
La historia es la del magnate del petróleo J. Arnold Ross y su hijo Bun, a quien pretende convertir en su perfecto sucesor exponiéndolo a todas las etapas del negocio, desde la concesión de los terrenos a las negociaciones clandestinas con el poder político y los tironeos entre el capital y el trabajo. Pero Bun, verdadero protagonista de la novela, acabará simpatizando más con la revolución rusa, las organizaciones socialistas y los ideales igualitarios. Casi en plan documental, el libro no ahorrará detalles de ese momento de la historia norteamericana: la intervención en la Primera Guerra; el papel “rompehuelgas” del ejercito en la revolución rusa; la manipulación religiosa como opio del compromiso político; la complicidad de los medios de comunicación con el poder económico; el poder del cine como ariete cultural a escala global; la persecución del comunismo mucho antes de McCarthy y hasta la compra de un presidente
El análisis que hace Sinclair respecto del creciente poder del petróleo es sorprendente: si se tiene en cuenta que fue editada por primera vez en 1927, no se puede sino reconocer la certera visión que el escritor tenía del escenario económico y político no sólo de su época, sino de la forma y el plano en que aquel se desarrollaría en el futuro a nivel mundial. Muchas frases de ¡Petróleo! dan la impresión de ser el “entrelíneas” de algún discurso de Bush. “América tiene derecho a su parte en el petróleo del mundo, y no hay manera de conseguirlo de los rivales extranjeros sin echar sobre ellos la fuerza del gobierno”; “la diplomacia es una pelea en grande por las concesiones del petróleo”; o “el petróleo está muy por encima de la cultura”, son sólo algunos ejemplos.
Pero también, ya se ha dicho, la novela suele perderse en extensos pasajes en los que el autor se ocupa de enhebrar descripciones que llegan a ocupar páginas enteras. En la contratapa del libro se cita a Conan Doyle, quien desde allí considera a Sinclair con admiración como el Emile Zola de América. La comparación no es menor. En su texto ¿Narrar o describir?, Georg Lukacs cuestiona estos mismos excesos descriptivos a Zola, por considerar que al no operar dramáticamente en su obra, acaban por banalizarla, una crítica que extiende a todo el naturalismo. Y tal vez algo de esto ocurra con ¡Petróleo!: una novela de nobles intenciones sociales, envasada en un folletín no muy distinto a los culebrones petroleros modelo ´80, estilo Dallas o Dinastía; una obra crítica que parece compartir un mismo plano estético con el objeto criticado. Esto, que podría pasar por recurso de estilo o síntoma de su tiempo, contrasta sin embargo con el criterio diverso desde donde alguno de sus contemporáneos construyeron su propia obra, como Kafka -para entonces ya muerto- o el joven Faulkner, cuyos trabajos todavía es posible leer al margen de movimientos literarios o contextos sociales.
(Reseña publicada originalmente en el suplemento Cultura del diario Perfil)
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