jueves, 26 de noviembre de 2020

CINE - "Transhood", de Sharon Leslie: Los chicos y el ojo público

La constitución de la identidad ha dado un salto cualitativo enorme durante las primeras dos décadas del siglo XXI, permitiendo que millones de personas accedieran al derecho legal de recibir el trato que su percepción demanda. Algo imposible hasta no hace mucho. Lejos de ser un mero capricho, como algunos afirman, la percepción es central en la compleja trama que articula la naturaleza humana, cuya estructura no es solo ni principalmente biológica, sino también psicológica, emocional y hasta filosófica. El Esse est percipi (Ser es ser percibido) expresado en el siglo XVIII por George Berkeley, según el cual el mundo solo existe en toda su complejidad para quien es capaz de percibirlo de forma sensible, también sirve para pensar por qué a caballo de la percepción la identidad humana excede por mucho los límites estrictos de la biología. En torno a eso avanza el documental Transhood, que reúne las historias de un grupo de niños y adolescentes estadounidenses de edades diversas durante sus procesos de reasignación de género.

Un camino que en el caso de Leena, una adolescente de 15 años, se encuentra bastante avanzado; que parece encaminado en el de Avery, una niña de 12; y que en el de Jay, un chico de 13, empieza con el tratamiento para bloquear sus hormonas femeninas durante la película. Pero que es absolutamente embrionario en el de Pheonix, un niño-niña (así se define él-ella) de apenas tres años de edad. La película los retrata en sus vidas cotidianas, dando cuenta de sus procesos y de las dinámicas que se producen en torno a los cuatro, todas de una gran complejidad emocional y social. Pero a pesar de esa sensación de intimidad y de la proximidad que genera con sus protagonistas, la película no siempre consigue ir más allá del piloto automático de los documentales televisivos. Esto tal vez se deba a los escasos recursos cinematográficos que pone en acción para hilvanar su relato. En ese sentido, se trata de una película cuyo valor reside sobre todo en su contenido y casi nada en su forma, algo que en términos simbólicos en este caso es un desacierto.

El debate más interesante que surge de Transhood gira sobre la forma en que los procesos personales que atraviesan estos chicos son sobre-expuestos. Un detalle que bien se le puede señalar a la propia película, pero que también aparece en los entornos de los mismos protagonistas. Algo de eso se percibe en el empeño que la madre de Avery pone en tratar de convertir a su hija en un símbolo trans, a pesar de que la ñiña manifiesta, entre otras cosas, que no quiere ser parte de una producción periodística que finalmente la convirtió en tapa de National Geographic y que desató sobre ella un vendaval de transfobia. O en la madre de Phoenix, quien lo/la lleva a una celebración religiosa donde lo/la impulsa a compartir frente a todos, micrófono en mano, los detalles de una identidad aún en desarrollo. Pero cuando el chico-chica de tres años le pide no quiere hacerlo, lejos de contenerlo/la la madre toma el micrófono y revela todo lo que la criatura le pidió preservar. En el otro extremo están los de Leena, quienes hacen lo mejor que cualquier padre puede hacer: acompañar a su hija con amorosa naturalidad, allanándole el duro camino de ir descubriendo quién es en realidad.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - 35° Festival de Cine de Mar del Plata, días 4, 5 y 6: Un mapa de la tensión social

De manera nada casual, las últimas tres películas presentadas en la Competencia Argentina del 35° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata pueden ser vistas como un tríptico. Esa mirada integral permite darle forma a un fresco que recorre de manera amplia las tensiones que se dan entre los sectores bajos y medios de la estructura social. La culpa, el resentimiento, la indiferencia, el desprecio, la empatía, el miedo, la piedad o la impotencia son algunos de los sentimientos que es posible detectar en esta oportuna serie que conforman Las ranas, del actor y cineasta Edgardo Castro; La sangre en el ojo, de Toia Bonino; y Un crimen común, de Francisco Márquez. Pero también son algunas de las emociones que cada espectador podrá descubrir (o no) en estas tres propuestas que ofrece el festival marplatense, que este año se realiza en formato online y gratuito.

En Las ranas, su tercer largometraje como director, Castro retrata a tres mujeres durante el viaje que realizan a un penal, en donde cada una visitará a un hombre preso. Aunque el vínculo con ellos es íntimo, el título de la película –que remite a la jerga carcelaria— permite suponer que sin embargo no son ni sus novias ni sus esposas. Aún así, ellas son las encargadas de proveerlos de todo aquello que necesitan para sobrellevar el encierro. La cámara de Castro acompaña en especial a una de esas mujeres y, fiel a sus convicciones cinematográficas, el director no teme ir hasta donde sea necesario en su voluntad de retratar su vida y su mundo de la forma más fiel y cruda posible.

La película confirma que Castro es un observador agudo y sensible, entre cuyas virtudes se destacan la paciencia y la empatía. Dos valores que en el dispositivo narrativo de Las ranas constituyen la fuerza de tracción que le permitirá al espectador avanzar junto a la historia y acompañar a los personajes. Como ya había hecho en La noche (2016), su extraordinaria ópera prima, Castro parece limitarse a seguir a las protagonistas, yéndoles detrás como si fueran ellas las que están al mando, las que dirigen la película, y no él. Claro que solo se trata de una ilusión, capaz de hacerle creer al que observa que lo que se está viendo es la realidad y no un articulado mecanismo en el que el documental y la ficción se funden de forma precisa. Como ocurre con los test de percepción, es probable que lo que cada quien vea en Las ranas no sea más que una proyección de emociones personales que, en cualquier caso, completan el universo áspero y humano que Castro retrata.

Aunque comparten algunos temas y espacios, Las ranas y el documental La sangre en el ojo constituyen entidades cinematográficas casi opuestas. Al contrario del trabajo de Castro, en cuyo registro directo y simple se esconden a plena vista no pocos hallazgos formales, el de Bonino presenta una construcción deliberadamente artificiosa y compleja. Una puesta en escena escindida en la que las imágenes no se corresponden de manera estricta con el relato en off que recorre la película, sino que lo complementan. A ese dispositivo central la directora le suma distintos testimonios en primera persona, en los que son los involucrados quienes se filman a sí mismos con las cámaras de sus teléfonos celulares. Entre las secuencias más reveladoras se encuentran aquellas en las que un preso filma distintas escenas de la vida carcelaria y una mujer policía recorre las instalaciones de un centro de detención.

La voz en off es la de Leo Robles, un hombre cuyo hermano resultó muerto por la policía en un enfrentamiento ocurrido casi 20 años atrás, luego de haber sido delatado por un cómplice (historia que Bonino abordó en Orione, su ópera prima de 2018). A pesar del tiempo transcurrido, Robles sigue atado al dolor de esa pérdida. Dicha carga alimenta el deseo visceral de una venganza que espera saciar con la muerte del hombre cuya traición no solo provocó la de su hermano Ale, sino que terminó con el propio Leo preso durante 15 años. Aunque sigue vivo, Leo sabe que su destino está unido al de su hermano, porque “una celda es como un nicho” y “estar preso es la muerte en vida”. No por nada a la cárcel también se la llama tumba. Pero Leo también describe con detalle el placer que siente al entrar a robar una casa y amenazar a sus moradores, desplegando el mapa del resentimiento y el terror que provocan las diferencias de clase. Por ese camino La sangre en el ojo busca producir el milagro de la empatía, proponiendo el desafío pensar que hay más allá de lo explícito. Quien lo consiga tal vez pueda reconocer algo propio en la frustración de este hombre que, como tantos, nació con el mundo en contra.

El relato de Un crimen común se desarrolla en el terreno de la más absoluta ficción y es, en todo sentido, la más clásica de estas tres películas. Que, por si hiciera falta aclararlo, no quiere decir ni la más sencilla ni la más simple. En ella, una profesora universitaria es sorprendida durante una noche de tormenta por unos golpes desesperados en la puerta de su casa. Oculta en la oscuridad, reconoce en el visitante al hijo de su empleada doméstica, al que solo vio una vez en su vida, pero asustada decide no abrirle. A la mañana siguiente se entera por las noticias que el adolescente está desaparecido y poco después su cuerpo aparecerá en el río, asesinado por la policía.

Como ocurría con la ópera prima de Márquez, La larga Noche de Francisco Sanctis (2016, codirigida junto a Andrea Testa), Un crimen común es un tour de force que empuja a su protagonista a un dilema ético que la va demoliendo por dentro. Gran parte de que ese cuestionamiento se traslade con éxito a la platea tiene que ver con el trabajo de Elisa Carricajo en el papel principal, quien consigue expresar sin excesos el colapso emocional del personaje. Con notorios puntos de contacto con la historia que Lucrecia Martel contó en La mujer sin cabeza (2008), y claras referencias a obras literarias como El corazón delator, de Edgar Allan Poe, la película de Márquez es un relato moral en el que la culpa se alza en el centro de los miedos y prejuicios de clase. Aunque en algunos momentos su andamiaje metafórico resulta excesivo y gráfico, Un crimen común logra corporizar las fronteras (no tan) invisibles que demarcan las parcelas cada vez más estancas de las sociedades modernas.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

martes, 24 de noviembre de 2020

CINE - Carlos Sorín estrena su nueva película en Netflix: Contar la muerte con una sonrisa

Hace unos años, la historia de María Marie Vázquez conmovió a todos. Feliz, en pareja y madre de un hijo de 3 años, un día le dijeron que tenía cáncer y que no había mucho que la medicina pudiera hacer.. Pero en lugar de dejarse atrapar por la fatalidad, tomó dos decisiones que cambiarían lo que le quedaba de vida: contar el proceso de su muerte a través de las redes sociales y escribir un cuaderno para que Tomy, su hijo, supiera quién había sido su madre. Su cuenta de Twitter se convirtió en tendencia gracias al humor ácido y el sarcasmo con el que relataba su agonía. Rras su muerte, ocurrida el 21 de abril de 2015, aquel cuaderno escrito para ser privado fue publicado por la editorial Planeta y se convirtió en bestseller. Ahora su historia llega a la pantalla con el título de El cuaderno de Tomy. Escrita y dirigida nada menos que por Carlos Sorín, y con Valeria Bertuccelli y Esteban Lamothe en los roles de María y su esposo Sebastián, la película puede verse a partir de hoy en Netflix.

“Este fue un proyecto que me propuso la productora Pampa Films, con quienes había hecho mi trabajo anterior, Joel (2018)”, cuenta el director, recordando el origen del asunto. “Ellos me dieron el libro y el link de una charla Ted que había dado Sebastián, y entre ambas cosas me convencieron para hacer la película. Pensé que se trataba de un desafío de enormes riesgos y eso me empujó a aceptarlo”, relata Sorín.  

-Entre los riesgos se encontraba la dificultad de evitar el golpe bajo. 

-Ese fue el mayor de todos, porque el tema tiene un alto voltaje emotivo y la línea divisoria es muy finita. Todo el tiempo fui consciente de eso y la luz amarilla estuvo todo el tiempo encendida. La puesta en escena tampoco fue sencilla, por qué se trata de una película que transcurre el 80% dentro de una habitación y la protagonista no se mueve de la cama. -¿La inclusión gráfica de dispositivos electrónicos y redes sociales fue una herramienta útil para agilizar esas limitaciones? -Sí, pero por otra parte lo esencial de María pasa por su vida en las redes y era imposible contar su historia prescindiendo de esos espacios. Necesitábamos que eso apareciera y me parece que no sólo le aporta ritmo a la película, sino que también refleja su humor cáustico y ácido, y es uno de los elementos que la vuelven tan atractiva como personaje. 

-En la película las redes sociales adquieren un rol fantasmagórico, porque mientras María se encamina a su final físico alimenta un avatar virtual que la va a sobrevivir. ¿De algún modo las redes representan una forma de vida después de la muerte? 

-Absolutamente. Ella no sería lo que fue, ni hubiéramos hecho una película sobre su vida si no hubiera escrito en las redes sociales. El fenómeno alrededor de ella se viralizó a partir de su acción en las redes. Ahí está el origen de todo. Lo que permite entender al personaje y lo que justifica a la película, es esa vida paralela que María vivía en las redes.  

-Tampoco se puede entender a María sin ese cuaderno que le escribe al hijo, que además puede ser pensado como un trabajo de fijación de la memoria y que también tiene algo de vida más allá de la vida. 

-En la película ella dice “Quiero que te acuerdes de mí de vez en cuando”. Esa es la esencia del cuaderno: que el amor por su hijo perdure más allá de la muerte. Porque el olvido es una segunda muerte. Eso es lo que plantea Coco, la película de Pixar, que trata más o menos de lo mismo que El cuaderno de Tomy. Cuando te olvidan morís por segunda vez.  

-Después de ver la película parece obvio que Bertuccelli era la actriz ideal para personificar a María. ¿Cómo fue trabajar con ella? 

-Lo de Valeria es un trabajo autoral. Como director colaboré en guiar algunas cosas, pero esa cantidad de matices y de pequeños gestos están ahí porque ella es muy fresca para trabajar. Lo mismo que Esteban. Por eso digo que ellos también son autores en ese terreno privado en el que se mueven los actores. Todo el elenco estaba muy conmocionado por la temática de la película y eso hizo que tuvieran con el proyecto un nivel de entrega que no es habitual. Además, buena parte del rodaje tuvo lugar en un hospital y eso ayudó mucho a terminar de cerrar el clima.  

-La película maneja cierta ligereza humorística, pero sin perder el anclaje en el drama. ¿Fue difícil encarar esa dualidad? 

-Me ayudó todo lo que María escribió y que yo tomé textual para el guión. En ese sentido consideró que ella es casi una co-guionista. María era desconcertante, desfachatada y espontánea, pero también muy profunda.  

-Usted ya había trabajado con niños actores en su película anterior, Joel. ¿Qué diferencias hubo entre aquel trabajo y éste? 

-La diferencia más grande era la edad, porque el personaje de Tomy tiene 4 años y Joel tenía 9. Además Joel venía de una zona de suburbios en Terra del Fuego y habiendo hecho una vida de calle que hacía que esos nueve años parecieran muchos más. En este caso era un nene más chico y yo tenía que aprovechar esa espontaneidad y frescura, porque sabía que cuánto más querible fuera Tomy, más profundo iba a calar la película.  

-¿Ya tiene nuevos proyectos para el futuro inmediato? 

-Sí, pero en la línea de las películas más pequeñas que vengo haciendo. Pienso en cómo producir cine en post pandemia, porque la máquina tiene que seguir funcionando. Pero más que en los protocolos hay que pensar en la tecnología, en adaptar el diseño de producción ante una situación como la que estamos viviendo. Estoy desarrollando proyectos para una realidad donde todavía el aislamiento y la distancia estén muy marcados. 

-Como si le faltaran problemas al cine independiente, ahora también hay que pensar en estas variables. 

-Sí, es cierto (risas). Entre otras cosas me gustaría filmar con un iPhone 12, algo que se puede hacer perfectamente si desde el guión pensás en las formas de encuadrar. Es un equipo que te permite entrar en terrenos a los que no podés acceder con un equipo profesional.  

-¿Le interesa filmar en esas condiciones o sólo lo piensa obligado por la circunstancia? 

-No, es algo que me interesa. La evolución tecnológica en el ámbito de la producción dio unos saltos imposibles. Ahora hay cámaras de u$s 600 con las que podés filmar con una calidad absoluta. Hay que pensar que si las películas van a ir a plataformas en lugar de salas, las condiciones son distintas. No es lo mismo hacer una película para proyectar en pantalla gigante que otra para ser vista por televisión, por más grande que sea.  

-¿Pero usted ya se resignó a que el nuevo espacio del cine sea el de las pantallas domésticas? 

-No, para nada. Yo todavía espero lo que venga. Pero como a mí me interesa la tecnología incluso más que el cine (me refiero a la tecnología para filmar), siempre estoy muy al tanto de los progresos que hay en esa área mes a mes. Y hasta te diría que semana a semana. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - 35° Festival de Cine de Mar del Plata, Días 1, 2 y 3: Todos los caminos del cine argentino

Como es esperable en cualquier buena selección de películas, la que presenta la Competencia Argentina del 35° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que este año se desarrolla de forma online hasta el próximo 29 de noviembre, ofrecen un abanico temático y estético amplio. Pero en esa abundancia también es posible descubrir recurrencias o patrones y en muchos sentidos las primeras cuatro películas presentadas ofrecen reflejos que permiten establecer diálogos entre ellas. El recorrido que conforman esos puentes tendidos no es casual, sino que surgen del diseñó realizado por programadores al momento seleccionar estos títulos que ahora están a disposición de los espectadores de todo el país.

Jorge Bonino fue un performer que desarrolló su carrera a fines de la década de 1960 y comienzos de la siguiente, formando parte de la generación que creció en torno al Instituto Di Tella. La ausencia de documentos gráficos, sonoros y audiovisuales que den cuenta de su potente obra convierte a Bonino en un misterio, casi en una leyenda a la que el director Martín Sappia intenta darle una forma concreta en su documental Un cuerpo estalló en mil pedazos. Algo parecido a lo que ocurre con Federico Peralta Ramos, que también fue parte de esa época de oro y con quien Bonino comparte tanto la condición de inclasificable como el carácter efímero de un trabajo que casi no dejó rastro físico. 

Esa carencia es central en la forma en que Sappia aborda su objeto, construyendo una red de relatos sueltos, muchas veces contradictorios, a partir de la cual esboza apenas el contorno fantasmal de Bonino. Dichas voces se desenvuelven sobre imágenes en blanco y negro que recorren los lugares que el artista transitó en vida, yendo de las ciudades de Oliva y Villa María, en la Córdoba natal, hasta París, pasando por Buenos Aires, Madrid y Barcelona. Todas ellas están unidas por un relato en off, a cargo de la escritora Eugenia Almeida, en el que todas las frases comienzan con la fórmula “Dicen que…”. El recurso no solo recuerda a aquel que el escritor italiano Antonio Tabucchi utilizó en su famosa novela Sostiene Pereira, sino que le sirve a Sappia para agigantar el status mítico del personaje cautivante pero inaprensible que fue Bonino.

Como Un cuerpo estalló en mil pedazos, Esquirlas también es un documental que gira en torno a la memoria y en el que un estallido ocupa el centro de la escena. Solo que a diferencia del carácter metafórico del que se menciona en el título de la película de Sappia, la ópera prima de Natalia Garayalde hace referencia a una explosión real: la que tuvo lugar en la fábrica de armamento de la ciudad de Río Tercero, de la que se acaban de cumplir 25 años en pasado 3 de noviembre. Aquella tragedia que sacudió al país forma parte de la biografía de la directora, que por entonces tenía 12 años y vivía con su familia a pocas cuadras del epicentro del siniestro. Pero así como los elementos mencionados acercan su película a la de Sappia, hay un elemento que las distingue: la abundancia del archivo utilizado para darle su forma cinematográfica.

Garayalde cuenta que un año antes de los hechos, su padre había comprado una cámara de video que ella y su hermano usaban para jugar. El objeto se había convertido en el chiche favorito y lo llevaban a todos lados. Fue así que cuando la explosión del polvorín los sorprendió en el auto familiar, los chicos iban con la cámara y a pesar de la conmoción nunca dejaron de filmar. Las imágenes tomadas ese día tienen la potencia abrumadora de una catástrofe captada en vivo. Pero la directora se permite aligerar esa angustia incluyendo también otras de los días posteriores, en las que su hermano y ella recorren las ruinas del barrio jugando a Nuevediario, un famoso noticiero de la época. A partir de ese archivo, Esquirlas pone en paralelo la tragedia colectiva con la propia historia familiar, consiguiendo otro notable ejemplo de cine del yo que ya tuvo grandes y recientes representantes en películas como El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi, o Silvia, de María Silvia Esteve.

Si de volver al pasado se trata, eso es también lo que hace Historia de lo oculto, aunque el director Cristian Ponce escoge las herramientas de la ficción. Y en particular las del cine de terror o el thriller paranormal, a partir de cuyos códigos revisita la década de 1980 pero en clave ucrónica. Un grupo de periodistas encaran la emisión de su último programa, cuyas formas recuerdan a Tiempo Nuevo, clásico del periodismo político vernáculo que en aquella misma época conducían Bernardo Neustadt y Mariano Grondona. Durante la hora que dure la transmisión el equipo intentará desmantelar una red de mentiras que incluye a al presidente de la República, a un poderoso empresario y a una organización que utiliza las artes oscuras para modificar la realidad. A pesar de algunos puntos flojos sobre todo en el territorio de las interpretaciones, Historia de lo oculto cuenta con un buen trabajo de guión, a través del cual consigue crear una trama en la que se funden los acontecimientos más macabros de la historia nacional con las fantasías propias del cine de género.

También es desde la ficción que la directora Sol Berruezo Pichon-Rivière aborda la tragedia y el drama familiar en su ópera prima Mamá, mamá, mamá, en la que, como hizo Garayalde en Esquirlas, vuelve a poner en escena el punto de vista de Cleo, una nena de 12 años. La acción la acompaña en los días posteriores a que su hermanita Erín se ahogara de forma accidental en la pileta de la casa, sumiendo a todos en un clima opresivo. En especial a su madre, quien permanecerá casi toda la película encerrada en su habitación. La directora rodea a Cleo de un grupo de primas y será a través del vínculo con ellas que la chica atravesará no solo su duelo, sino su triste iniciación en la adolescencia. 

El film utiliza los espacios lúdicos como instancias rituales, a través de las cuales la niña perderá la inocencia, descomprimiendo un poco la puesta en escena del trauma, pero sin vaciarlo de drama. Apelando muchas veces a una simbología de raíz psicoanalítica, empezando por ese triple llamado que desde el título se hace a la figura materna, la película de Berruezo Pichon-Rivière también retrata un universo en el que lo masculino se encuentra casi ausente, relegando su presencia a un fuera de campo en el que de todos modos se cuela el deseo.

Para acceder a las películas sólo es necesario registrarse en el sitio web https://www.mardelplatafilmfest.com/ y pedir un ticket virtual. 

Historia de lo oculto, Esquirlas y Mamá, mamá, mamá pueden verse hoy. Las dos últimas también estarán disponibles mañana.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 23 de noviembre de 2020

SOCIEDAD - Racismo en España: ¿Quiénes son los MENA?

Durante los últimos 15 días tuvo mucha difusión en España el caso de Iván Vaquero, un hombre joven que según algunos diarios de su país fue asesinado a golpes por haber llenado las paredes del pueblo en donde vivía, Velilla, en las afueras de Madrid, con graffittis dedicados a una ex novia. Según se supo luego, el asesino habría sido un vecino de la víctima, en el frente de cuya casa Vaquero había escrito con pintura en aerosol uno de los supuestos mensajes de amor para quien fuera su pareja. TQMT, decían los crípticos mensajes que Vaquero replicó en cada pared vacía de Velilla, un código que utilizaban los amantes cuando todavía estaban juntos para manifestarse su amor, cuyo significado era “Te Quiero, Mi Todo”. A raíz de eso los medios españoles, incluidos los diarios más importantes, no dudaron en calificar a la historia como una tragedia de amor. Pero la historia esconde mucho más.

En primer lugar, algo que lejos de resultar romántico pertenece al terreno del acoso y el hostigamiento. Porque los graffittis de Vaquero incluían más que solo esas cuatro letras mayúsculas que representaban el amor que la pareja alguna vez se tuvo, pero ya no. Porque lo que decían exactamente las pintadas del joven asesinado era “Ya no TQMT” y esa pequeña variante convierte a supuesto mensaje amoroso en uno de despecho, al que la multiplicación en cada pared del pueblo volvía casi un acto de intimidación. Fueron muchos los que tras la muerte de Vaquero especularon sobre el significado oculto de aquellas letras y creyeron descubrir en ellas una amenaza velada: “Ya no Te Queda Mucho Tiempo”. Pero fue Diana, esa ex novia aludida en los mensajes, quien reveló el auténtico significado durante el sepelio de la víctima.

¿Pero cómo se produjo el crimen? Esa noche Vaquero se dirigió comprar comida en un restaurant que estaba cerca de uno de los lugares en donde había dejado grabado su mensaje para Diana. Pero al pasar por ahí encontró a un grupo de adolescentes inmigrantes haciendo lo mismo que él: pintando la pared con pintura en aerosol. El problema fue que los chicos se divertían pintando encima de sus queridas cuatro letras y entonces él los increpó para que dejaran de hacerlo, iniciando una discusión que no tardó en escalar. El griterío llamó la atención Alberto J., un hombre que vivía en un departamento justo encima del lugar y al ver lo que ocurría bajó enseguida para sumarse a la pelea y llevarla al siguiente nivel. Alberto atacó a Iván a golpes no se sabe bien por qué y lo dejó tirado en la calle muy lastimado. Cuando la ambulancia llegó para darle atención, Vaquero todavía estaba consciente, pero dos días después falleció a causa de la paliza brutal que recibió.

A pesar de que el agresor había sido señalado por algunos testigos, lejos de corroborar esa información no fueron pocos los vecinos que le apuntaron a los jóvenes inmigrantes como responsables del crimen. Es que los chicos ya habían provocado algunos desmanes en el pueblo, como robarse alguna cosa o prenderle fuego a una palmera, y al parecer eso los convertía en potenciales asesinos. Las acusaciones los tuvieron durante un par de días en la mira de la policía, pero enseguida detuvieron a Alberto, que actualmente se encuentra imputado por el asesinato de Iván Vaquero. Sin embargo no deja de sorprender la facilidad con que muchos se apuraron a señalar a a la pandilla juvenil, a cuyos integrantes los medios de España identifican como MENA, una etiqueta que en la Argentina es prácticamente desconocida. ¿Qué significan estas otras cuatro letras con las que se clasifica a estos y a otros jóvenes inmigrantes?

MENA es el acrónimo de Menores Extranjeros No Acompañados, una categoría utilizada por el sistema de migraciones en España para identificar a los jóvenes que llegan hasta el país sin la compañía de un adulto. Debido a la normativa legal vigente, los mismos quedan a cargo del Estado hasta cumplir la mayoría de edad. El mismo se preocupa por el destino de esos chicos incluso después de cumplir los 18 años, a través de un sistema de "vivienda de emancipación" en las que algunos de ellos permanecen cuando oficialmente dejan de estar bajo la tutela pública. A pesar de estas regulaciones, la situación de estos chicos, que ya es muy delicada por sus propias características, se ve agravada por el aumento de la animosidad que una parte de la sociedad española manifiesta contra ellos. Las muestras de desagrado hacia los migrantes menores son cada vez más habituales en toda España y han escalado en peligrosidad.

Durante el pasado mes de diciembre el escuadrón antibombas de la policía madrileña desactivó un artefacto explosivo hallado en el jardín de un centro de acogida para menores extranjeros en el barrio de Horteza, de la capital española. Aún se desconoce quién fue el responsable de que haber colocado esa bomba en una casa habitada por chicos. Aunque este tal vez sea el ejemplo más extremo, no es la única muestra de odio que los niños y adolescentes extranjeros han padecido en aquel país. En julio de 2019 varios menores resultaron heridos luego de que el centro de acogida en el que residían, cerca de Barcelona, fuera atacado por adultos que gritaban consignas como “¡Fuera MENAS de nuestros barrios!”. En otro pueblo en las proximidades de la capital catalana también hubo protestas por la construcción de un centro de acogida.

El tema se ha convertido en una brasa caliente que los diferentes sectores políticos se arrojan entre sí, en busca de liberarse de su incómoda carga y de hacer responsable del asunto a alguien más. Santiago Abascal, líder del partido de ultraderecha Vox y vecino de Horteza, aseguró el año pasado que durante la campaña electoral era abordado de manera constante por vecinos que le manifestaban preocupación por la presencia del hogar de acogida en el barrio. "Me encuentro con mujeres que me cuentan que los policías les dicen que no salgan con joyas a la calle; con madres preocupadas porque sus hijas llegan por la noche y tienen miedo de ser asaltadas", aseguró. Con ese discurso, en las elecciones realizadas hace exactamente un año su partido obtuvo 58 escaños en el Parlamento. 

Aunque los miembros de Vox condenaron enfáticamente los ataques que reciben los hogares de acogida, la portavoz del gobierno en funciones, la socialista Isabel Celáa, atacó la postura tras la aparición del artefacto explosivo. "El gobierno no sabe quién lanzó la granada. Lo que sí pudimos oír fueron las manifestaciones [de Abascal] en relación a los MENAS. Y las palabras, al final, se interiorizan e intoxican conciencias ajenas", aseguró la funcionaria.

Consultado por el portal de noticias británico BBC Mundo, el fiscal coordinador de Menores José Javier Huete Nogueras descartó que exista una relación entre los menores inmigrantes y un aumento de los delitos graves. Sin embargo también reconoce que la de los niños es una situación muy delicada. "Se trata de un colectivo de chicos que han tenido un periplo migratorio complicado, que llegan con expectativas hasta un país del que desconocen muchas veces el idioma”, pero “de pronto se encuentran con situaciones distintas de las que esperaban” y esto “les genera frustración", apuntó. "Es inevitable que algunos cometan hechos delictivos” que acaban generando “una sensación de inseguridad en los entornos en los que estos se producen", continuó el fiscal, indicando además que eso deriva en la inmediata estigmatización de todo el colectivo. Algo que, aseguró, “es tan injusto como irreal” y que puede provocar en ellos “un daño permanente”.

El problema no solo está muy lejos de ser resuelto, sino que los datos confirman que se trata de una tendencia que va en aumento. En 2018 fueron localizados 7.026 niños y adolescentes que llegaron a España sin el amparo de un adulto. El número supone un incremento de casi 200 % respecto del año anterior y de más del 3.000% en comparación con 2014. Hasta justo antes de que comenzara la pandemia había, según los datos oficiales, alrededor de 12.750 menores migrantes a cargo de las distintas instituciones que se dedican a su cuidado. La mayoría de ellos llegados al territorio español por vía marítima, procedentes de distintos países del continente africano.

Si bien las regulaciones humanitarias que rigen en el territorio español le proporcionan a la mayoría de esos chicos un espacio de contención, al cumplir la mayoría de edad se termina el problema tutelar pero comienza otro igual de urgente. Porque cuando esos chicos se ven obligados a integrarse como adultos en la sociedad, vuelve a encontrarse con el desagrado y la falta de oportunidades que ya conocieron durante la infancia, pero amplificada por una falta de empatía aún mayor. Porque si a mucha gente no le resultaban simpáticos siendo apenas unos niños, ya grandes las manifestaciones de rechazo que reciben son mucho más abiertas y agresivas. Todo eso sin mencionar el limbo legal en el que quedan, inhabilitados muchas veces para buscar trabajos en un marco de legalidad.

La paradoja que expresa el recorrido de estos chicos es un espejo atroz para las sociedades de occidente. Movidos por la esperanza de una realidad mejor que aquella a la que pueden acceder en sus países, miles de chicos solos se aventuran a cruzar el mar, un desafío al que muchos no sobreviven. Pero al llegar a su destino, en lugar de encontrarse con su sueño se descubren en medio de otra pesadilla, distinta de la que los envolvía en sus propios países, pero no por eso menos aterradora. La palabra MENA se ha convertido en una nueva forma de expresar un desprecio que no tiene nada de novedoso, porque el racismo, la xenofobia y la discriminación son tan viejos como la humanidad. Lo que en este caso asusta, es que las víctimas de ese odio sean apenas nenes y nenas que no solo son incapaces de defenderse, sino de siquiera comprender por qué reciben tanto odio.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.