llegar a ser indignos de su autor, en realidad son muy difíciles de encontrar. En primer lugar porque nadie los guarda: piénsese que un libro malo ocupa el mismo lugar que uno bueno y ya se sabe que, con excepción de aquella instalada en Babel, el de las bibliotecas es un espacio finito. Tratar de encontrar un libro malo se vuelve un poco más fácil en bibliotecas extrañas, nutridas por el gusto de los otros; algo así como buscarle las garrapatas a un perro o la paja al ojo ajeno. Por lo general se los suele encontrar de a montones en las librerías de usados, en las ferias de canje- compra- venta o en las mesas de saldos, que son el limbo de los libros, en donde lo que se acostumbra a buscar es lo contrario, una gema escondida entre la hojarasca literaria. La misión puede volverse más complicada todavía si la idea es colgarle ese sambenito a un libro escrito por un gran escritor. Y sin embargo, aferrados a la teoría del muerto en el placard, es imposible no terminar convencido de que “que los hay, los hay”. Solo hace falta liberarse al placer morboso de señalar con el dedo o de arrojar la primera piedra, y mezclando un poco de valentía crítica con una pizca de impunidad, jugarse a encontrar ese libro ignominioso que habita en la obra de cualquier autor, por bueno que sea.
Fallecido hace exactamente siete meses, Alberto Laiseca fue uno de los autores más particulares de la literatura argentina de la segunda mitad del siglo XX. El Conde Lai o el Mostro, como lo llamaban algunos, quién sabe si con su confianza y consentimiento, estuvo siempre fuera de la norma y sin embargo no es fácil montar el canon literario sin incluirlo. Self made man por naturaleza, Laiseca se construyó a sí mismo como ninguno de sus colegas y contemporáneos, no sólo como escritor sino también como personaje. No es difícil pensar que sus libros no necesariamente han sido muy leídos –no es secreto que ninguno de ellos fue un bestseller y que sus cuentos y novelas nunca salieron del gueto literario—, y sin embargo su rostro es uno de los más reconocidos del panteón de autores locales. En ello colaboraron sobre todo su papel como narrador televisivo de cuentos de miedo, en aquella serie de microprogramas que en la década de los ’90 se transmitía por la señal de cable I-Sat y, en menor medida, su participación como actor en las películas Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011, basada en un cuento propio) y El artista (2008), en todos los casos dirigido por la dupla integrada por Mariano Cohn y Gastón Duprat.
Esta última lo tenía como protagonista de una historia en la que el enfermero de un geriátrico entablaba una relación particular con uno de los viejitos internados, que a partir de algún tipo de demencia se encontraba incapacitado para hablar (la palabra “pucho” era la única que pronunciaba) pero tenía un extraño talento para el dibujo. Sin ser demasiado despierto, el enfermero sin embargo tiene la iluminada idea de llevar los trabajos del anciano a una galería de arte, para ver si tienen o no algún valor. Y a partir de una confusión que él mismo se encarga de no resolver, termina asumiendo la autoría de los dibujos del otro, convirtiéndose en el nombre de moda dentro del mundillo de los galeristas y el arte contemporáneo, sin tener el más mínimo talento. Laiseca interpretaba el rol de Romano, el viejito dibujante, y el cantante Sergio Pángaro el de Jorge Ramírez, el enfermero.
Basada en un guión de Andrés Duprat, hermano de uno de los cineastas y hoy director del Museo Nacional de Bellas Artes, El artista provocó cierto revuelo entre quienes la defendieron y quienes la atacaron, granjeándole al tándem de directores un nombre dentro de la escena del cine argentino. Pero además la película inspiró a Laiseca a escribir un libro basado en ella, hecho que si bien es infrecuente, ya que ese camino suele recorrerse en el sentido inverso, es decir de la literatura al cine, ocurre algunas veces. En la Argentina también puede mencionarse el caso de El hombre sentado, novela de Ariel Magnus inspirada en la película Canciones del segundo piso, del cineasta sueco Roy Andersson. El Artista se publicó dos años después del estreno de la película, con un prólogo de Luis Chitarroni, epílogo de León Ferrari y un breve dossier sobre el arte contemporáneo a cargo del propio Andrés Duprat.
Laiseca eligió narrar El artista desde el punto de vista de su personaje, ofreciendo una suerte de contraplano de la película, que le prestaba mayor atención a la historia de Ramírez. A diferencia de esta, cuya mirada y sentido del humor son más bien ácidos, corrosivos, el escritor vuelve a ofrecer su habitual menú de prosa engañosamente áspera y gracia arrabalera. En ella abundan palabras como “puto”, “boludo”, “conchaza” o “archipelotudez”, normalmente exiliadas del lenguaje literario pero que en Laiseca, lejos de constituir un liviano y gratuito acto de provocación, representan un potente rasgo de identidad. Asimismo consigue articular un discurso entre la lucidez y el desvarío, de fácil asimilación a cierto estado de la vejez en el que la mente empieza a ponerse floja de papeles.
Decir que El artista es un libro cuya lectura no se disfruta sería mentir, pero quizá su mayor (o su única) virtud sea justamente que lo ha escrito Laiseca y nada más. O nada menos. El viejo consigue ese estado de gracia que habita en el resto de su obra, pero eso no necesariamente alcanza para decir con convicción absoluta que se trata de un buen libro. Tan cierto como que tampoco es fácil calificarlo de malo, aunque su condición de “libro inspirado en una película” permite hacer una serie de observaciones que son habituales en los casos de películas basadas en libros. Porque si bien Laiseca ofrece un punto de vista distinto y un estilo narrativo que se encuentra íntimamente conectado con su obra, también es cierto que no le agrega al original más que unos pocos detalles que no terminan ni de cambiar el sentido del relato ni amplificarlo más allá de los límites propuestos por la propia película. Cuando el caso es a la inversa nadie duda en calificar a las películas inspiradas en libros como adaptaciones chatas o temerosas. Algo de eso hay en este trabajo de Laiseca, cuya obra mantendría su valor inalterable si se eliminara de ella a la novela El artista. Claro que no pasaría lo mismo si, por ejemplo, se hiciera desaparecer de su bibliografía a la monumental Los Sorias, una certeza que no hace más que subrayar el carácter nimio de su versión novelada del film de Cohn y Duprat. Y es que a veces un libro no necesita ser malo para ser, fatalmente, prescindible. 

Artículo publicdo originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 29 de junio de 2017

LIBROS - Historias de amos y perros: Morder la mano

Hay una frase, vieja pero aún con gracia, que intenta explicar la diferencia de carácter entre perros y gatos, el River - Boca de los animales domésticos, y las formas opuestas en que estos se vinculan con los humanos, en especial con aquellos que son sus dueños. La misma afirma que mientras los perros creen que uno es su Dios, los gatos están convencidos de ser el tuyo. El ingenio no radica en la humorada misma, que le confiere a los animales la capacidad de ser quienes definen los términos del vínculo con sus propietarios, sino en la forma velada en que esta caracteriza en realidad a las personas que eligen compartir su vida con un ejemplar de algunas de esas especies. Es decir, revela más acerca de las necesidades que los animales cubren en la vida de sus dueños que de la conducta del propio animal, que apenas se limita a obedecer las reglas que su propio instinto le imponen. De forma menos elíptica, la frase también ofrece una razón para entender por qué el ser humano ha elegido entregarle el título honorario de Mejor Amigo a los sumisos perros, priorizando su fidelidad por encima de la displicencia felina. Según la frase, la sumisión de los perros vendría a ser alimento para el ego humano, único animal de comprobadas aspiraciones divinas.
Ha sido ese aire familiar, esa declarada amistad, la que ha conseguido que los perros ocupen también muchas páginas en la historia de la literatura. Tantas y tan diversas que a la hora de abordar el tema en un espacio limitado, como este, se vuelve ineludible acotarlo del modo más estricto que sea posible. Y tratar de encontrar ejemplos que ilustren el vínculo desigual que liga a perros y personas en tanto mascotas y amos resulta una posibilidad atractiva. Si la muestra se reduce a unos cuantos relatos que calcen en el molde del cuento contemporáneo, con especial énfasis en la producción rioplatense, mucho mejor. Tres cuentos rioplatenses contemporáneos serán entonces los que sirvan como evidencia fáctica para probar que no es tanto que los perros necesiten creer en Dios, como que las personas se comporten como tal.
“¿Sabés qué fue lo último que me dijo? Me dijo que un perro puede llegar a ser un miembro más de la familia. Al que se puede querer como a un hijo y su pérdida puede ocasionar un dolor irreparable, pero que si desaparece, si un día falta, nadie llama a la policía, no hay en verdad un crimen, no hay burocracia, el mundo sigue girando como antes, como si nada...” El fragmento pertenece al cuento titulado, justamente, “Fidelidad de los perros”, incluido en el libro Familias de cereal del argentino Tomás Sánchez Bellocchio, donde a falta de uno son dos los amos que actúan con la omnipotencia de un Dios . En él se relata el regreso de Tantor, el perro de una familia de clase alta que llevaba perdido unos años. Suficientes como para que los padres hayan consentido en realizar un funeral simbólico en el fondo de la casa. Pero un día Tantor vuelve, aunque no lo hace por su propia voluntad sino que es devuelto por un amigo, tal vez el único que tiene papá, quien se había quedado con él todo ese tiempo. Lejos del arrepentimiento, la devolución obedece a que ya no puede seguir quedándose con el perro. Sin embargo no se trata de un robo, sino que fue Tantor quien eligió quedarse con él, luego de escaparse varias noches seguidas de su casa para ir a pasarlas bajo la ventana del otro, hasta que un día se quedó ahí y el amigo nunca dijo nada, aunque sabía que lo buscaban. El regreso indigna al padre tanto como alegra a sus hijos. Al principio el enojo es con el amigo pero pronto, con un razonamiento que funciona con la misma lógica dañina del machismo, el hombre culpa al perro por su infidelidad y con el mismo espíritu vengativo de los dioses olímpicos, somete a la mascota a una serie de siniestros actos de humillación mientras el resto de la casa duerme.
El segundo libro de cuentos del uruguayo Agustín Acevedo Kanopa, Historia de nuestros perros, se parece a una sesión espiritista en la que los fantasmas de distintos perros se pasean por una serie de relatos que nunca los tienen como protagonistas directos, pero cuya presencia se fortalece desde un fuera de campo de potencia casi cinematográfica. El procedimiento se percibe con claridad en el cuento “La memoria de los peces”, en el que reproduciendo el flujo en apariencia aleatorio del pensamiento de un hombre, el autor va montando una sucesión de elementos en cuya suma final se corporiza una contundente y desoladora sensación de angustia. El narrador comienza evocando su infancia, las pequeñas epifanías que le permiten ir descubriendo los mecanismos que gobiernan la realidad a partir de la experiencia simple de pescar junto a su abuelo y manipular la vida de los peces. De ahí a la noción de poder y a la posibilidad de ejercerlo siempre sobre las criaturas más débiles, hay un solo paso. Acevedo Kanopa maneja con maestría el discurso neurótico de su personaje, haciendo que sus obsesiones vayan surgiendo de forma casi espontánea, como si no hubiera en ello un trabajo literario sino el discurso libre de un paciente de espaldas al psicoanalista. Profesión que, no casualmente, también ejerce el autor. La serie recala en un momento sobre su hija, sobre una mirada en particular y una pequeña cicatriz en su rostro que a él le recuerda los momentos más difíciles de su joven familia. Época de la cual la adolescente no conserva memoria alguna, pero que en el narrador hacen surgir la culpa como pus de una herida vieja. La niña está convencida, porque se lo han hecho creer, que aquella cicatriz es producto del ataque de un perro que tuvieron cuando era una nena, pero que en realidad nunca existió. Como un Dios culposo y violento, como un mal amo que carga el pecado de su cobardía sobre el fantasma de un perro imaginario, el narrador no consigue tener siquiera el consuelo de su propia piedad.
Los cuentos de César Aira suelen despegarse bastante del tono de sus novelas. En ellos se percibe con claridad su integración en la genealogía del cuento argentino. O al menos eso pasa con muchos de los incluidos en el volumen de Relatos reunidos y de manera especial con aquel titulado simplemente “El perro”. Su estructura es sencilla: un hombre descubre que un perro persigue al colectivo en el que va viajando. El trayecto avanza pero el perro no se detiene; corre y ladra, como si quisiera alcanzar al vehículo. Para los pasajeros al principio es divertido, pero pronto se empiezan a mirar entre ellos, como buscando al culpable de un hipotético caso de maltrato animal. El narrador quisiera que el perro se fuera y pronto al lector le queda bastante claro que ambos se conocen. La historia termina con una vuelta de tuerca que recuerda los finales redondos (a veces demasiado redondos) de los cuentos de Abelardo Castillo y esa parece ser la genética del cuento airiano. Sólo que acá, como si se tratara de un vengador anónimo, del Charles Bronson del género canino, acá el perro consigue representar un breve acto de justicia que parece demostrar que no hay Dios al que no se le pueda morder la mano. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 1 de junio de 2017

LIBROS - Literatura carcelaria: Los presos más jovenes de la literatura

Hablar de literatura carcelaria remite antes que a un conjunto de títulos y obras, a un paquete de preguntas surgidas de la imposibilidad de responder a otra, fuente de todas las demás: ¿de qué se trata la literatura carcelaria y qué se entiende cuando se habla de ella? Es mucho y heterogéneo lo que se ha escrito a partir de ese tópico y ahí radica la enorme dificultad de alcanzar una definición que permita estandarizar un concepto que abarque a las diferentes ramas que se extienden a partir de ese tronco. ¿Los libros escritos por distintos autores desde la cárcel, refiriendo a su propio cautiverio, como el conmovedor De profundis de Oscar Wilde, califican dentro de esta categoría? ¿Y las crónicas que relatan en primera persona el paso por la prisión? ¿O será que la etiqueta agrupa a aquellas obras que toman como escenario estricto el ambiente carcelario al modo de Papillón, de Henri Charrière, o Expreso de medianoche, de William Hayes, ambas adaptadas con éxito al cine durante la década de 1970 y asimismo basadas en las experiencias personales de sus autores? ¿O más específicamente a ficciones puras en donde la acción transcurre tras las rejas y cuyos protagonistas son convictos y policías, al modo de lo que Stephen King hizo en sus novelas Rita Hayworth y la redención de Shawshank o en El pasillo de la muerte, también convertidas en película? Pero incluso en este caso hay diferencias, porque la primera de esas novelas del rey Esteban es perfectamente realista y narra una historia de presos, mientras que la segunda es una fantasía que incluye elementos sobrenaturales que son determinantes en el desarrollo de la trama, aunque sus personajes sean prisioneros y guardia cárceles. Finalmente, ¿la literatura carcelaria forma parte del género policial o es una entidad con reglas propias?
Dentro de la literatura argentina también hay ejemplos de todo tipo. Ahí está por ejemplo Plan de evasión, la novela que Adolfo Bioy Casares publicó después de La invención de Morel pero que no pudo nunca igualar el tremendo éxito de aquella (en realidad ningún otro libro del autor consiguió hacerlo). Pero si bien lo que Bioy narra en sus páginas transcurre dentro del espacio de una isla penitenciaria, lo cierto es que el texto adscribe más a una especie de ciencia ficción metafísica que al estricto tópico de una historia de presos. Algo parecido pasa con El beso de la mujer araña, uno de los trabajos más reconocidos de Manuel Puig, que también, caramba, fue llevado a la pantalla grande. En este caso el relato sí se encuentra vinculado a la experiencia de encierro de sus dos protagonistas, uno de ellos preso por razones políticas y el otro, como Wilde, a causa de contravenciones contra la moral de la época (“infracciones” que aún hoy no han sido abolidas del todo y siguen formando parte de algunos códigos civiles). Sin embargo Puig se concentra más en la construcción del vínculo en el que sus dos personajes se van fundiendo, que en los detalles más estrictos de la experiencia carcelaria, aquellos, si se quiere, más afines al espíritu policial. Dentro de la crónica/ ensayo no puede dejar de mencionarse Preso sin nombre, celda sin número, en el que el periodista Jacobo Timerman relata no sólo su aberrante experiencia como preso político, sino que pinta un fresco muy preciso acerca de cómo la realidad se fue desmoronando dentro de ese infierno que fue la última dictadura militar que usurpó el poder en la Argentina. Llegados hasta acá, la cuestión sigue sin resolverse: ¿qué cuernos es entonces la literatura carcelaria?
Hay un libro dentro de la literatura argentina que quizá sea el que mejor se ajusta a lo que la mayoría de los lectores imagina cuando piensa en literatura carcelaria. Es decir, un relato de la experiencia de encierro en la cual los protagonistas, que se encuentran ahí pagando alguna culpa que los obliga a soportar la reclusión, deben enfrentar las situaciones típicas de la cárcel –la crueldad de sus carceleros, la ocasional piedad de algún cura, las luminosas visitas desde el exterior o las disputas entre ellos, apenas sostenidos por una furiosa nostalgia por la libertad perdida, única razón para sobrellevar todo aquello sin perder la razón—, circunstancias que los van endureciendo cada vez más. Curiosamente ese libro no transcurre en una cárcel, sino en un colegio pupilo. Y ni siquiera se trata de un libro, sino de un conjunto de relatos sueltos que su autor planeaba ampliar hasta convertirlos en capítulos de una suerte de novela fragmentaria y episódica. Se trata de aquellos incluidos en la famosa Serie de los Irlandeses, escritos por Rodolfo Walsh, de cuyo secuestro, asesinato y desaparición se acaban de cumplir 40 años el pasado 25 de marzo.
No es necesario repetir una vez más los argumentos de los cuentos “Irlandeses detrás de un gato”, “Los oficios terrestres” o “Un oscuro día de justicia” para aceptar que aquel colegio es percibido por los niños que los protagonizan como un espacio carcelario y represor. La inteligencia literaria de Walsh consiste en haber escrito cuentos de presidiarios haciéndole creer a todo el mundo que apenas se trataba de historias de chicos viviendo en el colegio, lejos de sus familias, aquella instancia superior que les impone esa condena. Basta el simple ejercicio de convertir a cada uno de ellos en adulto y a los celadores en guardias, para que aquel colegio se alce como una siniestra prisión perdida en una profundidad rural. Y el acto de magia queda al descubierto. Crueles ritos de iniciación; evasión de la autoridad; trifulcas entre facciones; la presencia de un poder superior percibido como inevitablemente injusto; prácticas de sometimiento y humillación soportadas estoicamente; la certeza de un más allá al que se añora, esperándolos allende los inexpugnables muros de piedra del edificio escolar. Como botón de muestra alcanza con recordar el final de “Los oficios terrestres”, en el que uno de los chicos, ya vacío de sí mismo, alienado por la institución represiva, se fuga en busca de aquella ilusión liberadora, ante la mirada cómplice de uno de sus compañeros más duros, quien lo ve alejarse entre la niebla de la mañana mientras enciende un cigarrillo. Una escena digna del film noir.
La clave se encuentra en la forma en que la mirada del narrador construye los espacios, de modo tal que la realidad es producto de la percepción y no al revés. Es así como aquel colegio, que objetivamente es eso, un colegio, transmuta en presidio a partir del simple relato, sin que dicha transformación sea expresada de manera explícita ni una sola vez. No hace falta: no hay forma de que ningún lector no haya sido atravesado por la idea cárcel al sumergirse en esos tres cuentos fundamentales de la literatura argentina, ni les haya atribuido a sus protagonistas el carácter de prisioneros, víctimas condenadas por una sociedad que necesita encerrar a aquellos con quienes no sabe qué hacer.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

viernes, 19 de mayo de 2017

LIBROS - Identidades mitológicas: La ley del deseo

Es una vieja costumbre de las personas hacer a Dios, o a los dioses, responsables absolutos de lo creado. Así todo lo que es dado, tanto lo bueno como lo malo, procede de su mano y para cada uno de sus rasgos o gestos existe un reflejo que se multiplica, abominable, en el carácter imperfecto de lo humano. En todas las versiones del mito de origen, las fuerzas creadoras le imponen al hombre el destino de la semejanza, dejándole a sus criaturas el legado de sus propias virtudes y miserias, sus mismos recelos, temores y deseos.
La literatura mítica abunda en relatos en los cuales el protagonista va configurando su identidad en la dirección hacia la cual su propio deseo lo va guiando. Así, son los héroes, dioses y semidioses quienes se encargaron, allá, en los confines de la historia, de abrir el abanico de identidades con los que un individuo puede definirse a sí mismo hoy en día. Aquí, un breve e incompleto catálogo de mitos y divinidades que supieron esculpir su propia identidad sobre el margen de las convenciones:
Uno de los poemas épicos más antiguos de los que se tiene conocimiento es el que narra las hazañas de Gilgamesh, de origen sumerio. Se trata de un héroe en cuya persona se registra un rasgo que se repetirá en otros: el carácter múltiple de su naturaleza, en la que se funden lo humano y lo divino. Gilgamesh tenía dos terceras partes de dios y la restante de hombre, una duplicidad desequilibrada que volverá a manifestarse en el avatar de su deseo. Rey despótico, Gilgamesh solía llevar la opresión al plano sexual, haciendo uso del derecho de pernada. Su pueblo oprimido recurre a los dioses para liberase del yugo y estos envían a Enkidú, quien había sido criado salvaje. Enkidú desafía al rey justo cuando está por consumar el amor con una doncella y luchan sin tregua. Por fin, Gilgamesh deja de pelear, pero Enkidú le reconoce su carácter divino y superior. Este gesto de mutua admiración marcará, como se dice en el final de Casablanca, el inicio de una gran amistad, que los muchachos inauguran con un beso. Cuando Gilgamesh le propone partir en busca de aventuras y gloria, Enkidú se pone a llorar. “Entonces se cogieron de la mano como una pareja de novios”, dice el poema, y así realizaron muchas hazañas. Hasta que la diosa Ishtar, despechada porque Gilgamesh prefería andar por ahí con su amigo que yacer con ella, envía el Toro del Cielo para matarlos a ambos. Enkidú muere y el sobreviviente Gilgamesh dedica el resto de su vida a buscar el secreto de la inmortalidad, tal vez para compartir la eternidad con él. Eso es amor.
No es raro encontrar en esta saga reminiscencias de la relación entre Aquiles y Patroclo, también unidos por una mutua admiración tramitada desde lo carnal. Como Gilgamesh, Aquiles es un semidios, dualidad que se proyecta sobre su identidad sexual. Asimismo la muerte de Patroclo representa para él una fuente de dolor e ira que necesita ser aliviada. Mucho más básico que su par sumerio, a Aquiles ni se le pasa por la cabeza el resarcimiento poético de la eternidad, sino que necesita enfrentar a Héctor –líder troyano que mató a Patroclo en combate y verdadero héroe de La Ilíada—, a quien derrota y humilla arrastrando el cadáver con su cuadriga. Sin embargo, queda en el lector la sensación de que ninguna de las injurias que Aquiles le provoca al cuerpo sin vida de Héctor alcanzan para aliviar el desasosiego que le produjo la muerte de su amigo y amante.
Pero la dualidad no es sólo cosa de semidioses. Dionisio es entre las divinidades helénicas el de sexualidad más ambigua, dueño de una historia repleta de duplicidades, comenzando por su nacimiento. Hijo de Zeus, Dionisio tiene muchas madres probables, según quien cuente su historia. La más difundida dice que el padre de los dioses sedujo a Sémele “disfrazado de mortal” y que cuando esta, ya embarazada y por consejo de Hera (esposa de Zeus, ladina y celosa cuanto cornuda), le exigió a su amante que revelara su verdadera naturaleza, murió carbonizada al corporizarse Zeus en la figura del rayo. Para salvar al feto, Zeus lo implantó entre los músculos de su propio muslo y ahí terminó de gestarse, de lo que resulta que Dionisio es el único dios olímpico no nacido de una mujer, sino de un hombre. Es por eso que se lo suele llamar con el sugestivo apelativo de “el hijo de la doble puerta”, un manifiesto de ambigüedad en sí mismo. Para despistar a la vengativa Hera, Dionisio fue criado como niña en un gineceo. El filósofo y polemista español Nicola Lococo afirma en su libro Historia oculta de la masonería que la figura de Dionisio, hombre nacido de hombre pero criado como niña, sería fundamental en la transición mitológica acontecida del culto arcaico a la Gran Diosa Madre al panteón masculino regido por Zeus y, por ende, un símbolo del paso del primitivo matriarcado al patriarcado moderno que aún rige las sociedades occidentales.
Artemisa, la cazadora, gemela de Apolo, le pidió a su padre Zeus ser para siempre doncella, para no ser tocada nunca por un hombre, seres por quienes sentía un marcado desprecio. Pregúntenle sino al pobre Acteón, quien por casualidad tuvo la desgracia de verla desnuda mientras se bañaba en un arroyo. Para evitar que este se jactara entre sus amigos de haberla visto al natural, la diosa convirtió al desgraciado Acteón en ciervo y lo hizo despedazar por una jauría de 50 perros. Es cierto que no hay nada más odioso que un grupo de machitos vociferando acerca de sus hazañas en la conquista, pero 50 perros hambrientos parecen un castigo excesivo. Aunque el hecho de ser hija de un padre con un alarmante prontuario de violaciones sin duda justifica su hipersensibilidad en estos temas.
El caso es que Artemisa era además la diosa que las amazonas eligieron como protectora y la decisión suena lógica. Célebre raza de mujeres guerreras, las amazonas despreciaban compartir la vida con los hombres, aunque solían permitirse algunas canitas al aire. Eso sí, siempre en el bosque y a lo oscuro, no fuera que alguien las viera y diera por tierra con su fama de recias. Y si llegaban a quedar embarazadas, fruto de esos deslices, ni bien parían a sus hijos los mandaban derechito con sus padres, para que de la crianza y los pañales se encargaran ellos.
Las amazonas fueron además pioneras en eso de intervenir el propio cuerpo en pos de imponer la identidad deseada por sobre la identidad dada. Privilegiando su naturaleza bélica, estas chicas solían amputarse o mutilarse uno de sus senos, por lo general el derecho, ya que su protuberancia representaba un obstáculo para alcanzar la excelencia en el manejo del arco, la saeta y el venablo, sus armas favoritas. La reina Pentesilea es la más famosa de las amazonas, quien fue muerta en combate justamente por Aquiles, cuando tras la muerte de Héctor un ejército de las bravas guerreras acudió en auxilio de los troyanos. Dicen que Aquiles se enamoró de Pentesilea en el mismo momento en que la atravesaba con su espada, en una escena de notable obviedad alegórica. El dato confirma dos cosas: que Aquiles era bisexual y que, por lo pronto, se había olvidado rápido de Patroclo. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

viernes, 7 de abril de 2017

LIBROS - Poesía japonesa: Símbolos e imágenes

Dentro de la producción literaria del Japón –aunque la percepción puede extenderse a todas las culturas orientales—, la que más fascina al lector occidental es la poesía. El origen de ese misterio quizá se encuentre en el abismo conceptual que separa las lógicas de los idiomas de uno y otro hemisferio, polaridad que alcanza su punto más distante en el ámbito de la palabra escrita.
Para la mirada de quien observa desde el otro extremo del mundo, las lenguas orientales intrigan por cierto carácter poético implícito en sus sistemas simbólicos, compuestos no por letras sino por ideogramas que comunican ideas o imágenes complejas en lugar de palabras. La escritora Anna Kazumi Stahl, radicada desde hace muchos años en la Argentina pero nacida en Nueva Orleans, hija de una madre japonesa y un padre estadounidense descendiente de alemanes, aporta una serie de conceptos e ideas que ayudan a salvar esta brecha no exenta de fantasías, aunque de ninguna manera pretende dar respuestas comprensivas absolutas sobre la lengua o la poesía japonesas.
“Muchos críticos e historiadores indican que en sus orígenes la poesía japonesa manifiesta la doble dimensión de una poesía que debe su sistema de escritura más conceptual (el de los ideogramas) a otra lengua (la china)”, dice Kazumi Stahl, confirmando que efectivamente existe un vínculo íntimo entre la lengua, su forma, y las formas poéticas propias del Japón. Pero a su vez, aclara, “la oralidad japonesa de palabras multi-silabicas y términos compuestos” le aporta a esa poética “un natural apoyo en cuestiones de métrica y ritmo de las frases en tiempo real, habladas o cantadas, o susurradas”.
La poesía japonesa suele estar limitada en el imaginario popular a su género más tradicional, el haiku. Aun así tampoco es tanto ni demasiado profundo lo que se conoce sobre este juego poético basado en la brevedad. Para Kazumi Stahl suena lógico que “a muchos en occidente les resulte subjetivamente familiar la idea de haiku como forma de poesía japonesa”, circunstancia que tal vez se deba a su mencionada brevedad “e incluso a su conteo estricto de diecisiete silabas, en un formato de 5-7-5”. Como ocurre con los ideogramas, “los haiku presentan un concepto a través de imágenes concretas, muchas veces de la cotidianidad, y deben incluir una palabra estacional (kigo), que refiere a la naturaleza, y un término que efectúa o invita a un corte (kireji), que se coloca estratégicamente entre dos imágenes o ideas, con el efecto de provocar un pensamiento o revelación especial”.
Asimismo la escritora llama la atención sobre el hecho de que “la brevedad del haiku es casi opuesta al proceso de contemplación y de activo pensamiento que lo incita”. “La práctica poética lleva también a intentar alejar el ego del proceso creativo”, agrega, “y permite que el entorno sea canalizado a través del ser humano, quien traduce momentos de la realidad percibida en forma lingüística.” Sin embargo la producción poética del Japón no se limita al haiku, sino que incluye otras formas de las cuales también es oportuno tener algunas referencias.
“Existe una forma muy elitista de la poesía clásica en japonés (o waka), que irónicamente se ha vuelto la más popular en el periodo contemporáneo”, revela Kazumi Stahl. Se trata del tanka, una forma algo más larga que el haiku organizada a partir de cinco líneas divididas en unidades de 5-7-5-7-7 silabas cada una. “La composición de tanka constituye hoy una práctica poética en las vidas de personas que no se identificarían como poetas”, agrega la escritora, “sino que más bien se trata de un espacio íntimo o de reflexión que cada quien abre en su vida diaria, en el que se destilan vivencias y percepciones propias, volcándolas en esta forma breve”. Y cuenta que “hoy día existen clubes de tanka por todas partes y las personas llevan esta práctica poética como parte de sus vidas personales y comunitarias”.
A este respecto la escritora se permite una observación acerca de cómo estos clubes de tanka funcionan como una alegoría, ya que la práctica poética en grupo que en ellos se desarrolla “revela la característica colectivista de la cultura y de la mentalidad japonesa”. Y cuenta que en el Japón de antaño “hubo otra forma poética colectiva importante, denominada renga”, suerte de cadáver exquisito a la japonesa en el que “dos o más poetas componían un poema largo a través de módulos de extensión breve (de 5-7-5 silabas o de 7-7 silabas) en cadena o en rondas”. El universo de la poesía japonesa va ampliando sus fronteras para los no iniciados.
“Hay otro género llamado jisei, que es el poema formulado antes del momento de irse de la vida”, cuenta Kazumi Stahl y agrega que aunque “hay jisei en la forma de haiku, mayormente responde a la forma de tanka”. La idea de una poesía formulada ante la conciencia de la propia muerte resulta sobrecogedora y la autora de los libros Catástrofes naturales y Flores de un solo día, ambos publicados en la Argentina, revela otros detalles. Cuenta que los poemas jisei se encuentran arraigados en la filosofía budista, que suelen ser escritos por monjes zen o guerreros samurái contemplando la muerte próxima, y que “expresan una toma de conciencia repentina y forzosamente concreta del mundo material y vivencial como, según reza el dogma budista, inconstante, efímero y más allá del control humano”.
Aunque la fantasía occidental haya limitado su conocimiento sobre poesía japonesa al haiku, Kazumi Stahl aclara que “la forma poética kanshi (en chino o en estilo chino) tiene bastante más que ver con el sistema de escritura en ideogramas y también lleva reglas que piden poner atención en las rimas”. Menos popular que las formas relacionadas con la lengua japonesa y la oralidad, la escritora cuenta que el kanshi “se enseñaba en los colegios dentro de la historia literaria antigua hasta mediados del siglo XX”. Su caída en desuso puede ser vista como una de las grandes consecuencias de la Segunda Guerra Mundial sobre la cultura tradicional japonesa. Cuenta la escritora que al terminar la guerra “la ocupación militar estadounidense impuso cambios en las políticas educativas, simplificando y disminuyendo la cantidad y las prácticas más complejas relacionadas con los ideogramas”. El kanshi era una de ellas.
A pesar de la idea de severidad trascendental que vincula al haiku con el pensamiento budista o las corrientes más severas y austeras del zen, Kazumi Stahl agrega que también existen “géneros de la forma poética breve japonesa que se caracterizan por su levedad o ironía acerca de la condición humana, obien por cierto humor”. Y menciona el senryu, forma similar al haiku que lleva el nombre de un poeta de finales del Periodo Edo,“quien escribía poemas en la forma breve pero liberados de las pautas de kigo y kireji, aprovechando dicha soltura para comentar con humor las debilidades humanas”. Un ejemplo: “Sí, muy bonito / ¡Cierra la ventana ya! / Luna invernal.”

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 16 de febrero de 2017

LIBROS - Horacio Quiroga, 80° aniversario de su muerte: Amigos y detractores del hombre de la selva

La lectura de los cuentos de Horacio Quiroga está ligada a las etapas formativas de la mayoría de los argentinos. Varios de ellos son parte del canon con que se educa en literatura a los chicos de este país, que no se limita a los espacios de la enseñanza formal, sino que también abarca a las lecturas que tienen lugar en los ámbitos familiares. No pocos lectores han descubierto a Quiroga a través de los Cuentos de la selva o los de Anaconda, que sus propios padres les leían a la hora de irse a la cama. Y es posible que muchos de esos niños hayan encontrado en los otros cuentos de Quiroga, aquellos oscuros y trágicos incluidos en el libro Cuentos de amor, locura y muerte, la compañía ideal para ese período gótico en la vida de todo ser humano, que es la adolescencia. Es así como este escritor nacido en el Uruguay, hijo de un diplomático argentino y de una aristócrata oriental, ha llegado a convertirse en uno de los escritores más populares de la literatura argentina y rioplatense.
Sin embargo dicha popularidad no se traduce en un consenso entre sus colegas o en el ámbito académico a la hora de elaborar una mirada crítica de su obra, en especial sus narraciones breves, que representan el grueso de la misma. Quiroga es uno de esos casos extraños a los que algunos no dudan en calificar como un maestro, pero al que otros tantos desprecian por torpe o mal escritor. En ese sentido, Quiroga vendría a formar parte del mismo linaje que Roberto Arlt o, más acá en el tiempo, Osvaldo Soriano: la casta de los depreciados. ¿Pero hay algo que conecte literariamente a sus obras? No de manera terminante, aunque puede hablarse de cierta visceralidad intuitiva a la hora de manejar las herramientas del lenguaje y de la prosa, a pesar de que las razones para ello sean distintas en cada caso, igual que los resultados.
Hablando de grietas, entonces, eso es lo que genera la obra de Quiroga: una polaridad que de forma inevitable invita tomar partido. Dentro de sus detractores se encuentra el dúo dinámico de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, quienes siempre manifestaron desprecio por su obra. Cuenta el escritor chileno Alejandro Zambra en uno de sus artículos recopilados en el libro No leer, titulado “Prosa de diccionario”, que Borges afirmaba que el problema de Leopoldo Lugones “era que quería escribir usando todas las palabras del diccionario”. Quiroga y Lugones no sólo fueron grandes amigos, sino que el primero era un gran admirador del cordobés, cuya influencia resultó definitiva durante su adolescencia y juventud varios años antes de que por fin se conocieran. Ese “escribir usando todo el diccionario” también forma parte del estilo de Quiroga, aunque de manera muchísimo más atenuada que en Lugones. Claro que dicha característica puede ser tomada como propia de la estética de una época, en la que escribir significaba más o menos eso para muchos autores: un ejercicio de fetichismo lingüistico. Basta recordar que por entonces tuvo lugar el auge del modernismo –del que Lugones y Quiroga formaron parte—, que con Rubén Darío como máximo exponente llevó el barroquismo poético a uno de sus puntos más altos.
Pero no hace falta utilizar este tipo de carambolas retóricas para poner a Borges a criticar la prosa de Quiroga. En Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, de Fernando Sorrentino (1972), el entonces director de la Biblioteca Nacional lo expresaba de forma terminante: “el valor de los cuentos de Horacio Quiroga […] me parece casi nulo. Creo que Quiroga es una suerte de superstición oriental. […] El estilo me parece deplorable, su imaginación me parece pobre y, además, me sucede [con sus cuentos] que, al leerlos, nunca puedo creer en ellos, y eso es muy grave. […] Quiroga usa palabras como atroz, terrible, estupendo quizá, que corresponden al lector, no al autor. Un escritor muy mediocre, capaz de increíbles torpezas”.
Al otro lado de la grieta, otros grandes escritores colocan al trabajo de Quiroga como cuentista en un lugar de privilegio. En una entrevista incluida en el volumen Escritos periodísticos, Antonio Di Benedetto cuenta que uno de los mejores recuerdos de su infancia es el de leer la revista Leoplán, en cuyas páginas descubrió a Dostoievski, a Quiroga y a Pirandello. Con igual cariño lo recuerda Julio Cortázar. En una carta fechada en Saigón, 17 de septiembre de 1975, le dice a Eduardo Galeano: “Leí ‘Cenizas’, que me pareció excelente. Pensé, y creo que te gustaría saberlo, en lo mejor de Horacio Quiroga, no por semejanzas visibles sino por una atmósfera, quizá la balsa, el río, la gente. Yo lo quiero tanto a Quiroga que me da gusto decirte esto”. Años después, en las charlas recogidas en el libro Clases de Literatura. Berkeley 1980, Cortázar coloca a Quiroga como uno de los grandes maestros del cuento realista, junto con Anton Chéjov y Guy de Maupassant. Por su parte, César Aira le dedica una de las entradas más extensas de su Diccionario de autores latinoamericanos.
Pero tal vez quien ha defendido con mayor empeño la obra de Quiroga sea Abelardo Castillo, otro cuentista emblemático. “Borges, hacia 1970, se limitó a comentar: ‘Quiroga hizo mal lo que Kipling ya había hecho bien’. Bioy Casares no lo juzgó mejor. Sospecho que ninguno de los dos tuvo la cortesía de leerlo con atención”, afirma en su libro Desconsideraciones. Ahí traza un paralelo entre las atmósferas sombrías de los cuentos de Quiroga y su funesta historia personal, repleta de tragedias y muertes: la de su padre durante una cacería; el suicidio de su padrastro; el asesinato accidental de su mejor amigo; el suicidio de su joven primera esposa, madre de sus dos hijos; el accidente de tránsito que le mutila la mano izquierda; la enfermedad que lo lleva a decidir su propio suicidio. La muerte rondaba a Quiroga desde su infancia y Castillo cree que sus cuentos pueden ser vistos como crónicas de la convivencia con el fantasma de la pérdida. Y en el libro Ser escritor, afirma que “no hay casi cuento de Quiroga en el que el protagonista no sea la muerte” y destaca lo que para él es una gran capacidad para la elipsis poética. “Quiroga escribe la palabra desierto, y nosotros leemos selva. […] Dice lacónicamente ruinas, y nosotros reconstruimos las misiones jesuíticas y volvemos a derrumbarlas en nuestra imaginación para que resulten ruinas. La economía verbal de Quiroga, sin embargo, no es sólo una poética, es una óntica. Las cosas aparecen y se manifiestan allí donde no las nombra”.
Por fuera de toda discusión está aquel lugar que sus cuentos se han ganado en el imaginario popular. Sólo por eso, relatos como “El amohadón de plumas”, “A la deriva”, “Los mensú” o “La gallina degollada” son parte irremplazable de nuestra cultura. Y, para no esquivar el bulto, algunos de los mejores cuentos de la literatura argentina y rioplatense.

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 19 de enero de 2017

LIBROS - A 50 años de la muerte de Oliverio Girondo: La revolución poética

No se puede hablar de la poesía argentina de las primeras décadas del siglo XX sin mencionar en un lugar muy destacado a Oliverio Girondo. No se puede hablar de vanguardias ni de personajes extravagantes de la literatura sin recordarlo. No se puede hablar de nada de lo anterior sin hacerlo extensivo a toda la literatura en lengua española, pero ya no de los primeros años sino del siglo completo. Lejos de envejecer o de quedar atornillada a una época, toda su obra poética puede volver a leerse hoy, a 50 años de su muerte, sintiendo las mismas cosquillas que sus versos provocaban a los lectores hace casi un siglo atrás, cuando publicó su primer libro, 20 poemas para ser leídos en el tranvía (1922), un trabajo tan revolucionario que es imposible encontrarle un par. Porque Girondo fue un revolucionario de la lengua en el más estricto de los sentidos, un escritor que primero puso al español patas para arriba y después se dedicó a reordenarlo según su propio gusto.
Volver sobre 20 poemas en 2017 es una experiencia que no perdió ni el encanto ni el espíritu juguetón con que Girondo lo compuso. La mayoría de sus textos no se corresponden con el formato de versos y estrofas de la poesía clásica, sino que fluyen sobe el torrente de la prosa poética, aunque el estilo narrativo se percibe incluso en las composiciones versificadas. Y el español ya comienza a ser utilizado pensándolo antes de manera sonora que atendiendo a la tiranía del diccionario. Un desapego por la concordancia entre significado y significante que con el devenir de su obra Girondo iría llevando al extremo, hasta llegar a En la masmédula (1953), non plus ultra de la desarticulación y rearticulación de la palabra y el lenguaje en busca resonancias disruptivas, tanto en las formas como en el sentido.
Para entender que tan explosivo puede haber resultado 20 poemas, libro al que enseguida se le sumó la edición de Calcomanías (1925), alcanza con extender sobre la mesa el mapa de la poesía argentina de la época y confirmar que Oliverio estaba varios cuerpos delante de cualquiera. La poesía de Enrique Banchs, por ejemplo, escrita con estricto apego por recursos y estructuras clásicas como la rima o el soneto, parece haber sido creada con varias décadas de historia estética de diferencia respecto de los 20 poemas. Sin embargo Banchs era apenas tres años mayor que Girondo (aunque es cierto que para 1922 hacía más de 10 que ya había publicado su obra completa, para abandonar la literatura hasta su muerte en 1968). Comparar a dos escritores que han dado algunas de las páginas más destacadas de la poesía argentina y cuyas producciones representan dos miradas estéticas tan diversas, puede resultar odioso. Pero el ejercicio sirve para notar el abismo que separaba a Girondo del resto:

Texto A) “Hospitalario y fiel en su reflejo/ donde a ser apariencia se acostumbra/ el material vivir, está el espejo/ como un claro de luna en la penumbra.”
(Primera estrofa del soneto 59, incluido en el último libro de Banchs, La urna, de 1911.)

Texto B) “A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.”
(Fragmento de “Nocturno”, uno de los 20 poemas para ser leídos en el tranvía.)

A pesar de su brevedad, la diferencia entre ambos registros es elocuente y parece mucho mayor a los 11 años que en realidad los separan. Es posible pensar que Banchs era un escritor demasiado clásico, incluso para su época, y es cierto. Pero como se verá, no es esa la razón para explicar ese abismo: lo que ocurre en realidad es que Girondo escribía desde el futuro.
El mismo ejercicio podría realizarse con Alfonsina Storni, nacida en 1892 y un año menor que Girondo, quien en 1920 publicaba Languidez, en el que también combina algunas formas tradicionales, como tercetos y sonetos estrictamente rimados, con otros que, siendo más libres, tampoco se apartan demasiado de la rigidez de lo clásico. El resultado sería más o menos el mismo. Pero la comprobación definitiva de la modernidad de la obra de Girondo resulta de su cotejo con la de Leopoldo Lugones, que por entonces ya detentaba la corona de Poeta Nacional. La comparación era pertinente en aquel momento, porque Lugones se había convertido en el metro patrón de la poesía argentina y por esa misma razón sigue siendo válida hoy.
En 1922 Lugones publica Las horas doradas, otro de sus acostumbrados monumentos poéticos que representa todo lo contrario de lo que vino a proponer el trabajo de Girondo. Y mientras releer a Lugones hoy puede resultar arduo y hasta tedioso, volver a leer a Oliverio sigue siendo una fiesta. Hagan el siguiente experimento: lean primero “El dorador” (o al menos inténtenlo), el poema de 27 estrofas de cuatro versos endecasílabos cada una, con estricta rima consonante del tipo ABAB, que abre ese libro de Lugones. Luego lean “Exvoto”, el extraordinario texto que Girondo le dedica a las chicas de Flores, y podrán comprobar ustedes mismos cuál es el tamaño de la brecha que separa a la poesía de Oliverio de todo lo que se escribía entonces.
 La diferencia con Lugones es radical y no se limita a una cuestión de formas, sino que también son distintos sus temas y ambiciones. Tal vez no pueda entenderse a Girondo sin el antecedente de Lugones. Mientras el autor de La hora de la espada se arrogaba el papel de guardián de lo sublime y escribía para la posteridad, con pretensión épica y el objetivo de labrar su nombre sobre el bronce (y buena parte de su vida la dedicó a la tarea de construir su propio pedestal), la idea que Girondo tenía de la poesía era la opuesta. En el texto que sirve de prólogo a 20 poemas –“Carta abierta a ‘La Púa’”—, el poeta no se declara amanuense de las altas musas sino que, por el contrario, afirma que los suyos son poemas que cualquiera encuentra “tirados en medio de la calle” y que él los “recoge como quien junta puchos en la vereda”. Enseguida agrega con humor: “Yo no tengo, ni deseo tener, sangre de estatua. Yo no pretendo sufrir la humillación de los gorriones”. Y lejos de ambicionar los grandes temas, reclama para sí el universo de lo cotidiano, al que define como “una manifestación admirable y modesta de lo absurdo”. De hallar esas perlas de lo admirablemente absurdo entre los pliegues de la realidad más pedestre, es de lo que se ocupó Girondo en sus 20 poemas. Que por otra parte no fueron escritos para ser leídos ni en los claustros de la academia, ni en las salas mudas de las bibliotecas, ni en los cenáculos privados de la alta poesía, sino en los asientos de un tranvía, un tren o un colectivo. Lo que habita en sus páginas no es muy distinto de lo que cualquiera puede ver por las ventanillas durante el viaje, pero solamente pudo haberlo escrito un viajero del tiempo como Oliverio Girondo. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 5 de enero de 2017

LIBROS - Vacaciones en la literatura: Una habitación oscura para el retorno de lo reprimido

En contra de los sindicatos que lucharon para imponerlas como un derecho para todos los trabajadores, la literatura no parece encontrarle el lado bueno a las vacaciones. Mientras para el común de los mortales estas equivalen a una mezcla de alegría trivial con una ilusión de descanso reparador, los escritores no ven en ellas otra cosa que miseria, dolor y tragedia. Eso no significa que estén en contra del derecho a descansar ni que se opongan al concepto mismo de las vacaciones. De hecho en una rápida recorrida por Internet se pueden encontrar fotografías playeras de autores eminentes. Pero a la hora de escribir, el escenario de las vacaciones difícilmente sea el elegido para contar historias ligeras o felices.
No se intenta desde aquí convertir a semejante afirmación en una verdad absoluta, más bien lo contrario. Se trata de una afirmación por completo arbitraria, de un razonamiento que cualquier profesor de lógica desecharía enseguida por falaz. Apenas una provocación que partiendo del escaso universo de cuatro obras (dos cuentos y dos novelas), se permite defender una teoría por demás discutible. Sin embargo no es una provocación gratuita, porque se apoya sobre cuatro obras cuyo peso específico la justifican y permiten que por lo menos deba ser tomada en cuenta. Al mismo tiempo demanda que quien desee refutarla deba tomarse el trabajo de conseguir otros cuatro textos de valor equivalente, que sirvan para sostener la idea contraria.
Si las vacaciones tal como se las conoce hoy son un invento consolidado por las sociedades de posguerra a partir de la idea keynesiana del Estado de Bienestar, nada mejor que recurrir a la literatura de la época para ver de qué modo se las representó en aquel entonces. Y en particular a las letras de los EE.UU., en donde el New Deal y el triunfalismo de la Segunda Guerra Mundial hicieron surgir esa sociedad idealizada del confort hogareño, bajo cuya alfombra se barrieron las esquirlas del horror. Todo eso aparece retratado con precisión en “Un día perfecto para el pez banana”, primero de los Nueve Cuentos (1948) de J. D. Salinger.
El relato se divide en tres actos, que en lugar de ser identificados como introducción, nudo y desenlace bien podrían ser llamados advertencia, temor y tragedia. Advertencia: Muriel es una jovencita que está de vacaciones en un hotel de Florida y habla por teléfono con su mamá. La señora le pregunta con desesperación cómo está y si Seymour, el novio de Muriel, se ha portado bien. Muriel minimiza las preocupaciones de mamá, pero la mujer insiste y aunque nunca termina de decir nada en concreto, el lector sospecha que algo no anda bien en la cabeza de Seymour, quien hace poco regresó del frente de batalla. Temor: Sybil es una nena de 5 años. Su madre la deja sola en la playa para ir hasta el hotel por un trago y ella entonces se va a buscar a Seymour, que está solo tomando sol. A pesar de ser un adulto y una niña, ellos hablan como amigos y Sybil le hace una escenita de celos porque anoche permitió que otra nenita de 3 años se sentara junto a él en el piano del hotel. Él le propone ir al mar a pescar un pez banana. La niña no sabe qué es eso y la explicación de Seymour es vaga. Mientras juegan con las olas, ella exclama que acaba de ver un pez banana. Él besa un pie de la niña y ella se sobresalta. Enseguida vuelven a la playa y se despiden. Tragedia: Seymour discute en el ascensor del hotel con una mujer porque cree que esta le mira los pies con disimulo. Cuando llega al cuarto y encuentra a Muriel dormida, Seymour se sienta en la cama y se pega un tiro.
En 1951 John Cheever publica “Adiós, hermano mío”, drama familiar con tintes autobiográficos. Los Pommeroy pasan todas sus vacaciones en la casa que tienen en una isla balnearia. Este verano volverá Lawrence, el hermano menor a quien hace muchos años dejaron de ver. Aunque lo reciben con cariño, enseguida queda claro que Lawrence opone resistencia y que la alegría de su madre y sus tres hermanos mayores al verlo es apenas un simulacro. El cuento está narrado por uno de los hermanos, quien al describir el vínculo de la familia con Lawrence oscila entre el desprecio y la culpa. El narrador trata de congraciarse con él, pero sólo recibe desplantes y quejas que se remontan a la infancia. Cheever realiza un retrato vívido de la decadencia y la pretensión aristocrática de los Pommeroy y utiliza el conflicto para llegar hasta el origen puritano de los ancestros familiares, que son también la raíz cultural de los EE.UU. Durante una caminata por la playa el narrador intenta una vez más reconciliarse con Lawrence, aunque en realidad pretende que sea él quien renuncie a sus recelos contra todos, cuando está claro que son los demás quienes han convertido al más chico en una especie de cálculo en el riñón familiar que tarde o temprano debe ser expulsado. Algo que ocurrirá cuando Lawrence repudie a su hermano y este le pegue por la espalda un palazo en la cabeza. Lawrence regresa al continente con su mujer e hijos y el resto de los Pommeroy se queda en la isla, una burbuja en la que el tiempo familiar parece detenerse para siempre.
Pero no hace falta quedarse en EE.UU. para comprobar que para la literatura las vacaciones son una habitación oscura donde lo reprimido se manifiesta con la fuerza de lo trágico. De hecho pueden ser igual de siniestras para los autores europeos. Vean sino lo que le ocurre a Gustav von Aschenbach cuando decide irse a veranear a Italia, en Muerte en Venecia (1912) del alemán Thomas Mann; o a los alumnos de una escuela inglesa cuyo avión se estrella en una isla desierta en El señor de las moscas (1954), de William Golding. En la primera de estas dos novelas un escritor decide alejarse de la decadencia urbana para ir en busca de una belleza purificadora y termina enamorándose secretamente de un adolescente enfermizo, en medio de un brote de cólera que comienza a asolar a la ciudad de los canales. La atmósfera de amenaza creciente domina un relato que puede ser leído como metáfora de la crisis de valores de la decrépita sociedad victoriana, que dos años más tarde enfrentaría su definitiva crisis política con el comienzo de la Primera Guerra. La novela de Goldwin en cambio aprovecha para esbozar una crítica de las estructuras de la sociedad moderna, a partir del modo en que este grupo de chicos las recrean en su primitiva forma de organizarse para sobrevivir en la isla. Los violentos conflictos de poder que el novelista inglés hace surgir entre las facciones de niños parecen salidos de un experimento social y su concepto se adelanta unos cuantos años a experimentos reales como el de la Cárcel de Stanford, realizado en la universidad de esa ciudad y sobre el que se hicieron varias películas.
Conclusión: en vacaciones es mejor leer libros que protagonizarlos y no es mala idea empezar por estos cuatro.  

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

jueves, 8 de diciembre de 2016

LIBROS - Autobiografías elípticas: La literatura es un diario de vida

“La gente me pregunta continuamente por qué no escribo mi propia biografía. Yo respondo que mi biografía no resulta para nada interesante. Jamás he matado a nadie. Nunca me ha sucedido nada extraordinario”. Quien se disculpa ante la obligación autobiográfica que al parecer intentaban imponerle sus propios lectores, no es otro que George Bernard Shaw, uno de los genios más longevos de la historia de la literatura y de quien puede suponerse, en contra de su propia afirmación, que en sus 94 años de vida debían abundar las historias interesantes. A nadie se le escapa que en su excusa hay algo de picardía, humor y sobre todo una buena dosis de ironía, ya que la frase pertenece al libro Dieciséis esbozos de mí mismo. Autobiografía crítica de, por supuesto, Bernard Shaw, y con ella abre el segundo capítulo, titulado “Mis disculpas por este libro”. Queda claro que no se trata de un texto biográfico convencional –como nada en la obra de Shaw lo es—, sino de una serie de textos sueltos que abordan distintos aspectos de su propia vida. Por empezar, dichos escritos no son 16 como indica falsamente el título, sino 17. Esa es la primera prueba irrefutable de la voluntad de Shaw de no ceder a la tentación de una autobiografía rígida, de esas que se adhieren a la cronología como un parásito a su anfitrión.
Shaw no se detiene: “No he vivido aventuras heroicas. No me han ocurrido cosas. Por el contrario, soy yo quien ha ocurrido a las cosas. Y todos mis acontecimientos han tomado forma de libros y obras de teatro. Leedlos, presenciadlas y conoceréis toda mi historia”. Con astucia, el ganador del Premio Nobel de Literatura en 1925 aprovecha el formato autobiográfico para ampliar dicha condición a toda su obra. Lo interesante de este desplazamiento es que no se limita a su propio caso, sino que lo hace extensivo a cualquier otro gran escritor. “Las mejores autobiografías son confesiones”, escribe Shaw en el párrafo siguiente. “Pero si un hombre es un escritor profundo, entonces todas su obras son confesiones”, concluye. Según este razonamiento la mejor autobiografía de un hombre de letras, la más fiel, sería aquella que se cuela entre los resquicios de su obra. A partir de esta lección que el escritor irlandés entrega como al pasar, es más fácil entender aquel “Madame Bovary soy yo”, pronunciado por Gustave Flaubert acerca de su obra más popular, o permitirse imaginar al propio Marcel Proust yendo En busca del tiempo perdido. O terminar de reconocer los rasgos de Jorge Luis Borges en el perfil de un afiebrado Juan Dahlmann que va abriéndose camino hacia el sur.
Dieciséis esbozos de mí mismo es un libro extraordinario, en el que Shaw aprovecha el pretexto de su vida para, entre otras cosas, seguir peleándose con sus adversarios de siempre (H.G. Wells; G.K. Chesterton; Winston Churchill) y rendirle culto a quienes admiraba (en particular a Oscar Wilde), llevando hasta ahí su voluntad de reputado polemista. Y siempre sin perder ni la elegancia ni la compostura, ni el filo mordaz con el que siempre expresó su particular cosmovisión. Es decir, podría escribirse una nota completa sólo sobre este libro. Sin embargo la idea es aprovechar su carácter anómalo dentro del género autobiográfico, para extenderse sobre otras formas tangenciales o indirectas con las que cuenta un escritor a la hora de escribir sobre su propia vida.
Uno de los procedimientos autobiográficos más naturales y a la vez más ricos para el lector, es el de los diarios personales. La principal virtud de este tipo de textos, cuando fueron concebidos de forma genuina, es que originalmente no han sido escritos para ser publicados y por eso en sus páginas el autor se siente habilitado a incluir ciertas infidencias y confidencias que por lo general están ausentes en las autobiografías convencionales. Claro que este tipo de relatos suele demandar algún criterio curatorial previo a su publicación, que suele estar guiado en primer lugar por el pudor. Algo de eso se intuye en la decisión de Ricardo Piglia de editar sus diarios personales bajo el título de Los diarios de Emilio Renzi, utilizando la máscara de su conocido alter ego literario para esfumar sus propios relatos de vida. El juego de Piglia cierra el círculo autorreferencial cuando se sabe (y lo sabe todo el mundo) que Emilio es el segundo nombre del escritor y Renzi su apellido materno.
El pudor es también lo que impulsó al impúdico Adolfo Bioy Casares a imponer una cláusula especial a la publicación de sus diarios personales: que sólo se lo hiciera después de su muerte. En virtud de las ingeniosas “maldades” que Bioy y sus amigos (sobre todo Borges) le dedican a la mayoría de sus contemporáneos, es posible comprender por qué el autor no quería estar presente cuando todo aquello tomara estado público. Aunque en la decisión de editarlo de todas formas también se manifiesta cierta vocación egomaníaca: la certeza de que la publicación post mortem llevaría a que su reconocida mordacidad sobreviviera a su desaparición física. Tanto Descanso de caminantes como el Borges, los dos kilométricos volúmenes publicados cuyo contenido fue extraído de los diarios personales de Bioy, son ejemplos inmejorables de la corporización de un poder literario que suele estar ausente en las autobiografías escritas a reglamento.
Otra forma velada de la autobiografía muy de moda dentro de la literatura contemporánea son las novelas sobre padres y madres. Los ejemplos abundan: Papá, de Federico Jeanmarie; También esto pasará, de Milena Busquets; El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza; Una muchacha muy bella, de Julián López; Hacete hombre, de Gonzalo Garcés; Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan y un largo etcétera. En todos ellos, cada uno con su tono y particularidades, la figura paterna/materna es utilizada como metro patrón para definir los límites del territorio del propio yo. Y en cada uno el recurso de la ficción vuelve a servir como vehículo para llevar el relato mucho más allá de lo meramente biográfico, liberándolo del (o al menos aligerando el) incómodo lastre del ego. Cómo se ve, no es necesario que un libro lleve impreso en la tapa el rótulo que consigna su carácter de autobiografía para que en efecto lo sea, al menos de un modo parcial. Tampoco alcanza con la presencia de dicha etiqueta para convertir en una a cualquiera que presuma de serlo; es bien sabido que muchas de ellas incluso han sido escritas por interpósito ghostwriter. Lo importante que un escritor tiene para decir, incluso de sí mismo, se encuentra siempre en el conjunto de su obra. Lo otro tal vez sea apenas un impulso exhibicionista que encuentra su complemento ideal en el voyeurismo del lector. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.
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