martes, 15 de febrero de 2011

LIBROS - Los trabajadores del frío, de Ramiro Quintana: Escribir en los extremos y el sentido de lo ausente

Dice así:
Especie de libro otoñal que parece haber perdido algunas hojas –igual que el árbol que ilustra su cubierta (que las ha perdido todas)–, el relato de Los trabajadores del frío empieza en medio de la nada con esta fórmula, que además oficia de alternativa al clásico “Había una vez” de los cuentos para chicos. Con un recurso tan sencillo, Ramiro Quintana consigue dar a su última novela el aspecto de una manufactura incompleta. Pero, a diferencia de otras obras deliberadamente inconclusas, lo que le falta a esta se encuentra ausente ya desde el comienzo. Un recurso hábil que discute con una premisa de evidente falsedad: que existe la obra de arte completa. Toda la literatura (excepción hecha de los Libros Sagrados, cuya narración arranca incluso antes de la Historia misma) está conformada por relatos empezados, segmentos arbitrarios sobre líneas siempre infinitas. Lo que hace Quintana en su novela es volver evidente esta condición, a partir del simple mecanismo de empezarla como si ya lo hubiera hecho antes. El recurso se repite; entonces es posible sospechar la circularidad.
Por eso:
Entre la trampa mortal del lenguaje con el que Quintana construye un narrador ultrabarroco, y sus personajes erigidos con la gracia de lo cotidiano, son tres los humores que atraviesan a Los trabajadores del frío. El de un lenguaje forzado hasta el ridículo; el que surge de la idiosincrasia misma de los personajes que habitan cada relato y, por último, aquel que genera el contraste de los dos anteriores. El resultado final es una novela episódica, que narra la Historia y las historias de los habitantes de un pueblo de pastores de ovejas. Un relato que comienza con un rebaño perdido y que podría ser el mismo que aparece al final, como santo remedio para el insomnio del vago del pueblo. Otra vez el círculo. Entre un punto y otro, una serie de personajes únicos se van apilando en una mitología de lúcido sinsentido. Un hombre tuerto que, allá en la infancia, dejó su ojo en el rayo de una bicicleta; o su mujer que, encendida por el deseo de hacerse amar por un carterista en un pueblo donde no existen las carteras, debe primero inventar lo último para permitir que de ahí surja el delito.
Al fin:
Los trabajadores del frío resulta tan inesperada como breve y desquiciada, pero aunque rara, para nada huérfana. Si hubiera que rastrear una genealogía próxima en la cual encontrarle parientes a la última novela de Quintana, no habría que descartar las Dos fantasías memorables de Bustos Domecq y Un modelo para la muerte de Suárez Lynch, ni alguna de las impares novelas italianas de J. Rodolfo Wilcock (verbigracia, El templo etrusco). Basta para todos.


Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

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