lunes, 30 de mayo de 2016

ARTE - La despedida de Gyula Kosice: Enormes estrellas de agua

La muerte tiene un poder único, que a veces puede parecer contradictorio pero que en realidad revela su grandeza. Ante ella todo lo pequeño se empequeñece aún más, hasta desaparecer, pero lo grande, lo verdaderamente grande, se vuelve inmenso. El 25 de mayo falleció el artista plástico Gyula Kosice y los breves cinco días que pasaron desde entonces han sido tiempo suficiente para comprobar que se trató de un artista descomunal, cuya obra sin dudas seguirá creciendo hasta volverse inmortal, mientras él, que a fin de cuentas no ha sido más que un hombre, completa el camino que lo lleva de regreso al polvo. El mismo camino que todo el mundo deberá transitar un día.
“Gyula Kosice deja un legado generoso. No se trata de un artista sólo del hacer, sino que fue también un teorizador. Además, hizo de su taller un museo que nos permite mirar hacia adelante”. La expresión pertenece a Andrés Duprat, director del Museo Nacional de Bellas Artes, institución en cuyas galerías habitan algunas obras de este artista, cuyo origen de algún modo es misterioso, porque sus reseñas biográficas indican que nació en 1924 en la frontera entre Hungría y Checoslovaquia, un país que, como él, ya no existe. Un misterio que por otra parte no tiene ninguna importancia, porque el propio Kosice se consideraba a sí mismo ciudadano de la Argentina, país al que llegó con su familia cuando apenas tenía cuatro años.
Y tiene razón Duprat al lamentarse por su muerte, y también la tiene cuando menciona que el taller de Kosice era un museo en sí mismo. Ivana Romero, quién entrevistó al artista varias veces (ver columna), describió en las páginas de este mismo diario el asombro que le produjo visitar el atelier donde Kosice diseñaba sus artilugios de agua y luz. Un asombro casi de nena que ve por primera vez a un mago y no tiene otra alternativa que creer en la magia. Porque Kosice era eso, un prestidigitador, un hombre que con sus trucos embelleció al mundo.
Y eso es lo que debería importar. Después se puede recorrer su biografía de punta a punta. Decir que fue el "creador de la mítica revista de artes abstractas Arturo, en 1946"; o que "fundó junto con los uruguayos Carmelo Arden Quin y Rhod Rothfuss el movimiento Madí, una de las corrientes artísticas de vanguardia más importantes del continente americano". O repetir como alumnos aplicados que "fue pionero en utilizar el agua y el gas neón en una obra de arte, y el primero en Latinoamérica en realizar una escultura articulada y móvil", en referencia a Röyi, obra que data de 1944. Que en 1989 fue distinguido con el grado de Caballero de las Artes y las Letras por el Gobierno de Francia o que en el país recibió casi todos los premios que se le pueden otrogar a un artista plástico.
Nada de eso sería mentir, porque todo es cierto, pero nada de eso es de verdad importante. No ahora que el polvo ha vuelto al polvo, no ahora que las estrellas acuáticas desperdigadas por toda su obra siguen brillando sin él. 

El Gardel de la vanguardia, por Ivana Romero

Entrevisté varias veces a Gyula Kosice, entre 2010 y 2014. Siempre me recibía con una sonrisa y su guardapolvo azul.
Por las mañanas diseñaba bocetos de obra y escuchaba por radio a Víctor Hugo Morales en su estudio-museo de la calle Humahuaca. Ahí guardaba varias de sus obras hechas de agua y luz. Él, que le temía al agua porque una vez, a los 13 años, casi se ahoga.
Lo vi recorrer ese lugar junto a chicos de jardines de infantes, junto a sus ayudantes, junto a su nieto Max. Le gustaba prender las luces para el fotógrafo y para mí. "Whisssskyyyy", decía cada vez que el fotógrafo hacía click. Es que detestaba salir serio en las fotos.
Cada vez que nos veíamos señalaba con orgullo una tapa que le habíamos hecho en el suplemento de cultura de Tiempo Argentino, donde decíamos que él era el Gardel de la Vanguardia. Y es que en 1944, junto con Arden Quin, Rhod Rothfuss y Edgar Bayley, entre otros, publicó la revista Arturo, que sólo salió una vez pero armó revuelo con sus pronunciamientos sobre el fin de la figuración. En 1945, vinieron las exposiciones de Arte Concreto-Invención y un año después, la creación del nombre Madí con manifiesto propio e imagen fundacional a cargo de Gyula y la fotógrafa ,  cerca del Obelisco.
Me regaló todos sus libros. Por ejemplo, uno donde recopila entrevistas – las llamaba “entrevisiones”- que hizo en sus viajes por el mundo. Allí figuran desde Tristan Tzara hasta André Malraux. También ideó una Ciudad Hidroespacial que dejó boquiabierto a Ray Bradbury. Vi el facsímil de una carta recibida en 1979 y firmada por quien entonces era director de la Nasa, Noel Hinner, deseándole suerte con el proyecto.Su último libro fue 500 lugares para vivir. Lo vi por última vez el año pasado, en un homenaje que se le hizo en el CCK. "No me gusta estar en sillas de ruedas", susurró. 
Me quedo con el lugar 499 que aparece en su libro: "Estar imbuidos de transgresión y sin embargo defender las premisas incesantes del júbilo de vivir".
Buen viaje, Gyula, y gracias por todo. Defenderemos el júbilo y la transgresión.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino

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