sábado, 19 de noviembre de 2016

CINE - 31° Festival de Cine de Mar del Plata, Día 1: "Operación Avalancha" (Operation Avalanche), de Matt Johnson, de la farsa al miedo

Para quienes disfrutan mucho del cine, una de las características más angustiantes de un festival es la simultaneidad: la programación incluye tal cantidad películas que la superposición es inevitable, obligando al espectador a elegir incluso entre dos películas que no desea perderse. En ese sentido un encuentro como el de Mar del Plata, con un programa de casi 400 filmes y más de 20 salas proyectando desde las 9 de la mañana hasta la una de la madrugada del día siguiente, durante diez días, puede resultar una deliciosa tortura, en la que todo el tiempo es necesario resignarse a que no siempre puede obtenerse todo lo que se desea.
Mientras en la función de apertura se proyectaba Neruda de Pablo Larraín, casi al mismo tiempo se realizaba la primera pasada del film Operación Avalancha, del director canadiense Matt Johnson. Se trata de un film que vuelve sobre uno de los momentos más álgidos de la Guerra Fría, el de la carrera por la conquista del espacio entre los Estados Unidos y la Unión Soviética durante los años ’60. En este caso en particular, para darle una vuelta de tuerca a la vieja teoría conspirativa de que la llegada de los norteamericanos a la Luna sería sólo un montaje realizado por cineastas en un estudio de cine. Dicha idea –muy conocida y que hasta incluye la leyenda de que fue el propio Stanley Kubrick el encargado de filmar el falso alunizaje— se sostiene en la necesidad de los Estados Unidos de conseguir poner un pie en la superficie lunar para adelantarse a los rusos, quienes les habían propinado un significativo revés al lanzar el Sputnik en 1957, el primer satélite artificial puesto en órbita terrestre. Un golpe de efecto tecnológico y sobre todo político en la pelea por la hegemonía de un mundo bipolarizado por la disputa ideológica entre el capitalismo y el comunismo.
Johnson ya había participado hace unos años de este festival con su ópera prima, The Dirties, una comedia negra con el eje puesto en el tema del bullying y las matanzas escolares perpetradas por los propios alumnos, que es uno de los problemas más angustiantes de la cultura del armamentismo civil en la sociedad norteamericana. En esa ocasión Johnson conseguía hacer humor sobre un tema sensible y delicado con gran inteligencia cinéfila y parodiando trabajos muy serios sobre ese mismo tópico, como la premiada Elefante, de Gus Van Sant. Operación Avalancha está construida sobre una estructura narrativa similar e incluso su progresión dramática parece seguir el mismo patrón que The Dirties, comenzando con un tono de farsa ligera, para volverse cada vez más oscura y con un epílogo agobiante.
Esta vez se trata de dos directores de cine a los que la CIA les encomienda infiltrarse en la NASA haciéndose pasar por documentalistas, para tratar de descubrir a un posible espía soviético. En lugar de eso, los protagonistas descubren que la NASA no se encuentra en condiciones técnicas de cumplir con la promesa realizada por el presidente John F. Kennedy en 1962 de llegar a la Luna antes de que la década de 1960 llegue a su fin. A instancias de uno de ellos (interpretado por el propio Johnson), el dúo le propone a la CIA la mejor solución para el problema: falsificar en un estudio de cine la escena en la que los astronautas estadounidenses llegan al satélite y transmitirlo a todo el mundo como si fuera real, solamente para no volver a ser derrotados simbólicamente por los soviéticos.
Filmada con un despliegue técnico y un criterio estético impecables, además de un timing narrativo y un manejo del suspenso extraordinarios, Operación Avalancha representa un paseo que recorre un arco de emociones cinematográficas muy amplio. Porque si el film comienza como una ligera comedia de enredos que llega a rozar el sinsentido, con el correr del tiempo el delirio humorístico va dando paso a una paranoia cada vez más asfixiante, un thriller político que reproduce con claridad calcográfica el modelo de las viejas películas de espionaje.
Y todo sin perder de vista el telón de fondo político e histórico, convirtiéndose además en un cuadro que muestra la evolución de la realidad norteamericana durante la década del ’60, yendo del ingenuo espíritu triunfalista de comienzos de la década, hasta llegar a los tonos sombríos, complejos y ambiguos del año ’69, cuando la misión Apolo 11 llega por fin a la Luna, mientras la sociedad comienza a entrever el despropósito político y militar de la Guerra de Vietnam, ya con Richard Nixon como presidente. Operación Avalancha es, en resumen, una de esas películas imperdibles que, por desgracia, sólo pueden verse en un Festival como el de Mar del Plata, ya que difícilmente tengan un estreno comercial. Quienes puedan verla, entonces, no lo duden. Los demás no se resignen: a veces los milagros ocurren. 


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Artículo publicado originalmente en el portalde noticias www.tiempoar.com.ar

viernes, 18 de noviembre de 2016

CINE - "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" (Fantastic Beasts and Where to Find Them"), de David Yates: Cuando Rowling desembarcó en América

Cuando se trata de convertir al cine en un negocio, parece que no hay nadie más eficiente que J. K. Rowling. Mérito doble, porque antes que eso la escritora escocesa hizo lo propio con el "negocio" de la literatura, componiendo una de las series de libros más exitosas de todos los tiempos: la de Harry Potter. Una vez transformados sus siete volúmenes ocho películas, cuya recaudación global rondó los siete mil millones de dólares, parecía que la cosa quedaría ahí, grabada para la historia en el bronce de las estadísticas. Quienes creyeron que la prolífica Rowling se conformaría con eso se equivocaron. Cuando los fanáticos empezaban a aceptar que las aventuras de Potter fueran parte del pasado, la británica sorprendió con una nueva línea dentro de ese universo, que retoma su imaginario para contar una historia paralela. Un procedimiento que en el cine se denomina spin off. El estreno de Animales fantásticos y dónde encontrarlos es la adaptación cinematográfica de la primera novela de esta nueva serie, que regresa al universo mágico desarrollado en Harry Potter pero en un nuevo contexto, un nuevo foco narrativo y nuevos protagonistas. El primer episodio de al menos cinco que ya fueron anunciados. Negocio redondo.
Rowling es inteligente y supo hallar la mejor forma de renovar su catálogo de creaciones sin perder la continuidad de lo construido, que le garantiza un público potencial muy numeroso. Si el relato de la saga Potter transcurría en tierras británicas, con toda su tradición mítica y cultural como soporte, la gran apuesta de Animales fantásticos... reside en trasladar toda esa parafernalia al nuevo mundo, a los Estados Unidos. El truco es simple, pero debe admitirse que se requiere de algún talento para realizarlo de manera exitosa y no se le pueden negar a Rowling los suyos. El más notorio: su facilidad para crear personajes con los cuales es muy fácil vincularse, ya sea por simpatía, empatía o antipatía. Y el nuevo protagonista, Newt Scamander, se las arregla bien para cargarse la compleja tarea de calzar los zapatos de Harry. Se trata de un joven mago, ex alumno de Hogwarts (la misma escuela donde transcurre la acción en las novelas de Potter), que llega a Estados Unidos en busca de animales fabulosos que están prohibidos en tierra americana. Pero la naturaleza de las cosas hace que todo se complique, involucrando a un nomago (un ser humano común, lo que en la Gran Bretaña potteriana se conoce como muggle) y acaba arrestado por la autoridades mágicas de Nueva York.
Encarnado por Eddie Redmayne, Scamander concentra en sí mismo la esencia de lo británico para hacer que destaque entre lo estadounidense por contraste. A diferencia de otros papeles en los que el actor pelirrojo tuvo vía libre para sus excesos histriónicos hasta volverse insoportable, acá tiene la prudencia de atenerse a un perfil británico más contenido y flemático. Es decir, Redmayne no deja de sobreactuar, pero al menos no resulta (tan) exasperante. Rowling aprovecha bien el cruce del Atlántico para dar continuidad dentro de su imaginario a las diferencias culturales que existen entre estadounidenses y británicos en el mundo real, y lo hace con humor. Y utiliza la particularidad del nuevo escenario para definir un universo propio que se vaya despegando de la saga anterior. Ejemplo de eso el movimiento antimagos, que reproduce las tradicionales cacerías de brujas asociadas al costado puritano de la historia norteamericana. Otro acierto es ambientar la historia en Nueva York entre 1920 y 1930, partiendo de una estética cercana al steampunk que recuerda al monumentalismo del Brazil de Terry Gilliam.
Animales fantásticos... cuenta además con un gran reparto que ayuda a hacer que todo se vuelva aceptable. Incluso lo menos creativo de este trabajo de Rowling (y de todos sus trabajos en general), que son sus criaturas, nunca muy originales y siempre subsidiarias de lo ya imaginado antes por diversas mitologías. Incluso en ocasiones hasta parece no haber ninguna razón demasiado sólida que justifique algunas de las apariciones que realizan las extrañas especies, más que la simple fórmula de romper la linealidad del relato cada tantas escenas, buscando distraer y asombrar a partir de un despliegue visual algo vacuo. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

jueves, 17 de noviembre de 2016

LIBROS - Jack London, narrador de lo salvaje: En el centenario de su muerte

La edición de textos de autores clásicos cuyos derechos han pasado al dominio público representa una dificultad para los interesados en volver a publicarlos. El desafío reside en aguzar la inventiva para sumarle un valor adicional a obras de innegable mérito, pero sobreexplotadas comercialmente. Es decir, algún tipo de plusvalía que sirva para potenciar su estatus literario y convertirlas otra vez en un producto si no nuevo, al menos novedoso. El de Jack London, escritor fundamental de la literatura estadounidense (y universal), es un ejemplo oportuno; o mejor dicho, el ejemplo lo dan sendas antologías de sus cuentos que acaban de publicar Eterna Cadencia y Libros del Zorro Rojo. Aunque se trata de material que casi en su totalidad ya ha conocido muchas ediciones anteriores, a partir de una curaduría editorial ingeniosa y cuidada, ambos libros representan una novedad.
Once cuentos de Klondike (Eterna Cadencia, traducción y notas a cargo de Jorge Fondebrider) se articula en torno a la experiencia de London como expedicionario durante la fiebre del oro que en 1896 llevó a cientos de miles de aventureros y cazafortunas a adentrarse en los inhóspitos y poco explorados territorios de Alaska y Yukón. Los textos, ambientados en dichos escenarios –incluyendo “Encender un fuego”, también conocido como “Encender una hoguera”, uno de los más populares del autor—, dan cuenta de un choque cultural afín a la tradicional dicotomía de civilización y barbarie. Con la salvedad de que en London ambos conceptos se encuentran (levemente) menos estancados que en Sarmiento, permitiéndose reconocer el rastro de la barbarie en ambos lados de aquella grieta original. En el caso de Knock Out. Tres historias de boxeo (Del Zorro Rojo, traducción de Patricia Wilson e ilustraciones de Enrique Breccia), los tres relatos compilados giran en torno a ese deporte. Al contrario de los anteriores, estas tres historias transcurren en los escenarios urbanos propios del universo del box y aunque desde lo formal representan espacios opuestos, no es difícil hallar sólidos puntos de contacto entre ellos.
Ambos libros revelan el profundo vínculo que London establece con lo salvaje a través de su obra. Vínculo que por lo general se produce antes como enfrentamiento que como encuentro, como disputa más que como acuerdo. Si en Once cuentos de Klondike dicha oposición se da en el marco de la naturaleza, a la que el hombre blanco llega para conquistar, a caballo de una superioridad de orden darwiniano, en el caso de Knock Out London reconoce y retrata el salvajismo que reside en el corazón del mundo moderno y “civilizado”. No caben dudas que en esa capacidad para identificar el lado salvaje de su propia cultura tiene mucho que ver con la militancia socialista del escritor y el del pugilismo es el universo perfecto para representarlo. Queda queda claro en el cuento “El mexicano”, sobre un joven que para apoyar la Revolución Mexicana se hace boxeador.
Al parecer para London la frontera entre lo civilizado y lo salvaje estaba vinculada con la idea de superioridad cultural, conclusión a la que habría llegado apoyado en sus lecturas de Nietzsche y en la aplicación social de las ideas de Darwin realizada por Herbert Spencer, quien traslada la teoría de la evolución natural al concepto de progreso para marcar la superioridad de algunos pueblos sobe otros. Es esta mirada, a partir de la cual considera a su propio pueblo como cima de la civilización, la que le permite a London ubicar lo salvaje siempre en un Otro mutable: salvajes son los demás. Y aunque dicha etiqueta les cabe con mayor frecuencia a los nativos americanos –a los que contempla siempre con un aire paternal chapado a la antigua, que le permite ir de la condescendencia al rigor con la naturalidad de quien se sabe varios escalones por encima—, también pueden ser salvajes los franceses, los rusos e incluso los propios estadounidenses.
Esta idea se hace explícita en “El hijo del lobo”, relato que abre los Once cuentos de Klondike. En él, un explorador que lleva mucho tiempo en la soledad esteparia, reconoce cuál es su principal problema: “El hombre raramente hace una evaluación correcta sobre las mujeres, al menos hasta verse privado de ellas”. Sin embargo en lugar de volver a buscar una esposa entre los suyos, el protagonista decide viajar a través de la tundra helada para visitar a la tribu de los tanana y pedir la mano de la hija del cacique. Su estrategia incluye una negociación, pero no descarta la posibilidad de que el asunto pudiera derivar en un enfrentamiento entre machos, que es como dirimen esas cosas los salvajes. En efecto, algunos jóvenes desafían al extranjero argumentando que, desde su llegada, los blancos no han hecho otra cosa que quitarles las mujeres, poniendo en riesgo la supervivencia de la tribu. Sólo en territorio ajeno, el protagonista observa y reflexiona. “Se detuvo en un bebé recién nacido, que mamaba del pecho desnudo de su madre. […] Pensó en las delicadas mujeres de su propia raza y sonrió forzadamente. Sin embargo, de las entrañas de algunas de esas mujeres frágiles acaso había salido él con una herencia regia; una herencia que les había dado a él y a los suyos el dominio sobre la tierra y el mar, sobre los animales y los pueblos de todas las zonas”. Esta concepción del mundo atraviesa los once relatos y no parece casual que aparezca en el primero de ellos.
Lo que ocurre con sus cuentos de boxeo es paradójico, porque tratándose de una de las actividades en la que lo salvaje se encuentra legitimado por el espíritu de la competencia deportiva, lo verdaderamente brutal sigue siendo otra cosa. Uno de los tres cuentos de Knock Out es “Un bistec”, en el que subirse a un ring para enfrentar a peleadores más jóvenes sigue siendo la única forma que un boxeador que llegó a los 40 encuentra para ganarse la vida y tratar de mantener a su familia. London demuestra en sus cuentos ser un estupendo relator de box y aunque no escatima detalles que dan cuenta del salvajismo del boxeo (que por entonces se peleaba a 20 rounds), se las arregla para ilustrar salvajismos mayores. En el universo del relato, mucho más salvaje que el pugilismo resulta el hambre del protagonista, quien va a pelear dejando en casa a su mujer y a sus dos hijos sin comer, porque no tienen ni para un plato de salsa, y se la pasa todo el combate añorando un pedazo de carne casi tanto como añora su juventud perdida. Porque sin dudas el mayor de los salvajismos de “Un bistec” es el que ejerce el tiempo a su paso, dañando, deshaciendo el cuerpo en su camino a la vejez. Un salvajismo, el del paso del tiempo, que London no llegará a conocer nunca: murió a los 40 años, dejando una de las obras más extraordinarias de la literatura.
Artículo publicado originalmente en el Suplemento Literario Télam.

CINE - "La chica del tren" (The Girl on the Train), de Tate Taylor: Manipular y traicionar

El cine le saca el jugo al negocio editorial, otra vez, adaptando un bestseller. Esta vez le toca a La chica del tren, novela de la estadounidense Paula Hawkins que aún no ha explotado en las librerías locales, aunque es posible imaginar que este estreno será el primer paso de una campaña que la hará trepar por los rankings de más vendidos. No es que la película sea tan buena como para convencer a la gente por su calidad, pero sí lo suficientemente truculenta como para picarle el morbo a más de uno. Por otra parte su temática, que atraviesa distintas variantes de la violencia de género, no deja de ser oportunista. Macábramente oportunista, se podría decir, si no fuera porque la violencia contra las mujeres es tan vieja como la humanidad y parece no tener visos de estar mejorando. Claro que no estamos ante un alegato feminista ni muchísimo menos; hasta se podría decir que todo lo contrario.
Encuadrada en el thriller psicológico, La chica del tren cuenta una historia de mujeres narradas por sus propias protagonistas. Eso no quiere decir que asuma un punto de vista femenino, aunque es fácil empezar creyendo que sí: el film comienza retratando de cerca a Rachel (Emily Blunt), la chica que desde el tren se dedica a observar la vida de algunas casas ubicadas a la vera del recorrido ferroviario que realiza todos los días. La voz en off de la protagonista y el retrato igualmente cercano de Megan (la chica que ella observa por la ventana del tren) y de Ana (nueva esposa del ex marido de Rachel, que viven con la hijita de ambos en una casa vecina a la de Megan), ayudan a acentuar la idea de un punto de vista femenino. Si la cosa se parece enmarañada es porque Tate Taylor, el director, se encargó de que todo se convierta en una madeja de idas y vueltas en el tiempo, para contar la historia de las tres mujeres, al mismo tiempo que tiende puentes secretos que interconectan sus destinos.
 Mientras se concentra en el drama de Rachel –alcohólica abandonada por su marido, obsesionada con la nueva vida que él lleva con Ana, mientras fantasea con lo que supone es la vida romántica y perfecta de Megan y su marido—, la película consigue mantener la tensión, atenta a las derivaciones psicológicas del relato. Después empiezan a aparecer las vueltas de tuerca, las conductas inesperadas de algunos personajes y algunas decisiones del director que degradan lo que parecía un thriller convincente. Sobre todo cuando Taylor deja de preocuparse por lo que les pase a las tres mujeres para intervenir de manera demasiado visible en el desarrollo de los hechos. O mejor dicho, por la forma en que elige representar cinematográficamente estos hechos. La película se vuelve sádica y explícita sin aviso ni necesidad, y en esa búsqueda del efecto y la conmoción hay, sino una traición, al menos la evidencia de un juego de manipulación que se hace difícil de perdonar.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 11 de noviembre de 2016

CINE - "Como una novia sin sexo", de Lucas Santa Ana: Preocupaciones desbalanceadas

La ópera prima del argentino Lucas Santa Ana podría tratarse de un relato de iniciación, aunque Adrián, Daniel y Santiago –los jóvenes protagonistas de veintipocos– tal vez estén algo grandes para eso. Podría ser una comedia, pero no tanto: hay mucho drama en la historia de este trío de “mejores amigos” que se van a la playa, en carpa y en temporada baja, para pasar tiempo juntos y encimados (y mientras más se amontonan, mayor la posibilidad de que los roces acaben en choque). En Como una novia sin sexo hay algo de búsqueda de identidad, viajes interiores y dudas existenciales; historias cruzadas, deseos al rojo, celos y la imperiosa necesidad de querer y ser queridos como elementos comunes a todos. Colectivo del que no debe excluirse a Juli, la chica que conocen en el camping, el catalizador que precipitará las acciones. La chispa que faltaba para hacer arder el combustible acumulado entre ellos.
No porque se trate sólo de una historia en la que los machos se disputan los favores de la hembra, sino porque su aparición potenciará inseguridades y deseos. Eso hace que se multipliquen los juegos de seducción (y sexuales) entre los chicos y la chica pero también entre ellos, porque si algo queda claro es que este es un relato de despertar gay. Como una novia sin sexo (reveladora frase que ellos usan para definir lo que creen que significa “ser amigos”) presenta de modo verosímil esa etapa de la vida en la que el miedo disfraza de duda hasta las certezas más evidentes.
El relato se estructura a partir de dos registros en los que el uso de la tercera y la primera persona son puestos en tensión. La primera de ellas habita en la cámara del director, quien observa a distancia, sugiriendo una falsa imparcialidad. La segunda corresponde a lo que uno de los propios chicos filma con su cámara portátil. Los registros se diferencian además por el formato de pantalla (uno apaisado; el otro en el cuadrado tradicional del video) y porque en las imágenes tomadas por el personaje aparece la fecha sobreimpresa, con la tipografía de las viejas videocámaras. Según esas fechas, los hechos narrados datan del 10 de noviembre de 1996; es decir, literalmente 20 años antes del estreno de la película, ocurrido justo ayer.
Como una novia sin sexo logra generar empatía (por las situaciones más que por los personajes), pero también incomodidad. Sobre todo por el destino que le reserva a Juli. Es decir, el lugar que le toca a lo femenino en este universo, porque el film sólo parece realmente preocupado por los conflictos de sus personajes masculinos, reduciendo el rol de la mujer al de mero elemento disruptivo que se descarta tras ser usado. Sea por acción u omisión, los tres chicos acaban maltratándola de todas las formas posibles: física, sexual, verbal, emocional. Todos obtienen de ella lo que quieren, pero se desentienden de su destino final, sin dudas el más amargo de los cuatro. En ninguno de los varones involucrados, incluidos el director y el guionista, hay atisbos de piedad por lo que pudiera pasarle a ella y esa decisión forma parte fundamental de la obra y de la mirada del mundo que representa. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.