
Con una sensibilidad poco frecuente –nada más lejos de la literatura de Kluge que el estereotipo frígido del alemán–, el escritor y cineasta no sólo demuestra conocer de qué habla sino, sobre todo, saber cómo contarlo. En esa sutil mixtura que consigue entre el ensayo, las memorias y la ficción (¿cuántas veces se elogió esta misma capacidad en Borges?), Kluge va recogiendo gemas perdidas, un conjunto de relatos breves que enhebra en una diadema preciosa a la que sólo por convención se puede incluir dentro del colectivo de los libros, vehículo de tanta poca cosa producida a escala industrial.
“Quiero que se me permita estar de duelo por el presente, es decir, por el final de la película. Aunque sólo sea porque la película termina. Estoy listo para separarme de la realidad.” Por suerte, 120 historias de cine continúa unas cuantas páginas más.
Artículo publicado originalmente en la sección Cultura del diario Tiempo Argentino.
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