
Un auto avanza por una ruta que atraviesa la estepa y la montaña. El conductor, hombre de 40 y pico mal llevados, maneja con el rostro tomado por un gesto tan árido como el paisaje: Eduardo (Diego Peretti) es ingeniero en una planta petrolera en la Patagonia y tiene la simpatía de un pedazo de piedra pómez. Apenas responde cuando le hablan, no se detiene a dar explicaciones ni acepta órdenes, y si un amigo al que no ve hace años lo llama por teléfono para invitarlo a Ushuaia, le corta tras un par de monosílabos y de avisarle que está ocupado y no puede hablar. Este podría ser el comienzo de una película de Carlos Sorín. El paisaje del sur, un protagonista solitario que esconde un conflicto y hasta el ritmo pausado con que la cámara acompaña al personaje permiten imaginar que es así. Y, sin embargo, no. Cuando viene manejando por la ruta, Eduardo se cruza con una mujer que pide auxilio con desesperación junto a un automóvil volcado en la banquina, pero en lugar de detenerse elige seguir de largo. Esa efectista búsqueda inicial de impacto, impensada en un director llano como Sorín, es esperable en otro como Taratuto, que no suele despreciar este tipo de recursos para definir un personaje e incluso una película. Esa escena es uno de los excesos moderados sobre los que se monta La reconstrucción.
El protagonista al fin accede a visitar a su amigo (Alfredo Casero), que vive con su mujer (Claudia Fontán) y dos hijas adolescentes, para hacerle el favor de cuidar su negocio mientras él se realiza unos estudios que, según le dice, no son simple rutina. Podría contarse un poco más, pero no es necesario: por un lado para no birlarle a la película el derecho de hacerlo por sí misma; por el otro, porque no será difícil para los cinéfilos aventurar un par de alternativas con bastante certeza. Aun lejos de la comedia romántica, Taratuto vuelve a apoyarse en el juego de opuestos que acá representan el tosco Eduardo y la femenina familia de su amigo. Pero ésta no es su única reincidencia. Como en todas sus películas, excepción hecha de Un novio para mi mujer, Peretti vuelve a cargar con el protagónico y la decisión es acertada: se trata de uno de los actores más eficaces del cine argentino y en el drama responde con la misma solvencia que en la comedia.
La otra es más bien de fondo: los personajes masculinos de Taratuto son en algún momento vistos o acusados de cobardes por sus contrapartes femeninas. Le ocurría al propio Peretti con Carolina Peleritti en ¿Quién dice que es fácil?, y también a Suar con Valeria Bertuccelli en la siguiente. No es un dato menor: también ahí parece estar el origen del dolor de un tipo que eligió cortar todos los puentes emocionales con el mundo. La reconstrucción es la proyección de ese protagonista agobiado y agobiante, en la que se extraña el remanso de alguna sonrisa, recurso que Taratuto ha demostrado manejar con habilidad.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.
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