
De un tiempo a esta parte, El Culo del Día se ha convertido en una de las secciones más leídas de cualquier diario que se precie de interpretar los intereses del lector moderno. Apenas un par de publicaciones “de nicho”, a la izquierda o a la derecha, dice mi amigo, se mantienen remisas a la idea de sacar provecho del recurso, siempre con argumentos anacrónicos. Error de ellos, a todas luces, razona, pues un gran porcentaje de lectores abona con puntualidad el precio de tapa, nada más que para mantenerse actualizado en estas cuestiones. El culo entendido como deliberada puerta de entrada a la información. Como el flautista de Hammelin, sonríe Franco.
Escéptico, le endilgo que cualquier hombre se encuentra en condiciones de cumplir su tarea con tanta eficiencia como él. “Este país es increíble”, suspira sin darme importancia, “acá todo el mundo se cree especialista en fútbol, en psicología y ahora también en culos”. Y en cultura, me permito completar, movido por los celos. “Seleccionar El Culo del Día”, me explica con paciencia, “resulta de la aplicación de diversas leyes que, a falta de una ciencia propia, heredamos de otras disciplinas”. Geometría, poesía, astronomía y hasta arquitectura o física cuántica son, entre otras, las materias que Franco refiere como base para su trabajo. Me habla de la curvatura del espacio-tiempo; de metáforas e hipérboles; de súper novas, enanas blancas y agujeros negros; de la deformación axial de la materia o el concepto de tensión, entendido desde diversos enfoques. Y del desgaste que produce el roce cotidiano con el culo. Fácil de impresionar, no tardo en admitir mi insolencia, pero aun así me permito sugerir con ligereza que tan mal no la debe pasar. Recién entonces, cuando Franco me mira ya resignado a mi necedad, puedo reconocer sobre sus ojos, como si de un vidrio empañado se tratara, la sombra de lo que no es necesario nombrar.
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Columna publicada en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.
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