jueves, 11 de septiembre de 2008

CINE - S.O.S. ex, de Andrés Tamborino: El naufragio de las almas


Andrés Tambornino tiene una carrera dentro de lo que se ha establecido hace un tiempo como Nuevo Cine Argentino: montajista en el film que tal vez significó el nacimiento de esta generación, la recordada Pizza, birra y faso, de la pareja Stagnaro/ Caetano, cumplió el mismo rol en otras películas, incluyendo la reciente Una novia errante, de Ana Katz. Director de arte en Mundo grúa de Trapero y compañero de primeras armas de Rodrigo Moreno y Ulises Rosell, Tamborino llega finalmente a su primer largo con S.O.S. ex. La mención curricular no es gratuita: la película comparte muchos códigos con varias películas del Nuevo Cine, como la necesidad de recurrir a un escenario aséptico de influencias externas –un velero extraviado en el río de la Plata después de una tormenta-, que permite a los conflictos contenidos de los protagonistas comenzar a fermentar, hasta que se los puede intuir al límite del desborde.
La primera escena deja claras dos cosas: el Puma (Pablo Ribba) tiene problemas con el alcohol y, aunque está en pareja, sigue obsesionado con Marina (Camila Toker), una antigua novia. Una mañana de resaca, su amigo el Chino -que es chino de verdad, o algo así (el actor de ascendencia oriental Chang Sung Kim)- le propone un paseo en velero por el río. Pero también irá Tatiana (Ana Celentano), reciente ex pareja del Chino, y el Puma querrá declinar la invitación, pero su amigo le jura que con ella ya no pasa nada, y por fin acepta. Será el Chino quien insista para que también la invite a Marina. Durante el paseo, la relación recién terminada de Tatiana y el Chino da muestras de haberse enfriado bastante antes, en cambio Marina debe ponerle límites al Puma: ella le confiará más tarde a Tatiana que el Puma vive caliente como un chico y que por eso lo dejó. Un novio no debe ser un hijo. Ya a la tardecita encararán el regreso, pero un Pampero los sorprende a río abierto y cuando amaine, habrán perdido el rumbo.
El director ha sabido aprovechar sus herramientas. Consigue que su elenco luzca casi siempre natural y espontáneo, aun limitado casi a ese único escenario flotante en la inmensidad del río, que parece contagiarles su fragilidad y sus vaivenes. Los protagonistas son empujados a conversaciones secretas; a oídas de rebote, a la insistencia por detalles explícitos que acaban por tejer entre ellos una red de libido y sentimientos contenidos. Y cuando cada deseo parezca destinado a ser carne de sublimación, las barreras ceden por fin y el borbotón de heridas abiertas se hace incontenible. Las máscaras irán cayendo hasta que sólo quedan cuatro personas solas, vulnerables (y vulnerados), necesitándose unos a otros. Los rubros técnicos ayudan a potenciar la sensación de abandono a los elementos: la secuencia de la tormenta es un buen ejemplo de eso, y una gran muestra de pericia conjunta. Si algo se le puede objetar a S.O.S. ex, es justamente su título innecesariamente ligero, más apropiado para alguna de las ideas de Rodolfo Ledo.


(Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página 12)

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