sábado, 19 de septiembre de 2015

CINE - "Antonio Gil", de Lía Dansker: Las texturas de un rito popular

La imagen comienza con un traveling tan largo como manso que recorre un paraje vacío, pero cargado con las evidencias del paso de una multitud. Papeles y botellas; puestos de venta a medio desmontar. La camára sigue. Crece la presencia humana. Un plano secuencia virtuoso, con la suficiente paciencia como para no apurarse y detenerse recién frente a una formación de nubes cargadas de electricidad que centellean al fondo del plano. La voz de un hombre en riguroso off relata cómo durante una tormenta el Gauchito Gil lo ayudó para llegar completamente seco cuando se dirigía a visitar la tumba del santito. Al fondo los rayos no dejan de caer. Así comienza Antonio Gil, documental de Lía Dansker, que no busca explicar el mito, sino simplemente mostrar el fenómeno popular que se desarrolla en torno a él.
El film, que participó de la Competencia Argentina en la edición 2013 de BAFICI, se estrenará comercialmente sobre el final del año, pero con el apoyo de la Universidad Nacional de San Martín, el Programa Lectura Mundi y ProaCine tendrá hoy a las 17 una función de pre-estreno en el auditorio de la Fundación Proa, Av. Pedro de Mendoza 1929. Tras la proyección la directora conversará con José Emilio Burucúa y Alejandro Frigerio acerca de la cuestión de la representación vinculada al mito.
Porque el trabajo de Dansker se instala sobre el terreno de lo mítico y desde ahí narra utilizando un coro de voces anónimas. Esa ausencia de una identidad visible hace que las voces se vayan fundiendo en un discurso único pero plural, rico en las mismas contradicciones que dan forma al propio mito, como si en realidad hubieran sido dichas por una única entidad de mil cabezas. "A ese hombre nadie lo santificó: se santificó sólo", dice una de ellas, que alimenta la figura de un héroe que se construye y se erige a sí mismo como tal. Porque Antonio Gil, el gauchito, no quiere ser santo y nada más, sino que se propone como avatar del mismo dios, casi como una segunda encarnación de Cristo. Un Cristo pagano. Cada testimonio le agrega una capa más al mito y son mil muertes distintas las que se relatan, cada una con su particular motivo. Durante la película Antonio Gil muere por ladrón, rebelde, desertor, asesino e inocente. Todas esas muertes son posibles, conviven y, como las voces que las relatan, también acaban siendo la misma.
La película fue rodada durante las peregrinaciones que todos los 8 de enero convocan multitudes en el santuario ubicado en las afueras de Mercedes, provincia de Corrientes, donde Antonio Gil fue asesinado en 1878. Sin embargo no aporta datos históricos definitivos ni pretende establecer un relato objetivo. Antonio Gil es pura subjetividad, más un acto de fe que una tesis. Las imágenes que la directora ha escogido incluyen las muestras de devoción de los fieles, pero también la presencia de oportunistas (buscavidas y carteristas) que aprovechan para hacer sus trabajos. Un ex intendente llama adictos a los fieles del gauchito: seguramente ha querido decir adeptos, pero el fallido pone al descubierto una mirada no exenta de temor y violencia.
Antonio Gil puede resultar un viaje en el tiempo para el espectador de Buenos Aires y quizá también para cualquier habitante de las grandes urbes de la Argentina. En ella se muestra un país al que la ciudad le da la espalda, condenándolo a ser parte del pasado. Ahí la gente habla como en la imaginación de un porteño podrían hablar Martín Fierro o Don Segundo Sombra a fines el siglo XIX. Muchos de los que dan su testimonio tienen la voz de los gauchos y cuentan en presente historias de gauchos, simplemente porque son y seguirán siendo gauchos. Como el santo. Voces de fantasmas en un país donde la civilización todavía intenta sepultar ciertas realidades y sus ritos en el alud de la barbarie.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

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