sábado, 21 de septiembre de 2013

CINE - 2° Festival Internacional UNASUR Cine: Nazis fugitivos y chicas rebeldes

Por segundo año consecutivo el Festival Internacional UNSUR Cine dio las hurras con las que ayer se dio por cerrado este encuentro que se propone ofrecer un panorama del cine sudamericano actual. Y lo hizo entregando una batería de premios que tuvo sobre todo dos grandes ganadores, surgidos de sus dos categorías principales que reúnen a los largometrajes documentales y de ficción. Dentro de los primeros el jurado eligió mejor documental a La chica del Sur, el narrativo y entretenido trabajo del argentino José Luis García, en tanto que en la categoría ficción la elegida fue Wakolda, escrita y dirigida por Lucía Puenzo, que además recibió los premios a la mejor dirección, mejor actuación femenina y mejor actriz revelación, lo que la colocan como la gran ganadora de esta segunda edición del festival.
Una buena noticia para la película de Puenzo, que acaba de tener su estreno local esta semana con prometedores números en boletería y ya se perfila como una de las candidatas más fuertes para ser enviada como representante argentina a la preselección de la Academia del Cine estadounidense para el Oscar a mejor película extranjera. Wakolda, basada en una novela de esta directora que también se destaca en el campo literario (Puenzo fue elegida en 2010 como una de los 22 Los mejores narradores jóvenes en español por la prestigiosa revista inglesa Granta), cuenta la historia de un médico alemán que a comienzos de los ‘60 se radica en Bariloche y traba relación con una familia que regentea una hostería a orillas del Nahuel Huapi. El relato, que tiene como trasfondo el hecho comprobado de que un gran número de jerarcas y oficiales nazis encontraron un conveniente refugio en la Argentina tras el final de la Segunda Guerra Mundial, hace centro en la relación entre el médico y una de las hijas del matrimonio, una niña de 12 años con problemas de crecimiento. Puenzo exhibe sus virtudes como narradora cinematográfica, que ya había evidenciado en sus dos películas anteriores, XXY estrenada en 2007 y basada en un cuento de Sergio Bizzio, y El niño pez, de 2009, que también tiene como origen una novela escrita por ella. 
La estructura de Wakolda, que abre una gran cantidad de líneas narrativas (incluso de modo excesivo), permite el lucimiento de todo su reparto encabezado por el actor catalán Alex Brendemühl, pero que también incluye las destacadas labores de Diego Peretti, Elena Roger y Guillermo Pfening. Es por eso que no resulta extraño que el premio a la mejor actriz lo haya recibido Natalia Oreiro, quien suma un nuevo papel dramático elogiable a su currículum. Por su parte la pequeña Florencia Bado comparte el premio como actriz revelación con Mora Arenillas, protagonista de Por un tiempo, recomendable debut del actor Gustavo Garzón como director. El premio a la mejor actuación masculina fue para el mexicano Gael García Bernal por su trabajo en No, del chileno Pablo Larraín, que este año compitió por el Oscar extranjero y resultó ganadora de un premio en la edición 2012 del Festival de Cannes. 
Por su parte, el documental La chica del Sur es la segunda película de José Luis García, por la que ya había recibido una mención en el BAFICI 2012. El personaje central de la película es una chica que viaja clandes- tinamente desde Corea del Sur para asistir a un congreso de juventudes socialistas que se realizó en 1989 en Corea del Norte, en el que el propio director estuvo presente. La película cuenta la búsqueda de aquella chica del sur que el propio García realizó 20 años después. El director, que cuenta con una destacada carrera como director de fotografía, trabajando con directores como Fernando Spiner en La sonámbula, o Martín Rejtman en Rapado o Los guantes mágicos, ya había demostrado ser un gran narrador documental en su debut con la película Cándido López, los campos de batalla. Con La chica del Sur confirma la potencia de su mirada y su habilidad para la realización cinematográfica y consigue llevarse con total justicia este premio del 2° Festival Internacional UNASUR Cine, que se despide prometiendo volver el año próximo.

Otros premios 

Entre los largometrajes de ficción Insurgentes de Jorge Sanjinés recibió el premio especial del jurado, en tanto que la película de animación infantil Anina, del uruguayo Alfredo Soderguit – que ya había participado este año de la competencia internacional del BAFICI- recibió una mención especial. Por su parte Hoje de la brasileña Tata Amaral se llevó el premio al mejor guión en esta misma categoría.
 Dentro de la competencia documental la mención especial recayó en Doméstica, dirigida por Gabriel Mascaro de Brasil, la mejor dirección fue para la chilena María Paz González por su película Hija, y el premio al mejor guión se lo llevó Néstor Frenkel por El gran simulador, sobre la figura del ilusionista René Lavand. Finalmente el film Detrás del espejo, dirigido por Julio Ramos de Perú, recibió el premio al mejor cortometraje, categoría en la que el brasileño Quiko Meirelles resultó mejor director por La gallina que burló el sistema. Entre los proyectos presentados en la sección Cine en Construcción fue premiado La inocencia, del argentino Eduardo de la Serna.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 20 de septiembre de 2013

CINE - 2° Festival Internacional UNASUR Cine: Bolivia frente al espejo

Dentro del amplio panorama latinoamericano que representan las diversas competencias del 2° Festival Internacional UNASUR Cine, hay dos títulos que dan cuenta de la actualidad cinematográfica en Bolivia, un cine que a pesar de su proximidad resulta casi por completo desconocido para los espectadores argentinos, en especial para los de Buenos Aires. Se trata de Insurgentes, último film del prestigioso Jorge Sanjinés, un artista con una mirada social y política fuertemente ligada al trabajo de otros directores como los argentinos Raymundo Gleyzer y Fernando Solanas, o al brasileño Glauber Rocha, y del documental Ciudadela, del jóven director Diego Mondaca. La visión conjunta de ambas no sólo sirve para tener un parámetro mínimo pero poderoso del presente del cine boliviano, sino que resultan en un retrato muy revelador de la cosmovisión cultural e histórica de la nación boliviana.
La película de Sanjinés, que forma parte de la competencia internacional de ficciones, es un intento que puede considerarse exitoso de encadenar los diferentes hitos de las luchas de los pueblos indígenas bolivianos contra la ocupación europea. Un relato que va moviéndose en reversa, encadenando hechos como el derrocamiento y asesinato del presidente Gualberto Villarroel, ocurrido en 1946 luego de una campaña de difamación llevada adelante por los medios de comunicación para impedir que concretara una profunda reforma agraria en beneficio de los pobladores originales, hasta el cerco con que un ejército indígena casi consiguió hacer caer a la ciudad de La Paz a finales del siglo XVIII. Sanjinés cierra su relato retomando ese recorrido histórico a comienzos del siglo XXI, con las famosas guerras del agua y del gas, circunstancias que anticipan la llegada al poder del actual presidente de Bolivia Evo Morales, el primero de sangre indígena y proveniente de la clase obrera. El propio Morales se interpreta a sí mismo en un par de escenas sobre el final de esta película, que más allá de sus limitaciones consigue erigirse como una versión épica de la historia boliviana.
Insurgentes instala un concepto que el propio Jorge Sanjinés, presente en esta segunda edición del UNASUR Cine, reafirmó durante la charla con los espectadores al finalizar una de las proyecciones: “Los pueblos indígenas forjamos sociedades que anteponen el nosotros al yo”. Un concepto que no sólo define a las culturas originales de los pueblos americanos, sino que resulta fundamental para entender aquello que viene a mostrar el documental de Mondaca. Ciudadela, que forma parte de la competencia de cine documental, se encuentra íntegramente rodada en el interior del penal de San Pedro, en la ciudad de La Paz. Si bien puede decirse que comparte su tema con buena cantidad de películas ya vistas, lo que este documental viene a ofrecer de único son las características impares del espacio que se propuso retratar y que tienen que ver directamente con ese colectivismo al que alude la definición de Sanjinés. 
Si bien sus habitantes son reclusos, la estructura interna del penal no se diferencia en nada de un barrio cualquiera: ahí no hay celdas y muchos de los prisioneros viven con sus familias, incluyendo a sus hijos, que concurren a la escuela dentro del penal. En San Pedro los prisioneros tienen sus negocios, trabajan, ejercen sus oficios, almuerzan en los bares que ellos mismos atienden, todo puertas adentro de esa prisión cuya mecánica es tan difícil de entender para quienes han sido criados en el paradigma de la cultura occidental. Para su director la lógica de ese espacio resulta inexplicable en el contexto de “una cultura judeocristiana basada en la culpa, en lo punitivo, que en Bolivia es una cultura legal, pero no es nuestra cultura”. “La justicia del indio, que es nuestro sistema tradicional, es inclusiva”, continúa Mondaca. “Si tu cometes un delito dentro de tu comunidad, le robas la comida a tu vecino por ejemplo, tu castigo será cultivar la tierra de tu vecino o de la comunidad, entonces realmente entenderás el valor de esa tierra, de esa comida y de ese trabajo.” 
La cámara de Mondaca recorre el penal de San Pedro con libertad paradójica, siguiendo a un coyita de no más de dos años, un bebé, que va por los pasillos y corredores de ese laberinto como si estuviera en su casa. Porque está en su casa: tanto esa cárcel como Bolivia y América fueron y serán siempre su hogar. Ciudadela representa una experiencia única, no sólo desde sus muchas virtudes cinematográficas, sino desde su valor como objeto integrador, como eslabón para tratar de unir dos culturas que comparten el mismo territorio desde hace más de quinientos años, pero que todavía no consiguen terminar de comprenderse y aceptarse.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - "Wakolda", de Lucía Puenzo: Presencias y ausencias de lo siniestro

La tercera película de Lucía Puenzo, Wakolda, le permitió a la directora volver a Cannes, festival al que había llegado en 2007 con XXY, su ópera prima, y del que se había vuelto con el premio de la Semana de la Crítica. Esta vez regresó de Francia sin lauros, pero hay varios elementos que ligan ambas películas, méritos y objeciones que tienden puentes por encima de El niño pez, segundo film de la directora. Para aclarar la cosa, Wakolda no es una mala película. Lejos de eso, confirma que Puenzo es una narradora eficiente, precisa a la hora de seleccionar los detalles para hacer otra película atractiva. Para contar su historia de nazis (y la de uno en especial) refugiados en Bariloche en una década de 1960 todavía pre-Beatle (es decir: la antigüedad del siglo XX), Puenzo consigue una reconstrucción de época notable, no sólo desde los bien administrados recursos artísticos, sino con la elección de un reparto equilibrado. Resulta redundante hablar de las virtudes de Diego Peretti, y la destacada labor dramática de Natalia Oreiro ya no debe ser calificada como sorpresiva, adjetivo que esta vez aplica al trabajo del catalán Alex Brendemühl, a cargo del papel más importante. El resto del elenco, encabezado por Elena Roger, Guillermo Pfening y la niña Florencia Bado completan un trabajo de equipo sumamente elogioso. 
Wakolda posee los elementos adecuados para una historia siniestra: una familia que regresa al sur para hacerse cargo de una vieja hostería familiar, dentro de una comunidad de origen cerrada sobre sus tradiciones; una niña con trastornos de crecimiento; un doctor alemán que aplica su conocimiento de genética para mejorar la cría de ganado; un padre que se dedica a fabricar muñecas de cerámica; la perversa tensión sexual entre esa nena que lucha contra la demora de la madurez y un hombre obsesionado con sus teorías científicas. Como se ve, lo siniestro en Wakolda está dado por múltiples elementos, algunos desarrollados con sutileza, otros expuestos con exceso. Dentro de la primera categoría se puede considerar aquello que es elidido o no dicho de manera explícita. Como el regreso de esa familia a Bariloche, donde el personaje de Oreiro fue educado en un colegio que no sólo es alemán sino filonazi, que representa de modo sutil el surgimiento de lo inefable dentro del núcleo más íntimo. La imagen de Oreiro sacando de una caja viejas fotos en donde el emblema del Reich flamea frente a su escuela, habla de ese retorno de lo reprimido. La llegada del extraño doctor al seno familiar reafirma la aparición de lo ominoso. 
Quizá no sea casual que algunas nociones psicoanalíticas aparezcan conforme el relato avanza. Se ha dicho que en Wakolda también hay una serie de elementos que acentúan esa presencia siniestra de manera artificial, propensión que la directora ya había mostrado en XXY. Basta recordar un par de planos en donde la hoja de un cuchillo atacaba en distintos momentos un pescado o una zanahoria, construcciones simbólicas que remitían innecesariamente al concepto de castración. En Wakolda Puenzo realiza operaciones análogas, dándole cuerpo a las ideas del doble y del autómata que Freud toma del cuento “El arenero”, del escritor alemán E.T.A. Hoffmann, en su ensayo “Lo siniestro” para explicar sus diferentes manifestaciones y con el que la directora parece querer dialogar. El nombre de la niña, Lilith, se suma al cargado conjunto de alegorías, en tanto corresponde a una de las más abominables criaturas de la mitología hebrea. Un exceso similar al que representaba el nombre del personaje de Ricardo Darín en XXY: Kraken, la gran serpiente marina de la mitología escandinava, otro subrayado freudiano para una figura paterna fuerte.
Tal vez esta profusión metafórica no hubiera quedado tan expuesta si el relato consiguiera explotar todo su potencial siniestro desde lo narrativo. Pero pasados los sugerentes dos primeros tercios y hacia el final del film, la tensión cede ante el sentimiento de que todavía quedaba fondo en este abismo, de que el monstruo no termina de mostrar sus dientes y de que todo ese armazón simbólico acaba por contener al horror en lugar de exponenciarlo. Wakolda no empaña la filmografía de Puenzo y merece ser vista, pero permite aventurar que la directora todavía no llegó a su techo.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

martes, 17 de septiembre de 2013

CINE - 2° Festival Internacional UNASUR Cine - Entrevista con Nicolás Favio, hijo de Leonardo Favio

Comenzar un festival de cine latinoamericano con un homenaje a Leonardo Favio es una declaración de principios cinematográ- fica. Eso hizo el viernes pasado el Festival Internacional UNASUR Cine, el encuentro que justamente reúne una interesante selección de lo que ha producido recientemente la industria del cine en Sudamérica. Y no estuvo mal el homenaje a Favio, porque consiguió hacer pie en la obra artística de este enorme director, pero sin limitarse a exponer sólo los méritos acumulados en sus películas, los más fáciles de destacar, sino que puso en primer plano sobre todo su obra musical. Que tiene mucha relación con su cine, en tanto ha tenido un papel preponderante en las bandas sonoras de sus propias películas, pero que sobre todo se cimenta en su menospreciado lugar dentro de la música popular latinoamericana. El foco del tributo estuvo puesto en la recreación de varios fragmentos musicales emblemáticos de sus películas, como aquel en que la bailarina Natalia Pelayo representó una de las bellas coreografías de Aniceto, última película del director. O el famoso leitmotiv de Juan Moreira, interpretado por la Camerata de San Juan y el Coro de la Universidad Nacional de San Juan, con dirección del músico Luis María Serra y el guitarrista Pocho Leyes, ambos productores de esa banda original y colaboradores muy cercanos a Favio, y la soprano María Barrios a cargo de la voz principal. Sin embargo el centro emotivo y verdaderamente popular de la noche estuvo a cargo del músico y cantante Nicolás Favio, hijo del homenajeado.
Nicolás realizó un mini recital en el que incluyo sentidas y vibrantes interpretaciones de algunas de las canciones de su padre, que tuvo su pico de emoción cuando llegó el turno de una energética versión del clásico “Pantalón cortito”, coreada por un auditorio desbordado en su capacidad y gente abarrotada hasta en las escaleras. El cierre de la presentación de Favio hijo no podía ser más apropiado, con el músico a cargo de la guitarra y María Barrios en la voz líder, interpretando una dulce versión de “Que se parece a Jesús”, canción que pone en evidencia la sensibilidad popular de la poesía de Leonardo Favio. “Cada vez que escucho esa canción pienso: ‘quiero ser como él’, pero es muy difícil”, confiesa Nicolás Favio, declarando un amor incondicional por la obra musical de su padre. “No soy cineasta, soy músico, entonces no puedo decir nada de sus películas que ya todos no sepan. Pero como cantante y compositor me parece cada día más grosso: ¡cómo canta mi papá!”, insistió el músico, que en estos momentos se encuentra preparando un disco producido por el guitarrista Pilín Masei, también presente en el homenaje. “Tenía la voz como un trueno”, dice Nicolás sobre su padre, “porque cuando abrió la boca y se enteraron en todo el continente. Nadie puede cantar como él: si Beethoven hubiera cantado, lo habría hecho como mi papá, siento que tienen el mismo temperamento sentimental y pasional.” 
Pero hablar de Leonardo Favio con su hijo es también hablar de política, de la dictadura, del exilio que su familia debió soportar tras el golpe cívico militar de 1976. “Todavía me queda un poco el acento de cuando vivimos en Colombia. Pasé ahí mi niñez y mi adolescencia, de los 8 a los 17 años, y ahí empecé a tocar música. Pero antes de eso vivimos por todas partes: empezamos en La Plata después México, La Plata de nuevo, Mendoza, Las Catitas, en México. Y al final Colombia: fuimos por 6 meses y nos quedamos 10 años.”  

-¿Ese fue el recorrido del exilio?  
-Claro. Pero mi papá había empezado a viajar antes. Salía de la Argentina para cantar y sus giras duraban 7 meses por ahí. Entonces cuando tuvimos que irnos, decidimos ir a México, porque de ahí por ejemplo se iba quince días a Ecuador y volvía a vivir dos semanas con nosotros, se iba otros quince días a Colombia y volvía. Así era el trabajo de él. Mi mamá lo acompañaba al principio, cuando podíamos quedarnos con mis abuelos y después lo empecé a acompañar yo, cuando ya trabajaba con él. 
-¿Tocabas en su banda?
-¡No! Era plomo, cargaba equipos y esas cosas. Igual ya me había metido en el tema de la música y aprendía mucho estando con sus músicos.  
-Es decir que durante el exilio tu papá vivía de la música.  
-Sí. Le ofrecieron filmar en Colombia, pero el no quiso, porque decía que necesitaba conocer a fondo la idiosincrasia de un pueblo. Yo me hice colombiano enseguida, porque los niños se adaptan rápido. En cambio él tenía otra carga encima, quería volver acá. Volver para contarle al pueblo su historia, eso es lo que yo creo. Él no volvió para poder filmar, sino que vino a contarle al pueblo su historia, de eso puedo darme cuenta recién ahora.  
-Debe haber sufrido mucho en el exilio.  
-Todos sufrimos muchas cosas, muchas. El arrancarnos de mis abuelos maternos, que eran parte de la familia, pero no podíamos irnos todos. Eso sí que fue… ¡ah!  
-¿Qué edad tenías cuando pasó eso?  
-La primera vez fue en 1976, cuando tenía 5 años y fue muy duro porque con mi abuelo nos manteníamos juntos todo el día. Más que con mi papá y mi mamá. Si mis papás se iban a mi me importaba tres carajos, pero mi abuela y mi abuelo eran mi mundo. Eran los que me soltaban la bolsa con todos los juguetes, la Pelopincho… fue un quiebre para todos. 
  -¿Qué recuerdos tenés de entonces?
-De mi más pequeña niñez tengo memoria de un show de mi papá, o dos. Después ya estaba prohibido. Me acuerdo que un día el ejército entró a mi casa y mi abuelo escondió una foto que tenía de mi papá con Perón, porque alguien le había avisado que venía la requisa. Me acuerdo que me desperté y tenía toda la cama rodeada de soldados, porque revisaban todo, por todos lados. Mi abuela les gritaba: “¡no asusten al nene!”. Todavía me acuerdo de la cara de vergüenza de aquellos hombres.
-¿Y qué sentís hoy por esos hombres?  
-Un desprecio total. Qué no vuelvan nunca más. Pero eso no lo tengo siempre en la cabeza, porque sino no viviría, y soy una persona que disfruta todo el tiempo.  
-¿Hay algo de herencia paterna en ese vivir disfrutando?
-Mi familia es así y yo tengo sólidas raíces. Mi papá disfrutaba de la vida también, pero eso es más de mi mamá. Por ejemplo, a los siete años le tenía mucho miedo a los retenes militares, y cada vez que veíamos uno en la ruta me ponía de todos los colores. Porque a los siete años ya sabía lo que pasaba. Sin embargo mis padres siempre tuvieron un modo creativo, entonces por ahí pasábamos un retén y mi mamá sacaba enseguida unas empanaditas que tenía guardadas, mi papá ponía a Facundo Cabral, parábamos a la orilla de la ruta, tirábamos una manta ahí y mamá nos contaba historias. Y con eso nos sacaba el estrés que nos producía esa situación. Porque yo era un nene, pero ya sabía que mi papá estaba prohibido y cuando entraba en un retén veía las fotos de los “buscados”, de “los subversivos”. Los compañeros perseguidos, en realidad. Me acuerdo que ponía cara de mirar para otro lado, mi mejor cara de boludo, porque me sentía parte de ellos. Sabía que nos estaban buscando y que podía pasar cualquier cosa. Eran situaciones en que la familia corría mucho riesgo, porque papá era un personaje de perfil muy alto en todo el continente, y podían atacarlo a él a través de nosotros.  
-¿Alguna vez te incomodó ese alto perfil que decís que tenía tu viejo?  
-No, porque mi papá no era famoso: era querido.  
-¿Cuál es la diferencia?  
-Famoso puede ser cualquiera, pero a mí papá la gente además lo quería. Todavía me pasa: puedo ir a Chile, a Dominicana, y cuando se enteran de que soy hijo de Leonardo Favio te abren las puertas de su casa. ¿Cómo responder a eso? Con cariño, con respeto, con gratitud. Es cariño lo que mi papá despertaba en la gente.  
-¿Y esa herencia de cariño te genera alguna responsabilidad?  
-Obviamente. Es una bella responsabilidad.  
-¿Y tu camino en la música?  
-Esa es una responsabilidad conmigo. A él no le va a importar si hago buena o mala música. Él querría que lo hiciera lo mejor posible, pero por mí. Mi responsabilidad es hacerlo lo mejor que pueda, porque amo lo que hago, y ya con eso sé que voy bien. 

   

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 12 de septiembre de 2013

CINE - "Percy Jackson y el mar de los monstruos" (Sea of monsters), de Thor Freudenthal: Bostezos y resoplidos

Cuando se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo, película basada en una saga de novelas para adolescentes al estilo Harry Potter (pero peor), en la que el protagonista es un descendiente de los mismos dioses griegos, ante el pobre resultado obtenido y desde estas mismas páginas surgía una pregunta: ¿continuará? La respuesta, lamentablemente, es que sí. Tres años después llega Percy Jackson y el mar de los monstruos, basada en el segundo de cinco libros y no hay que ser el oráculo de Delfos para saber que si la idea es continuar la saga en esta línea, se trata de un mal augurio.
La premisa es simple: el joven Percy se descubre hijo de Poseidón, dios del mar, y a partir de eso ingresa a un mundo secreto de semidioses que habitan en la Tierra protegidos por sus padres, pero nunca a salvo de su caprichoso comportamiento. La saga intenta trabajar un registro de aventura y humor mucho más ligero que el de sus exitosas antecesoras Harry Potter y Crepúsculo. Curiosamente, a pesar de ser la que toma como excusa la tradición más antigua y por lo tanto más universal, es la saga que más abusa de lo estadounidense. Si en la primera se mencionaba que el portal que comunica a la tierra con el Olimpo era un ascensor neoyorquino, aquí los jóvenes semidioses viven en un campus que reproduce lo más vacuo de la vida burguesa del estudiante estadounidense. ¿Esto es criticable de por sí? Claro que no: la reciente Monsters university de los estudios Pixar hacía algo parecido con su precuela de Monsters Inc. Pero lo hacía con verdadera gracia y sin segundas intenciones: en la saga Percy Jackson... todos los caminos conducen a jugar con la idea de que los Estados Unidos son una sucursal olímpica. Acá los dioses poseen multinacionales –Hermes, dios del correo (y patrono de los ladrones), maneja UPS, una de las empresas de encomiendas más grandes del mundo, un chivo burdo–, mientras sus hijos leen los mitos en tablets y confunden el Capitolio con la casa paterna.
Los efectos especiales son otra cuenta pendiente: tal vez nadie lo recuerde, pero en 1998 se estrenó en Buenos Aires Spawn, pésima adaptación de un exitoso comic, que por entonces representó uno de los primeros intentos de intercalar personajes digitales con actuación tradicional. Puede decirse que, en comparación, algunos monstruos de esta película compiten en tosquedad con los de aquel film, hoy considerado prehistórico. Pero lo más penoso de Percy Jackson es la evidencia bastante clara de un proceso que podría denominarse de “disneychanelización” del cine. No sólo por instalar su relato en el insulso escenario antedicho, que también es habitual en las series producidas por el canal Disney, sino porque abona a una idea irritante de lo que es la actuación, en la que la superficialidad y el abuso gestual son la marca distintiva. No hay mucha distancia entre los actores de este film y, por ejemplo, las presentaciones recientes de Miley Cyrus, máximo exponente de esa escuela. Demasiados malos augurios para una sola película.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.