Pero la gran ganadora de la noche fue la película brasilera El último autocine, que recibió los premios a la mejor actuación masculina y mejor película, que recibieron respectivamente el actor Breno Nina y el director Iberê Carvalho, ambos presentes en la sala. Se trata de un drama familiar que tiene como protagonista a Marlonbrando. No se trata de un error de tipeo ni de una broma: así, todo junto, se escribe el curioso nombre de un joven que regresa a Brasilia, su ciudad de origen, para acompañar a su madre durante una internación obligada para poder cumplir con una serie de delicados exámenes médicos. A partir de ahí, Marlonbrando también deberá forzar un reencuentro con su padre, con quien no se habla desde hace años, para pedirle ayuda frente a la compleja situación. El regreso a su ciudad no sólo implica estos desafíos familiares, sino que significará reunirse con su pasado, representado sobre todo por su reencuentro con el autocine de la ciudad, que efectivamente es el último que sobrevive en ese enorme país-continente que es Brasil. Carvalho, que además de director es uno de los guionistas de la película, utiliza ese espacio de manera tornatoriana, haciendo que el cine (y las películas) se conviertan en el hilo de Ariadna que permitirán al protagonista hacer de ida y de vuelta el laberinto que une el presente con el pasado.
Fruto de una cinematografía poco conocida para el público argentino, la del cine producido en Brasilia, El último autocine, que también fue elegida por el jurado joven del festival como la mejor película, sin embargo tiene un interesante punto en común con otra película brasiliense, casualmente estrenada hace pocos meses en nuestro país. Se trata de Branco sai, preto fica, muy buen trabajo de Adirley Queiroz que, entre el documental y la ciencia ficción, cuenta una historia vinculada a la represión y la tensión racial en la capital brasilera a comienzos de los 80, tomando como punto de partida los masivos bailes y la escena del breakdance en esa época. Resulta interesante la preocupación que ambas películas manifiestan por indagar en el pasado. Más aún teniendo en cuenta que provienen de la que tal vez sea la más joven de las grandes capitales del mundo, inaugurada en 1960 durante la presidencia de Juscelino Kubitschek. Un detalle que quizás venga a hablar del valor del cine como herramienta para la creación de las propias raíces históricas y culturales de la ciudad y la fundación de sus propios mitos.

El sábado también fue el turno del estreno de A desalambrar con Daniel Viglietti, trabajo Jorge Denti en torno al ineludible cantautor uruguayo, figura fundamental de la llamada canción de protesta de los años 60, 70 y 80 en América Latina. Se trata de una versión acotada de una miniserie de tres capítulos creada por el director argentino radicado hace años en México para Teveunam, el canal de televisión cultural de la Universidad Nacional Autónoma de ese país. En su poco más de una hora de duración se suceden una entrevista exclusiva con el propio Viglietti; valiosos testimonios en primera persona, como el de Eduardo Galeano; e imágenes de archivo de diferentes presentaciones del artista, incluyendo alguna de las que realizó junto a Mario Benedetti en el teatro Solís de Montevideo o en un multitudinario acto en Nicaragua, a comienzos de los años 80.
A lo largo de la película, Viglietti va desandando sus propias memorias como músico que decidió asumir un destacado rol social durante los años más difíciles de la historia de Latinoamérica. A veces se permite confesiones que no por lógicas dejan de ser sorprendentes, como cuando afirma que su vida como artista fue marcada por el cine y se declara en deuda con el neorrealismo italiano, en especial con Vittorio De Sica. Otras deja caer frases a las que su voz profunda les imprime un color tan particular, como cuando habla del lanzamiento de uno de sus primeros trabajos Canción para mi América en 1961: “En aquella época los discos tenían dos caras: ahora son más sinceros”, define con gracia. Pero el documental también le hace un espacio a la poesía, principal herramienta de Viglietti, quien recuerda una lectura pública en la que él y varios artistas recitaron varios poemas, siempre anónimos, que los presos políticos contrabandeaban escritos en papel para armar cigarrillos, algunos de ellos bellísimos: “A veces sale el sol y te quiero/ A veces llueve y te quiero/ La cárcel es a veces/ siempre te quiero”. También conmueven las imágenes del día de la liberación de los presos políticos en enero de 1985, entre quienes puede verse claramente a un joven Pepe Mujica, día del cual justamente en estos días acaban de cumplirse 30 años. Con economía de recursos, A desalambrar con Daniel Viglietti consigue hacer que un recorrido por la obra del emblemático cantante sea además una travesía por 50 años de historia política, cultural y social no sólo del Uruguay, sino también de toda Latinoamérica.
Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.
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