viernes, 9 de mayo de 2014

LIBROS - Waldhuter ofrece en la Feria más de seis mil libros inéditos en la Argentina

No está mal pensar en la Feria del Libro como se piensa una obra literaria: pudiendo comprobar en ella la riqueza de lo que ofrecen sus expositores, es imposible no pensar en todo lo que falta, en aquellos libros que, por el motivo que sea, no han llegado a editarse en el país. Las abuelas dirían que se trata del lamento del que tiene la panza llena; tan cierto que para los verdaderos amantes de la lectura no hay libros que alcancen. Para ellos, este año el stand de Waldhuter vuelve a presentarse como la tierra prometida. 
Waldhuter es una distribuidora que gestiona en la Argentina los catálogos de prestigiosos sellos españoles y de América Latina, ofreciendo más de 6000 títulos que de otro modo serían inconseguibles. Más de un millar son novedades. Las españolas Acantilado, Atalanta, Alpha Decay, Impedimenta, Libros del Asteroide, Nórdica y Periférica son parte de las casas editoras representadas. Pero también Cuarto Propio, Metales Pesados, Tajamar y Diego Portales de Chile, o Almadia y Red Altexto, ambas de México. "Nuestro objetivo es hacer llegar a las librerías proyectos editoriales nuevos, con ediciones cuidadas tanto en lo que refiere a contenido como al diseño", afirma Gabriel Waldhuter, responsable de la distribuidora. "Realizamos la distribución de forma ‘artesanal’, es decir que nos dedicamos a personalizar la entrega: seleccionamos los títulos a partir de las características de cada librería."  

–¿Cómo llegan a ese criterio de selección?  
–Para nosotros es importante tener un ida y vuelta con el editor, conocer cuál es el proyecto editorial que publicará durante el año, la cantidad de novedades, autores.  
–¿Por qué esos títulos no tienen ediciones nacionales?  
–El motivo principal es que no se trata de best sellers. Son títulos que el editor español, mexicano o chileno imprime en su país, pensando en su mercado y también en el mercado hispanohablante. En su gran mayoría se trata de tiradas de 1000 a 1500 unidades. En muchos casos la cantidad que traemos no supera los cinco ejemplares por título: hacer tiradas locales de estos libros no sería viable comercialmente.  
–¿Qué problemas involucra trabajar con ediciones extranjeras?  
–Digamos que en estos momentos es un problema, aunque nosotros hemos ingresado nuestros pedidos con total normalidad y tiempo a través de los convenios de importación que tienen la Cámara Argentina del Libro y la Secretaria de Comercio de la Nación. Más allá de lo comercial, el libro es la herramienta fundamental en la formación y transformación de una sociedad. Por lo tanto, consideramos que debería tener libre circulación en el mercado hispanohablante, y con esto me refiero a la posibilidad de importación, es decir, de circulación de libros producidos por editoriales extranjeras y no a la importación de industria gráfica (es decir, de editoriales argentinas que imprimen fuera del país), que es otro asunto.  
–¿Realizan trabajo como editores?  
–Sí, el sello se llama Waldhuter Editores. Nos dimos cuenta, después de años de distribución, que algunos títulos que representábamos comenzaron a faltar en las librerías. Entonces tratamos de rescatarlos consiguiendo los derechos de los mismos y haciendo nuevas traducciones. Fue el caso de Los géneros del discurso de Tzvetan Todorov. Pero también apostamos a títulos no traducidos, como ¿Adónde va la verdad? de Pierre de Roo, o La memoria saturada de Regine Robin. Para ello realizamos búsquedas temáticas de autores no traducidos nunca al español y que tengan una línea de pensamiento parecida a la nuestra.  
–¿Dónde se podrá conseguir los títulos distribuidos por Waldhuter luego de la Feria?
–En las librerías de Corrientes, Callao y Avenida Santa Fe. Y también en el circuito de librerías de Palermo y San Telmo. «

Para visitar En la Feria del Libro Distribuidora Waldhuter ocupa el stand 520, dentro del Pabellón Azul.

Los 12 recomendados de Waldhuter  

1- Insolencia, literatura y mundo, de Guillermo Fadanelli, Editorial Almadia.  
2- La chica de Nueva Inglaterra, de Sherwood Anderson, Editorial Nórdica.  
3- El pequeño guardia rojo, de Wenguang Huang, Editorial Asteroide.  
4- La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine, Editorial Acantilado.  
5- La lección de música, de Pascal Quignard, Editorial Funambulista.  
6- La posesión de Loudun, de Michel de Certeau, Universidad Iberoamericana.  
7- Escribir, ensayos sobre literatura, de Robert Louis Stevenson, Editorial Paginas de Espuma.  
8- Una historia secreta de la consciencia, de Gary Lachman, Editorial Atalanta.  
9- Querido Diego, te abraza Quiela, de Elena Poniatowska, Editorial Impedimenta.  
10- Peking by Nigth, de Svetislav Basara, Editorial Minúscula.  
11- Breaking Bad, de varios autores, Editorial Errata Naturae.  
12- Todo ajeno, de Natalia Litvinova, Editorial Vaso Roto.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 8 de mayo de 2014

CINE - "Silencio del más allá" (The quiet ones), de John Pogue: De vuelta en los '70

Como ocurriera el año pasado con El conjuro (James Wan), Silencio del más allá del británico John Pogue elige un pasado rico en imaginería para ambientar una historia de miedo. Como en el film de Wan, ese viaje a los años ‘70 no es un detalle menor, sino un elemento central del relato. En principio porque esa década, si bien ya se encontraba regida por una visión moderna del mundo, aun conservaba estructuras de pensamiento que permitían sostener elementos y costumbres de tradición casi medieval. Para decirlo con ejemplos claros, en los ‘70 convivían la llegada del hombre a la luna y el asentamiento de la tecnología digital, con personajes como el mentalista Uri Geller y el auge de sectas místicas u ocultistas que encontraron en el hippismo y la psicodelia excusas ideales para renacer. 
Pero también hay motivos cinematográficos para que producciones del siglo XXI elijan volver a ese momento. En primer lugar que el cine supo ser un reflejo fiel de su época: títulos como El exorcista (William Friedkin, 1973) o La profecía (Richard Donner, 1976) dan perfecta cuenta de esa dualidad. Y en segundo término, porque en el actual apogeo de las tecnologías digitales aplicadas al cine, la posibilidad de jugar con formatos tan ricos como el fílmico de 16 mm o Súper 8, virtualmente obsoletos desde lo industrial pero todavía vigorosos desde lo artístico, permiten a los cineastas enriquecer sus trabajos. Sobre todo de cara a un auditorio joven que tal vez nunca haya tenido la posibilidad de disfrutar en una sala de su potencia visual.
En esas columnas se sostiene estética y narrativamente Silencio del más allá, ahí se encuentran los cimientos del escurridizo discurso del protagonista. El profesor Coupland (Jared Harris) es psicólogo y dirige un experimento cuyo sujeto es Jane Harper, una joven afectada por un mal que incluye autoagresión, cierta histeria y la manifestación de una personalidad dividida, síntomas en los que también se reconoce el perfil de la posesión satánica. Lo que Coupland intenta probar es que aquello que la superstición achaca al diablo es en realidad obra de un desorden subconsciente. Él lidera un reducido grupo de estudiantes que lo apoyan, incluyendo a Sam, un joven camarógrafo encargado de filmarlo todo, y su trabajo es financiado por una tradicional universidad británica. Los edificios medievales y los acordes de “Cum on feel the noize”, en el original de Slade que escuchan los jóvenes investigadores, se combinan muy bien para graficar la dualidad de la época y generan el ambiente propicio para pegar unos cuantos buenos sustos.
Pero los tornillos del relato van comenzando a aflojarse de a poco. Aunque los sustos se sostienen, al final ya no alcanza con las imágenes de grano grueso tomadas por la cámara de Sam, ni con los ambiguos métodos de Coupland, que afirma ser científico pero cuyas sesiones son más espiritistas que terapéuticas. Tampoco alcanza con el gran trabajo de Harris, porque cuando Silencio del más allá empieza a repetir lo que ya se vio muchas veces, se convierte en un film previsible y sin alma propia.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

sábado, 3 de mayo de 2014

LIBROS - "La última palabra", de Guido Indij: Respuestas que matan

No son pocos los que defienden a la conversación como si se tratara de una de las Bellas Artes. Nombres de la talla de Robert L. Stevenson se encuentran entre sus defensores y una buena cantidad de conversadores seriales defienden al género desde la práctica. Basta recordar, que tal vez la mejor obra del Borges crepuscular se encuentre en aquellos registros que recogen los infinitos diálogos que sostuvo con diferentes interlocutores. Un poco de eso se trata La última palabra, Las respuestas más ingeniosas y demoledoras del siglo XX (Asunto Impreso) libro que recopila gran cantidad de breves diálogos o, más bien, el final de ellos, en los que uno de los protagonistas da por concluida la charla con una de esas respuestas que lo dejan al otro sin palabras.
Guido Indij, editor de sellos como Interzona o Marea y responsable de seleccionar esas perlas efímeras, lo explica claramente en el prólogo de su libro. "Cuántas veces nos habrá ocurrido que, tras una fuerte discusión de la que nos desembarazamos tras dar o recibir un portazo, mientras nos alejamos del escenario en que se produjo, se nos aparece la respuesta perfecta, la que tendríamos que haber dado un momento antes. ¡Hubiéramos sido geniales!" Lo que hace Indij es reunir en las páginas de su libro innumerables ejemplos de personas a quienes semejante cosa parecía no ocurrirle, porque tenían el don de la última palabra. Woody Allen, Alfred Hitchcock, Groucho Marx, Bernard Shaw, Maradona, Perón y el propio Borges forman parte del equipo de los grandes conversadores. "No soy un buen conversador", admite Indij, "pero admiro y disfruto de presenciar o participar de conversaciones con aquellos que tienen ese don, que se me hace más de un pasado en el que el tiempo, los medios y la tecnología no conspiraba contra el gentil arte de la charla."

–¿El talento para encontrar la mejor respuesta es un bien escaso?
–La conversación tiene un tiempo de interlocución que no permite pausas extensas sin producir cierta incomodidad. El libro rinde homenaje al don de la réplica que nos deja a los otros con rabia y fuera de lugar cuando ya estando solos damos con la mejor de las respuestas, la que nos hubiera hecho quedar "como duques". 
–¿Cuáles fueron las fuentes y rutas de acceso a las citas escogidas?
  –Tengo muchas libretas en las que anoto distinto tipos de ideas, donde trato de relevar y clasificar sonidos, palabras, modismos, gestos. En este caso, la necesidad de publicar esta compilación de respuestas brillantes coincidió con que la libreta en las que las apuntaba se estaba quedando sin páginas. Pero sólo con mis notas no alcanzaba para hacer un libro, por eso consulté con amigos lectores. Y con Google. Finalmente, siendo que mi actividad principal es la de editar libros, decidí contratar a un editor externo, Federico Levín, que realizó importantes aportes a la obra.
–¿Cómo se explica que la presencia femenina sea tan limitada en un libro dedicado justamente a la conversación, actividad que durante siglos se quiso atribuir compulsiva y exclusivamente a las mujeres?
–Bueno, es que no sólo hay en el libro un conjunto de réplicas geniales, sino que son escogidas entre hombres y mujeres famosos que habitaron el siglo XX. Y así fue el siglo pasado, fueron más los hombres que las mujeres los que se destacaron en los campos del arte, la literatura y la política.
–¿Tenés material para un segundo volumen de La última palabra?
–Sí, porque, como te decía, cuando armamos el libro preferimos limitarlo al siglo XX y decidimos dejar el convoy de conversadores de otros siglos para otros volúmenes. Debo reconocerte que hicimos algo de trampa con Oscar Wilde, que falleció en 1900.
–Al leer el libro pareciera que el beneficio de la última palabra es a la vez una victoria pero también una responsabiliad.
  –¿Por que decís que una responsabilidad? A mí me gusta tener la última palabra. ¿Qué querés que te diga? Pero últimamente aprendí que también funciona imponer el último silencio, o sea, bajarse de la conversación cuando el interlocutor dice algo suficientemente imbécil o fuera de lugar como para dejar su última palabra flotando en el aire. ¡A ver si se escucha!
–Me refería a algo que se desprende de un libro de Schopenhauer, El arte de tener razón: a veces tener la última palabra es un ejercicio en el que sólo importa humillar al interlocutor. ¿Creés que tiene el mismo valor una respuesta ingeniosa y sorprendente, que otra que también lo es pero que además busca deliberadamente ofender, agredir o humillar?
–Me interesa la gimnasia de la réplica como un ejercicio y demostración de inteligencia, rapidez, sentido de la oportunidad. Humillar al adversario, si bien puede tener un buen sabor, no es de caballeros. La agresión no tiene estilo, la ofensa es un retroceso en este arte. Más galante es dejar al interlocutor en offside, hacerlo trastabillar en la conversación, cambiarle el ritmo, dejarlo pensando, sin respuesta, prefiriendo abandonar la partida.

En la Feria del Libro
La editorial Asunto Impreso comparte el stand 314 con Interzona, Marea y La Marca Editora.

Respuestas con genio incluido

En una oportunidad, Winston Churchill, fornido primer ministro inglés, le comentó al delgadísimo dramaturgo George Bernard Shaw: 
–Al verlo, todo el mundo pensaría que el hambre reina en Inglaterra. 
Y el dramaturgo respondió: 
–Al verlo, todo el mundo pensaría que usted es la causa. 

En una reunión social parisina, Salvador Dalí fue presentado a la actriz Madelaine Renaud. Ella se atrevió a decirle: 
–Creame que lo admiro mucho, señor. 
–Yo también, señora.
–¡Ah! ¿Me ha visto actuar? 
–No, señora, me refería a que yo también me admiro mucho. 

Durante una entrevista realizada a fines de la década de 1960, un periodista le preguntó al Papa Juan XXIII: 
–¿Cuántas personas trabajan en el Vaticano? 
–Alrededor de la mitad–, respondió el recién santificado padre.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 2 de mayo de 2014

LIBROS - "Los perritos bandidos", de Silvia Urich: Los políticos que amaban a los animales

Esta semana volvió a celebrarse el Día del Animal, que como los los 29 de abril desde 1908 se conmemora por iniciativa del entonces director del zoológico, Clemente Onelli, y de Ignacio Albarracín, director de la Sociedad Argentina Protectora de los Animales (SAPA), fundada en 1879 por inspiración del ex presidente de la república Domingo F. Sarmiento, cuyo primer presidente fue el poeta Carlos Guido Spano y que tuvo como miembro a Bartolomé Mitre. Semejante rosario de nombres revela hasta qué punto el desarrollo del proteccionismo de los animales en la Argentina representa un costado poco visitado desde el que es posible rever la historia. Justamente el libro Los perritos bandidos, de la especialista Silvia Urich, ofrece un recorrido detallado por el devenir histórico del proteccionismo, revelando al mismo tiempo facetas poco conocidas de grandes personajes. Para Urich la cosa puede ser vista de un modo más profundo. “Yo ampliaría ese concepto para describirlo como una historia cultural”, dice la autora. “Las consecuencias de las acciones llevadas a cabo por las personalidades que mencionás, además de otras como Juan Domingo Perón, pero también por los integrantes de las instituciones protectoras, hoy se advierten en las prácticas, valores y significados del conjunto de la sociedad. En la Argentina hay una tradición proteccionista diferente a la de otros países.”
Para quienes no conozcan ese perfil de la historia puede ser curioso como esas acciones resignifican o ratifican la idea que se tiene de algunos próceres. El caso de Sarmiento es paradigmático y su obra proteccionista vuelve a marcar sus paradójicas contradicciones. ¿Es posible explicar cómo convivían el amor por los animales con el menosprecio por culturas a las que no dudó en definir como salvajes? No pocas veces se ha intentado minimizar su desprecio por los pueblos nativos, asimilándolo al paradigma de pensamiento imperante en su tiempo. El libro de Urich recoge unas rimas humorísticas publicadas por el semanario El Mosquito, uno de los primeros dedicados al humor político en el país y que tenía a Sarmiento entre sus víctimas favoritas. En ellas utilizan el fervor sarmientino por los animales, para reprocharle su desdén por las culturas originarias: “…Tú proteges a potrillos/ Toros, vacas y carneros/ Carpas, ovejas, corderos/ y novillos/ Pero no a los indiecillos.” Más allá de esa contradicción, Urich destaca la importancia de las políticas llevadas adelante por él y sus compañeros de la SAPA. “En el período de las transformaciones modernizadoras que se inicia a fines del siglo XIX cobra fuerza la idea de que la protección de los animales y la erradicación de los actos de crueldad era una de las ‘instituciones civilizadoras’ que contribuiría al progreso de la sociedad. En ese contexto, hay un fuerte rechazo por ciertas prácticas culturales locales o foráneas como las corridas de toros, que en realidad nunca tuvieron mucho arraigo en el Río de la Plata. Sarmiento tuvo ocasión de frenar algunos intentos por reinstalarlas justo en el período en el que presidió la SAPA”. Como presidente de la entidad impulsó de la Ley 2786, la primera de protección de animales, promulgada tres años después de su muerte y conocida en su honor como Ley Sarmiento.
Diferente es el caso de Perón, a quien puede considerarse en la vereda política opuesta de Sarmiento, pero que sin embargo compartía la pasión animal. “En cuestión de protección de animales hay más coincidencias que diferencias”, confirma Urich. “Sarmiento dejó más testimonios escritos porque durante cuatro años fue presidente de la SAPA. Él organizó la primera –y multitudinaria– marcha a Plaza de Mayo en favor de los animales y reunió firmas para oponerse a un intento por restablecer las corridas de toros. Del mismo modo, Perón, que detestaba el maltrato de animales y los espectáculos crueles, también impulsó leyes para protegerlos. Siendo Presidente envió varios proyectos al Congreso, uno en 1947, otro en 1951 y finalmente el que logró la sanción, en 1954. El gran aporte de esa ley es que se trata de una norma de carácter federal: es la Ley Penal 14.346 que aún está vigente, pero a la que erróneamente también se menciona como… ¡Ley Sarmiento!”
El título del libro de Urich hace referencia al modo familiar en que Perón llamaba a sus mascotas favoritas, una larga dinastía de perritos caniches a los que solía bautizar siempre con los mismos nombres. Perros de un linaje tan notable que motivaron un fantástico comentario por parte de Evita, que el libro reproduce. “Si en lugar de ladrar supieran hablar, me putearían”, bromeaba la primera dama. Otro hecho poco difundido que el libro documenta es la labor como director del zoológico de Buenos Aires realizada por Mario Perón, quien ocupo ese cargo al mismo tiempo que su hermano menor, Juan Domingo, se desempeñaba como presidente de la República. 
Para Urich la “historia que mejor ilustra” el amor de Perón por los animales, es su vínculo con sus caniches. “De todos los perros que lo acompañaron en el destierro fue con Canela con el que estableció el vínculo más profundo y al que, según sus propias palabras, quiso como a un ser humano. Cuando el caniche murió, en 1966, Perón tardó varios días en rendirse a la evidencia hasta que al fin lo enterró bajo un algarrobo en el parque de la quinta 17 de Octubre, en España. En su recuerdo hizo tallar el epitafio: Canela. El mejor y más fiel de los amigos. 1955−1966". A diferencia de Sarmiento, las políticas impulsadas por Perón en defensa de los animales no hacen sino reafirmar su trabajo social a favor de los más desprotegidos. Otra coincidencia inesperada y paradójica de la que el libro da cuenta es la del proyecto que buscaba mejorar la Ley Sarmiento, impulsado en mayo de 1948 por el diputado radical Ernesto Sammartino, quien curiosamente un año antes había acuñado la lamentable expresión “Aluvión zoológico” para referirse al ascenso del peronismo, exabrupto que le costó la expulsión del Congreso. 
Las iniciativas civiles en la lucha por defender los derechos animales, que en la Argentina surgieron tempranamente, también forman parte del libro de Urich. Ella explica que “estas iniciativas se sucedieron ininterrumpidamente desde fines del siglo XIX cuando se crearon las primeras instituciones”. Y destaca que “aunque la que tuvo más continuidad fue la porteña SAPA (fundada en 1879), a esta la precedió la de Rosario, creada en 1871". "Muchas de estas asociaciones tenían como finalidad proteger a los caballos, terriblemente explotados y víctimas de todo tipo de abusos. Pero pronto sus tareas se diversificaron hacia los problemas de los perros, las aves, los deportes crueles, las diversiones con animales, los zoológicos…” Urich destaca que ninguna ley hubiera sido posible sin la acción civil: “Todas las normas jurídicas y todos los servicios públicos en favor de los animales surgieron (y surgen) por impulso de los proteccionistas, a veces contra la desidia de los funcionarios, pero casi siempre contra los intereses económicos”. Afortunadamente, en la actualidad este tipo de “agrupaciones que se ocupan en todo el país de la problemática animal siguen siendo innumerables”, afirma Urich. “El aspecto negativo es que subsiste un pensamiento ‘anti-político’, y desconocer la política impide identificar a los verdaderos responsables del sufrimiento animal.”  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - "Bricks Mansions", de Camille Delamarre: Mucha acción y pocas nueces

El feriado del Día del Trabajador evitó un hecho curioso: que las críticas correspondientes a dos películas escritas y producidas por Luc Besson aparecieran en estas páginas el mismo día. El día miércoles pasado fue el turno de la correspondiente al film Tres días para matar, dirigido por McG y protagonizado por Kevin Costner. Resulta evidente que muchos de los conceptos expresados en esa crítica, firmada por Ezequiel Boetti, bien pueden aplicarse a esta otra, dedicada a Brick Mansions, del debutante Camille Delamarre. No es comodidad ni un ejercicio de endogamia crítica, sino una forma de ampliar lo que aquí será dicho, valiéndose de conceptos que ya han sido expresados de un modo lo suficientemente efectivo como para evitar la redundancia. Frente a tanta coincidencia, si algo queda claro respecto de Besson -a quien el adjetivo “omnipresente” cada vez le cabe mejor; basta recordar que en enero se estrenó Familia peligrosa, su última película como director- es que su trabajo como guionista es de una coherencia abrumadora. Con lo malo y lo bueno que ello representa.
Una de sus grandes habilidades en el rol de productor es la de escoger a los protagonistas indicados. Lo es Jason Statham en El transportador; lo es Liam Neeson para la saga Búsqueda implacable; lo es Costner en la película mencionada. Y lo mismo ocurre con Brick Mansions, no tanto por el fallecido Paul Walker, que cumple con lo suyo a reglamento (como siempre), sino por el increíble David Belle. Francés como Besson, Belle es entre otras cosas uno de los creadores del parkour, actividad deportiva urbana surgida a comienzos de los 90, que consiste en elegir dos puntos de cualquier ciudad y unirlos sorteando los distintos accidentes arquitectónicos como si se tratara de obstáculos a superar. El resultado es una actividad vistosa que reúne destreza física y acrobática, y ha sido adoptada por el cine para coreografiar escenas de acción. Y sin dudas Belle es extraordinario, al punto de convertirse en uno de los puntos fuertes de una historia ambientada en un futuro muy cercano, en una Detroit devastada y dividida por el crimen (¿alguien dijo Robocop?), en la que el gobierno ha creado un ghetto en los edificios viejos de la ciudad, los Brick Mansions, para encapsular ahí pobres y delincuentes como si fueran lo mismo. Para Lino, un habitante honesto de esos barrios que intenta oponerse al poder de las bandas de narcos, no hay obstáculo imposible. Y Belle se encarga de dejarlo claro trepando, saltando y colgándose de cuanto caño, baranda o pared se le ponga a tiro. Por su parte Walker es el policía bueno que quiere vengar la muerte de su padre, también policía, a manos del capo mafia de Brick Mansions.
La película demuestra gran ingenio para todo lo que tenga que ver con la acción pura, el interrogante pasa por ver si es capaz de aplicar la misma habilidad en el desarrollo de la trama. La respuesta es no: la historia es básica, lo que no quiere decir torpe, mucho menos aburrida. Ocurre que los responsables parecen saber cuáles son sus virtudes y defectos y se dedican a hacer lo que mejor les sale. Pero otras películas ya han demostrado que es posible combinar soberbias escenas de acción con una trama atractiva. Basta recordar la subvalorada La traición, de Steven Soderbergh, con la increíble Gia Carano como protagonista, para saber que no se trata de una utopía. Eso es lo que podría haber sido Brick Mansions si no adoleciera de cierta pereza argumental, si no abusara de la cámara lenta y si no se empeñara en dejar a todos felices al final. O sea: lo peor de Luc Besson.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.