miércoles, 29 de febrero de 2012

CINE - Amor por siempre (A little bit of heaven), de Nicole Kassell: Cáncer para reir

No es extraño que el cáncer sea un tema habitual en el cine, sobre todo en la industria norteamericana, hábil manipuladora a la hora de trasladar a la ficción las palancas emotivas de la realidad. Una larga lista de obras incluye a esta enfermedad dentro de sus tramas, con un nivel dramático tan relevante que hasta puede decirse que se trata de un personaje más dentro de sus argumentos. Las hay lacrimógenas, de la clásica Love Story (1970) a las más cercanas Mi vida sin mí (2003), de Isabel Coixet, o La decisión más difícil (2009). Y están aquellas que sin desaprovechar las posibilidades trágicas, insisten en tomarse las cosas de modo menos sentencioso y con algo de humor, como La vida de Andy (de 1999, uno de los mejores trabajos de Jim Carrey, dirigido por Milos Forman), Hazme reír (2009), de Judd Apatow, o la recién estrenada 50/50. También Amor por siempre, segunda película de Nicole Kassell -cuyo trabajo anterior es la mucho más rica El hombre del bosque-, intenta circular por ambos carriles.
Marley Corbett (Kate Hudson) es una chica trabajadora, graciosa, buena amiga, divertida, y varios adjetivos más que casi la vuelven perfecta. Su única contra parece ser la repetida falta interés para asumir compromisos sentimentales con los hombres, pecado que en el mundo conservador del status quo hollywoodense es imperdonable. Un detalle no menor, ya que muchos guionistas y directores creen que no hay mejor recurso para redimir a sus personajes que castigarlos por defectos así. En este caso será un cáncer intestinal el que pondrá a Marley en vereda, para que pueda aprender al fin lo que es amar. Esta sería la parte triste del asunto, que tiene (o le encantaría tener) un contrapeso cómico. Porque como Marley es la más positiva de las almas, buscará soportar su enfermedad a través de la buena actitud, camino que de seguro también utilizarán muchas personas que deben lidiar en la realidad con problemas similares. El problema entonces no es ese, sino la abundancia de un ingenio demasiado pedestre, de la incorrección política mal utilizada, y una palpable ausencia de verosímil que pone en evidencia que tanta ligereza tiene como única función subrayar los trazos fatales del cuento. Todo agravado por personajes secundarios de molde y sin gracia (madre sobre protectora; amigo negro y homosexual; la amiga desorientada; la embarazada sensible; ¡un taxi boy enano!). Todos ellos cargan con una falta de sustancia propia de quienes han construido una vida rodeada de vacío. El retrato de un mundo en donde la gente es feliz sólo si, aun al filo de la muerte, tiene un millón de dólares para ir de compras. Y eso tampoco falta.
Dentro de su costado “festivo”, Amor por siempre también tiene una arista new age. En medio de un viaje astral provocado por la anestesia durante una colonoscopia, Marley tiene la suerte mayúscula de ser recibida por Dios, quien le concede tres deseos a la moribunda en ciernes. En tren de ser buena onda, la película no sólo convierte a un hipotético dios occidental en un remedo del genio de la lámpara, sino que le calza la piel, la voz y los berretines simpáticos de Whoopi Goldberg. (Suponiendo que alguien crea que Whoopi Goldberg sigue siendo simpática y buena onda). Pero como la historia transcurre en Nueva Orleáns, la ciudad más africana de la Unión, una diosa negra que concede deseos puede resultar un artificio lógico para una imaginación remolona. Los deseos de Marley por supuesto son tan obvios como -se ha dicho- vacuos: aprender a volar y aquel millón de dólares. Ambos acabarán por cumplirse arbitrariamente. Al tercer deseo, predecible como los anteriores, ella lo irá descubriendo a medida que avance en su odisea. Bastará decir que el coprotagonista es el mexicano Gael García Bernal, atípico galán que interpreta al joven oncólogo que lleva adelante el tratamiento de Marley… Para qué decir más.


Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos y Cultura de Página/12.

lunes, 27 de febrero de 2012

LIBROS - "Cartas", de Julio Cortázar: La correspondencia sin fin

Parece que es verdad lo que se dice por ahí, que una editorial tiene al fantasma de Julio Cortázar encerrado en un sótano en algún lugar del universo entre Buenos Aires y París, escribiendo hasta que la eternidad quepa en un instante. No hay otra forma de explicar que el corpus de sus textos en lugar de mantenerse estable –como ocurre habitualmente cada vez que un escritor muere–, se multiplique como los peces del sermón de la montaña. Pero así era Cortázar, milagroso a la hora de sentarse a escribir, tanto en calidad como en cantidad.
Todas las hipérboles del párrafo anterior son pertinentes cuando se está frente a la nueva edición corregida y aumentada de la correspondencia del autor de Rayuela. Cinco volúmenes proyectados, de los que ya se han publicado tres, con más de 600 páginas cada uno, que incorporan un millar de cartas que se encontraban ausentes al momento de la publicación original, fechada en el año 2000. Un trabajo monumental al que sin embargo ninguno de sus responsables (Aurora Bernárdez, ex mujer, heredera y albacea universal del escritor, y el curador Carles Álvarez Garriga) se ha atrevido a titular como “Correspondencia completa”. Un escrúpulo que, a la vista de la experiencia previa, parece por completo justificado.
Ante la magnitud del material a compilar, Bernárdez y Álvarez Garriga eligieron organizar las cartas no por destinatario, sino por año. De esta manera se privilegia la línea temporal del relato, por sobre los detalles particulares de cada una de las muchas relaciones que componen la correspondencia de Julio Cortázar. Así,sus Cartas acaban por convertirse en una autobiografía espontánea, en la que sin proponérselo el escritor traza el relato de su vida a partir de la suma de todas sus confidencias. Entre los textos incluidos en esta edición, hay cartas enviadas a su madre y su hermana; una respuesta nunca enviada a su padre, quien abandonó a su madre siendo él muy pequeño; a infinidad de amigos de diferentes etapas de su vida; a escritores como Borges, Vargas Llosa, Pizarnik, Cabrera Infante, Octavio Paz y tantos otros.
En presencia de estos tres volúmenes, imaginando el tamaño de los dos que en breve completarán la colección, y sumando los gruesos tomos de su obra completa, más la colección de Papeles inesperados, hay preguntas que surgen sin necesidad de pensarlas. ¿Cuándo dormía Cortázar? ¿Tenía tiempo para almorzar? ¿Le quedaba espacio para el amor? Muchas de las cartas incluidas responden estos y otros interrogantes similares, confirmando que dormía, comía y amaba como cualquier otro. Sin embargo, ante el desborde de tanta tinta sobre papel, se puede concluir que en el acto de la escritura Cortázar
también se jugaba sus sueños, sus mejores banquetes y sus amores imposibles. Estas Cartas no son sino la prueba de su necesidad de compartirlo todo con aquellos que formaban parte de su mundo privado. Una fiesta a la que hoy somos todos invitados.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 25 de febrero de 2012

LA COLUMNA TORCIDA - Al cielo por espejo

Son muchos los motivos por los que Dios es injusto. El primero podría ser que en realidad no existe, pero se empeña en hacernos creer lo contrario. Aunque quizá no convenga ir por este lado, a menos que uno quiera concluir antes de empezar.
Digamos entonces que si tuviera que creer elegiría al viejo y querido panteísmo, el sistema que mejor refleja la esencia del creador a través de la única prueba de su existencia: su creación. Imagino a esos dioses como a un grupo de amigos aburridos, cansados de hacerse bromas pesadas durante toda la eternidad, buscando una excusa para conjurar la peor de las plagas divinas, el hastío. Sólo por cuestiones prácticas aceptemos que esos amigos podrían ser tres, no para hacer la cosa más católica (Dios nos libre), sino porque tres es el número perfecto para una reunión de amigos dispuestos a reírse de todo. Eso mismo es lo que ocurre cuando nos juntamos a cenar con Daniel y con Hernán. Empezamos por someternos a las más crueles burlas intestinas, aprovechando que conocemos mutuamente nuestros miedos y tristezas, nuestras debilidades y puntos vulnerables, información que con inocencia fingida hemos ido confesándonos por turnos. Aquello suele ser una carnicería verbal donde nunca mostramos piedad y siempre es posible acercar al otro al borde del abismo emocional, aunque al final nos aburrimos, como debieron aburrirse ellos. Pero a esa altura ya somos tiburones excitados por el olor de unas gotas de sangre en el agua (nuestra propia sangre) y necesitamos desesperadamente continuar con la matanza. En ese momento es cuando a los dioses debió de ocurrírsele la misma idea: “Precisamos a alguien más”, se habrán dicho, “alguien con quien poder ensañarnos sin culpa ni compasión”. Es lo que hacemos con Hernán y Daniel cuando ya no nos queda un hueso sano, recordamos en ausencia al resto de nuestros conocidos.
Si los dioses, hartos de mirarse en el espejo, nos hicieron a su imagen y semejanza sólo para tener alguien a quien patear en el piso, queda el consuelo de saber que ellos deben ser igual de estúpidos y divertidos. Nuestros mejores amigos (si es que en verdad existen).

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Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

miércoles, 22 de febrero de 2012

COLUMNA - Los teléfonos sonaron todos juntos

Levantarse temprano suele ser un problema, pero más problema puede ser llegar tarde a un compromiso. Por eso me lamenté bastante cuando al fin salí de la cama, después de concederme 10 minutos más de descanso: seguramente no llegaría a la hora señalada y me perdería el tren local, el que sale de Castelar y llega a Haedo a las 8 y 10 más vacío que los que vienen desde Moreno. Es decir, viajaría más tarde y más apretado, nada por lo que no haya pasado antes en mis casi 25 años yendo de casa a Once y de Once a casa, todos los días.
Y así fue, nomás: perdí mi tren por algunos minutos y viajé más apretado en el siguiente, que recién se descomprimió un poco al llegar a Liniers. Ahí pude sacar un libro del bolso, para retomar la lectura que había quedado en suspenso la noche anterior, en el tren de regreso. Es que, desde siempre, los vagones del Sarmiento son como mi sala de lectura: leía Los electrocutados, segunda novela de J. P. Zooey. En eso andaba cuando el tren se detuvo más cerca de Once que de Caballito y entonces, después de unos minutos lastrados por la impaciencia que acostumbro sentir cuando el tren se detiene donde no debe y por un lapso de tiempo siempre difícil de clacular, el aire se detuvo de golpe. 
Como si hubieran estado programadas, las melodías y zumbidos de los teléfonos móviles comenzaron a llamar por todas partes. Parecía la coreografía de una comedia absurda, o la escena de una de esas películas de ciencia ficción de atmósfera orwelliana: todos atendían sus teléfonos al mismo tiempo, igual que robots con cara de dormidos. Súbitamente humanizadas, las miradas perdieron ese vacío impersonal que se produce al viajar apretados, cara a cara con desconocidos: pronto todos intercambiaban los retazos de información que recibían desde sus casas.
El arribo a Once demoró más de lo habitual. La dársena 3 de la estación reproducía una escena de guerra. Gritos; gente (mucha gente) tirada en el piso, enroscada entre cables y cámaras de televisión; bomberos corriendo de un lado a otro; camilleros con sus guardapolvos manchados, pidiendo permiso con desesperación. Un cordón de policías calzándose guantes de látex. Las chispas que escupía una enorme sierra eléctrica con la que los bomberos comenzaban a cortar la cabina donde estaba atrapado el maquinista, saltaban y también se apagaban sobre el andén, mientras un montón de imbéciles lo filmaba con sus celulares. Llegar temprano al trabajo dejó de ser importante. En el Hall la gente seguía hablando por teléfono, muchos también corrían o lloraban o todo al mismo tiempo. Yo caminaba despacio, con Los electrocutados todavía en una mano y un lápiz en la otra, sin saber bien qué estaba haciendo ahí o a dónde se supone que debía ir
, como si el electrificado fuera yo. Como si ese tren ahora apelmazado hubiera sido el mío, como si no lo hubiera perdido sólo por esto apenas cuarenta minutos antes.
Salí de la estación. Vi a Pueyrredón como una boca desdentada a la que le faltaban todos los autos y los colectivos. Sólo había gente (mucha gente) deambulando con más aire de perdidos que de encontrados. Unas cuadras más allá, una ambulancia con su trompa enterrada dentro de un kiosco era la síntesis perfecta del sinsentido. Se me escapó pensar en las películas de zombis y tuve que sentarme para digerir la idea de que tal vez no somos más que muertos vivos, con nuestras fechas de defunción ya impresas en los legajos de algún Ministerio. Una idea triste. Pero no tanto como la certeza de que otros ya no llegarán a tiempo al trabajo, ni volverán a viajar de casa a Once y de Once a casa.


Artículo publicado originalmente en la sección Sociedad de Tiempo Argentino.

sábado, 18 de febrero de 2012

LA COLUMNA TORCIDA - Milagros y fantasmas

La noche era preciosa, aunque el sol todavía resbalaba sobre algunas cornisas, demorando en decidirse a por fin cerrar su ojo. El lugar, una estaca de Oriente en el corazón porteño: paredes de papel de arroz, esterillas y almohadones por toda decoración. Y una lamparita desnuda colgando del techo que, es verdad, con su luz amarilla empañaba un poco la ilusión de haber atravesado mil océanos con sólo trasponer un umbral. Era esperable tener que entrar ahí descalzo y pude ver, no sin algo de pudor, como restos de talco imprimían en el suelo el pasado de mis pasos. Tan esperable como que la comida fuera extraña, o bien un poco cruda o demasiado frita. Sin embargo, todo eso no hacía más que avivar una atmósfera con más de sueño que de realidad. Los milagros existen.

Lejos de lo que suele suponerse, que los seres celestes jamás se molestan en atender cuestiones terrenas, lo cierto es que esos encuentros ocurren, aunque son raras las veces. Justamente aquel hueco ignorado de toda mirada era el escenario de una de esas infrecuentes cumbres entre cielo y tierra. Si por curiosidad me preguntaran cómo son ellos, diría que la luz del atardecer permite ver a través de su piel; que son de risa tan generosa como su afecto y, vaya a saber por qué, gustan de comer pescados vivos, igual que la gente del Japón. Será que del mismo modo en que los bebés vienen de París, tal vez ellos tengan residencia en Kyoto o en Okinawa, aunque me consta que algunos también conocen Francia. 

En cuanto a sus alas, las esconden, no las muestran, pero es obvio que ahí están. Sólo si se les antoja, con ellas te llevan a dar una vuelta por el aire, su elemento, tan alto que parece que nunca antes hubieras visto el cielo y dan ganas de tragarse la luna de un bocado. Así de cerca, así de azul se siente todo.

El mundo es perfecto en momentos como ese. Pero es ahí, en el aire, como una uña que escarba el pecho por dentro, cuando nos captura la idea de que el único defecto de ese instante pudiera ser uno, tan indigno, tan falible. Tan mortal. Entonces apenas queda el consuelo de sentarse a escribir.

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Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.