
EL ORDEN SINSENTIDO. De los relatos tribales, donde era el brujo quien orientaba el universo para hacerlo comprensible al resto de su comunidad, hasta llegar al supremo refinamiento que supone la construcción literaria, digamos, a la altura del siglo XIX, esa búsqueda de sentido fue perdiendo su carácter juguetón, para convertirse en cosa seria. El sentido fue la necesidad de un dios para las religiones, la materia de análisis de la filosofía, la cifra áurea en la matemática, la quimera del oro anhelada por la alquimia. En el trayecto se perdió aquel primitivo anhelo, más cercano al juego del chico que clasifica piedritas por colores, por tamaños o por cuanta categoría se le ocurra (en los niños las categorías son infinitas), que al empeño racional propio de la madurez, que es a la vez la del individuo y la de la historia.
UN TIPO RARO. Tampoco es extraño que en aquel pico de civilización que representó la hegemonía del Imperio Británico durante el siglo XIX, surgiera también una poderosa fascinación por el absurdo. Edward Lear no sólo no fue ajeno a esta tendencia, sino que resultó a la vez su precursor y principal exponente. Nacido en 1812, Lear “era el menor de veinte hermanos, lo que ya tiene algo de absurdo”: la frase pertenece a un exquisito texto de César Aira, titulado justamente Edward Lear. Y por cierto que es certera: relegado en una cadena en la que tenía 19 eslabones previos, Lear fue criado por una tía. Ya a los 14 años empezó a ganarse la vida como dibujante, actividad en la que se desarrolló de manera autodidacta. Esa fue su puerta de entrada al mundo de la aristocracia británica. Lear realizó sus dibujos de animales (sobre todo aves) para asociaciones naturalistas o coleccionistas de animales y logró un notable desarrollo en su trabajo, llegando a darle clases a la joven reina Victoria. Pero también tenía extrañas limitaciones como dibujante: nunca fue capaz de representar la figura humana con igual eficiencia.MIRADA DE NIÑO. En sus manos, el limerick es una suerte de Aikido literario: Lear aprovecha la potencia de 10 mil años de literatura para devolver un golpe que en el mismo instante en que demuele, construye. “Había un viejo de Nepal, tuvo una horrible caída de su caballo; pero, aunque roto en dos pedazos, con un pegamento fuerte arreglaron a ese hombre de Nepal”. ¿Por qué un autor como Aira se interesaría por escribir sobre otro como Lear, cuya lectura puede resultar una pérdida de tiempo para adultos sin remedio?: porque hay mucho de Lear en la prosa de Aira. “El trabajo de Lear, más que la destrucción del sentido (en la que nada importa), es la construcción del sinsentido (donde todo importa)”, escribe el argentino. Y no puede sino recordarse el aquelarre final de La guerra de los gimnasios, o la carrera de moto contra chico en bicicleta de Un sueño realizado, para ir sonriendo una respuesta. Es posible imaginar que si algo admira Aira de Lear, es su capacidad para volver a mirar al mundo como un montón de piedritas a las que se puede ordenar por tamaño, por color o por el sonido que hacen al rebotar contra el agua.



