En El traje nuevo del Emperador, Hans Christian Andersen contaba la historia de un par de sinvergüenzas que engañaban al monarca vendiéndole un traje invisible que tenía la supuesta ventaja de poder ser visto sólo por personas inteligentes. La prenda, decían los ingeniosos estafadores, sería muy útil a un estadista, ya que le permitiría discriminar cuál de sus ministros y súdbitos eran poseedores de una capacidad mental digna de un hombre poderoso como él. En realidad el fabuloso traje no era más que un truco para aprovecharse de un rey cándido que, con tal de no pasar por tonto, aceptó pasearse por su reino en ropa interior sin que nadie, por temor a ser tomado por imbécil, se atreviera a decirle que en realidad iba desnudo. En La chica del Sur, su segundo largometraje luego del impecable Cándido López, Los campos de batalla (ambos documentales), el director José Luis García anda desnudo gran parte de la película pero, a diferencia del emperador, es lo bastante perspicaz como para notarlo y compartir con el público la sorpresa de descubrirlo. Esa desnudez, que no es física sino más bien emocional, intima y de algún modo también cinematográfica, es entonces, aunque no lo parezca, el verdadero tema de este documental.
La chica del Sur comienza con imágenes grabadas en VHS por García, durante un congreso de juventudes socialistas de todo el mundo realizado en 1989 en Pyongyang, organizado por el partido Comunista que gobierna Corea del Norte desde el final de la guerra que partiera en dos a ese país, a mediados del siglo pasado. El encuentro, al que el director asiste en lugar de un hermano, tuvo lugar poco antes de que la caída del muro de Berlín marcara la por entonces indiscutible supremacía del capitalismo. Su cámara registra las actividades de las delegaciones, que al mismo tiempo realizaban las tradicionales reivindicaciones del socialismo e ignoraban los trágicos hechos ocurridos pocas semanas antes en la plaza Tiananmen bajo un régimen comunista. Aunque el joven García aún se encuentra lejos de pensar que ese material será parte de una película, una prolija belleza revela que la mirada cinematográfica ya habitaba en él al filmar esos videos, que por entonces sólo eran el registro de su paso por Corea del Norte. El estado de esas imágenes de VHS que ya tienen casi 25 años es impecable y hacen gala de una claridad y una calidad pocas veces vista en cine.
Entonces aparece Lim Sumkyung, una muchacha de Corea del Sur que milita en una agrupación que lucha por la reunificación coreana, quien llega al norte luego de atravesar ilegalmente la frontera más militarizada del mundo. (Ver, si se quiere, Joint Security Area, del prestigioso director coreano Park Chan-wook, que desde una ficción fantástica relata los horrores que ocurrían en Panmunjon, el punto crítico de esa frontera). Su ingreso en la película es pura energía: el congreso empieza a girar en torno suyo y sus apariciones públicas pidiendo por la reunificación. Todos se enamoran de Sumkyung, incluido el joven García: la forma en que su cámara la busca es suficiente evidencia. Tanto que, a pesar de partir pocos días después hacia Buenos Aires, se obsesionará con ella por años, hasta concretar el proyecto de reencontrarla dos décadas después.
El director vuelve a Corea, esta vez al sur, de eso se trata la segunda parte.
Sin saberlo bien, García va en busca de una mujer que no es otra cosa que la idea de un pasado que tal vez no exista más que en su cabeza (o en su corazón). A partir de ahí irá montando su película frente al público, como si se tratara de un reality movie. Pero con una pericia que convierte a esos cuarenta minutos en los que corre tras una Sumkyung adulta y con pocos deseos de regresar a su juventud (y menos de exponerse ante un extraño llegado de ese país cercano al Polo Sur), en una maravillosa libreta de apuntes hecha cine.
La obsesión del director es entrevistar a Sumkyung y con eso cerrar su película. El personaje de Jeff Goldblum en Jurassic Park decía que la vida se abre paso a pesar de todo, y el cine es un organismo incontrolablemente vivo: sólo se necesita un narrador atento, dispuesto a oficiar de amanuense. Y lo inesperado ocurrirá cuando ella viaje a la Argentina para, entre otras cosas, permitir que García la entreviste. Sorpresivamente ese encuentro es puesto en escena de un modo convencional, que contrasta en su encuadre casi amateur con el rigor con que García llegó hasta ahí. Algo no está bien y cuando el director hace su primera pregunta, la película colapsa. Sumkyung, enojada por lo que considera una pregunta burda, toma las riendas de todo en una escena tan tensa como cómica, en la que parece ser ella quien dirige y García, delante de cámara, queda desnudo. Como el emperador.
A diferencia del personaje del cuento, el director se atreve a exponer su desnudez, conciente de ella, y esa escena que podría haber significado el fracaso, se convierte en el punto de giro definitivo, el clímax de una película que en sus últimos 10 minutos encuentra, donde nadie lo buscaba, un final inesperadamente bello. Como en su primera película, fue necesario que García viajara lejos, en tiempo y espacio, para que el cine encontrara una voz en él. Y de paso, tal vez, encontrarse un poco a sí mismo.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
jueves, 7 de febrero de 2013
viernes, 25 de enero de 2013
CINE - Hansel y Gretel cazadores de brujas (Witch Hunters), de Tommy Wirkola:
El recurso de reconvertir cuentos infantiles en relatos que oscilan entre el horror y la acción comienza a agotarse a poco de empezar su explotación. Aunque hay que reconocerle cierto mérito a la constante lucha de Hollywood por intentar (y conseguir) sacar agua de las piedras, también debe decirse que muchas veces se trata de agua poco potable. Ocurre que cualquier dislate con un par de caras de moda y dos secundarios con oficio puede servir para mantener a Hollywood con vida, y entonces se vuelve obvio que películas como esta Hansel y Gretel: Cazadores de brujas no son más que combustible ligero para conservar la maquinaria en marcha. Un cine hecho con el método de la cama caliente, casi sin pensar. Y si el cine fantástico y de terror fue siempre un gancho para público adolescente, uno de los que más dinero deja en las boleterías, se termina de entender el por qué de la insistencia por convertir a cualquier cosa en una de zombies o de monstruos. Esta versión retrofuturista (Steam-Punk) del relato de los hermanos Grimm tiene profusos antecedentes en los últimos años, ninguno muy destacado. No vale la pena evocarlos aquí (apenas quizá la reciente Blancanieves y el cazador), pero sí decir que forman parte del espurio linaje de este film que representa el debut del director noruego Tommy Wirkola en los Estados Unidos.
En este caso el traspaso es sencillo, en virtud de que en el cuento original los dos niños eran capturados por una bruja que los engordaba para el puchero. El mecanismo de proyección aquí hace que aquellos nenes salvados, se convirtieran con los años en persistentes enemigos de las mujeres dadas al comercio con las fuerzas oscuras. Como si se tratara de un western, Hansel y Gretel trabajan como cazarecompensas y son contratados por el alcalde de una típica aldea europea para poner fin a una ola de desapariciones de chicos, atribuida a las hechiceras. Aunque la historia transcurre en un tiempo que se intuye cercano a la Edad Media, la película hecha mano de una estética post Mátrix, permitiendo a sus héroes realizar proezas que desafían la física newtoniana, vistiéndolos de ajustado cuero negro. Jeremy Renner, cada vez más buscado como figura de acción, luce aburguesado dentro de ese atuendo, no es muy distinto del que usó el año pasado cuando formó parte de la troupe de Los Vengadores, y Gemma Arterton es apenas su belleza. Persecuciones, efectos especiales y anacrónicas armas de fuego completan la fórmula.
Más allá de la imaginería visual, en la que Wirkola ya tenía experiencia (fue director de Dead Snow, una de nazis zombies), y de un par de chistes bastante buenos (uno de ellos relacionado con el exceso de azúcar al que los hermanitos fueron sometidos durante su cautiverio en la casita construida de golosinas), no es mucho lo que puede rescatarse de Hansel y Gretel: Cazadores de brujas. Un cine clase B flaco, al que ni los excesos le alcanzan para conseguir un impacto cinematográfico destacable.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
En este caso el traspaso es sencillo, en virtud de que en el cuento original los dos niños eran capturados por una bruja que los engordaba para el puchero. El mecanismo de proyección aquí hace que aquellos nenes salvados, se convirtieran con los años en persistentes enemigos de las mujeres dadas al comercio con las fuerzas oscuras. Como si se tratara de un western, Hansel y Gretel trabajan como cazarecompensas y son contratados por el alcalde de una típica aldea europea para poner fin a una ola de desapariciones de chicos, atribuida a las hechiceras. Aunque la historia transcurre en un tiempo que se intuye cercano a la Edad Media, la película hecha mano de una estética post Mátrix, permitiendo a sus héroes realizar proezas que desafían la física newtoniana, vistiéndolos de ajustado cuero negro. Jeremy Renner, cada vez más buscado como figura de acción, luce aburguesado dentro de ese atuendo, no es muy distinto del que usó el año pasado cuando formó parte de la troupe de Los Vengadores, y Gemma Arterton es apenas su belleza. Persecuciones, efectos especiales y anacrónicas armas de fuego completan la fórmula.
Más allá de la imaginería visual, en la que Wirkola ya tenía experiencia (fue director de Dead Snow, una de nazis zombies), y de un par de chistes bastante buenos (uno de ellos relacionado con el exceso de azúcar al que los hermanitos fueron sometidos durante su cautiverio en la casita construida de golosinas), no es mucho lo que puede rescatarse de Hansel y Gretel: Cazadores de brujas. Un cine clase B flaco, al que ni los excesos le alcanzan para conseguir un impacto cinematográfico destacable.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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CINE - El último desafío (The last stand), de Kim Jee-Woon: Arnold is back
El regreso de Arnold Schwarzenegger al cine no es un tema menor. No
se trata nomás de la buena noticia de que el infinitas veces Mr. Olympia y Mr. Universo
(los más importantes títulos del fisicoculturismo competitivo) haya dejado la
política, tras su labor como gobernador de California. No. Se trata de su
vuelta a la pantalla grande, aunque no de un regreso absoluto, dado que en los
últimos 10 años ha realizado pequeñas apariciones y cameos, de los cuales el
más destacado ocurre en la segunda parte de Los Indestructibles (2012), nueva
saga de cine de acción ochentosa creada por otro ícono del género, su amigo y
rival Sylvester Stallone (ya se verá que la referencia no es ociosa ni decorativa).
Pero desde que tuviera el papel principal en la antiterrorista Daño colateral
en 2002, una década ha pasado sin Big Arnold como protagonista. Y aunque no se
trata de un gran actor, sin dudas sí de una estrella. La rentrée se produce en El
último desafío, film de acción antes que policial, dirigido por el coreano Kim
Jee-Woon, que combina los elementos necesarios para que el regreso sea digno.
Arnold es Ray Owens (Arnold), un ex policía de Los Angeles que ha
decidido alejarse de los peligros que en su oficio representa una gran y
conflictiva ciudad, para convertirse en el veterano sheriff de un pueblito
ubicado muy cerca de la frontera sur norteamericana, ahí nomás del tórrido
México. Ray es feliz con su cargo, atendiendo problemas de gente sencilla y
trabajadora, en donde la rutina es apenas quebrada por algún partido de fútbol
americano o por Lewis, el loquito del pueblo, amante de las armas, que dice
tener todo en regla para abrir un museo de armamento. Pero mientras el viejo
sheriff disfruta de ese remanso, Gabriel Cortez (Eduardo Noriega), el narco más
peligroso desde la muerte de Pablo Escobar, es rescatado por sus secuaces en
medio de una operación de traslado dirigida por altos cuadros del FBI. Cortez
intentará salir de los Estados Unidos por tierra, conduciendo un súper auto,
aprovechando su experiencia como piloto de carreras. Y, por supuesto, para ello
deberá atravesar el pueblito del sheriff Ray, el último escollo que se
interpone entre el villano y la libertad, entre México y Estados Unidos, y por
qué no, entre barbarie y civilización.
Si bien casi todo es esperable en El último desafío, desde que el
villano sea un extranjero (aunque tampoco falta la conexión local, siempre
necesaria), hasta la decisión patriótica del sheriff y sus hombres de convertirse
en escudos humanos de la nación, hay unos cuantos bonus a favor de la película.
El primero de ellos es sin dudas el trabajo de Kim Jee-Woon, uno de los
directores coreanos más renombrados de la generación que propició la explosión
del cine nacional en su país. Dueño de una versatilidad que le ha permitido
abordar géneros disímiles siempre con éxito, del horror a la comedia y de la
acción al western, Kim consigue renovarle el aire a muchas escenas de acción e
intercalar de manera precisa los momentos de humor con los de violencia. El
humor es otro punto fuerte.
Los indestructibles ya había demostrado que películas de este tipo
ya no son posibles sin humor autoconsiente y hay bastante de eso aquí. La
escena donde el sheriff Ray Owens habla con alivio de lo grato que es haber dejado
Los Angeles, sabiendo que Schwarzenegger también la cambió por Sacramento
durante sus 10 años como gobernador, carga un tono de ironía sutil que quizá
pase desapercibido a muchos. En cambio nadie dejará de notar una gran broma políticamente
correcta acerca de los inmigrantes, donde el republicano parece querer ganarse
al electorado demócrata, en un film con un elenco muy latino friendly. Por
supuesto que la clásica armamentofilia podría ser un punto criticable, si no
fuera porque aquí depara algunas escenas casi eróticas, de hombres y mujeres
acariciando largos caños cromados, preparándose para la batalla final, que
quizá no estén muy lejos de la parodia. Todo lo que parecía serio y
reaccionario en un film como el mencionado Daño colateral, aquí se vuelve
abiertamente lúdico, incluso cuando se abuse de ciertos estereotipos.
Arnold Schwarzenegger sigue siendo Arnold Schwarzenegger, con su
rigidez física y su inglés con acento del Tirol. Nada ha cambiado. Como diría
uno de sus mejores personajes, he’s back, y esa es la buena noticia.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura Y Espectáculos de Página/12.
jueves, 17 de enero de 2013
ANIVERSARIO - Súperman cumple 75 y ni piensa en jubilarse
Es difícil ser el hombre más poderoso del mundo. Alguien
supo decir que “un gran poder implica una gran responsabilidad” y es cierto.
Siempre ha sido así: es arduo y hasta doloroso cargar con el peso constante de
la humanidad sobre la espalda y no sólo eso, porque la humanidad nunca viaja
sola. Junto a ella vienen las nociones del bien y el mal, de la justicia, de la
libertad, todo eso agravado por las contradicciones que impone el mismo ser
humano. El hombre más poderoso del mundo sabe que las reglas rotas son
tentadoras, que no hay nada más placentero que la injusticia, el sueño
inconfesado de los moralistas, lo que todo el mundo reprime con mayor o menor
fuerza. El hombre más poderoso sabe que se es justo por autoimposición y que la
libertad es esencialmente injusta. Que si todos fueran realmente libres y
defendieran la libertad al modo americano (es decir con la fuerza de lo
impuesto), cada libertad necesariamente representaría la invasión y negación de
las libertades ajenas. Y por lo tanto sería injusto.
De todas esas paradojas y dificultades conoce el hombre más
poderoso del mundo y la carga es insoportable. Sobre todo cuando se está a
punto de cumplir 75 años y uno ya no es el mismo. Aun fuerte pero siempre solo,
el hombre más poderoso debe persistir en la lucha. Su gran responsabilidad.
Ese hombre no es ni Obama ni Bill Gates, ni el dueño de una
corporación petrolera; tampoco Guillermo Moreno y mucho menos Héctor Magnetto (aunque tiene apellido de X-Men):
se trata de Superman, el hombre de acero. Resulta difícil de creer que aquel
chico nacido en el desaparecido planeta Kryptón, salvado por sus padres y
llegado en una cápsula espacial hasta la Tierra (o los Estados Unidos), donde
es criado como un hijo por una pareja de granjeros, sea hoy un abuelo de 75
años. Aunque, nobleza obliga, hay que reconocer que son tres cuartos de siglo
muy bien llevados. Sí: el popular personaje de historieta, padre de todos los
superhéroes, cumple este año 75 y aunque le han tocado tiempos mejores, hay que
reconocer que, ciertamente, también los ha tenido peores. Mucho.
Aunque todavía nadie ha declarado a 2013 el “Año Superman”,
en diferentes convenciones y festivales de historieta ya se organizan
festejos y actividades alusivas al importante aniversario. Eso sin mencionar su
regreso al cine, tras 7 años de ausencia obligada por el débil rendimiento
(artístico y económico) de la última película realizada con el personaje como
protagonista (Superman regresa, dirigida por Bryan Singer y el desaparecido en
acción Brandon Routh en el papel principal). En lo inmediato (o casi) el
emblemático superhéroe será una de las estrellas del 31 Salón de Cómic de
Barcelona, que se realizará del 11 al 14 de abril. Allí se organiza una
exposición que recorrerá la historia del personaje y reunirá originales de
algunos de los muchos autores que lo han dibujado. En cuanto al film El hombre
de acero, dirigido por el especialista en adaptación de historietas Zach Snyder
(director de las versiones cinematográficas de modernos clásicos como 300 y
Watchmen) y producida por Christopher Nolan, el hombre trás el exitoso
renacimiento de Batman, su estreno está programado para el 13 de Junio en la
Argentina. El personaje será interpretado esta vez por el poco conocido actor
inglés Henry Cavill.
Superman fue creado por Jerry Siegel y Joe Shuster, y su
primera tira publicada en junio de 1938, en el número lanzamiento de la revista
Action Comics, cuyo precio de tapa era de 10 centavos: hace poco uno de
aquellos ejemplares fue vendido por internet en 1 millón de dólares. El dato
muestra el valor simbólico que el personaje fue acumulado en estos 75 años, en
los que se convirtió en uno de los íconos de la cultura y el ideario
norteamericano. En ese lapso Superman cambió 25 veces el logo que lleva impreso
en el pecho de su traje (una letra S color rojo encerrada en un diamante de
fondo amarillo), y también asiduamente su rostro, siendo el más popular de
ellos el del actor Christopher Reeve, quien lo interpretó en cuatro películas
entre 1978 y 1987. 75 años en los que hasta decidió dejar su trabajo como
periodista cuando el Daily Planet, el diario para el cual trabaja, fue
absorbido por un emporio multimedios, y fue acusado injustamente de ser mufa,
en vista de las desgracias ocurridas a los actores que se calzaron su traje .
75 años sacándose la camisa y los anteojos que, al revés que el resto de los
superhéroes, ocultan su verdadera y poderosa personalidad tras la piel de un
ciudadano común. 75 años defendiendo la justicia y la libertad, siempre del
lado de los buenos. Ante la reciente noticia de que la opulenta multinacional
Warner acaba de ganarle un juicio a los herederos de Siegel y Schuster por la
explotación del personaje, habría que ver de qué lugar elegiría ponerse y cuál
el criterio de justicia y libertad que defendería en este caso Superman, el
hombre más poderoso del mundo que hace rato entró en la tercera edad.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.
CINE - Fuerza antigángster (Gangster squad), de Ruben Fleischer: Con el peso de los antecedentes en contra
El cine siempre ha sido útil a la cultura norteamericana a la hora de crear una mitología que ayudara a producir una galería de personajes que poblaran una particular forma de narrar la Historia desde la Ficción y generar entre ambas vertientes una dinámica que han dado por resultado un relato popular de gestas y héroes. Ese cuento se ha convertido en la historia oficial del siglo XX. El hecho puede verse bien en el Western clásico, que ocupa un lugar similar al del Martín Fierro para la cultura argentina y fue por años el encargado de sostener la épica nacional norteamericana. Pero no es el único género utilizado por los Estados Unidos para sostener su historia desde el cine y puede decirse que de todos han hecho un uso oportuno, pero no es el tema de este artículo. Para ir al grano, en especial de otros dos géneros se ha valido Hollywood para contarse (y contarle a todos) su propia grandeza: el género bélico y las películas de gángsters. Fuerza antigángters, de Ruben Fleischer, es un ejemplo de la vigencia del mecanismo.
Si, tratándose de una nación que vive del conflicto, las películas de guerra sirven para mostrar de qué modo los Estados Unidos aplican (y son) la Ley en el mundo, las de gángsters representan su contracara. No sólo muestran el manejo de la Ley puertas adentro y propician un ejército de héroes morales (ver Los Intocables de Brian De Palma, versión de la serie homónima que cumplía el mismo rol), sino que en un único y contradictorio movimiento también convierten en héroes a los malos. Es que el crimen organizado ha sido siempre un factor importante en la economía americana y el cine lo refleja como nadie. Dicho esto y dado que se alimenta de los elementos que han nutrido al género (como estar basada en hechos reales), Fuerza antigángsters no sólo no aporta novedades sino que, si se revisa la filmografía destacada (El Padrino; Buenos muchachos; las dos Caracortada; la mencionada Los intocables), se vuelve rápidamente olvidable.
Y no es que no haya motivos en la película para que el resultado final fuera otro. Empezando por un elenco notable, no sólo por la cantidad de nombres estelares (Penn, Brolin, Gosling, Patrick, Nolte o Emma Stone, que en el afiche está igual a Jessica Rabbit), sino porque cada uno encaja en el physique du rôle de su personaje. Pero, ya se sabe, tener “cara de” no es lo mismo que “actuar de”. El mejor ejemplo es Sean Penn quien, ayudado por un maquillaje que muchas veces le juega en contra, sobreactúa la gestualidad de su versión de Mickey Cohen, el desalmado criminal que echó a patadas de Los Ángeles a la mismísima Maffia en los años 50.
La película cuenta cómo, en medio de una justicia y un departamento de policía por completo corrompidos, un grupo de oficiales apoyado por un alto funcionario, crean un grupo parapolicial para realizar por izquierda lo que la Ley no conseguía por derecho. La película de Fleischer, quien había sorprendido hace unos años con la excelente Tierra de Zombies, se permite un juego Pop más propio de una de superhéroes, de dotar a cada integrante del escuadrón de una habilidad que lo hace ideal para formar parte del equipo (el viejo que es un as con la pistola y el negrito que es un mago con el cuchillo; el que es un genio de los gadgets retro; el líder incorruptible, masculino y violento; y el joven galán que renuncia a todo menos al amor). Esto hará que, si bien la película empieza con la seriedad impostada de los clásicos, violencia explícita incluida, pronto se transforme en un híbrido más cercano al cine de acción multitárget que al policial negro puro y duro.
En el medio el relato se empastará aún más queriendo retomar la veta histórico-social, aludiendo a la posguerra donde hombres entrenados para ganarse la vida matando debían reintegrarse a una sociedad pujante y en desarrollo, pero en tiempos de paz. Cada vez menos firme, el relato se cargará entonces de subrayados comentarios éticos y morales, puestos en boca de quienes necesitaron romper todas las leyes para hacer cumplir algunas. Una contradicción que esta película, a diferencia de otras, no alcanza a justificar, para acabar siendo una de muy buenos contra muy malos, que es como suelen ver al mundo por allá al Norte.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
Si, tratándose de una nación que vive del conflicto, las películas de guerra sirven para mostrar de qué modo los Estados Unidos aplican (y son) la Ley en el mundo, las de gángsters representan su contracara. No sólo muestran el manejo de la Ley puertas adentro y propician un ejército de héroes morales (ver Los Intocables de Brian De Palma, versión de la serie homónima que cumplía el mismo rol), sino que en un único y contradictorio movimiento también convierten en héroes a los malos. Es que el crimen organizado ha sido siempre un factor importante en la economía americana y el cine lo refleja como nadie. Dicho esto y dado que se alimenta de los elementos que han nutrido al género (como estar basada en hechos reales), Fuerza antigángsters no sólo no aporta novedades sino que, si se revisa la filmografía destacada (El Padrino; Buenos muchachos; las dos Caracortada; la mencionada Los intocables), se vuelve rápidamente olvidable.
Y no es que no haya motivos en la película para que el resultado final fuera otro. Empezando por un elenco notable, no sólo por la cantidad de nombres estelares (Penn, Brolin, Gosling, Patrick, Nolte o Emma Stone, que en el afiche está igual a Jessica Rabbit), sino porque cada uno encaja en el physique du rôle de su personaje. Pero, ya se sabe, tener “cara de” no es lo mismo que “actuar de”. El mejor ejemplo es Sean Penn quien, ayudado por un maquillaje que muchas veces le juega en contra, sobreactúa la gestualidad de su versión de Mickey Cohen, el desalmado criminal que echó a patadas de Los Ángeles a la mismísima Maffia en los años 50.
La película cuenta cómo, en medio de una justicia y un departamento de policía por completo corrompidos, un grupo de oficiales apoyado por un alto funcionario, crean un grupo parapolicial para realizar por izquierda lo que la Ley no conseguía por derecho. La película de Fleischer, quien había sorprendido hace unos años con la excelente Tierra de Zombies, se permite un juego Pop más propio de una de superhéroes, de dotar a cada integrante del escuadrón de una habilidad que lo hace ideal para formar parte del equipo (el viejo que es un as con la pistola y el negrito que es un mago con el cuchillo; el que es un genio de los gadgets retro; el líder incorruptible, masculino y violento; y el joven galán que renuncia a todo menos al amor). Esto hará que, si bien la película empieza con la seriedad impostada de los clásicos, violencia explícita incluida, pronto se transforme en un híbrido más cercano al cine de acción multitárget que al policial negro puro y duro.
En el medio el relato se empastará aún más queriendo retomar la veta histórico-social, aludiendo a la posguerra donde hombres entrenados para ganarse la vida matando debían reintegrarse a una sociedad pujante y en desarrollo, pero en tiempos de paz. Cada vez menos firme, el relato se cargará entonces de subrayados comentarios éticos y morales, puestos en boca de quienes necesitaron romper todas las leyes para hacer cumplir algunas. Una contradicción que esta película, a diferencia de otras, no alcanza a justificar, para acabar siendo una de muy buenos contra muy malos, que es como suelen ver al mundo por allá al Norte.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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