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sábado, 27 de noviembre de 2021

CINE - 36° Festival de Cine de Mar del Plata, Competencia Argentina, días 7 y 8: Los caminos de la vida

Con los últimos días de noviembre también va llegando el final del 36° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, cuya Competencia Argentina reveló los tres títulos que aún quedaban por descubrir. A través de ellos puede trazarse, de manera espontánea, un itinerario que de algún modo representa todos los estadios de la experiencia vital. Metok, documental dirigido por Martín Solá, tiene como protagonista a una monja tibetana que debe recorrer una gran distancia, para ayudar a dar a luz a una joven pariente. Por su parte, Las cercanas, último trabajo de María Álvarez, también documental, retrata el vínculo íntimo que une a Isabel y Amelia, las gemelas Cavallini, quienes en su juventud conformaron un dúo de pianistas prodigio pero que ahora deshojan sus últimos años. Finalmente, Una escuela en Cerro Hueso, de Betania Cappato, narra desde la ficción la historia de una pareja que afronta el desafío de criar y educar a una niña diagnosticada dentro del espectro autista, abarcando dos fundamentales etapas intermedias en el camino de la vida.

Marcando el cierre de una trilogía que fue tomando forma de manera autónoma, en Las cercanas Álvarez vuelve a utilizar el registro documental para abordar la historia de personajes que pertenecen a la tercera edad. En Las cinéphilas (2017), la directora retrataba a un grupo de señoras que vivían con intensidad el acto de ser espectadoras de cine. Tres años más tarde, en El tiempo perdido descubre a un grupo de personas que lleva años reuniéndose en un café muy paquete del barrio de Tribunales, para leer y analizar de forma colectiva En busca del tiempo perdido, la obra magna del francés Marcel Proust. En su tercer trabajo tras la cámara, Álvarez convierte en protagonistas a las Cavallini, dos hermanas gemelas de 91 años, que en los ’60 llegaron a recorrer los Estados Unidos con cierto éxito, realizando conciertos ejecutados a dos pianos.

Con un registro muy simple desde lo técnico, Álvarez logra trazar un retrato de una gran intimidad, en el que consigue meterse por las grietas de la vida cotidiana de estas dos mujeres solas, pero ávidas de compañía. De hecho, Isabel y Amelia por momentos parecen dos nenas frente a la cámara, compitiendo para ver quién consigue instalarse como centro de la atención. Con prudencia, la directora no las alienta ni reprime: simplemente se dedica a observar y a dejar que las chicas Cavallini se roben la película. La mirada de Álvarez expresa una gran empatía, que se canaliza a través de la ternura con la cual registra el modo en que las mujeres se abrazan a los recuerdos, heridos por la fragilidad de sus memorias casi centenarias. Esa decisión da lugar a situaciones que destilan una gran emoción, pero también a otras teñidas por cierto patetismo a las que, sin embargo, la directora siempre observa con amabilidad y pudor, sin convertir al cine en un acto de abuso.

Como suele ocurrir con la gente de su edad, las Cavallini mantienen relaciones muy intensas con los objetos que pueblan el abigarrado departamento que habitan. Viejas partituras, una colección de retratos de grandes pianistas y en especial, dos muñecos de porcelana enormes que conservan desde que eran nenas, regalo de su madre, a la que perdieron antes de cumplir 10 años. La fatalidad permitió que Álvarez estuviera presente el día en que uno de esos bebotes se cae al piso y se rompe, dando lugar a una escena terrible en la que una de ellas llora con angustia trágica, mientras su hermana la consuela. La decisión de la directora de dejar que lo peor de la situación se desarrolle fuera de campo es también la expresión de una ética cinematográfica. Una decisión que permite entender por qué, aún siendo una película en la que la muerte se asoma con insistencia, Las cercanas es una experiencia amorosa y vital.

Aunque se trata de una ficción, en Una escuela en Cerro Hueso es posible reconocer la familiaridad que Cappato mantiene con las herramientas del documental, territorio en el que desarrolló su filmografía previa. La decisión de dar ese salto tal vez tenga una explicación: la historia que cuenta la película está inspirada en una experiencia familiar (el hermano menor de la directora comparte un diagnóstico similar al de la pequeña protagonista) y es muy probable que abordarla desde la ficción le facilitara la tarea de proyectar situaciones emotivas muy íntimas, sin exponer a su núcleo. Eso de ningún modo significa que se trate de una película distante o fría. Por el contrario, Una escuela en Cerro Hueso comparte con la de Álvarez la decisión de mantenerse cerca de los personajes, para acompañarlos en su proceso de crecimiento colectivo.

A pesar de haber sido desarrollada como ficción, Cappato aprovecha su conocimiento del área documental para ambientar el relato en el pueblo del título, ubicado en la provincia de Santa Fé, y hacer que varios miembros de la comunidad participen, actuando papeles muy cercanos a sí mismos. La directora contó además con la colaboración en fotografía y cámara de Iván Fund, quién ya ha demostrado una gran sensibilidad para trabajar con dispositivos narrativos similares en algunas de sus películas como director. Sencilla y sentida, Una escuela en Cerro Hueso tampoco sería lo que es sin la presencia de la pequeña actriz Clementina Folmer, cuya interpretación desborda naturalidad y una precisión emocional extraordinaria.

Por último, Metok es el título de la quinta película de Solá, pero también el nombre de su protagonista, una monja budista que hace años vive en la India, a dónde viajó para estudiar medicina, pero que ahora debe regresar al Tíbet, su hogar, para asistir el parto de una joven pariente. Con ritmo parsimonioso, Solá logra que la película se convierta en un poético avatar cinematográfico del lugar que retrata y sus protagonistas. Guiadas por un silencio que apenas es quebrado por el sonido del viento que corre entre los gigantes de piedra del Himalaya, las escenas de Metok habilitan la posibilidad de observar con calma y en detalle los majestuosos paisajes que componen la travesía, casi como si de verdad se estuviera frente a ellos. La precisión con la que el director coloca la cámara y la paciencia invertida en la tarea de sostener cada plano, permiten que la experiencia de ser espectador se parezca a la de ser testigo. Instancia que, sin embargo, demanda de una labor activa por parte del público, aceptando que el desafío de ver vaya un poco más allá del mero acto de sentarse y mirar. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 2 de abril de 2021

CINE - "Corre" (Run), de Aneesh Chaganty: Madre e hija contrarreloj

Producida y estrenada originalmente el año pasado en la plataforma Hulu, no disponible en el país, Corre es el segundo trabajo del cineasta estadounidense Aneesh Chaganty y uno de las primeras estrenos que ofrece Netflix en abril. La película llega precedida por la expectativa que generó el film anterior de Chaganty, Buscando… (2018), thriller narrado en tiempo real en el que un padre debe encontrar a su hija desaparecida a través de los rastros digitales que ella dejó en los diferentes dispositivos electrónicos que comparten y en las redes sociales. Ambos trabajos comparten no solo el género del suspenso, sino el hecho de colocar en primer plano al vínculo que une a padres e hijos, aunque las intenciones de ambas historias son bien diferentes.

Las primeras escenas tienen lugar algunos lustros antes del presente en el que transcurrirá el relato y sirven no solo para definir un contexto, sino sobre todo un drama. Diane es una madre soltera cuya pequeña hija Chloe nace sin vida, pero a la que los médicos consiguen reanimar, aunque no parecen dispuestos a darle un diagnóstico alentador. Chaganty no duda en su abierta intención de causar impacto y lo consigue: sin ser truculentas, las escenas no se privan de mostrar el pequeño cuerpo que pelea por su vida ni la desesperación que agobia a su madre. La secuencia se corta en seco para mostrar una placa negra sobre la cual, con discretas letras blancas, se enumeran una serie de enfermedades. Son las que aquejarán a Chloe durante el resto de su vida: arritmia cardíaca, parálisis, diabetes y asma.

El salto al presente muestra a Chloe como una adolescente que ha aprendido a luchar contra los obstáculos de su propio cuerpo, llegando hasta el final de la secundaria estudiando sola en casa, al cuidado de la orgullosa Diane. Pero ahora se propone un nuevo desafío: entrar a la Universidad, donde deberá manejarse sola, ya sin una figura protectora. La película no se demora mucho en este clima idílico, propio del relato de autoayuda, sino que enseguida introduce un elemento siniestro, cuando Chole comienza a sospechar que su madre le oculta algo. La película se plantea problemas y toma decisiones a gran velocidad, sin que eso derive en cuestiones resueltas a las apuradas ni mucho menos. Por el contrario, una de las virtudes de Corre es el timming con el construye cada situación, para rematarlas con efectivos puntos de quiebre.

Así como en el padre de Buscando… corría contrarreloj para encontrar a su hija, acá Diane también se debate contra el tiempo. Solo que en este caso su intención no es la de recuperar a una hija, sino que más bien su desesperación consiste en no perderla. Corre aprovecha el clima de géneros como el thriller y el terror para llevar al extremo ese temor de la pérdida que todos los padres, grados más o grados menos, han experimentado alguna vez. Y al mismo tiempo su contraparte: el agobio que pueden llegar a sentir los hijos cuando en ellos surge la necesidad de independizarse para construir con una vida propia. Un juego de dobleces que la película también realiza de forma eficiente.

Chaganty maneja bien el recurso de plantear incógnitas que se resuelven de forma no explícita, pero gráfica, a través de un uso oportuno del montaje. Corre también abunda en referencias a la obra de Stephen King y sus adaptaciones al cine, un aporte simpático, pero que también es usado para señalar en alguna dirección con toda intención. Ahí está la mención al pasar del pueblito ficticio de Derry, Maine, en el que transcurren muchas novelas del popular escritor, o la farmacéutica llamada Kathy Bates, en referencia a la protagonista de Misery (Rob Reiner, 1990). El trabajo de las protagonistas, la increíble Sarah Paulson y la joven Kiera Allen en los roles de madre e hija, aporta el último y fundamental ingrediente de la receta: dos actuaciones potentes y verosímiles. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 2 de julio de 2020

CINE - Ciclo de cine argentino: Multiplicar las miradas

El canal Construir TV vuelve a sumar, dentro de su programación del mes de julio, un ciclo dedicado al cine argentino de producción más reciente. El mismo se encuentra orientado a reunir una selección de películas cuyas historias buscan promover y apoyar diferentes luchas por la inclusión social en los ámbitos del trabajo y la educación. En todas ellas, esta intención también se abraza con el objetivo de entretener y sorprender a los espectadores a través de sus tramas e imágenes. El programa incluye cinco títulos que podrán verse cada jueves a las 22 por esa señal.
Las cinco películas seleccionadas para la ocasión abordan relatos de alto impacto, inspiradores y emocionantes. Cada una invita no sólo a descubrir otras realidades, sino a revalorizar distintos espacios a través de temáticas relacionadas con cuestiones de género, música y tecnología, biodiversidad y pueblos originarios, discapacidad, educación y oficios ancestrales. El ciclo completo podrá verse también a través de Octubre TV (https://octubretv.com), gracias a un acuerdo con esa plataforma. De modo que todas las películas estarán disponibles para poder ser vistas durante una semana de manera online, de forma gratuita y desde todo el país. Este período comenzará a partir del día siguiente del estreno de cada título en la pantalla del Construir TV, y se extenderá hasta el miércoles de la semana siguiente.
La película elegida para inaugurar el ciclo hoy jueves es Marilyn, ópera prima de Martín Rodríguez Redondo, estrenada en la edición 2018 del Festival de Berlín. Basada en un caso policial de 2009 que concentró la atención mediática y ganadora de varios premios en festivales internacionales, Marylin cuenta la historia de un joven peón de campo que durante su adolescencia descubre la verdadera naturaleza de su sexualidad. Sin embargo, el ambiente hostil que lo rodea, no solo en el pueblito en el que vive, sino incluso dentro de su propia casa, le impide la posibilidad de ser quien desea. Marilyn es la única película de la programación que fue calificada como apta para mayores de 16 años.
Una semana más tarde el documental A una legua ocupará las pantallas de Construir y Octubre TV. Dirigido por Andrea Krujosky, el film retrata a Camilo, hijo del cantante y compositor Cuti Carabajal. Joven heredero de la prestigiosa dinastía folklórica de que representa su familia, es un innovador dentro del ambiente que nuclea a los géneros tradicionales de la música argentina. El film realiza un recorrido por sus proyectos en los que lo musical se cruza con la tecnología y la ecología. Entre ellos su revolucionario Eco Bombo, un bombo legüero diseñado para reutilizar el plástico de los bidones de agua con el fin de reemplazar la madera del ceibo, usada históricamente en la fabricación del instrumento.
El 16 de julio será el turno de otro documental: Nuestro mundo - Anuhu Yrmo, que se emitirá además en carácter de estreno exclusivo de Construir TV. Dirigido por Darío Arcella, este film intenta responder preguntas en torno a la forma en que el agronegocio afecta la conservación del medio ambiente. En el camino busca comprender qué hay detrás de las políticas elaboradas desde el norte para ser aplicadas en los grandes ecosistemas del sur o cuál es el rol de las grandes ONG y su interés por la conservación de la biodiversidad.
En Escuela de sordos, Ada Frontini narra la historia de Alejandra, una maestra de una escuela de sordos empeñada en cambiar el mundo de sus alumnos. A través de su trabajo, que trasciende el espacio de lo estrictamente escolar, la docente no solo parece buscar el objetivo de educar, sino que se propone además el objetivo de dignificar a sus pupilos, aportándoles más y mejores herramientas para la comunicación, incluso ante la imposibilidad de la palabra. La encargada de cerrar la invitación será Arreo, cuya emisión está programada para el jueves 30 de julio. En ella Néstor Moreno, su director, cuenta la historia de una familia de gauchos que vive del arreo de ganado en alturas, valiéndose de imágenes que capturan la belleza del paisaje cordillerano de Mendoza.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 23 de agosto de 2019

CINE - "Un hombre en apuros" (Un homme pressé), de Hervé Mimram: Clichés funcionales

De un tiempo a esta parte el cine francés parece haberle encontrado cierto gusto a los dramones edificantes disfrazados de comedia. La nave insignia de la tendencia es el sonoro éxito de Amigos intocables (Olivier Nakache y Eric Toledano, 2011), que tuvo una remake local en 2016 (Inseparables, de Marcos Carnevale) y otra estadounidense en 2017 (Amigos por siempre, de Neil Burger), todas ellas estrenadas acá con gran respuesta del público. Por ese camino también avanza Un hombre en apuros, de Hervé Mimran, en busca de seducir al mismo público y con todo a favor para conseguirlo.
Los elementos de la fórmula son sencillos. A saber: un hombre que carga con un impedimento físico que afecta su salud de manera determinante debe encontrar la forma de sobreponerse. En su camino va provocando circunstancias que serían terribles si no fuera porque el guión se encarga de ponerlas en clave de humor (incluso físico), rodeando al protagonista con una red de personajes que recorre el arco dramático completo, desde los villanos que se la complican, los seres queridos que lo acompañan y los imprescindibles alivios cómicos que ayudan a aligerar lo que de otra manera acabaría siendo un melodrama de esos para llorar a moco suelto.
Acá se trata del CEO de una compañía automotriz top, un tipo exigente al límite de la grosería, que mantiene una relación distante incluso con su hija y por quien todos manifiestan un respeto al límite del temor. Un hombre poco agradable que sufre un ACV no bien comienza la película. Y si bien sobrevive, el ataque le deja secuelas severas en las funciones del habla que afectan su manejo del lenguaje. Mezcla las palabras, invierte las sílabas como si hablara una versión francófona del “vesre” lunfardo, o lisa y llanamente dice cualquier cosa, pero creyendo que habla de manera correcta. Que la película esté basada en el libro autobiográfico de Christian Streiff, ex CEO de Airbus y Peugeot, no hace más que confirmar que se trata de una fórmula.
Un hombre en apuros utiliza la instancia de la rehabilitación para concederle al protagonista una oportunidad para reconstruir también su identidad, para revisar el vínculo con sus afectos y la gente que lo rodea. Para decirlo con palabras exactas, la posibilidad de la redención. Como alegoría de eso mismo, el guión aprovecha la figura de la fonoaudióloga que lo asiste para subrayar la cuestión en torno a la identidad, haciendo de ella una mujer adoptada que en su adultez necesita encontrar a la madre que la trajo al mundo y la abandonó.
Es cierto que las metáforas son aquí bastante simples, pero aún así el film consigue en varios pasajes eludir el artificio sobre todo a través del buen trabajo de los protagonistas, Fabrice Luchini y Leila Bekhti. Es su eficacia la que mantiene a flote la nave, sacándole el máximo provecho a los compartimientos emotivos del relato, para que cuando haya que llorar el público llore, y cuando tenga que reír, se ría. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 2 de noviembre de 2018

CINE - "Somos campeones", de Javier Fesser: La transgresión arrepentida

El último trabajo del director español Javier Fesser, conocido sobre todo por su muy personal ópera prima El milagro de P. Tinto (1998), resulta un objeto cinematográfico de difícil aprehensión, a partir de los sentimientos y sensaciones ambiguas que puede generar en cada espectador. Reacciones que, teniendo en cuenta la temática elegida como núcleo argumental, se vuelven más personales e íntimas que nunca. Somos campeones gira en torno a la labor comunitaria que Marco, un exitoso entrenador de la liga de básquet de España, es condenado a realizar tras ser encontrado culpable del delito de manejar borracho. La pena consiste en entrenar al equipo de básquet de una asociación que trabaja con personas afectadas por distintas discapacidades intelectuales. Si se tratara de un drama tal vez no hubiera conflicto alguno, pero Somos campeones es una comedia que juega a provocar al público, haciendo equilibrio sobre el filo de la incorrección.
Puede decirse que todo el primer acto, que Fesser utiliza para presentar a Marco y plantear la premisa central de la película, es de lo mejor que se ha visto en materia de comedia en 2018. Ahí queda claro que el protagonista es un tipo irascible, pedante y mal educado al límite de lo desagradable, aunque también asoma la punta del ovillo de una crisis, que la película irá develando al avanzar. De entrada el protagonista se burla de la discapacidad del hombre que le hace la boleta por estar mal estacionado. Luego se peleará con el entrenador principal del equipo para el cual trabaja, durante un partido y frente a una multitud. Ese desborde le costará el puesto. Marco termina el día ahogando la angustia en alcohol y chocando al patrullero que lo detiene.
El prólogo cierra con un almuerzo en el que Marco discute con su madre las dificultades de la corrección política. La señora cree que la etiqueta “discapacitados intelectuales” refiere a escritores en sillas de ruedas y cuando su hijo le recuerda que el mundo era más sencillo cuando a los gays se les decía maricones, ella le encaja un cachetazo por decir groserías en la mesa.
Pero cuando la trama enfrenta a Marco al doble desafío de convivir con las peculiaridades de sus nuevos jugadores y revisar sus propios prejuicios, la película tropieza al mismo tiempo con dos piedras. La primera tiene que ver con la vieja diferencia entre “reírse de” o “reírse con”. Aunque Fesser maneja con bastante solvencia las situaciones, haciendo que cada una se desarrolle en una nebulosa en la que los límites nunca están claros, es cierto que algún espectador podrá sentir que a veces la película se desliza de forma clara en el terreno de la burla. Cada quien sabrá. En cambio resultan imperdonables los volantazos sensibleros que irá dando (banda sonora incluida) para encajar a la comedia en el purgatorio de las “películas inspiradoras”, traicionándose a sí misma. Son los riesgos de permitir que el codo de la corrección borre lo que con ingenio había sido escrito por la mano de la transgresión. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 7 de junio de 2018

CINE - "El legado del Diablo" (Hereditary), de Ari Aster: Acechados por el Ello

“Es raro ver tantas caras desconocidas hoy acá. Sé que mi madre se hubiera sentido conmovida por eso, aunque probablemente también le hubiera resultado un poco sospechoso”. La que habla es Annie, una mujer de cuarenta y tantos, esposa y madre de dos adolescentes, y los extraños a los que se refiere son las personas que asisten al sepelio de su madre recién muerta. Además de su marido y sus dos chicos, en la sala hay más de una docena de hombres y mujeres que la miran con desinterés. En su discurso de despedida Annie apela al humor ácido y el sarcasmo para aflojar la tensión del ambiente, pero en lugar de eso revela la impostación de su dolor. Mientras tanto, su hija Charlie, una preadolescente con una discapacidad visible pero incierta, dibuja en su libreta algunas escenas de lo que ve ahí. Entre ellas hay un retrato del cadáver de su abuela en el féretro y otro, revelador, en el que su madre tiene un gesto de enojo que contradice la pose superada con la que habla desde el púlpito. Toda la primera mitad de El legado del Diablo –abusivo título local de Hereditary (Hereditario), ópera prima de Ari Aster– está llena de este tipo de escenas ambiguas, en las que las verdaderas emociones de los protagonistas se esconden tras distintas máscaras. Mientras tanto una serie de hechos van preparando el camino para la aparición de lo imposible: una tumba profanada, los siniestros pasatiempos de Charlie, un accidente atroz, puertas cerradas con llave que aparecen abiertas de par en par.
Antes de eso, la película había comenzado recorriendo una habitación llena de maquetas que en su interior reproducen ambientes domésticos. La cámara acaba metiéndose en una de ellas justo cuando Steve, el marido de Annie (Gabriel Byrne), entra al cuarto de Peter, el hijo mayor, y lo despierta para ir al velorio de la abuela. Lejos de ser una muestra gratuita de virtuosismo, el truco de cámara tiene varias razones que lo justifican. Por un lado, presentar el trabajo de Annie, a quien la actriz australiana Toni Collette le presta su impresionante arsenal de recursos dramáticos. Annie construye miniaturas realistas de diferentes escenas cotidianas, usando algunas de ellas para recrear momentos traumáticos de su propia vida. Como si se tratara de constelaciones terapéuticas, en esas escenas aparecen conflictos irresueltos que la familia arrastra y a la vez funcionan narrativamente como flashbacks que entregan pistas sobre el origen de la crisis que los envuelve.
La consecuencia de esto es un escenario de dos caras, una de las cuales se mantendrá inicialmente fuera de campo, para comenzar a revelarse de manera lenta pero firme a lo largo de la segunda mitad. El uso oportuno y disrruptivo de “Both Sides Now”, canción de Joni Mitchell pero en la hermosa versión original que grabó la cantante Judy Collins en 1967, resulta una forma simpática de subrayar esa dualidad de lo real. Si en la primera parte el relato se concentra en el duelo y en los modos en que los miembros de la familia resuelven su forma de convivir con los huecos que la muerte deja a su paso, la segunda se volverá catártica. Por esa vía la familia le irá poniendo palabras a los conflictos que hasta ahí se mantenían sotto voce, pero también abrirá una puerta para que aquello que acecha pueda finalmente penetrar y vampirizar el núcleo familiar. Como aquellos extraños que invadían de forma pasiva la tensa intimidad del velorio, del mismo modo Annie y los suyos comienzan a ser rodeados por lo ajeno, lo otro. Un ello en muchos sentidos freudiano que se va metiendo entre las grietas de la disfuncionalidad para hacer estallar una estructura familiar que ya se encontraba internamente destazada.
Deudora de la paranoia conspirativa de cierto cine de terror que tuvo su momento durante la década del ‘70 (imposible mencionar títulos sin caer en el pecado del spoiler), El legado del Diablo está condenada a convertirse en clásico. La solidez con que Aster maneja los recursos dramáticos, técnicos, visuales, sonoros y narrativos, sumado el timming con que pasa del drama a la tragedia o de lo sugerente al gore, convierten a su debut en un punto alto del cine de género independiente. Un lugar que el año pasado ocupó ¡Huye!, de Jordan Peele, que de forma tan sorpresiva como merecida se metió entre las candidatas al Oscar. Ambas estrenadas en el Festival de Sundance, las películas tienen varios nexos estéticos. El derrumbe del armazón que sostienen la cordura, la eficiencia en el juego con lo inesperado y lo cotidiano convertido en amenaza son algunas de esas coincidencias.

Artículo publidaco originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 28 de julio de 2016

LIBROS - Ricos y pobres en la literatura: Heidi y la revolución

Al principio de la literatura eran la gloria y el honor los que regían la conducta y el destino de los protagonistas. En ese tiempo el dinero y la riqueza no pasaban de ser cuestiones secundarias, en todo caso un artículo en disputa, como tantos otros, y a ningún héroe se le hubiera ocurrido entonces ponerse a hablar de economía. Eso no significa que la economía no tuviera ya una existencia de hecho en aquel mundo de ilíadas y odiseas, sino que la literatura no encontraba ahí un tema de interés. Sin ir más lejos, la Guerra de Troya real (o lo que en la actualidad se supone de ella) no fue sino una guerra económica cuyo objeto era el dominio territorial de un paso estratégico para el comercio de la época, el estrecho de los Dardanelos, que para un imperio en expansión como el helénico equivalía a una puerta de entrada hacia el Oriente. Por supuesto que Homero, padre de la literatura occidental, sabía que una guerra por semejante trivialidad no hubiera representado de ningún interés para sus contemporáneos o bien el tema no le interesaba a él mismo en tanto autor. Con inteligencia, el primer gran ciego de la literatura universal escondió para siempre los motivos mundanales de aquella guerra detrás de una mujer y de un conflicto entre machos alfa llevado a la modesta escala global de aquel entonces.
Tal vez los primeros libros en donde exista una conciencia plena sobre la diferencia entre pobres y ricos, y con ella cierta percepción de las cuestiones económicas que las determinan, sean los Evangelios. Y son los Evangelios y no La Biblia en general, porque a grandes rasgos la mayor parte del Antiguo Testamento es más bien una colección de mitos de origen (del universo, pero también de la nación hebrea), en donde la épica sigue siendo el tema central. La de Babel; la de Noé y el arca; la de Lot en Sodoma y Gomorra; la de Moisés escapando del ejército egipcio por un pelito; la derrota del gigante Goliat por una pedrada del pastorcito David, luego rey; las hazañas de Sansón; el viaje de Jonás en el interior de una ballena, son todas historias en las que el fondo moral avanza a caballo de la épica. En cambio en los Evangelios, en esa opción de Cristo por los pobres, hay una conciencia social que inevitablemente se asienta en algunos criterios proto-económicos. No por nada se suele afirmar, como canta Joaquín Sabina en “Como te digo una ‘co’ te digo la ‘o’”, ese rap sui géneris incluido en su disco 19 días y 500 noches, que Cristo es el primer comunista.
No sería hasta la Edad Media en que las cuestiones de clase y algunas fantasías económicas como el ascenso social, aparecieran de manera tangencial en tanto temas literarios. Ahí se encuentra el alma de muchos de los cuentos tradicionales europeos que luego fueron incluidos en numerosas recopilaciones, de las cuales las más célebres son la de los germánicos hermanos Grimm y la del francés Charles Perrault. Claro que la economía todavía no existía formalmente como ciencia y entonces las causas de ese ascenso social tienen un origen maravilloso antes que económico. A ver: la protagonista de “La Cenicienta” es una adolescente huérfana reducida a servidumbre por su familia política, que merced la intercesión de un hada madrina consigue que el Príncipe Azul se fije en ella y le proponga matrimonio, oferta que, era de esperar, ella acepta. Ocurre a la inversa en “Piel de asno”, cuento en el que una princesa utiliza la piel mágica de un asno para convertirse en pobre y así escapar de su propio padre, un rey viudo con tendencia a la endogamia que pretende casarse con ella. Claro que, tratándose de un cuento popular, no tendría gracia que la protagonista permaneciera en la indigencia y no tarda en volver a ascender a su propia clase cuando, otra vez, el Príncipe Azul se enamora de ella y la desposa. Pero no sólo las chicas son las que cambian harapos por blasones en los cuentos de hadas. En “El gato con botas” es el joven hijo desheredado de un molinero quien se une en matrimonio con una princesa gracias a la sagacidad de un gato pícaro y hábil declarante, quien consigue engañar al rey de la comarca haciéndole creer que aquel pobre diablo es en realidad un miembro de la nobleza. Pero además de ser uno más en la lista de los Fairy Tales que ponen en escena una versión de fantasía del ascenso social, “El gato con botas” es uno de los ejemplos más antiguos en los que un sinvergüenza engaña a un incauto con la vieja técnica de El cuento del tío, que no es otra cosa que uno de los delitos económicos más tradicionales.
La mayoría de los especialistas coinciden en datar el origen de la economía como disciplina en el año 1776, cuando Adam Smith publica su obra más célebre, La riqueza de las naciones, considerada también la piedra basal del capitalismo. Dos curiosidades genealógicas al respecto. La primera, que el padre del capitalismo sea tocayo del padre de la humanidad según el extendido mito judeocristiano (Adam y Adán), le da al asunto un inesperado tono místico no exento de gracia; la segunda: que el año de publicación del libro en el Reino Unido coincida con el de la fundación de los Estados Unidos, máximos exégetas, impulsores y apologistas de la economía del capital, resulta un extraordinario ejemplo de sincronismo histórico con mucho de paradojal. Tampoco es una casualidad que la economía se volviera un tema más explícito en la literatura recién después de la aparición del libro de Smith.
Ya a mediados del siglo XIX, con la Revolución Industrial ya consumada e incluso antes de que el binomio formado por Karl Marx y Friedrich Engels publicaran El capital durante la década de 1860, la noción de clases sociales comienza a aparecer de forma más evidente dentro de los argumentos y las historias que la literatura se decide a abordar. Autores como Mark Twain, Charles Dickens, las hermanas Brönte y toda la dinastía clásica de autores rusos, entre otros, hicieron girar buena parte de sus obras en torno a ese tópico de manera más o menos central. Los ejemplos son incontables pero hay algunos que resulta oportuno citar. El de Heidi, novela de la escritora suiza Johanna Spyri, es uno de esos casos.
Publicado originalmente en 1880, se trata de uno de los libros más conocidos de la literatura suiza en todo el mundo, aunque sin dudas el animé homónimo creado por el maestro de los dibujos animados japoneses Isao Takahata (fundador de los míticos estudios Ghilbi, junto a otro de los genios del género, Hayao Miyazaki), ha tenido muchísimo que ver en la gran popularidad que alcanzaron la novela y, sobre todo, su protagonista, casi un siglo después. La historia de la pequeña Heidi no es otra cosa que una excursión por los diferentes estratos de los que se conformaban las sociedades europeas decimonónicas posteriores a la mencionada Revolución Industrial. Pero al contrario de lo que ocurría en “Piel de asno”, este recorrido social no tiene nada de fabuloso ni de fantástico. Heidi tiene apenas 6 años cuando sus padres mueren y queda al cuidado de su tía materna, quien ante la posibilidad de conseguir un trabajo en la ciudad no duda en dejar a la nena con su abuelo paterno, un viejo pastor de cabras que vive recluido, aislado de todo, en una pequeña granja perdida en los Alpes. Ahí Heidi entra en contacto con el mundo rural de pastores y granjeros que todavía se encuentran al margen del concepto marxista de clases, donde lleva una vida frugal organizada alrededor de la ética del trabajo. Pero bastará que la chica se encariñe con ese universo y sus habitantes, para que la tía regrese para llevársela a Frankfurt, gran centro económico del Imperio Alemán. En la ciudad vivirá como compañera de Clara Sesemann, una nena inválida un poco más grande, también huérfana de madre e hija de un poderoso hombre de negocios. De ese modo la protagonista conocerá la educación, las costumbres y las comodidades de la vida urbana y burguesa que provee el poder económico de la familia Sesemann, pero también la discriminación y el desprecio de clase. Para Heidi la vida en la ciudad sólo representará un encierro doloroso y el sometimiento a normas, rutinas y obligaciones que acabarán por deprimirla y enfermarla. Si se mira al asunto desde el presente, cualquier vínculo con la idea de alienación propuesta por Marx de ningún modo es mera coincidencia. Que Frankfurt también sea el escenario donde algunas décadas después surgiría la emblemática Escuela de Frankfurt, emblema y “think tank” del pensamiento neomarxista a principios del siglo XX, resulta una vez más un detalle de curiosa significación.
Dos años después de la aparición de Heidi en Europa, Twain publica en los Estados Unidos El príncipe y el mendigo (1882). En esta novela el autor realiza la operación de poner en espejo de manera explícita las desproporcionadas diferencias de clase que signan aquella modernidad victoriana, dejando en claro al mismo tiempo que la brecha entre ricos y pobres ya no puede ser vista como un hecho natural inamovible. Los protagonistas son dos adolescentes de fisonomía casi idéntica, uno heredero al trono de Inglaterra y el otro hijo de una familia del lumpen, quienes intercambian sus lugares de forma accidental, permitiendo que cada uno descubra esa cara del mundo que su propia clase social les impide conocer de otra manera. La experiencia servirá para que el joven noble, ahora conocedor de las injusticias de la división social, pueda ser quizás un gobernante más ecuánime. Algo que los lectores nunca podrán constatar, porque El príncipe y el mendigo termina en el momento de la coronación del joven príncipe. A lo sumo podrán arriesgar conclusiones en base a sus propias experiencias en la vida real, donde es bien sabido que un gobernante rico, aun cuando se declare conocedor de las desdichas y problemas de los pobres, no necesariamente será el más piadoso ni, mucho menos, el más justo. 

Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam. Descargar suplemento completo ACÁ.

viernes, 24 de junio de 2016

CINE - "Yo antes de tí" (I before you), de Thea Sharrock: Morisquetas y emociones calculadas

Desde que en su obra más famosa Antoine de Saint-Exupery escribiera que “lo esencial es invisible a los ojos”, una multitud de lectores convirtió a la frase en un hito del siglo XX y, tal vez, en piedra fundamental de la literatura de autoayuda. No es objeto de este texto explicar por qué aquella máxima incluida en El principito es falsa. Sin embargo el estreno de Yo antes de ti, de Thea Sharrock, representa una prueba fáctica de que lo esencial es tan tangible y claro como la cáscara que lo recubre. Porque si bien la película amontona en la superficie actuaciones ligeras que alimentan de ternura una historia de amor imposible, una banda sonora siempre intencionada y la aparente valentía de tomarse con humor algunos temas de esos con los que “no se jode”, como la postración de por vida o la eutanasia, bajo ese disfraz de estoica frescura (si es que semejante engendro existiera) se manifiesta un monstruito conservador –sobre todo en lo cinematográfico—, que sólo tiene para aportar una mirada simplista y ramplona de sus temas de fondo.
Y no es que esa esencia se encuentre tan oculta que no pueda ser notada rápidamente. Al contrario, desde el comienzo es posible suponer para dónde irá la película, cuya primera secuencia empieza una mañana de lluvia con una parejita perfecta despidiéndose melosamente en la cama de un departamento de estética ABC1 y termina con él siendo atropellado por una moto al cruzar la calle, apurado por llegar a la oficina, donde lo espera su destino de hombre de negocios joven y prometedor. La película continúa en uno de esos pueblitos del interior de Inglaterra donde todo es más verde que el pasto de Wimbledon. Ahí vive Louise, chica de clase media que para ayudar a su papá desempleado, a su mamá ama de casa y a su hermana, que es madre soltera y estudiante universitaria, se ve obligada a aceptar el trabajo de cuidar al cuadraplégico niño rico accidentado.
Si esta enumeración parece describir un panorama anacrónico, como si la acción transcurriera en 1950 y no en el siglo XXI, qué decir del look de Louise, que combina la estética de póster Pagsa de Cindy Lauper en los ’80, con el estrafalario estilo de Fran Drescher en La niñera. No menos grotesco resulta el tono elegido por Emilia Clarke, la misma de Juego de tronos y la Sarah Connor de Terminator: Génesis, para interpretar a Louise con una sucesión de morisquetas y mohínes que en lugar de resultar cándidos, se vuelven exasperantes. Pero no sólo Clarke sobreactúa, sino que toda la película está estéticamente pasada de rosca, con planos sobrecargados que posan de kitsch y canciones que no sólo subrayan la acción desde lo sonoro sino desde sus letras. Basada en un exitoso best seller romántico, Yo antes de ti es incapaz de disimular su esencial intención de conmover a cualquier precio, aunque nunca vaya más allá de los formalismos de rigor sobre los que se estructuran este tipo de melodramas. Y se declara incompetente a la hora de escoger entre un final triste o feliz, creyendo que al empastar en el mismo lodo a todas las emociones se dejará satisfecho a todo el mundo. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 21 de abril de 2016

CINE - "Al final del tunel", de Rodrigo Grande: Un policial bien ajustado

Joaquín es muy huraño para ser aún joven, y vive solo. En realidad vive con Casimiro, un perrito cascarrabias como él, que de tan viejo ya ni se levanta de la alfombrita que tiene en un rincón del caserón. Postrado en una silla de ruedas con la que va de la sala al sótano, donde tiene su taller, Joaquín tampoco camina. Y un día llega Berta, una chica atractiva con una hijita, preguntando por el cuarto que Joaquín alquila en su terraza. Aunque ella es confianzuda, Joaquín la trata con hosca indiferencia. Pero justo él cumple años y ella le prepara una torta, y como trabaja de bailarina de caño le regala una sensual función privada. Mientras Berta le baila a Joaquín, un clip de montaje paralelo muestra cómo la hija de ella se gana la confianza de Casimiro. La música funde ambas escenas y mientras el numerito de Berta sube de temperatura, el pobre Casimiro, estimulado por la nena, se pone de pie después de mucho tiempo. Luego de eso no sería extraño que el propio Joaquín milagrosamente también se levantase de su silla, pero no: él no se para. Aunque cualquiera con algo de picardía, efecto Kuleshov mediante, podrá imaginar que lo que se le para a Joaquín es otra cosa.

El relato de estas primeras secuencias es una muestra que representa con fidelidad los lúdicos mecanismos narrativos y la estructura completa de Al final del túnel, el entretenido tercer largometraje del director rosarino Rodrigo Grande, después de Rosarigasinos (2001) y Cuestión de principios (2009). Un policial que avanza de manera vertiginosa y aferrado a un guión de hierro, en donde todas las piezas encastran de manera perfecta con una prolijidad poco frecuente. Una perfección y una prolijidad que tal vez se vuelvan un poco excesivas, pero que en vistas de tanto policial descuidado y hecho a los ponchazos (no solamente los del cine argentino), se agradecen largamente. Porque Al final del túnel tiene una gracia que Grande sabe dosificar, aportando el tono preciso que cada instancia del relato va demandando. De esa manera la película es un thriller cuando debe serlo; nunca abusa del drama, aunque juegue con sus límites; no teme pisar el acelerador para ponerse violenta y moderadamente explícita en el momento justo; ni mucho menos apelar a la comedia sobre el final, como si fuera consciente de que el juego de casualidades que propone no puede ser tomado demasiado en serio, si no es con esa bienvenida cuota de humor.
Una de las fuentes de inspiración más habituales del cine actual es la realidad, al punto de que la repetida leyenda que avisa que lo que está por verse se encuentra “basado en hechos reales” se ha convertido en un lugar común. Si bien Al final del túnel no lo dice en ningún momento, la base policial de su historia retoma desde la ficción (y de manera muy libre) el ya mítico caso de los boqueteros que robaron una sucursal del Banco Provincia en el barrio de Belgrano, durante el fin de semana de Año Nuevo en 2011. Cambiando algunos detalles superficiales (el robo ocurre en Navidad en lugar de Año Nuevo) o agregando otros para aportar sordidez y convertir a los malos en monstruos (sobre todo al líder de la banda, interpretado con sádica eficacia por Pablo Echarri), Al final del túnel busca despegarse de aquel robo espectacular en el que la banda de boqueteros cavaron durante seis meses un túnel de 30 metros para llegar desde una casa vecina hasta la bóveda del banco. Para terminar de tomar distancia, Grande escoge un punto de vista externo para contar la historia: el de Joaquín, ese hombre inválido cuya casa se encuentra entre el banco y la propiedad que los ladrones eligieron para empezar a construir su túnel.
En la piel del protagonista, Leonardo Sbaraglia revalida su lugar como uno de los actores preferidos por los productores de este tipo de películas de “alta gama” del cine argentino. Junto a Echarri, el aporte del eterno Federico Luppi y la española Clara Lago, encabezan un elenco que logra hacer que este cuento en donde las fatalidades son la clave, consiga ser verosímil.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

sábado, 12 de marzo de 2016

CINE - "#Exorcismo" (Exeter), de Marcus Nispel: Mala, barata y encima aburrida

Se está volviendo difícil escribir una crítica sobre una película de terror. Se está volviendo muy difícil no caer en el lugar común de decir que el 90% de ellas (tal vez más) son una sucesión de lugares comunes, de escenas repetidas, ya vistas no en una, sino en ese 90 por ciento de las películas de terror estrenadas previamente. Se está volviendo difícil y por eso mismo es un desafío. Dentro de esa gran bolsa de productos indefendibles está #Exorcismo, una película cuyo único y modestísimo mérito, si hubiera que esforzarse en encontrar alguno, sería quizá la locación en la que fue filmada, un edificio enorme y abandonado que ofrece una gran variedad de espacios, ideales para dar atmósfera a una película que en principio se propone asustar. En qué medida lo consigue o no, ya es otro tema. Justamente, esa riqueza de espacios hace pensar que este film dirigido por Marcus Nispel cuenta con un presupuesto muy superior al que seguramente tuvo, porque está claro que se trata de una película barata. Es decir: mala y barata.
#Exorcismo es un clásico exponente de lo que a esta altura se podría bautizar como “Diabloxploitation”, una más de una lista infinita de títulos que vuelven sobre el tema de las posesiones demoníacas y los exorcismos. Por eso para los seguidores del género de terror no será difícil ir adelantándose a los pasos que la trama vaya dando. Hay un único momento en que parece que el relato se saldrá del molde a través de la comedia, cuando el adolescente grupo de protagonistas intente sacarle el diablo del cuerpo al poseído de turno, siguiendo las instrucciones de una página web que ofrece un tutorial de “Cómo hacer tu propio exorcismo”. Sin embargo, la cosa naufraga enseguida al volverse evidente que el humor es apenas un accidente y que en realidad no está dentro de los planes de Nispel aquello de tomarse las cosas a la ligera, con menos seriedad, algo que habría mejorado (y mucho) el film. Repasando, entonces, ya se ha dicho que #Exorcismo es mala, barata y también aburrida. Y eso ya es imperdonable, porque el cine (y sobre todo el cine de terror) está lleno de ejemplos de películas malas y baratas que son entretenidas de ver. Pero contra el aburrimiento no hay antídotos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 6 de noviembre de 2014

CINE - "Torrente 5: Operación Eurovegas", de Santiago Segura: Cómo querer a un mal tipo

Que el inescrupuloso pero tonto policía José Luis Torrente haya conseguido sostenerse a lo largo de cinco películas, aún con sus altibajos, convirtiendo a la saga en la más taquillera del cine español y al protagonista en un personaje de culto en varios países, incluida la Argentina, no debe tomarse a la ligera. Son indicios de que hay algo en él –y en el estereotipo que representa- que consigue resonar con fuerza en una masa que excede la categoría estricta de público cinematográfico. Porque no caben dudas de que Torrente logra salirse de la pantalla y resultarle familiar a cualquiera, convenciendo a todo el mundo que aquello que el personaje lleva hasta el absurdo es, sin embargo, absolutamente posible en el mundo real. Todo el mérito es de su creador e intérprete, el actor y sobre todo comediante español Santiago Segura, a partir de su triple capacidad de traducir a un absurdo políticamente incorrecto aspectos importantes de la realidad; de ponerlos en escena de manera efectiva como director; y de dar vida a una criatura reconocible e inesperadamemente querible, a pesar de dar muestras permanentes de su bajeza y sus pésimos valores. 
Si alguien quisiera ver las películas de Torrente de manera objetiva, enseguida quedaría claro que aunque el personaje ocupe el lugar del héroe y haya otros a quienes se puede identificar con el rol de “el malo”, el más malo siempre es él. Policía radicalmente corrupto, cobarde, racista e inepto que no hace más que aprovecharse de niños, mujeres y desahuciados, el tipo representa lo peor de cualquier sociedad: el poder corrompido en las manos más inapropiadas. Y sin embargo no indigna a nadie. Por eso el comienzo de Torrente 5: Operación Eurovegas resulta paradójicamente encantador. Torrente sale de la cárcel, en donde estuvo recluido desde el final de la película anterior: es el año 2018 y el mundo ha cambiado sensiblemente. La crisis ha deshecho a España, que fue expulsada de la Unión Europea y ha debido volver forzosamente a la peseta; Cataluña por fin consiguió la independencia y alguien ha pintado con sus colores la estatua de su ídolo, el cantante kitsch El Fary. Y lo peor de todo: el estadio Vicente Calderón del Atlético de Madrid se encuentra en ruinas. En plena crisis nerviosa, en medio de la destruida cancha de su querido “Aleti” y secundado por dos de los fronterizos que suelen hacerle de laderos, Torrente se juramenta: “Se acabó el hombre honesto, se terminó el ciudadano modélico: a partir de ahora seré un fuera de la ley”. Con gracia, Segura pone en escena los complejos alcances de la percepción y las distorsiones que pueden resultar de la sencilla operación de ponerse a contemplar el propio reflejo.
De eso se trata la saga y ese es uno de los motivos por los que sus películas son un éxito. Aun reiterando más o menos la misma batería de chistes (Un ejemplo: no falta en esta quinta entrega una nueva versión de la escena de “las pajillas” en el auto, que se viene repitiendo desde la inicial Torrente, El brazo tonto de la ley (1998), esta vez llevando la cosa a niveles extremos), Segura siempre consigue hacer que cada nueva entrega funcione como un espejo deformante que expone lo peor de la sociedad –y no sólo de la de su país-. Esta vez, entre otras cosas, consigue que su versión posapocalíptica de España ponga blanco sobre negro la pretensión primermundista de un país tan vaciado por la corrupción y las fantasías neoliberales, como cualquiera de los siempre menospreciados primos de América Latina. Será por eso que esta versión conscientemente outsider del personaje se propone robar el complejo de casinos Eurovegas, un absurdo proyecto de capitales estadounidenses que pretendía instalar una pequeña Las Vegas en las afueras de Madrid. No por nada el personaje interpretado por Alec Baldwin se llama Mr. Marshall, una referencia directa a Bienvenido Mr. Marshall (1953), clásico de la sátira política dirigido por el gran Luis García Berlanga, acerca del vínculo entre la España franquista y los Estados Unidos vía Plan Marshall. Un pequeño detalle que desde la cinefilia deja claro el carácter cínico del personaje y confirma que a través del cine es perfectamente legítimo sentir un gran cariño por un tipo despreciable. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

viernes, 15 de agosto de 2014

CINE - "Escuela de sordos", de Ada Frontini: Hablar sin palabras

No es necesaria una epifanía para saber que uno de los valores agregados más grande que tiene el cine es la capacidad de permitirle al público el acceso a otras realidades. Esto vale tanto para el documental como para la ficción, porque ambas categorías nunca se cierran sobre sí mismas. Entonces, así como es posible encontrar realidades en potencia dentro de la ficción, también es lícito pararse (aunque sentarse es más apropiado cuando se habla de cine) frente al documental como ante un relato cualquiera, sin la conciencia permanente de estar frente a un avatar de lo verdadero. En ambos casos, sea como retrato o como hipótesis, el cine amplía en el espectador el espectro de lo real. Ciertamente, Escuela de sordos, documental de la cordobesa Ada Frontini, puede ser abordado de ambas maneras, para entenderlo o bien como un documento acerca de las experiencias de Alejandra, una maestra para chicos sordos e hipoacúsicos, o bien como un relato que permite imaginar –de modo muy tangencial- cómo sería el mundo si se tuviera que prescindir de un concepto fundamental de la construcción humana, como es el sonido. Y eso sólo para empezar a hablar.
El relato de Frontini tiene en Alejandra a su protagonista excluyente. Ella forma parte del 99 por ciento de las escenas en las que hay personas integrando la composición de los planos y es evidente que no habría película sin su figura. No al menos con el enfoque que Frontini ha elegido para llevarla adelante. Porque no se trata de un ensayo acerca de la sordera o de la integración de aquellos que sufren de esta discapacidad a una sociedad que sigue sin estar preparada para aceptarlos, aunque ambas cuestiones formen parte de la estructura de la película. Ya desde antes de entrar a la sala de proyecciones, desde el afiche mismo se anuncia que habrá que prestar atención a dos variables: por un lado a los sordos, claro, pero también a la escuela. Pero no sólo a la acepción primaria de la palabra, al desarrollo del vínculo escolar entre Alejandra y sus alumnos, sino también a sus connotaciones más amplias. 
Vale la pena atender al detalle etimológico de la palabra “escuela”: la misma tiene un doble origen y mientras para el latín significaba Lección, para el griego está vinculada al concepto de Tiempo Libre. Con ambas cosas tiene que ver Escuela de sordos, en tanto lo que se retrata es un espacio de aprendizaje que va mucho más allá de los límites arquitectónicos del edificio en donde funciona la institución en la que trabaja la protagonista. Para Alejandra el aprendizaje trasciende lo estrictamente escolar, llevando su esfuerzo por mejorar las condiciones de comunicación de sus alumnos a paseos por la plaza, días de campo, asados los fines de semana y otros proyectos paralelos que vinculan el acto educativo con la vida cotidiana. La idea que subyace en los métodos de Alejandra es que todo espacio es una oportunidad para aprender, incluso cuando se trata de su propio aprendizaje como profesional. El momento en que cena en su casa con un amigo sordo es muy ilustrativa respecto de sus deseos y de la necesidad de no encasillarse en el rol de quien enseña, sino de mantenerse abierta a la experiencia de seguir aprendiendo.
Porque lo que Frontini parece proponerse es llevar el concepto de “Escuela” más allá de su definición clásica, para llegar hasta la idea de comunicación, centro esencial de la cuestión humana. Si la posibilidad de comunicarse tiene que ver con la dignidad de las personas, el trabajo de Alejandra consiste dignificar a sus alumnos, aportándoles más y mejores herramientas para la comunicación, incluso ante la imposibilidad de la palabra. Por eso la larga escena final en la que ella enseña a uno de sus alumnos adultos a mandar mensajes con su celular, resulta un broche perfecto para Escuela de sordos. Una alegoría muy sencilla (y por eso tan despojádamente poderosa) que cierra a la película con una circularidad bellísima, como afirmando: “Sí: al fin hemos establecido contacto”. Pero sin palabras, por medio de un silencio confortable en el que el lenguaje no necesita pronunciarse para ser tan efectivo como siempre a la hora de representar una realidad posible.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

domingo, 6 de octubre de 2013

CINE - "Dromómanos", de Luis Ortega: Un tropezón hacia el infierno

Luis Ortega es uno de esos artistas que no ponen las cosas fáciles a la hora de pensar sus películas y Dromómanos, que le valió el premio al mejor director en la Competencia Argentina del Bafici 2012, es el ejemplo perfecto de las dificultades de semejante empresa. El primero de esos trances (una palabra que tanto remite a un problema como a un estado alterado de la percepción) surge de la idea de realidad que la película propone: un espacio en donde tanto pueden reconocerse muchos perfiles de “lo real”, pero siempre atravesados, envueltos, esfumados o saturados de formas y recursos que extrañan el relato de tal modo que hacen pensar en el concepto de universo paralelo. 
Pero hay realidades paralelas y realidades paralelas, y si se quisiera apelar al recurso siempre tranquilizador de encerrar dentro de una categoría a un objeto libre e inclasificable, puede decirse que aquello que construye Ortega en Dromómanos tiene menos del País de las Maravillas de Lewis, que de los fantasmagóricos y siniestros mundos lyncheanos de Imperio o Mullholland Drive.
El relato comienza en la calle, en la más miserable, penosa y sórdida de las versiones que pueden tenerse de lo callejero. Gente revolviendo la basura con avidez, la misma con la que los exploradores buscaban oro en el desierto a finales del siglo XIX. Un adolescente con enanismo junto a una amiga molestan a una anciana desencajada, pidiéndole con insistencia una frazada, en una esquina muy cercana al Obelisco porteño. La cámara que se zarandea en torno de la escena y un montaje apresurado crean un falso clima de desprolijidad. Porque si de algo puede presumir esta quinta película de Ortega (las anteriores son Caja negra, Monobloc, Los santos sucios y Verano maldito) es de una precisión que no necesita hacer alardes de virtuosismo. Todo lo contrario: Ortega filma de un modo tan sucio y políticamente incorrecto como es posible, tratando de alejarse de los cánones hegemónicos de belleza. No es casual que muchos de sus personajes remitan a los protagonistas de Freaks (1932), de Todd Browning, o El tambor de hojalata (1979), de Volker Schlöndorff, basada en la novela de Günter Grass. La apariencia formal de Dromómanos es la de esos protagonistas, una película cinematográficamente contrahecha, pero tan capaz como ellos de desafiar la capacidad de asombro del espectador, exigiéndole dar, en lo ético o en lo estético, siempre un paso más.
Ortega reúne una galería de personajes que habitan en los márgenes, e incluso más allá, pero no se regodea en la marginalidad (aunque es necesario decir que él mismo, como director, amenaza todo el tiempo con ir a parar también del otro lado). El niño enano y su novia, cuyas dificultades físicas no le impiden ser tan celosa como cualquiera; un joven border que reparte sus días entre el psiquiátrico y el caótico departamento de quien pareciera ser su doctor, pero que no presenta un estado mental muy diferente del supuesto paciente; una muchacha que tiene un cerdito por mascota y a quien su camino la dejará cara a cara con la mismísima muerte. Ortega parece caer antes que descender por sus propios medios, a un mundo subterráneo y perdido, para, desde ahí, ofrecer paisajes que tienen su mejor correlato en algunas de las escenas infernales creadas por pintores como El Bosco o Brueghel el Viejo. 
Nota bene: para quienes aún no se hayan avivado de que el final de El conjuro, la película de terror de James Wan que tiene a todo el mundo hablando maravillas, arruina un film hasta entonces muy bien construido, Ortega les regala un exorcismo que, sin intenciones de hacer terror, es uno de los más originales, inquietantes y siniestros que se hayan filmado nunca.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

domingo, 10 de junio de 2012

CINE - Acorralados, de Julio Bove: Inverosimil visión de un pasado reciente

La idea de Acorralados, film de Julio Bove, es de lo más sencilla y ya desde su título propone un juego de palabras (no muy brillante) que deja el asunto bastante claro. Ambientada justo antes de la Navidad de 2001, en ese Acorralados se funden las millones de víctimas que padecieron la retención de sus ahorros con el Corralito -gentileza del inolvidable dúo conformado por el ex ministro de economía Domingo Cavallo y el ex presidente de la República Fernando De La Rúa-, y un grupo de personas más reducido que a partir de aquella circunstancia, voluntaria o involuntariamente, se ven envueltos en una situación sin salida.
El centro de la historia lo ocupa Don Antonio, un anciano que en la primera escena le confiesa a la tumba de su mujer que, después de intentarlo todo ha tomado una decisión. Y enseguida se pone una pistola en la cabeza. Lejos de aceptar su propio juego de comenzar el relato con una escena de tan alta carga dramática, el intento de suicidio de Antonio se ve frustrado por dos pibes chorros que le roban los zapatos, el cinturón y la boina y se van corriendo. De manera inverosímil, todo eso ocurre dentro de un cementerio parque: en sólo dos escenas, Acorralados comienza a mostrar los hilos de sus debilidades argumentales. Como ocurre con otras producciones nacionales estrenadas recientemente, esta está construida desde una idea de cine avejentada, que ni en su mejor época produjo buenas películas. Montada torpemente y musicalizada de modo explícito, la trama comienza a acumular golpes de efecto, en busca de sensibilizar al espectador. Antonio llega al banco que retiene sus ahorros y, granada en mano, exige que se los entreguen. Para ese momento ya sabemos que además de viejo, viudo y estafado, el tipo también es insulinodependiente. Y entre los rehenes que toma hay una pareja con un hijito de cuatro años sordo, un joven noble y suicida, cuya novia enferma se mató unas semanas antes para no ser una carga, y los empleados del banco, que son más cándidos que aquel de Voltaire (lo cual es mucho). Ante un panorama semejante, no es extraño que los deus ex machina se vayan acumulando para inventar un insólito final feliz, allí donde en la Historia no lo hubo.
La idea de jugar con los hechos a la vez trágicos y traumáticos de un pasado reciente, en principio no tiene nada de malo y las dificultades de Acorralados no surgen de allí. Su problema es la absoluta falta de recursos (o la mala selección de ellos) para contar el cuento elegido de una manera convincente. La elección del elenco no ayuda en ningún momento a definir el tono narrativo del film. Mientras Federico Luppi entrega una de sus clásicas actuaciones realistas -y hay que reconocer que hace hasta donde el guión se lo permite-, Esther Goris se maneja en un registro farsesco y el comisario de Gustavo Garzón parece salido de un policial de esos que mezclan comedia con intrigas. Es decir, tres películas distintas según el personaje que ocupe la pantalla. Vale subrayar que no se trata de un film que se dedica a cruzar géneros para causar un efecto narrativo determinado, sino de una que no sabe cómo quiere contar su historia. Y cuando una cosa semejante sucede, el resultado es que no hay película.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

jueves, 12 de abril de 2012

CINE - 14 BAFICI 2012, día 1: 14 años de mucho cine

Pasó otro año y como todos los abriles desde 1999, el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires volvió a abrir sus puertas. El honor de dar comienzo al BAFICI le tocó esta vez a El último Elvis, ópera prima del joven Armando Bo, nieto del mítico director e hijo de Víctor Bo. Pero antes de eso, la noche de apertura estuvo signada por las demoras de un estricto operativo de seguridad que incluyó patovicas en los pasillos mismos del teatro 25 de Mayo, para evitar que se colara cualquier manifestación contraria al Gobierno de la Ciudad, como ocurrió en la apertura de la pasada edición. La película de Bo, que pronto tendrá su estreno comercial, era esperada con expectativa, no sólo por lo que la película misma pudiera representar, sino por el linaje y portación de apellido de su director. La historia narra la vida de Carlos Gutiérrez, un cuarentón que vive, entre otras cosas, de imitar al Elvis Presley en eventos de todo tipo. El problema de Carlos es que vive como si realmente fuera Elvis, pero con los dramas de cualquier proletario del conurbano bonaerense. El film tiene virtudes y defectos que no pueden soslayarse. En el haber puede mencionarse la calidad con que el film fue realizado y, sobre todo, el hallazgo de un personaje protagónico que a pesar de su sino trágico resulta tan atractivo como encantador. Para ello es fundamental el trabajo y la gran voz del actor John McInerny, que parece poner su vida en cada escena. Como punto negativo debe mencionarse un excesivo preciosismo puesto al servicio de retratar las miserias de personajes para los que parece no haber piedad en el universo de la película. Las escenas finales son un ejemplo acabado de todo lo afortunado y desafortunado que El último Elvis tiene para ofrecer y, con todo, no deja de ser un film recomendable.

Ya en competencia, Dromómanos, nuevo trabajo de Luis Ortega, dio inicio a la contienda nacional. Retrato de un mundo desquiciado, el film se asemeja a una pesadilla habitada de personajes que transitan por fuera de todo margen, e incluso más allá. Decididamente onírica en muchos momentos, prendida con crudeza a lo más doloroso de la realidad por otros, Dromómanos no escatima recursos para representar su universo de miserias y angustias. Allí dentro una pareja de enanos, una niña que sigue a un puerquito sin saber que va tras la muerte, un psiquiatra más psicótico que su paciente, y los feligreses de una iglesia evangélica, son apenas detalles de una película que parece pintada por El Bosco y que recién sobre el final, tarde, se permite el lujo de la esperanza.

En cambio La chica del Sur, también en Competencia Argentina, es otra cosa: la segunda película de José Luis García resulta un mecanismo documental tan riguroso como delicado. El director narra su experiencia como participante en una convención de juventudes socialistas de todo el mundo en 1989, en la entonces impenetrable Corea del Norte, un par de meses después de la masacre de la plaza Tiananmen, algunos antes de la caída del muro. Ahí fue testigo del caso de una joven surcoreana que consiguió franquear la estricta frontera que divide Corea, para compartir su alegato en pro de la unificación del país. Luego de convertirse en heroína en el norte, es detenida como traidora en su regreso al sur. Fascinado, el director vuelve a Corea 20 años después para saber qué pasó con ella, pero en ese regreso quizá se conjuran otras cuestiones: tal vez sin saberlo García este viajando a buscar en el pasado respuestas que él mismo necesite para el presente. La entrevista final entre el director y la chica del sur ahora convertida en señora, en el barrio coreano de Buenos Aires, es tan graciosa como emotiva. Aunque por momentos su narración peque de excesivamente formal (una elección estética que no necesariamente es un defecto), La chica del Sur representa un trabajo documental impecable, por el material que ofrece y la sutil carga emocional que esconde entre sus pliegues.
Continuará...


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Cobertura publicada originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 17 de octubre de 2011

LIBROS- El chueco Fangio, de Daniel Roncoli: Un mito contado a los chicos

Desde siempre, el ser humano ha disfrutado de la competencia y se ha intrigado por saber quién de todos es el hombre más fuerte, o el más alto, o el más rápido. En La Iliada era Aquiles, el de los pies ligeros, quien reunía en sí la mayor velocidad y fuerza, quedando tal vez en manos de Ayax el título del más alto entre aquellos héroes. Lejos de las guerras, el asunto derivó en carreras: de a pie o de a caballo; de cuádrigas; de embolsados. Pero hace 61 años nacía la más moderna versión de esta famosa pasión: la Fórmula 1, reina madre del automovilismo, que como todas las competencias tiene su panteón de héroes. En un mundo globalizado, algunos de ellos casi han sido santificados, pero mas que por sus triunfos, sobre todo por el marketing. Antes de que todo esto ocurriera hubo un hombre, tal vez un semidiós que, así como faunos y centauros eran hombre y bestia al mismo tiempo, llegó a fundir su cuerpo con la máquina de manera casi perfecta. Juan Manuel Fangio, el hombre, el mito, ganó su primer Campeonato Mundial de Fórmula 1 en 1951, apenas un año después de creada la categoría. En poco más de una semana, el 28 de Octubre, se cumplirán 60 años de ese momento de gloria, del comienzo de la leyenda del Chueco, quien el 24 de Junio pasado habría cumplido un siglo de vida.
La editorial Párrafo aparte acaba de lanzar hace muy poco El chueco Fangio, un siglo de vértigo, una versión para chicos de esa historia fantástica, la del hombre nacido en la ciudad bonaerense de Balcarce que llegaría a convertirse en pentacampeón mundial. Escrito por Daniel Roncoli, con el asesoramiento del periodista Mauro Feito y las magníficas ilustraciones de Fernando Rossia, el libro cuenta todo desde la mirada de un chico cuyo abuelo, un mecánico, conoció al Chueco en su ciudad natal, cuando su carrera comenzaba y todavía no era un ser casi mitológico. Desde esa fascinación infantil que es capaz de creer lo increíble, aun cuando no sea verdad, se cuenta una aventura que bien podría ser fruto de una imaginación frondosa, pero que sin embargo es por completo real. Los coloridos dibujos “fierreros” de Fernando Rossia acentúan cada hazaña relatada del protagonista.
Lo curioso de esta edición, que recoge los cinco campeonatos del mundo obtenidos por Fangio (el único piloto en la Historia en lograr títulos en la categoría con cuatro marcas distintas: Alfa Romeo, Ferrari, Masserati y en dos ocasiones Mercedes Benz), es que también se edita en lenguaje braille, para que los chicos no videntes puedan tener también acceso no solo a la lectura, sino las proezas de este héroe de las pistas de carrera. Un emprendimiento saludablemente inusual, ya que se trata de la primera editorial que edita libros traducidos a este lenguaje de manera seriada. Y aunque esa sola voluntad ya merece ser destacada, El chueco Fangio es una agradable opción para aquellos chicos que aman los autos y para padres que quieran acercarlos a la lectura. ¿No está bueno imaginar que a partir de ahora los chicos jugarán carreras con sus autitos, en las que el Chueco le gana por una rueda al Rayo McQueen?



Un loable esfuerzo editorial



La editorial Párrafo aparte nació de una idea de su editor, Maximiliano Nobili, quien leyendo a sus hijos la historia del pirata Barbarroja se dio cuenta de que esa bien podría ser la del Bocha Bochini. De ese modo, la editorial se dedica a contar para chicos las hazañas de los ídolos e instituciones del deporte. Así llegó el primer título, Las aventuras del mellizo Guillermo Barros Schelotto, y más tarde otro sobre la historia del club Vélez Sarsfield. Lo interesante del emprendimiento es la voluntad incluir a los chicos invidentes entre sus lectores, a partir de ediciones en braille. Una gran idea.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 14 de abril de 2011

CINE - Torrente 4: lethal crisis, de Santiago Segura: El exceso como regla

Una de los argumentos en contra de la crítica es que muchas veces analiza a las películas sin tener en cuenta que no es lo mismo Godard que los hermanos Farrelly, y que debería verse a cada una por lo que pretende. Si bien esa afirmación es de algún modo válida, el problema para quien debe tomarse el tiempo de considerar al cine como arte o creación, es que no puede juzgar la intención del responsable a cargo, sino el resultado obtenido, aquello que se ve en pantalla. Este punto no es ajeno a la hora de evaluar a Torrente 4: lethal crisis, la nueva película del desagradable policía madrileño creado por el español Santiago Segura, a la que se podría despreciar por burda, grosera y contraria al buen gusto (estético y político). En parte tienen razón quienes así la juzguen. Torrente 4 es vulgar y escatológica, y hace humor a partir de temas tan delicados como la corrupción, el machismo, la homosexualidad, la xenofobia y el racismo. Y no duda un instante en utilizar a discapacitados de todo tipo, extranjeros, viejos o individuos embrutecidos como material conductor de ese humor. En suma una película despreciable. Pero vamos: ¡que es divertida, joder!
Ningún recurso es malo per se a la hora de hacer cine, la cuestión es para qué y con qué resultados se los utiliza. Y la lista de incorrecciones enumerada no es gratuita, sino que está puesta al servicio de un personaje notable como José Luis Torrente, un ahora ex policía que no duda en abusar de cualquiera con tal de conseguir un beneficio personal, por mezquino que sea. Notable porque retrata con dureza y gracia a un sector de la sociedad que no es para nada gracioso, sin perder de vista ni un segundo que se trata de una crítica. Claro que para notarlo hay que tener habilitada al menos cierta capacidad simbólica y las facultades mentales mínimas, como aquella que permite distinguir entre el bien y el mal. Juzgar a Torrente 4 como racista, homo o xenofóbica, o lisa y llanamente de derecha, es como pretender que Miki Vainilla es una expresión literal de Diego Capusotto (de quien Segura se declaró fanático), sin entender que se trata de una burla del objeto retratado. Una crítica con los pies en el barro. En cuanto al cargo de machista, pues, no hay nada que hacer: sin dudas es culpable, teniendo en cuenta el papel de mero accesorio y juguete sexual que tiene la figura femenina, no sólo para el personaje sino como recurso cinematográfico.
Es cierto que mientras la película juega con ese humor ramplón, por el otro se permite recurrir a los trucos más clásicos del slapstick e incluso a un tono hasta infantil (la escena de Torrente entrando de incógnito a una casa ajena es una seguidilla de gags viejos, inocentes y efectivos). Aun con su gracia (y siendo bastante superior a Torrente 3: el protector), debe decirse que esta cuarta entrega tiene algunas tuercas flojas. La utilización del 3D es una de ellas; tanto, que son pocas las escenas que lo justifican y ninguna demasiado efectiva (tal vez, apenas pueda verse como válida aquella que lleva a su non plus ultra el conocido chiste del jabón en el baño). Otro punto flojo que comparte con la tercera entrega, es la ausencia de un compañero fuerte: el trabajo de Kiko Rivera no consigue acercarse a los personajes construidos por Javier Cámara y Gabino Diego en las dos primeras. Y apenas algunos de los muchos cameos serán disfrutados por el público nacional (los del cantante David Bisbal o los futbolistas Agüero e Higuaín), pero la mayoría pertenecen a una fauna española demasiado de entrecasa que aquí no suman gracia allí donde debieran. En suma, Torrente 4 hará reír a los amantes del humor más desatinado, pero no a quienes se avergüenzan de ese tío desubicado (siempre hay uno), que arruina las fiestas familiares con eructos, pedos y chistes de pésimo gusto. Están avisados.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

viernes, 18 de marzo de 2011

CINE - Invernadero, de Gonzalo Castro: La belleza de lo ausente

Si alguien ha experimentado, en más de un sentido, los efectos del siempre atractivo cruce entre cine y literatura, esa persona es Gonzalo Castro. Reconocido casi al mismo tiempo como director y escritor, él conduce con notable buena mano los caminos paralelos de sus dos carreras. En ambas es hombre orquesta: además de dirigirlas, él se encarga del guión, la fotografía y el montaje de casi todas sus películas; y no solo escribe (ha publicado las novelas Hidrografía doméstica y Hélice), también es el responsable de la prestigiosa editorial Entropía, de la cual es fundador. Luego de dos películas, no es extraño que Castro se haya deslumbrado con la figura del escritor mexicano Mario Bellatin, al punto de hacerlo protagonista casi omnipresente de su tercer largometraje, Invernadero.
Histriónico casi hasta la histeria (o el narcisismo, como le dice en la cara su amiga Margo Glantz), Bellatin utiliza todo para hablar siempre de él. Sus libros; el discurso que deberá dar en un congreso; un rosario musulmán que su hija le compró, pero que aun no se decide a regalarle. El gancho que ocupa el lugar de su brazo derecho al cual, lejos de ocultarlo, le crea una mitología propia. La cámara no sigue a Bellatin: simplemente se queda allí como sin estar, en el lugar preciso donde las cosas ocurren. De vocación casi pictórica, Invernadero está compuesta de cuadros fijos en donde la acción parece predeterminada por los espacios retratados. Fantasmas entre los espacios abiertos a través de las tupidas plantas de un jardín; la luz colándose por debajo de una persiana que se va alzando de a poco hasta penetrarlo todo, sensualmente, en una habitación despojada; tres perros echados junto a una curiosa fuente vacía al ras del suelo; o tres mujeres que se vuelven de mármol en el claroscuro de un atardecer sobre el río. Solo ejemplos de una galería de cuadros vivos que amalgaman a personajes y escenarios, hasta volverlos parte de un paisaje literario. Paisaje a la vez ominoso y plácido, tales extremos es capaz de encontrar Castro en Bellatin.
La imagen final de su mano izquierda escribiendo sonoramente sobre un papel áspero que sujeta con su brazo metálico, mientras recibe un cálido abrazo de su hija, es una convincente carta de intención entregada a contratiempo. Invernadero habla de ausencias, de fatalidad; de la belleza que crece potente y forzada, como plantas de invernadero, para esconder el dolor.
Invernadero se proyecta todos los sábados y domingos a las 18:30 en el espacio Cine.Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415. Tras la función de mañana, el propio Mario Bellatin dialogará con el público.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

lunes, 14 de marzo de 2011

LA COLUMNA TORCIDA: Cómo ser bueno en pocas lecciones

Antes, si me preguntaban les decía que “los buenos cristianos, los buenos judíos y los buenos musulmanes no existen”; que detrás de esas fórmulas lo único que hay es la falsa idea de que el mundo se termina en el cerquito que separa lo tuyo de lo mío. Puro narcisismo de grupo, todas mentiras. Lo que existen son las buenas y las malas personas, esa es la ley primera. Y en tanto no cumplas la regla mayor, mal podés ufanarte de ser el campeón de las siguientes. Un día yo decidí que quería ser buena persona. Por entonces todavía era chico y creía que eso se conseguía por la sumatoria de buenas acciones, reduciendo esto último a simples destrezas de boy scout: cruzar viejas en las esquinas, conseguir un taxi para un tipo en silla de ruedas, juntar polenta para los pobres, llevar a un chico de la calle a comer a McDonald’s, cosas por el estilo. Pero la cosa se me complicó.
No sé qué le pasó al mundo, pero de un tiempo a esta parte es imposible cruzar viejas en las esquinas. Para empezar, las viejas vienen cada vez más jóvenes y cualquier sonrisa o inicio de conversación es tomado por galantería y enseguida te quieren llevar a tomar algo. Y cuando se enteran de las intenciones samaritanas, no ahorran en insultos. Además, desde que la mujer es igual al hombre, cualquier gesto de caballerosidad es tomado por el más ramplón de los chauvinismos y el abnegado caballero acaba tachado de machista.
Con lo demás no me fue mejor: si quería ayudar con el taxi a los señores con sillas de ruedas, los taxistas me tomaban por chorro y los inválidos por comedido. Y de alguno de los dos me ligaba una patada (¿adivinen de cuál?). Por otra parte, hace rato que la polenta se sirve en bolichitos de Palermo en porciones cuyo valor es inversamente proporcional a su mínimo volumen. Y el propio Ronald en persona me pidió amablemente que me retire de su casita, no bien me senté con mi amiguito callejero y todas las mamis a nuestro alrededor se abrazaron a sus carteras o directamente se fueron, tapándose la nariz y llevando sus mocosos a la rastra.
Ahora pienso que no hay caso, que la bondad no es para mí. Que se la sigan repartiendo los demás.

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Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

domingo, 25 de julio de 2010

LIBROS - Homenaje a Roald Dahl: de piloto a escritor en sólo una vida

Cualquiera sabe que en los cuentos las historias siempre suceden muy lejos y sus protagonistas no son sino gente común a la que le pasan cosas raras, o personajes raros que deben atravesar circunstancias aún más extraordinarias. Pero hubo un hombre, un aviador, que descubrió (aunque es probable que se lo inventara él solito) que no hacía falta irse muy lejos para encontrar universos inesperados. Su nombre ya de por sí era raro, un regalo que, como todos los chicos del mundo, recibió de sus padres, dos inmigrantes noruegos en la británica roca de Gales. Se llamaba Roald Dahl. Por supuesto que cuando decidió convertirse en piloto de aviones de guerra no sabía que su destino era otro.
Fue justamente en la cabina de su Hawkins Hurricane de la Real Fuerza Aérea que conoció a los Gremlins, unos duendes traviesos que vivían en los motores de los aviones y cuya mayor diversión consistía en detener las máquinas en pleno vuelo, muertos de risa viendo a los pilotos llorar de miedo. Los muy pícaros al fin se apiadaban y dejaban que las hélices volvieran a girar, para alivio de los tripulantes. Años más tarde las historias de estos duendes dieron forma a su primer libro de cuentos para chicos. (Mucho tiempo después, un director de cine un poco atrevido transformó a los Gremlins en unos monstruitos que nada tienen que ver con los verdaderos. Aunque también resultaron maravillosos y divertidos).
Después ya no pudo parar: Roald el aviador se volvió escritor, uno de los más ocupados, inventando cada vez más historias, siempre un poco asquerosas y cómicas, hasta que los chicos de todo el mundo lo eligieron como uno de sus favoritos. Tanto, que mucho de lo que él imaginaba sirvió para que otros directores de cine, un poco menos insolentes que el anterior, eligieran sus cuentos para hacerlos película. Y es verdad que son entretenidas, pero nunca tanto como sus libros. Matilda (Danny de Vito, 1990), Jim y el durazno gigante (Henry Selick, 1996) y El fantástico señor Zorro (Wes Anderson, 2009) fueron algunas. Y hasta filmaron dos con su novela Charlie y la fábrica de chocolate (Mel Stuart, 1971 y Tim Burton, 2005), ¡así de genial era su imaginación! Una vez le preguntaron cuál era su fórmula para hacer libros infantiles; él respondió: “Conspirar con los niños en contra de los adultos”. No se equivocaba.
Roald Dahl también fue padre ¡y qué padre! Tuvo casi tantos hijos como libros: cinco en total, cuatro nenas y un único varón. Cuando Theo (así se llama ese nene, que ahora es un señor) tenía apenas cuatro meses de vida, sufrió un tremendo accidente: el carrito de bebé donde dormía su siesta fue atropellado por un taxi, causándole algunos golpes que derivaron en hidrocefalia, una enfermedad que provoca que el líquido se acumule dentro de la cabeza, sin que entonces hubiera forma de sacárselo. Pero aunque estaba muy triste, el valiente Roald no se acobardó. Junto a dos amigos –uno ingeniero, el otro cirujano–, el gran escritor y mejor padre creó una aparatito para salvar a su hijo. El artefacto fue bautizado con el nombre de Válvula Wade-Dahl-Till, en homenaje a los amigos inventores, y ayudo en el tratamiento de su hijo, que mejoró, creció y hoy él también tiene una hija. Eso sí que es ser buen padre, dicen todos los que escuchan esta historia, casi casi tan buena como las que Roald siguió escribiendo hasta que su propio cuento se terminó en 1990. Pasaron 20 años, pero sus libros y su invento siguen conspirando con millones de chicos para hacer de la infancia un lugar menos horrible.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.