domingo, 9 de agosto de 2020

ANIVERSARIO - A 75 años, vestigios que las bombas de Hiroshima y Nagasaki en la cultura popular

Las bombas atómicas solo fueron utilizadas dos veces durante un conflicto bélico en curso, ambas lanzadas por los Estados Unidos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, de cuyo bestial impacto se cumplen hoy 75 años. Su poder de destrucción fue tan monstruoso que nadie más se atrevió a usarlas de nuevo. Las explosiones dejaron cicatrices permanentes en la cultura del Japón, pero también repercutieron en la humanidad completa y sus marcas pueden rastrearse a través de la producción de todas las disciplinas artísticas. Libros, películas y obras musicales de todo el mundo se convirtieron en testigos y mensajeros de lo ocurrido.

Nacido en 1935 en un pueblo ubicado a solo cien kilómetros de Hiroshima, al otro lado del Mar de Seto, Kenzaburo Oé recibió el Nobel de Literatura en 1994. Tenía apenas 10 años cuando las bombas cayeron sobre su país y sus efectos fueron determinantes en la constitución de su propia sensibilidad. Tal vez sea autor más importante de la literatura japonesa de posguerra y su obra, literaria y política, debe ser leída a la sombra de los efectos provocados por la guerra en la cultura de su país. Su primera novela, Arrancad las semillas, fusilad a los niños (1958), aborda de forma directa sus experiencias infantiles. La misma está protagonizada por una pandilla de chicos conflictivos que viven en un reformatorio y que durante la guerra deben ser evacuados a una remota aldea de montaña. Pero en lugar de ser recibidos como criaturas, son temidos y detestados por los lugareños. Cuando una epidemia obliga a evacuar el pueblo, los chicos son encerrados y abandonados ahí. De forma similar a lo que ocurría en El señor de las moscas (William Golding, 1954), lo que sigue son los intentos de los jóvenes por crear una nueva sociedad levantada de la nada, pero condenada a un trágico fracaso. Imposible no ver en esa alegoría desesperanzada los temores del todavía joven escritor, que por entonces tenía apenas 23 años, ante la reconstrucción del Japón moderno.

Oé también es conocido por ser su militancia pacifista. Dicha faceta se manifiesta en su libro Cuadernos de Hiroshima, ensayo escrito tras su participación en 1963 en la 9° Conferencia Mundial contra las Armas Nucleares, en el que consigna los testimonios de muchos sobrevivientes de la bomba arrojada sobre ellos el 6 de agosto de 1945. El escritor es además un defensor del artículo 9° de la Constitución de su país, modificada en 1947, a través del cual “el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza como medio de solución en disputas internacionales”. En su discurso de aceptación del Nobel, Oé afirmó que eliminar de la Constitución ese “Principio de Paz Eterna” representaría “un acto de traición contra los pueblos de Asia y las víctimas de Hiroshima y Nagasaki”. “No es difícil para mí como escritor imaginar cuál sería el resultado de esa traición”, sentenció entonces.

El terror atómico se convirtió en un tema recurrente en la ciencia ficción de posguerra, tanto en la literatura como en el cine. Y a partir de los ’60, también en muchas canciones de distintas bandas de rock, género cuya aparición también tuvo el impacto de una bomba cultural. En los primeros casos es imposible no mencionar a Richard Matheson (1926-2013), en particular su novela El hombre menguante (1956). Llevada al cine por Jack Arnold un año más tarde, el libro cuenta la historia de un joven que navegando por el Pacífico (escenario de numerosos ensayos nucleares durante esa década) atraviesa una misteriosa nube radioactiva. Los efectos no tardarán en aparecer, haciendo que el protagonista se vaya reduciendo en tamaño hasta desaparecer. Una metáfora fantástica que representa la forma en que la radioactividad consume a quienes se ven expuestos a ella, como ocurrió con las víctimas en Japón.

Los propios japoneses ya habían corporizado todos sus miedos en la figura de Godzilla (1954), un lagarto al que la radiación convierte en una bestia mutante de 100 metros de altura, que amenaza con destruir Tokio lanzando rayos por la boca. Como en la canción de León Gieco, Godzilla “es un monstruo grande y pisa fuerte”, símbolo que remite a los horrores que la guerra nuclear había desatado sobre Japón. Imposible no mencionar aquí a Hiroshima mon amour (1959), película fundamental en la filmografía del francés Alain Resnais. El guión de Marguerite Duras registra el romance entre una actriz francesa y un arquitecto japonés, durante el rodaje de una película pacifista realizado en la devastada ciudad del título.

Muy distinto es el abordaje de Cuando sopla el viento (1986), película animada en la que el cineasta estadounidense de ascendencia japonesa Jimmy Murakami adaptó un libro ilustrado del británico Raymond Briggs: sus protagonistas son una pareja de ancianos granjeros que sobreviven al cataclismo nuclear. Con una banda sonora que incluye canciones de Roger Waters, David Bowie y Génesis, Cuando sopla el viento un triste alegato en contra de las armas nucleares que fue muy popular durante los últimos años de la Guerra Fría. Un ejemplo curioso en el terreno de la música es Doctor Atómico, una ópera de John Adams estrenada en 2005. Su libreto aborda con tono trágico la figura del físico Robert Oppenheimer –responsable científico del Proyecto Manhattan— durante los momentos previos y posteriores a la Prueba Trinity, en la que se detonó la primera bomba atómica de la historia, tres semanas antes de las que se arrojaron sobre Japón. Ahí está el origen del horror.

 Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 8 de agosto de 2020

CINE - Covid-19 y la crisis del sector audiovisual: La pandemia del cine

La crisis desatada por la pandemia de Covid-19 resultó un mazazo para una industria como la audiovisual, que ya venía golpeada por cuatro años en los que la política económica estuvo más preocupada por favorecer al mundo de las finanzas que por prestar atención a los sectores productivos. La combinación de ambas realidades, alineadas en orden cronológico, sumió a la actividad en una parálisis casi total en todas sus áreas, de lo artístico a lo comercial, pasando por las distintas instancias que involucran la producción de cine y televisión. Hoy en la Argentina no se están rodando ni series ni películas en ninguno de sus formatos o géneros.

Este panorama replica lo que ocurre a escala global. Hasta los grandes estudios de Hollywood, dueños de la porción más grande del mercado audiovisual, suspendieron sus actividades de forma total. El avance de la pandemia obligó a poner en pausa los rodajes de tanques como Avatar, The Batman o Misión Imposible 7 y las nuevas entregas de las sagas Jurassic World y Matrix. Idéntica situación se vivió en el terreno de la exhibición, ya que casi no existen países en los que las salas de cine hayan permanecido abiertas y los títulos que debían disputarse la taquilla 2020 permanecen sin fecha de estreno confirmada. En esa situación están la última de James Bond, Rápido y Furioso 9 o las nuevas películas de Mujer Maravilla, Cazafantasmas y Top Gun.

Recién a mediados de junio el Departamento de Salud de California estableció un protocolo para rodajes mientras dure la crisis sanitaria. Incluye, entre otras cosas, el uso obligatorio de tapabocas, la reducción al mínimo de los equipos de trabajo y controles permanentes de temperatura a los empleados. No será sencillo volver a filmar en estas condiciones y para poder ver películas en una sala de cine parece faltar una eternidad (aunque en algunos países ya se comenzaron a probar variantes).

EN LA ARGENTINA

En el terreno local, el triunfo de Alberto Fernández en octubre de 2019 le había devuelto algo de esperanza al sector audiovisual, uno de los que más resistencia opuso al gobierno de Mauricio Macri. Es que la gestión anterior mantuvo una relación tirante con las industrias culturales y puso un especial interés en manejar la caja del Instituto del Cine (Incaa), que llegó a 2020 con un gran déficit de presupuesto. Su nuevo presidente, el cineasta Luis Puenzo, no tuvo tiempo ni para terminar de estudiar cuál era la situación en el organismo que ya la pandemia lo obligó a manejarse en una realidad inédita, que derivó en la cancelación de todas las actividades a partir de la tercera semana de marzo o la suspensión de actividades masivas, como la edición 2020 del Festival Internacional de Cine independiente de Buenos Aires (BAFICI).

Con los rodajes suspendidos, los estrenos cancelados y las salas cerradas, las distintas organizaciones que nuclean a la comunidad audiovisual (directores, técnicos, actores y productores) le reclamaron al Incaa medidas paliativas, tendientes a amortiguar el impacto del duro panorama que ya se avizoraba al comienzo de la cuarentena. La primera reacción de su presidente fue la de desairar un pedido realizado por las diferentes cámaras de exhibidores, que nuclean a las empresas extranjeras dueñas de los grandes complejos multisala instalados en los centros comerciales. Estas le reclamaban al Instituto una serie de exenciones y subsidios que les permitieran paliar las pérdidas causadas por la suspensión de actividades masivas. Puenzo rechazó esas pretensiones, y les recordó que se trata de “empresas que rinden sus utilidades a corporaciones extranjeras, que suelen considerar a las regulaciones culturales como una interferencia en sus negocios”, pero que ahora “reclaman que el Estado les subsidie el alquiler en los shoppings”.

En cambio, el Incaa fue más receptivo con los eslabones locales de la cadena de producción, estableciendo una serie de políticas (exenciones, subsidios, postergación de cobros o adelanto de pagos) con las que se buscó colaborar con la economía de los perjudicados. Incluso se avanzó en el mal llamado “Impuesto Netflix”, para que las plataformas de streaming comiencen a aportar al Fondo de Fomento un porcentaje de lo que producen en el país. Lejos de ser una medida oportunista, esa alícuota sería similar a la que ya pagan las salas de cine o los canales de televisión por exhibir contenido audiovisual. Lo que se busca no es otra cosa que adecuar al mercado actual lo establecido por la Ley del Cine en 1994.

LA ERA STREAMING


Estas plataformas han sido las grandes ganadoras en tiempos de Covid-19: con la gente obligada a permanecer en casa, el consumo de sus contenidos se volvió la actividad excluyente para llenar los huecos del ocio. El caso de Netflix es paradigmático: la compañía anunció en abril que había duplicado la cantidad de nuevos suscriptores prevista para el primer trimestre de 2020, sumando 16 millones de clientes. La situación es similar en otras empresas del rubro. Para esa misma época Cinear Play, la plataforma de contenidos del Incaa, también informó que había duplicado su cantidad de suscriptores (50 mil incorporaciones). Otras plataformas, como Qubit, Mubi, Prime Video, Apple+, Google Play, YouTube o Movistar+, también se vieron beneficiadas por el cierre de las salas de cine y el confinamiento general.

En el terreno de la producción hubo apenas un puñado de iniciativas realizadas sobre todo gracias al impulso personal de los artistas involucrados. Se trata de creaciones corales, integradas por cortos dirigidos por distintos cineastas y realizados bajo las condiciones que impuso la pandemia. En el marco internacional se puede mencionar la antología Hecho en casa, producida para Netflix por el chileno Pablo Larraín, de la que participaron 17 directores de todo el mundo, entre los que se destacan Naomi Kawase, Sebastián Lelio, Nadine Labaki, Ladj Ly y Paolo Sorrentino.

En la Argentina se estrenaron al menos dos películas con este formato. La primera de ellas fue Las fronteras del cuerpo, integrada por quince microrrelatos filmados desde el encierro en diferentes partes del país, por directores como Nicolás Alonso, Andrés Habbeger, Silvia Di Florio, Nicolás Herzog, Paulo Pécora, Mariana Russo y Melina Terribili, entre otros. La última, titulada Murciélagos, contó con el apoyo de Amnistía Internacional y la participación de ocho cineastas (Paula Hernández, Hernán Gerschuny, Baltazar Tokman, Tamae Garateguy, Daniel Rosenfeld, Connie Martín, Azul Lombardía, más la dupla Diego Fried/Martin Neuburger) y un elenco que incluyó a Oscar Martínez, Luis Ziembrowski, Carlos Belloso y Moro Anghileri, entre otros.

viernes, 7 de agosto de 2020

SERIES - "Hindenburg: El último vuelo", por Europa Europa: El horror de una tragedia recreado con la potencia de lo digital

A pesar de que ya han pasado 83 años de la que es considerada la primera catástrofe de la aviación comercial, las imágenes de la explosión y caída del gran dirigible Hindenburg siguen generando horror con solo verlas. Son apenas 20 los segundos que la enorme nave tarda en caer envuelta en llamas desde la primera explosión, ocurrida en su parte posterior cuando se encontraba a casi 100 metros de altura, hasta que la estructura termina de colapsar ya en el suelo, mientras una columna de espeso humo negro se eleva cubriendo el cielo y decenas de personas corren desesperadas a su alrededor. 35 de los 97 que iban a bordo entre tripulación y pasaje murieron en esa funesta tarde del 6 de mayo de 1937. El accidente representó además el final del uso de estos lujosos aparatos en el transporte de pasajeros y la caída de uno de los símbolos más potentes con que el régimen nazi se promocionaba en todo el mundo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que ocurriría apenas dos años después. En torno a aquellos hechos está organizada la trama de la miniserie de origen alemán Hindenburg: el último vuelo, cuyo primer episodio se puede ver esta noche a las 22 por la pantalla del canal Europa Europa.

La acción comienza algunos días antes de aquel último vuelo con el que el Hindenburg uniría Frankfurt con Nueva York, un lapso que la serie aprovecha desde lo narrativo para exponer el complejo mapa político de la época. Ahí se le brinda al espectador información vital, ya que buena parte de la tragedia estuvo motivada por las tensas relaciones diplomáticas y comerciales entre el gobierno de los Estados Unidos y el Tercer Reich alemán. La serie utiliza como guía y héroe al personaje de Merten Kröger, un ingeniero creado para la ocasión que en la ficción forma parte del equipo de diseñadores del más grande de los dirigibles fabricados por la empresa Zeppelin. A través de él, el público accederá a reuniones y fiestas en las que se irá enterando de que en la década del ’30 los Estados Unidos tenían el virtual monopolio del helio, el gas noble e inerte al que su nula inflamabilidad lo convierte en el ideal para elevar dirigibles. Pero a causa de esas fricciones políticas, la potencia americana se negaba a comerciar con el Reich, obligando a utilizar el altamente inflamable hidrógeno en lugar helio, convirtiendo al aparato en un potencial explosivo que tenía casi las mismas dimensiones que el Titanic.


La referencia al malogrado transatlántico es oportuna, en tanto que El último vuelo tiene innumerables puntos de contacto con la estructura narrativa de la famosa película de James Cameron. No por nada la crítica alemana la definió como “la Titanic del aire”. Por empezar el propio Kröger protagoniza una subtrama romántica que lo vincula con Jennifer van Zandt, la hija del magnate del helio estadounidense, que se encontraba en Alemania junto a su madre para tratar de ayudar a levantar el embargo contra el Reich. Igual que en la película que recrea el desastre marítimo, acá también hay un tercero en discordia: un empresario alemán vinculado a una importante compañía química con muchos intereses jugándose en ese vuelo del Hindenburg que terminaría siendo fatal. Ese final anunciado y conocido por todos que también caracterizaba al film de Cameron, es utilizado en la serie para generar momentos de tensión.

Asímismo, El último vuelo le hace lugar a la sospecha nunca probada de una bomba a bordo del Hindenburg. Un hecho que la versión oficial descarta, determinando que la explosión tuvo origen en la energía estática acumulada en el ambiente, producto de la misma tormenta eléctrica que ya había demorado el descenso del dirigible. A pesar de eso, la versión de la bomba siguió formando parte del imaginario colectivo en torno al desastre. A diferencia de la película La tragedia del Hindenburg (Robert Wise, 1975), donde se le atribuye la posible bomba a un grupo subversivo que buscaba desprestigiar al régimen de Adolf Hitler, la serie le da a esa teoría un sentido opuesto. Así, la bomba a bordo tendría como fin dejar mal parados a los estadounidenses, obligándolos a levantar el embargo.

Aún con sus subrayados, su obvia utilización de la trama romántica o la presencia de personajes arquetípicos que buscan representar el arco dramático clásico de las películas o series sobre el nazismo (que acá incluyen a una familia judía que escapa del régimen y cuyo destino final es la Argentina), El último vuelo se las arregla para mantener el interés por sus acciones. Buena parte de dicho éxito se encuentra en la detallada recreación de época, que no ahorra en locaciones imponentes y en el despliegue de gran cantidad de extras. La reconstrucción de los interiores del Hindenburg es rica en detalles que dan cuenta de la monumentalidad de aquel aparato, incluyendo los lujosos camarotes, las zonas de esparcimiento para pasajeros y la laberíntica estructura interna que la tripulación debía controlar. Pero el gran impacto de la serie se asienta en la reproducción del horror final, en cuyo desarrollo seguramente fueron invertidos buena parte de los casi once millones de euros que costó su producción. Sus escenas renuevan y amplifican la dimensión de aquella tragedia, una de cuyas imágenes incluso llegó a ilustrar la tapa del primer disco de Led Zeppelin, uno de los más icónicos de la historia del rock.

Hindenburg: el último vuelo se compone de dos episodios largos (una hora y media cada uno) y los mismos se podrán ver hoy y el viernes 14 de agosto a las 22, con repeticiones los días jueves 13 y 20 de agosto a las 22:35. La señal Europa Europa está disponible a través de los servicios de Telecentro (427), Cablevisión (315/365) y DirecTV (1515).

CINE - "Arkansas", de Clark Duke: Construcción de una familia

La importancia de la obra de Quentin Tarantino no solo debe medirse por sus propios méritos, sino por la forma en que la misma derivó en el surgimiento de una narrativa cinematográfica posterior y la cantidad de Salieris que le crecieron alrededor. Eso generó la institucionalización de una estética a la que sus émulos redujeron a la creación de personajes que aspiran a ser más grandes que la vida, a estructuras narrativas ingeniosas y a la explotación de un fetichismo integral que tanto abarca lo formal como lo discursivo. Todo eso se percibe en Arkansas, debut en la dirección del joven actor Clark Duke. En poder del alquimista original, dicha fórmula consigue en mayor o menor medida ser estimulante, canchera e incluso sobradora, pero siempre generosa, y sobre todo, fuente de una mitología cuyas raíces se hunden en el humus de la historia del cine. En otras manos, el combo no cuaja con la misma gracia y hace que el artista devenga copista, perdido dentro de un pantalón que siempre le queda grande.

Kyle y Swin son un par de descastados que la sociedad empujó hacia los márgenes y trabajan para una organización piramidal que trafica cocaína en los estados sureños de la Unión. Uno es retraído, muscular y propenso a entrar en acción, aunque prudente. El otro, extrovertido, parece un poco más cerebral, aunque no alcanza para considerarlo inteligente. La pareja podría protagonizar una buddy movie, pero que acá conforman un engranaje de una maquina de mayor pretensión. Ambos terminan juntos debido a su capacidad para cumplir órdenes, hasta que un descuido los deja huérfanos en el negocio y deben aprender a manejarlo solos.

Dividida en capítulos que van y vienen en el tiempo y de personaje en personaje, echando mano a diálogos pensados para funcionar como los de una comedia, donde el tempo y la noción de remate son vitales, Arkansas puede representar una experiencia cinematográfica placentera. Siempre que no se la aborde con expectativas desmedidas, porque también hay en ella una vanidad algo pretenciosa por mostrarse inteligente que de tan obvia por momentos se vuelve una zancadilla para el propio verosímil. Duke nunca termina de manejar con fluidez ese artificio que en Tarantino luce natural. Sin embargo hay algo interesante en ella. Al comienzo la voz en off de Kyle sostiene que la mafia “dixie”, expresión despectiva que refiere a los estados del sur de Estados Unidos, no es como la de los italianos o los mexicanos. “No hay familias, ni códigos de honor ni filosofías de vida”, reflexiona. En esa afirmación, que en principio hace temer que tampoco haya un relato, se apoya sin embargo la búsqueda de la película. Será esa ausencia de una familia y de una ética la que empuje a Kyle y Swin a tratar de construirse una propia, que los contenga dentro de un relato que por fin los rescate del margen para colocarlos en el centro. Aunque sea de forma trágica.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 6 de agosto de 2020

CINE - "Giraffe", de Anna Sofie Hartmann: Cine, el arte de convertir lo imposible en eterno

“Quizá es que no puedes volver el tiempo atrás. Que no puedes volver a las escenas de amor, de tristeza, de felicidad y debes tomar decisiones. Los lugares a los que fuiste y que no puedes poseer y al final, tú serás el poseído.” La cita pertenece al libro Una guía sobre el arte de perderse de la escritora estadounidense Rebecca Solnit, publicado en Argentina por la editorial Fiordo, y aparece justo a mitad de Giraffe, de la directora danesa Anna Sofie Hartmann. Es la protagonista la que se la lee en la playa, directo del libro, a su amante, a quien conoció trabajando en las obras previas a la construcción de un túnel que unirá a la isla de Lolandia, en Dinamarca, con la Alemania continental.

Dara es antropóloga y su tarea es documentar la vida en el lugar, relevando las viejas casa y granjas de la zona, algunas de ellas con varios siglos de antigüedad, que serán demolidas para permitir que por ahí se extienda el trazado de la nueva ruta. Lucek en cambio es obrero y forma parte de una cuadrilla encargada del tendido eléctrico de la obra. A ambos los separa el origen y la lengua (ella es danesa y él, polaco), pero también 14 años de edad. A pesar de eso y de que Dara tiene una pareja esperándola en Berlín, el flechazo es instantáneo. ¿Pero puede construirse algo capaz de superar las distancias enormes que se interponen entre ellos? ¿Alcanza la pasión para imponerse a los obstáculos concretos? ¿Dara y Lucek serán capaces de levantar su propio puente?

La frase de Solnit parece ser la clave que permite terminar de abrir algunas puertas que el relato mantiene convenientemente entornadas. Esa idea de la vida como recorrido lineal atado al tiempo, en el que se está condenado a avanzar sin remedio y a dejar a cada paso cosas por el camino, es la que irán descubriendo los protagonistas. Por su trabajo, Dara está acostumbrada a lidiar con esos restos, que se acumulan en los espacios ahora vacíos de las casas abandonadas que recorre en soledad. Para ella es habitual convivir con lo que abandonaron los que se fueron y esos fantasmas, aunque ajenos, no le son indiferentes.

El juego de ligar la memoria a lo fantasmal es central en la cita de la autora estadounidense. Como en una película de terror, Solnit habla de ser poseídos por los fantasmas de todo aquello a lo que ya no se puede volver. Una idea de pérdida que también es inherente a la pasión, al enamoramiento, ese momento único e irrepetible sentenciado a quedar en el camino. Es la condena de lo efímero, la vida misma puesta en marcha.

Pero la frase no solo permite ser leída hacia el interior de la película de Hartmann, sino que se la puede extender a un territorio mayor: el de la experiencia cinematográfica. El cine es el arte de la fantasmagoría, el único capaz de encapsular las experiencias del pasado en una ilusión de presente siempre continuo, en la que los muertos vuelven a la vida en cada proyección. Incluso los espacios físicos resucitan en el cine: ¿o acaso no se está ante un fantasma cada vez que en una película vieja aparecen las Torres Gemelas en el skyline de una Nueva York que ya no existe? Como ocurre con el cielo, el cine es la proyección de la luz de estrellas siempre muertas y captura en pantalla aquello que ya no es posible poseer.

Al mismo tiempo le permite al espectador la experiencia de ser poseído por ello, posibilidad que en Giraffe está muy presente. Aparece en la forma en que algunos personajes observan a otros como queriendo aprehenderlos, o cada vez que la voz de Dara imagina una historia para los distintos personajes que se suceden en escena. Pero también cuando Lucek le envía por teléfono un video en el que le muestra imágenes del pueblo de su abuelo en Polonia, o algunas panorámicas de Varsovia. Fantasmas ahora digitales que atraviesan el tiempo y el espacio. Hartman pone todo eso al servicio de una historia de amor a la que justamente el cine le permite existir para siempre. Un amor imposible convertido en eterno.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.