
Cuando la vi en la cola para sacar boleto tenía en la cara ese mismo gesto seco que multiplican todos los suplementos de cultura, tan seria que casi ni le hablo, más por temor que por timidez. Tuve que doblegarme para poder saludarla y cuando lo hice, ella respondió a mi sonrisa con otra, que era de sorpresa pero que a la vez sugería algo de curiosidad veleidosa. Le hice saber quién era yo, y enseguida su sonrisa se volvió más franca, tanto como para confesar que realmente no lee todas las notas que le hacen, incluida la nuestra. Como viajaba hasta Haedo y ella seguía hasta el final, aceptó que la acompañara. Subir al tren en Once suele ser una experiencia traumática, como lo sería para los inglesitos de los cuentos de Borges caer en manos del malón. Pero hacerlo con ella fue otra cosa: no me importó que me empujaran, ni me preocupó la idea de no conseguir asiento. Dentro de una burbuja, me dediqué a verla subir al vagón, tratando de no ser golpeada por montones de cuerpos que no sólo ignoraban su presencia, sino su existencia completa. La mejor escritora de la literatura argentina zarandeada por la horda, como cualquier otro. No exagero si digo que aquel fue, a su manera, un momento luminoso.
Me contó que iba a dar un taller gratis a Moreno, que había conseguido que le cedieran un lugarcito en la parroquia para poder hacerlo. Comenté algunos miedos propios y ella respondió gentilmente, como si yo fuera importante. Y así seguimos como dos pasajeros más, conversando amablemente. Pero ella nunca dejó de ser la mejor escritora argentina, ni yo un hombre enamorado.
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