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domingo, 15 de abril de 2007

CINE - Acerca de Babel, Alejandro González Iñárritu: Cuando complicado no es lo mismo que complejo

Durante la primera mitad de los ´90, Robert Altman y Quentin Tarantino estrenaron respectivamente Ciudad de ángeles (Short cuts, 1993, con guión basado en textos de Raymond Carver) y Tiempos violentos (Pulp fiction, 1994). Con ellas impusieron un nuevo género para la narración cinematográfica: el de las historias múltiples y aparentemente inconexas, que a partir de un hecho que las enhebra de manera fortuita a primeras vistas, permite a posteriori, como un deshecho nudo gordiano, acceder a una nueva lectura de esas historias, e incluso a una visión global de todas ellas. A las narradas en este estilo se les ha dado el nombre genérico, a falta de uno mejor, de “películas corales”, por su similitud con la variedad de las voces dentro de un coro; nada que ver con arrecifes de coral ni con nada relativo al mar (aunque se sabe que no pocos espectadores han muerto ahogados en las aguas de confusión que algunas de estas películas proponen).
El estilo parece estar viviendo su hora dorada en Hollywood. Prueba de ellos son los éxitos de Crash, vidas cruzadas, última ganadora del Oscar a la mejor película (Crash, 2004, guión y dirección de Paul Haggis, también guionista de las mitades complementarias acerca de la batalla de Iwo Jima, ideadas por Clint Eastwood), y Babel (2006, del ahora prestigioso mexicano Alejandro González Iñárritu), reciente ganadora del Globo de Oro a la mejor película dramática, y también nominada a mejor película por la academia norteamericana, premio para el que además suena como fuerte candidata. Lo curioso es que ambas son películas notablemente inferiores a las fundacionales Tiempos violentos y Ciudad de ángeles, que no obtuvieron ninguno de esos premios. Cómo estará de bien visto el recurso “coral”, que hasta películas menores en género y calidad se atreven a esbozarlo burdamente, como la reciente y reiterativa El grito 2 (The grudge 2, 2006, de Takashi Shimizu), sólo consiguiendo contribuir a su degradación.
Que la exitosa Babel, por caso, sea otra de esas películas corales podría ser un dato más, si no fuera porque las dos anteriores del mismo director también lo son. Amores perros (2000), su ópera prima, y 21 gramos (2003), que marcó su debut en la industria norteamericana, no sólo comparten con Babel el estilo narrativo, sino que también coinciden en los argumentos melodramáticos; en un subrayado retrato costumbrista; en un recargado tono moralizante; en los ambientes multi sociales y culturales y en la facilidad para el golpe bajo previsible, todos ellos tópicos que en Babel llegan al extremo universal. Es que, ahora se sabe, esta película funciona como final de una trilogía, otro lugar común. Un argumento que aparece como la excusa perfecta con la que la disuelta dupla integrada hasta ahora por el guionista Guillermo Arriaga y el mismo Gonzáles Iñárritu, intenta encubrir su falta de pericia para encontrarle la vuelta a un recurso que ya en 21 gramos mostraba varias perforaciones importantes debajo de su línea de flotación.
Sin embargo, no es el de los tres films de Iñárritu el único caso en que estas repeticiones pueden comprobarse. La recientemente estrenada Secretos íntimos, de Todd Field (Little Children, 2006), también candidata al Globo de Oro en el mismo rubro de Babel y cuya posibilidad de ser también nominada a los Oscar se mantuvo hasta último momento, utiliza como ejes para sus historias a la soledad, las frustraciones de matrimonios en baja, los conflictos que generan algunos deseos, y sus intentos de represión; síntomas de la neurosis de la clase media burguesa de cualquier gran ciudad del mundo occidental. Temas que, sin embargo, ya habían sido abordados de manera más venal y efectiva -pero ocho años antes- en Felicidad de Todd Solondz (Happiness, 1998), que sin ser una obra maestra, al menos no cae en el facilismo de compadecerse, juzgar y, mucho peor todavía, culpar y castigar a sus personajes. El colmo de la repetición entre estas dos películas es la inclusión de personajes pedófilos y varias escenas de masturbación masculina. ¡Alcoyana, Alcoyana!
Otro caso notable del prestigio que otorga la utilización de la técnica coral y de las consecuencias de su abuso, es el del director Paul Thomas Anderson, quien después de una muy buena película como la no particularmente coral Noches de Placer (Boogie Nights, 1997), se sumó a la tendencia con Magnolia (Idem, 1999), una película todavía entretenida y, en menor medida, efectiva, pero en la cual abusa del melodrama y de los estereotipos y lugares comunes (la prostituta en busca de redención; el hombre exitoso que no puede ser feliz; el homosexual frustrado; el policía tierno; y así). 
Pero más vale volver atrás y tomar el caso de Babel, el más fresco, para intentar demostrar que no todo es negativo en estás películas. Por suerte… o no tanta suerte. Porque si había un acierto de González Iñárritu en el título de su película, que alude al relato bíblico en que dios impone al hombre los idiomas como castigo a la pretensión altanera de intentar alcanzarlo de un modo profano, enseguida abusa de su éxito al pretender utilizar su ocurrencia para demostrar que en cualquier rincón del mundo, el dolor es capaz de igualar lo que la cultura, la política y la economía se empecinan en discriminar. Metáfora eficaz sólo a medias: cualquiera sabe que en Marruecos (o en Iraq, o en el Chaco) no aterriza un helicóptero para salvar la vida de cada esposa moribunda.
Esas cosas sólo pueden pasarle a Brad Pitt.

(Artículo publicado originalmente en revista Tólbac)

martes, 5 de septiembre de 2006

CINE - Las tortugas también vuelan (Turtles can fly), de Bahman Ghobadi: El día que las vacas vuelen

Las diversas manifestaciones del arte representan verdaderos desafíos que de diferentes modos ponen a prueba al espectador. Desde lo estético, o desde lo ético. Y la co- producción irano- iraquí, Las tortugas también vuelan, es un gran ejemplo en ambos sentidos.
La película comienza en un campamento de refugiados iraquíes, en la frontera con Turquía, algunas semanas antes de que estalle la guerra entre Iraq y Estados Unidos. Su protagonista es Satélite, un adolescente que carga con el rol de proteger a los niños del campamento, y de hacer algunos trabajos para los adultos, entre quienes tiene muy buena reputación. La principal actividad de esos adultos consiste en intentar conseguir noticias acerca de la guerra en los canales extranjeros, casi todos prohibidos para el Islam.
La mayoría de los chicos son huérfanos, y muchos de ellos cargan en sus cuerpos los horrores de la guerra. Satélite se encarga de organizarlos para recuperar minas explosivas que luego venden, o para juntar casquillos de balas de cañón a cambio de pequeñas sumas de dinero. De alguna manera, Satélite les proporciona a sus chicos pequeñas excusas para seguir vivos.
La llegada de tres hermanos huérfanos al campamento, desacomoda la rutina de los chicos del campamento. En el mayor de los hermanos, un chico sin brazos con gran habilidad para recuperar minas y para lanzar certeras predicciones, Satélite ve peligrar su liderazgo. Y en la niña, quien carga todo el día con el hermanito menor, la excusa para un amor tan inocente como verdadero.
El cine ha visto a la guerra desde ángulos muy distintos, y sin embargo parece que no hubiera mostrado nada; que aun en películas que retratan distintos conflictos, diversos escenarios y enemigos, sólo existe una manera única de presentar a la guerra: la forma solapada, leve y circunstancial del cine norteamericano. Y no es que no haya películas de guerra fuera de los Estados Unidos (sin ir más lejos, la industria vernácula ha dado algunos ejemplos de cine bélico), o que nadie haya intentado abordar el tema de un modo más visceral. Pero en casi todos los casos, los filmes de guerra acaban convertidos en relatos de acción o en anécdotas personales, tan detenidas en la realidad que, ya con dificultad, apenas conmueven.
Hoy, la guerra no es más que una de las tantas formas de entretenerse un par de horas en una sala oscura, solo o acompañado. O, menos todavía, un suelto en los noticieros de la noche.
Las tortugas también vuelan es una película de guerra, no hay dudas. Pero su fortaleza no reside en esta cuestión de género, sino en una capacidad poco común para valerse de un lenguaje de símbolos y metáforas, sin que esto actúe como una distracción, ni como una forma de aligerar el retrato hiper realista que rueda y nos azota en primer plano.
Aunque es cierto que a primera impresión puede parecer una película realista y nada más, resulta bastante más que eso. Si sólo fuera realismo lo que Las tortugas también vuelan propone, sería un documental. Y aunque está compuesta por muchas escenas que rozan lo documental, lo notable de la película es que no lo es. Es drama, en el sentido artístico de la acción. Esto es ficción, aunque se hable de la realidad, y se cuestiona, en carne viva, cuál es la frontera inconsciente entre lo real y lo soportable.
Y en ese ser ficción es donde la película se vuelve maravillosa, incluso en el dolor. Porque mientras esa representación de la realidad aparece de forma primaria y superficial, el elemento fantástico se mete como una cuña, abriendo posibilidades que nos permiten ir más allá. Eso se llama poesía: dura, dolorosa, que llega hasta la médula como un alambre al rojo vivo pinchándonos las pupilas.
El manejo escénico de esta película, poco dado a la truculencia, casi antiguo, logra alinearse ética y estéticamente con el aspecto miserable de esos chicos, que vestidos con ropas gastadas y más de veinte años pasadas de moda, no hacen más que recordar que la pena y la pobreza no están tan lejos; que basta andar la noche en las estaciones de Once o Constitución, para encontrar lejos de aquella guerra, el mismo hambre, igual dolor.
Y tal vez desde ese lugar pueda encontrarse un sentido al extraño título de la película (auque el usado en inglés, Turtles can fly, Las tortugas pueden volar, es quizá una versión más eficaz). Es que ese título no es más que una expresión que se permite desalentar toda esperanza de que situaciones como la guerra o la miseria, o cualquier infamia, tengan alguna vez un final. Una desilusión que encaja a la perfección con la escena final, en la que dos de los chicos ven llegar al ejercito norteamericano. Pero ya no como los mensajeros del mundo soñado que los EEUU representan en las fantasías de Satélite, quien dentro del universo de la película representa la nueva generación que inocentemente se abre a Occidente (en ese contexto, es maravillosa la escena en que el chico conecta la televisión y se queda mirando el Fashion TV, mientras los viejos dan vuelta la cara), sino como una plaga que arrasa con el amor, con la propia tierra y en definitiva, con la realidad, y con los sueños y la inocencia de esos chicos que son forzados a convivir con el dolor propio, muy al margen de las prioridades del American Way of Life.
Una expresión muy porteña permite hacer otra analogía con el formidable título de esta película: la guerra (y otras pestes artificiales) van a dejar de existir… el día que las vacas vuelen.
Claro que en Iraq, las vacas no son lo que sobra.


(Reorganización de críticas publicadas originalmente en argenteam.net y revista Tólbac)

CINE: Nominado para dejar la Academia ®

Años atrás, era muy común que el gran público esperara con ansiedad la noche de los Oscars ®, porque en ella, decían, se definían cuestiones estéticas inherentes a la actualidad y el progreso del cine, y por qué no, del arte todo.

Hoy en día, hay quien sospecha que la intención de los Premios de la Academia ® no es la de recompensar la excelencia artística, sino la de sugerir a los futuros aspirantes una línea de comportamiento esperable en ellos.

Así, con cada nueva edición de este bendito ritual, entra en vigencia una nueva coordenada que divide lo que es políticamente correcto, de aquello que es subversivo para la industria del cine. Este criterio puede variar en el transcurso de un lapso de tiempo no necesariamente largo, incluso hasta la incoherencia. Veamos…

En Marzo de 2002, hubo el record histórico de dos (2) actores de color (de color negro, claro) nominados en el rubro mejor protagónico masculino. Will Smith por su personificación de un negro convertido al Islam (Muhamad Alí), y Denzel Washington, por interpretar a un policía corrupto (es decir, corrupto además de negro; ¿se entiende, no?). Y como si esa no fuera muestra suficiente de amplitud, ¡uno de ellos hasta se llevó la estatuilla!
[1] En atención a que para ese entonces dos aviones se habían estrellado contra el sueño de la invulnerabilidad norteamericana[2], a que George Bush (h) ya había enviado hacia Iraq a sus Cazafantasmas, y a que el sub grupo islámico es uno de los más conflictivos dentro de la minoría negra en EEUU, podemos coincidir en que estas nominaciones y este premio proponía un mensaje de unidad, claro y definitivo, dirigido al posible enemigo interior: “Incluso los negros, todos somos norteamericanos; y Norteamérica es la tierra de la libertad y las oportunidades, bro”.

Doce meses más tarde, cuando los que dudaban de la buena fe de Jorge Doblevé ya eran un grupo más numeroso, la premiada en el rubro mejor película del año 2002, resultó ser el musical Chicago. El mensaje de la Academia ® había sufrido una pequeña variante, dando un paso más hacia la derecha: “No pienses: ¡CALLATE Y BAILÁ!”.

A cinco años del 9/11 y reelección mediante, los académicos, cada vez más dispuestos a sorprendernos, se descolgaron esta vez con nominaciones de una tendencia tan descarada, que cualquiera puede leer en ellas (sin necesidad de subtítulos), la siguiente consigna: “Ahora que todo es demasiado obvio, mejor nos hacemos los progre, haber si quedamos pegados”.
Y nos encontramos con películas que parecen producidas por una facción anti- republicana. Las nominadas son:

Secreto en la montaña es una historia de amor homosexual entre dos Cow Boys. En principio, era la gran favorita a ganar en este rubro. El dato curioso: no olvidar que Ronald Reagan, ex presidente e ícono republicano, y antecedente lógico del actual gobierno, se hizo famoso como actor interpretando (muy malamente) papeles de vaquero duro.

Capote, o “de cómo un escritor homosexual consigue su mejor libro a partir de métodos de dudosa ética”, no sólo propone enfrentarse a la incomodidad que provocaba en EEUU un personaje tan frívolo y amanerado como Truman, sino que plantea la infantil hipótesis (por lo obvio) de que la sociedad norteamericana está dividida en un sistema de castas infranqueables, no muy alejado del que conocemos en la India.

Crash: Vidas cruzadas, un retrato anacrónico de los conflictos raciales en los EEUU, que hubiera sido realmente valiente en aquellos años en que unos cuantos policías blancos apalearon a Rodney King (1991) y la ciudad de Los Angeles se volvió una hoguera (1992).

Munich es una de esas películas en las que nuestro amigo Esteban Espílber trata de decirnos algo serio (alguien tendría que recordarle que toda película debería intentarlo; pero habiendo visto La Terminal, parece difícil que alguna vez lo entienda). Esta vez se trata de la recreación del asesinato de un grupo de deportistas israelíes a manos de un comando árabe, durante los juegos olímpicos de 1972, y que tal vez pretenda ser una metáfora que alude directamente a la situación actual en el Middle East.

Por último, Buenas noches y buena suerte: un juego de ingenio que busca igualar la paranoia anticomunista que el senador McCarthy desató a mediados de los años ´50, con la actual administración Bush.

Como vemos, cada nominada se mete con alguno de los temas que históricamente han sido una incomodidad y/o motivo de conflictos para los gobiernos republicanos: racismo, homosexualidad, Medio Oriente, censura, persecución política. Sólo faltan Cuba, la inmigración ilegal y estamos todos.

Si la intención de estas nominaciones era ser críticos con el gobierno actual, lo más lógico hubiera sido premiar a Buenas noches y buena suerte, la más directa de las cinco en eso de pegarle al presidente. Si lo importante era promover la integración y un vínculo de mayor tolerancia con una de las minorías más atacadas y escondidas de cualquier sociedad, incluyendo la norteamericana, hubiera sido justo premiar a Secreto en la montaña. Si lo que se quería era llamar la atención sobre el conflicto con el mundo islámico, el premio debió ser para Munich. De las cinco opciones, la menos conflictiva era premiar el alegato antirracista de Vidas Cruzadas. Después de todo, hoy en día hasta los negros se pueden ganar un Oscar ®.

Ahora, si lo importante era destacar a la mejor película del año 2005 como hecho artístico independiente de las cuestiones políticas, tal vez una utopía imposible e innecesaria, tal vez las nominadas debieran haber sido otras. Digo… ¿no?

[1] La expresión “se llevó la estatuilla”, no pretende insinuar que se la llevó como lo haría un ladrón, sino que fue elegido ganador; los miembros de la academia no tuvieron mas remedio que permitir que el susodicho negro se fuera con el premio a su casa. ¡Un negro! Cosas que no pasaban cuando John Wayne o Frank Sinatra estaban vivos.

[2] Casualidades o no, el mismo Denzel (el negro en cuestión) ya había interpretado, cuatro años antes, a un agente FBI involucrado en el caso de una toma de rehenes que también termina mal, en el centro mismo de New York. ¡Wow!

(Artículo publicado originalmente en revista Tólbac)

CINE: ¡Si Shakespeare se levantara!

En el imperdible número de fin de año de la revista Tólbac, esta columna cerraba de forma muy conveniente, con un interrogante que pretendía ser irónico: ¿para cuándo una buena película argentina? Lejos de ser exitoso, y fiel al precepto improbable que jura que “nada es tan bueno que no merezca ser arruinado”, aquél artículo no podía tener un cierre menos feliz.

Si nadie se opone, los invito a entrar en el chiquero de una vez por todas.

Sería una mentira afirmar que las buenas películas nacionales son como Papá Noél, o como la Revolución Productiva del menemismo; sin embargo tampoco podemos confiar en lo que los propios involucrados dicen acerca de nuestras pantallas, la chica y la grande. Suelen leerse por ahí disparates como “nuestros actores son lo mejor que tenemos” o “comparada con otras, la televisión argentina es excelente”.

Mentiras. Aunque no viene al caso, no está de más confirmar que nuestra televisión es una porquería, y en cuanto a los actores que ahí se incuban, el 92% de ellos - un porcentaje estimado más o menos a ojo - debería agradecerle a Alá cada mañana haber nacido absurdamente alineados al patrón de belleza vigente, detalle sin el cual estarían trabajando de repositores en un supermercado chino o redactando memos en un banco, como tanta gente de verás decente. Por no hablar de productores, grotescos remedos de rey Midas, promoviendo incesantes y violentos accesos al vejado recto del arte por unos cuantos denarios, que ya mismo quisiera uno mismo empezar a cobrar.

Pero dejemos que del asunto de la televisión se encarguen la TV Guía o Jorge Rial, y tomemos otro cine como disparador: la industria norteamericana. El objetivo de casi todas sus producciones es el de crear artefactos mediocres, capaces de transformarse en éxitos apelando a la vulgaridad que comparten con el espectador. Y no podemos decir que la industria norteamericana del cine no sea exitosa en ello. Esa es su pretensión y la concretan; lo cual es un ejemplo de coherencia, pero también una lástima, ciertamente: se nos reduce como público a meros consumidores, no más lucidos que un señor que compra un vino en cajita en el mismo supermercado chino en el que debería trabajar ................... (Por favor, complete la línea de puntos escribiendo sobre ella el nombre de su actor de televisión favorito. ¡Aguante la ficción!).

A diferencia del norteamericano, el cine nacional abunda en pretensiones mucho más elevadas que las leyes del mercado, pero que habitualmente, igual que una masturbación, terminan en el inodoro. Poesía trunca, historias subterraneas intrascendentes, metáforas de segundamano. Dicen que nuestro cine ha tenido su época de oro, aunque tan lejana como nuestras ilusiones de ser una gran nación. Tan, tan lejana, que tal vez no es más que otro cuento que alimenta nuestro narcisista ego nacional.

Por otra parte, sería una necedad no reconocer que hay grandes películas argentinas, tanto como injusto hacer un nombre, a riesgo de olvidar cinco. Si hasta hay algunos buenos actores, pero sólo unos pocos, aunque esta escasez no sea un problema sólo de nuestro medio, sino una constante en el mundo del arte dramático (y del arte en general, si se quiere). Y es que si hubiera muchos que son buenos, ¿cuál sería el mérito? Ser generadores de ese contraste es el verdadero aporte de los malos actores y de las malas películas: sabemos que existe algo a lo que se puede definir como "lo bueno", porque hay mucho de aquello otro que siempre es mucho más fácil de identificar, a lo que normalmente etiquetamos como "lo malo", y sólo gracia a ello.

De entre la producción nacional, por nombrar algunas de las más recientes, pueden destacarse El aura y Tiempo de valientes, dos películas que nos tientan a volver a ver cine nacional. Aunque la primera finge más de lo que en realidad oculta y la otra se basa en una formula gastada por Hollywood, y ambas pueden considerarse un buen paso hacia un cine, al menos, más entretenido - que, al fin y al cabo, de eso también se trata el arte, carajo. Quedará para otra oportunidad hacer algún comentario en particular acerca de ellas. Sólo porque ya me aburrio el tema.

(Artículo publicado originalmente en revista Tólbac)