domingo, 28 de noviembre de 2010

LIBROS - Relatos Reunidos, de Hebe Uhart: Contar desde las orillas

Hablando de Horacio Quiroga, Abelardo Castillo ha dicho en las páginas finales de Desconsideraciones, su reciente libro de ensayos, que escribir un cuento es el arte de contar una historia inolvidable de manera única. Una definición que parece incluir a muchos, pero que en realidad apenas abarca a un puñado de escritores. El de Hebe Uhart tal vez sea uno de los nombres dignos de habitar esa categoría: la selección de textos que componen sus Relatos reunidos tiene la virtud de condensar en 500 páginas el espíritu esencial de toda su obra, y es, al mismo tiempo, el mejor argumento a favor de sus historias inolvidables, contadas de manera única.
Sensiblemente corrida del eje fantástico sobre el que han girado (y aún lo hacen) la mayor parte de los mejores cuentistas argentinos, los relatos de Uhart suelen tener su lugar en los espacios más próximos de lo familiar y lo cotidiano. Vecina del mismo barrio que habitan las obras de autores como Carver o Salinger, pero instalada a una distancia prudente de los infiernos urbanos que suelen ser el paisaje habitual de los dos norteamericanos, los suyos son cuentos de ocaso, de luz anaranjada y sombras alargadas sobre calles de tierra; de finales sin final. Relatos en los que el suburbio –de Paso del Rey a Moreno, y de ahí al infinito– es el protagonista velado que modela el universo y el perfil de sus personajes, del mismo modo en que antes fue el molde que conformó sus temas literarios, el ritmo de su prosa, los latidos de un sentido del humor tan natural como filoso; el estilo de una escritora con voz propia.
Las escuelas rurales y su ecosistema de maestras silvestres y alumnos al natural; el asombro del provinciano recien venido; niños que transitan la dudosa inocencia de su edad y adultos que cargan sin remedio esa otra, la que les impone ignorarlo todo, más allá de la vida en los márgenes. Hijos que no soportan que sus madres los cambien por bijouterie barata. Uhart escribe polaroids: relatos falsamente instantáneos que retratan lo efímero, el momento en que no ocurre nada, pero el mundo igual se desmorona. Y tiene el don de hacer que la realidad más cotidiana suene absurda, sin necesidad de los artilugios de la literatura fantástica. Alcanza con dos líneas de diálogo escritas como al pasar.

Artículo publicado originalmente en el suplemento Cultura el diario Tiempo Argentino.

lunes, 22 de noviembre de 2010

CINE - 25º Festival de Mar del Plata: Nuevo Cine Argentino de Género

Se termina noviembre y el calor es algo más que una simple amenaza. Las noticias que llegan de Mar del Plata ya cantan las aventuras de los intrépidos que se le atreven al mar helado, sólo para escapar de la radiación ultravioleta que un apolillado velo de ozono no alcanza a filtrar. Son las mismas noticias que dan cuenta del final de la vigésimo quinta edición del Festival Internacional de Cine, que cada año toma por asalto ese infierno con mar al lado que se oculta tras el alias criminal de “La Feliz”. Y junto con la lista de ganadores del festival, llega también otra buena noticia para el cine argentino: la confirmación de la tendencia que marca cierta recuperación del género dentro de las películas nacionales. Una recuperación múltiple que nace del abordaje del policial, el western, la ciencia ficción, el terror, la comedia y hasta el gore, por parte de directores que los tratan sin menosprecio. Seriedad que es acompañada por los programadores de los festivales de cine más importantes del país, dispuestos a asumir el riesgo de incluir estas propuestas en sus grillas, y por la mirada de una crítica desacostumbrada a encontrar exponentes de calidad entre la producción local. Pero también marca la recuperación fundamental de un público ávido de narraciones fantásticas, que a la vez entreguen desde la pantalla el reflejo de una identidad que se pueda sentir como propia.
En la larga lista de films exhibidos este año en Mar del Plata hay tres que, al menos en ese sentido, se destacan del resto y en el balance final han recogido los beneficios de una buena siembra. Se trata de Aballay, el hombre sin miedo, western gaucho de Fernando Spiner sobre cuento de Antonio Di Benedetto, que recibió el premio del público; el thriller Pompeya, de Tamae Garateguy, ganador de la competencia nacional gracias a un guión tarantiniano que combina humor ácido, sexo y violencia explícita, dentro de un relato suburbano claramente influenciado por el cine oriental; y la distopía humorística Fase 7, de Nicolás Golbart, candidata a convertirse en éxito de público y, quién sabe, película culto. Lo cierto es que tras diez años de Nuevo Cine Argentino, en los que la producción local creció en calidad y prestigio a base de grandes autores, buenas películas, premios internacionales y mucho esfuerzo, la perspectiva de ensanchar los horizontes hacia el cine de género es una noticia que habla de un saludable proceso de maduración. Más allá de las consideraciones particulares que puedan hacerse sobre esta edición del festival, sin dudas ha resultado un acierto programar estas tres películas.
El triunfo de El secreto de sus ojos en los Oscars, a principios de año, desató otra vez la discusión sobre qué tipo de cine debería financiar el INCAA. Está claro que quienes se ocultan detrás de esta pregunta lo único que pretenden es parcializar la mirada de lo que debería ser el cine argentino y buscar una oposición donde no la hay. “Quizás se trate de una falsa dicotomía, aquella que enfrenta al cine de género con el cine de autor”, escribió el crítico y programador Roger Koza en su sitio www.ojosabiertos.wordpress.com y tiene razón. ¿O hay alguien que imagine posible el resurgimiento del cine de género norteamericano en los ‘70, de la mano de sus nombres más notables (Coppola, Spielberg, Scorsese, De Palma, Carpenter y tantos), sin la experiencia previa del surgimiento de la figura del autor en Italia y Francia en las décadas anteriores? Será que la verdadera frontera es la que separa al cine bien hecho del otro y ese debería ser el criterio de selección para lograr amplitud y calidad.
Con el Nuevo Cine Argentino ya muerto como entidad novedosa y muchos de sus nombres instalados como autores respetables, tal vez no está mal pensar en el Nuevo Cine Argentino de Género como próxima etapa en la evolución. Una nueva generación de cineastas dispuestos a discutir los valores que sostuvieron sus antecesores inmediatos. Al fin y al cabo, de eso se trata la historia del arte.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura, del diario Tiempo Argentino.

jueves, 18 de noviembre de 2010

CINE - Premiere de Revolución, El cruce de Los Andes, de Leandro Ipiña: La política va al cin


Era previsible, parecía inevitable, y lo fue. Ambas cosas. Se trataba a priori de uno de los momentos más esperados dentro del programa. La première mundial de Revolución – El cruce de Los Andes, el film de Leandro Ipiña sobre la figura de José de San Martín, realizada a salón lleno en el mismo auditorio Astor Piazzolla donde se abrió este 25º Festival de Mar del Plata, fue un momento de emociones explícitas que desbordó lo estrictamente cinematográfico. Era inevitable que a semanas de la muerte de Néstor Kirchner se quisiera ligar la figura del ex Presidente con la del Libertador. Un poco justificadamente (no caben dudas de que Kirchner, por apoyo o por oposición, ya ha entrado en la historia grande de la Argentina), pero sin duda excediendo el marco del hecho en sí, el estreno de una película dentro de un festival de cine.
También era previsible, con la gente todavía sensibilizada por la desaparición de este hombre cuya muerte reveló un amor de dimensiones para muchos inesperada, que ese auditorio desbordado de público terminara honrándolo durante varios minutos con consignas y vítores (que a veces parecieron mecanismos) y cantando sentidamente el Himno Nacional, todos de pie. En la nota de apertura del Festival, publicada en la sección de Cultura, se marcaban los modos diversos en que puede verse al festival, desde el cine o la política, de acuerdo al ámbito de origen del observador. Esa misma dualidad se trasladó a la proyección de Revolución del domingo a la noche: el momento sensible de la política tomó por asalto la presentación del film. Era previsible e inevitable. Pero también hubo cine.
La película de Ipiña no tiene pretensión biográfica. Se trata de la reconstrucción puntual del cruce de Los Andes, que culmina con la victoria del Ejército Patriota en la batalla de Chacabuco. La película tiene sus méritos y entre ellos el trabajo protagónico de Rodrigo de la Serna es tal vez el más notable. No porque el resto de los puntos favorables estén por debajo en la valoración, sino porque aceptar el riesgo de componer un General San Martín y construir un personaje que no sólo es verosímil, sino también atractivo en lo cinematográfico, es un logro que merece ser destacado. Basta pensar que tal vez desde ahora, el rostro del actor será para muchos chicos la cara viva del máximo prócer de la historia argentina, para darse cuenta de cuál es el valor de este trabajo. Que no es consagratorio en sí mismo; más bien es la confirmación de que hace rato de la Serna es uno de los mejores actores del cine argentino.
Revolución es también una muestra de lo que puede lograrse cuando se cuenta con un presupuesto generoso y un apoyo que de algún modo remeda la estructura industrial de otras cinematografías, pero que está muy lejos del carácter casi artesanal del cine nacional. Sorprende ver en una película argentina las impresionantes tomas aéreas de Los Andes, como la reconstrucción de época realizada con detalle. Acertó Ipiña al tomar como modelo el Western y ciertas películas de aventuras norteamericanas, porque dan con un tono que permite al espectador creer que está en el cine y no en una clase de historia. Acierta también en inventar un narrador, un viejo soldado que en 1880 recuerda su adolescencia como parte de aquel Ejército Libertador, lo que permite tomar para el relato un punto de vista menos académico y más íntimo. Tal vez desluce un poco el balance final cierta dificultad para sostener la tensión a lo largo de algún pasaje del cruce, o un tal vez inevitable tono declamatorio de algunas secuencias. Aun así, Revolución es una buena experiencia para el cine histórico argentino.


Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Tiempo Argentino.

lunes, 15 de noviembre de 2010

CINE - Comenzó el Festival de Mar del Plata: 25 temporadas de cine

Alguna vez los dinosaurios fueron los dueños de la Tierra. Fue hace mucho y durante muchos años. Después, la historia es conocida: cayó un meteorito o alguien mando un diluvio (aunque tal vez fuera el cambio climático), y ya no hubo espacio para dinosaurios. El festival de Internacional de Cine de Mar del Plata nació en los años 50 bajo el gobierno del presidente Perón y durante algunos años fue un símbolo para el cine en la Argentina, pero también lo fue para la política. Por eso no es extraño que muchos meteoritos y diluvios hayan amenazado su existencia tal como se la conoce. Fueron muchos los gobiernos y los años en que el festival estuvo suspendido por motivos ajenos al cine. El hecho de que la edición que acaba de empezar el sábado a la noche sea la número 25, como una cicatriz en la cara, es un recuerdo vivido de esos años en los que se lo dio por muerto. El Festival de Mar del Plata hoy todavía vive y goza de buena salud.
Para la gala de apertura vinieron todos (casi): el gobernador Daniel Scioli; la presidenta del Instituto del Cine, Liliana Mazure; el presidente provisional del senado José Pampero; el presidente del Instituto Cultural, Juan Carlos D'Amico; el intendente del partido de Gral. Pueyrredón, Gustavo Pulti, y el presidente del Festival, el ovacionado José Martínez Suárez. No falto ni Gabriela Radice, siempre sobria maestra de ceremonias. Y, en consonancia con lo dicho en el primer párrafo, hay quienes eligieron entender y valorar el festival desde sus méritos relativos al cine y quienes insistieron con una mirada de tono más político. Pero por suerte, cuando se apaga la luz se enciende la pantalla. Y el Festival empieza a respirar. El primer latido fue la película Somewhere, en algún lugar del corazón, de la norteamericana Sofía Coppola. Aunque hace años dejó de ser la hija de Francis Ford, no sobra recordarlo, sólo para tener presente que la chica nació en el cine, lo comió desde chiquita y tiene el infrecuente don de cierto talento. Y también los medios para expresarlo. Este, su cuarto largometraje, mantiene la impronta de su filmografía, pero demasiadas veces parece más la reescritura de Perdidos en Tokio, su película más exitosa, que una película original. No sólo porque su protagonista es un actor con problemas existenciales, sino por el extrañamiento con que sus personajes se mueven en un mundo híper capitalista. Sólo que aquí Coppola parece doblar la apuesta: no hace falta dar la vuelta al mundo para tener la certeza de que el mundo nos ignora. Alcanza con no salir de la propia ciudad. Un defecto (o dos): Stephen Dorff, aun haciendo un gran trabajo, no es Bill Murray, ni Elle Fanning es Scarlett Johansson. Pero tal vez esos sean más defectos propios de un mal espectador que un problema de la película.
Con tres competencias de importancia –la Internacional, la Latinoamericana y la Argentina- el Festival ofrece no sólo una gran cantidad de películas, sino mucha variedad y calidad. Dentro del panorama del cine nacional se destacan no sólo las que participan en su sección, sino las tres incluidas en el rubro internacional. Fase 7, de Nicolás Golbart, es una comedia negra de alto impacto, sobre el conflicto entre un grupo de vecinos encerrados en un edificio en cuarentena. Una estupenda versión nacional del fin del mundo, con las inesperadas presencias de Federico Luppi, Daniel Hendler y Yayo (sí, el de Tinelli). Aballay, el hombre sin miedo, de Fernando Spiner, propone un regreso de las películas de gauchos (pero no gauchescas), acerca de un gaucho criminal con puntos de contacto con los próceres del rubro, Martín Fierro y Juan Moreira; protagonizada por Pablo Cedrón. La tercera es De caravana, de Rosendo Ruíz, suerte de western urbano, en la que un fotógrafo debe cubrir a desgano un recital de la Mona Jiménez y se ve envuelto en el oscuro mundo de la noche.
Pero el mundo del festival no se acaba en las competencias, sino que se multiplica en una buena cantidad de homenajes (retrospectivas de los directores Marco Ferreri y Hal Hartley, y al gran actor suizo Bruno Ganz, con la proyección de dos películas, incluida La caída, donde interpreta nada menos Adolf Hitler) y secciones especiales que tienen ejes temáticos como cierto humor que corre por carriles poco convencionales; cierta mirada extraña del mundo; o cierta marginalidad geográfica, como la que reúne un buen número de producciones de Europa Oriental.
Con una semana por delante, es cierto que esto recién empieza. Nunca mejor dicho.


La nacional destacada del día


Como ya lo hiciera Carlos Sorín con su inolvidable La película del Rey, el director Lucas Turturro revisita con su documental Un rey para la Patagonia la fabulosa historia de Orèlie Antoine de Tounens, auto proclamado Rey de la Patagonia y Araucanía. Como la de Sorín, Un rey para la Patagonia se basa en un proyecto que el publicista y cineasta Juan Fresán se propuso llevar al cine en 1972, con el nombre de La Nueva Francia. Como el intento de Tounens, el proyecto de Fresán quedó inconcluso pero, en una suerte de budismo zen cinematográfico, el alma de su idea transmigró en dos nuevas películas, las de Sorín y la de Turturro, de las cuales esta última se proyecta en el Festival de Cine de Mar del Plata, como parte de la competencia argentina.

Artículo publicado originalmente en la sección cultura del diario Tiempo Argentino.

viernes, 5 de noviembre de 2010

LIBROS - Algunas madres también se mueren, de Inés Ulanovsky: Ultimas crónicas de Yo y mi mamá

Afirmar que el dolor es una de las primeras musas de la literatura es mucho más que apenas un lugar común. Es la confirmación de que existen momentos en que los desbordes emotivos acaban convertidos en portales entre la realidad de un día cualquiera y estados de percepción mucho más sensibles, que nacen de lo extraordinario. Entre esos momentos posibles, los que involucran a la muerte son algunos de los más visitados. El libro de crónicas Algunas madres también se mueren, de Inés Ulanovsky, es un recorrido posible a propósito de eso. 

Compuesto por narraciones construidas en torno a los avatares de la propia memoria tras la muerte de su madre (la periodista y escritora Marta Merkin), el libro de Ulanovsky podría haberse llamado Yo y mi mamá, título que a partir de una sencilla inversión del orden habitual de los términos sintácticos hubiera puesto en primer plano al sujeto narrador de estas crónicas, subordinando en la misma operación al objeto narrado. En este caso, una madre; o tal vez sea mejor decir “la muerte de una madre”. El libro está recorrido por esa “duda existencial: ¿quién soy yo a partir de que mi mamá no existe más? Y quién puedo ser”, según lo expresa la propia autora. Sin dudas, la muerte (y los rastros de la ausencia que la memoria desatada comienza a plantar a partir de ella) es el sedal que enhebra y liga entre sí a cada uno de los textos que componen el primer libro de Ulanovsky como escritora. Pero, como en la vida misma, la muerte no se agota en un único intento: “Pude empezar a tomar distancia con mis textos a partir de lo que pasó con la gente que los leyó: empecé a encontrarles cierta cosa universal”, completa Ulanovsky. 

Ya desde el título del relato inicial queda claro que Marta Merkin, esa madre que integra el grupo de las que “también se mueren”, es (o fue) una mujer extraordinaria; sin embargo, sólo su muerte fue capaz de empujar a su hija a parir esos textos que tienen como protagonistas a la madre, a la muerte; pero sobre todo a la hija. “Empecé a escribir, porque en ese momento sentí que si no lo hacía me iba a pasar algo: me iba a enfermar, o a morir, o no sé qué, pero algo iba a quedar encapsulado. Era una sensación física”, define Ulanovsky. El resultado de esa red de relaciones es un libro paradójico, porque escribiendo sobre la muerte (de su madre), la autora no hace otra cosa que hablar de sí misma, urdiendo una suerte de memorias parceladas en el compartimiento estanco de su vida como hija, como si no hubiera habido, hasta ese momento, ninguna otra cosa. 

Justamente, en “Extraordinaria”, ese primer relato mencionado, Ulanovsky encadena dos frases dispersas que son las primeras cuentas de un rosario que hablará siempre de lo mismo, y que a la vez permiten entrever el carácter de balance personal que el libro representa para ella. “Esa fue la última vez que la vi. En realidad, esa fue la última vez que ella me vio a mí”, escribe para hablar del día de la muerte de su madre. Una página después cierra el texto diciendo que “fue el fin de una era. La de ser hija de mi mamá.” A partir de la primera cita la autora confirma que su idea de realidad encuentra raíz en el viejo concepto que afirma que “ser es ser percibido”, en el que la propia existencia depende de la mirada de los otros. 

Es desde allí que se entiende que el papel de hija se vació de sentido en el mismo momento en que su madre la vio por última vez. “Las experiencias de pérdida abren necesariamente puertas: si no te preguntás un montón de cosas cuando una persona tan cercana se muere sos un pelotudo. No creo que haya sido oportunista la publicación del libro, pero si ella no se hubiera muerto no hubiera pasado todo esto que pasó”, afirma la autora. Si alguna vez esa madre parió una hija, al morir alumbró a una mujer, delineando una nueva realidad.Así, Algunas madres también se mueren son las crónicas de una escritora que ya adulta se ve obligada a abandonar una niñez prolongada, para convertirse definitivamente en mujer. Es desde allí que el libro de Ulanovsky parece querer invertir ese orden lógico que supondría hablar de “mi Mamá y yo” (en el que “yo” no existe si no es a través de los ojos de Mamá), para insistir una y otra vez con lo de “Yo y mi mamá”, proponiendo un cambio de paradigma en que, liberado de la madre-escudo que media entre sí mismo y el mundo, ese “Yo” es capaz de forjar una existencia nueva a partir de su propia mirada demiúrgica. Tal vez por eso, Ulanovsky está “contenta de haber publicado Algunas madres también se mueren, porque completa todo el proceso y es el punto que marca el cierre de una etapa”. 

Por eso, la tapa del libro tampoco es inocente. Cuando el cazador mata a su madre, o cuando Scar asesina a su hermano Mufasa, el cervatillo y Simba ya no tienen excusas. A partir de allí son libres de convertirse en Bambi y El Rey León. Del mismo modo en que el cáncer de Marta le arrancó a Inés su máscara de hija para empujarla a ser al fin mujer. Pero también madre y escritora.  

 Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.