Como si se tratara de un dios ubicuo encarnado en una tupida manifestación capilar, el bigote de Freddie Mercury da la sensación de estar en todas partes. Se podría hacer una enumeración para justificar la desmesurada afirmación anterior, pero no es necesario: todo el mundo sabe que es verdad. Desde el estreno de Bohemian Rhapsody, la biopic que reproduce una versión posible de la vida del cantante de Queen, su estampa embigotada domina cada centímetro de la ciudad, del país y presumiblemente de todo el mundo. Ni hablar de la canción, “Rapsodia Bohemia”, que a fuerza de repeticiones parece haberse atascado en los oídos de todos en un loop imposible de detener. Pero la película, que a más de cuatro meses de su estreno se mantiene dentro del top ten de las más vistas en el país, desató un furor por Mercury y su banda que va mucho más allá de la pantalla. Sus canciones y discos volvieron a convertirse en bestsellers, tanto en el formato físico como en plataformas online; las remeras abandonaron el estante de los recuerdos para volver a ocupar su lugar sobre la piel; y hasta el actor Rami Malek alcanzó la gloria al ganar el Oscar al mejor actor con prótesis dental. Todo gracias al bigote de Freddie.
Como era de prever, el cuerpo de la industria editorial no resultó inmune a la freddiemanía. Desde hace unos meses es posible conseguir en las librerías nacionales dos volúmenes que abordan la figura del cantante y de su banda. Se trata de Queen & Freddie Mercury: vida, canciones, conciertos clave y discografía, del periodista musical español José Luis Martín, y de Freddie Mercury. La historia del gran mito del rock, del italiano Luca Garrò, también periodista, quien forma parte del staff de la revista digital Corrieredellamusica.it.
Editados a través del sello Ma Non Troppo, ambos volúmenes buscan ocupar algunos de los numerosos espacios en blanco de lo que se ha escrito sobre Queen y su vocalista, que si bien no es poco en términos absolutos, deja mucho que desear en lo que respecta a lo publicado en lengua castellana. Y aunque consiguen rellenar muchos de esos huecos, aportando material de interés, sigue siendo mucho lo que queda por conocer de una de esas bandas de la que parecería haberse dicho todo, pero no.
El primero de ellos funciona como un GPS útil para moverse con soltura dentro de la obra Queen. Sin embargo no se trata de un atlas completo sino más bien de un manual escrito por un fanático, quien ofrece su servicio de guía a aquellos que la conocen de forma superficial, a través del breve marco de sus grandes éxitos. Aun así aporta capítulos reveladores, como aquellos en los que profundiza en las obras solistas de cada miembro, lo que por lo general no suele aparecer en el radar de los seguidores.
Por su parte el libro de Garrò se deshace de la carga de la banda y enfoca su interés en la figura de Mercury. De la misma manera resulta una obra mucho más visual que la de su colega español, incluyendo una enorme cantidad de fotografías que abarcan toda la vida del cantante, muchas de ellas poco difundidas. Es decir, el material perfecto para contrastar el trabajo de reconstrucción realizado en la película Bohemian Rhapsody.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
domingo, 10 de marzo de 2019
sábado, 9 de marzo de 2019
CINE - "La Feliz. Continuidades de la violencia", de Valentín Javier Diment: El loop de la ultraderecha
El corrimiento hacia la derecha de la política mundial, en particular en la Argentina, es el eje sobre el cual se mueve La Feliz. Continuidades de la violencia, documental dirigido por Valentín Javier Diment. En él se propone una tesis: que la ciudad de Mar del Plata es, históricamente, uno de los epicentros en los cuales los movimientos de ultraderecha han encontrado su perfecto caldo de cultivo a nivel nacional. Para ello toma como emergente no sólo el triunfo de Carlos Fernando Arroyo, actual intendente de la ciudad, ex funcionario de la Dictadura y fervoroso defensor de los distintos alzamientos carapintada, sino el afianzamiento de agrupaciones ultra nacionalistas e incluso neonazis, que desde hace algunos años se han convertido en protagonistas de permanentes actos de violencia en La Perla del Atlántico.
A partir de ahí el documental de Diment hace foco en dos cuestiones centrales. En primer lugar el aire de familia que vincula a movimientos como la CNU (Concentración Nacional Universitaria), organización de ultraderecha que a comienzos de los años ’70 tuvo sus bases en las ciudades de La Plata y Mar del Plata, con los actuales Foro Patriótico Nacional (FoNaPa) y una miríada de células filonazis y skinheads, como Bandera Negra, La Giachino y otras. En segundo término, el proceso en el que se juzgo a ocho jóvenes acusados de distintos actos de violencia cometidos entre 2013 y 2017.
A través del clásico dispositivo de poner a los entrevistados en pantalla, La Feliz consigue urdir una trama en la que los crímenes cometidos por la CNU –asesinatos de estudiantes universitarios y militantes de izquierda, y un estrecho vínculo con los grupos parapoliciales durante la dictadura— se convierten en antecedentes directos de los crímenes de odio racial o de género, cometidos por miembros de agrupaciones que durante la última década sembraron de violencia la tradicional ciudad balnearia.
El material incluido en el montaje final resulta aterrador en más de un sentido. Desde los relatos de Marta García de Candeloro, quien estuvo secuestrada durante la dictadura en el centro clandestino conocido como La Cueva y cuyo esposo continua desaparecido desde entonces, hasta las expresiones de Carlos Pampillón, fundador de FoNaPa y vértice en el que convergen distintas agrupaciones de ultraderecha que comparten la ciudad.
Sostiene Pampillón, entre otras cosas, que los juicios por la memoria la verdad y la justicia y los 30 mil desaparecidos son “un invento armado para seguir haciendo dinero, porque perdieron la batalla armada y quieren ganar la batalla cultural”. Sostiene Pampillón que Trump es un “referente” para su forma de entender el nacionalismo y reivindica como trabajo social la restauración del monumento a la Policía Federal realizado por integrantes de La Giachino, agrupación de jóvenes neofascistas bautizada así en honor al Capitán Pedro Giachino, primer argentino caído en combate durante la Guerra de Malvinas, pero también acusado de torturar y matar en la base Naval de Mar del Plata, otro de los tantos centros clandestinos que hubo en la ciudad durante la dictadura. Sostiene Pampillón que “los militares se quedaron muy cortos”, porque dejaron “muchos vivos”. Pampillón está libre.
De un lado o del otro, los testimonios son elocuentes. Diment, quien habiendo dirigido en 2010 el documental Parapolicial negro. Apuntes para una prehistoria de la Triple A ya tenía experiencia en esto de vincular presente y pasado de la violencia en la Argentina, realiza un buen trabajo al integrar ese conjunto de voces dispersas en un relato coherente y claro. Y se permite utilizar algunos recursos del cine de género para hacer más atractiva algunas enumeraciones, que de otro modo hubieran resultado tediosas desde lo cinematográfico.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
A partir de ahí el documental de Diment hace foco en dos cuestiones centrales. En primer lugar el aire de familia que vincula a movimientos como la CNU (Concentración Nacional Universitaria), organización de ultraderecha que a comienzos de los años ’70 tuvo sus bases en las ciudades de La Plata y Mar del Plata, con los actuales Foro Patriótico Nacional (FoNaPa) y una miríada de células filonazis y skinheads, como Bandera Negra, La Giachino y otras. En segundo término, el proceso en el que se juzgo a ocho jóvenes acusados de distintos actos de violencia cometidos entre 2013 y 2017.
A través del clásico dispositivo de poner a los entrevistados en pantalla, La Feliz consigue urdir una trama en la que los crímenes cometidos por la CNU –asesinatos de estudiantes universitarios y militantes de izquierda, y un estrecho vínculo con los grupos parapoliciales durante la dictadura— se convierten en antecedentes directos de los crímenes de odio racial o de género, cometidos por miembros de agrupaciones que durante la última década sembraron de violencia la tradicional ciudad balnearia.
El material incluido en el montaje final resulta aterrador en más de un sentido. Desde los relatos de Marta García de Candeloro, quien estuvo secuestrada durante la dictadura en el centro clandestino conocido como La Cueva y cuyo esposo continua desaparecido desde entonces, hasta las expresiones de Carlos Pampillón, fundador de FoNaPa y vértice en el que convergen distintas agrupaciones de ultraderecha que comparten la ciudad.
Sostiene Pampillón, entre otras cosas, que los juicios por la memoria la verdad y la justicia y los 30 mil desaparecidos son “un invento armado para seguir haciendo dinero, porque perdieron la batalla armada y quieren ganar la batalla cultural”. Sostiene Pampillón que Trump es un “referente” para su forma de entender el nacionalismo y reivindica como trabajo social la restauración del monumento a la Policía Federal realizado por integrantes de La Giachino, agrupación de jóvenes neofascistas bautizada así en honor al Capitán Pedro Giachino, primer argentino caído en combate durante la Guerra de Malvinas, pero también acusado de torturar y matar en la base Naval de Mar del Plata, otro de los tantos centros clandestinos que hubo en la ciudad durante la dictadura. Sostiene Pampillón que “los militares se quedaron muy cortos”, porque dejaron “muchos vivos”. Pampillón está libre.
De un lado o del otro, los testimonios son elocuentes. Diment, quien habiendo dirigido en 2010 el documental Parapolicial negro. Apuntes para una prehistoria de la Triple A ya tenía experiencia en esto de vincular presente y pasado de la violencia en la Argentina, realiza un buen trabajo al integrar ese conjunto de voces dispersas en un relato coherente y claro. Y se permite utilizar algunos recursos del cine de género para hacer más atractiva algunas enumeraciones, que de otro modo hubieran resultado tediosas desde lo cinematográfico.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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jueves, 7 de marzo de 2019
CINE - "Capitana Marvel" (Captain Marvel), de Anna Boden y Ryan Fleck: Súper chicas en pantalla
Precedida por una expectativa enorme, finalmente se estrena Capitana Marvel, la primera película de los estudios Marvel que tiene como protagonista a una súperheroína. Demora que no resulta nada extraña si se tiene en cuenta que el mundo clásico de los superhéroes es en esencia un espacio (otro) de amplio predominio masculino. El enorme universo cinematográfico que Marvel construyó en la última década sirve como botonazo de muestra. Dentro de una serie que ya acumula más de dos decenas de películas, Capitana Marvel es la primera en la que una mujer lidera la acción. La batalla femenina es además la primera que Marvel pierde frente a su rival de toda la vida, DC Comics, quien hace dos años picó en punta con el estreno de Mujer Maravilla, que se convirtió en uno de los títulos más exitosos de un catálogo que reúne a verdaderos pesos pesados del genero, como Batman o Superman.
El surgimiento de la fuerza femenina es, claro, parte fundamental de Capitana Marvel. Porque si bien no se aparta de las estrictas recetas del libro de cocina de las películas de superhéroes, incluyendo cada condimento indicado en ellas, también es cierto que hay pequeños detalles que delatan un ligero corrimiento del punto de vista. Por supuesto no debe esperarse una película feminista (la conservadora Hollywood todavía no está preparada para tanto), pero si una que se permite cargar al machismo con algunas chicanas divertidas. Como la escena en la que los malos escanean a un gato, al que el proceso cataloga como una especie altamente peligrosa, pero cuando analizan a Samuel L. Jackson en el papel de Nick Fury (o Fury a secas), el resultado arroja que el nivel de peligro del macho humano es escaso o nulo. Por supuesto Fury tratará de dejar bien parado el honor de los muchachos, afirmando con cara de sorpresa que el escáner debe estar descompuesto. Media docena de chistes de tono similar confirma que se trata de un juego planificado para funcionar como reflejo oportuno del estado del mundo.
Un elemento no tan novedoso es la explotación de las tendencias del retro y el revival. Una herramienta que Marvel ya utilizó con éxito en la saga de Los guardianes de la galaxia, que abrevaba con pasión fetichista en la fuente pop de los años ‘80. Producto de marketing al fin, Capitana Marvel, dirigida por la pareja creativa que integran Anna Boden y Ryan Fleck, explota la cultura popular de la década siguiente, haciendo que su historia transcurra en la dimensión de los ‘90. Decisión que impacta sobre todo en la banda sonora, integrada por clásicos que van de Nirvana a No Doubt, pasando por Garbage y REM, entre otros. Pero también en detalles de contexto, como las alusiones al grunge, a películas como Mentiras verdaderas (James Cameron, 1994), al VHS o la prehistórica conexión a internet vía módem telefónico. Cosas que ya casi nadie extraña y que acá son recuperadas para sumar pasos de comedia.
Pero no es solo por estos detalles que Capitana Marveles esperada con tanto nervio en el reino de “Nerdlandia”. También se trata de la primera producción de Marvel que se estrena tras la muerte de Stan Lee, factotum de esta verdadera fábrica de héroes y, por supuesto, hay homenaje. Además se sabe desde hace mucho que la figura de la heroína será clave en la trama de Endgame, la próxima entrega de los Avengers, que se estrenara partida en mitades entre este año y el próximo. Algo que se confirma en la primera escena de post créditos (hay una segunda al final de todo).
Por suerte la película consigue trascender ese carácter de mero eslabón de transición para llegar al destino final Endgame. Y lo hace a partir de argumentos sólidos, como dotar a los bandos enfrentados de suficientes claroscuros como para que los buenos tengan sus sombras y los malos sus virtudes. Por supuesto que el final de la película marca claramente quién es quién, separando a víctimas de victimarios, dejando de un lado a los héroes y del otro a los villanos, pero con matices que ayudan a enriquecer la construcción de varios personajes. De modo que, sin ser revolucionaria, Capitana Marvel se las arregla para no reproducir una mirada plana y unívoca de la realidad, algo que no es tan fácil de encontrar en este tipo de productos de alto impacto, surgidos de las fraguas del cine estadounidense.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
El surgimiento de la fuerza femenina es, claro, parte fundamental de Capitana Marvel. Porque si bien no se aparta de las estrictas recetas del libro de cocina de las películas de superhéroes, incluyendo cada condimento indicado en ellas, también es cierto que hay pequeños detalles que delatan un ligero corrimiento del punto de vista. Por supuesto no debe esperarse una película feminista (la conservadora Hollywood todavía no está preparada para tanto), pero si una que se permite cargar al machismo con algunas chicanas divertidas. Como la escena en la que los malos escanean a un gato, al que el proceso cataloga como una especie altamente peligrosa, pero cuando analizan a Samuel L. Jackson en el papel de Nick Fury (o Fury a secas), el resultado arroja que el nivel de peligro del macho humano es escaso o nulo. Por supuesto Fury tratará de dejar bien parado el honor de los muchachos, afirmando con cara de sorpresa que el escáner debe estar descompuesto. Media docena de chistes de tono similar confirma que se trata de un juego planificado para funcionar como reflejo oportuno del estado del mundo.
Un elemento no tan novedoso es la explotación de las tendencias del retro y el revival. Una herramienta que Marvel ya utilizó con éxito en la saga de Los guardianes de la galaxia, que abrevaba con pasión fetichista en la fuente pop de los años ‘80. Producto de marketing al fin, Capitana Marvel, dirigida por la pareja creativa que integran Anna Boden y Ryan Fleck, explota la cultura popular de la década siguiente, haciendo que su historia transcurra en la dimensión de los ‘90. Decisión que impacta sobre todo en la banda sonora, integrada por clásicos que van de Nirvana a No Doubt, pasando por Garbage y REM, entre otros. Pero también en detalles de contexto, como las alusiones al grunge, a películas como Mentiras verdaderas (James Cameron, 1994), al VHS o la prehistórica conexión a internet vía módem telefónico. Cosas que ya casi nadie extraña y que acá son recuperadas para sumar pasos de comedia.
Pero no es solo por estos detalles que Capitana Marveles esperada con tanto nervio en el reino de “Nerdlandia”. También se trata de la primera producción de Marvel que se estrena tras la muerte de Stan Lee, factotum de esta verdadera fábrica de héroes y, por supuesto, hay homenaje. Además se sabe desde hace mucho que la figura de la heroína será clave en la trama de Endgame, la próxima entrega de los Avengers, que se estrenara partida en mitades entre este año y el próximo. Algo que se confirma en la primera escena de post créditos (hay una segunda al final de todo).
Por suerte la película consigue trascender ese carácter de mero eslabón de transición para llegar al destino final Endgame. Y lo hace a partir de argumentos sólidos, como dotar a los bandos enfrentados de suficientes claroscuros como para que los buenos tengan sus sombras y los malos sus virtudes. Por supuesto que el final de la película marca claramente quién es quién, separando a víctimas de victimarios, dejando de un lado a los héroes y del otro a los villanos, pero con matices que ayudan a enriquecer la construcción de varios personajes. De modo que, sin ser revolucionaria, Capitana Marvel se las arregla para no reproducir una mirada plana y unívoca de la realidad, algo que no es tan fácil de encontrar en este tipo de productos de alto impacto, surgidos de las fraguas del cine estadounidense.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
CINE - "Con este miedo al futuro", de Nacho Sesma: El origen del dolor
Segundo trabajo del director argentino Nacho Sesma, Con este miedo al futuro es una de esas películas narradas casi en primera persona en las que un ojo invisible y omnipresente acompaña al protagonista a sol y sombra, para contar en detalle los hechos que conforman su vida. Por eso no es extraño que la escena inicial sea nada menos que un primerísimo plano de la nuca de Leo, ese protagonista, rodeado de azulejos blancos. Leo duda si aspirar el montoncito de cocaína que se yergue en una de las esquinas de su tarjeta Sube, pero la vacilación dura solo un instante. En cuanto se agacha, decidido a meterse todo adentro, la escena funde a negro y aparece el título en letras blancas, con el sonido de la nariz de Leo como única banda sonora.
El plano de la nuca hace temer una de esas películas en las que la cámara toma a los personajes siempre desde atrás, como si los persiguiera, un clásico del cine independiente argentino de hace unos años. En ellas los directores parecían esconderse de sus criaturas, como si en lugar de registrar una historia la estuvieran robando. No es por ahí por donde Sesma encara a Leo, a quien en lugar de espiar prefiere acompañar. Él es un profesor de literatura que toma merca en el baño de la universidad y fuma en el aula, aunque sabe que no debe. Conductas que no se vinculan con lo recreativo, sino con una pulsión autodestructiva, emergente de una situación emocional complicada.
El tipo se acaba de separar y ahora duerme en un colchoncito en el piso del quincho de la casa que era de los padres de un amigo, quien le habilita el espacio hasta que la propiedad se venda. En el laburo no le va mejor y además empieza a coquetear con una alumna.
Con este miedo al futuro presenta a Leo de forma cruda, apostando a que el espectador no se encariñe con él. Al principio el retrato destaca su carácter hostil y desconsiderado, mostrando un personaje desbordado por el enojo y propenso a los excesos. Pero a medida que avanza también va apareciendo de a gotas su dolor. Es evidente que hay un primer motor oculto que explica esa actitud agresiva frente a casi todo, pero el director (que también es guionista) acomoda los elementos del relato de tal forma que recién sobre el final aparecerá alguna respuesta./
Como Sesma ha tomado la decisión ética de mantenerse junto a su protagonista (y no detrás de él), esa revelación adquiere la forma de una justificación. A través de ella parece querer forzar la empatía del espectador, quien hasta ahí había sido inducido a tomar distancia del protagonista. En consonancia con esa actitud compasiva, el final aflojará algunas tensiones, permitiéndole a Leo cierto alivio. En ese mismo sentido el título de la película puede resultar demasiado explicativo, como si se tratara del diagnóstico que un psicoanalista le da a su paciente al inicio de la sesión, sin esperar a conocer cuál es la historia que este tiene para contar. Un gesto tranquilizador.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
El plano de la nuca hace temer una de esas películas en las que la cámara toma a los personajes siempre desde atrás, como si los persiguiera, un clásico del cine independiente argentino de hace unos años. En ellas los directores parecían esconderse de sus criaturas, como si en lugar de registrar una historia la estuvieran robando. No es por ahí por donde Sesma encara a Leo, a quien en lugar de espiar prefiere acompañar. Él es un profesor de literatura que toma merca en el baño de la universidad y fuma en el aula, aunque sabe que no debe. Conductas que no se vinculan con lo recreativo, sino con una pulsión autodestructiva, emergente de una situación emocional complicada.
El tipo se acaba de separar y ahora duerme en un colchoncito en el piso del quincho de la casa que era de los padres de un amigo, quien le habilita el espacio hasta que la propiedad se venda. En el laburo no le va mejor y además empieza a coquetear con una alumna.
Con este miedo al futuro presenta a Leo de forma cruda, apostando a que el espectador no se encariñe con él. Al principio el retrato destaca su carácter hostil y desconsiderado, mostrando un personaje desbordado por el enojo y propenso a los excesos. Pero a medida que avanza también va apareciendo de a gotas su dolor. Es evidente que hay un primer motor oculto que explica esa actitud agresiva frente a casi todo, pero el director (que también es guionista) acomoda los elementos del relato de tal forma que recién sobre el final aparecerá alguna respuesta./
Como Sesma ha tomado la decisión ética de mantenerse junto a su protagonista (y no detrás de él), esa revelación adquiere la forma de una justificación. A través de ella parece querer forzar la empatía del espectador, quien hasta ahí había sido inducido a tomar distancia del protagonista. En consonancia con esa actitud compasiva, el final aflojará algunas tensiones, permitiéndole a Leo cierto alivio. En ese mismo sentido el título de la película puede resultar demasiado explicativo, como si se tratara del diagnóstico que un psicoanalista le da a su paciente al inicio de la sesión, sin esperar a conocer cuál es la historia que este tiene para contar. Un gesto tranquilizador.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
domingo, 3 de marzo de 2019
LIBROS - A 20 años de su muerte: Adolfo Bioy Casares, el bosque detrás de Borges
Veinte años pueden ser muchas cosas. Para el tango no son nada, pero para un chico nacido a finales de la década de 1990 representan prácticamente toda su vida. A la hora de hablar de Adolfo Bioy Casares veinte años puede ser una unidad de tiempo. Dos décadas. 240 meses. 7305 días. El instante de eternidad que separa al presente de la muerte de quien es uno de los más grandes escritores de la historia literaria argentina, ocurrida el 8 de marzo de 1999.
Nacido el 15 de septiembre de 1914, esos casi 85 años resultaron tiempo suficiente para que Bioy Casares acumulara una obra que incluye más de treinta libros. Entre ellos ocho novelas, nueve volúmenes de cuentos, dos antologías deliciosamente indiscretas basadas en sus diarios personales y seis títulos de su obra temprana que, con pudor, se encargó de repudiar en vida. A ellos se les deberían sumar otros seis, escritos en colaboración con otros autores: su propia esposa, Silvina Ocampo, y sobre todo su gran amigo Jorge Luis Borges. Dos nombres que fueron fundamentales en su vida, tanto en lo cotidiano como en lo literario. Al punto de que es muy difícil referirse a Bioy Casares, su vida y obra, sin mencionar irremediablemente a los otros dos. En especial a Borges, con quien llegaron a conformar un dúo tan inseparable como El Gordo y El Flaco, Gardel y Le Pera u Ortega y Gasset.
Es cierto que la influencia de Borges fue fundamental para ayudar a que Bioy Casares encontrara su yo literario definitivo a partir de la publicación de La invención de Morel, ocurrida en 1940. Aquella novela le valió el reconocimiento de sus pares y una trascendencia que poco a poco se volvió global. No menos cierto es que la figura de Bioy Casares resultó benéfica para la prosa del otro: el mismo Borges confesó más de una vez que la mirada de su amigo fue fundamental para aceptar que la sencillez es un atributo literario tan escaso como valioso. De hecho, si hubiera que elegir tres virtudes para definir la literatura casareana, una de ellas sin dudas sería la sencillez. Y las otras dos las vamos viendo: podrían ser el ingenio y la elegancia, pero también la gracia y la originalidad. Y así unos cuantos pares más.
A partir de ese libro Bioy Casares construiría una obra sólida que coincide con la de Borges en una notable destreza para moverse dentro del formato del cuento. Pero que en su caso consigue ir más allá, escribiendo con igual maestría en el espacio de la novela, territorio inexplorado por la literatura borgeana. Igual que aquel, los cuentos y novelas de Bioy Casares encuentran su hábitat natural en los géneros policial y fantástico, aunque a diferencia del autor de Ficciones algunos de sus trabajos llegan a contener claros elementos de ciencia ficción. Tanto La invención de Morel como La trama celeste (1948), su primer libro de cuentos, son ejemplos perfecto de ello.
El volumen de cuentos Historia Prodigiosa (1956) resulta una buena medida para ingresar en la obra de Bioy Casares. En los seis relatos que lo integran se halla el compendio de sus virtudes, entre las que sobresale su frondosa imaginación. Como ejemplo alcanza el cuento que da nombre al libro, en el que un aristócrata intelectual afecto a la adoración de viejos dioses paganos acaba batiéndose a duelo, en una noche de carnaval y a causa de una discusión teológica, con un enmascarado que resulta ser el Diablo. O aquel otro, “La sierva ajena”, donde una mujer es presa de los caprichos de un aventurero alemán que ha sido reducido, de cuerpo completo, por una tribu de pigmeos africanos, quien la tiene más o menos recluida en una quinta del Tigre.
Además de probar la inclinación de Bioy Casares por los argumentos fantásticos, Historia Prodigiosa exhibe también una gracia que recorre toda su obra. Un humor finísimo y delicado, pero no exento de cierta picardía y malicia, que de alguna manera lo coloca como un eslabón más en la cadena de autores que han cultivado el sarcasmo y la ironía a lo largo del siglo XX: Ambrose Bierce, Saki, Chesterton y, por qué no, el mismo Borges.
Es fácil criticar a Bioy Casares desde una mirada clasista. Él mismo nunca ocultó su condición de nene bien, de dandy, de aristócrata decadente. A quienes así lo hagan, sin embargo, les costará mucho demostrar que esas características personales se extienden también a su obra. Alcanza con leer novelas como Diario de la guerra del cerdo (1969) o Dormir al sol (1973) para reconocer que su sensibilidad literaria va mucho más allá de una simple cuestión de clase.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
Nacido el 15 de septiembre de 1914, esos casi 85 años resultaron tiempo suficiente para que Bioy Casares acumulara una obra que incluye más de treinta libros. Entre ellos ocho novelas, nueve volúmenes de cuentos, dos antologías deliciosamente indiscretas basadas en sus diarios personales y seis títulos de su obra temprana que, con pudor, se encargó de repudiar en vida. A ellos se les deberían sumar otros seis, escritos en colaboración con otros autores: su propia esposa, Silvina Ocampo, y sobre todo su gran amigo Jorge Luis Borges. Dos nombres que fueron fundamentales en su vida, tanto en lo cotidiano como en lo literario. Al punto de que es muy difícil referirse a Bioy Casares, su vida y obra, sin mencionar irremediablemente a los otros dos. En especial a Borges, con quien llegaron a conformar un dúo tan inseparable como El Gordo y El Flaco, Gardel y Le Pera u Ortega y Gasset.
Es cierto que la influencia de Borges fue fundamental para ayudar a que Bioy Casares encontrara su yo literario definitivo a partir de la publicación de La invención de Morel, ocurrida en 1940. Aquella novela le valió el reconocimiento de sus pares y una trascendencia que poco a poco se volvió global. No menos cierto es que la figura de Bioy Casares resultó benéfica para la prosa del otro: el mismo Borges confesó más de una vez que la mirada de su amigo fue fundamental para aceptar que la sencillez es un atributo literario tan escaso como valioso. De hecho, si hubiera que elegir tres virtudes para definir la literatura casareana, una de ellas sin dudas sería la sencillez. Y las otras dos las vamos viendo: podrían ser el ingenio y la elegancia, pero también la gracia y la originalidad. Y así unos cuantos pares más.
A partir de ese libro Bioy Casares construiría una obra sólida que coincide con la de Borges en una notable destreza para moverse dentro del formato del cuento. Pero que en su caso consigue ir más allá, escribiendo con igual maestría en el espacio de la novela, territorio inexplorado por la literatura borgeana. Igual que aquel, los cuentos y novelas de Bioy Casares encuentran su hábitat natural en los géneros policial y fantástico, aunque a diferencia del autor de Ficciones algunos de sus trabajos llegan a contener claros elementos de ciencia ficción. Tanto La invención de Morel como La trama celeste (1948), su primer libro de cuentos, son ejemplos perfecto de ello.
El volumen de cuentos Historia Prodigiosa (1956) resulta una buena medida para ingresar en la obra de Bioy Casares. En los seis relatos que lo integran se halla el compendio de sus virtudes, entre las que sobresale su frondosa imaginación. Como ejemplo alcanza el cuento que da nombre al libro, en el que un aristócrata intelectual afecto a la adoración de viejos dioses paganos acaba batiéndose a duelo, en una noche de carnaval y a causa de una discusión teológica, con un enmascarado que resulta ser el Diablo. O aquel otro, “La sierva ajena”, donde una mujer es presa de los caprichos de un aventurero alemán que ha sido reducido, de cuerpo completo, por una tribu de pigmeos africanos, quien la tiene más o menos recluida en una quinta del Tigre.
Además de probar la inclinación de Bioy Casares por los argumentos fantásticos, Historia Prodigiosa exhibe también una gracia que recorre toda su obra. Un humor finísimo y delicado, pero no exento de cierta picardía y malicia, que de alguna manera lo coloca como un eslabón más en la cadena de autores que han cultivado el sarcasmo y la ironía a lo largo del siglo XX: Ambrose Bierce, Saki, Chesterton y, por qué no, el mismo Borges.
Es fácil criticar a Bioy Casares desde una mirada clasista. Él mismo nunca ocultó su condición de nene bien, de dandy, de aristócrata decadente. A quienes así lo hagan, sin embargo, les costará mucho demostrar que esas características personales se extienden también a su obra. Alcanza con leer novelas como Diario de la guerra del cerdo (1969) o Dormir al sol (1973) para reconocer que su sensibilidad literaria va mucho más allá de una simple cuestión de clase.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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