miércoles, 31 de octubre de 2007

CINE - Man to man, de Régis Wargnier: La evolución salvaje


Simple: así se plantea Man to man, una película a la que se puede clasificar como culebrón antropológico, que comienza en África central, en 1870, cuando una pareja de pigmeos es capturada y llevada a Escocia. Allá, tres vehementes hombres de ciencia, los doctores Auchinleck, McBride y Dodd, intentarán probar que los miembros de esa tribu casi desconocida en Europa son nada menos que el eslabón perdido, aquel linaje intermedio entre primates y humanos que mantenía viva a la darwiniana teoría de las especies. Dodd ha sido el responsable de la dramática expedición que trajo los pigmeos a Edimburgo, pero a partir de un contacto cada vez más íntimo con ellos, comenzará a dudar de algunas premisas de su teoría y la confianza con sus colegas se irá debilitando.

Planteada como fábula moral, abundante en estereotipos y moralejas, Man to Man utiliza a sus personajes para mostrar las alternativas posibles en la relación entre hombre y ciencia, muchas veces puesta por encima de las relaciones hombre a hombre. Así, mientras el doctor Dodd descubre que el carácter humano de sus “antropoides” resulta una evidencia que exige que el método sea revisado y corregido, Auchinleck se mostrará salvajemente positivista, y McBride se verá tironeado entre los hechos, la manipulación y su propia cobardía. Un juego de polos que se repelen y atraen, en el que la película deja clara su posición; como en ese paralelismo entre una tribu africana y los toscos highlanders escoceses, que desde culturas que se ignoran mutuamente le endosan a los hombrecitos de la selva similares poderes diabólicos, un recurso más bien superficial, pero que no deja de ser simpático y efectivo a la hora de empujar al espectador a intentar redefinir la palabra salvajismo. Y en esto se va Man to man, una sucesión de recursos casi de telenovela, (sobre)actuaciones esquemáticas para personajes de molde, transformaciones previsibles, mensajes políticamente correctos y golpes más o menos bajos, pero que de todas formas no impiden que la película resulte entretenida. Sin embargo al verla no pueden dejar de extrañarse otras, que retrataron de manera más elaborada, elegante o efectiva un tema tan rico como el choque de culturas antípodas. Sin demora vendrán a la memoria la exquisitez plano por plano de El nuevo mundo, de Terrence Malick, y hasta Greystoke, la leyenda de Tarzán, de Hugh Hudson, en la que Christopher Lambert compusiera tal vez el Tarzán más fiel al original de Burroughs, aunque no el más recordado.

Para Man to man queda la virtud de no haber desaprovechado la belleza de los escenarios elegidos; el oficio de Régis Wargnier para hacer coherentes y sobre todo llevaderas las casi dos horas que dura la película; y el mensaje de igualdad humana, que no por repetido deja de ser valioso, en esta era signada por la exaltación obscena de las diferencias por sobre la coincidencia vital de ser humanos.


(Artículo publicado originalmente en Página 12)

LIBROS - Ferrocarriles argentinos, de Elvio Gandolfo: Bajo el signo de la herencia

El nuevo libro de Elvio Gandolfo no es original. Es más, ni siquiera es nuevo el último libro de Elvio Gandolfo: Ferrocarriles argentinos es apenas la reedición de una antología con diez de sus cuentos. Pero, vamos, a quién le importa la novedad si lo que se ofrece a cambio es una forma del placer difícil de hallar en la lista de los más vendidos de la semana.

Una constante de esta recopilación y tal vez de toda la obra de Gandolfo, es la forma en que cada texto manifiesta con equilibrio la pasión del autor por una gran variedad de géneros -los literarios, pero también el cine o la historieta-, para llegar a partir de ellos siempre más allá del límite que implica lo genérico. Así, en Llano de sol, un cuento cuyo escenario bien pudiera ser el de la ciencia ficción y la historieta fantástica de los años 50, en una Argentina dividida por guerras internas, una vieja central de energía solar en medio del desierto riojano es una excusa para que el abandono libere los fantasmas de un hombre solo, sus miedos y añoranzas, o la demora de ciertos deseos que son, quizá, un último rasgo de su humanidad (o su conciencia). En La yanqui y el polaco se permite utilizar nombres reales, como hiciera con Wells en el cuento Corta amistad en Londres: Susan Sontag y un hombre locuaz de español ferdydurkiano, son los personajes de un relato romántico con visos de erotismo intelectual. Fábula suburbana y lisérgica de ominosa candidez, El terrón disolvente profetiza la escena en que Morpheus le sirve a Neo la pastilla roja, para que el mundo se descubra con la violencia propia de la realidad. El policial se cruza con el costumbrismo en Estrategia, para aparecer de manera más contundente en Un error de Ludueña, mientras El bulto del casino desborda una fantasía netamente borgeana de soñadores y soñados.

Gandolfo es parte de una generación de cuentistas a la que ambiguamente puede reconocerse como la primera post- Borges, o bien la última bajo su influencia viva: su primer libro de relatos, La reina de las nieves, se editó en 1982, aunque él ya venía publicando poesía y trabajando en prosa desde mucho antes. Quienes todavía no conocen su trabajo, en estos Ferrocarriles Argentinos tendrán oportunidad de comprobar que en sus cuentos se continúa la genealogía fértil de la buena literatura fantástica argentina.

(Artículo publicado originalmente en el suplemento de cultura del diario Perfil)

CINE - Encarnación, de Anahí Berneri: Del sexo en soledad

El cine y la literatura son mundos tan próximos que muchas veces consiguen rozarse; incluso puede pensarse al cine como el último de los géneros literarios. Por un lado las letras saben que el celuloide las ha empujado más allá del ejercicio paisajístico o fisonómico: la literatura ya no puede permitirse descripciones como las que sostuvieron la novela decimonónica, el período inmediato anterior a la era del cine. De una novela que abusa de ese recurso hoy se dice que es cinematográfica, sin que en ello vaya un elogio. Por necesidad, la literatura del siglo XX se volvió más esencial, más hermética, y en su evolución el cine tampoco se contentó con el relato explícito ni con el mero retrato, y de a poco comenzó a explorar otras formas de narración. Encarnación, de Anahí Berneri, comparte con otras películas del llamado nuevo cine argentino cierta voluntad críptica que, salvando distancias enormes, puede traer a la memoria del espectador/ lector el espíritu engañosamente cotidiano de algún texto de Raymond Carver. Será porque en la historia de Erni Levier, una actriz de poca monta, una vedette ensombrecida por el tiempo, es menos lo que se podrá saber a través de lo que cuenta el relato, que lo que se intuirá a partir de los silencios, las conversaciones truncas o los fragmentos oídos al pasar. Y quizá en ese carácter fragmentario esté la clave de una película que pide ser reordenada; no porque su linealidad temporal haya sido alterada ni su estructura remita a un complejo artefacto de diseño, sino porque lo central en ella puede ser aquello insinuado de manera repetida, pero nunca dicho.

Erni, o Encarnación, tal es su verdadero nombre, sabe que su momento pasó. Se lo dicen las miradas ajenas, los comentarios furtivos, la falta de propuestas laborales serias, pero también la propia piel, floja, que cubre su cuerpo todavía firme como una sábana cubre un mueble en una casa deshabitada hace tiempo. Sin embargo Erni no sólo no se abandona a esas evidencias aceptadas a medias, sino que intenta re fundarse con más voluntad que éxito: escribe un guión de cine que ella misma protagonizará; sube su propia web, cargada con los desnudos de su juventud; incluso acepta hacer publicidades estrafalarias. En medio de eso, su relación con Jorge (un hombre de su edad, dedicado al negocio inmobiliario) es un oasis que la conecta con un mundo más real, o al menos, de sentimientos y proyectos reales. Ya con síntomas de una crisis inminente, Erni viaja al campo, a su pueblo natal, para la fiesta de quince años de su sobrina Ana. Allá la espera el pasado. Como sucedía en La ciénaga, de Lucrecia Martel -aunque aquí con menos dilaciones y velos-, se intuye en esa Ana adolescente que idolatra a su tía artista, una sexualidad efervescente y contenida pero a la vez vital, auténtica, que contrasta con la simple carnalidad a la que se abandona Erni tal vez por el mandato que su nombre le impone, no pudiendo evitar ser objeto del goce ajeno, incluso a contrapelo de sus propios deseos y sentimientos.

Encarnación, se ha dicho, comparte con La ciénaga o El custodio, de Rodrigo Moreno, una media lengua en el que la palabra no pronunciada tiene más valor que el discurso, un lenguaje compuesto de voces y de silencios que son contrapartes necesarias para deconstruir la historia. Anahí Berneri ha sabido elegir a sus actores y, del humor al morbo, hacerles decir y hacer lo necesario para que esta historia de dinámica serena no se volviese una invitación a la siesta. Silvia Pérez está saludablemente desconocida, atendiendo a que su carrera estuvo siempre más ligada a la picaresca que al cine de autor. A partir de una labor emotiva y aportando matices a un personaje con el que a priori tiene algunos puntos de contacto, consigue transmitir las dudas y la vulnerabilidad de Erni. En lo técnico, a Encarnación se le puede criticar el exceso de cámara en mano (no es el único recurso posible para acentuar el realismo de una escena); y desde lo estético, su marcada vocación festivalera, que por cierto dio buenos frutos en Toronto y San Sebastián, pero que como muchas de las películas del cine nacional reciente, parece olvidar que los jurados no son el único público posible. Si es que eso puede calcularse.

(Artículo publicado originalmente en Página 12)

jueves, 11 de octubre de 2007

CINE - Perseguidos por el pasado (Seraphim falls), de David von Aken: El western metafísico

Solía repetir Borges que ante el olvido de los poetas, Hollywood había recuperado con los westerns el heroísmo del género épico. En ese mismo sentido puede agregarse que así como las epopeyas greco romanas se han convertido con los siglos en folklore de todo occidente, del mismo modo la mitología del Lejano Oeste se ha vuelto universal a partir del cine. 

Perseguidos por el pasado puede considerarse dentro de lo mejor de esa tradición, porque consigue que a partir del enfrentamiento de sus protagonistas -dos hombres que superados por sus miserias dan pie a esta historia-, ese carácter heroico de dimensión sobrehumana se traduzca en un drama real. La película comienza de un modo convencional: Gideon es un hombre solitario que huye por montañas, ríos y desiertos, de la persecución del coronel Carver, quien al mando de cuatro hombres es presa de la obsesión insana de alcanzarlo y no descansará hasta tenerlo de rodillas frente a sí. Poco a poco el relato que por un lado irá reconstruyendo el origen de tanto odio, comenzará a abundar en personajes que van extrañando la historia, a tal punto que sobre el final de la película será difícil distinguir fantasía de realidad; o mejor, esa interesante dualidad permitirá andar los dos caminos de manera complementaria.

Perseguidos por el pasado se toma la molestia de no adelantar los motivo por los cuales Carver (sólido Liam Neeson, impenetrable) persigue con saña a Gideon (un Pierce Brosnan tan atormentado como brutal). Por desgracia, quienes titularon la película en castellano de alguna manera han frustrado esa dilación, abundando tal cual es su costumbre en indicios que el original escamotea, aunque no lleguen al extremo de arruinar la película. Esa mentada persecución, que tendrá como escenario vivo el agreste paisaje norteamericano y a la finalizada guerra de secesión como telón de fondo, se encargará de poner frente a frente, a la manera de Héctor y Aquiles, a dos hombres de valor cada uno con motivos de sobra para legitimar sus papeles de perseguidor y perseguido. La trama ira insinuando sin prisa que tal vez Carver y Gideon no sean más que antagonistas siameses, unidos por un mismo dolor común, dejando la certeza de que toda guerra es fraticida y que en un mundo así, lo dice Carver durante la película, nadie puede proteger a nadie.

Sobre el final, los espacios serán cada vez más agobiantes, y la película se volverá decididamente ambigua, permitiendo la aparición de personajes que bien pueden ser vistos de modo realista, pero que cobran mayor profundidad si se los acepta como metáforas. Así en medio del desierto (espacio mítico propenso a las epifanías), Gideon y Carver tal vez tengan una única oportunidad de vérselas cara a cara con dios y con el diablo en persona. Por todo esto, Perseguidos por el pasado puede ser la excusa ideal para volver al cine a ver una de vaqueros.

(Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página 12)

LIBROS - Con toda intención, de C. E. Feiling: Siempre hay espacio para los buenos argumentos

Si bien puede caerse en la tentación de comenzar a hablar de este libro como de una recopilación de artículos periodísticos, que es lo que se supone que debe creer el lector antes de comenzar con la lectura, al terminar con el último de los textos que lo componen no queda más alternativa que reconocer que lo que atraviesa estas páginas no es otra cosa que literatura en su estado más puro.

Es que estos textos engañosos, originalmente publicados en la mayoría de los principales medios de la ciudad con los que Feiling ha colaborado, como Clarín, La nación, El cronista, y principalmente en el diario Página 12 y en la extinta revista Página 30, de la que fue secretario de redacción, no son otra cosa que un rosario de breves y lúcidos ensayos, a los que como periodista o escritor no se puede más que envidiar. Sanamente, debería aclararse ahora mismo para mantener la corrección política. Pero para que mentir. Estos artículos son envidiables, malamente envidiables. Insanamente envidiables.

C. E. Feiling es y será periodista, escritor, traductor, crítico literario en el sentido más ajustado, docente universitario, y otras decenas de items posibles, y esta antología de sus textos reunidos bajo el título de Con Toda Intención, resulta un intento de volver a colocar al arte en el lugar correcto. Lo que llama la atención es la enorme lucidez con que aborda los temas más variados del espectro artístico, pero desde el dominio de un bagaje teórico abrumador, que le permite trascender los límites del arte para abarcar en sus textos los ámbitos de la cultura y la sociedad por completo. Así, rescatar la empañada figura de José Bianco como uno de los más notables escritores argentinos del siglo pasado, o dejar algunos apuntes acerca de aquella mítica versión de la canción My Way, que hiciera Sid Vicious poco antes de morir a finales de los ´70, implican para Feiling el mismo nivel de compromiso crítico.

Con en este libro, Feiling amerita ser catalogado como lo que en la jerga policial se conoce con el nombre de hábil declarante: alguien que difícilmente se quede sin argumentos en medio de cualquier discusión. Y que no vacila en ser impunemente franco al momento de ejercer su profesión. Así podemos leer varios de sus textos, en los que sin problemas valora a algunos de los libros que le ha tocado en suerte criticar o reseñar, como malos o muy malos; o definir a don Ernesto Sábato como un pésimo escritor. Sin anestesia. Porque incluso (o sobre todo) cuando parece que algunas de sus críticas comienzan a tomar el mismo tono de una agresión de barrabrava, es en esos momentos en los que sus argumentos sólidos no dejan lugar para las dudas.

Como un ejemplo de la claridad de su pensamiento y de la gran capacidad analítica que posee C. E. Feiling, basta con referir un fragmento de un texto escrito por él como prólogo para una antología de relatos de terror (tal vez el género con menos prestigio dentro de la literatura), en el que un razonamiento teórico acerca del género, acaba transformado en una lúcida diatriba sociológica: lo sobrenatural como opuesto de lo sobre- natural, lo que está más allá de aquellos conceptos “naturalistas” para los que es lógico que los blancos sean superiores a los negros o los hombres a las mujeres; lo sobrenatural como sublimación de ciertos miedos sociales a los que a finales del siglo XIX se aludía desde los argumentos de la literatura de horror.

La muerte de C. E. Feiling (Charlie para quienes lo estimaban) en 1997, es otro argumento a favor de las teorías que afirman que frente a la muerte no sirven méritos, ni argumentos, ni razones. Lo cual ciertamente es una lástima.

(Artículo publicado originalmente en http://www.informereservado.net/cultura.php)