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jueves, 19 de mayo de 2022

CINE - "El fotógrafo y el cartero: El crimern de Cabezas", de Alejandro Hatman: Contra el olvido

Con el estreno de la miniserie Carmel: ¿Quién mató a María Marta?, en la que abordó el complejo asesinato de María Marta García Belsunce, el director Alejandro Hartmann había demostrado gran pericia en el manejo de un archivo inmenso, de un pelotón de testimonios y de una historia con una estructura narrativa muy compleja. Utilizando un dispositivo clásico que combinaba testimonios a cámara y archivos de noticias (audiovisuales, pero también gráficas), y una serie de viñetas intercaladas a lo largo del relato para construir una estética deudora del imaginario del género policial, Hartmann logró revivir de manera convincente la conmoción que provocó uno de los casos que más difusión mediática tuvo en la Argentina del siglo XXI. Casi lo mismo puede decirse de El fotógrafo y el cartero: El crimen de Cabezas, nuevo trabajo de este director, que también acaba de estrenar otro documental (El Nacional, retrato del Colegio Nacional de Buenos Aires) en la última edición de Bafici, hace apenas unas semanas.

En El fotógrafo y el cartero, producida y estrenada por Netflix, Hartmann reconstruye el brutal asesinato de José Luis Cabezas, ocurrido el 25 de enero de 1997 en Pinamar, y sus consecuencias. Es probable que cualquier argentino de más de 35 años sepa bien quién fue este fotógrafo y periodista, que en el momento de su muerte trabajaba para la revista Noticias, por entonces una de las más vendidas de la Argentina, cuyas tapas eran un espacio muy influyente en la política nacional. Recordarán también el nombre de Alfredo Yabrán, dueño de un grupo económico que controlaba todas las importaciones y exportaciones realizadas por el país, además de buena parte del correo interno y el clearing bancario. Un hombre con mucho poder, pero un virtual desconocido hasta que una foto de él, tomada por Cabezas, apareció en la tapa del popular semanario.

Si bien se trata de un documental formalmente clásico, incluso podría decirse que algo cuadrado en la elección y el uso de sus recursos, también es posible reconocer que esas características no representan una limitación, sino una elección. Una que le permite al director presentar la información de manera ordenada y clara. Algo que a partir del resultado final debe ser considerado un mérito, en tanto la cantidad de detalles y múltiples derivaciones que deparó la investigación de aquel crimen resultan abrumadoras. La película consigue abarcar la red completa de los hechos que le dieron forma a aquella historia macabra, vital para comprender y completar el relato histórico de la Argentina de fin de siglo.

En ese sentido, El fotógrafo y el cartero no solo cumple con el objetivo de narrar de manera exhaustiva el asesinato de Cabezas y toda su red de implicaciones. La película consigue también delinear un retrato preciso de la década de 1990, la compleja era menemista. Sobre todo del particular modo en que la política, empezando por el entonces presidente Carlos Menem, se relacionó con distintos espacios del poder económico, pero también de su banalización, convirtiéndose en un escenario más de la farándula nacional.

La confluencia de todas esas líneas en poco más de una hora y media resulta tan esclarecedora como impactante, convirtiendo al documental en un efectivo dispositivo contra el olvido de ciertos hechos ocurridos en aquel período y que, puestos uno al lado del otro, ofrecen la mejor definición de la época. Alguien los menciona en algún momento: el asesinato de María Soledad Morales; los atentados a la embajada de Israel y la Amia; el asesinato del soldado Carrasco; la explosión de la fábrica de armamento de Río Tercero e incluso la muerte de Carlos Jr., hijo del presidente. El asesinato de Cabezas no solo es uno de los crímenes más atroces desde el regreso de la democracia en Argentina, sino también el hecho que marcó el inevitable y trágico final de una época, condenada a terminar mal. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 20 de enero de 2022

CINE - "El Caballero Verde" (The Green Knight), de David Lowery: El mérito del fracaso

Después de haber sido engañado y desplumado por una bandita de salteadores adolescentes, un joven y muy inexperto caballero andante busca refugio por la noche en una casa en medio del bosque. La misma parece deshabitada desde hace tiempo y se ofrece como el lugar perfecto para recuperarse de la mala experiencia. Pero durante el sueño, una intimidante doncella se le aparece para pedirle un favor por lo menos extraño y que no es necesario revelar acá. Ante esta y otras situaciones que vuelven al episodio cada vez más inquietante, el caballero le pregunta a la mujer: “Mi Señora, ¿eres real o eres un espíritu?” Ella le responde con otra pregunta: “¿Cuál es la diferencia?”

Desconcertante y sugerente, esa respuesta representa una oportuna puerta de entrada para terminar de comprender y aceptar la clave narrativa con la que el cineasta David Lowery articula el relato de El Caballero Verde, su séptimo trabajo para la pantalla grande. Basada en el romance caballeresco Sir Gawain y el Caballero Verde, texto anónimo vinculado a los mitos artúricos cuyo original más antiguo data de finales del siglo XIV (aunque su origen oral se remonta a un impreciso más atrás), la película narra las aventuras que vive Sir Gawain al ir tras su ambición de convertirse en caballero. Un recorrido al que no le faltan desafíos y misterios, y en el que las eventuales derrotas forman parte esencial del verdadero camino que el joven noble debe desandar: el del héroe.

Como ya lo había probado en películas previas, como Mi amigo el dragón (2016), Historia de fantasmas (2017) o Un ladrón con estilo (2018), todas estrenadas en salas locales, Lowery vuelve a demostrar gran pericia a la hora de construir relatos cinematográficos. Y no solo porque desde lo estrictamente técnico El Caballero Verde resulte intachable. En ella también se pone de manifiesto (otra vez) una sensibilidad extraordinaria para construir situaciones emotivas, no solo desde lo que puedan expresar sus actores, sino a partir de decisiones que tienen que ver con la puesta en escena. En ese terreno el director hace gala de un virtuosismo que en ningún momento se percibe como un exabrupto del ego, sino como un atributo puesto al servicio de contar la historia de la mejor forma posible.

Igual que en sus trabajos anteriores –aunque esta vez de forma notoria—, El Caballero Verde vuelve a recurrir al espíritu de las fábulas. En esta ocasión para darle forma a una suerte de oda al fracaso en un mundo obsesionado con el éxito. Pero, ojo: no se trata de exaltar al fracaso como un fin en sí mismo, sino de apreciarlo como una invalorable instancia de aprendizaje en la búsqueda de la perfección. Claro que Lowery no realiza esta operación de forma explícita, sino que aprovecha el elemento de fantasía presente en este tipo de relatos, haciendo que más de una vez, a caballo de los fracasos de Sir Gawain, el cuento vuelva para atrás y recomience ahí donde la derrota le demuestra al héroe que hay otros caminos posibles. La escena final consigue expresar eso mismo con una increíble ternura con solo invertir la fórmula de lo siniestro, haciendo que lo que hasta ahí fue ominoso finalmente se vuelva amigable.

Es cierto que ese mecanismo puede llegar a producir situaciones confusas, sobre todo si se las piensa desde un modelo de narración clásico, haciendo que el espectador se pregunte si lo que acaba de ver realmente pasó o si se trata de la fantasía desatada del protagonista. Es justo para esa pregunta que el director ofrece aquella respuesta que la doncella le da a Sir Gawain a mitad de la película: ¿Cuál es la diferencia? No la hay. Acá no importa dónde está el límite entre lo real y la fantasía, entre la linealidad del relato y sus marchas y contramarchas. Lo único importante es la extraordinaria forma en que Lowery combina todo para ofrecer un universo hipnótico y deslumbrante, enteramente hecho de cine.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

sábado, 20 de noviembre de 2021

CINE - 36° Festival de Cine de Mar del Plata, Competencia Argentina, días 1 y 2: Retratos de la memoria

Este jueves comenzó el 36° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que como de costumbre tiene uno de sus principales focos en la Competencia Argentina. La misma está conformada por 12 títulos e incluye a Danubio, de la marplatense Agustina Pérez Rial; Atlas, de Guadalupe Gaona e Ignacio Masllorens; y Matar a la bestia, de Agustina San Martín.

“Aceptar las circunstancias es el principio de vivirlas como si fueran reales”. La frase, referida a la esencia de la actuación, pertenece al artífice de actores estadounidense Lee Strasberg y fue pronunciada en Mar del Plata, durante la edición 1968 de este mismo Festival. Tanta era la gente reunida para escuchar la espontanea masterclass que el creador de El Método brindó en el hall del Hotel Hermitage, que luego de dos horas las autoridades decidieron desalojarlo. Aunque la anécdota parece inocua, expresa con claridad el clima social de Argentina a fines de los ’60, donde la presencia de una pequeña multitud generaba recelo, aún cuando en su seno pareciera que solo se hablaba de cine. De eso trata Danubio.

Articulada a partir del relato de una joven inmigrante rusa, que llegó al país junto a sus padres siendo niña durante el gobierno de Perón, Danubio usa al Festival para contar una historia donde lo cinematográfico y lo político no son hechos autónomos, sino que representan distintas caras de ese poliedro infinito que es la realidad. Pérez Rial encuentra el soporte perfecto en un notable archivo fotográfico y audiovisual, que documenta de forma elocuente cómo se vivió el Festival en 1968. Una edición que estuvo signada por la presencia de nutridas delegaciones de los países del este europeo, por entonces territorio soviético, y por el accionar de las fuerzas represivas de la dictadura encabezada por el general Onganía.

Danubio podría ser un film noir, con su registro en blanco y negro que le da un aire nocturno y nebuloso. Pero también una película de intrigas que refleja, de forma extraordinaria, de qué manera la Guerra Fría también tuvo uno de sus principales campos de batalla en América latina. Esas imágenes, que parecen extraídas del Swinging London, son el marco de una historia signada por reuniones clandestinas, infiltraciones policiales y por el lugar que el cine ocupaba como herramienta de expresión ideológica. 

El clima que la narración en off va construyendo desborda electricidad política, acorde a aquel tiempo. Una época donde lo político no se hallaba encorsetado por el molde de lo partidario, sino que estaba adherido a todo. En especial al cine. Así lo confirma la suspensión de la proyección de una película checa, cuando su director se niega a permitir que corten 20 minutos de su metraje, provocando manifestaciones de repudio a la censura. Debe recordarse que 1968 marcó el punto más alto de esa omnipresencia política, ya que no solo es el año del Mayo Francés, de la Primavera de Praga o de las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos. En Argentina y en el cine es además el año de estreno de La hora de los hornos, de Solanas y Gettino, pero también el de la creación del Ente de Calificación Cinematográfica, encargado de decidir qué podían o no podían ver los espectadores en el país. Con elegancia, aferrada a un formalismo que nunca pierde la línea, Danubio pinta ese paisaje. Y lo hace a través de una de las armas cardinales del cine como expresión: su potencia para construir relatos.

Con algunos puntos formales en común con Danubio, el objeto que Gaona y Masllorens intentan capturar en su documental Atlas resulta más amplio y elusivo. La película comienza como un retrato de Christofredo Jakob, neurobiólogo alemán naturalizado argentino, eminencia de las neurociencias y el estudio del cerebro. Para abordarlo, los directores recurren por un lado a los recuerdos que su nieta Carmen María y su bisnieta Luz aún conservan de él. Por el otro, a una serie de registros que dan cuenta de su obra cumbre, el Atlas del cerebro de los mamíferos de la República Argentina, realizado junto a otra eminencia científica, el naturalista Clemente Onelli.

De alguna manera, el trabajo sobre el cerebro realizado por Jakob permite esbozar la forma biológica en que se construye y articula la memoria, con sus abstracciones y ramificaciones emocionales. Atlas parece haber sido concebida como réplica cinematográfica de esas redes, montada sobre un armazón hecho de imágenes recuperadas, de recuerdos a medio olvidar y de evocaciones que casi funcionan como un dejá vú. Para ello, Gaona y Masllorens recurren a diferentes formas de archivo, yendo de lo fotográfico a lo notarial, pasando por bitácoras de laboratorio o los relatos fatalmente incompletos de Carmen y Luz, cuyas interacciones en cámara le aportan a la película algunos momentos cercanos a la comedia. 

Ese avatar cinematográfico de la memoria incluye sus propias veladuras y borroneos, que cumplen un rol vital. Así lo expresa de modo gráfico una serie fotográfica que retrata a las internas del Hospital Nacional de Alienadas, nombre que recibió en su fundación el Hospital Moyano, donde Jakob tenía su laboratorio. Pero en esos retratos, que evidencian el estado mental de las pacientes, también se manifiesta el efecto que el tiempo le imprimió a las imágenes, volviéndolas espectrales. Tal vez en Atlas la historia de Jakob es apenas una excusa, un ardid montado para capturar a los fantasmas que se ocultan en los fragmentos de la memoria.

Más cercana a un relato de ficción de estructura clásica, Matar a la bestia, ópera prima de San Martín, cuenta la historia de una chica que llega hasta Misiones en busca de un hermano al que no ve desde hace un tiempo. El lugar funciona como un territorio de frontera, no solo por la proximidad del límite entre Argentina y Brasil, sino porque ahí también se separan la selva de lo humano, lo fantástico de lo real y quizás también lo masculino de lo femenino. Esas múltiples confluencias se conjuran para darle a la película una atmósfera híbrida, signada por lo onírico. 

“Le tengo miedo a todo. A todos. A las sombras, a los cuerpos, a los besos”. La sentencia, que la protagonista dice en off al promediar el film, parece funcionar como metáfora de la forma en que lo femenino percibe su relación con un mundo definido por lo masculino, en el que todo es pasible de ser convertido en una fuente de temor. La presencia de una criatura que acecha a las mujeres desde las profundidades de la selva, subraya esa mirada, direccionando (y limitando) las lecturas de una película que elige el camino del artificio y toma voluntaria distancia de lo verosímil. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 16 de septiembre de 2021

CINE - "Los voyeristas" (The Voyeurs), de Michael Mohan: ¿Quién mira a quien?

El travelling avanza con suavidad sobre una calle hacia la ochava, donde hay un local de lencería. Atraviesa la vidriera del negocio, en cuyo fondo las cortinas entreabiertas de un probador revelan el cuerpo de una mujer en ropa interior viéndose al espejo. La chica nota la intrusión y mirando a cámara cierra las cortinas con gesto ofendido. Enseguida, una versión empalagosa del clásico de Billy Idol “Eyes without a Face” suena en la secuencia de títulos de Los voyeristas, sobre una sucesión de planos detalle de iris, pupilas, escleróticas, párpados y pestañas. La intensión es evidente: dejar bien claro que no solo la mirada, sino los ojos de quienes miran serán muy importantes en el desarrollo de esta película. Y sobre todo, que nadie está libre de ceder a la tentación de andar por ahí espiando la vida de los otros. En especial usted, el espectador.

Lo que propone Los voyeristas, dirigida por Michael Mohan, es un juego de miradas encadenadas que se sabe dónde empieza pero no dónde termina. El primer eslabón les corresponde a Pippa y Tom, que acaban de mudarse para comenzar la experiencia de vivir en pareja. La película los presenta con la candidez propia de la juventud, seguros de que estar condenados a un destino de felicidad eterna. La primera noche, mientras cenan a oscuras, descubren que pueden ver todo lo que pasa en el departamento de enfrente, cuya superficie vidriada les ofrece el imprevisto show de la vida real. Allá, otra pareja de jóvenes que parecen sacados de una publicidad tienen sexo, mientras los protagonistas se preguntan si está bien quedarse mirando. Aunque al principio Tom parece el más interesado, será Pippa la que un día aparezca con un par de binoculares y ellos también terminarán haciendo el amor mientras espían. 

Intrigados por la vida ajena, Pippa y Tom se cuelan en una fiesta de disfraces para instalar un micrófono y así poder oír además de ver. Y lo que descubren es que no todo lo que brilla es oro. Al mismo tiempo, la hermosa vecina visita la óptica donde trabaja Pippa para hacerse un par de anteojos y la invita a tomar un café. Pippa cree que es una buena oportunidad para revelarle a ella los secretos que su marido le oculta. Con referencias obvias a Doble de cuerpo, de Brian De Palma (y de ahí a La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock), Los voyeristas también es un relato lleno de dobleces. Un laberinto de espejos donde cuesta distinguir la imagen real de su reflejo. Como en la película de De Palma, acá también el erotismo y el deseo forman parte de la ecuación, haciendo que los paralelos se vuelvan más evidentes. Sin embargo, el giro que toma Los voyeristas en su último tercio resulta más inverosímil que inesperado, haciendo que el dilema de la película, más moralista que moral, se corra de la simple curiosidad hacia un asunto bien distinto, tan cuestionable como tirado de los pelos. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 30 de marzo de 2020

SOCIEDAD - Las historias detrás de la foto que elogió el presidente Alberto Fernández

Todas las fotos tienen una historia detrás, o varias, y la que ilustró la tapa de la última edición dominical de Tiempo Argentino tiene las suyas. Y después del elogio público que Alberto Fernández le hiciera a través de Twitter, vale la pena conocerlas. Pero mejor, ir en orden.
Esta mañana el Presidente de la Nación publicó la foto en su cuenta personal en la red social del pajarito azul, acompañada de un texto en el que rescató la potencia y el contenido de la imagen. En la misma se ve una calle de adoquines en la que algún comunicador anónimo escribió con pintura amarilla una consigna: “La vacuna somos todos”. Junto a la frase se ve pasar a un hombre que va cargando las bolsas con las compras y que parece regresar a su casa, donde, presumiblemente, continuará con el aislamiento social decretado por el Estado nacional para prevenir la expansión de la pandemia provocada por el infame coronavirus.
“La foto es en una calle de San Telmo. La tomó Alejandro Amdan, reportero gráfico de la agencia Télam. Es uno de los mensajes más claros que vi. Al virus le ganamos desde nuestras casas y entre todos y todas”. Eso dice el tuit presidencial que acompaña a la imagen y que hasta hace un rato había sido compartido casi 9.500 veces y acumulaba 53.000 Me Gusta. Esa misma foto había sido objeto de charlas, marchas y contramarchas entre los editores responsables de poner en los kioscos la última edición de Tiempo Argentino.
“Nosotros habíamos elegido esa foto para ilustrar otra nota, creo que en la página 5 del diario”, comenta Edgardo Gómez, uno de los editores de fotografía de Tiempo. “Pero todavía nos faltaba encontrar una para la foto principal de tapa. Queríamos algo con un mensaje positivo, que fuera proactivo. Primero habíamos pensado en una de Ginés González García, el ministro de Salud, dando indicaciones en el aeropuerto mientras cargaban los aviones con los respiradores artificiales para mandar a las provincias”, continúa dando detalles el editor. “Pero entonces Pablo Taranto, uno de los editores generales del diario, vio la foto de Amdan y sugirió pasarla a la tapa. Todos estuvimos de acuerdo, porque la imagen es muy gráfica y nos pareció que simbólicamente era el mensaje que queríamos dar como diario cooperativo en este momento”, concluye Gómez.
Eso explica cómo fue que esa imagen que hoy le gustó tanto al Presidente llegó el domingo hasta la tapa de Tiempo Argentino, pero para saber la historia completa todavía faltaría conocer las circunstancias en las que se tomó esa foto emblemática, que con tanta eficacia resume el espíritu de esta época. Alejandro Amdan tiene muchos años de reportero gráfico y una carrera que antes de llevarlo a convertirse en editor de la agencia nacional de noticias Télam, le permitió pasar por algunos de los diarios más importantes del país, como Crónica o Página 12, entre otros. “Casi todas las fotos de prensa se dan o por casualidad o por situaciones que buscamos: este es un caso en el que la buscamos, porque ese grafiti lo hicieron sobre la calle, abajo del balcón de mi casa. Así que lo único que tuve que hacer es esperar a que pasara alguien cerca de él”, cuenta Amdan en diálogo con Tiempo. “Pero la verdad es que por el asunto de la cuarentena no pasaba nadie y los pocos que lo hacían iban por la vereda. Hasta que pasó este señor, al que no conozco, cargando con las compras en una bolsa de un color que hasta era parecido al de la pintura de la calle, lo cual supongo que le da más fuerza a la imagen. Esa fue la primera que saqué. Después me quedé esperando, porque siempre querés ver si pasa algo mejor. Pero no: la primera fue la mejor y así la subimos al servicio de Télam. Esa es toda la historia”, revela el fotógrafo.  

-¿Cómo tomaste la foto?
-El grafiti lo hicieron a la madrugada y como es debajo de mi casa, incluso tengo la foto de cuando lo estaban pintando. Pero publicar esa hubiera sido medio buchonazo de mi parte. Además eran las tres de la mañana y la luz tampoco era muy bonita. Se perdía mucho el tema del color de la pintura, que es un amarillo furioso. Por eso esperé hasta el otro día y ahí, bien temprano, empecé a ver cómo resolverlo con gente.  
-¿Y qué era exactamente eso que esperabas?
-Necesitaba que alguien pasara cerca de la frase, pero todos iban por la vereda. Creo que el color que usaron para pintar, que es muy fuerte, hace que la gente crea que la pintura está fresca y entonces no lo pisaban ni le pasaban cerca. Mi idea era que en el cuadro de la foto solo se viera el adoquín. No quería que aparecieran ni vereda ni ventanas. Y alguna persona que pasara por ahí. Creo que si se viera algo más la imagen no tendría la misma potencia.  
-¿De qué forma creés que tu foto representa el espíritu del momento que atravesamos?
-Creo que la clave está sobre todo en la frase. Que yo ya la conocía, porque me parece que se la escuché a la doctora Carla Vizzotti, la secretaria de Acceso a la Salud que todas las mañanas da el parte diario en el Ministerio. Creo que la frase cierra mucho el juego entre la idea de la pandemia y de estar adentro, con eso de que la vacuna somos nosotros. Me parece que eso es lo que llama la atención y que el contraste con los adoquines de la calle, y sobre todo la persona llevando sus compras es lo que termina de dar el sentido. Creo que una foto solo de la pintada sobre la calle no sería lo mismo. En general en fotografía siempre buscamos el elemento humano (o animal) para darle a la imagen algo de vida. Si no es un papel escrito y nada más.  
-¿Te pasó alguna vez que una foto tuya tuviera tanta trascendencia? No es habitual que el Presidente de la Nación comente tu trabajo.
-Cristina alguna vez me pidió algunas fotos del primer viaje oficial que hicieron a Europa, cuando Néstor era el presidente y ella Primera dama. Aquella vez hice una foto en la embajada argentina en Londres que a ella le gustó y me la pidió. Pero no fue un comentario público, sino un pedido. Pero eso pasa muchas veces, que alguien ve una foto publicada y te la piden porque le gustó.  
-La historia que contás detrás de la foto resume bastante bien cuál es y cómo es el trabajo del fotógrafo. Eso de estar al acecho.
-Nosotros somos cazadores de cosas. Claramente. Vemos situaciones y a veces nos adelantamos. O esperás con la idea de encontrar el momento preciso, que es lo que pasó con este señor de las bolsas. No es que sabemos qué va a pasar, pero sabemos que algo puede pasar. Eso lo tenés todo el tiempo. Los reporteros gráficos, y sobre todo los de mi generación, nos formamos en eso: en cazar situaciones. Obviamente no es lo mismo hacer esta foto que hacer otra, porque detrás de cada foto hay una persona. Y en cada foto vos ponés tu historia, tus lecturas, tu música, tu ideología. Eso es inevitable. El tema es qué hacés con eso sin convertirte en un troll que inventa cosas. Los verdaderos reporteros no inventamos nada, sino que registramos algunas cosas que pasan en la realidad.  

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

lunes, 11 de noviembre de 2019

CINE - 34° Festival de Cine de Mar del Plata, Día 2: Fuegos de Galicia, Aguas de Bolivia

El inicio de la Competencia Internacional del 34° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata no podría haber sido más contundente, ya que la proyección de su primer título, O que arde, del gallego Olivier Laxe, estableció un estándar de calidad cinematográfica muy alto. Ambientada en el paisaje agreste de Galicia y tal como se anuncia desde el título, el fuego ocupa acá un lugar central, trayendo consigo toda la carga simbólica que suele cargar. El guionista de la película, el argentino Santiago Fillol, reveló antes de comenzar la proyección que todos los fuegos que se verían a continuación no eran producto de los efectos especiales, sino abrazadoramente reales. El dato sirvió para generar expectativa, pero la película se toma su tiempo para dejar que el fuego entre en escena. Cuando lo hace, su efecto es abrumador.

El comienzo de O que arde es poderoso e inquietante. En él una serie de tomas nocturnas convierten a un bosque en un espacio sobrenatural a partir del soberbio trabajo con la luz y la cámara. Luego un plano general muestra como de repente los árboles comienzan a caer como si un monstruo gigante los estuviera derribando. El plano siguiente desnuda el carácter humano y mecánico de ese monstruo: dos topadoras amarillas avanzan llevándose a la naturaleza por delante, revelando un espanto real que justifica la atmósfera terrorífica que Laxe construyó con una precisión asombrosa. Pero de golpe las máquinas se detienen frente al vacío que ellas mismas generaron y en el hueco oscuro comienza a delinearse el contorno de un árbol enorme, ancestral. De repente la película se convierte en un western en el que se baten a duelo dos mundos irreconciliables que han quedado frente a frente: el de una España rural que parece detenida en algún punto cercano a la Edad Media y el de una modernidad que avanza sin medir consecuencias. Ambas realidades estarán en pugna durante toda la película.

La que narra la historia de Amador, un habitante del monte gallego que estuvo preso por pirómano, luego de que lo hallaran culpable de quemar uno de esos bosques. Amador es un marginal, pero no un delincuente o un caído del sistema, sino alguien que se ha quedado fuera del mundo y se intuye que de forma no del todo involuntaria. Alguien al que la condena ha dejado solo, pero que quizá también haya elegido ese destino. Al salir de la cárcel regresa a su pueblo, a la casa de su madre, a quien ayudará a cuidar las tres vacas que poseen. La relación con sus vecinos se debate entre la compasión, la burla y la desconfianza. Laxe realiza un registro cálido de los interiores de la casa en la que el protagonista vive con su madre y contempla con mirada amorosa esa vida simple que comparten en la montaña.

Además realiza un trabajo maravilloso capturando en detalle tanto las variaciones del clima como su vínculo con el paisaje y con la historia que se narra. Y así como registra esa comunión entre los elementos, del mismo modo captura la ternura que signa la relación entre el protagonista y su madre. Lo que hace extraordinaria a O que arde es la delicadeza poco usual con la que Laxe construye una cosmogonía que da cuenta de un orden y un equilibrio. Una gestalt en el que el fuego volverá a alzarse inevitable, para reabrir heridas, para conjurar la culpa y desatar el castigo, pero también para purificar a ese perfecto mundo imperfecto que Laxe modeló con tanto acierto.

Durante la primera jornada también comenzó lo que a priori parece ser una potente Competencia Latinoamericana. En ella se verán los últimos films de cineastas de prestigio como los argentinos Alejo Moguillansky y Andrés Di Tella, los chilenos Ignacio Agüero y José Luis Torres Leiva y la brasileña Maya Da-Rin. En ese conjunto la presencia de Sirena, coproducción entre Bolivia, Qatar y Chile, aparece como la posibilidad de abordar una cinematografía que sigue siendo un secreto para la mayoría de los espectadores vernáculos.

Dirigida por Carlos Piñeiro, el drama de Sirena tracciona a partir del choque que ha convertido en un malentendido permanente a la cultura de América latina. Un diálogo de sordos entre los nativos y los que llegaron con la conquista para quedarse, en el que nunca parece haber una comprensión real de lo que significa el concepto del otro. Ambientada en los ’80, un ingeniero junto a un hombre de su entorno y un policía llegan en bote hasta una isla a través del vasto lago Titicaca. Con ellos va un guía aymara, encargado de llevarlos hasta un poblado al que solo se puede llegar caminando mucho.

Durante ese breve prólogo Piñeiro maneja con sensibilidad el recurso del primer plano, registrando manos, pies, rostros, la superficie del lago y su revés subacuático. Esa insistente proximidad permite entender, a través de los detalles de sus pieles y vestimenta, las diferencias notorias en el origen de los personajes. Una vez en tierra la perspectiva cambia. A partir de ahí el director elige trabajar con planos amplios y profundos que registran una inmensidad en la que lo humano ocupa una parte mínima del paisaje. Cuadros compuestos desde una perspectiva que tiende a lo geométrico como objetivo estético, al equilibrio de los elementos. Un equilibrio que contrasta con ese permanente choque cultural en torno al cual gira la acción. El uso de un blanco y negro perfecto completa una receta que le da al relato un aire misterioso.

Con la llegada a la aldea, la presencia de un cadáver resalta el contraste entre las partes. Separados por idioma y tradición, aymaras y criollos parecen condenados a chocar. Pero no todo es tensión: Piñeiro acierta a intercalar pinceladas de un humor inesperado. Como cuando una radio de fondo hace sonar los inconfundibles acordes de “Humo sobre el agua”, de Deep Purple, que tres risueños aymaras intentarán replicar con quenas y bombos algunas escenas más tarde. Un detalle delicado para mostrar que hay lenguas, como la música, capaces de acercar lo que hasta entonces parecía irreconciliable. 

Artículo publicado en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 12 de abril de 2019

CINE - BAFICI 21, Los caminos alternativos días 8 y 9: Documental y policial

Los últimos rescoldos de la 21° edición de BAFICI comienzan a apagarse. Mucha carne cinematográfica se coció este año sobre esas brasas, aunque hay que reconocer que fue mucha menos que en temporadas anteriores. Era imposible que la crisis no impactara en su abundante programación, que este año se vio menguada de manera considerable en cantidad aunque manteniendo intacta su calidad.
Competencias, secciones temáticas y focos dedicados a destacar la obra de artistas puntuales volvieron a proponer distintos caminos desde los cuales recorrer un contenido que, incluso disminuido, sigue siendo humanamente inabarcable. Pero más allá de estos senderos “oficiales”, establecidos a partir del concepto curatorial, hay muchas formas de recorrer este y cualquier festival de cine. Solo es necesario estar atento para encontrar diagonales y líneas de puntos que tejen una red de conexiones entre películas que el catálogo se ha encargado de separar, interponiendo muchas páginas entre ellas.
Los amantes de las narrativas del crimen más atentos tal vez hayan notado que este año era posible armar una suerte de trilogía espontanea, orquestada en torno a tres documentales dedicados a contar historias de la vida marginal, que formaron parte de tres secciones distintas. Dentro de la Competencia de Vanguardia y Género se proyectó Apuntes para una película de atracos, documental de León Siminiani que cuenta el caso del Robin Hood de Vallecas, el líder de una banda de boqueteros que en 2013 desvalijó siete bancos de Madrid entrando por el sistema público de alcantarillas y sin disparar un solo tiro. La sección "Lugares", integrada por películas dedicadas a recorrer distintas ciudades y espacios desde los puntos de vista más diversos, incluyó entre las suyas al film Camorra, del italiano Francesco Patierno. Ahí se traza una genealogía posible del hampa de la ciudad de Nápoles, incluyendo una mirada social que excede la mera crónica policial. Finalmente en la sección "Trayectorias", que reúne los últimos trabajos de un grupo de prestigiosos directores, pudo verse Shooting The Mafia, de la británica Kim Longinotto, en la cual realiza un retrato de la fotógrafa palermitana Letizia Battaglia, primera mujer en integrar el departamento de fotografía de un diario italiano, quien posee un impresionante archivo de imágenes vinculadas a la Cosa Nostra, la mafia siciliana.
La historia de Battaglia verdaderamente valía una película. Nacida en Palermo, epicentro de las actividades del crimen organizado en la isla del sur de Italia, la fotógrafa puede ser considerada uno de esos moldes que sentaron las bases para construir el nuevo modelo de mujer que comenzó a tomar forma durante el transcurso del siglo XX. Chica liberal que nunca le temió a poner sus propios deseos por delante de los prejuicios sociales, Battaglia descubrió su pasión por la fotografía casi al mismo tiempo que la que aún hoy siente por los hombres, a sus más de 80 años. Luego de desempeñarse algún tiempo como cronista de un diario de su ciudad, descubrió que su amor por las fotos podía ser también una herramienta de trabajo y así se convirtió en la primera fotógrafa del periodismo italiano. Así también entró en contacto con los asesinatos que a diario tenían lugar en las calles de Palermo.
Shooting The Mafia juega con la doble acepción del verbo disparar, que en el idioma inglés tanto se aplica a un arma como a una cámara de fotos. En ella se presentan las imágenes captadas por Battaglia a lo largo de más de 50 años: cuerpos acribillados en el suelo o en el interior de un auto; charcos de sangre; mujeres llorando a los gritos que necesitan de cuatro o más policías para contenerla; ejércitos de niños portando armas. Un horror que parece no tener fin.
Pero fotografiar a la mafia también implica retratar la pobreza de una de las regiones más miserables de Italia. Battaglia muestra la foto de una madre sentada con un bebé en brazos y otros dos nenes chiquitos alrededor. Cuenta que esa mujer con cara de cansada estaba tan sobrepasada, fregando la escalera de su casa, que no sintió el llanto de su bebé. Cuando lo escuchó y se acercó a calmarlo, se encontró con una rata comiendo los dedos del pequeño. “Fotografiar el dolor es vergonzoso”, reconoce Battaglia, pero sabe que su trabajo debía ser hecho y su archivo hoy cobra un valor testimonial invaluable, convertido en memoria gráfica.
El paisaje que se retrata en Camorra es el de la ciudad de Nápoles, cuya estructura criminal no era en principio tan organizada como la de la Cosa Nostra y hasta casi los años ’80 se mantuvo a la sombra de las mafias de Sicilia y Marsella, y vinculada sobre todo a los delitos de contrabando. Sin embargo, la conclusión es la misma: prestarle atención al mundo del crimen equivale a tener que recorrer sus vínculos directos con la pobreza y el abandono de las clases bajas por parte del estado o las estructuras del poder económico. “Nápoles no es una ciudad mafiosa, sino una ciudad plebeya”, afirma la voz en off.
Esa misma voz expone su tesis con claridad: el crimen organizado (al que en Nápoles se conoce como camorra) actúa como un airbag que contiene la rebelión social y protege los intereses de las clases poderosas. En otras palabras: mientras al pobre se le permita delinquir para garantizar su supervivencia, entonces la paz social estará salvagurdada y los grandes capitales no deberán preocuparse por atender las molestas consecuencias de la miseria. La camorra es entonces un poder del cual se sirvieron durante muchos años políticos y poderosos.
Una imagen incluida en Shooting the Mafia parece confirmar la connivencia. A mediados de los ’60 es capturado por la policía Luciano Leggio, jefe de la mafia que tenía su centro en el pueblo de Corleone, en la cual se inspiró Mario Puzzo para su personaje de El Padrino. En las imágenes de televisión de la época se puede ver por la luneta trasera del patrullero que se aleja cómo uno de los policías que flanquean al capo mafia lo palmea en la espalda. Como si fuesen amigos, como si hubiera confianza. Como si formaran parte del mismo equipo. Un sistema que fácilmente puede trasladarse a cualquier parte del mundo para comprobar que su funcionamiento sigue siendo el mismo y aún es muy eficaz.
Construido con un impresionante material de archivo que incluye reportajes e informes televisivos de las décadas de 1960 y 1970 en los cuales se aborda el vínculo entre la pobreza y el delito, Camorra es un documental elocuente. Alcanza ver y escuchar a grupos de chicos de entre 10 y 15 años contando sus tempranas experiencias criminales para conmoverse. Las primeras víctimas del crimen convertido en una enfermedad social endémica no son entonces ni los asaltados, ni los extorsionados, ni siquiera los muertos, sino esos chicos aplastados cada vez más contra los márgenes y la exclusión. Las imágenes de aquella Nápoles en blanco y negro muestran una ciudad que todavía conservaba un sistema social y una dinámica pública más parecida a la de una enorme aldea medieval que a la Europa del siglo XX. Un hervidero de miseria.
Si bien en su tema central Apuntes para una película de atracos se aparta en apariencia de las dos películas anteriores, por detrás la recorren las mismas certezas. Es cierto que la historia del delincuente conocido como el Robin Hood de Vallecas transcurre en Madrid y no en el sur italiano, de la misma forma que los hechos tienen lugar ya en el siglo XXI y no en el anterior, como en los otros documentales. Pero las historias de crimen nunca son felices y saberlo permite comenzar a tender puentes.
Siminiani es fanático de las películas policiales y siempre tuvo la fantasía de filmar una, en especial una de atracos, de robos a bancos, como las que se contaban en la época del film noir. Cuando el director escucha por primera vez la noticia de los siete robos realizados por una banda de boqueteros (o butroneros, como se los llama en España), queda fascinado con la historia de su líder, un hombre común sin antecedentes criminales ni necesidades económicas que acaba convertido en delincuente. De ahí a contactarlo en la cárcel luego de su detención, ya bautizado por los periodistas (siempre tan creativos) como el Robin Hood de Vallecas, había solo un paso.
Buena parte de la película se encarga de reconstruir la forma en que el cineasta y el delincuente comenzaron a forjar una relación que nace con la película pero que de a poco comienza a deslizarse hacia otro tipo de vínculo. El ladrón le enseña todo sobre la red del alcantarillado de Madrid y el director va y se mete por el mismo lugar que el otro y llega hasta el boquete todavía abierto bajo el sótano del banco. La película vale la pena solo por esa escena claustrofóbica bajo las calle madrileñas. Pero no es lo único.
Para convencerlo de participar en el documental, en un momento el director le dice al delincuente que “los documentales son más reales que las películas”. Una afirmación bastante torpe viniendo de un cineasta y no solo por colocar al cine documental por fuera de la categoría de "Las Películas". Porque: ¿qué serían los documentales si son algo distinto de las películas? La sorpresa llega con la respuesta del ladrón, que no solo lo refuta sino que ofrece una espontanea muestra de inteligencia intuitiva, tal vez sin comprender del todo los alcances de su contestación: “Te diré que realidad solo hay una”. Es cierto: el cine siempre es una imagen subjetiva y el documental no está exento de esa regla.
El increíble Robin Hood de Vallecas toma como propio un lema que popularizó el ladrón italiano Albert Spaggiari, quien se hizo famoso por el robo millonario a un banco de Niza, Francia, realizado en 1976 utilizando el mismo método del boquete, cuya máxima era: “Sin odio, sin violencia, sin armas”. Curiosamente la frase se opone en lo simbólico, lo práctico y lo ideológico al modus operandi de la mafia, sistema criminal con el que se identifica a la delincuencia italiana, basado en el terror y la violencia.
A pesar de las diferencias, como las dos películas anteriores Apuntes para una película de atracos acaba por encontrar el origen del problema y a la vez el pico de su crueldad en una niñez descuidada. El Robin Hood vallecano vuelve una y otra vez al vínculo con su padre, también ladrón y traficante de drogas, con quien lo une una ambigua sensación de amor, culpa y reproche. “Mi padre era un crack”, se enorgullece el boquetero, que un rato antes había reconocido que aquel no había sido con él todo lo cuidadoso que un padre debería ser con sus hijos. Es por eso que el Robin Hood de los boquetes aparece toda la película con una máscara, para no ser reconocido. Él también ahora es padre y prefiere no repetir el mal ejemplo. Es ahí, en esa ternura, donde Apuntes para una película de atracos recupera esa humanidad que las otras dos películas habían dado por perdida. 

Artículo publicado originalmente en la revista digital La Agenda.

domingo, 15 de abril de 2018

CINE - BAFICI [20], Competencia Argentina, Días 1 y 2: Un comienzo promisorio

Tal como ocurre cada año, la Competencia Argentina del Bafici –festival que fue presentado por el ministro de cultura de la ciudad, Enrique Avogadro, como el que más películas argentinas estrena en el mundo— vuelve a ofrecerse como un catálogo ecléctico que incluye parte del mejor cine que se produce en el país. Sus dos primeras jornadas resultaron promisorias y las cuatro películas proyectadas, un botón de muestra de lo que puede ser una gran selección. Habrá que ver si el resto de las 15 películas programadas en esta edición mantienen o superan el nivel de lo visto hasta el viernes.
La responsabilidad de abrir la competencia recayó en el documental Buscando a Myu, de Baltazar Tokman, cineasta de gran trayectoria como documentalista (Tiempo Muerto, 2010; Planetario, 2011; y I Am Mad, 2013) y una ficción, Casa Coraggio (2017), que es casi un documental. Acá Tokman vuelve a apoyarse con firmeza en lo documental, pero una vez más revela una capacidad inusual para retorcer el molde del género de forma tal que la película lo desborda tanto desde lo narrativo como desde lo formal. El alma del relato es Garrik, un joven mago y psicólogo que tratar de entender lo que ocurre con la más chica de sus hijas, quien mantiene un vínculo intenso con un amigo imaginario. No hay en el protagonista ninguna intención de reprimir aquellos juegos, sino más bien un intento por descubrir qué zonas de la percepción o del alma humana son las que generan aquellas conductas y por qué las mismas desaparecen junto con la infancia. Como en otros de sus trabajos Tokman vuelve a apelar a los medios más heterodoxos para reunir el material de su película, incluyendo junto al registro tradicional conversaciones por Skype, videollamadas realizadas con celulares, material extraído de YouTube, cámaras subacuáticas o montadas en barriletes, y hasta cámaras ocultas. Cualquier cosa con tal de captar de la mejor forma un recorrido que incluye distintas teorías psicológicas, espiritismo, gente que ya grande dice convivir con presencias que ahora hasta sus hijos creen ver, y el testimonio de especialistas en ciencias improbables como la duendología. Con esas herramientas Buscando a Myu no solo cuenta esa historia, sino que se convierte en una elegía a la pérdida de la inocencia que, por si fuera poco, también pone en escena el derecho a la intimidad de los chicos y cuestiona con delicadeza los límites de la paternidad.
En Foto Estudio Luisita, otro documental, los debutantes Sol Miraglia y Hugo Manso retratan a las octogenarias hermanas Escarria, Rosita, Chela y Luisita, tres colombianas que llegaron a Buenos Aires en 1958 y fueron las responsables del estudio fotográfico que da título a la película. Por él pasaron algunos de los grandes artistas y estrellas de la farándula local durante las décadas de 1960, 1970 e incluso 1980. El relato se centra en Luisita, la fotógrafa, responsable de capturar la belleza, la gracia o el encanto de un panteón que incluye a Atahualpa Yupanqui, Tita Merello, Libertad Lamarque, Luis Sandrini, José Marrone, Moria Casán, Susana Giménez, Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Juan Carlos Altavista, Amelita Vargas, un sinfín de vedettes, grupos de música tropical y otras especies cuyas figuras habitaron las marquesinas de la Avenida Corrientes. Pero la película también pinta el vínculo de las Escarria con Miraglia, la directora, a quien las tres mujeres solteronas han adoptado como a la hija que no tienen y con quien comparten la intimidad. Una de las virtudes de Foto Estudio Luisita consiste en exponer el valioso tesoro cultural que representa el archivo de Luisita, y en el mismo movimiento convertirlo en una excusa para retratar con ternura ese universo femenino. La otra es provocar en el espectador el deseo de abrazar a la tímida protagonista, una mujer talentosa y de enorme sonrisa, que en silencio y con el apoyo de sus hermanas consiguió convertirse en uno de los secretos más asombrosos de Buenos Aires. Esa capacidad de estimular el lado emocional del espectador merece destacarse.
Tras haber presentado aquí todas sus películas –menos De Caravana, su ópera prima, que se estrenó en la edición de 2010 del Festival de Mar del Plata—, el nuevo film del sanjuanino y cordobés por opción Rosendo Ruíz, Casa propia, confirma su vínculo con el Bafici. Aquí vuelve quedar en evidencia el gran oído del director para captar el sonido de las calles de Córdoba, el habla popular de la ciudad, capacidad que va mucho más allá de lugares comunes como el lenguaje, la tonada o el humor de sus personajes. Por el contrario, todo eso es puesto al servicio de un relato universal que no se detiene frente al límite del localismo. Se trata de la historia de un profesor de escuela secundaria de mediana edad, tironeado por dos extremos que se ocultan detrás de distintas máscaras. El deber ser como hijo de una madre enferma de cáncer y sus ganas de terminar de dar el salto a la vida adulta, o la necesidad de formar una pareja contra la voracidad de un deseo en el que habita la frustración. Un retrato crítico acerca de la crisis y los desafíos de la masculinidad en el siglo XXI. Lejos del espíritu farsesco de su trabajo debut o de los aires experimentales de, por ejemplo, Tres D (2014), Casa propia es un drama expansivo en los que la presión se va acumulando dentro y encima de su protagonista. Por suerte para él, del otro lado de la cámara hay un director que aprieta pero no ahorca, que no se permite el gesto omnipotente de la crueldad, permitiéndole explotar pero sin juzgarlo y que hasta tiene la generosidad de dejarle al final una puerta entreabierta.
Tras haber presentado hace algunos años un debut extraordinario como Mauro (2014), en el que la ficción se presentaba filtrada por el realismo más descarnado, con el documental Casa del teatro Hernán Roselli parece recorrer el camino inverso. Usando como eje la figura de Oscar Brizuela, un viejo actor que reside en la casa del título, dedicada a dar cobijo a artistas retirados de escasos recursos, esta vez Roselli consigue hacer que sea el documental el que tome prestadas las herramientas de la ficción. Con ellas va montando un retrato de Brizuela quien, tras ser afectado por un ACV que barrió con buena parte de sus memorias más recientes, contrata a quien parece ser un investigador privado para que encuentre a su hijo Maxi, al que no ve hace demasiados años. En paralelo a este registro directo, Roselli utiliza una vieja película protagonizada por un joven Brizuela para ilustrar el relato entrecortado y a veces confuso de la relación con su hijo, con sus mujeres y algunas de sus experiencias como actor. En ese juego de cruces de relatos y formatos, Casa del teatro va asumiendo el perfil de una película de intrigas, una de detectives pero incapaz de llegar a los extremos del film noir, porque no hay forma de no sentir compasión y ternura por Brizuela y sus compañeros de residencia, abandonados y ya sin los brillos que alguna vez tuvieron. En ese sentido el trabajo de Roselli es también una elegía. Con ella homenajea a aquellos artistas con quienes el olvido ha sido impiadoso pero que, como las estrellas retratadas por Luisita en el documental de Miraglia y Manso, también se merecen el rescate del cine. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 26 de enero de 2018

CINE - "Requiem para un film olvidado", de Ernesto Baca: Crónica de la extinción

La historia que cuenta el cineasta experimental Ernesto Baca en su última película, Réquiem para un film olvidado, tiene su inicio en una fecha muy precisa y de perfil profético: 12-12-12. Ese día, el 12 de diciembre de 2012, la multinacional Kodak discontinuó la producción de película para cine, demoliendo sus plantas productoras. Por eso la palabra “film” en el título resulta precisa e irremplazable: Baca se apresta a narrar la historia personal de su vínculo no solo con el cine, sino con el film, ese soporte físico y vital que signó los primeros cien años de historia del arte de la imagen en movimiento.
Baca es un artista que milita por aquellos formatos tradicionales que el devenir tecnológico ha declarado actualmente obsoletos y Réquiem para un film olvidado es un manifiesto a la vez político y artístico. Un acto de magia, en tanto el director entiende al cine como la manufactura de lo maravilloso, pero también un acto de resistencia en la batalla contra la extinción. Construida a partir de las herramientas del cine experimental, que en sus manos parecen producir resultados no muy distintos de los obtenidos por precursores del género como Narcisa Hirsch o Claudio Caldini en la efervescente década de 1970, la película representa un verdadero desafío para el espectador moderno. La narrativa de Baca es arborescente, deambulante al punto de muchas veces parecer inconexa. Pero en ese dejar fluir su propio relato el director va acumulando ideas y preguntas, aunque a veces su prosa se vuelve algo excesiva, recargada.
 Entre las muchas ideas que propone, Baca relaciona el concepto de lo maternal, ese núcleo que representa el propio origen y la conformación de una identidad, con lo que para él mismo en tanto artista significan los formatos experimentales del cine analógico, en particular el Super 8. Del mismo modo compara el cambio de costumbres que implicó su conversión a la religión hindú siendo parte de una familia de tradicional base católica, con el cambio que representa el paso del celuloide al digital en el cine. Alteraciones que para un cineasta radical implican antes un cambio de fe que una mera modificación en las condiciones de trabajo. Porque Baca parece relacionarse con el cine del mismo modo en que se relaciona con lo sagrado, como si de algún modo las películas encarnaran la parte trascendente de su forma de transitar lo humano.
Sin embargo hay mucho de digital en el cine de base analógica de Baca. En su extraordinaria banda sonora se superponen una cantidad de sonidos muchas veces cercanos a géneros de la música electrónica como el noise o el industrial, que generan el ambiente ideal para los alucinados montajes de Baca. Pero al mismo tiempo resultan ambiguos en relación con su manifiesto de artesano pre digital. A esta aparente contradicción responde el propio director, ya pasada la primera mitad de la proyección: “Madre, ninguna cultura está separada de otra. Esto es una ilusión. Ninguna cultura es mejor que la otra. Esto es otra ilusión. Todas tienen sus propios fines y solo tomamos de ellas lo que de verdad nos sirve.”
De esta forma Réquiem por un film olvidado no solo es el registro de una búsqueda estética y cinematográfica, sino un diario de preguntas existenciales que alimentan una búsqueda mayor, algo que con ligereza reduccionista podría entenderse como el sentido de la vida. Y en el medio una declaración de principios que es a la vez un grito desesperado: “No busco público: busco testigos.” 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 21 de septiembre de 2017

CINE - "Alanis", de Anahí Berneri: El amor y lo sórdido

Como en buena parte de su filmografía, la directora Anahí Berneri muestra en Alanis, su nueva película, un mundo que sigue siendo hostil ante ciertas realidades y necesidades femeninas. Pero lo hace de un modo sumamente amoroso, mostrando una constante preocupación por el destino de su personaje principal, sin permitirse jamás dejarla librada a las inclemencias del guion. Y sin necesidad de caer en trucos emotivos ni en subrayados formales planteados desde la propia escritura, y sin recurrir a la música para acentuar los giros más dramáticos o los momentos de tensión que van articulando el desarrollo de un relato que no ahorra en ellos. En esta ocasión el vehículo elegido para llevar adelante el relato son los hechos ocurridos durante unos pocos días en la vida de Alanis, una prostituta interpretada por Sofía Gala Castiglione.
Alanis vive con su hijo de un año y medio y una compañera de trabajo en un departamento que tanto hace las veces de vivienda como de privado en el que recibir a sus clientes. Un día la policía irrumpe en la casa haciéndose pasar por clientes y la sumatoria de los hechos que a partir de ahí se desencadena hace que ella y su hijito terminen en la calle, en una situación aún más precaria. Berneri se vale con inteligencia de los escenarios elegidos, sacándole provecho tanto a los espacios reducidos como a los abiertos, sin permitir en ningún momento que el realismo pringoso le imponga condiciones a la voluntad fotográfica de encontrar el modo más certero y bello de mostrar ese universo en el que el relato se sumerge. En ese sentido la directora, en colaboración con el fotógrafo Luis Sens, consigue que muchos de los cuadros de la película tengan una composición casi pictórica que parece adherir a una estética renacentista, en la que la abundancia de la carne y el trabajo con la luz ocupan un lugar preponderante.
Como ocurría en Por tu culpa (2010), una de sus películas anteriores, acá también Berneri acompaña a su protagonista en una suerte de espiral descendente en la que la realidad se parece más al infierno que a la vida. O lo que es aún más angustiante: a lo que la vida representa para aquellas personas a las que el sistema social va empujando fuera de sus márgenes. Y Castiglione no le esconde el cuerpo al desafío, no sólo desde lo dramático sino también desde lo literal, aspectos que en esta película se encuentran ligados de manera íntima. Su trabajo es el soporte físico de lo que la directora pone en escena y es a través de ella que la película va en busca del incierto destino de ese descenso. También es a partir de su figura que Berneri se permite un breve pero interesante juego intertextual, en el que la voz en off de Moria Casán, madre de Castiglione, se filtra en la película proveniente de un televisor encendido, para rozar desde otro ángulo el tema de la prostitución. Se trata apenas de un juego que no deja de ser por un lado oportuno, en tanto dialoga con la escena de la cual participa, pero que también le permitirá a quienes estén atentos un fugaz momento de distención.
Otro aspecto que merece destacarse es el estupendo trabajo realizado con y por el pequeño Dante Della Paolera, el hijo de Castiglione, que es quien ocupa el rol del hijo de la protagonista. Es difícil afirmar que un nene de un año y medio interpreta un rol, sino que más bien es guiado por la directora y por quienes interactúan con él. Sin embargo el resultado que se ve en pantalla es muchas veces asombroso, consiguiendo quizás por azar, ubicuidad o disciplina, que el pequeño Dante participe activamente del sentido general de las escenas de las cuales forma parte. Un mérito para nada menor teniendo en cuenta la importancia de su personaje dentro del relato.
La visión del mundo que Alanis propone está teñida por cierto desencanto, por una tristeza que surge de observar un determinado estado de cosas que en la realidad parece de improbable solución. Pero no es menos cierto que Berneri también se permite cerrar su relato de una manera que es, a su modo, luminosa, aún lejos de los avatares de lo legal, y con la certeza de que lo sórdido y lo turbio continuarán ahí, acechando cotidianamente a su protagonista. Alanis sostiene su esperanza en la posibilidad de que hay una familia esperando a cada quien en alguna parte, una familia que podrá ser informal, ensamblada y hasta fragmentaria, pero también real.

Artìculo publicado originalmente en la secciòn Espectáculos de Pàgina/12.

domingo, 21 de mayo de 2017

CULTURA - "Bowie by Mick Rock", muestra fotográfica de Mick Rock: El hombre que nos enseño a mirar a Bowie

A veces plantear una pregunta puede resultar la mejor forma de aproximarse a un tema. Una pregunta que funcione no sólo como una trivia que haga entretenido el inicio del abordaje, sino que además sirva para introducir y destacar el detalle más importante del asunto, aquel que lo vuelve relevante y digno de ser tratado. Eso que en periodismo se suele denominar "La Noticia". En cuanto al asunto que nos ocupa esta vez, un posible interrogante que cumpla con ambas premisas de manera eficiente podría ser el siguiente: ¿cuál es el vínculo que une a una heterogénea lista de rockeros que incluye entre otros a David Bowie, Blondie, Queen, Talking Heads o los Ramones con el predio de la Sociedad Rural Argentina? La respuesta es Mick Rock.
Mick Rock es una de esas personas a quienes su nombre parecía tenerles reservado un destino manifiesto. Se trata del fotógrafo y artista gráfico británico vinculado al universo del rock más prestigioso del mundo. Es reconocido sobre todo por haber sido durante más de 40 años el fotógrafo oficial de David Bowie, el prolífico y multifacético cantante y artista fallecido hace poco más de un año. Desde hace algunas semanas la muestra Bowie by Mick Rock se encuentra instalada en el predio palermitano y se la puede visitar hasta el 28 de mayo. La misma representa un recorrido explícito y sublime por el producto de la relación entre fotógrafo y cantante: la galería de retratos de Bowie más completa del universo y sus alrededores, que de algún modo registra el legado cultural de un artista tan admirado como influyente.
Iniciativa realizada con el apoyo de DF Entertainment y Access Creative Agency NYC, Bowie by Mick Rock incluye reproducciones fotográficas gigantes, proyecciones, efectos visuales dentro y fuera de la sala, recreaciones de espacios y diferentes hechos específicos que marcaron la vida de Bowie. Dentro del material incluido se encuentra además la película documental Shot! The Psycho-Spiritual Mantra of Rock, dirigida por Barney Clay, que también formó parte de la reciente 19º edición del Bafici, el Festival Internacional de Cine Independiente porteño, en cuyo catálogo se califica a Rock como “el fotógrafo de rock más importante de los últimos cincuenta años”. Ahí mismo el crítico David Obarrio describe a la película como un recorrido por el universo íntimo del rock, en el que el ubicuo fotógrafo oficia de guía. “Detrás del desfile de caras míticas que empieza con Syd Barrett, pasa por Bowie, Iggy Pop y Lou Reed y sigue de forma infinita, asoman las anécdotas feroces, el olvido, las caídas, la risa del diablo como la melodía peligrosa del mundo del espectáculo y sus vidas al límite”.
La carrera de Rock comenzó cuando conoció a Syd Barret, mítico guitarrista fundador de Pink Floyd, justo después de que este dejara la banda. Una de las fotos que entonces realizó con el músico acabó siendo la imagen que ilustra la portada de su primer disco como solista, The Madcap Laughs. Dos años más tarde conocería a Bowie y su vida cambiaría de rumbo para siempre. "Mick es el hombre que fotografió el rock”, dijeron los organizadores de esta exhibición que llega a su última semana. Y tienen razón: la lista de artistas con los que Rock trabajó es un auténtico dream team de rock and roll. Además de Barret y Bowie, también aceptaron ponerse bajo la lente del fotógrafo bandas y artistas fundamentales como Lou Reed, Queen, Blondie, Talking Heads, Iggy Pop e incluso los más grandes iconos del punk en Inglaterra y los Estados Unidos, los Sex Pistols y los Ramones. Una lista que habla por sí sola de la calidad del trabajo de Rock.
Bowie by Mick Rock representa además la segunda exhibición fotográfica de semejante nivel dedicada a ilustrar el mundo del rock que abre sus puertas en Buenos Aires en 2017. Ya en marzo el fotógrafo estadounidense Bob Gruen había visitado la ciudad para presentar Rock Seen, otra galería rockera que incluía retratos de los Sex Pistols y sus miembros, de los héroes del punk inglés The Clash, de Led Zeppelin, Tina Turner, Chuck Berry, Mick Jagger y John Lennon. Gruen ya había visitado Argentina en 2011 para presentar una muestra de fotografías del ex líder de The Beatles en el Centro Cultural Recoleta. Al igual que las dos de Gruen, la muestra de Mick Rock resultó un éxito de convocatoria, confirmando el gran amor (o el fetiche) de los porteños por los grandes mitos del rock.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino

viernes, 5 de mayo de 2017

CINE - "Fin de semana", de Moroco Colman: Sentimientos y tamaños

En su entrada dedicada a la palabra Economía, el Pequeño Larousse Ilustrado la define, en una de sus acepciones, como “virtud que consiste en evitar los gastos inútiles”. Dicho concepto parece ser también la máxima que rige el modo en que el director cordobés Moroco Colman decidió construir su primer largometraje, Fin de semana, que acaba de pasar por la Competencia Argentina del recién concluido Bafici y ahora tiene su estreno comercial. Una economía que no tiene nada que ver con la miseria ni la pobreza en el uso y despliegue de sus recursos, sino con la inteligencia para decidir cuáles son los más apropiados para contar la historia que se ha decidido narrar y de qué modo utilizarlos, poniendo su potencial a disposición del relato.
Claro que en principio parece difícil no desconfiar de la sobriedad de una película cuya sinopsis adelanta que el ratio de la pantalla –es decir el tamaño en que la imagen es enmarcada– cambiará tres veces durante la proyección, pasando de un formato cuadrado al amplio Cinemascope y de ahí al tradicional rectángulo de 16:9. Una decisión que tirada así sobre la mesa parece un rebusque pretencioso, justo lo contrario de la definición recién utilizada para calificar a Fin de semana como austera y eficaz. Sin embargo, Colman se las ingenia para que un recurso de esa magnitud, que a priori resulta difícil creer que pueda pasar desapercibido y sin entorpecer la experiencia, no sólo se encuentre incorporado a la puesta en escena de un modo sutil e ingenioso, sino que representa una herramienta oportuna para poder conectar y unir las piezas del complejo rompecabezas emocional que el relato propone.
Narrada de manera simple y directa, Fin de semana comienza con la llegada de Carla a un pueblo serrano, en donde se encuentra con algunos familiares con quienes al parecer no se ve hace bastante. Su presencia sorprende a todos, pero impacta sobre todo en Martina, una joven que apenas ha pasado la adolescencia, a quien parece incomodar hasta el enojo. El motivo de la llegada de Carla es la muerte del padre de Martina y aunque la película nunca específica el vínculo entre ella y ese hombre, queda claro que los unía una estrecha familiaridad. Martina mantiene además con Diego, hijo de la última esposa de su padre y bastante mayor que ella, una relación tortuosa con matices violentos. Como se dijo, este primer acto se encuentra filmado en un apretado formato cuadrado con inclinación por los claroscuros, que potencia un clima opresivo en el que no tardan en aparecer los roces entre Carla, Martina y Diego, haciendo que el hueco de la ausencia se vuelva una carga que trasciende la pantalla.
A mayor empeño pone Carla en acercarse a Martina, más esta se aleja y, como si se tratara de un capricho, más se entrega al juego de deseo y rechazo en el que Diego le impone condiciones. Agobiada, esa noche Carla decide salir y en un boliche se encuentra con un viejo amigo. Se emborrachan y terminan compartiendo la cama con otra mujer que conocen ahí mismo. La apertura de la pantalla, la cadencia sensual de la música a todo volumen y la textura saturada de neón conspiran para generar un clima liberador, cercano al de un sueño extrañamente placentero. La experiencia no sólo cambiara la forma en que Carla perciba su vínculo con Martina, sino que le permitirá a la joven una instancia de empatía en la cual encontrar puntos de contacto para empezar a reconstruir la relación.
Con naturalidad, pero sin caer en la pose ascética que es un vicio de cierto cine independiente, Fin de semana consigue entregar un relato potente y personal, que cuenta con el aporte central de un elenco soberbio, que ha sabido captar la esencia emotiva de la trama y de los personajes. Y con la notable capacidad de sus tres directores de fotografía para definir en imágenes el espíritu de cada una de las partes que componen el recorrido del relato trazado por Colman.  

Artículo publicoado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 2 de marzo de 2017

CINE - "El hombre de Paso Piedra", de Martín Farina: Cosmovisiones empatadas

Director de Fulboy y de Taekwondo (esta última junto a Marco Berger), en su nueva película, El hombre de Paso Piedra, Martín Farina se permite contar una historia en la que no da nada por sentado. Retrato del ladrillero Mariano Carranza, que vive dedicado a su labor solitaria en las afueras de Choele Choel, Río Negro, El hombre de Paso Piedra es también un relato en el cual Farina confronta su forma de entender el mundo con la de ese hombre, en apariencia opuestas. El resultado es un film cartesiano en el que cada quien defiende su propia cosmovisión, pero que nunca se permite asumir como propia ninguna de ellas, limitándose a plantear el contraste y la duda.
A diferencia de La libertad (2001), de Lisandro Alonso, con la que comparte la voluntad de retratar a un hombre de campo solitario que dedica todo su tiempo al trabajo, Farina no se limita a observar ni resume su labor a la colocación de la cámara o al montaje. A Farina no sólo le interesa mostrar la vida del protagonista, sino que necesita darle una voz, escucharlo, saber qué piensa y cómo se define a sí mismo por oposición a un mundo moderno que, lejos de quedar fuera de campo, se corporiza en la voz y la presencia del propio director. Farina convive con Carranza para registrar con su cámara no sólo la misantrópica labor de ladrillero que literalmente realiza de sol a sol, sino también su vida cotidiana, ese período de oscuridad en la que el hombre se ciñe al mero esperar que la luz regrese para volver al trabajo.
Farina logra que su fotografía capte esa luz con la contundencia de lo sólido (que no debe confundirse con lo tosco), como si cada escena fuera una muestra de la realidad aislada en un envase aséptico de 24 fotogramas por minuto. Otro mérito destacable es su banda sonora. En ella una serie de sonidos cíclicos, como los cascos de un caballo, el tic tac de un reloj, el machacar rítmico de un martillo, o el golpe seco de los ladrillos al ser apilados, se encadenan y funcionan como encarnaciones de un metrónomo natural que marca el pulso del film y el tempo de la narración, y terminan de darle un cuerpo tangible al ritmo manso de la vida del protagonista. La labor se completa con fragmentos de música electropop que funcionan como avatar sonoro del contraste entre Carranza y Farina, protagonista y director, los protagonistas.
A partir de ese diseño sonoro, trabajado con tanta delicadeza, llama la atención que no se haya conseguido captar con mayor claridad la voz de Carranza que, entre las reverberaciones naturales de algunos espacios y su forma de hablar cerrada, como para adentro, dificultan la comprensión de algunos pasajes en los que él expone su particular forma de interpretar al mundo y la realidad. Para el final Farina se guarda una escena que vuelve a remitir al cine de Alonso, esta vez a Fantasma (2006). En esa escena posterior a los créditos, los roles se invierten y es Carranza quien, casi como un fantasma, le devuelve al director la visita, cerrando un intercambio no sólo físico y espacial sino, de un modo muy simple, también filosófico y trascendental. El cruce de dos cosmovisiones distintas, pero no necesariamente opuestas. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

domingo, 11 de diciembre de 2016

CULTURA - Selfies: La fotografía en tiempos de hiperconsumo e individualismo

La moda de las selfies, surgida con el desarrollo de la tecnología digital y que le permite a cada ser humano tener una cámara de fotos a su disposición durante las 24 horas (todos los días), parece una costumbre reciente, pero tal vez sea apenas la versión más actual de una vieja costumbre. Porque, de la Creación para acá, mirarse a sí mismo ha sido una de las actividades favoritas de las personas. ¿Acaso no fue Dios quien la inventó, en el mismo momento en que, a falta de celular con cámara de infinitos megapíxeles, no tuvo mejor idea que crear al hombre “a su imagen y semejanza”, sólo para poder mirarse, para ver cómo quedaría Él mismo parado delante del Jardín del Bien y del Mal? Una manifestación de vanidad que, como tantas otras, el ser humano ha reproducido hasta el paroxismo.
Desde entonces el género humano se empecina en acaparar protagonismo, obstruyendo con su presencia todas las maravillas del mundo, que deben resignarse a cumplir un mero papel de reparto, el fondo escenográfico sobre el que se desarrolla el drama humano. Las selfies son la última encarnación de esta manía humana de ser el árbol que se encapricha en tapar el bosque.
Explicar qué son las selfies puede parecer una tarea sencilla si se las piensa apenas como autorretratos fotográficos. Que lo son, por supuesto. Sin embargo, una definición como esa, que reduce el acto a su mínima expresión, equivale a esquivarle el bulto al asunto, como quien se saca de encima un trámite bancario. Tratando de ir más a fondo, es posible agregar que se trata de instantáneas digitales en las que la figura humana ocupa el centro de universos intercambiables. Un formato fotográfico en el que, por otra parte, sujeto y objeto son la misma cosa y en el que cualquier otro elemento más allá de esa dualidad carece casi por completo de valor. En la selfie poco importa el contexto y da lo mismo si es tomada en la Acrópolis ateniense, el cerro de los Siete Colores o con una pared descascarada detrás. En ellas la experiencia de la observación es rebajada a un mero ejercicio reflexivo que no se diferencia demasiado de mirarse en el espejo. Son imágenes seriales como los crímenes de un psicótico, compulsivas como las malas costumbres, y autoinfligidas, como la masturbación. Bueno... tal vez lo anterior sea una exageración, aunque es cierto que se trata de un acto que no se contempla más que a sí mismo y que ignora por completo la presencia de lo otro. El triunfo de la vanidad.
Las selfies encarnan, además, la frivolización de una de las funciones que se encuentra en el ADN de la fotografía como herramienta documental: la de dejar constancia gráfica y expresa de la presencia humana en determinados lugares y circunstancias. Una desviación hacia lo masivo de aquellas fotos que servían para perpetuar momentos únicos de la historia, algunas de ellas muy famosas, que respondían a un concepto actualmente muy popular en Internet: “Pics or it didn’t happen” (algo así como “Si no hay fotos que lo prueben, eso no pasó”), utilizado como respuesta cuando alguien se jacta de haber protagonizado situaciones o anécdotas muy improbables. Fotos como la que tomó el expedicionario neozelandés Edmund Hillary de su compañero y guía, el nepalés Tenzing Norgay, para inmortalizar el momento en que un ser humano pisó por primera vez la cima del monte Everest; o las que se tomaron entre sí los astronautas Neil Armstrong y Buzz Aldrin mientras se convertían en los primeros hombres en dar un paseo lunar. En la actualidad ambas situaciones tranquilamente podrían haberse convertido en selfies, no sólo porque la tecnología moderna lo permite (en la web es posible hallar algunas realizadas por astronautas en órbita), sino porque hoy hasta la situación más intrascendente acaba convertida en una selfie.
En ese sentido, estas representan el carácter masivo e invasivo que ha alcanzado la fotografía e implican una doble degradación. Por un lado flexibilizando los límites de la intimidad, hasta disolver las viejas fronteras que delimitaban los espacios propios de lo público y de lo privado. Por el otro, produciendo un excedente que atomiza el valor de la fotografía como forma de expresión. Si en su etapa analógica era un espacio reservado para captar y perpetuar lo trascendente, hoy, selfie mediante, parece empecinada en el ególatra laissez faire de retratar lo trivial, lo frívolo, lo fútil. Sin embargo, en aras de una mirada más justa, tampoco puede decirse que la selfie tenga pretensiones trascendentales ni aspire a la inmortalidad, sino que se conforma con cumplir con el modesto objetivo de retratar al protagonista y desaparecer casi tan rápido como fue tomada.
Pero hay otro aspecto de interés, quizá central, surgido de la mencionada dualidad sujeto/objeto del formato. Al contrario de lo que ocurre tradicionalmente en la fotografía, en la que el observador se coloca de frente al objeto retratado, dejándose fuera de campo de manera voluntaria, en la selfie todo ocurre a sus espaldas. Al retratarse a sí mismo el fotógrafo se reserva el primer plano de la imagen, disputándole (o directamente arrebatándole) el rol estelar al paisaje. Se trata entonces del registro de lo que ocurre cuando el fotógrafo deja de estar atento al mundo para pensar sólo en sí mismo. Lo que importa no es la fotografía como herramienta que define al mundo a partir de una mirada, sino “yo en la fotografía” como centro de un mundo en el que no importa nada más. Un avatar fotográfico afín al triunfo del hiperconsumo y el individualismo que rige los tiempos que corren, en el que se impone como slogan omnipresente aquel que grita: ¡sálvese quien pueda!

CINE - Suvenires inocuos: acerca del documental "Austerlitz", del ruso Sergey Loznitsa

Las personas comienzan a entrar al predio una vez que se abre el portón de rejas que guarda su entrada. Se trata de una verdadera multitud. En el interior, la cámara del director ruso Sergey Loznitsa espera y observa, fija, inmóvil, captando algunas imágenes que perdidas entre la marea humana podrían haber pasado desapercibidas para el ojo desnudo. La toma se alarga y la gente es tanta que el cuadro está siempre colmado de cuerpos. Pero sobre el final, como si el director fuera una especie de Moisés cinematográfico con un poder sobrenatural, la muchedumbre se abre y la escena queda casi vacía. Entonces sobre el fondo se ve como un hombre se abraza a la reja de entrada, de espaldas a cámara, para que permitir que un joven le tome una fotografía. En la estructura misma de esa reja a la que el hombre se abraza, posando para la foto, se lee con claridad “Arbeit Macht Frei” (El trabajo libera), pero al revés, como si la viéramos a través de un espejo, dándole a la escena un aire de pesadilla consciente.
La secuencia pertenece al documental Austerlitz, último trabajo del cineasta ruso. O, mejor dicho, al tráiler de la misma, ya que la película acaba de estrenarse en el Festival de Cine de Venecia y todavía no tiene fecha para hacer lo propio en la Argentina. Tal vez nunca la tenga. En el documental, de clásica estructura observacional y rodado por completo en blanco y negro, Loznitsa recorre las instalaciones de lo que alguna vez fueron los campos de concentración utilizados por el régimen nazi para encerrar, torturar y masacrar a millones de personas, hoy convertidos en espacios de memoria. Pero lo hace tratando de que su cámara pase desapercibida, con la intención de captar con naturalidad las diferentes conductas que van apareciendo entre los turistas que los visitan en la actualidad. El resultado es abrumador y la escena descrita en el primer párrafo funciona como mínimo botón de muestra.
Un muestrario que incluye desde personas recorriendo los pasillos y barracas de los campos de Dachau y Sachsenhausen con sus selfie sticks (soportes especiales para tomar selfies), hasta aquellos que se atreven al humor negro, posando para las fotos como si ellos mismos fueran alguna de las millones de víctimas asesinadas ahí mismo.
Austerlitz parece proponerse ir un paso más allá de aquella banalidad del mal que Hannah Arendt vio representada en la indolencia burocrática con que Adolf Eichmann firmó las ordenes para despachar a millones de víctimas hacia los Konzentrationslager. Loznitsa muestra como esa indolencia del hombre común ha devenido hoy en una frivolidad pasmosa que encarna en cada una de las fotos con que la horda turística, sin ningún rastro de pudor ni vergüenza, convierte al horror que representan esos espacios de memoria en un suvenir, otro inocuo recuerdo de viaje. El primer paso hacia el olvido. Como si todo lo que ahí ocurrió no fuera una realidad histórica, una lección aprehendida, sino el argumento de otra película de terror. Y Hitler, apenas otro monstruo dentro de la misma galería en la que Drácula, la criatura de Frankenstein o el Hombre Lobo hacen morisquetas para asustar a los chicos.  

Artículo publicado originalmente en la Revista T de Tiempo Argentino.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

CINE - "Fuga de la Patagonia", de Javier Zevallos y Francisco D'Eufemia: La observación y la aventura

La relación del cine argentino con los géneros cinematográficos no es menor, pero sigue siendo un camino en el que queda mucho por recorrer. El estreno de Fuga de la Patagonia representa un nuevo paso por esa huella, en particular por la del western, uno de los géneros más complejos de abordar fuera de su marco original, el de la historia de los Estados Unidos. Pero aquello que en muchos casos resulta un obstáculo puede convertirse en una ventaja, habida cuenta de que la colonización de territorios habitados por pueblos originales es uno de los muchos puntos de contacto entre la historia de ambos países, al norte y al sur del continente americano. Un paralelo al que tampoco el cine nacional ha estado muy atento.
Cuando Javier Zevallos y Francisco D’Eufemia se propusieron llevar al cine una de las historias que el perito Francisco Pascasio Moreno narra en sus diarios de viaje, decidieron que las herramientas del western era ideales para que la adaptación resultara natural. Es que la vida de este cartógrafo, geólogo y uno de los primeros exploradores de la Patagonia, es en sí misma un relato de aventuras a la que los directores le encontraron el evidente potencial cinematográfico. No sólo por el personaje, sino por el impactante marco natural en el que transcurren sus relatos, los fotogénicos paisajes del sur argentino. “La literatura de viajeros y exploradores es uno de mis géneros favoritos”, reconoce D’Eufemia, “y cuando di con el libro Reminiscencias del perito Moreno, reconocí una cuota de ficción importante en sus anécdotas y me pareció que en ellas había varias películas posibles”. A partir de ahí fue Zevallos quien se hizo cargo del guión, debiendo lidiar con el problema de reconstruir y ficcionalizar la historia. “Fue complicado, sobre todo teniendo en cuenta que lo que queríamos era filmar una película de entretenimiento”, reconoce este último. “Creo que esa complejidad es el motivo por el cual no se filma demasiado sobre estos temas, porque es un terreno difícil”, agrega.
Fuga de la Patagonia narra un episodio de la vida del perito Moreno, cuando debe escapar de los mapuches, luego de que el cacique Valentín Sayhueque, con quien lo unía un vínculo amistoso, se viera obligado a condenarlo a muerte, acusado de ser espía del gobierno de Buenos Aires. “Nos interesaba la figura del explorador y el perfil contradictorio que puede tener Moreno. Sacarlo del lugar del prócer en todo sentido, porque a veces desde una mirada progresista se concluye que todos los próceres son ‘fachos’, mientras que hay otra mirada que sólo puede verlos como estatuas intocables. Quisimos corrernos de esa mirada y ver a Moreno como explorador, pero sin escaparle a sus contradicciones”, concluye Zevallos.

–Pero el costado político de una historia como esta es inevitable.
J. Z.: –La película refleja un momento de la vida de Moreno justo antes de que la campaña del desierto se convirtiera en un genocidio. Al tratarse de un western eso nos servía de bisagra, pero tratamos de dejarlo fuera de campo. Que apenas se filtrara a partir de algunos personajes, pero sin ser el centro del relato. La idea no era hacer una película abiertamente política ni que quisiera bajar línea sobre ese tema, sino que queríamos hacer una película de entretenimiento capaz de generar un interés por ese período histórico.  
–Como hijos de europeos criados en Buenos Aires ustedes han tenido acceso a suficiente información como para reconstruir los personajes de Moreno y sus ayudantes. Ahora, ¿qué trabajo debieron realizar para reconstruir la mirada mapuche sobre el tema, esa mirada del otro?
J. Z: –Tuvimos contactos con distintas comunidades mapuches de la región de Bariloche y la experiencia fue muy útil. Ellos nos ayudaron a organizar todo lo que tiene que ver con el lenguaje y lo histórico. De todas formas, nuestro principal interés era humano antes que histórico. Nos interesaba el drama de este chico, Francisco Sayhueque, hijo del cacique Valentín, que es mandado a cazar a Moreno, que era su padrino, y el conflicto que esa circunstancia debió haberle generado. Nos importaba ese punto de vista de alguien que había crecido en contacto con los blancos y hasta lo habían bautizado con el nombre de uno de ellos, y de repente se encontraba persiguiéndolo.  
–La película plantea el asunto del lenguaje y su reconstrucción, un problema propio del western. ¿Cómo trabajaron el habla de los personajes?
F. D.: –No queríamos generar mucha distancia entre los personajes y el espectador. Inventar una forma de hablar o meterse con el imaginario de cómo se hablaría entonces parecía complicado. Decidimos que lo mejor era hacerlos hablar de manera coloquial, parecido a nosotros, pero también sentimos la necesidad de hacernos cargo de eso y que el film lo expresara. Por eso en uno de los diálogos uno de sus colaboradores, que habla de modo coloquial, lo interpela a Moreno, que habla de un modo florido más próximo a ese imaginario de época, y le pregunta por qué habla así. La charla deriva en una discusión bastante cómica acerca de cómo se hablaría en un pasado anterior a los personajes, y utilizamos eso para blanquear nuestra postura ante las diferentes formas de encarar ese problema.
–¿Y en cuanto al uso de diálogos en mapuche?
F. D.: –Fue una decisión difícil, porque cuando en sus diarios Moreno cita conversaciones hace hablar a los mapuches con un español parecido al de los indios de Hollywood. Lo mismo hace Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles. Como no encontramos ninguna referencia cinematográfica en la que nos gustara cómo había sido tratado el asunto, decidimos usar el mapuche y que la película fuera subtitulada.  
–En esa misma escena hay un juego con lo cinematográfico a partir de la proyección de las sombras que la fogata produce sobre las paredes de la cueva. ¿Por qué incluyeron tantos elementos simbólicos en esa escena, que además ocurre en una caverna, recordando la alegoría platónica?
J. Z.: –Todas las escenas que marcaban una pausa tenían condimentos de ese tipo. Hay otra en la que los personajes hablan de los sueños y realizan interpretaciones arquetípicamente freudianas. Desde el guión decidí tomar a los personajes como compañeros de trabajo y, más allá de la circunstancia de la fuga, que forma parte de sus vidas de expedicionarios, imaginamos que cuando paraban a la noche las charlas no tenían que ser distintas de las que cualquiera tiene en su trabajo. El que propone esos temas es Melgarejo, uno de los ayudantes de Moreno, al que siempre imaginé como un fumeta, un colgado que a pesar de las circunstancias siempre está flasheando y se le ocurren estas cosas. Melgarejo ocupa el lugar del alivio cómico del relato y funciona para desacartonar a Moreno y correr a la Historia del bronce.  
–En la película hay un gran trabajo de búsqueda desde lo fotográfico. ¿Tuvieron miedo de que esa forma en que el paisaje es incorporado al relato pudiera volverse un elemento que distrajera al espectador?
F. D.: –La idea era poner al personaje en el mayor diálogo posible con el paisaje. En ese sentido consideramos que el paisaje tenía que ser un marco precioso pero filtrado a partir de la acción, siempre puesto a disposición de la trama. Al inicio el proyecto tenía una intención más preciosista, pero cuando se fue armando la puesta en escena eso se fue acotando. El paisaje fue determinante, porque es una película filmada con cámara en mano, lo que la vuelve bastante coreográfica. Y esa cuestión coreográfica jugó a favor de que no ocurra con el paisaje esto que planteas y que por ahí en una película con una puesta de cámara más estática hubiera sido un problema.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.