El estreno de la serie Víctor Hugo, que comienza a emitirse hoy a las 22 por el canal Film & Arts, a razón de un episodio por semana, puede servir para pensar en qué es un escritor y darle a la pregunta una respuesta humana. Es que la fantasía popular suele hacerse de ellos una idea artificial, generalmente pomposa, más cercana al mito que al mundo terrenal. Tendencia que crece cuando se trata de autores clásicos, a quienes la educación y la academia se encargan de encerrar en cajitas recubiertas con una coraza más resistente que el acero: la solemnidad. Según esa construcción los escritores casi no son humanos, sino entidades superiores siempre sentadas frente al papel con un gesto invariablemente serio. Porque los escritores no se ríen ni se enojan y solo hablan para la posteridad. Por suerte existe un libro como el Borges, de Adolfo Bioy Casares, en donde queda claro que un escritor también se mata de risa haciendo versitos groseros, que su existencia no está exenta de maldad, que son capaces de decir barbaridades y, por lo tanto, también se equivocan como cualquier verdulero, peón de taxi o periodista. Por ahí comienza esta miniserie en cuatro capítulos, cuyo título original –Víctor Hugo, enemigo del Estado— le aporta al espectador una información valiosa.
El episodio inicial arranca con el protagonista ya cerca de sus 50, viviendo en una pocilga infectada de ratas. Escribiendo en su diario confiesa (y le hace saber al público) que Luis Felipe de Orleans, el Rey burgués a quién él apoyaba, ha sido depuesto, dando paso a la Segunda República Francesa, un proceso popular que trató de mejorar la calidad de vida de las clases campesina y obrera. Sin embargo el escritor declara con pesar haber sido incapaz de entenderlo en el momento oportuno, sino recién ahora, tres años más tarde, cuando la República una vez más está de rodillas, como él, a punto de que su primer presidente, Luis Napoleón, sobrino del famoso Emperador, la disuelva para instalar sobre sus ruinas el Segundo Imperio. Refundación a la que Víctor Hugo se opuso, convirtiéndose así en el “enemigo del Estado” del cual habla el título.
Esta primera secuencia, que muestra al escritor a punto de escapar hacia un exilio que duraría dos décadas, cierra con una frase potente que le sirve al relato para tomar impulso y dar un salto de tres años hacia el pasado, justo al inicio de la Segunda República. La voz en off del escritor afirma que “una revolución nunca es un accidente, sino una necesidad”. El concepto, que opera como mea culpa, también es útil para entender lo que la serie narrará a partir de ahí.
La misma toma como eje la vida política de Víctor Hugo, quien fue diputado por el partido conservador al comienzo de la Segunda República, ocupación que relegó su trabajo como escritor a un segundo plano. Lejos de desconectarse de ese aspecto, el guión aprovecha el juego de dejar un poco al margen la parte más conocida del personaje para mostrar cómo ese contacto con la realidad al que lo obligó la función pública, acabó influyendo de manera determinante es la que es sin duda su obra cumbre: Los miserables. Siguiendo el patrón clásico del camino del héroe, el Víctor Hugo de la serie comienza negando una realidad que con el devenir de la acción terminará abrazando. Pero para ello, como corresponde, primero deberá perder para poder ganar y tendrá que sufrir para aprender.
Mucho más humano se vuelve el personaje cuando la historia aborda su vida personal. Casado infelizmente con la madre de sus cinco hijos, todos ellos ya grandes para 1848, año en que se funda la Segunda República y da comienzo al relato, Víctor Hugo llevaba una vida paralela con su amante, la actriz Juliette Drouet, quien era la encargada de mantenerlo conectado con la labor literaria. Una doble vida que no le impedía para nada tener una triple y hasta una cuádruple vida, sosteniendo relaciones más o menos estables con otras amantes. Al mismo tiempo se lo muestra torpe y culposo en su paternidad, sobre todo en el vínculo con su hijo Charles, que desde el comienzo apoya la creación de la Segunda República, trabajando como secretario de Alfonso de Lamartine, otro escritor político de mirada más liberal (en el sentido clásico del término). Lejos de retratar a un Víctor Hugo de bronce, la serie lo muestra inseguro y necesitado de muchos afectos, casi incapaz de realizar movimientos sin el empuje adicional de su entorno. Una estructura emotiva que por otra parte es funcional al cambio brusco que está a punto de dar su matriz de pensamiento, virando 180 grados desde un monarquismo férreo a un liberalismo democrático asumido a consciencia.
La serie cuenta con la enorme ventaja de los escenarios reales que le proveen París y otras locaciones en Francia. Sin embargo se nota, sobre todo en las escenas multitudinarias, que el presupuesto no siempre es el de una súper producción. Algo que no llega a afectar el núcleo dramático de la serie y que sus responsables resuelven encontrando el ángulo de cámara apropiado para hacer rendir los euros invertidos en extras y vestuario. En cuanto al trabajo actoral, aunque no cuenta con figuras de renombre el elenco funciona muy bien, convirtiéndose en el principal sostén del relato. Un clásico francés.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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martes, 5 de mayo de 2020
SERIES - "Víctor Hugo, Enemigo del Estado", por Film&Arts: Un genio lejos del bronce
domingo, 26 de enero de 2020
LIBROS - 75° aniversrio de la liberación de Auschwitz: Tres libros para no olvidar el horror
Se cumple mañana el 75° aniversario de la liberación de Auschwitz, el campo de exterminio nazi en la Polonia ocupada, y su conmemoración tendrá lugar en uno de los escenarios políticos más complejos desde que el avance del ejército ruso obligó a su par alemán a abandonar el lugar, dejando el horror al descubierto. Hoy hace rato que las noticias hablan del renacimiento de movimientos de extrema derecha en Europa, incluida Alemania. Los mismos tienen como principal blanco de su furia a los flujos migratorios provenientes de África y Medio Oriente, pero también revelan que el antisemitismo nunca desapareció.
El 9 de octubre pasado un joven militante de ultraderecha intentó ingresar armado a una sinagoga en la ciudad de Halle, Alemania, durante la celebración del Yom Kippur. Al no conseguirlo mató a tiros a una mujer que pasaba por ahí, a un joven obrero que se encontraba en un local de comida turca e hirió a otras dos personas mientras huía. Lo transmitió todo en vivo. Durante los primeros días de 2020 un hombre apareció disfrazado de Adolf Hitler en una convención de motoqueros al este de ese país. En el video que tomó uno de los presentes se ve a la gente sacándole fotos y celebrando su aparición como si se tratara de una gracia, entre ellos un policía que se encontraba custodiando el evento. Sus superiores evalúan sancionarlo por no intervenir, ya que en Alemania está prohibido el uso o exhibición de simbología vinculada al nazismo. Sin ir más lejos, esta semana el ministro del interior germano Horst Seehofer anunció la prohibición de Combat 18, grupo extremista acusado de promover el antisemitismo. Los números en el nombre de la agrupación corresponden al orden que tienen dentro del alfabeto las letras A y H, iniciales del líder nazi. Un presente desalentador.
El campo de exterminio de Auschwitz fue el más grande los que instaló el régimen nazi y el gran símbolo de su plan sistemático de exterminio, el centro de la llamada Solución Final. Solo ahí murieron asesinadas más de un millón de personas. Ese fue el lugar elegido por Joseph Mengele para instalar su laboratorio, en el que utilizó sobre todo a mujeres y niños de origen judío o gitano para realizar experimentos genéticos atroces con el objetivo de “mejorar la raza”. El nefasto médico tenía especial interés en trabajar con mellizos, enanos y personas con otros defectos físicos, sobre cuyos cuerpos realizaba pruebas sin utilizar ningún tipo de anestesia. Debido a esa crueldad sus víctimas lo bautizaron El Ángel de la Muerte. Mengele escapó de Auschwitz diez días antes de su liberación y se perdió en América del Sur hasta su muerte, ocurrida en Brasil en 1979. En su camino pasó por Uruguay, Paraguay y también por la Argentina. El escritor francés Oliver Guez reconstruyó ese itinerario en su novela La desaparición de Joseph Mengele (Tusquets). El autor trabaja el relato a partir de un narrador en tercera persona pero cercano al protagonista, recurriendo de manera constante a fragmentos en primera persona que remiten a los diarios personales criminal.
Serge y Beate Klarsfeld se conocieron en París en 1963. Ella era alemana e hija de un ex soldado de la Wehrmacht, nombre del ejército alemán durante el nazismo. Él, de origen rumano y judío, fue criado en Francia desde que su familia se mudó ahí a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. En 1943 su padre fue deportado a Auschwitz, donde murió. El matrimonio Klarsfeld fue pionero en la tarea de investigar los crímenes del régimen liderado por Hitler y rastrear a sus responsables ocultos. Así llegaron a convertirse en los “cazadores de nazis” más famosos. Gracias a su trabajo fue denunciado y enjuiciado, entre otros, un personaje infame como Klaus Barbie, conocido como El Carnicero de Lyon, a quien encontraron escondido en Bolivia, donde fue protegido por varios gobiernos de facto, hasta su detención en 1983. El año pasado Beate Klarsfeld pasó por Buenos Aires para presentar el volumen de sus Memorias (Libros del Zorzal / Edhasa), en el que junto a su marido recorren su intenso y valioso legado.
En su libro Querido país de mi infancia (Libros del Zorzal), la francesa Hélène Gutkowski reconstruye los desgarradores relatos de niños judíos que sobrevivieron al nazismo viviendo clandestinamente, ocultos en el seno de familias católicas. Gutkowski reside en nuestro país desde 1961. Acá se recibió de socióloga y ayudó a fundar la Asociación Generaciones de la Shoá en Argentina. Su obra expone una llaga abierta que ayuda a no olvidar que hay horrores que no deben volver a ocurrir.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
El 9 de octubre pasado un joven militante de ultraderecha intentó ingresar armado a una sinagoga en la ciudad de Halle, Alemania, durante la celebración del Yom Kippur. Al no conseguirlo mató a tiros a una mujer que pasaba por ahí, a un joven obrero que se encontraba en un local de comida turca e hirió a otras dos personas mientras huía. Lo transmitió todo en vivo. Durante los primeros días de 2020 un hombre apareció disfrazado de Adolf Hitler en una convención de motoqueros al este de ese país. En el video que tomó uno de los presentes se ve a la gente sacándole fotos y celebrando su aparición como si se tratara de una gracia, entre ellos un policía que se encontraba custodiando el evento. Sus superiores evalúan sancionarlo por no intervenir, ya que en Alemania está prohibido el uso o exhibición de simbología vinculada al nazismo. Sin ir más lejos, esta semana el ministro del interior germano Horst Seehofer anunció la prohibición de Combat 18, grupo extremista acusado de promover el antisemitismo. Los números en el nombre de la agrupación corresponden al orden que tienen dentro del alfabeto las letras A y H, iniciales del líder nazi. Un presente desalentador.
El campo de exterminio de Auschwitz fue el más grande los que instaló el régimen nazi y el gran símbolo de su plan sistemático de exterminio, el centro de la llamada Solución Final. Solo ahí murieron asesinadas más de un millón de personas. Ese fue el lugar elegido por Joseph Mengele para instalar su laboratorio, en el que utilizó sobre todo a mujeres y niños de origen judío o gitano para realizar experimentos genéticos atroces con el objetivo de “mejorar la raza”. El nefasto médico tenía especial interés en trabajar con mellizos, enanos y personas con otros defectos físicos, sobre cuyos cuerpos realizaba pruebas sin utilizar ningún tipo de anestesia. Debido a esa crueldad sus víctimas lo bautizaron El Ángel de la Muerte. Mengele escapó de Auschwitz diez días antes de su liberación y se perdió en América del Sur hasta su muerte, ocurrida en Brasil en 1979. En su camino pasó por Uruguay, Paraguay y también por la Argentina. El escritor francés Oliver Guez reconstruyó ese itinerario en su novela La desaparición de Joseph Mengele (Tusquets). El autor trabaja el relato a partir de un narrador en tercera persona pero cercano al protagonista, recurriendo de manera constante a fragmentos en primera persona que remiten a los diarios personales criminal.
Serge y Beate Klarsfeld se conocieron en París en 1963. Ella era alemana e hija de un ex soldado de la Wehrmacht, nombre del ejército alemán durante el nazismo. Él, de origen rumano y judío, fue criado en Francia desde que su familia se mudó ahí a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. En 1943 su padre fue deportado a Auschwitz, donde murió. El matrimonio Klarsfeld fue pionero en la tarea de investigar los crímenes del régimen liderado por Hitler y rastrear a sus responsables ocultos. Así llegaron a convertirse en los “cazadores de nazis” más famosos. Gracias a su trabajo fue denunciado y enjuiciado, entre otros, un personaje infame como Klaus Barbie, conocido como El Carnicero de Lyon, a quien encontraron escondido en Bolivia, donde fue protegido por varios gobiernos de facto, hasta su detención en 1983. El año pasado Beate Klarsfeld pasó por Buenos Aires para presentar el volumen de sus Memorias (Libros del Zorzal / Edhasa), en el que junto a su marido recorren su intenso y valioso legado.
En su libro Querido país de mi infancia (Libros del Zorzal), la francesa Hélène Gutkowski reconstruye los desgarradores relatos de niños judíos que sobrevivieron al nazismo viviendo clandestinamente, ocultos en el seno de familias católicas. Gutkowski reside en nuestro país desde 1961. Acá se recibió de socióloga y ayudó a fundar la Asociación Generaciones de la Shoá en Argentina. Su obra expone una llaga abierta que ayuda a no olvidar que hay horrores que no deben volver a ocurrir.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
sábado, 3 de agosto de 2019
CINE - "La casa de la calle Wannsee", de Poli Martínez Kaplun: Ejercicio de otras memorias
Cine por la memoria y la identidad, esa es una de las formas en las que se podría definir al documental La casa de Wannsee, de Poli Martínez Kaplun. No se trata sin embargo de una película sobre dictadura y derechos humanos, porque memoria e identidad son búsquedas universales dentro las que caben otras luchas, otras historias, pero que siempre coinciden en una cosa: el intento por recuperar algo que otros quisieron ocultar o hacer desaparecer. Lo que Martínez Kaplun busca son sus propias raíces judías, perdidas entre las bifurcaciones de su genealogía alemana y que parecen haber sido arrancadas de cuajo durante los años de apogeo y caída del nazismo.
El relato en off de la directora indica que su búsqueda empezó cuando su hijo al llegar a la adolescencia quiso festejar su bar mitzvah. Lo inesperado es que ni ella ni su marido profesan la fe judía. Ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos. Aún así se trata de una familia judía. ¿Pero cuando se cortó la línea que los unía a esa cultura? La directora retrocede hasta su bisabuelo Otto Lipmann, filósofo y psicoanalista, dos oficios que nunca se llevaron bien con lo místico y lo religioso, quien no se veía a sí mismo como judío. Una mirada que heredaron su hija y sus nietas, la madre y las tías de Martínez Kaplun.
La directora recorre su historia como lo haría una detective: reviendo las fotos y películas del copioso archivo audiovisual de la familia, buscando pistas entre los vestigios, interrogando tías (y otros testigos), regresando a la casa familiar de la calle Wannsee, en las afueras de Berlín. Y visitando otra casa ubicada a pocas cuadras de ahí, donde en 1942 tuvo lugar la Conferencia de Wannsee en la que la cúpula del nazismo activó la Solución Final, desatando el Holocausto. Con la habilidad del narrador de historias de misterio, la directora maneja bien los tiempos del relato, eligiendo los momentos precisos para hacer aparecer un dato o una imagen reveladores.
Aún sin apartarse del formato más clásico del documental, Martínez Kaplun consigue que el recorrido por varias generaciones de su familia pueda ser seguido con interés. Buena parte de ese éxito se debe a la forma en que va tejiendo una trama sólida entre relato familiar y relato histórico, permitiendo que cada personaje pueda ser abordado junto a su circunstancia. Y hasta la anti-climática decisión de incluir una escena final de casi 15 minutos de charla entre ella, su madre y sus tíos, también puede ser defendida. Porque si bien es cierto que en términos rítmicos le mete el freno a la narración en el momento en el que debería acelerar en busca de una resolución, buena parte de lo que ahí se dice es vital para entender las dificultades que la directora debió enfrentar en este desafío de reescribir su propia identidad y recuperar a través del cine una memoria que parecía perdida para siempre. Una forma de ir en busca de la verdad a través de la palabra, un recurso que debe haber resultado familiar y hasta lógico para una hija y bisnieta de psicoanalistas.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
El relato en off de la directora indica que su búsqueda empezó cuando su hijo al llegar a la adolescencia quiso festejar su bar mitzvah. Lo inesperado es que ni ella ni su marido profesan la fe judía. Ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos. Aún así se trata de una familia judía. ¿Pero cuando se cortó la línea que los unía a esa cultura? La directora retrocede hasta su bisabuelo Otto Lipmann, filósofo y psicoanalista, dos oficios que nunca se llevaron bien con lo místico y lo religioso, quien no se veía a sí mismo como judío. Una mirada que heredaron su hija y sus nietas, la madre y las tías de Martínez Kaplun.
La directora recorre su historia como lo haría una detective: reviendo las fotos y películas del copioso archivo audiovisual de la familia, buscando pistas entre los vestigios, interrogando tías (y otros testigos), regresando a la casa familiar de la calle Wannsee, en las afueras de Berlín. Y visitando otra casa ubicada a pocas cuadras de ahí, donde en 1942 tuvo lugar la Conferencia de Wannsee en la que la cúpula del nazismo activó la Solución Final, desatando el Holocausto. Con la habilidad del narrador de historias de misterio, la directora maneja bien los tiempos del relato, eligiendo los momentos precisos para hacer aparecer un dato o una imagen reveladores.
Aún sin apartarse del formato más clásico del documental, Martínez Kaplun consigue que el recorrido por varias generaciones de su familia pueda ser seguido con interés. Buena parte de ese éxito se debe a la forma en que va tejiendo una trama sólida entre relato familiar y relato histórico, permitiendo que cada personaje pueda ser abordado junto a su circunstancia. Y hasta la anti-climática decisión de incluir una escena final de casi 15 minutos de charla entre ella, su madre y sus tíos, también puede ser defendida. Porque si bien es cierto que en términos rítmicos le mete el freno a la narración en el momento en el que debería acelerar en busca de una resolución, buena parte de lo que ahí se dice es vital para entender las dificultades que la directora debió enfrentar en este desafío de reescribir su propia identidad y recuperar a través del cine una memoria que parecía perdida para siempre. Una forma de ir en busca de la verdad a través de la palabra, un recurso que debe haber resultado familiar y hasta lógico para una hija y bisnieta de psicoanalistas.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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viernes, 7 de junio de 2019
CINE - "Cuando dejes de quererme", de Igor Legarreta: Salieris de Campanella
Dentro de los géneros con los que puede ser emparentada la producción iberoargentina Cuando dejes de quererme, se pueden mencionar el policial de investigación, el drama familiar, el romance moderado y, sobre todo, el de las películas que aprovechan algunos hechos traumáticos de la Historia reciente como excusa para la ficción. En este caso es la Guerra Civil Española, cuyos horrores de algún modo también tienen que ver con la Historia argentina, en tanto muchos emigrantes y exiliados a causa de ella hallaron un refugio y un destino en este país. Acá comienza la ópera prima del vasco Igor Legarreta.
Cuando dejes de quererme se centra en Laura, una mujer nacida en un pueblo vasco a finales de los ’60 que vive desde muy chica en Argentina, donde llegó junto a su madre. El relato empieza el día de la muerte de su padre de crianza, cuando a partir de una carta que este le dejó rememora un viaje a su tierra natal, ocurrido 15 años antes. Salvo dos breves escenas, una al inicio y otra al final, todo transcurre en España durante aquel viaje en 2002, con numerosos flashbacks a 1967 para dar cuenta de los hechos originales.
Hasta allá fueron Laura (Flor Torrente) y su padrastro Fredo (Eduardo Blanco) al enterarse que los restos de su verdadero padre aparecieron con un tiro en la cabeza, después de 30 años en los que ella creció creyendo haber sido abandonada. La policía descarta abrir el caso de un crimen prescripto, pero la aparición de una póliza a favor Laura y su madre, firmada poco antes del asesinato, ponen a la joven y a su padrastro en el rol de investigadores.
No tardarán en aparecer cuestiones políticas, con la represión franquista y la ETA como sospechosos. Es ahí donde Cuando dejes de quererme comienza a mostrar puntos en común, tanto en lo argumental como en los recursos que hacen avanzar el relato, con El secreto de sus ojos. Una versión menos truculenta (se trata de una producción más modesta), pero que incluye coincidencias a veces circunstanciales y otras más de fondo. La entrada ilícita al domicilio de un sospechoso, una escena de despedida triste junto a un tren, el uso temerario de la historia de la violencia política (aunque no llegue a los extremos de Campanella y su oscarizado film), la complicidad institucional y un giro sorpresivo con el “amor” como justificación de un crimen y un engaño.
Aunque menos solemne, templada por el papel de Blanco y su habitual composición costumbrista y una historia de amor no tan oscura, Cuando dejes de quererme se afirma en el tono campanelliano. Que, como ocurre con la obra del argentino, acá también da sus mejores frutos por el lado de la intriga policial y se reblandece en un drama que se excede un poco en lo emotivo.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Cuando dejes de quererme se centra en Laura, una mujer nacida en un pueblo vasco a finales de los ’60 que vive desde muy chica en Argentina, donde llegó junto a su madre. El relato empieza el día de la muerte de su padre de crianza, cuando a partir de una carta que este le dejó rememora un viaje a su tierra natal, ocurrido 15 años antes. Salvo dos breves escenas, una al inicio y otra al final, todo transcurre en España durante aquel viaje en 2002, con numerosos flashbacks a 1967 para dar cuenta de los hechos originales.
Hasta allá fueron Laura (Flor Torrente) y su padrastro Fredo (Eduardo Blanco) al enterarse que los restos de su verdadero padre aparecieron con un tiro en la cabeza, después de 30 años en los que ella creció creyendo haber sido abandonada. La policía descarta abrir el caso de un crimen prescripto, pero la aparición de una póliza a favor Laura y su madre, firmada poco antes del asesinato, ponen a la joven y a su padrastro en el rol de investigadores.
No tardarán en aparecer cuestiones políticas, con la represión franquista y la ETA como sospechosos. Es ahí donde Cuando dejes de quererme comienza a mostrar puntos en común, tanto en lo argumental como en los recursos que hacen avanzar el relato, con El secreto de sus ojos. Una versión menos truculenta (se trata de una producción más modesta), pero que incluye coincidencias a veces circunstanciales y otras más de fondo. La entrada ilícita al domicilio de un sospechoso, una escena de despedida triste junto a un tren, el uso temerario de la historia de la violencia política (aunque no llegue a los extremos de Campanella y su oscarizado film), la complicidad institucional y un giro sorpresivo con el “amor” como justificación de un crimen y un engaño.
Aunque menos solemne, templada por el papel de Blanco y su habitual composición costumbrista y una historia de amor no tan oscura, Cuando dejes de quererme se afirma en el tono campanelliano. Que, como ocurre con la obra del argentino, acá también da sus mejores frutos por el lado de la intriga policial y se reblandece en un drama que se excede un poco en lo emotivo.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
sábado, 9 de marzo de 2019
CINE - "La Feliz. Continuidades de la violencia", de Valentín Javier Diment: El loop de la ultraderecha
El corrimiento hacia la derecha de la política mundial, en particular en la Argentina, es el eje sobre el cual se mueve La Feliz. Continuidades de la violencia, documental dirigido por Valentín Javier Diment. En él se propone una tesis: que la ciudad de Mar del Plata es, históricamente, uno de los epicentros en los cuales los movimientos de ultraderecha han encontrado su perfecto caldo de cultivo a nivel nacional. Para ello toma como emergente no sólo el triunfo de Carlos Fernando Arroyo, actual intendente de la ciudad, ex funcionario de la Dictadura y fervoroso defensor de los distintos alzamientos carapintada, sino el afianzamiento de agrupaciones ultra nacionalistas e incluso neonazis, que desde hace algunos años se han convertido en protagonistas de permanentes actos de violencia en La Perla del Atlántico.
A partir de ahí el documental de Diment hace foco en dos cuestiones centrales. En primer lugar el aire de familia que vincula a movimientos como la CNU (Concentración Nacional Universitaria), organización de ultraderecha que a comienzos de los años ’70 tuvo sus bases en las ciudades de La Plata y Mar del Plata, con los actuales Foro Patriótico Nacional (FoNaPa) y una miríada de células filonazis y skinheads, como Bandera Negra, La Giachino y otras. En segundo término, el proceso en el que se juzgo a ocho jóvenes acusados de distintos actos de violencia cometidos entre 2013 y 2017.
A través del clásico dispositivo de poner a los entrevistados en pantalla, La Feliz consigue urdir una trama en la que los crímenes cometidos por la CNU –asesinatos de estudiantes universitarios y militantes de izquierda, y un estrecho vínculo con los grupos parapoliciales durante la dictadura— se convierten en antecedentes directos de los crímenes de odio racial o de género, cometidos por miembros de agrupaciones que durante la última década sembraron de violencia la tradicional ciudad balnearia.
El material incluido en el montaje final resulta aterrador en más de un sentido. Desde los relatos de Marta García de Candeloro, quien estuvo secuestrada durante la dictadura en el centro clandestino conocido como La Cueva y cuyo esposo continua desaparecido desde entonces, hasta las expresiones de Carlos Pampillón, fundador de FoNaPa y vértice en el que convergen distintas agrupaciones de ultraderecha que comparten la ciudad.
Sostiene Pampillón, entre otras cosas, que los juicios por la memoria la verdad y la justicia y los 30 mil desaparecidos son “un invento armado para seguir haciendo dinero, porque perdieron la batalla armada y quieren ganar la batalla cultural”. Sostiene Pampillón que Trump es un “referente” para su forma de entender el nacionalismo y reivindica como trabajo social la restauración del monumento a la Policía Federal realizado por integrantes de La Giachino, agrupación de jóvenes neofascistas bautizada así en honor al Capitán Pedro Giachino, primer argentino caído en combate durante la Guerra de Malvinas, pero también acusado de torturar y matar en la base Naval de Mar del Plata, otro de los tantos centros clandestinos que hubo en la ciudad durante la dictadura. Sostiene Pampillón que “los militares se quedaron muy cortos”, porque dejaron “muchos vivos”. Pampillón está libre.
De un lado o del otro, los testimonios son elocuentes. Diment, quien habiendo dirigido en 2010 el documental Parapolicial negro. Apuntes para una prehistoria de la Triple A ya tenía experiencia en esto de vincular presente y pasado de la violencia en la Argentina, realiza un buen trabajo al integrar ese conjunto de voces dispersas en un relato coherente y claro. Y se permite utilizar algunos recursos del cine de género para hacer más atractiva algunas enumeraciones, que de otro modo hubieran resultado tediosas desde lo cinematográfico.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
A partir de ahí el documental de Diment hace foco en dos cuestiones centrales. En primer lugar el aire de familia que vincula a movimientos como la CNU (Concentración Nacional Universitaria), organización de ultraderecha que a comienzos de los años ’70 tuvo sus bases en las ciudades de La Plata y Mar del Plata, con los actuales Foro Patriótico Nacional (FoNaPa) y una miríada de células filonazis y skinheads, como Bandera Negra, La Giachino y otras. En segundo término, el proceso en el que se juzgo a ocho jóvenes acusados de distintos actos de violencia cometidos entre 2013 y 2017.
A través del clásico dispositivo de poner a los entrevistados en pantalla, La Feliz consigue urdir una trama en la que los crímenes cometidos por la CNU –asesinatos de estudiantes universitarios y militantes de izquierda, y un estrecho vínculo con los grupos parapoliciales durante la dictadura— se convierten en antecedentes directos de los crímenes de odio racial o de género, cometidos por miembros de agrupaciones que durante la última década sembraron de violencia la tradicional ciudad balnearia.
El material incluido en el montaje final resulta aterrador en más de un sentido. Desde los relatos de Marta García de Candeloro, quien estuvo secuestrada durante la dictadura en el centro clandestino conocido como La Cueva y cuyo esposo continua desaparecido desde entonces, hasta las expresiones de Carlos Pampillón, fundador de FoNaPa y vértice en el que convergen distintas agrupaciones de ultraderecha que comparten la ciudad.
Sostiene Pampillón, entre otras cosas, que los juicios por la memoria la verdad y la justicia y los 30 mil desaparecidos son “un invento armado para seguir haciendo dinero, porque perdieron la batalla armada y quieren ganar la batalla cultural”. Sostiene Pampillón que Trump es un “referente” para su forma de entender el nacionalismo y reivindica como trabajo social la restauración del monumento a la Policía Federal realizado por integrantes de La Giachino, agrupación de jóvenes neofascistas bautizada así en honor al Capitán Pedro Giachino, primer argentino caído en combate durante la Guerra de Malvinas, pero también acusado de torturar y matar en la base Naval de Mar del Plata, otro de los tantos centros clandestinos que hubo en la ciudad durante la dictadura. Sostiene Pampillón que “los militares se quedaron muy cortos”, porque dejaron “muchos vivos”. Pampillón está libre.
De un lado o del otro, los testimonios son elocuentes. Diment, quien habiendo dirigido en 2010 el documental Parapolicial negro. Apuntes para una prehistoria de la Triple A ya tenía experiencia en esto de vincular presente y pasado de la violencia en la Argentina, realiza un buen trabajo al integrar ese conjunto de voces dispersas en un relato coherente y claro. Y se permite utilizar algunos recursos del cine de género para hacer más atractiva algunas enumeraciones, que de otro modo hubieran resultado tediosas desde lo cinematográfico.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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lunes, 28 de enero de 2019
LIBROS - Osvaldo Soriano, 22 años no es nada: Un nuevo aniversario
Veinte años no es nada: ese podría ser un buen título para homenajear a Osvaldo Soriano en un nuevo aniversario de su muerte. A él, que tenía cierta inclinación por las citas populares, le habría gustado. No por nada los nombres de algunas de sus novelas más conocidas son frases tomadas de otros tangos gardelianos, como ocurre con No habrá más penas ni olvido (1979) o Una sombra ya pronto serás (1990). Todo sería perfecto si no fuera porque los 20 años del fallecimiento de Soriano se cumplieron el 29 de enero de 2017, hace dos años, y entonces nos quedamos sin título para la nota. No importa, algo se nos va a ocurrir. O tal vez no, quien sabe.
Soriano fue uno de los escritores más importantes de la literatura argentina durante los últimos 25 años del siglo XX. Algunos años antes había comenzado su ascenso dentro del oficio periodístico, que abrazó luego de haber probado suerte en otras actividades, de su desempeño como obrero de planta en la Metalúrgica Tandil, en la ciudad bonaerense donde vivió su juventud. Antes de eso el niño Soriano, que nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, había vivido en varias ciudades y provincias, como Córdoba, San Luis o Río Negro. La causa de ese peregrinaje era el oficio de su padre, un inmigrante catalán que trabajaba para la empresa estatal Obras Sanitarias. Ni la literatura ni el periodismo se manifestaron mientras estuvo obligado a seguir ese éxodo familiar. Soriano contó en varias entrevistas que empezó a leer ya siendo grande, con más de 20 años de edad. Hasta entonces los libros solo habían sido parte de su vida como estudiante, que terminó prematuramente cuando fue expulsado de la escuela técnica por haber prendido fuego el overol de un compañero, nunca se supo si de forma accidental o como parte de una broma muy pesada.
Su carrera como periodista puede compararse con las de los futbolistas, actividad que también quiso desarrollar profesionalmente durante su juventud, pero que finalmente quedó trunca por una lesión. Durante la década de 1960 comenzó escribiendo en periódicos de Tandil como El Eco y Actividades, siempre en las secciones deportivas. Pero de a poco comenzó a colaborar con diarios y revistas de Buenos Aires, a donde se mudó definitivamente en abril de 1969. Su primer trabajo publicado en un medio de tirada nacional fue una crónica en la que criticaba el tradicional Vía Crucis de Tandil, encargado por la revista Primera Plana.
Ya en Buenos Aires todo se aceleró. En pocos años pasó por algunos de los medios más prestigiosos de la época. Formó parte de las redacciones de diarios como La Opinión o Noticias y de revistas como Panorama o Semana gráfica. Y en 1973, ya con 30 años, publicó Triste, solitario y final, su primera novela que se convirtió en uno de los libros más vendidos del año. Al año siguiente fallece su padre José Vicente y de ese dolor surge su segunda novela, No habrá más penas ni olvido, publicada recién cinco años después.
Tal vez la mejor forma de definir a la literatura de Soriano sea mencionando sus influencias. Él solía recordar que el primer libro que había leído en su vida, en 1961, había sido Soy leyenda, la extraordinaria novela distópica del estadounidense Richard Matheson. Una vez descubierta la pasión, Soriano leía todo libro que le pasaba cerca: desde clásicos como Dostoievski, Flaubert, Stendhal, Quiroga, hasta enamorarse de las obras de Roberto Arlt y Julio Cortázar. Con este último Soriano trabaría una gran amistad pocos años después, cuando el comienzo de la dictadura militar de 1976 lo obligara a exiliarse, primero en Bruselas y enseguida en París. Con Cortázar no sólo compartieron el amor por la escritura, sino también una mirada política. Mientras permaneció fuera del país Soriano colaboró con importantes medios de Europa como los diarios El País (España), Le Monde (Francia) o Il Manifesto (Italia).
Con el regreso de la democracia, Soriano se subió a la ola de quienes volvían del exilio para instalarse una vez más en Buenos Aires. Con sus libros Cuarteles de invierno (1980) y A sus plantas rendido un león (1986) se convirtió en bestseller. Pero ese aumento de lectores y popularidad que su obra iba ganando era inversamente proporcional al respeto que la misma despertaba en críticos y académicos. Aún así siguió creciendo y vendiéndose sin pausas, mientras algunas de sus novelas eran adaptadas con enorme éxito al cine, como ocurrió con No habrá más penas ni olvido (1983, Héctor Olivera), Cuarteles de invierno (1984, Lautaro Murúa) o Una sombra ya pronto serás (1994, H. Olivera). Justamente el cine había sido otra de sus grandes pasiones y una influencia vital dentro de su obra literaria.
En 1987 formó parte del núcleo inicial que fundó el diario Página 12, que dirigido por Jorge Lanata representó una revolución dentro del periodismo local durante la llamada Primavera Alfonsinista. Diez años después, ya consolidado como uno de los autores más leídos por los argentinos, Osvaldo Soriano falleció a causa de un cáncer de pulmón. 22 años después su obra sigue siendo la de un marginal dentro del canon literario argentino.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar
Soriano fue uno de los escritores más importantes de la literatura argentina durante los últimos 25 años del siglo XX. Algunos años antes había comenzado su ascenso dentro del oficio periodístico, que abrazó luego de haber probado suerte en otras actividades, de su desempeño como obrero de planta en la Metalúrgica Tandil, en la ciudad bonaerense donde vivió su juventud. Antes de eso el niño Soriano, que nació en Mar del Plata el 6 de enero de 1943, había vivido en varias ciudades y provincias, como Córdoba, San Luis o Río Negro. La causa de ese peregrinaje era el oficio de su padre, un inmigrante catalán que trabajaba para la empresa estatal Obras Sanitarias. Ni la literatura ni el periodismo se manifestaron mientras estuvo obligado a seguir ese éxodo familiar. Soriano contó en varias entrevistas que empezó a leer ya siendo grande, con más de 20 años de edad. Hasta entonces los libros solo habían sido parte de su vida como estudiante, que terminó prematuramente cuando fue expulsado de la escuela técnica por haber prendido fuego el overol de un compañero, nunca se supo si de forma accidental o como parte de una broma muy pesada.
Su carrera como periodista puede compararse con las de los futbolistas, actividad que también quiso desarrollar profesionalmente durante su juventud, pero que finalmente quedó trunca por una lesión. Durante la década de 1960 comenzó escribiendo en periódicos de Tandil como El Eco y Actividades, siempre en las secciones deportivas. Pero de a poco comenzó a colaborar con diarios y revistas de Buenos Aires, a donde se mudó definitivamente en abril de 1969. Su primer trabajo publicado en un medio de tirada nacional fue una crónica en la que criticaba el tradicional Vía Crucis de Tandil, encargado por la revista Primera Plana.
Ya en Buenos Aires todo se aceleró. En pocos años pasó por algunos de los medios más prestigiosos de la época. Formó parte de las redacciones de diarios como La Opinión o Noticias y de revistas como Panorama o Semana gráfica. Y en 1973, ya con 30 años, publicó Triste, solitario y final, su primera novela que se convirtió en uno de los libros más vendidos del año. Al año siguiente fallece su padre José Vicente y de ese dolor surge su segunda novela, No habrá más penas ni olvido, publicada recién cinco años después.
Tal vez la mejor forma de definir a la literatura de Soriano sea mencionando sus influencias. Él solía recordar que el primer libro que había leído en su vida, en 1961, había sido Soy leyenda, la extraordinaria novela distópica del estadounidense Richard Matheson. Una vez descubierta la pasión, Soriano leía todo libro que le pasaba cerca: desde clásicos como Dostoievski, Flaubert, Stendhal, Quiroga, hasta enamorarse de las obras de Roberto Arlt y Julio Cortázar. Con este último Soriano trabaría una gran amistad pocos años después, cuando el comienzo de la dictadura militar de 1976 lo obligara a exiliarse, primero en Bruselas y enseguida en París. Con Cortázar no sólo compartieron el amor por la escritura, sino también una mirada política. Mientras permaneció fuera del país Soriano colaboró con importantes medios de Europa como los diarios El País (España), Le Monde (Francia) o Il Manifesto (Italia).
Con el regreso de la democracia, Soriano se subió a la ola de quienes volvían del exilio para instalarse una vez más en Buenos Aires. Con sus libros Cuarteles de invierno (1980) y A sus plantas rendido un león (1986) se convirtió en bestseller. Pero ese aumento de lectores y popularidad que su obra iba ganando era inversamente proporcional al respeto que la misma despertaba en críticos y académicos. Aún así siguió creciendo y vendiéndose sin pausas, mientras algunas de sus novelas eran adaptadas con enorme éxito al cine, como ocurrió con No habrá más penas ni olvido (1983, Héctor Olivera), Cuarteles de invierno (1984, Lautaro Murúa) o Una sombra ya pronto serás (1994, H. Olivera). Justamente el cine había sido otra de sus grandes pasiones y una influencia vital dentro de su obra literaria.
En 1987 formó parte del núcleo inicial que fundó el diario Página 12, que dirigido por Jorge Lanata representó una revolución dentro del periodismo local durante la llamada Primavera Alfonsinista. Diez años después, ya consolidado como uno de los autores más leídos por los argentinos, Osvaldo Soriano falleció a causa de un cáncer de pulmón. 22 años después su obra sigue siendo la de un marginal dentro del canon literario argentino.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar
viernes, 3 de agosto de 2018
CINE - "Ata tu arado a una estrella", de Carmen Guarini: El fantasma de Birri
El hombre, de barba casi blanca y muy larga, recoge algunas cosas antes de dejar la casa. Luego sale y cierra la puerta con llave, aunque reconoce que se trata de una costumbre innecesaria. “Solamente tengo libros y nadie roba libros. Ojalá los robaran”, dice. Enseguida cuenta la historia de un hombre que olvidó tres diccionarios en la puerta de su casa y que al volver apurado, temiendo que alguien pudiera habérselos llevado, encontró cuatro diccionarios en lugar de tres. El chiste disfrazado de anécdota con el que Carmen Guarini decide abrir su documental Ata tu arado a una estrella, cumple además con el objetivo de funcionar como carta de presentación perfecta para el utopista empedernido que protagoniza la película. Se trata de Fernando Birri, cineasta argentino, al cual se considera virtual padre del Nuevo Cine Latinoamericano, fundador de la escuela de cine de Santa Fe y de la prestigiosa escuela de cine de San Antonio de los Baños, en Cuba.
La primera mitad de Ata tu arado a una estrella está construida con material de archivo. Una especie de “detrás de cámara” que la propia Guarini rodo en 1998 siguiendo a Birri, quien entonces filmaba un documental para la televisión de Leipzig, en el que intentaba mensurar el estado de las utopías a 30 años de la muerte del Ché Guevara. En esas imágenes se ve a un Birri ya grande pero de espíritu todavía joven, dialogando sobre el tema con figuras de la talla de Ernesto Sabato, León Ferrari, Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer. Algunos de esos diálogos, reproducidos de forma muy parcial en la película, consiguen de todas formas ser significativos, en tanto tuvieron lugar en una Argentina que marchaba con decisión a la mayor crisis de su Historia moderna, la que comenzó en diciembre de 2001. “Hoy palabras como utopía, amor, revolución o solidaridad son completamente demodé, están fuera de onda”, dice Birri en alguna de esas charlas y su voz suena profética.
El recorrido que traza el relato de Guarini hace una parada intermedia en la escuela de San Antonio de los Baños, donde Birri es venerado. En ese itinerario por las instalaciones, la directora se detiene un rato largo ante la vista que le entrega la ventana de la que fuera la oficina de Birri durante su gestión al frente de la institución. En off, una voz femenina con acento cubano sostiene que esa hermosa escena rural a la vera de un arroyo explica por qué un hombre ya grande como Birri había insistido en montar su oficina en el cuarto piso. Lo que esa mujer no tiene forma de saber es que ese paisaje tranquilamente podría ser una postal santafecina, de su querido pueblo de Rincón, donde 20 años antes el propio Birri imaginó para sí mismo un sepelio festivo y surrealista, en el que sus amigos y una murga acompañarían sus cenizas hasta el río Uguajay. Una conexión que el propio cineasta parece confirmar cuando en una escena rodada poco antes de su muerte, ocurrida el 27 de diciembre de 2017, hable de sus exilios y del dolor de estar lejos.
El tramo final de la película transcurre en Roma, ciudad donde Birri pasó sus últimos años: ahí Guarini tiene la última charla con el protagonista de su película. “Soy una fantasmagoría y ustedes me están reconstruyendo”, dice Birri. “Me alegra que crean que estoy con ustedes, pero cuando se vayan me encierro en mi cuarto y desaparezco”. Justo antes el viejo director jugaba en escena con el muñeco mecánico de un fantasmita bailarín: son detalles como ese los que confirman el buen ojo de Guarini. Esa idea en torno de la ausencia se complementa con las imágenes que el propio Birri toma de su casa con una camarita GoPro que le deja Guarini. En ellas muestra los objetos, los muebles y las plantas que ocupan cada espacio pero él, más allá de algún dedo fantasmal que cada tanto se cuela en el cuadro, jamás aparece.
Solo al final, en unas escenas captadas desde un extremo contrapicado, Birri se filma a sí mismo deambulando por la casa, como un espíritu que revisa que todo haya quedado en orden justo antes de partir. Y después la película termina. Curiosamente la muerte de Birri ocurrió apenas un mes después de que Ata tu arado a una estrella tuviera su estreno mundial casi en simultaneo en los festivales de cine de Mar del Plata y La Havana. En el recorrido que la película traza, Guarini consigue darle forma a este modesto pero emotivo retrato de un hombre obsesionado con las utopías, que soñaba con un mundo en el que la gente ojalá robara libros.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
La primera mitad de Ata tu arado a una estrella está construida con material de archivo. Una especie de “detrás de cámara” que la propia Guarini rodo en 1998 siguiendo a Birri, quien entonces filmaba un documental para la televisión de Leipzig, en el que intentaba mensurar el estado de las utopías a 30 años de la muerte del Ché Guevara. En esas imágenes se ve a un Birri ya grande pero de espíritu todavía joven, dialogando sobre el tema con figuras de la talla de Ernesto Sabato, León Ferrari, Eduardo Galeano y Osvaldo Bayer. Algunos de esos diálogos, reproducidos de forma muy parcial en la película, consiguen de todas formas ser significativos, en tanto tuvieron lugar en una Argentina que marchaba con decisión a la mayor crisis de su Historia moderna, la que comenzó en diciembre de 2001. “Hoy palabras como utopía, amor, revolución o solidaridad son completamente demodé, están fuera de onda”, dice Birri en alguna de esas charlas y su voz suena profética.
El recorrido que traza el relato de Guarini hace una parada intermedia en la escuela de San Antonio de los Baños, donde Birri es venerado. En ese itinerario por las instalaciones, la directora se detiene un rato largo ante la vista que le entrega la ventana de la que fuera la oficina de Birri durante su gestión al frente de la institución. En off, una voz femenina con acento cubano sostiene que esa hermosa escena rural a la vera de un arroyo explica por qué un hombre ya grande como Birri había insistido en montar su oficina en el cuarto piso. Lo que esa mujer no tiene forma de saber es que ese paisaje tranquilamente podría ser una postal santafecina, de su querido pueblo de Rincón, donde 20 años antes el propio Birri imaginó para sí mismo un sepelio festivo y surrealista, en el que sus amigos y una murga acompañarían sus cenizas hasta el río Uguajay. Una conexión que el propio cineasta parece confirmar cuando en una escena rodada poco antes de su muerte, ocurrida el 27 de diciembre de 2017, hable de sus exilios y del dolor de estar lejos.
El tramo final de la película transcurre en Roma, ciudad donde Birri pasó sus últimos años: ahí Guarini tiene la última charla con el protagonista de su película. “Soy una fantasmagoría y ustedes me están reconstruyendo”, dice Birri. “Me alegra que crean que estoy con ustedes, pero cuando se vayan me encierro en mi cuarto y desaparezco”. Justo antes el viejo director jugaba en escena con el muñeco mecánico de un fantasmita bailarín: son detalles como ese los que confirman el buen ojo de Guarini. Esa idea en torno de la ausencia se complementa con las imágenes que el propio Birri toma de su casa con una camarita GoPro que le deja Guarini. En ellas muestra los objetos, los muebles y las plantas que ocupan cada espacio pero él, más allá de algún dedo fantasmal que cada tanto se cuela en el cuadro, jamás aparece.
Solo al final, en unas escenas captadas desde un extremo contrapicado, Birri se filma a sí mismo deambulando por la casa, como un espíritu que revisa que todo haya quedado en orden justo antes de partir. Y después la película termina. Curiosamente la muerte de Birri ocurrió apenas un mes después de que Ata tu arado a una estrella tuviera su estreno mundial casi en simultaneo en los festivales de cine de Mar del Plata y La Havana. En el recorrido que la película traza, Guarini consigue darle forma a este modesto pero emotivo retrato de un hombre obsesionado con las utopías, que soñaba con un mundo en el que la gente ojalá robara libros.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
domingo, 26 de noviembre de 2017
CINE - 32° Festival de Cine de Mar del Plata, Día 7: Libros, escritores y películas
Es sabido que la literatura es uno de los combustibles con los que se suele alimentar a la máquina del cine, el carbón elegido por algunos cineastas para ponerla marcha. Y los festivales de cine son, en ese sentido, el espacio ideal para comprobar el resultado de ese proceso de interacción. Dentro de la programación del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que este año llegó a su 32° edición, hubo material que permite dar cuenta de ello: al menos tres películas tienen en su origen la obra o la vida de tres reconocidos escritores argentinos.
Plantada con firmeza en el terreno del documental biográfico pero a la vez también autobiográfico, Entre Perón y mi padre representa una inmersión no solo en el trabajo periodístico y literario de Tomás Eloy Martínez sino, y sobre todo, en lo profundo de algunos detalles específicos de la relación que lo unió con su hijo Blas Eloy, director de la película. Nota bene: en el catálogo del Festival de Mar del Plata el director figura anotado como Eloy Martínez, Blas, confundiendo su segundo nombre con un primer apellido. Un error que habitualmente también se cometía con su padre, motivado en primer lugar por el intento de conferirle una identidad que lo apartara del anonimato masivo al que están condenados quienes pertenecen al extendido linaje de los Martínez (entre otros linajes extendidos). Y otro poco quizás a partir de una confusión producida por la familiar sonoridad del apellido compuesto, esta vez real, de otro escritor todavía más famoso: Adolfo Bioy Casares. Es así que partiendo del hecho comprobado de que Bioy es el primer apellido de Casares no han sido pocos los que llegaron a la falsa conclusión de que Eloy debía serlo de Martínez, razonamiento a todas luces incorrecto. Pero volvamos al cine…
A partir de la cinta magnetofónica de la famosa entrevista que en algún momento de 1970 Martínez (padre) le hizo a Perón durante cuatro días consecutivos en la residencia de Puerta de Hierro, Martínez (hijo) se permite un interesante y emotivo ejercicio de memoria. Pero no sólo porque el registro de las voces metálicas que durante su infancia le llegaba desde el grabador de su padre forma parte indeleble de sus recuerdos como hijo. El director también concluye que es precisamente por haber escuchado tanto el diálogo de aquellas dos voces que estaba condenado a volverse peronista. Como si esas voces se hubieran fundido en una misma y única entidad paternal, permitiendo que Blas Eloy Martínez le atribuya al general Perón una segunda paternidad a la vez mítica y política. El documental es, de algún modo, la indagación que realiza su director por los huecos que le dejaron las ausencias ya no de uno, si no de dos padres. Uno natural, separado de su madre y en el exilio; el otro muerto y fruto de una mitología personal.
Barrefondo es la adaptación de una novela de Félix Bruzzone que también tiene implicancias autobiográficas: es que el protagonista del relato y su autor comparten el oficio de pileteros. El propio Bruzzone dijo en la charla posterior a la proyección de la película que todavía trabaja limpiando piscinas. Barrefondo cuenta la historia de un joven piletero al que el capo de una banda de ladrones presiona para que le entregue datos que le permitan robar en las casas de las familias ricas donde el primero trabaja. Narrada en el tono económico y austero del cine independiente argentino, la película de Colás consigue mantener el interés por un relato al que bien puede definirse como un policial matizado por elementos sociales, o como un retrato social amenizado por una aventura policial.
Por su parte El origen de la tristeza es la adaptación de la primera novela de una trilogía tampoco exenta de elementos autobiográficos, firmada por el escritor Pablo Ramos. Con guión escrito por el propio Ramos y dirigida por Oscar Frenkel, se trata de un relato de iniciación que se mueve entre la ternura y la nostalgia, en el que una bandita de preadolescentes deambula por la geografía de los barrios de Avellaneda a finales de los años ’70. Suerte de versión de Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) ambientada en el conurbano, El origen de la tristeza carga con la evidente dificultad de no haber podido generar una identidad cinematográfica propia, quedando presa de una voz literaria que se manifiesta a través de un omnipresente relato en off, también interpretado por Ramos.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
Plantada con firmeza en el terreno del documental biográfico pero a la vez también autobiográfico, Entre Perón y mi padre representa una inmersión no solo en el trabajo periodístico y literario de Tomás Eloy Martínez sino, y sobre todo, en lo profundo de algunos detalles específicos de la relación que lo unió con su hijo Blas Eloy, director de la película. Nota bene: en el catálogo del Festival de Mar del Plata el director figura anotado como Eloy Martínez, Blas, confundiendo su segundo nombre con un primer apellido. Un error que habitualmente también se cometía con su padre, motivado en primer lugar por el intento de conferirle una identidad que lo apartara del anonimato masivo al que están condenados quienes pertenecen al extendido linaje de los Martínez (entre otros linajes extendidos). Y otro poco quizás a partir de una confusión producida por la familiar sonoridad del apellido compuesto, esta vez real, de otro escritor todavía más famoso: Adolfo Bioy Casares. Es así que partiendo del hecho comprobado de que Bioy es el primer apellido de Casares no han sido pocos los que llegaron a la falsa conclusión de que Eloy debía serlo de Martínez, razonamiento a todas luces incorrecto. Pero volvamos al cine…
A partir de la cinta magnetofónica de la famosa entrevista que en algún momento de 1970 Martínez (padre) le hizo a Perón durante cuatro días consecutivos en la residencia de Puerta de Hierro, Martínez (hijo) se permite un interesante y emotivo ejercicio de memoria. Pero no sólo porque el registro de las voces metálicas que durante su infancia le llegaba desde el grabador de su padre forma parte indeleble de sus recuerdos como hijo. El director también concluye que es precisamente por haber escuchado tanto el diálogo de aquellas dos voces que estaba condenado a volverse peronista. Como si esas voces se hubieran fundido en una misma y única entidad paternal, permitiendo que Blas Eloy Martínez le atribuya al general Perón una segunda paternidad a la vez mítica y política. El documental es, de algún modo, la indagación que realiza su director por los huecos que le dejaron las ausencias ya no de uno, si no de dos padres. Uno natural, separado de su madre y en el exilio; el otro muerto y fruto de una mitología personal.
Barrefondo es la adaptación de una novela de Félix Bruzzone que también tiene implicancias autobiográficas: es que el protagonista del relato y su autor comparten el oficio de pileteros. El propio Bruzzone dijo en la charla posterior a la proyección de la película que todavía trabaja limpiando piscinas. Barrefondo cuenta la historia de un joven piletero al que el capo de una banda de ladrones presiona para que le entregue datos que le permitan robar en las casas de las familias ricas donde el primero trabaja. Narrada en el tono económico y austero del cine independiente argentino, la película de Colás consigue mantener el interés por un relato al que bien puede definirse como un policial matizado por elementos sociales, o como un retrato social amenizado por una aventura policial.
Por su parte El origen de la tristeza es la adaptación de la primera novela de una trilogía tampoco exenta de elementos autobiográficos, firmada por el escritor Pablo Ramos. Con guión escrito por el propio Ramos y dirigida por Oscar Frenkel, se trata de un relato de iniciación que se mueve entre la ternura y la nostalgia, en el que una bandita de preadolescentes deambula por la geografía de los barrios de Avellaneda a finales de los años ’70. Suerte de versión de Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) ambientada en el conurbano, El origen de la tristeza carga con la evidente dificultad de no haber podido generar una identidad cinematográfica propia, quedando presa de una voz literaria que se manifiesta a través de un omnipresente relato en off, también interpretado por Ramos.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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domingo, 19 de noviembre de 2017
CINE - Entrevista con Ai Weiwei, director de "Marea humana": "La naturaleza humana es egoista y miope"
En tiempo de realidades virtuales y posverdad referirse al problema de los refugiados no equivale necesariamente a hablar de personas. De hecho es más fácil abordar la cuestión en los gélidos términos de la geopolítica o la economía que desde su costado más emotivo y humano. Esa es quizá la principal preocupación que llevó al artista chino Ai Weiwei, famoso por su disidencia con el régimen que gobierna su país (que le costó varios años de prisión antes de que se le permitiera el dudoso beneficio del exilio), a pensar que el cine podía ser una herramienta útil para decir algo al respecto. Porque si bien es cierto que su documental Marea humana (Human Flow) aborda los procesos que hicieron posible la crisis migratoria actual –la más grande desde el final de la Segunda Guerra Mundial según indica la película–, su preocupación central parece ser la de captar la intimidad de las personas afectadas por dichos procesos, retratando las dificultades y humillaciones que deben atravesar a diario. Si hay una fuerza motora detrás de su película es esa voluntad de rehumanizar a aquellos individuos que han sido convertidos poco más que en cifras y valores dentro de una colección de gráficos estadísticos.Marea humana representa el esfuerzo de Weiwei –de quien la Fundación Proa inaugurará una retrospectiva de su obra plástica el próximo sábado– por abordar el problema de las migraciones forzadas y los refugiados del modo más amplio y completo posible. Sus cámaras parecen estar en todas partes para registrar escenas y recoger testimonios de refugiados en las zonas de conflicto más disimiles. Desde representantes del pueblo rohingya (grupo minoritario musulmán de Myanmar) o de palestinos en Gaza o Cisjordania; pasando por las multitudes de sirios, irakíes y afganos que intentan atravesar toda Europa para llegar a Alemania, la nueva tierra prometida; o los nigerianos, somalíes y sudaneses que desembarcan en las costas italianas en tránsito hacia el Reino Unido; o los dramas que se viven en la álgida frontera que separa a México de los Estados Unidos, todas esas realidades conviven y se entrelazan en Marea humana hasta formar un tejido de trama apretada. Más allá de eso, el director acierta en no olvidar que el cine también es un acto estético y se esfuerza por encontrar belleza aún en las situaciones más dramáticas. En muchas oportunidades lo consigue de manera genuina, en otras fracasa hermosamente. En cualquier caso no caben dudas de que, incluso en sus momentos menos inspirados, la película siempre carga con la plusvalía que le aporta la mirada del artista.
Pero hay un detalle inquietante en Marea humana, que tendrá su estreno comercial este jueves luego de pasar por la programación del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata que se desarrolla hasta el próximo domingo: la presencia de su director en gran parte de las escenas incluidas en el montaje final. Weiwei filmando niños en un campo de refugiados; Weiwei intercambiando su pasaporte con un sirio; Weiwei y su hijo juntando chalecos salvavidas en una playa griega o italiana; Weiwei discutiendo el precio de unas frutas con un vendedor ambulante. A tal punto su presencia roza el protagonismo que, parafraseando aquel relato rescatado por Borges y Bioy Casares en su antología Cuentos breves y extraordinarios, por momentos es difícil saber si se trata de una película sobre refugiados filmada por Weiwei o una película sobre Weiwei filmando refugiados.
Más allá de la duda y sea cual sea la respuesta para este interrogante, queda claro que hay algo muy íntimo que vincula al director con la historia que quiso contar y ahí está él para confirmarlo. “Comencé este proyecto cuando todavía estaba preso en China, entre 2014 y 2015”, revela Weiwei, quien relaciona su propia historia personal y familiar con la forzosa experiencia del refugiado. “Como artista creo que el compromiso es muy importante”, agrega. Y cuenta además que se trató de un trabajo muy arduo, tanto desde el punto de vista de la producción como desde lo técnico. “Para hacer este film realicé más de 300 entrevistas y tengo más de 900 horas de material filmado. Es un hecho que tuve que dejar fuera del corte final un montón de historias personales”, afirma pero sin resignarse a que todo ese archivo sin uso tenga como destino el silencio. “Han sido muchas personas y muchos países los que conocí a partir de realizar Marea humana y realmente quisiera encontrar una forma de hacer algo con todo eso, aunque todavía no he resuelto cuál será el formato. Tal vez podría ser un libro o tal vez un archivo online”, comenta.
–Usted ha afirmado en alguna entrevista que el arte necesita dejar de ser elitista para poder conectarse con el público, con las personas. ¿Filmar este documental significó para usted una forma de recorrer ese camino?
–Como artista siempre traté de encontrar una forma especial de comunicar. Pero, claro, en el fondo de nuestros corazones siempre tenemos criterios estéticos mucho más refinados, más elevados o más profundos, y lo que en definitiva queremos y buscamos es que la gente nos entienda. Que pueda recibir estas emociones e ideas que buscamos expresar y que el trabajo de entenderlas sea lo más simple posible. Por eso mismo siempre trato de encontrar nuevos lenguajes para comunicarme con nuevos públicos y siento el trabajo con esta película ha sido de gran ayuda. Sobre todo por esa duplicidad propia del cine, porque estoy mostrando una realidad que al mismo tiempo no es la realidad, sino una imagen de ella. Una película es algo que tiene que ver con la seducción y a la vez tiene algo de mentiroso, porque muestra algo como si fuera real pero que no es la realidad. Y es ese hecho lo que la convierte en una forma interesante para trabajar.
–Pero sobre la cuestión del elitismo, ¿no cree que el cine si bien es un arte de consumo masivo sigue siendo realizado por los miembros de una elite? ¿Eso no hace que su mirada siempre sea sesgada?
–El cine es una máquina tan interesante, tan especial, que entender las claves técnicas de la estructura de una película, o la exposición de una película, es un camino personal. En definitiva nadie sabe realmente cuál es la manera correcta de hacer una película, nadie sabe cómo hacer “la película” en sí. Por eso son pocas las personas que pueden llamarse cineastas y en ese sentido es cierto que puede pensarse al cine como la producción de una elite. Sin embargo en la actualidad con iPhones y redes sociales, con las nuevas tecnologías y las noticias en vivo, al mismo segundo en que las cosas están ocurriendo ya pueden estar circulando en la red. Entonces todas estas nuevas técnicas destruyen esa cuestión que usted menciona de las elites. Pero al mismo tiempo poder crear un concepto, crear una forma que tenga una completud, una unidad, sigue siendo igual de complejo. Ahí mismo reside el desafío: ¿cómo hacerlo? Porque si bien es cierto que en el mundo actual las imágenes son tan masivas, tan accesibles, tan ubicuas, de todas formas sigue siendo difícil hacer algo que tenga su propia integridad.
–En cuanto a lo político, ¿cree que es posible entender en profundidad el tema de las migraciones y los refugiados sin hacer foco en el rol político y económico que juegan las grandes potencias en los territorios más afectados?
–Es cierto que los refugiados no nacen refugiados, sino que son siempre víctimas, bajas producidas por los intereses de otros. Los intereses o los beneficios de otros. Son esas intenciones de los otros las que los convierten en refugiados. Y hoy los refugiados alcanzan un número inédito, enorme, que tiene que ver con la inestabilidad de toda una región, o de diferentes regiones, donde las potencias juegan roles importantes. Si hablamos de Irak, por ejemplo, viene de una guerra enorme que todavía continúa, que generó situaciones muy extremas. Incluso en Siria podemos ver que hay poderes inmensos que juegan roles fundamentales y que representan intereses extranjeros. En cada caso de refugiados siempre es posible encontrar que hay un poder político importante que está beneficiándose con esa situación, alguien que está obteniendo un lucro de todo eso. ¿De dónde vienen todas estas armas y estas máquinas de guerra? Los productores de armamento son quienes se las venden a estas naciones inestables, que las terminan usando y generando ganancias billonarias para las grandes naciones. Siguiendo el camino del dinero es posible ver otro mapa, otra imagen de lo que está pasando. Pero cuando nos propusimos hacer esta película nuestra intención no era la de apuntar con el dedo. Nosotros no señalamos a nadie, pero la gente puede ver por sí misma dónde están los conflictos.
–Pero si es así como usted dice y la gente realmente puede verlo por sí misma, ¿entonces para qué sirve el cine? ¿Para qué necesita el público una película como Marea humana?
–Porque en Occidente (o en China) la gente en realidad no se sensibiliza tanto en relación con estos asuntos. Solamente cuando la situación se pone muy terrible la gente llora, reza y dice “¡pero qué barbaridad lo que está pasando!” Siempre nos lamentamos cuando lo peor ya está sucediendo. Pero así es la naturaleza humana: egoísta y miope.
–Hay una escena en la que una voluntaria alemana dice que es muy arduo organizar algunas de las actividades cotidianas en un campo de refugiados, como el momento de las comidas o del baño para un número tan grande de personas, pero que es mucho más difícil hacer que vuelvan a sentirse humanos. ¿Piensa que retratarlos y mostrarlos como usted hace en la película es una forma de restituirles esa humanidad perdida?
–Al hacer esta película lo que quise es hacer que la gente entienda que la humanidad está en crisis. Pero que no se trata de una crisis de refugiados, como la llaman la mayoría de las veces: se trata de una crisis humana. Decirle crisis de refugiados es de alguna manera un mecanismo tranquilizador, una forma de ponerlo lejos. Es una historia que tiene dos partes. Una es aquello que pasa, los hechos en sí mismos, pero la otra mitad es la forma en que nosotros lo recibimos, cómo lo entendemos y cómo podemos ayudar. Cómo podemos entender que estos que están ahí, separados del mundo, no nacieron como refugiados, sino que también son seres humanos que fueron convertidos en refugiados. Por eso es importante mostrarlos humanos, mostrar sus rostros humanos, y eso es lo que intenté hacer en mi película. Tratamos de no mostrar a la gente llorando, en sus peores momentos, ni en condiciones muy extremas, sino en condiciones normales de seres humanos que están realizando sus actividades cotidianas pero en su propio contexto. Gente cocinando, jugando con sus chicos, tratando de trabajar.
–¿Y por qué decidió incluirse usted mismo como personaje dentro de la película?
–Porque siento que soy parte de esta gente, que tengo algo que ver con estos refugiados y que ellos tienen algo que ver conmigo. Por eso quería enterarme de sus historias, saber qué les pasa y cómo se sienten en esas condiciones. Y muchas de esas historias las identifico con mi propia historia en China, con la de mi familia. Porque siento que todas ellas están conectadas con la de mi familia en el exilio. Y al poner mi imagen en la película me convierto en el punto en el que se reúnen esas historias. Marea humana no se trata solo de las historias de estos refugiados que fui conociendo, sino que se trata de mi propia experiencia ahí, con ellos. Se supone que el arista se tiene que involucrar humanamente con su trabajo y por eso creo que mi presencia en la película resulta interesante. Y a la vez siento que de alguna forma también es necesaria.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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viernes, 17 de noviembre de 2017
CINE - "Bienvenidos a Alemania" (Willkommen bei den Hartmanns), de Simon Verhoeven: De trazo grueso y escasas luces
En la segunda escena de Bienvenido a Alemania, de Simon Verhoeven, un joven nigeriano llamado Diallo, que vive en un centro de refugiados de Münich a la espera de que el estado alemán resuelva si le otorga o no la visa que le permita entrar definitivamente al país, viaja en colectivo para ir a cortarse el pelo. Necesita emprolijarlo antes de salir a buscar trabajo. El interior del colectivo presenta un recorte benevolente e ideal de la sociedad alemana: personas de todas las razas, edades e incluso orientaciones sexuales (algo que la escena deja entrever mostrando a un señor gordo que viaja con su perro salchicha sobre el regazo) compartiendo el espacio, notoriamente felices. El sol entra por las ventanillas y contagia su luz a todos. Diallo también sonríe. Esta secuencia dialoga con otra, en la que sobre el final del segundo acto Diallo recibe la noticia de que su pedido fue rechazado y que sólo una instancia de apelación judicial lo separan de volver a Nigeria, donde, ahora el espectador lo sabe, su familia fue masacrada por Boko Haram. En esta nueva circunstancia Diallo vuelve a viajar en colectivo, que ahora se encuentra vacío por completo. El cielo está nublado y el gris domina la paleta elegida para fotografiar la escena. Claro: Diallo está triste, pero por las dudas una melodía pesarosa se encarga de que el sentimiento no pase inadvertido. Así de obvio es todo en esta comedia costumbrista de pocas luces.El nudo del asunto se desarrolla cuando la familia Hartmann decide dar alojo a un refugiado y Diallo es el elegido. Herr Hartmann es un prestigioso cirujano en plena crisis de la tercera edad. Aunque amargado, sarcástico e irascible, el doctor Hartmann también es veleidoso, se aplica inyecciones en la cara para disimular las arrugas y sale a bailar a escondidas con su amigo cirujano plástico. Su mujer, ex docente, es quien viene con la idea del refugiado, desatando el caos familiar. Ambos representan de forma esquemática a la vieja Alemania: arrogante y un poco autoritaria, pero que a la vez intenta adaptarse a los cambios, es maternal y con un síndrome de culpa permanente. Sus hijos (ella treintañera, estudiante crónica con dificultades para vincularse con los hombres; él: joven empresario, divorciado, padre poco atento de un hijo adolescente, adicto al trabajo y un poco reaccionario), representan a la nueva Alemania, eficiente, desbordada y confundida.
Bienvenido a Alemania, a la que se promociona como “la comedia más taquillera del año” en su país, desarrolla su humor sobre el choque entre el Estado de bienestar de las clases media y media alta alemana, y la necesidad y esperanza de quienes van hasta allá en busca de seguridad. El resultado final es un pastiche paternalista, pueril y bastante reduccionista en el que, como en el sketch del padre progresista de Capusotto, los protagonistas por lo general se imponen un deber ser de corrección política, aplicando una válvula represiva a sus primeros impulsos, siempre menos amables. Todo realizado con el trazo grueso de una telenovela mala y con escasa gracia.
domingo, 29 de octubre de 2017
CINE - 41º Mostra de Cinema de Sao Paulo: "Marea Humana" (Human Flow), de Ai Weiwei:
La Mostra de Cinema de San Pablo es uno de los eventos más importantes dentro del calendario cinematográfico del Brasil. Cada año sus pantallas se convierten en zona de tránsito para películas de todo tipo y artistas del mundo entero, siempre dispuestos a desafiar al espectador curioso. Este año la Mostra, que cierra sus actividades el día de mañana, contó con la presencia ineludible del artista plástico chino Ai Weiwei, quien fue objeto de un homenaje que incluyó el estreno latinoamericano del documental Marea Humana, su primera película, que tendrá su estreno local el 23 de noviembre..
En ella registra las dificultades a las que se enfrentan ciudadanos sirios, afganos, iraquíes, kurdos, rohingya, eritreos o mexicanos que son empujados a abrazar el destino amargo de abandonar sus propias tierras, sumándose al fenómeno creciente de los flujos migratorios. La película lleva un elocuente subtítulo que hace explícita la línea con que Weiwei aborda el tema: “No hay hogar si no hay a dónde ir”. Se trata entonces de un recorrido que va de un foco migratorio a otro, registrando las particularidades de cada uno y, sobre todo, encontrando los patrones comunes que vinculan entre sí a estos grandes movimientos humanos. Entre ellos el desarraigo, la pérdida cultural y las crisis de identidad. De ese modo Marea humana da cuenta de una profunda crisis global que se hace evidente tanto en el orden de lo político y lo económico como en el de lo social.
Desde lo puramente informativo el trabajo de Weiwei aporta además una serie de datos abrumadores que definen con elocuencia el cuadro de situación. A partir de textos sobreimpresos será posible saber que en la actualidad los flujos migratorios involucran aproximadamente a unas 65 millones de personas, el número más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. O que en 1989, antes de la caída del muro de Berlín, solo 11 países tenían sus fronteras cerradas y que actualmente son más de 60. Se sabrá que la permanencia promedio de un refugiado en el territorio que le da albergue es de 25 años, según informa la princesa Rania de Jordania, país que limita con Siria y suele recibir constantemente una ola de migrantes procedentes de ese país, actualmente devastado por la guerra contra el Estado Islámico. Que el África subshariana alberga hoy a más del 26% de los refugiados de todo el mundo o que en Afganistán hay otros que llevan más de 40 años en esa condición, circunstancia que les impide regresar a ninguna parte porque ya no existe forma de recuperar lo que alguna vez les perteneció.
La película tiene como gran virtud su carácter ubicuo: Weiwei y sus cámaras parecen estar en cada lugar del mundo en el que los flujos migratorios se han convertido en un problema de gran escala, tanto para quienes se ven obligados a abandonar sus lugares de origen como para aquellos estados convertidos en el paraíso perdido que los migrantes anhelan. En el camino Marea Humana exhibe no pocos hallazgos visuales, cuadros y encuadres de una gran belleza que confirman la mirada sensible de su director y que a la vez contrastan e interpelan al espectador con su crudo retrato de la realidad. La oportuna utilización de drones le permite al artista realizar escenas aéreas de gran impacto que registran esas literales mareas humanas a las que se alude desde el título. Hormigueros humanos que bajan de los barcos o que ocupan estaciones ferroviarias hasta convertirlas en refugios. Hormigueros humanos apropiándose de un pedazo inhabitable del desierto u ocupando varias hectáreas de campo, amontonados contra los alambrados impiadosos de fronteras clausuradas. Literalmente Weiwei y su equipo están en todas partes.
Tanto que en algún momento es lícito preguntarse por el rol casi protagónico que el director asume dentro de su propio relato. ¿Se trata realmente de un documental sobre migrantes o de una película acerca de Ai Weiwei filmando a los migrantes? Durante la conferencia de prensa realizada tras la proyección exclusiva para periodistas brasileños y a la que fue invitada Tiempo Argentino, el artista chino explicó que la razón para retratarse a sí mismo "de forma sincera", encarnando el papel de "alguien que está tratando de descubrir lo que ocurre", fue la de permitirle a los espectadores encontrar en su figura un punto de referencia.
Marea humana deja también un puñado de frases que ayudan a ir un poco más allá la capa más superficial del problema de las migraciones. “Necesitamos que vuelva la paz. No queremos que sigan llorando ni las madres de los policías, ni las de los soldados, ni las madres de los guerrilleros”, exige con firmeza una mujer kurda sobre las ruinas de lo que alguna vez fue su pueblo. “Ser refugiado es más que nada un estado político, una de las circunstancias más crueles en las que puede vivir un ser humano”, afirma alguien más y muchas de las imágenes vistas parecen confirmarlo. “Migrar es un derecho humano”, define el propio Weiwei y la frase se convierte en un oportuno colofón para su película.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
En ella registra las dificultades a las que se enfrentan ciudadanos sirios, afganos, iraquíes, kurdos, rohingya, eritreos o mexicanos que son empujados a abrazar el destino amargo de abandonar sus propias tierras, sumándose al fenómeno creciente de los flujos migratorios. La película lleva un elocuente subtítulo que hace explícita la línea con que Weiwei aborda el tema: “No hay hogar si no hay a dónde ir”. Se trata entonces de un recorrido que va de un foco migratorio a otro, registrando las particularidades de cada uno y, sobre todo, encontrando los patrones comunes que vinculan entre sí a estos grandes movimientos humanos. Entre ellos el desarraigo, la pérdida cultural y las crisis de identidad. De ese modo Marea humana da cuenta de una profunda crisis global que se hace evidente tanto en el orden de lo político y lo económico como en el de lo social.
Desde lo puramente informativo el trabajo de Weiwei aporta además una serie de datos abrumadores que definen con elocuencia el cuadro de situación. A partir de textos sobreimpresos será posible saber que en la actualidad los flujos migratorios involucran aproximadamente a unas 65 millones de personas, el número más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. O que en 1989, antes de la caída del muro de Berlín, solo 11 países tenían sus fronteras cerradas y que actualmente son más de 60. Se sabrá que la permanencia promedio de un refugiado en el territorio que le da albergue es de 25 años, según informa la princesa Rania de Jordania, país que limita con Siria y suele recibir constantemente una ola de migrantes procedentes de ese país, actualmente devastado por la guerra contra el Estado Islámico. Que el África subshariana alberga hoy a más del 26% de los refugiados de todo el mundo o que en Afganistán hay otros que llevan más de 40 años en esa condición, circunstancia que les impide regresar a ninguna parte porque ya no existe forma de recuperar lo que alguna vez les perteneció.
La película tiene como gran virtud su carácter ubicuo: Weiwei y sus cámaras parecen estar en cada lugar del mundo en el que los flujos migratorios se han convertido en un problema de gran escala, tanto para quienes se ven obligados a abandonar sus lugares de origen como para aquellos estados convertidos en el paraíso perdido que los migrantes anhelan. En el camino Marea Humana exhibe no pocos hallazgos visuales, cuadros y encuadres de una gran belleza que confirman la mirada sensible de su director y que a la vez contrastan e interpelan al espectador con su crudo retrato de la realidad. La oportuna utilización de drones le permite al artista realizar escenas aéreas de gran impacto que registran esas literales mareas humanas a las que se alude desde el título. Hormigueros humanos que bajan de los barcos o que ocupan estaciones ferroviarias hasta convertirlas en refugios. Hormigueros humanos apropiándose de un pedazo inhabitable del desierto u ocupando varias hectáreas de campo, amontonados contra los alambrados impiadosos de fronteras clausuradas. Literalmente Weiwei y su equipo están en todas partes.
Tanto que en algún momento es lícito preguntarse por el rol casi protagónico que el director asume dentro de su propio relato. ¿Se trata realmente de un documental sobre migrantes o de una película acerca de Ai Weiwei filmando a los migrantes? Durante la conferencia de prensa realizada tras la proyección exclusiva para periodistas brasileños y a la que fue invitada Tiempo Argentino, el artista chino explicó que la razón para retratarse a sí mismo "de forma sincera", encarnando el papel de "alguien que está tratando de descubrir lo que ocurre", fue la de permitirle a los espectadores encontrar en su figura un punto de referencia.
Marea humana deja también un puñado de frases que ayudan a ir un poco más allá la capa más superficial del problema de las migraciones. “Necesitamos que vuelva la paz. No queremos que sigan llorando ni las madres de los policías, ni las de los soldados, ni las madres de los guerrilleros”, exige con firmeza una mujer kurda sobre las ruinas de lo que alguna vez fue su pueblo. “Ser refugiado es más que nada un estado político, una de las circunstancias más crueles en las que puede vivir un ser humano”, afirma alguien más y muchas de las imágenes vistas parecen confirmarlo. “Migrar es un derecho humano”, define el propio Weiwei y la frase se convierte en un oportuno colofón para su película.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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domingo, 7 de mayo de 2017
CINE Y LIBROS - Rescribir vidas ajenas: Entrevista con el guionista británico Nick Drake
Pensado para indagar en el complejo cruce entre dos artes tan populares como el cine y la literatura, el Encuentro Internacional “Del libro a la pantalla”, organizado por la Cátedra Coetzee de la Universidad Nacional de San Martín, que dirige el sudafricano J.M. Coetzee, ganador del premio Nobel de Literatura 2003, reune a un valioso y oportuno puñado de voces. Desde cineastas locales como Tristán Bauer, Fernando Spiner y Marcelo Pyñeiro y el escritor Marcelo Figueras, a destacadas figuras extranjeras como el director mexicano Arturo Ripstein y su esposa, la guionista Paz Alicia Garciadiego, la productora y guionista Anna María Monticelli o el británico Nick Drake, todos aceptaron el desafío de explorar en ese territorio.
Artista multifacético, el currículum de Drake abarca gran cantidad de géneros y disciplinas. Es dueño de una obra poética que incluye los libros The Man in the White Suit (1999), From The Word Go (2008) y The Farewell Glacier (2012), escrito a partir de una larga travesía por el Ártico. Como autor teatral tiene escritas una media docena de obras y otras tantas en su faceta de guionista cinematográfico, terreno en el que se destaca su trabajo en la película Rómulo, mi padre, protagonizada por Eric Bana y Franka Potente y ganadora de múltiples premios en Australia. Razones de sobra para convertirlo en una fuente valiosa a la hora de hablar del nexo entre ámbos géneros.
“Si bien el cine es un formato en sí mismo, tanto este como el teatro son artes más basadas en elementos visuales que además, como la narración, están conducidos por una trama. Desde este punto de vista, y si bien el cine también puede contener poesía, diría que el teatro o las formas narrativas son las más similares a las películas”, sostiene Drake al ser consultado sobre los puentes que ligan las diferentes disciplinas. Claro que pensado en términos de adaptación, el esfuerzo de traspasar una obra de un formato determinado al otro no necesariamente demandan en cada caso el uso de herramientas similares. “Sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y Rómulo, mi padre está basada en las memorias del filósofo australiano Raymod Gaita sobre su padre y su vida como exiliado, un relato de experiencias vitales. Nunca he adaptado una obra literaria, sino que he trabajado sobe un material, digamos, más ambiguo, más difuso respecto de la acción y la trama”. Sin embargo aclara que se trata antes de una cuestión de oportunidad que de una decisión personal. “Para hacerlo tendría que encontrar una novela que me conmueva al punto de sentir la necesidad de adaptarla”, agrega y confiesa que le gustaría trabajar sobre la novela Middlemarch de George Eliot (seudónimo de la escritora inglesa Mary Anne Evans), aunque se trata de “una obra demasiado larga para el cine, así que tal vez el formato indicado en este caso sea el de una serie de televisión”.
Su guión más reciente está basado en la vida de Chelsea Manning, el soldado que desató una crisis política de escala mundial al filtrar documentos clasificados vinculados con la ocupación estadounidense en Irak y que ya en prisión se realizó una operación transgénero. Un trabajo que si bien comparte con Rómulo, mi padre el hecho de tomar como punto de partida una historia real, parecen representar perspectivas estéticas diferentes. “Trabajar sobre la vida de otros siempre es complicado, porque uno siente una responsabilidad para con las personas cuyas vidas está llevando a un guión y hay ciertas cosas que tenés que respetar”, reflexiona Drake. “Pero además tenés una responsabilidad para con la película que querés hacer y el público que luego irá a verla”, agrega. Aunque reconoce que los casos de Gaita y Manning son muy distintos, cree que en ambos “lo que uno debe hacer es tratar de contar la historia lo mejor posible con los elementos que tiene a mano”.
En cuanto a las dificultades que conlleva la decisión de adaptar una obra literaria, Drake admite que “probablemente haya libros infilmables” y menciona como ejemplo la obra de Marcel Proust. “La pregunta que uno debe hacerse es por qué, para qué quiero yo pasar esta historia de la literatura al cine. Con qué propósito. Es muy difícil trasladar al cine la totalidad del valor de una obra literaria y más con aquellas en las cuales buena parte de su belleza radica en el modo en que el lenguaje es utilizado, algo que es imposible recrear fielmente”, completa. Sin embargo considera que no siempre la fidelidad debería ser el norte del adaptador. “Cuando se trabaja sobre una obra estrictamente literaria uno tiene que estar dispuesto a destruir el original, para poder reconstruir en el formato del cine. Se debe ser más infiel”, asevera el británico, aunque aclara que como "la mayoría de las novelas adaptadas al cine son más bien malas, entonces es más fácil ser irrespetuoso con el autor y dedicarte a construir tu propia obra".
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino
Artista multifacético, el currículum de Drake abarca gran cantidad de géneros y disciplinas. Es dueño de una obra poética que incluye los libros The Man in the White Suit (1999), From The Word Go (2008) y The Farewell Glacier (2012), escrito a partir de una larga travesía por el Ártico. Como autor teatral tiene escritas una media docena de obras y otras tantas en su faceta de guionista cinematográfico, terreno en el que se destaca su trabajo en la película Rómulo, mi padre, protagonizada por Eric Bana y Franka Potente y ganadora de múltiples premios en Australia. Razones de sobra para convertirlo en una fuente valiosa a la hora de hablar del nexo entre ámbos géneros.
“Si bien el cine es un formato en sí mismo, tanto este como el teatro son artes más basadas en elementos visuales que además, como la narración, están conducidos por una trama. Desde este punto de vista, y si bien el cine también puede contener poesía, diría que el teatro o las formas narrativas son las más similares a las películas”, sostiene Drake al ser consultado sobre los puentes que ligan las diferentes disciplinas. Claro que pensado en términos de adaptación, el esfuerzo de traspasar una obra de un formato determinado al otro no necesariamente demandan en cada caso el uso de herramientas similares. “Sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y Rómulo, mi padre está basada en las memorias del filósofo australiano Raymod Gaita sobre su padre y su vida como exiliado, un relato de experiencias vitales. Nunca he adaptado una obra literaria, sino que he trabajado sobe un material, digamos, más ambiguo, más difuso respecto de la acción y la trama”. Sin embargo aclara que se trata antes de una cuestión de oportunidad que de una decisión personal. “Para hacerlo tendría que encontrar una novela que me conmueva al punto de sentir la necesidad de adaptarla”, agrega y confiesa que le gustaría trabajar sobre la novela Middlemarch de George Eliot (seudónimo de la escritora inglesa Mary Anne Evans), aunque se trata de “una obra demasiado larga para el cine, así que tal vez el formato indicado en este caso sea el de una serie de televisión”.
Su guión más reciente está basado en la vida de Chelsea Manning, el soldado que desató una crisis política de escala mundial al filtrar documentos clasificados vinculados con la ocupación estadounidense en Irak y que ya en prisión se realizó una operación transgénero. Un trabajo que si bien comparte con Rómulo, mi padre el hecho de tomar como punto de partida una historia real, parecen representar perspectivas estéticas diferentes. “Trabajar sobre la vida de otros siempre es complicado, porque uno siente una responsabilidad para con las personas cuyas vidas está llevando a un guión y hay ciertas cosas que tenés que respetar”, reflexiona Drake. “Pero además tenés una responsabilidad para con la película que querés hacer y el público que luego irá a verla”, agrega. Aunque reconoce que los casos de Gaita y Manning son muy distintos, cree que en ambos “lo que uno debe hacer es tratar de contar la historia lo mejor posible con los elementos que tiene a mano”.
En cuanto a las dificultades que conlleva la decisión de adaptar una obra literaria, Drake admite que “probablemente haya libros infilmables” y menciona como ejemplo la obra de Marcel Proust. “La pregunta que uno debe hacerse es por qué, para qué quiero yo pasar esta historia de la literatura al cine. Con qué propósito. Es muy difícil trasladar al cine la totalidad del valor de una obra literaria y más con aquellas en las cuales buena parte de su belleza radica en el modo en que el lenguaje es utilizado, algo que es imposible recrear fielmente”, completa. Sin embargo considera que no siempre la fidelidad debería ser el norte del adaptador. “Cuando se trabaja sobre una obra estrictamente literaria uno tiene que estar dispuesto a destruir el original, para poder reconstruir en el formato del cine. Se debe ser más infiel”, asevera el británico, aunque aclara que como "la mayoría de las novelas adaptadas al cine son más bien malas, entonces es más fácil ser irrespetuoso con el autor y dedicarte a construir tu propia obra".
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino
jueves, 9 de febrero de 2017
CINE - "Neruda", de Pablo Larraín: El carro delante del caballo
Si algo está claro en la filmografía de Pablo Larraín, el cineasta más importante de Chile si lo que se tiene en cuenta es su trascendencia y popularidad dentro y fuera de su país, es que el trazo fino no es lo que mejor le sale. Aunque sus películas muestran una puesta en escena cuidadísima y un despliegue de producción cada vez más rico, suele haber algo disruptivo en el orden del discurso y de lo narrativo que puede generar incomodidad. Como ocurre con el mexicano Alejandro G. Iñárritu, Larraín parece más preocupado por pensar en los efectos antes que en las causas, en la reacción antes que en la acción que la origina. Eso que en un lenguaje más llano suele graficarse con la figura del carro delante del caballo.
Y Neruda, la primera de sus dos últimas películas en estrenarse acá (la otra es Jackie, basada en la célebre esposa de John F. Kennedy, también de pronto estreno), resulta emblemática respecto de dicha inversión lógica. Aquí se cuenta un momento específico en la vida del poeta, segundo Nobel de Literatura chileno (el primero fue para la también poeta Gabriela Mistral). A fines de la década de 1940, siendo senador de la república en representación del Partido Comunista, Neruda debió pasar a la clandestinidad debido al pedido de captura que pesaba sobre él, en el marco de una persecución política que llevó a prisión a gran cantidad de militantes, obreros y trabajadores rurales que profesaban ideas de izquierda.
Larraín elige esta vez una estética vintage que remeda la del noir y los recursos técnicos del cine de la época retratada. Así se repiten escenas de ruta o calle en las que el vehículo se sacude delante de proyecciones del exterior, para generar la sensación de movimiento “a la antigua”. También se engolosina con los diálogos escalonados, que mantienen su continuidad pero que el guión y el montaje van segmentando en distintos escenarios, de modo que un personaje dice su línea en la cocina y el otro le responde en la plaza. En ambos casos se trata de juegos formales que no tienen ninguna contraparte narrativa y que quizá sólo puedan justificarse desde el capricho.
El relato avanza guiado por la voz en off del policía encargado de cazar a Neruda, decisión que aspira a redondear una atmósfera “literaria”, de hard boiled, que también se hace evidente en el vestuario y el maquillaje; en una fotografía repleta de contraluces y escenas nocturnas; y en el contraste entre los escenarios opulentos en los que se mueve el poder corrupto y la sordidez noble y orgullosa del lumpen. Así, a partir del trazo grueso, de oposiciones simplificadoras y de manera algo manipuladora, es como Larraín entiende no sólo al cine, sino a los paisajes políticos que retrata. Esa dualidad ambigua también le sirve para quedar bien con Dios y con el diablo, para que nunca quede del todo claro cuál es el punto de observación que elige como artista para pararse a retratar la historia. Aunque es evidente que su mirada siempre está más arriba que la de los espectadores y desde ahí los ilumina.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Y Neruda, la primera de sus dos últimas películas en estrenarse acá (la otra es Jackie, basada en la célebre esposa de John F. Kennedy, también de pronto estreno), resulta emblemática respecto de dicha inversión lógica. Aquí se cuenta un momento específico en la vida del poeta, segundo Nobel de Literatura chileno (el primero fue para la también poeta Gabriela Mistral). A fines de la década de 1940, siendo senador de la república en representación del Partido Comunista, Neruda debió pasar a la clandestinidad debido al pedido de captura que pesaba sobre él, en el marco de una persecución política que llevó a prisión a gran cantidad de militantes, obreros y trabajadores rurales que profesaban ideas de izquierda.
Larraín elige esta vez una estética vintage que remeda la del noir y los recursos técnicos del cine de la época retratada. Así se repiten escenas de ruta o calle en las que el vehículo se sacude delante de proyecciones del exterior, para generar la sensación de movimiento “a la antigua”. También se engolosina con los diálogos escalonados, que mantienen su continuidad pero que el guión y el montaje van segmentando en distintos escenarios, de modo que un personaje dice su línea en la cocina y el otro le responde en la plaza. En ambos casos se trata de juegos formales que no tienen ninguna contraparte narrativa y que quizá sólo puedan justificarse desde el capricho.
El relato avanza guiado por la voz en off del policía encargado de cazar a Neruda, decisión que aspira a redondear una atmósfera “literaria”, de hard boiled, que también se hace evidente en el vestuario y el maquillaje; en una fotografía repleta de contraluces y escenas nocturnas; y en el contraste entre los escenarios opulentos en los que se mueve el poder corrupto y la sordidez noble y orgullosa del lumpen. Así, a partir del trazo grueso, de oposiciones simplificadoras y de manera algo manipuladora, es como Larraín entiende no sólo al cine, sino a los paisajes políticos que retrata. Esa dualidad ambigua también le sirve para quedar bien con Dios y con el diablo, para que nunca quede del todo claro cuál es el punto de observación que elige como artista para pararse a retratar la historia. Aunque es evidente que su mirada siempre está más arriba que la de los espectadores y desde ahí los ilumina.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
viernes, 15 de julio de 2016
CINE - Murió Héctor Babenco (1946-2016): Entre la literatura y la realidad
“El cine es lo mejor que conseguí mantener vivo dentro de mí. No hago otra cosa, no soy político, no soy estudioso, sólo soy iconoclasta. Padezco y sufro el hecho de no ser algo, no tengo diploma y jamás escribiré mi obituario". Esas fueron las palabras que eligió en febrero de este año el cineasta Héctor Babenco, nacido en la Argentina (Mar del Plata, 7 febrero de 1946) y naturalizado brasileño, al presentar su última película, El amigo hindú, en San Pablo, la ciudad en la que residía desde finales la década de 1960. Hoy, cuando los cables de las agencias de noticias confirman que Babenco falleció en esa ciudad a los 70 años durante la noche del miércoles, a causa de una insuficiencia cardíaca mientras se recuperaba de una operación a la que había sido sometido el día anterior, la historia de esa película (no estrenada en la Argentina), parece contradecir al propio autor con sus giros autobiograficos. En ella un director de cine, interpretado por Willem Dafoe, es sometido a un trasplante de médula para curarse de un cáncer en el sistema linfático, más o menos las mismas circunstancias que atravesó Babenco hace poco más de una década.
Según ha contado él mismo muchas veces, se sabe que Babenco cambió la Argentina por Brasil en 1964 para evitar el servicio militar, una imposición a la que entonces debían someterse todos los varones del país al cumplir los 18 años. Una costumbre que hoy parece pertenecer a la edad de piedra en la historia de los derecho civiles en el país, pero que recién fue derogada tras el asesinato del conscripto Omar Carrasco en 1994, que puso en evidencia el sistema de abusos que representaba ese paso obligado por la vida militar, un hecho que era bien conocido por todo el mundo desde hacía décadas. Aquella deserción de Babenco vendría a ser una buena prueba de ello, y también un buen motivo para considerar al director como un exilado. Luego de un breve paso por Brasil, Babenco viajó a Europa, por donde giró varios años viviendo de changas; una de ellas fue la de interpretar pequeñísimos papeles como extra en algunos spaghetti western. Pero ya en 1969 y ante la imposibilidad de regresar a su país debido a su carácter de desertor, Babenco decidió instalarse en San Pablo, una decisión que cambió su vida, porque así de misterioso es el ingenio del destino.
Cuatro años más tarde Babenco debutaba en el cine como director de El fabuloso Fittipaldi, documental sobre la figura de Emerson Fittipaldi, por entonces el corredor de Fórmula 1 más importante de la historia brasilera (ese lugar hoy lo ocupa Ayrton Senna). En 1975 estrenó su primer largo de ficción, El rey de la noche, basado en una historia propia y guión de Orlando Senna. Dos años después fue el turno de Lúcio Flávio, el pasajero de la agonía, en la que abordó la historia real de un ladrón de bancos muy famoso en Brasil en los años ’70, que fue asesinado en la cárcel luego de revelar el entramado de corrupción que socavaba a las fuerzas policiales de Río de Janeiro. Lúcio Flávio representa también su primera adaptación al cine de un libro (la novela homónima escrita por José Louzeiro, quien junto con el chileno Jorge Durán fue uno de los guionistas del film) y su primera ficción basada en hechos reales, dos características que se volverían recurrentes dentro de su obra.
Con el estreno de Pixote, A lei do Mais Franco –o simplemente Pixote (lease “Piyote”)—, en 1981, la carrera de Babenco daría su primer gran salto de calidad, que además le valdría el reconocimiento internacional. De hecho, en la entrada que el estadounidense Peter H. Rist le dedica en su Historical Dictionary of South American Cinema, se afirma que con Pixote Babenco se convirtió en uno de “los primeros directores de cine sudamericanos en dejar su marca en todo el mundo”. Basada en Infância dos Mortos, otro libro de Louzeiro (quien por estos dos trabajos mencionados es considerado el introductor del género de no-ficción en la literatura brasileña), la película relata la historia de un chico de la calle librado a la delincuencia y los abusos de los que, 35 años más tarde, siguen siendo víctimas los niños que sufren esa clase de abandono. Seis años después del estreno y el éxito mundial de la película, su protagonista Fernando Ramos Da Silva, el niño sobre cuya historia real también estaba basado el libro de Louzeiro, fue muerto por la policía durante un confuso enfrentamiento callejero. Tenía sólo 20 años. El 27 de agosto de 1987, dos días después del asesinato de Ramos Da Silva, Homero Alsina Thevenet escribió en estas mismas páginas un texto que daba cuenta de este trágico cruce entre realidad y ficción. “Sería feliz deducir que una vez más ‘la verdad imita a la ficción’, pero entonces hay que recordar que la ficción de Pixote (como la de mucho cine social, como Viñas de ira, como el neorrealismo italiano) comenzó por alimentarse de la realidad, subrayando una denuncia implícita contra gobiernos que no han sabido encarar la verdad de una juventud marginada”.
Efectivamente Pixote abrió para Babenco la puerta de la consideración internacional. En 1985 rodaría la que puede ser considerada su obra magna, El beso de la mujer araña, basada en uno de los libros más reconocidos del escritor Manuel Puig, otro argentino exiliado en Brasil. Aunque rodada en ese país y con fondos brasileros, El beso de la mujer araña está totalmente hablada en inglés y sus protagonistas son dos de los actores más reconocidos del momento en el cine estadounidense: Raul Juliá y William Hurt, quien en 1986 ganó por este trabajo su único Oscar como mejor actor. La película recibió además otras tres nominaciones: Mejor Guión Adaptado, Mejor Película (ese año ganó África mía, de Sidney Pollack) y para Babenco como Mejor Director, categoría en la que compitió contra Akira Kurosawa, John Houston, Peter Weir y el propio Pollack (también ganador). Nada menos. Otra curiosidad: 1986 es el mismo año en que La historia oficial, de Luis Puenzo, que también había sido nominada por su guión, consiguió el primer Oscar para el cine argentino como Mejor Película Extranjera.
Tras este nuevo éxito, Babenco hilvanó una seguidilla de trabajos en Hollywood, entre los que se destaca El amor es un eterno vagabundo (Ironweed), basada en otra novela, esta vez del estadounidense William Kennedy, y protagonizada por Meryl Streep y Jack Nicholson, ambos nominados al Oscar por sus actuaciones. Sobre el curioso título que se eligió para su estreno latinoamericano, Babenco admitió durante una entrevista concedida a este diario (Martín Pérez, 14/03/2004) con motivo del estreno de su película Carandiru en la apertura del festival de Mar del Plata, que efectivamente se trataba de “un título horroroso”. “Esos distribuidores son unos criminales, cuando veo esa clase de cosas me da ganas de llamar a la policía y decirles: por favor, enciérrenlos... déjenlos apartados de la sociedad un rato para que aprendan”, completó con gracia el director.
De esa misma entrevista surge un dato curioso. Tras quejarse de “la poca circulación cultural que hay entre Brasil y la Argentina”, un problema aún sin solución, Babenco pone como ejemplo su propia sorpresa al enterarse recién al llegar a Buenos Aires que “su amigo Alan Pauls ha editado un nuevo libro del que no tenía ni idea”. Ese libro era El pasado, ganador del Premio Herralde de Novela un año antes y que Babenco luego adaptó al cine en 2007. Ese y Corazón iluminado (1998) son sus únicos trabajos realizados en Argentina, país del cual se exilió en 1964 para no tener que 000sufrir el servicio militar.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Según ha contado él mismo muchas veces, se sabe que Babenco cambió la Argentina por Brasil en 1964 para evitar el servicio militar, una imposición a la que entonces debían someterse todos los varones del país al cumplir los 18 años. Una costumbre que hoy parece pertenecer a la edad de piedra en la historia de los derecho civiles en el país, pero que recién fue derogada tras el asesinato del conscripto Omar Carrasco en 1994, que puso en evidencia el sistema de abusos que representaba ese paso obligado por la vida militar, un hecho que era bien conocido por todo el mundo desde hacía décadas. Aquella deserción de Babenco vendría a ser una buena prueba de ello, y también un buen motivo para considerar al director como un exilado. Luego de un breve paso por Brasil, Babenco viajó a Europa, por donde giró varios años viviendo de changas; una de ellas fue la de interpretar pequeñísimos papeles como extra en algunos spaghetti western. Pero ya en 1969 y ante la imposibilidad de regresar a su país debido a su carácter de desertor, Babenco decidió instalarse en San Pablo, una decisión que cambió su vida, porque así de misterioso es el ingenio del destino.
Cuatro años más tarde Babenco debutaba en el cine como director de El fabuloso Fittipaldi, documental sobre la figura de Emerson Fittipaldi, por entonces el corredor de Fórmula 1 más importante de la historia brasilera (ese lugar hoy lo ocupa Ayrton Senna). En 1975 estrenó su primer largo de ficción, El rey de la noche, basado en una historia propia y guión de Orlando Senna. Dos años después fue el turno de Lúcio Flávio, el pasajero de la agonía, en la que abordó la historia real de un ladrón de bancos muy famoso en Brasil en los años ’70, que fue asesinado en la cárcel luego de revelar el entramado de corrupción que socavaba a las fuerzas policiales de Río de Janeiro. Lúcio Flávio representa también su primera adaptación al cine de un libro (la novela homónima escrita por José Louzeiro, quien junto con el chileno Jorge Durán fue uno de los guionistas del film) y su primera ficción basada en hechos reales, dos características que se volverían recurrentes dentro de su obra.
Con el estreno de Pixote, A lei do Mais Franco –o simplemente Pixote (lease “Piyote”)—, en 1981, la carrera de Babenco daría su primer gran salto de calidad, que además le valdría el reconocimiento internacional. De hecho, en la entrada que el estadounidense Peter H. Rist le dedica en su Historical Dictionary of South American Cinema, se afirma que con Pixote Babenco se convirtió en uno de “los primeros directores de cine sudamericanos en dejar su marca en todo el mundo”. Basada en Infância dos Mortos, otro libro de Louzeiro (quien por estos dos trabajos mencionados es considerado el introductor del género de no-ficción en la literatura brasileña), la película relata la historia de un chico de la calle librado a la delincuencia y los abusos de los que, 35 años más tarde, siguen siendo víctimas los niños que sufren esa clase de abandono. Seis años después del estreno y el éxito mundial de la película, su protagonista Fernando Ramos Da Silva, el niño sobre cuya historia real también estaba basado el libro de Louzeiro, fue muerto por la policía durante un confuso enfrentamiento callejero. Tenía sólo 20 años. El 27 de agosto de 1987, dos días después del asesinato de Ramos Da Silva, Homero Alsina Thevenet escribió en estas mismas páginas un texto que daba cuenta de este trágico cruce entre realidad y ficción. “Sería feliz deducir que una vez más ‘la verdad imita a la ficción’, pero entonces hay que recordar que la ficción de Pixote (como la de mucho cine social, como Viñas de ira, como el neorrealismo italiano) comenzó por alimentarse de la realidad, subrayando una denuncia implícita contra gobiernos que no han sabido encarar la verdad de una juventud marginada”.Efectivamente Pixote abrió para Babenco la puerta de la consideración internacional. En 1985 rodaría la que puede ser considerada su obra magna, El beso de la mujer araña, basada en uno de los libros más reconocidos del escritor Manuel Puig, otro argentino exiliado en Brasil. Aunque rodada en ese país y con fondos brasileros, El beso de la mujer araña está totalmente hablada en inglés y sus protagonistas son dos de los actores más reconocidos del momento en el cine estadounidense: Raul Juliá y William Hurt, quien en 1986 ganó por este trabajo su único Oscar como mejor actor. La película recibió además otras tres nominaciones: Mejor Guión Adaptado, Mejor Película (ese año ganó África mía, de Sidney Pollack) y para Babenco como Mejor Director, categoría en la que compitió contra Akira Kurosawa, John Houston, Peter Weir y el propio Pollack (también ganador). Nada menos. Otra curiosidad: 1986 es el mismo año en que La historia oficial, de Luis Puenzo, que también había sido nominada por su guión, consiguió el primer Oscar para el cine argentino como Mejor Película Extranjera.
Tras este nuevo éxito, Babenco hilvanó una seguidilla de trabajos en Hollywood, entre los que se destaca El amor es un eterno vagabundo (Ironweed), basada en otra novela, esta vez del estadounidense William Kennedy, y protagonizada por Meryl Streep y Jack Nicholson, ambos nominados al Oscar por sus actuaciones. Sobre el curioso título que se eligió para su estreno latinoamericano, Babenco admitió durante una entrevista concedida a este diario (Martín Pérez, 14/03/2004) con motivo del estreno de su película Carandiru en la apertura del festival de Mar del Plata, que efectivamente se trataba de “un título horroroso”. “Esos distribuidores son unos criminales, cuando veo esa clase de cosas me da ganas de llamar a la policía y decirles: por favor, enciérrenlos... déjenlos apartados de la sociedad un rato para que aprendan”, completó con gracia el director.
De esa misma entrevista surge un dato curioso. Tras quejarse de “la poca circulación cultural que hay entre Brasil y la Argentina”, un problema aún sin solución, Babenco pone como ejemplo su propia sorpresa al enterarse recién al llegar a Buenos Aires que “su amigo Alan Pauls ha editado un nuevo libro del que no tenía ni idea”. Ese libro era El pasado, ganador del Premio Herralde de Novela un año antes y que Babenco luego adaptó al cine en 2007. Ese y Corazón iluminado (1998) son sus únicos trabajos realizados en Argentina, país del cual se exilió en 1964 para no tener que 000sufrir el servicio militar.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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sábado, 25 de octubre de 2014
CINE - 9° Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo: Al maestro con cariño, homenaje a Gerardo Vallejo - Entrevista con Eva Piwowarski
Entre las cosas que entendieron los responsables del Festival Tucumán Cine Gerardo Vallejo, cuya novena edición se lleva adelante en la capital de esa provincia hasta el día 2 de noviembre, se encuentra la capacidad para comprender que un encuentro de este tipo, más allá de presupuestos y posibilidades, no sólo se construye atendiendo a la última película realizada por el más joven de los directores argentinos, sino que también debe atender a contextos, a lugares y a historias. Y parece haberlo entendido ya desde su propio nombre, donde la figura de Gerardo Vallejo, cineasta fundamental dentro de las vanguardias del cine popular de las décadas del 60 y del 70, se erige casi como una declaración de principios. Un manifiesto que deja bien claro que cine popular no es aquel que convoca a miles de espectadores a las salas (aunque ese cine también puede serlo), sino aquel que se produce atento a las historias, las preocupaciones y las necesidades de una sociedad, sobre todo a las de aquellos sectores que suelen no tener acceso a los medios para expresarlas. Es por eso que el hecho de que el nombre de Vallejo, fallecido en 2007, custodie las acciones de este festival pequeño pero curado a consciencia es un buen augurio.
Por eso tampoco sorprende que entre las actividades programadas este año, más allá de las catorce películas en competencia, se encuentre la muestra Un camino en el cine, a través de la cual se le rinde homenaje a ese mítico director de origen tucumano. La misma está integrada por buena parte del archivo personal que el propio Vallejo fue construyendo y organizando a lo largo de su vida y que acaba de ser entregado en custodia al estado tucumano por Eva Piwowarski, quien fuera su última pareja. En la muestra se podrán ver recortes de diarios y revistas que dan cuenta de su recorrido artístico; críticas de sus películas publicadas por diversos medios al momento del estreno; afiches promocionales de las mismas y objetos personales entre los que se incluyen algunos de los prestigiosos premios que recibió; guiones originales y cartas enviadas por organizaciones de derechos humanos, como Abuelas o Madres de Plaza de Mayo. Fragmentos de la vida pública de un cineasta conectado con su realidad y con su tiempo. “Cuando Gerardo vivía era él mismo el que sostenía su memoria, no hacía falta estar valorizándola porque era una memoria viva”, explica Piwowarski y cuenta que recién “después de su muerte empezamos a tomar conciencia como familia de que ser custodios de una memoria que es pública podía llegar a convertirse en un acto irresponsable. Porque uno sólo no alcanza para cuidar este archivo ni para darle el destino que le corresponde”.
-El material de la muestra tiene algo de milagroso, porque ha sobrevivido incluso a los exilios de Vallejo.
-Y eso que fue uno de los primeros exiliados, porque se fue en 1974. Faltaban dos años para el golpe pero ya arreciaba la Triple A y él con su cámara se había vuelto un personaje peligroso. Gerardo sufrió el exilio como consecuencia de su oficio de director de cine testimonial y político vinculado a lo social, y eso significó que fuera llevando consigo estos retazos de su memoria pública, pero al mismo tiempo fue dispersando su patrimonio audiovisual, con las películas que realizó en Panamá y en España.
-Siempre me sorprende la paradoja de que en aquella época “los peligrosos” fueran, por ejemplo, personas con una cámara.
-Pero no sólo eso. Imaginate que su gran compañero para muchos de aquellos trabajos era Miguel Ángel Estrella: un piano y una cámara eran los símbolos del peor peligro para aquel poder. Trabajaban para el Canal 10 y ponían al aire la cultura popular, las historias, las leyendas, lo problemas de la gente tucumana. Y era tan exitoso, que la Cámara de Comerciantes le dio un premio porque a partir del programa había aumentado la venta de televisores en la provincia. Lamentablemente todo aquel trabajo se ha perdido durante la dictadura.
-¿Cuál fue el criterio para realizar este collage de su vida pública?
-Me basé en sus libros y en lo que me transmitió a través de su memoria oral, en lo que compartimos. Pero utilicé un criterio político y cinematográfico antes que personal, buscando lo que fuera más representativo de cada etapa de su vida.
-¿Eran muy distinto el Vallejo público que podemos conocer a través de esta muestra del Vallejo íntimo, del hombre con el que conviviste?
-Era un artista bohemio pero a la vez un tipo consciente, atento a la realidad. Esas dos partes de su vida estaban regidas por una coherencia de pensamiento, cuya principal preocupación era la de poder convertirse en testimonio.
-Una imagina que la persecución, el exilio o la destrucción de una obra deben ser dolorosas. ¿Qué es lo que más le dolía a Vallejo de todo eso?
-Él vivió el exilio deseando volver para darle protagonismo al pueblo. Sufrió mucho en los 90, que fueron como el fin de la inocencia. Pero Gerardo no se sentía protagonista, no sufría por él: a él le dolían las penurias del pueblo.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino
Por eso tampoco sorprende que entre las actividades programadas este año, más allá de las catorce películas en competencia, se encuentre la muestra Un camino en el cine, a través de la cual se le rinde homenaje a ese mítico director de origen tucumano. La misma está integrada por buena parte del archivo personal que el propio Vallejo fue construyendo y organizando a lo largo de su vida y que acaba de ser entregado en custodia al estado tucumano por Eva Piwowarski, quien fuera su última pareja. En la muestra se podrán ver recortes de diarios y revistas que dan cuenta de su recorrido artístico; críticas de sus películas publicadas por diversos medios al momento del estreno; afiches promocionales de las mismas y objetos personales entre los que se incluyen algunos de los prestigiosos premios que recibió; guiones originales y cartas enviadas por organizaciones de derechos humanos, como Abuelas o Madres de Plaza de Mayo. Fragmentos de la vida pública de un cineasta conectado con su realidad y con su tiempo. “Cuando Gerardo vivía era él mismo el que sostenía su memoria, no hacía falta estar valorizándola porque era una memoria viva”, explica Piwowarski y cuenta que recién “después de su muerte empezamos a tomar conciencia como familia de que ser custodios de una memoria que es pública podía llegar a convertirse en un acto irresponsable. Porque uno sólo no alcanza para cuidar este archivo ni para darle el destino que le corresponde”.
-El material de la muestra tiene algo de milagroso, porque ha sobrevivido incluso a los exilios de Vallejo.
-Y eso que fue uno de los primeros exiliados, porque se fue en 1974. Faltaban dos años para el golpe pero ya arreciaba la Triple A y él con su cámara se había vuelto un personaje peligroso. Gerardo sufrió el exilio como consecuencia de su oficio de director de cine testimonial y político vinculado a lo social, y eso significó que fuera llevando consigo estos retazos de su memoria pública, pero al mismo tiempo fue dispersando su patrimonio audiovisual, con las películas que realizó en Panamá y en España.
-Siempre me sorprende la paradoja de que en aquella época “los peligrosos” fueran, por ejemplo, personas con una cámara.
-Pero no sólo eso. Imaginate que su gran compañero para muchos de aquellos trabajos era Miguel Ángel Estrella: un piano y una cámara eran los símbolos del peor peligro para aquel poder. Trabajaban para el Canal 10 y ponían al aire la cultura popular, las historias, las leyendas, lo problemas de la gente tucumana. Y era tan exitoso, que la Cámara de Comerciantes le dio un premio porque a partir del programa había aumentado la venta de televisores en la provincia. Lamentablemente todo aquel trabajo se ha perdido durante la dictadura.
-¿Cuál fue el criterio para realizar este collage de su vida pública?
-Me basé en sus libros y en lo que me transmitió a través de su memoria oral, en lo que compartimos. Pero utilicé un criterio político y cinematográfico antes que personal, buscando lo que fuera más representativo de cada etapa de su vida.
-¿Eran muy distinto el Vallejo público que podemos conocer a través de esta muestra del Vallejo íntimo, del hombre con el que conviviste?
-Era un artista bohemio pero a la vez un tipo consciente, atento a la realidad. Esas dos partes de su vida estaban regidas por una coherencia de pensamiento, cuya principal preocupación era la de poder convertirse en testimonio.
-Una imagina que la persecución, el exilio o la destrucción de una obra deben ser dolorosas. ¿Qué es lo que más le dolía a Vallejo de todo eso?
-Él vivió el exilio deseando volver para darle protagonismo al pueblo. Sufrió mucho en los 90, que fueron como el fin de la inocencia. Pero Gerardo no se sentía protagonista, no sufría por él: a él le dolían las penurias del pueblo.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino
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miércoles, 6 de agosto de 2014
LIBROS - Un fantasma polaco en Buenos Aires: I Congreso Internacional Witold Gombrowicz
El mundo literario argentino del siglo XX encaja casi a la perfección dentro de aquella definición que Borges diera informalmente alguna vez acerca de la tradición literaria argentina, a la que consideraba una raza mestiza heredera de la literatura universal. La literatura nacional de ese período excede largamente lo producido por autores argentinos, categoría en la que se incluye a quienes, como Julio Cortázar, les tocó nacer fortuitamente en otra parte, pero cuya sangre es de naturaleza indudablemente nativa. Queda claro que una cosa es la literatura argentina del siglo XX, entendiendo esto como el conjunto de obras producidas por esos autores, y otra muy distinta el mundo literario que sirvió de caldo de cultivo ineludible para que estas obras al fin surgieran. Un ecosistema vastísimo que tanto incluye a extranjeros que escribieron lo mejor de su obra en el país; a argentinos que escribieron gran parte de su obra en el extranjero (Cortázar mismo) o directamente en otro idioma. Y también a extranjeros que sin haber escrito una sola palabra en español, de todas formas llegaron a constituirse en figuras fundamentales de uno de los universos literarios más ricos del siglo pasado.Si no fuera así, ¿en donde metemos a Horacio Quiroga, uruguayo, sí, pero cuyo trabajo es muy difícil de obviar cuando se habla de la literatura producida a este lado del Río de la Plata? ¿A dónde ponemos a J. Rodolfo Wilcock, poeta y narrador que escribió seis libros de poesía en español antes de mudarse a Italia, donde escribió el grueso de su obra en prosa en la lengua del Dante? Y, por fin, ¿qué tenemos que hacer con Witold Gombrowicz, ese polaco mítico que habiendo vivido 24 años en Buenos Aires sin escribir ni una sola página de su obra originalmente en castellano, de todas formas acabó por convertirse en uno de los personajes más influyentes dentro de constitución del panorama literario argentino de la época? Uno de los movimientos sutiles que se intuyen detrás del Primer Congreso Internacional Witold Gombrowicz, que se realizará a partir de mañana y hasta el próximo domingo en las instalaciones de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, es justamente un acto de sinceramiento, el intento definitivo de la literatura argentina para apoderarse de don Witold. Tal vez no de su obra, que como se ha dicho fue escrita por completo en su lengua nativa, pero sí de su figura; de los pasos con los que deambuló por las veredas porteñas durante casi un cuarto de siglo, seguido por un cortejo de fervientes discípulos que lo adoraban; de lo que su aura de influencia le ha dejado de vital a buena parte de las letras nacionales. Una tarea tan demorada y resistida como necesaria.
Buena muestra de ello representan la participación en el congreso de importantes nombres como los de los escritores Martín Kohan, Fernanda García Lao, Guillermo Martínez y María Rosa Lojo, junto al crítico teatral Jorge Dubatti y medio centenar de intelectuales de dieciséis países dispuestos a dar fe de la importancia e influencia de Gombrowicz y su obra en Polonia y en la Argentina. Es decir: en sus países. No por nada los organizadores eligieron que este primer Congreso Internacional Witold Gombrowicz en honor del escritor coincidiera con el 75 aniversario de su llegada al país.
El mismo estará centrado en la vida y obra del excéntrico y genial escritor, que vivió exiliado en Argentina desde 1939 hasta 1964, año en que regresó a Europa para consagrarse definitivamente. Allá recibió en 1967 el premio Formentor, el mismo que había catapultado a escala global a la figura y la obra de Jorge Luis Borges. Además de los expositores, quienes participarán de diversas charlas y conferencias, el Congreso Internacional Witold Gombrowicz incluirá un ciclo de teatro, una película propia (Forastero en todas partes, un documental que se presentará en carácter de película en construcción), visitas guiadas y una muestra con trabajos de cuarenta ilustradores que se inspiraron en sus textos y que va a estar montada en la Biblioteca Nacional durante los cuatro días de actividades. Una vez concluido el Congreso, la idea es reunir esas cuarenta imágenes en un libro de arte de calidad, ideal para fetichistas, coleccionistas y amantes del estilo juguetón, rebelde y provocador de Gombrowicz.
Entre los fundamentos que motivan este Congreso Gombrowicz, sus organizadores mencionan la necesidad de darle a la obra del escritor la "difusión, resonancia y reconocimiento que merece" y proponen este espacio "como una excusa para volver a pensar a Gombrowicz desde diferentes perspectivas". Pero no se quedan en eso: este congreso pretende además "convertirse en un espacio de discusión" sobre la obra de Gombrowicz, "pero también de disfrute". Porque si algo intentó aquel polaco travieso durante sus duros pero productivos años en la Argentina, fue transmitir la idea de que la literatura es arte, pero también juego.
Para recordar
El I Congreso Internacional Witold Gombrowicz se realizará del 7 al 10 de agosto en la Biblioteca Nacional, Agüero 2502. Para consultar la grilla completa de actividades, consultar en: www.congresogombrowicz.com.
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martes, 17 de septiembre de 2013
CINE - 2° Festival Internacional UNASUR Cine - Entrevista con Nicolás Favio, hijo de Leonardo Favio
Nicolás realizó un mini recital en el que incluyo sentidas y vibrantes interpretaciones de algunas de las canciones de su padre, que tuvo su pico de emoción cuando llegó el turno de una energética versión del clásico “Pantalón cortito”, coreada por un auditorio desbordado en su capacidad y gente abarrotada hasta en las escaleras. El cierre de la presentación de Favio hijo no podía ser más apropiado, con el músico a cargo de la guitarra y María Barrios en la voz líder, interpretando una dulce versión de “Que se parece a Jesús”, canción que pone en evidencia la sensibilidad popular de la poesía de Leonardo Favio. “Cada vez que escucho esa canción pienso: ‘quiero ser como él’, pero es muy difícil”, confiesa Nicolás Favio, declarando un amor incondicional por la obra musical de su padre. “No soy cineasta, soy músico, entonces no puedo decir nada de sus películas que ya todos no sepan. Pero como cantante y compositor me parece cada día más grosso: ¡cómo canta mi papá!”, insistió el músico, que en estos momentos se encuentra preparando un disco producido por el guitarrista Pilín Masei, también presente en el homenaje. “Tenía la voz como un trueno”, dice Nicolás sobre su padre, “porque cuando abrió la boca y se enteraron en todo el continente. Nadie puede cantar como él: si Beethoven hubiera cantado, lo habría hecho como mi papá, siento que tienen el mismo temperamento sentimental y pasional.”
Pero hablar de Leonardo Favio con su hijo es también hablar de política, de la dictadura, del exilio que su familia debió soportar tras el golpe cívico militar de 1976. “Todavía me queda un poco el acento de cuando vivimos en Colombia. Pasé ahí mi niñez y mi adolescencia, de los 8 a los 17 años, y ahí empecé a tocar música. Pero antes de eso vivimos por todas partes: empezamos en La Plata después México, La Plata de nuevo, Mendoza, Las Catitas, en México. Y al final Colombia: fuimos por 6 meses y nos quedamos 10 años.”
-¿Ese fue el recorrido del exilio?
-Claro. Pero mi papá había empezado a viajar antes. Salía de la Argentina para cantar y sus giras duraban 7 meses por ahí. Entonces cuando tuvimos que irnos, decidimos ir a México, porque de ahí por ejemplo se iba quince días a Ecuador y volvía a vivir dos semanas con nosotros, se iba otros quince días a Colombia y volvía. Así era el trabajo de él. Mi mamá lo acompañaba al principio, cuando podíamos quedarnos con mis abuelos y después lo empecé a acompañar yo, cuando ya trabajaba con él.
-¿Tocabas en su banda?
-¡No! Era plomo, cargaba equipos y esas cosas. Igual ya me había metido en el tema de la música y aprendía mucho estando con sus músicos.
-Es decir que durante el exilio tu papá vivía de la música.
-Sí. Le ofrecieron filmar en Colombia, pero el no quiso, porque decía que necesitaba conocer a fondo la idiosincrasia de un pueblo. Yo me hice colombiano enseguida, porque los niños se adaptan rápido. En cambio él tenía otra carga encima, quería volver acá. Volver para contarle al pueblo su historia, eso es lo que yo creo. Él no volvió para poder filmar, sino que vino a contarle al pueblo su historia, de eso puedo darme cuenta recién ahora.
-Debe haber sufrido mucho en el exilio.
-Todos sufrimos muchas cosas, muchas. El arrancarnos de mis abuelos maternos, que eran parte de la familia, pero no podíamos irnos todos. Eso sí que fue… ¡ah!
-¿Qué edad tenías cuando pasó eso?
-La primera vez fue en 1976, cuando tenía 5 años y fue muy duro porque con mi abuelo nos manteníamos juntos todo el día. Más que con mi papá y mi mamá. Si mis papás se iban a mi me importaba tres carajos, pero mi abuela y mi abuelo eran mi mundo. Eran los que me soltaban la bolsa con todos los juguetes, la Pelopincho… fue un quiebre para todos.
-¿Qué recuerdos tenés de entonces?
-De mi más pequeña niñez tengo memoria de un show de mi papá, o dos. Después ya estaba prohibido. Me acuerdo que un día el ejército entró a mi casa y mi abuelo escondió una foto que tenía de mi papá con Perón, porque alguien le había avisado que venía la requisa. Me acuerdo que me desperté y tenía toda la cama rodeada de soldados, porque revisaban todo, por todos lados. Mi abuela les gritaba: “¡no asusten al nene!”. Todavía me acuerdo de la cara de vergüenza de aquellos hombres.
-¿Y qué sentís hoy por esos hombres?
-Un desprecio total. Qué no vuelvan nunca más. Pero eso no lo tengo siempre en la cabeza, porque sino no viviría, y soy una persona que disfruta todo el tiempo.
-¿Hay algo de herencia paterna en ese vivir disfrutando?
-Mi familia es así y yo tengo sólidas raíces. Mi papá disfrutaba de la vida también, pero eso es más de mi mamá. Por ejemplo, a los siete años le tenía mucho miedo a los retenes militares, y cada vez que veíamos uno en la ruta me ponía de todos los colores. Porque a los siete años ya sabía lo que pasaba. Sin embargo mis padres siempre tuvieron un modo creativo, entonces por ahí pasábamos un retén y mi mamá sacaba enseguida unas empanaditas que tenía guardadas, mi papá ponía a Facundo Cabral, parábamos a la orilla de la ruta, tirábamos una manta ahí y mamá nos contaba historias. Y con eso nos sacaba el estrés que nos producía esa situación. Porque yo era un nene, pero ya sabía que mi papá estaba prohibido y cuando entraba en un retén veía las fotos de los “buscados”, de “los subversivos”. Los compañeros perseguidos, en realidad. Me acuerdo que ponía cara de mirar para otro lado, mi mejor cara de boludo, porque me sentía parte de ellos. Sabía que nos estaban buscando y que podía pasar cualquier cosa. Eran situaciones en que la familia corría mucho riesgo, porque papá era un personaje de perfil muy alto en todo el continente, y podían atacarlo a él a través de nosotros.
-¿Alguna vez te incomodó ese alto perfil que decís que tenía tu viejo?
-No, porque mi papá no era famoso: era querido.
-¿Cuál es la diferencia?
-Famoso puede ser cualquiera, pero a mí papá la gente además lo quería. Todavía me pasa: puedo ir a Chile, a Dominicana, y cuando se enteran de que soy hijo de Leonardo Favio te abren las puertas de su casa. ¿Cómo responder a eso? Con cariño, con respeto, con gratitud. Es cariño lo que mi papá despertaba en la gente.
-¿Y esa herencia de cariño te genera alguna responsabilidad?
-Obviamente. Es una bella responsabilidad.
-¿Y tu camino en la música?
-Esa es una responsabilidad conmigo. A él no le va a importar si hago buena o mala música. Él querría que lo hiciera lo mejor posible, pero por mí. Mi responsabilidad es hacerlo lo mejor que pueda, porque amo lo que hago, y ya con eso sé que voy bien.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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