Hay algo que debe decirse con claridad y desde el comienzo: la saga de Hotel Transylvania es una de las más sólidas que se hayan construido desde que el cine de animación fue reinventado por los estudios Pixar. Tal afirmación puede sonar exagerada teniendo en cuenta que hay sagas más prestigiosas, como cualquiera de las de Pixar (menos Cars); más taquilleras, como las Shrek, La era de hielo o Mi villano favorito; o con mejor prensa, como las LEGO movies. Sin embargo la conformada por los tres episodios transilvanos, no solo es infinitamente superior en el balance a las tres grandes de la taquilla, sino que le hace frente a la franquicia de los juguetes para armar y no tiene nada que envidiarle a las Toy Story o Monsters Inc. Y algunos secretos hay para justificar y entender la calidad con que se ha desarrollado este universo inocente pero eficaz –creado en torno a los monstruos clásicos que el cine popularizó durante el siglo XX–, a lo largo de tres títulos estrenados en 2012, 2015 y esta nueva, Hotel Transylvania 3: Monstruos de vacaciones.
El primero de esos secretos es Genndy Tartakovski, su director, que conoce a la perfección el paño que debe cortar. Él es, antes que nada, una de las estrellas que tuvo la señal infantil Cartoon Network durante su era dorada, en la década de 1990. No sólo es el creador de algunos de los más grandes éxitos que se emitieron ahí durante esos años, como El laboratorio de Dexter o Samurai Jack, sino que también participó como director o animador de otras series como Las chicas superpoderosas, todos ellos personajes que forman parte de la memoria colectiva de aquella época. Es Tartakovski quien marca el pulso de esta historia, en la que Drácula es un pater familias que administra un lujoso hotel para monstruos, a quien el vínculo con su joven hija lo obliga a replantearse de manera constante su mirada conservadora del mundo y del vínculo de los monstruos con los humanos. Al extremo de que en este episodio el famoso conde, viudo desde tiempos inmemoriales, debe enfrentarse a sus propios deseos, sus prejuicios y al amor en persona, durante un crucero vacacional que realiza junto a sus amigos Frankenstein, la Momia, el Hombre Lobo y el Hombre Invisible, todos ellos felizmente casados.
El otro término de la ecuación detrás de Hotel Transylvania es Adam Sandler, comediante que triunfaba en el cine al mismo tiempo que Tartakovski lo hacía en TV, durante los 90, pero que hoy es un paria al que Hollywood le dio la espalda (aunque él busca reinventarse de todas las formas posibles). El universo de esta saga fue desde el comienzo el lugar ideal para que el neoyorkino desembarcara junto a su troupe de amigos. Es así como esta cofradía de monstruos cuenta con las voces (si el espectador logra encontrar una versión subtitulada) de una hermandad análoga, que Sandler construyó en sus años felices desde la productora Happy Madison. Kevin James, David Spade, Andy Samberg, Molly Shannon o Steve Buscemi son algunos de los escuderos que acompañan a Sandler, acá y dónde sea.
Más allá de estas razones que no son directamente visibles en la pantalla, Hotel Transylvania 3 maneja un registro de humor que es sumamente eficaz, desde una sencillez a la que se puede considerar tan clásica como la galería de personajes que habitan la película. Ideas simples como un Tinder para monstruos o un playlist de canciones “buenaonda” para combatir la maldad, son algunos de los elementos a los que la película les saca un increíble provecho. Como en las mejores películas de Sandler o en los lúdicos e hiperactivos personajes creados por Tartakovski, la tercera entrega de Hotel Transylvania también encuentra su motor más poderoso en esa inocencia que constante y saludablemente busca su propio límite.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Mostrando las entradas con la etiqueta Adam Sandler. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Adam Sandler. Mostrar todas las entradas
jueves, 12 de julio de 2018
domingo, 1 de julio de 2018
LIBROS Y CINE - "Nueva Comedia Americana. Reír en el siglo XXI", de Ezequiel Boetti: Leer la risa con seriedad
En el libro se amontonan nombres que hoy resultan conocidos (algunos de ellos hasta célebres), como los de los actores Adam Sandler, Jim Carrey, Will Ferrell o Ben Stiller, o los directores (la mayoría también guionistas) Peter y Bobby Farrelly, Adam McKay, Greg Mottola y sobre todo Judd Apatow. Ellos son algunos de los responsables de renovar las reglas que organizaban el ejercicio de provocar risa en una sala de cine. Aunque esta ola renovadora comienza a consolidarse durante la primera mitad de la década de 1990, no será sino hasta mediados de los 2000 que surgirá el rótulo de Nueva Comedia Americana (NCA) con el que se intentará uniformar un canon cómico disperso.
El libro define a la NCA como “un alzamiento contra los mandatos de blancura, de humor naif y corrección política que campeaban en los títulos más taquilleros del género. Los chistes infantiles de Adam Sandler, las morisquetas de Carrey y las guarradas de los Farrelly supieron encajar en esa necesidad de anarquía”. Una necesidad de trasgredir que resultaba lógica después de la década de los ’80, dominada por la restauración conservadora del reaganismo. No es casual que Boetti señale como punto de partida del NCA el estreno en 1994 de Tonto y Retonto, debut de los hermanos Farrelly y comienzo del reinado de Carrey, justo un año después del final de la presidencia de George Bush (padre) que marcó el final de esa época.
Boetti va desmenuzando filmografías para enhebrar de forma transversal un corpus cinematográfico no necesariamente homogéneo. En el camino no solo consigue articular una progresión que permite entender de qué forma una serie de artistas dispersos consiguieron redefinir la comedia, sino que además entrega una serie de reflexiones que dan cuenta de la paradójica seriedad con que abordó su cómico objeto. Un buen ejemplo es el capítulo en el que intenta definir de qué forma la NCA procesó el trágico cambio de época que representó el atentado contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001. El autor encuentra la respuesta en películas como Team America (Trey Parker, 2004) o Borat (Larry Charles, 2006). En ambos casos entiende que se trata de películas políticas, aún cuando no hablen de ella, que muestran “lo peor, lo más recalcitrante de una sociedad que se autopresume maravillosa”. Es por observaciones como esa, tan sencillas como precisas y contundentes, que Reír en el siglo XXI es una gran pieza de crítica cinematográfica.
5 películas clave del NCA, según Ezequiel Boetti
* El insoportable (Cable Guy, 1996): Cuando en 2004 se empezó a hablar de NCA, varios especialistas coincidieron en señalar a este film como su piedra basal. No por su tono (se trata de una comedia negra y desencantada), sino por sus artífices. Dirigida por Ben Stiller, producida por Judd Apatow y protagonizada por un Jim Carrey autorreferencial, fue uno de los fracasos de taquilla y crítica más injustos de los '90.
* Zoolander (2001): Otra vez Stiller. Acá interpreta a un supermodelo tan tonto como gracioso que, a fuerza de deglutirse toda la cultura pop de los '90, entrega varios de los momentos más graciosos de la historia de la comedia. Con Will Ferrell y Owen Wilson compartiendo la marquesina, Zoolander es el primer clásico del siglo XXI. Lástima que su secuela sea horrible.
* El reportero: La leyenda de Ron Burgundy (Anchorman, 2004): El primer trabajo del tándem Will Ferrell - Adam McKay es una puesta en abismo de la lógica narrativa tradicional. Con una pulsión por el gag cortito y al pie y una capacidad de inventiva para llevar la comedia más allá de lo conocido, El reportero marca el punto más alto del humor absurdo desde los Monty Python.
* Supercool (Superbad, 2007): La historia se ha contado muchas veces: tres chicos a punto de terminar el secundario quieren perder la virginidad antes de la facultad. Pero la película de Greg Mottola se diferencia por la nobleza a la hora de comprender a esas criaturas que, lejos de las luces de la popularidad, libran la batalla diaria por encajar. McLovin es el personaje más querible de la comedia moderna.
* Chicas pesadas (Mean Girls, 2004): La NCA desprendió olor a vestuario de hombre, hasta que en 2004 llegó esta película que, como Supercool, nace de una historia contada mil veces (chica nueva llega a una High School y mira con cariño a las "populares") para darla vuelta como una media. El mérito es de Tina Fey, una de las voces más inteligentes y con mayor conciencia de género de Hollywood.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
viernes, 31 de enero de 2014
CINE - "Ajuste de cuentas" (Grudge match), de Peter Segal: La pelea del siglo que no fue
No importa cuántas innovaciones sean capaces de generar ni cuánto dinero inviertan en tecnología aplicada al cine: la fórmula del éxito del cine estadounidense reside en respetar, proteger y perpetuar el statu quo de una industria conservadora. Hecho que siempre ha sido notorio pero que ha alcanzado su esplendor en pleno siglo XXI. Un buen ejemplo es la epidemia de películas pensadas para extraer las últimas pepitas de unas cuantas gallinas de los huevos de oro ya viejas. Películas crepusculares en las que estrellas entradas en años emulan, en clave de parodia y con suerte dispar, aquellos roles que los hicieran populares décadas atrás. Como suele ocurrir, el plan a veces funciona y otras no tanto. Sylvester Stallone y Robert De Niro son dos de esas gallinas viejas que en los últimos tiempos, forzados por la edad, se dedicaron a dar otra vuelta de tuerca a sus perfiles habituales.A priori, la idea de juntarlos para interpretar a dos boxeadores retirados que arrastran una irreductible rivalidad de tres décadas suena a fórmula mágica. Ambos compusieron a los que tal vez sean los púgiles más famosos del cine (Rocky convirtió a Stallone en celebridad y De Niro interpretando a Jake La Motta en Toro Salvaje, de Martin Scorsese, consiguió crear uno de esos personajes capaces de sobrevivir al olvido), así que, ¿qué podía salir mal? Por desgracia, casi todo sale mal en Ajuste de cuentas. Tratándose de un cuento de boxeadores, no es ocioso decir que su principal defecto es que lanza sus golpes de manera demasiado anunciada y se los ve venir con tal anticipación que casi no hay sorpresas en todo el film. La primera obviedad es haber elegido a un director como Peter Segal, especialista en comedias con Adam Sandler. La diferencia de consistencia entre las escenas de comedia y aquellas en que la película intenta ser “seria” es notable. Mientras los gags cómicos son su punto más alto, las subtramas que se pretenden dramáticas resultan tan evidentes en sus detalles que no superan el nivel de las novelas de la tarde más básicas. Tampoco es que los chistes sean brillantes, pero están construidos con timing y sentido de la oportunidad. Mérito del oficio de Stallone, De Niro y de ese gran soporte que siempre es Alan Arkin. Más allá de arrebatos simpáticos, la historia no logra sostener la tensión y el exceso de histrionismo por momentos se vuelve abrumador.
Si de oportunidad se habla, eso es lo que malogra Ajuste de cuentas: la chance de hacer honor a dos nombres que, por distintos motivos y méritos, se encuentran entre los más importantes de la historia del cine de los Estados Unidos. Por último, puede decirse que para la Argentina lo más relevante de este relato boxístico tiene que ver con lo deportivo antes que con lo cinematográfico. No han pasado más de diez segundos de película cuando la cara sonriente de Maravilla Martínez alzando su cinto de campeón mundial ocupa media pantalla: una prueba del lugar que hoy tiene el box argentino en el mundo. Un caso en que la realidad vence a la ficción.
Artículo publicado en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
viernes, 5 de octubre de 2012
CINE - Hotel Transylvania, de Genndy Tartakovsky: La risa del monstruo interior
Con Lluvia de hamburguesas, una película con un notable humor absurdo y una narrativa tan simple como brillante, los estudios Sony consiguieron instalarse como cuarta posición en el mundo de las películas infantiles de animación digital. A la altura de lo mejor del género, sobre todo de lo hecho por Pixar, pero también por Fox y Dreamworks, la película sin embargo no logró igualar en boleterías su éxito artístico. Pero no se rindieron. Tras otros trabajos interesantes, Sony ataca de nuevo con Hotel Transylvania, film en la línea de los anteriores que, sin llegar a la altura de Lluvia de hamburguesas, se permite algunas novedades dignas de atención.
Con un método similar al utilizado por Monsters Inc. para abordar el mito de los monstruos en el ropero, o a la fórmula de Shrek abrevando en el imaginario de los cuentos de hadas, Hotel Transylvania se permite subvertir el universo de los monstruos más populares de la tradición cinematográfica: Drácula, la criatura del doctor Frankenstein, el Hombre Lobo, la Momia, los zombies. A partir de injertar una pequeña variante que opera como mariposa bradburyana, los clásicos del horror acabarán transformados en un cuento para chicos (y grandes). Aquí Drácula ha convertido su castillo de los Cárpatos en un exclusivo spa, para que los monstruos puedan descansar sin ser molestados por las turbas humanas que, con antorchas, picas y horquillas, insisten en lincharlos. Merced a este giro, la aberración de este cuento son los humanos, un cambio en el punto de vista que no representa ninguna dificultad, ya que si en algo ha sido exitoso el cine es en generar mayor cariño por los monstruos que por sus víctimas habituales.
A pesar de las reformas operadas, la película respeta las tradiciones del género. Así, Drácula habrá fundado su hotel para monstruos en 1898, un año después de que Bram Stoker publicara su novela; la criatura de Frankenstein le tendrá pavor al fuego, y los zombies, que por ser los monstruos más jóvenes del cine pagan el derecho de piso como servidumbre multifunción descartable. Pero ocurre que Drácula además tiene una hija que acaba de hacerse mayor de edad al cumplir 118 años y que, como cualquier joven, quiere salir a conocer el mundo. Pero Drácula, posesivo y opresivo, tanto en su rol de padre como en el de líder de esa tribu de abominaciones, les ha hecho creer a todos que los humanos aún son una amenaza mortal que debe ser evitada. Pero no se trata de un engaño completo porque, encerrado como está hace más de un siglo, el buen conde está convencido de que las personas siguen siendo aquella horda obsesionada con el ajo y las estacas. Pero en pleno siglo XXI, donde Nerds, Geeks y demás freaks han impuesto su cultura en un mundo globalizado, tal vez las cosas sean muy diferentes. Y el Príncipe de las Tinieblas tendrá oportunidad de comprobarlo, cuando un adolescente mochilero (y humano) llegue por accidente hasta el hotel.
Con sencillez y sin pretensiones de profundidad, Hotel Transylvania rueda sobre el eje de ese particular conflicto que surge entre un padre empujado por miedo a la sobreprotección y una hija desbordada de deseos y hormonas que, adrede o no, pone al tipo al borde del ataque de nervios. Lo mismo que en el 97 por ciento de los hogares humanos, pero potenciado por un guión que aprovecha lo ilusorio del mundo creado, para aplicar precisos estiletazos humorísticos. Gran mérito en todo esto parece tener el director Genndy Tartakovsky, quien demostró solvencia con creaciones televisivas como Las chicas superpoderosas o El laboratorio de Dexter. Parte del estilo a la vez inocente y descontrolado de aquellas creaciones se mantiene en Hotel Transylvania. Y aunque no se aparte demasiado de las fórmulas probadas, allí está lo mejor, la personalidad de este film acerca de padres, de hijas y del monstruo que todos en este mundo llevamos dentro.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos e Página/12.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos e Página/12.
miércoles, 15 de febrero de 2012
CINE - Jack y Jill, de Dennis Dugan: Con un Adam Sandler ya era suficiente
Cómo sucedió antes con otros comediantes muy populares en los Estados Unidos, a Adam Sandler también se le ocurrió que aparecer él mismo multiplicado en una película podría ser algo divertidísimo. Eddie Murphy, especialista en eso la clonación narcisista, es el caso paradigmático de esa idea que rara vez funciona, por no decir casi nunca. Aunque existen películas notables en las que un actor interpretaba varios personajes, como Doctor Insólito (pero claro, se trataba del Kubrick más genial y de Peter Sellers, uno de los más grandes comediantes de la historia del cine). O más humildemente Mis otros yo, donde el injustamente olvidado Michael Keaton hacía gala de su ductilidad y gracia. Pero el caso de Jack y Jill, último trabajo de Sandler, en el que interpreta a una pareja de hermanos gemelos (hombre y mujer), es más cercano al despropósito de Murphy en, por ejemplo, Norbit. También es cierto que, fiel a su estilo, Sandler no se toma la cosa para nada en serio y su burda personificación de Jill, la gemela, es en parte un efecto buscado, parte de la broma. Aunque la broma no sea nunca demasiado graciosa.La historia, como en casi todas las películas de Sandler y de su productora Happy Madison (que también se encarga de promover los trabajos de algunos de sus amigotes, como Rob Schneider), es apenas la excusa para activar un mecanismo de comedia muy básico. Jack y Jill son gemelos, pero él la detesta y con razón. Ella vive en el Bronx y una vez por año visita a su hermano en Los Ángeles, donde él trabaja como director publicitario y todas las veces lo saca de quicio. Jack está preocupado porque debe conseguir que Al Pacino se interese en filmar una publicidad para la cadena Donkin Donnuts (su mejor cliente), para promocionar un nuevo producto, el capuchino Donkachino, aprovechando la rima del apellido del actor. Pero su hermana es una molestia permanente y no consigue concentrarse. El humor de Sandler nunca ha sido fino, ni en sus mejores películas, como No te metas con Zohan. Pero la permanente apelación a recursos cómicos tan elementales como los pedos y sus consecuencias, o los contrastes culturales entre el pequeño burgués norteamericano y los inmigrantes latinos o los indigentes, con dificultad consiguen una sonrisa.
Algo mejor le va con la subtrama de Al Pacino, aunque no precisamente porque esa historia sea más sólida o tenga mejores gags. No. Lo gracioso es ver a Michael Corleone, a Caracortada, quien ha sido reiteradas veces criticado por reducir sus últimos trabajos a desmesuradas parodias megalómanas de otros anteriores, hacer exactamente eso mismo, pero en broma. Sus escenas de desborde durante una interpretación shakespeariana son, por lejos, lo mejor de la película. Lo mismo se aplica a su aparición junto a Johnny Depp en un partido de básquet; sus intentos por seducir a Jill; el chiste del Oscar, o su entrada final. Es que si algo inteligente hace Adam Sandler en casi todas sus películas, es elegir buena música y buena compañía. El spot final de Donkachino lo confirma. Pero tal vez el viejo Al esté tan arrepentido de todo esto como su alter ego en la pantalla.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
Etiquetas:
2012,
Adam Sandler,
Cine,
Comedia,
Escatología,
Familia,
Ficcion,
Géneros Cinematográficos,
Humor,
Inmigración,
Latinoamérica,
Página 12
viernes, 27 de marzo de 2009
CINE - Cuentos que no son cuento (Bedtime Stories), de Adam Shankma: Sandler + Disney= uno y medio
Tras el estreno de Corazón de tinta la semana pasada, una rápida sinopsis de Cuentos que no son cuento, puede hacer aparecer el asunto como un sospechoso caso de “más que parecidos”. En ambas historias dos adultos, a través de distintos mecanismos, consiguen volver reales algunos detalles de los cuentos que suelen relatar a los niños. Pero si la primera se desarrolla en clave de Fantasy y aventuras, apoyada en Brendan Fraser (La momia), un actor acostumbrado al género, Cuentos que no son cuento explota el asunto en un tono de comedia para toda la familia, mucho más apropiado para Adam Sandler, su protagonista, y para Disney, su productora. El resultado final es una equilibrada combinación entre las sencillas convenciones de las comedias de Sandler y los clásicos excesos de Disney.Skeeter es uno de esos tiernos y alegres perdedores que tanto parecen gustarle a Adam Sandler. Resulta que Skeeter trabaja en el área de mantenimiento de un enorme hotel, que está construido sobre el lote en donde su padre tenía hace años un motel familiar al que debió vender a causa de su escasa habilidad para la administración. Skeeter era un niño cuando oyó la promesa que el señor Nottingham le hacía a su padre para convencerlo de vender: sí tu hijo demuestra capacidad, cuando crezca lo nombraré gerente del hotel. Una promesa que nunca cumplió. Cuando a pedido de su hermana deba cuidar por unas noches de sus sobrinos, Skeeter descubrirá no sólo que es un buen contador de cuentos como su padre, sino que por algún mágico destino sus historias tienen la virtud de volverse reales, pero sólo si el final lo eligen los chicos. Al descubrir la mecánica del asunto, Skeeter se volverá ambicioso intentando obtener de ese don un provecho inmediato, parecido a lo que ya le sucediera a Sandler en Click, pero ahora con cuentos en lugar del control remoto. Querrá conseguir dinero fácil, regalos fabulosos o ganarse la que cree es la chica perfecta: Violet, la vanidosa hija de su jefe. Sin embargo, aunque los cuentos se van cumpliendo no siempre lo hacen de manera literal y las situaciones cómicas comienzan a multiplicarse.
Si en Corazón de Tinta el personaje de Brendan Fraser le cuenta historias a su hija, aquí Sandler debe hacerlo con sus sobrinos sin padres: una habitual puerta de entrada al universo Disney. En ese universo, como siempre, los buenos son simpáticos y menospreciados, pero en todos los casos serán recompensados; en cambio los malos, tan reconocibles como torpes, oportunamente recibirán el desprecio y la humillación que merecen y sólo uno será redimido: el de la billetera más gorda, claro. El campo de las actuaciones también se presenta ambivalente. Mientras Sandler hace lo suyo a conciencia, el resto del elenco, incluyendo hombres, mujeres y niños, pecan de la típica sobreactuación que es marca registrada de los productos televisivos de la marca. Aunque es cierto que el doblaje no ayuda para nada en ese sentido. A pesar de ese desequilibrio, que también se presiente en la carrera del director de la película Adam Shankman, quien pasa de un buen musical como Hairspray a bodrios importantes como Experta en Bodas, Cuentos que no son cuento no deja de ser una propuesta válida tanto para entretener livianamente a su franja de público ideal -chicos de cuatro a doce años-, como para conformar a Sandlerófilos con hijos.
Artículo publicado originalmente en el diario Página 12.
CINE - No te metas con Zohan (Don´t mess with the Zohan), de Dennis Dugan: Un estilista para Oriente Medio

Todos tienen en la familia un cuñado que se encarga de ser el gracioso en las reuniones familiares, que hace reír improvisando unos pasos de baile, exagerando alguna historia personal y hasta dando vergüenza ajena cuando empieza a subir el tono de los chistes, invariablemente acompañados de gestos de inequívoca referencia sexual. No hay mucho más secreto que ese en el cine de Adam Sandler: humor pasado de rosca y aun así familiar. Pero No te metas con Zohan tiene además la virtud de, sin alejarse de su hábitat natural de clase media urbana, romper la cotidianeidad de otras de sus películas, poniendo en pantalla un personaje extravagante de esos que cada tanto vienen a rebatir el viejo anatema según el cual Adam Sandler actúa siempre de Adam Sandler. Ese personaje es Zohan.
Súper agente de la Mossad, ídolo y héroe de Israel, Zohan tiene algo de estrella pop: será por su look, que recuerda al de George Michael en los más alocados videos de Wham!, o por su físico entrenado, apto para misiones peligrosas tanto como para el contoneo sensual y algo demodé de sus pasos de baile. Así y todo no es feliz: coiffeur atrapado en un cuerpo de elite, incomprendido hasta por sus padres que se burlan de su sueño de estilista, Zohan planea su propia muerte cuando el ejército lo convoca para atrapar al Fantasma, su archirrival y famoso terrorista a quien ya atrapó una vez. Sandler aprovecha el viaje de Zohan a Nueva York para explotar una de sus obsesiones: los 80. Sólo armado de un guardarropa lleno de shorts de jeans desflecados, camisas brillantes que parecen sacadas de un póster Pagsa y un catálogo de peluquería de aquella década, Zohan llega a la Gran Manzana y es despedido con burlas de la cadena más top de centros de estética a donde va a buscar trabajo.
Adam Sandler no es un gran actor, pero tampoco es tonto y sabe utilizar el magnífico sentido autoparódico de la colectividad: aunque parezca a años luz de Woody Allen, tal vez sus humores sólo se diferencien en lo formal y tengan una común raíz de fondo. Con la ayuda de un admirador (un compatriota que lo reconoce a pesar de su cambio de imagen), Zohan consigue entrar como aprendiz en una peluquería del barrio judío... pero del lado palestino; barrio en el que conviven hebreos y musulmanes y en donde los locales judíos de electrónica llevan nombres como “Estamos por cerrar”. Humoradas que no estarían fuera de lugar en muchas películas de Woody: la Línea de Atención al Terrorista de la Hezbollah es el non plus ultra . Tampoco es casual que el guión sea la primera colaboración entre Sandler y Judd Apatow (Virgen a los 40, Ligeramente embarazada), uno de los más exitosos directores y escritores de comedias de los últimos años, también él doctorado en humor judío autorreferencial. Tal vez cansen un poco los chistes de orientación sexual, y sin dudas el final cae en la tontería y la corrección política, pero aún así no dilapidan todo lo anterior.
Artículo publicado originalmente en el diario Página 12.
jueves, 11 de octubre de 2007
CINE - Yo los declaro marido y... Larry, de Dennis Dugan: El actor como género
Adam Sandler está empecinado en convertirse a sí mismo en un género cinematográfico. Para ello tiene su productora, Happy Madison, que además de sus películas financia algunas otras con comediantes como Rob Schneider, David Spade o Dana Carvey, amigos de la época en que formaban parte del Saturday Night Live, famoso programa de la televisión neoyorquina y gran semillero de la comedia norteamericana de los últimos 35 años. Y aunque está claro que no tiene las dotes histriónicas de Jack Black o Jim Carrey -mucho menos la destreza de este último para el humor físico-, ni la facilidad paródica de Mike Myers (tal vez con quien más puntos de contacto tenga sea con Ben Stiller y no por casualidad ambos son de New York), no caben dudas de que es Adam Sandler entre todos ellos quien mejor interpreta el humor del norteamericano medio, quizá porque su estilo remite directamente a las populares comedias televisivas. No hay secretos en el género “Sandler”, y sus ingredientes se pueden enumerar fácilmente: comedia de perfil machista pero políticamente correcta, y con la dosis de ternura y romance necesaria como para que los fanáticos puedan ir al cine con sus novias. Y si de fanáticos se trata, ellos nunca salen defraudados.
Chuck y Larry son dos bomberos de New York muy amigos, aunque muy distintos. Chuck es un mujeriego sin límite, y Larry un viudo con dos chicos y dificultades para rehacer su vida. A partir de un accidente de trabajo, Larry querrá poner a sus hijos como beneficiarios de su seguro de vida, todavía a nombre de su esposa, pero la burocracia se la pondrá difícil. Tanto que le resultaría más fácil casarse otra vez y que su nueva pareja se convierta en el beneficiario de la póliza. Pero Larry no quiere casarse. Sin embargo se le ocurre proponerle a Chuck que simulen una unión civil (un matrimonio gay) para que sea él quien cobre el seguro y se haga cargo de sus hijos llegado el caso. Pero las cosas se complicarán cuando todo el mundo crea que Chuck y Larry son dos auténticos gay, y ellos deban persistir en su farsa para demostrar ante la justicia que no están intentando estafar al estado.
Es cierto que de ninguna de las anteriores comedias de Sandler puede decirse que eran cine de alto vuelo, y Yo los declaro marido y Larry no sólo no es la excepción, sino que a partir del tema elegido se permite recaer en bromas tan viejas como la del jabón en la ducha. Pero eso no alcanza para denostarla. En primer lugar porque en comparación con muchas otras comedias estrenadas recientemente (y en este caso muchas significa demasiadas), esta al menos cumple en su objetivo primario, que es hacer reír. Y en segundo lugar, porque sin tener las habilidades de Carrey, Black o Myers, Adam Sandler se las ingenia para encontrarse personajes y situaciones a su medida. Fuera de eso, y de la banda de sonido ochentosa (otra marca registrada del género Sandler), no se debe esperar ni exigir más a esta película.
(Artículo publicado originalmente en Página 12)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

