“En el año 1875 el presidente Nicolás Avellaneda solicita al Ministro de Guerra, Dr. Adolfo Alsina, presentar un plan para terminar con ‘El Problema Indio’. Alsina propone avanzar la frontera bonaerense y defenderla mediante una zanja con un murallón interior con el objetivo de evitar o demorar el paso de los arreos. Un millar de operarios cavan durante un año 375 kilómetros de zanja.” Con este texto breve y didáctico comienza La muralla criolla, documental de Sebastián Díaz que va en busca de los vestigios de la llamada Zanja de Alsina, uno de los más interesantes, absurdos y poco divulgados episodios de la Historia argentina. Excluido de los programas de estudio, es sin embargo uno de los hechos que con mayor elocuencia expone el modelo político sobre el que se edificó este país. Y además se presta para un juego simbólico que es posible transportar hasta la actualidad. Porque así como aquel proyecto de Alsina se proponía dividir en dos a la Argentina de manera literal, resguardando de un lado a la civilización y excluyendo del otro a la barbarie, hoy quizá sea la misma lógica la que se utiliza para llamar grieta a lo que en aquel momento se denominaba zanja.
Esa zanja –que la historia oficial disimuló durante más de un siglo detrás de la mucho más efectiva (y cruel) Conquista del Desierto que poco después comandó Julio A. Roca, sucesor de Alsina en el Ministerio de Guerra— fue la obra pública más grande que el estado nacional planeó llevar a cabo durante el siglo XIX. Así lo afirma el historiador Marcelo Valko, una de las dos cabezas parlantes que guían el documental. La otra es la de Osvaldo Bayer, nombre clave en lo que se refiere a pensar un relato histórico menos heroico y más honesto, siempre dispuesto a echar luz sobre lo olvidado o lo oculto. Y, claro, una fija en cuanto documental se realiza para denunciar los crímenes cometidos contra los pueblos que originalmente ocupaban esas tierras arrebatadas y luego distribuidas entre las familias de la Sociedad Rural.
Para apoyar su relato central, La muralla criolla recorre las ciudades fundadas en torno a los fortines instalados para defender esa nueva frontera instaurada por la fuerza. Para ello cuenta con ayuda de historiadores locales, que aportan datos sobre el origen de sus propios pueblos. La película incluye además algunos segmentos animados, recurso ingenioso para llegar donde el archivo no puede, y la lectura de varias cartas enviadas por los caciques más importantes, como Namuncurá y Pincén, a sus pares militares. Como ocurre con este tipo de documentales en los que el tema expuesto supera los límites del presupuesto, La muralla criolla ofrece gran cantidad de teorías, datos e información, y deja un puñado conceptos que dan cuenta de que el exterminio de los pueblos originarios se sostenía, como la mayoría de las guerras, en motivos económicos. “La Patria es el precio de la carne”, dice alguien para volver a caer en la cuenta de que, en efecto, nada cambió demasiado. Solo que ahora la Patria también es el precio de la soja.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 2 de noviembre de 2017
domingo, 29 de octubre de 2017
CINE - 41º Mostra de Cinema de Sao Paulo: "Marea Humana" (Human Flow), de Ai Weiwei:
La Mostra de Cinema de San Pablo es uno de los eventos más importantes dentro del calendario cinematográfico del Brasil. Cada año sus pantallas se convierten en zona de tránsito para películas de todo tipo y artistas del mundo entero, siempre dispuestos a desafiar al espectador curioso. Este año la Mostra, que cierra sus actividades el día de mañana, contó con la presencia ineludible del artista plástico chino Ai Weiwei, quien fue objeto de un homenaje que incluyó el estreno latinoamericano del documental Marea Humana, su primera película, que tendrá su estreno local el 23 de noviembre..
En ella registra las dificultades a las que se enfrentan ciudadanos sirios, afganos, iraquíes, kurdos, rohingya, eritreos o mexicanos que son empujados a abrazar el destino amargo de abandonar sus propias tierras, sumándose al fenómeno creciente de los flujos migratorios. La película lleva un elocuente subtítulo que hace explícita la línea con que Weiwei aborda el tema: “No hay hogar si no hay a dónde ir”. Se trata entonces de un recorrido que va de un foco migratorio a otro, registrando las particularidades de cada uno y, sobre todo, encontrando los patrones comunes que vinculan entre sí a estos grandes movimientos humanos. Entre ellos el desarraigo, la pérdida cultural y las crisis de identidad. De ese modo Marea humana da cuenta de una profunda crisis global que se hace evidente tanto en el orden de lo político y lo económico como en el de lo social.
Desde lo puramente informativo el trabajo de Weiwei aporta además una serie de datos abrumadores que definen con elocuencia el cuadro de situación. A partir de textos sobreimpresos será posible saber que en la actualidad los flujos migratorios involucran aproximadamente a unas 65 millones de personas, el número más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. O que en 1989, antes de la caída del muro de Berlín, solo 11 países tenían sus fronteras cerradas y que actualmente son más de 60. Se sabrá que la permanencia promedio de un refugiado en el territorio que le da albergue es de 25 años, según informa la princesa Rania de Jordania, país que limita con Siria y suele recibir constantemente una ola de migrantes procedentes de ese país, actualmente devastado por la guerra contra el Estado Islámico. Que el África subshariana alberga hoy a más del 26% de los refugiados de todo el mundo o que en Afganistán hay otros que llevan más de 40 años en esa condición, circunstancia que les impide regresar a ninguna parte porque ya no existe forma de recuperar lo que alguna vez les perteneció.
La película tiene como gran virtud su carácter ubicuo: Weiwei y sus cámaras parecen estar en cada lugar del mundo en el que los flujos migratorios se han convertido en un problema de gran escala, tanto para quienes se ven obligados a abandonar sus lugares de origen como para aquellos estados convertidos en el paraíso perdido que los migrantes anhelan. En el camino Marea Humana exhibe no pocos hallazgos visuales, cuadros y encuadres de una gran belleza que confirman la mirada sensible de su director y que a la vez contrastan e interpelan al espectador con su crudo retrato de la realidad. La oportuna utilización de drones le permite al artista realizar escenas aéreas de gran impacto que registran esas literales mareas humanas a las que se alude desde el título. Hormigueros humanos que bajan de los barcos o que ocupan estaciones ferroviarias hasta convertirlas en refugios. Hormigueros humanos apropiándose de un pedazo inhabitable del desierto u ocupando varias hectáreas de campo, amontonados contra los alambrados impiadosos de fronteras clausuradas. Literalmente Weiwei y su equipo están en todas partes.
Tanto que en algún momento es lícito preguntarse por el rol casi protagónico que el director asume dentro de su propio relato. ¿Se trata realmente de un documental sobre migrantes o de una película acerca de Ai Weiwei filmando a los migrantes? Durante la conferencia de prensa realizada tras la proyección exclusiva para periodistas brasileños y a la que fue invitada Tiempo Argentino, el artista chino explicó que la razón para retratarse a sí mismo "de forma sincera", encarnando el papel de "alguien que está tratando de descubrir lo que ocurre", fue la de permitirle a los espectadores encontrar en su figura un punto de referencia.
Marea humana deja también un puñado de frases que ayudan a ir un poco más allá la capa más superficial del problema de las migraciones. “Necesitamos que vuelva la paz. No queremos que sigan llorando ni las madres de los policías, ni las de los soldados, ni las madres de los guerrilleros”, exige con firmeza una mujer kurda sobre las ruinas de lo que alguna vez fue su pueblo. “Ser refugiado es más que nada un estado político, una de las circunstancias más crueles en las que puede vivir un ser humano”, afirma alguien más y muchas de las imágenes vistas parecen confirmarlo. “Migrar es un derecho humano”, define el propio Weiwei y la frase se convierte en un oportuno colofón para su película.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
En ella registra las dificultades a las que se enfrentan ciudadanos sirios, afganos, iraquíes, kurdos, rohingya, eritreos o mexicanos que son empujados a abrazar el destino amargo de abandonar sus propias tierras, sumándose al fenómeno creciente de los flujos migratorios. La película lleva un elocuente subtítulo que hace explícita la línea con que Weiwei aborda el tema: “No hay hogar si no hay a dónde ir”. Se trata entonces de un recorrido que va de un foco migratorio a otro, registrando las particularidades de cada uno y, sobre todo, encontrando los patrones comunes que vinculan entre sí a estos grandes movimientos humanos. Entre ellos el desarraigo, la pérdida cultural y las crisis de identidad. De ese modo Marea humana da cuenta de una profunda crisis global que se hace evidente tanto en el orden de lo político y lo económico como en el de lo social.
Desde lo puramente informativo el trabajo de Weiwei aporta además una serie de datos abrumadores que definen con elocuencia el cuadro de situación. A partir de textos sobreimpresos será posible saber que en la actualidad los flujos migratorios involucran aproximadamente a unas 65 millones de personas, el número más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. O que en 1989, antes de la caída del muro de Berlín, solo 11 países tenían sus fronteras cerradas y que actualmente son más de 60. Se sabrá que la permanencia promedio de un refugiado en el territorio que le da albergue es de 25 años, según informa la princesa Rania de Jordania, país que limita con Siria y suele recibir constantemente una ola de migrantes procedentes de ese país, actualmente devastado por la guerra contra el Estado Islámico. Que el África subshariana alberga hoy a más del 26% de los refugiados de todo el mundo o que en Afganistán hay otros que llevan más de 40 años en esa condición, circunstancia que les impide regresar a ninguna parte porque ya no existe forma de recuperar lo que alguna vez les perteneció.
La película tiene como gran virtud su carácter ubicuo: Weiwei y sus cámaras parecen estar en cada lugar del mundo en el que los flujos migratorios se han convertido en un problema de gran escala, tanto para quienes se ven obligados a abandonar sus lugares de origen como para aquellos estados convertidos en el paraíso perdido que los migrantes anhelan. En el camino Marea Humana exhibe no pocos hallazgos visuales, cuadros y encuadres de una gran belleza que confirman la mirada sensible de su director y que a la vez contrastan e interpelan al espectador con su crudo retrato de la realidad. La oportuna utilización de drones le permite al artista realizar escenas aéreas de gran impacto que registran esas literales mareas humanas a las que se alude desde el título. Hormigueros humanos que bajan de los barcos o que ocupan estaciones ferroviarias hasta convertirlas en refugios. Hormigueros humanos apropiándose de un pedazo inhabitable del desierto u ocupando varias hectáreas de campo, amontonados contra los alambrados impiadosos de fronteras clausuradas. Literalmente Weiwei y su equipo están en todas partes.
Tanto que en algún momento es lícito preguntarse por el rol casi protagónico que el director asume dentro de su propio relato. ¿Se trata realmente de un documental sobre migrantes o de una película acerca de Ai Weiwei filmando a los migrantes? Durante la conferencia de prensa realizada tras la proyección exclusiva para periodistas brasileños y a la que fue invitada Tiempo Argentino, el artista chino explicó que la razón para retratarse a sí mismo "de forma sincera", encarnando el papel de "alguien que está tratando de descubrir lo que ocurre", fue la de permitirle a los espectadores encontrar en su figura un punto de referencia.
Marea humana deja también un puñado de frases que ayudan a ir un poco más allá la capa más superficial del problema de las migraciones. “Necesitamos que vuelva la paz. No queremos que sigan llorando ni las madres de los policías, ni las de los soldados, ni las madres de los guerrilleros”, exige con firmeza una mujer kurda sobre las ruinas de lo que alguna vez fue su pueblo. “Ser refugiado es más que nada un estado político, una de las circunstancias más crueles en las que puede vivir un ser humano”, afirma alguien más y muchas de las imágenes vistas parecen confirmarlo. “Migrar es un derecho humano”, define el propio Weiwei y la frase se convierte en un oportuno colofón para su película.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
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sábado, 28 de octubre de 2017
CINE - "Una Razón para vivir" (Breathe), de Andy Serkis: Entre el almíbar y el limón
El comienzo de Una razón para vivir, debut como director del actor inglés Andy Serkis, puede no ser apto para diabéticos. Así de altas son las dosis de almíbar que contienen las primeras secuencias de esta historia de amor, cuyos protagonistas son dos jovencitos pertenecientes a distintas castas de la aristocracia (o quizá la burguesía) inglesa de posguerra. Uno de esos inicios en los que todo es tan perfecto que generan por igual satisfacción y desconfianza. Sensaciones contradictorias que sin embargo se encuentran plenamente justificadas, porque es cinematográficamente imposible que en una película romántica de estilo clásico, como parece ser el caso, todo sea tan color de rosa. Nada puede estar tan bien y tan rápido en una historia de amor que cumpla con los requisitos usuales para ser considerada como tal.
Y es cierto: Robin y Diana se conocen una de esas tardes so english en la que las damas disfrutan del té a las cinco en punto, mientras ellos juegan al cricket. Ella tiene fama de inconquistable y si bien el pedigree de Robin no está mal, tampoco es que tiene sangre azul. Apenas un negocio de importación de té de Kenia que garantizan una vida holgada, pero no tanto como para ser considerado por Diana el mejor de los partidos. Aun así la chica imposible se enamora del candidato menos pensado y juntos se convierten en la pareja ideal. Ella lo acompaña a todas partes. Incluso a África, la salvaje, donde vuelan en biplano, acampan en la sabana, cazan con amigos, ven el atardecer, juegan al tenis en la embajada británica y quedan embarazados. Así de feliz viene la mano y ni siquiera pasaron 10 minutos de proyección.
Pero la película produce su propia insulina y una dosis súbita cambia la sensación de empalago por la de amargura en solo tres escenas: Robin se contagia poliomielitis y en cuestión de días su cuerpo queda paralizado por completo. A partir de ahí Una razón para vivir se convertirá en una historia de superación que atravesará distintas fases, oscilando entre lo amargo y lo dulce, aproximándose a los extremos más indeseados de dichos hemisferios, pero sin caer nunca en lo abyecto. De hecho en el guión de William Nicholson (conocido sobre todo como autor de Gladiador, 2001, de Ridley Scott) y en la versión que Serkis pone en escena, ambas mitades conviven en un balance más o menos armónico.
Los buenos trabajos de Andrew Garfield y Claire Foy (conocida por su papel de Reina Isabel en la serie de Netflix The Crown) ayudan a que ese recorrido en zig-zag entre las luces y las sombras no se vuelva grotesco (aunque algunos personajes lleguen a rozar esa condición). Aunque Garfield carga con el desafío de actuar inmóvil, es sobre todo Foy quien sostiene dramáticamente al relato, ajustando la expresividad de Diana de acuerdo a los diferentes registros por los que la película atraviesa. Por lo demás Una razón para vivir está basada en hechos reales y el resultado final no se aleja demasiado de cualquier biopic de intenciones tan emotivas como didácticas.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
Y es cierto: Robin y Diana se conocen una de esas tardes so english en la que las damas disfrutan del té a las cinco en punto, mientras ellos juegan al cricket. Ella tiene fama de inconquistable y si bien el pedigree de Robin no está mal, tampoco es que tiene sangre azul. Apenas un negocio de importación de té de Kenia que garantizan una vida holgada, pero no tanto como para ser considerado por Diana el mejor de los partidos. Aun así la chica imposible se enamora del candidato menos pensado y juntos se convierten en la pareja ideal. Ella lo acompaña a todas partes. Incluso a África, la salvaje, donde vuelan en biplano, acampan en la sabana, cazan con amigos, ven el atardecer, juegan al tenis en la embajada británica y quedan embarazados. Así de feliz viene la mano y ni siquiera pasaron 10 minutos de proyección.
Pero la película produce su propia insulina y una dosis súbita cambia la sensación de empalago por la de amargura en solo tres escenas: Robin se contagia poliomielitis y en cuestión de días su cuerpo queda paralizado por completo. A partir de ahí Una razón para vivir se convertirá en una historia de superación que atravesará distintas fases, oscilando entre lo amargo y lo dulce, aproximándose a los extremos más indeseados de dichos hemisferios, pero sin caer nunca en lo abyecto. De hecho en el guión de William Nicholson (conocido sobre todo como autor de Gladiador, 2001, de Ridley Scott) y en la versión que Serkis pone en escena, ambas mitades conviven en un balance más o menos armónico.
Los buenos trabajos de Andrew Garfield y Claire Foy (conocida por su papel de Reina Isabel en la serie de Netflix The Crown) ayudan a que ese recorrido en zig-zag entre las luces y las sombras no se vuelva grotesco (aunque algunos personajes lleguen a rozar esa condición). Aunque Garfield carga con el desafío de actuar inmóvil, es sobre todo Foy quien sostiene dramáticamente al relato, ajustando la expresividad de Diana de acuerdo a los diferentes registros por los que la película atraviesa. Por lo demás Una razón para vivir está basada en hechos reales y el resultado final no se aleja demasiado de cualquier biopic de intenciones tan emotivas como didácticas.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
jueves, 26 de octubre de 2017
CULTURA - Comienza el Festival Open House: Viaje al interior de la arquitectura
Ocurre con frecuencia que caminando apurados por la ciudad (como siempre, porque Buenos Aires es una ciudad de gente apurada), al levantar la vista un edificio desconocido nos provoca una gran sorpresa, como si de repente hubiéramos perdido el rumbo o peor, como si hubiéramos atravesado sin darnos cuenta un portal interdimensional que nos transportó hasta una realidad en la que nunca antes habíamos estado. Aunque dicho así suena inverosímil, se trata de una experiencia bastante habitual.
En efecto, los habitantes de los grandes centros urbanos del mundo suelen ignorar casi todo de respecto de su entorno, incluyendo algunos tesoros maravillosos que sin embargo están ahí, esperando a ser descubiertos. Esa es la aventura a la que invita Open House, el curioso festival de arquitectura que se realiza en muchas de las ciudades más importantes del mundo y que en Buenos Aires ya va por su quinta edición: revelar ante la vista de los transehuntes los secretos de la ciudad a la que pertenecen pero que recorren a diario como extranjeros. O más grave todavía: como ignorantes.
Las actividades de esta quinta edición de Open House Buenos Aires tendrán lugar el sábado 28 y el domingo 29 de octubre, abriendo las puertas de un centenar de edificios de gran valor arquitectónico, cultural y patrimonial. La idea es que los mismos puedan ser visitados por el público, propiciando una forma de encuentro distinta y potente a través de la cual conocer mejor a estos diferente espacios emblemáticos de la identidad de la ciudad.
“No sé si existe una teoría al respecto, pero creo que hay varios factores para que esto pase”, arriesga Santiago Chiban, uno de los arquitectos responsables de la organización del Open House Buenos Aires, tratando de explicar por qué las personas parecen moverse como ciegos al entorno de las grandes ciudades en las que habitan. “Por un lado las grandes ciudades nos cargan constantemente de estímulos que no nos permiten un ámbito de relajación propicio para poder apreciar la ciudad. Por el otro lado vivimos a la velocidad de nuestros trabajos, que nos obligan a resolver todo de inmediato y caminamos por la calle pensando si llegamos a terminar las tareas de ese día, con la cabeza puesta ahí y no en el lugar en el que estás.” Y destaca la aparición de un elemento de distracción omnipresente y nada menor: el teléfono celular. “Los pocos momentos donde antes nos distendíamos hoy los ocupa el celular”, reflexiona, “así que cada vez estamos menos en donde estamos y más en otros lados.”
Para ir en contra de esa especie de autismo urbano en el que la vida cotidiana sumerge a los habitantes de las grandes ciudades, el Festival Open House Buenos Aires propone una serie de actividades centrada en un centenar de espacios que podrán visitarse. La dinámica incluye la guía de un experto y en el caso de muchos edificios privados o domésticos, la presencia de los actuales dueños. ¿Pero es posible pensar que la arquitectura equivale a la huella digital de una ciudad y que a través de sus edificios puede conocerse su identidad? “Creo que la arquitectura se termina acomodando a otros factores que terminan determinando la estructura de la ciudad. Esos factores son muchísimos, y fueron cambiando con el correr del tiempo. La geografía, la cultura, la economía, la cultura, la gestión pública, y tantos otros factores terminan definiendo la arquitectura de cada momento”, reflexiona Chiban. “En todos esos elementos hay un factor determinante que es el habitante, cargado por un montón de información previa, y que es quien termina de definir la arquitectura de cada lugar”, continúa. “Vivimos en una ciudad en donde tuvimos una gran inmigración europea a principio del siglo XX y claramente esto se reflejó en la arquitectura de ese momento. Tenemos edificios con influencias italianas, españolas o francesas que luego se fueron modificando a medida que también se modificó la población.”
La versión porteña del Festival Open House es, sin embargo, el exponente local de una actividad que se realiza en muchas de las ciudades más importantes del mundo. New York, Londres, Oslo, Milan, Zurich, Dublin, Lisboa y Tel Aviv, entre otras, también tienen su propia versión del Festival. Cada una de ellas tiene su propia arquitectura y tal vez a través de ellas sea posible saber algo más, conocer algunas características capaces de definir a sus propios habitantes. ¿Son las personas quienes definen los espacios o será que estos son capaces de forjar la identidad de quienes los habitan? “Creo que es reciproco y que hasta fue cambiando según cada momento histórico”, opina Chiban. “A principio del siglo pasado fue claramente la influencia de los habitantes la que transformó la ciudad. La gran inmigración, que venía con nuevas ideas terminó marcando un camino de lo que iba a ser la arquitectura de esa época. Pero tal vez en otros momentos fue la arquitectura que heredamos la que también nos fue marcando a los habitantes. Quienes hoy habitamos esos espacios no podemos escapar de ese marco que nos propone la ciudad y que de alguna manera nos modifica”, completa.
El concepto Open House surgió en Londres en 1992 con el objetivo de mostrar a los habitantes cómo las ciudades bien diseñadas pueden mejorar sus vidas, abriendo ejemplos de excelencia arquitectónica al público. Es por eso que la experiencia no se acaba en las fachadas, revelando esos secretos que están a la vista de todos, sino que también le propone al visitante introducirse en el alma, en el interior de algunos de esos edificios. “Siempre decimos que no podemos entender a la arquitectura si no está habitada”, reflexiona el Chiban. “Los arquitectos estamos acostumbrados a ver la arquitectura en libros y revistas, en fotos perfectas muchas veces sin gente, pero esa no es la realidad. Como arquitectos diseñamos espacios para ser habitados y Open House quiere mostrarlos así. Nos parece que para entender los por qué de cada una de las decisiones del proyecto de las obras es fundamental conocer cuáles fueron los requerimientos de los usuarios, e inclusive ver como éstos también se fueron transformando según las necesidades. Entendemos a la arquitectura viva, en movimientos y transformación, y por eso Open House propone mostrarlos así”, concluye.
Entre el centenar de espacios y edificios que se podrán visitar durante esta quinta edición vale la pena mencionar al Teatro San Martín, el Zanjón de Granados y Casa Mínima, Palacio Barolo, Casa Scout, Banco Hipotecario (ex Banco de Londres), Edificio Editorial Perfil, Edificio Darwin (ex Talleres Enrico Dell’Acqua y Cía), Edificio IBM y la Torre Interama, entre otros. Como cada año, se realizarán circuitos y actividades complementarias que ofrecerán al visitante la opción de recorrerlos a pie, en bicicleta, a través de fotografías o en los muros de la ciudad. Pero no solamente de espacios públicos vive Open House, sino que también se podrán visitar construcciones y casas de familia de clase media, edificios de departamentos o PH. “Se trata de mostrar los valores que tiene cada una de las obras que mostramos. Admiramos aquellos palacios clásicos o monumentales, pero también encontramos mucho valor en otras obras modernas o contemporáneas que tal vez no son tan reconocidas por el ciudadano común, porque no las conoce o son más difícil de entender”, explica Chiban. “Justamente uno de los objetivos de Open House es que todos empiecen a conocer, entender y a partir de eso valorar la arquitectura moderna o contemporánea. Cada una de las 106 obras participantes de esta quinta edición tiene un valor particular. Las elegimos por eso, y lo que queremos es que el público las descubra. A partir de esto creemos que los habitantes de esta ciudad van a empezar a valorar, entender y conocer parte de la arquitectura que tal vez hasta ahora le pasaban por alto. Creo que la experiencia les va a permitir poder exigir espacios de calidad y esto va a hacer que la ciudad se cada vez mejor. O por lo menos eso es lo que nos gustaría que pase”, finaliza el arquitecto.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias de Tiempo Argentino.
En efecto, los habitantes de los grandes centros urbanos del mundo suelen ignorar casi todo de respecto de su entorno, incluyendo algunos tesoros maravillosos que sin embargo están ahí, esperando a ser descubiertos. Esa es la aventura a la que invita Open House, el curioso festival de arquitectura que se realiza en muchas de las ciudades más importantes del mundo y que en Buenos Aires ya va por su quinta edición: revelar ante la vista de los transehuntes los secretos de la ciudad a la que pertenecen pero que recorren a diario como extranjeros. O más grave todavía: como ignorantes.
Las actividades de esta quinta edición de Open House Buenos Aires tendrán lugar el sábado 28 y el domingo 29 de octubre, abriendo las puertas de un centenar de edificios de gran valor arquitectónico, cultural y patrimonial. La idea es que los mismos puedan ser visitados por el público, propiciando una forma de encuentro distinta y potente a través de la cual conocer mejor a estos diferente espacios emblemáticos de la identidad de la ciudad.
“No sé si existe una teoría al respecto, pero creo que hay varios factores para que esto pase”, arriesga Santiago Chiban, uno de los arquitectos responsables de la organización del Open House Buenos Aires, tratando de explicar por qué las personas parecen moverse como ciegos al entorno de las grandes ciudades en las que habitan. “Por un lado las grandes ciudades nos cargan constantemente de estímulos que no nos permiten un ámbito de relajación propicio para poder apreciar la ciudad. Por el otro lado vivimos a la velocidad de nuestros trabajos, que nos obligan a resolver todo de inmediato y caminamos por la calle pensando si llegamos a terminar las tareas de ese día, con la cabeza puesta ahí y no en el lugar en el que estás.” Y destaca la aparición de un elemento de distracción omnipresente y nada menor: el teléfono celular. “Los pocos momentos donde antes nos distendíamos hoy los ocupa el celular”, reflexiona, “así que cada vez estamos menos en donde estamos y más en otros lados.”
Para ir en contra de esa especie de autismo urbano en el que la vida cotidiana sumerge a los habitantes de las grandes ciudades, el Festival Open House Buenos Aires propone una serie de actividades centrada en un centenar de espacios que podrán visitarse. La dinámica incluye la guía de un experto y en el caso de muchos edificios privados o domésticos, la presencia de los actuales dueños. ¿Pero es posible pensar que la arquitectura equivale a la huella digital de una ciudad y que a través de sus edificios puede conocerse su identidad? “Creo que la arquitectura se termina acomodando a otros factores que terminan determinando la estructura de la ciudad. Esos factores son muchísimos, y fueron cambiando con el correr del tiempo. La geografía, la cultura, la economía, la cultura, la gestión pública, y tantos otros factores terminan definiendo la arquitectura de cada momento”, reflexiona Chiban. “En todos esos elementos hay un factor determinante que es el habitante, cargado por un montón de información previa, y que es quien termina de definir la arquitectura de cada lugar”, continúa. “Vivimos en una ciudad en donde tuvimos una gran inmigración europea a principio del siglo XX y claramente esto se reflejó en la arquitectura de ese momento. Tenemos edificios con influencias italianas, españolas o francesas que luego se fueron modificando a medida que también se modificó la población.”
La versión porteña del Festival Open House es, sin embargo, el exponente local de una actividad que se realiza en muchas de las ciudades más importantes del mundo. New York, Londres, Oslo, Milan, Zurich, Dublin, Lisboa y Tel Aviv, entre otras, también tienen su propia versión del Festival. Cada una de ellas tiene su propia arquitectura y tal vez a través de ellas sea posible saber algo más, conocer algunas características capaces de definir a sus propios habitantes. ¿Son las personas quienes definen los espacios o será que estos son capaces de forjar la identidad de quienes los habitan? “Creo que es reciproco y que hasta fue cambiando según cada momento histórico”, opina Chiban. “A principio del siglo pasado fue claramente la influencia de los habitantes la que transformó la ciudad. La gran inmigración, que venía con nuevas ideas terminó marcando un camino de lo que iba a ser la arquitectura de esa época. Pero tal vez en otros momentos fue la arquitectura que heredamos la que también nos fue marcando a los habitantes. Quienes hoy habitamos esos espacios no podemos escapar de ese marco que nos propone la ciudad y que de alguna manera nos modifica”, completa.
El concepto Open House surgió en Londres en 1992 con el objetivo de mostrar a los habitantes cómo las ciudades bien diseñadas pueden mejorar sus vidas, abriendo ejemplos de excelencia arquitectónica al público. Es por eso que la experiencia no se acaba en las fachadas, revelando esos secretos que están a la vista de todos, sino que también le propone al visitante introducirse en el alma, en el interior de algunos de esos edificios. “Siempre decimos que no podemos entender a la arquitectura si no está habitada”, reflexiona el Chiban. “Los arquitectos estamos acostumbrados a ver la arquitectura en libros y revistas, en fotos perfectas muchas veces sin gente, pero esa no es la realidad. Como arquitectos diseñamos espacios para ser habitados y Open House quiere mostrarlos así. Nos parece que para entender los por qué de cada una de las decisiones del proyecto de las obras es fundamental conocer cuáles fueron los requerimientos de los usuarios, e inclusive ver como éstos también se fueron transformando según las necesidades. Entendemos a la arquitectura viva, en movimientos y transformación, y por eso Open House propone mostrarlos así”, concluye.
Entre el centenar de espacios y edificios que se podrán visitar durante esta quinta edición vale la pena mencionar al Teatro San Martín, el Zanjón de Granados y Casa Mínima, Palacio Barolo, Casa Scout, Banco Hipotecario (ex Banco de Londres), Edificio Editorial Perfil, Edificio Darwin (ex Talleres Enrico Dell’Acqua y Cía), Edificio IBM y la Torre Interama, entre otros. Como cada año, se realizarán circuitos y actividades complementarias que ofrecerán al visitante la opción de recorrerlos a pie, en bicicleta, a través de fotografías o en los muros de la ciudad. Pero no solamente de espacios públicos vive Open House, sino que también se podrán visitar construcciones y casas de familia de clase media, edificios de departamentos o PH. “Se trata de mostrar los valores que tiene cada una de las obras que mostramos. Admiramos aquellos palacios clásicos o monumentales, pero también encontramos mucho valor en otras obras modernas o contemporáneas que tal vez no son tan reconocidas por el ciudadano común, porque no las conoce o son más difícil de entender”, explica Chiban. “Justamente uno de los objetivos de Open House es que todos empiecen a conocer, entender y a partir de eso valorar la arquitectura moderna o contemporánea. Cada una de las 106 obras participantes de esta quinta edición tiene un valor particular. Las elegimos por eso, y lo que queremos es que el público las descubra. A partir de esto creemos que los habitantes de esta ciudad van a empezar a valorar, entender y conocer parte de la arquitectura que tal vez hasta ahora le pasaban por alto. Creo que la experiencia les va a permitir poder exigir espacios de calidad y esto va a hacer que la ciudad se cada vez mejor. O por lo menos eso es lo que nos gustaría que pase”, finaliza el arquitecto.
Artículo publicado originalmente en el portal de noticias de Tiempo Argentino.
CINE - "El seductor" (The Beguiled), de Sofia Coppola: Esclavos del deseo
A pesar de tratarse de una nueva adaptación de la novela del estadounidense Thomas Cullinam y a la vez de un remake del clásico de 1971 dirigido por Don Siegel y protagonizado por Clint Eastwood, El seductor consigue expresar la particular mirada de su directora, la talentosa Sofia Coppola. Se trata de una historia ambientada durante la Guerra de Secesión, el conflicto civil que enfrentó a los estados abolicionistas del norte contra los del sur esclavista, en la que un yankee (soldado norteño) gravemente herido en una pierna es auxiliado por una niña del sur, quien lo ayuda a llegar hasta el seminario Farnsworth para señoritas, donde ella vive y estudia. Ahí recibe las curaciones de la señora Martha, regente del instituto, quien en lugar de entregarlo como prisionero al ejército confederado, lo habitual para casos como ese, decide darle asilo hasta que se recupere.Igual que en la película de Siegel, Coppola deja planteado el conflicto rápidamente y con precisión: la llegada del hombre provoca un cataclismo hormonal dentro de ese gineceo habitado por Martha, la maestra Edwina y cinco niñas que atraviesan distintas etapas de la adolescencia. A ellas, recluidas en una típica mansión sureña cuya arquitectura remeda el estilo griego que de algún modo anticipa la tragedia que ahí tendrá lugar, la presencia del cabo John McBurney las expone de golpe a todo aquello de lo que esa clausura pretendía resguardarlas: el deseo y el miedo. Acostumbradas a un aislamiento casi de convento y aterrorizadas por historias en las que los soldados del norte se dedican a saquear las casas de sus enemigos y a violar sistemáticamente a sus mujeres sin distinción de edad ni clase, el soldado provocará en ellas reacciones encontradas.
Todo eso queda expresado con claridad cuando Martha cura y limpia al inconsciente cabo McBurney, en una escena que parece reproducir la imagen de una Pietá en la que la mujer sostiene y atiende al cuerpo inerte del hombre. Aunque, claro, no tan inerte como para aun así encender en ella los ardores de la carne con una avidez que quizá creía haber olvidado hace mucho. La imagen de ella de rodillas, aseando acalorada el cuerpo semidesnudo del varón con un paño húmedo, le da a la escena el aire religioso de ciertas pinturas renacentistas y cumple a la vez con la misión de mostrar la lucha entre el deber y el deseo. O mejor todavía, entre virtud y pecado. El modo en que la luz cae sobre ellos en forma de hebras a través de las altas ventanas de la estancia, esfumándose entre los pliegues de las cortinas, refuerza esa idea.
Dicho mecanismo puede ser trasladado a cada una de estas mujeres, aunque no todas lo vivirán con la misma carga. Porque si para Martha (Nicole Kidman) marca el retorno inesperado de la pasión perdida, para Edwina (Kirsten Dunst) corporiza el anhelo del amor con el que sueña y que hace rato merece. En cambio para las chicas representa un abanico de necesidades y emociones que van desde el despertar sexual y un salvoconducto contra el tedio de la reclusión para las más grandes, hasta una figura masculina, incluso paternal, para las pequeñas. A todo esto el cabo McBurney (Colin Farrell) es el convidado de piedra dentro de este festín. Aunque él se sienta protagonista, con un harem solícito dispuesto a satisfacerlo en cada una de sus necesidades de hombre decimonónico, la realidad es que apenas es un vehículo. Sobre él viajarán cada una de estas expectativas que su presencia genera, yendo desde el kilómetro cero del encierro –que no es sólo literal, dentro de las paredes y cercos del caserón, sino también el de cada una de estas mujeres dentro de su propia feminidad dormida— hasta vaya a saber dónde. Quienes vean la película podrán enterarse.
Haciendo gala de un gran manejo del arco emocional, Coppola permite que cada personaje haga su camino, sin buscar responsables ni echar culpas. Y parece entender que en esta historia cada uno carga con sus propios dolores, miedos y, sobre todo, deseos condenados a no ser satisfechos. O al menos hasta cerca del final, en el que la última mirada que Martha le reserva al cabo McBurney parece habitada por cierta malicia, sugiriendo un goce oscuro que produce un doblez inesperado tanto en el personaje como en el relato. Coppola se sirve de eso para sorprender con sutileza, descubriendo un abismo justo delante del espectador a pasitos nomás de los títulos finales.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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