
Desde que El Señor de los Anillos se convirtiera en el éxito previsto, el Fantasy se ha vuelto uno de los géneros de moda en el cine del nuevo milenio, y si algo puede inferirse de esta generación de Salieris de Tolkien, es que nadie ha sabido crear nada nuevo ni ha tenido más imaginación que él para contarlo. Es cierto que con ese criterio hasta se puede decir que la saga de la Tierra Media tampoco es una creación demasiado original -hija legitima de las mitologías germánicas que tanto amaban el profesor J.R.R y C. S. Lewis, autor de Crónicas de Narnia, otra saga literaria traducida al cine con éxito-, pero queda claro que es de allí para abajo en cuanto a calidad y fantasía, y no hacia arriba, que se han edificado estas otras series, con el sobrevaluado Harry Potter a la cabeza, entre otras. En esa misma línea, La brújula dorada peca de la inocente certeza de que alcanza con una joya secreta y virtuosa, con oponer un poder oscuro a la iluminada bondad, con el diseño de una mitología apócrifa pródiga en tribus de gitanos del agua o brujas del aire, o con esfumar la cultura nórdica detrás de símbolos tan básicos como osos polares con borgeanos nombres islandeses, para que el Fantasy se vuelva convincente. La necesidad de explicar algunas de estas particularidades obliga a que la narración abunde en aclaraciones que sobrecargan un relato ya de por sí artificioso, y puede volverse algo enrevesada para los más chicos.
Es verdad que la suma de todo esto, más un impecable trabajo de creación digital de personajes y escenarios, puede entretener a muchos y de hecho lo hace, pero no alcanza para sorprender. La brújula dorada es dentro del género lo que los Danger Four a los Beatles en el rock: quienes elijan verla de seguro no saldrán defraudados (más allá del abrupto final que promete segundas partes), pero tampoco podrán evitar preguntarse si todo esto ya no lo vieron (y leyeron) antes y mejor.
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