jueves, 28 de febrero de 2019

CINE - "Rey de ladrones" (King of Thieves), de James Marsh: Con el sello de garantía de Michael Caine

No debe haber nada más británico que las películas sobre ladrones de guante blanco, sobre bandas que planifican finísimos golpes maestros para saquear la bóveda de un banco, o los robos de diamantes en joyerías de máxima seguridad. En todos los casos realizando la menor cantidad de disparos posibles, diferencia fundamental con las películas de estos subgéneros del policial que se filman al otro lado del Atlántico.
Lo que tienen en común toda esta clase historias es que alguna vez el grandísimo Michael Caine sinónimo de todo lo que se entiende como británico a la hora de hablar de cine estuvo involucrado en ellas. Por eso no extraña que al frente del elenco de Rey de ladrones, del director inglés James Marsh, basada en la historia verídica de un grupo de viejos delincuentes que deciden robar una bóveda llena de oro y diamantes, se encuentre su todavía elegante figura.
Su estampa es un sello de calidad que garantiza el verosímil de un relato que parece anacrónico no solo en términos reales, en tanto la hipervigilancia del siglo XXI ha vuelto casi impracticables a este tipo de golpes basados en el ingenio, sino también para el cine, teniendo en cuenta que estas películas tuvieron su era dorada entre las décadas de 1960 y 1970. Marsh lo sabe y por eso decide comenzar la suya intercalando en la secuencia inicial de títulos escenas de clásicos del género, como Su primer millón (Charles Crichton, 1951) o El asalto audaz (Peter Yates, 1967), para dejar claro cuál es el imaginario sobre el que se va a mover Rey de ladrones. Un mecanismo que volverá a utilizar de un modo diferente sobre el final.
Basada en dos artículos periodísticos publicados en el diario británico The Guardian y en la revista Vanity Fair, Rey de ladrones reconstruye el último de los que fuera denominado El Robo del Siglo en el Reino Unido, en el que un grupo de cinco viejitos se llevó un botín que la policía y las compañías aseguradoras estimaron en 14 millones de libras esterlinas. Unos 19 millones de dólares. Pero Marsh no tiene apuro para llegar hasta ahí, sino que le interesa que el espectador sepa algo más de los extravagantes protagonistas. A través de ellos se encarga de abordar otros temas que, ocultos detrás de la máscara del asalto, son en realidad los que permiten entender la pulsión de vida que motoriza a los personajes.
Porque Rey de ladrones encara el tema del ladrón de guante blanco desde una óptica crepuscular, sabiendo que los mejores tiempos quedaron atrás, pero con una enorme necesidad de creer que todavía se puede. Así, el volver a robar conjura al deseo de recuperar la despreocupación y la irresponsabilidad de la juventud, la necesidad vital de creer que se puede tener de nuevo todo aquello que alguna vez se amó, incluidas las personas, pero que el tiempo se ha ido llevando de a poco. Y Marsh, quién ganó un Oscar en 2008 por su estupendo documental Man on Wire, maneja con pericia esas piezas.
La muerte de la esposa de Brian (Caine) es lo que desencadena la crisis. Hasta ahora la mujer había funcionado como dique de contención, un placebo que impedía que el protagonista volviera a caer en la tentación. Pero ya sin ella la vida de Brian pierde su razón de ser, hasta que un jovencito lo revive proponiéndole un golpe a las cajas de seguridad donde se guardan algunas de las joyas más valiosas del Reino Unido. Con esa excusa vuelve a reunir a sus viejos compañeros (entre ellos varias glorias del cine como Jim Broadvent, Michael Gambon y Tom Courtenay), a quienes propone volver a las andadas. Marsh avanza por el relato con paso seguro, sabiendo que en la intriga está la clave de su película, sin olvidarse de jugar las oportunas cartas de la comedia, esenciales en este tipo de relatos. Pero sin condescendencia. Por supuesto que el director deja que el espectador se encariñe con esta no siempre simpática pandilla, pero nunca olvida que trata con delincuentes. Rey de ladrones se mueve entre estos dos extremos con encanto y espíritu nostálgico. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

miércoles, 27 de febrero de 2019

CULTURA - El Destape Alfonsinista: Crónica de un descontrol delicioso

El lenguaje siempre tiene un contexto, un momento, un lugar en el que determinadas palabras adquieren un significado particular. Despojadas de ese contexto las palabras pueden querer decir otra cosa. Hablar de destape en 2019 puede incluso no significar nada para muchas personas, sobre todo para los más jóvenes. Pero en 1983, con la democracia recién recuperada y al inicio del mandato de Raúl Alfonsín, la palabra destape estuvo en boca de casi todos y vivió su momento de gloria. ¿Pero qué cosa fue el destape? Los memoriosos de lo efímero levantarán la mano enseguida para afirmar que El Destape fue una revista de tirada semanal surgida durante aquellos primeros años de la democracia, impresa a todo color en el papel prensa más berreta, cuyas páginas reproducían, con muy baja calidad, una galería de mujeres semidesnudas. Algo que durante los siete años de dictadura militar se había convertido en un bien escaso. Sin embargo, aunque este dato es completamente cierto, en un sentido más profundo y amplio el término destape hace referencia al período inmediato posterior a la restauración democrática, en el que la libertad y los derechos civiles fueron recuperados todos juntos y de golpe, generando en los ciudadanos un expansivo sentimiento de alivio. En el campo de la cultura esa liberación repentina generó una ola renovadora que impactó en todas las áreas, del teatro al cine y de la música a la comunicación.
Como si se tratara de una reacción en cadena comenzaron a brotar los artistas, los reductos dispuestos a recibirlos y los medios de comunicación ávidos de retratar y difundir la noticia de que una nueva realidad estaba comenzado a tomar forma. Aunque si algo tuvieron en común todos ellos (los artistas, reductos y comunicadores del destape) fue una marcada aversión por las formas concretas, la tendencia a fugar hacia lo deforme. Lugares como el Café Einstein, el Parakultural, Mediomundo Variete o Cemento, a los que hoy nadie dudaría en calificar como tugurios o antros, fueron entonces verdaderos santuarios contrahechos que le dieron albergue a un alud de artistas anómalos dispuestos a desfigurar toda convención. Incluso los espacios oficiales, como el Centro Cultural Rojas o el Centro Cultural Recoleta, que durante los años de la dictadura habían permanecido virtualmente abandonados, se convirtieron en el centro de una movida que, con la filosofía del punk como primer motor, surgió como una fuerza subterránea que revolucionó todos los ámbitos de la expresión artística y cultural.
El destape hereda su nombre de un proceso similar que tuvo lugar en España unos pocos años antes, con el final de la dictadura franquista. Una de las características de la dictadura fue su empeño por anular toda aquella expresión que se saliera de la norma conservadora, aplicando sobre ellas distintas formas de presión. Las herramientas utilizadas para garantizar ese silencio de radio son conocidas: censura, amenazas, exilios, secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones. La consecuencia fue una inmediata disminución de todo tipo de expresión (política, social o artística), porque como ya se sabe gracias a las leyes de la física, a mayor presión menor es el volumen. De este modo el espacio público se vació de voces que no fueran las oficiales y poco más. Pero recuperada la democracia, ya sin ninguna de las trabas que impedían casi todo, la Argentina de repente se llenó de bocas que tenían algo para decir, de cuerpos dispuestos a entrar en acción y de mentes que imaginaban que todo era posible. Al desaparecer la presión el espacio público se había expandido hasta explotar, permitiendo que toda una generación estrenara esa libertad inédita.


Ahí encontraron su tierra prometida El clú del claun, Las Gambas al Ajillo, Los Melli, La Organización Negra, Los Peinados Yoli, Las Bay Biscuits, Fernando Noy, Mosquito Sancineto, o el trío que integraron Humberto Tortonese, Alejandro Urdapilleta y Batato Barea. Todos ellos tenían en común cierto carácter inclasificable. Es muy difícil determinar si lo que hacían era teatro, música, poesía, todo eso junto o si se trataba de simple y llano descontrol teniendo lugar sobre un escenario. Por esos mismos tablados precarios pasó una camada de bandas que revolucionó el campo del rock nacional, donde los padres fundadores Charly García y Luis Alberto Spinetta, cada uno con sus diferentes proyectos, marcaban el rumbo desde hacía casi 15 años. Grupos como Soda Estéreo, Virus, Sumo, Riff, Los Twist, Los Redonditos de Ricota, Los Violadores o los refundados Abuelos de la Nada, entre otros, y solistas como Andrés Calamaro y Fito Páez, llegaban para quedarse trayendo consigo sus raros sonidos nuevos.
El destape también impactó fuerte en los medios de comunicación, que se apropiaron de la libertad recuperada para utilizarla de maneras diversas. La revista El Destape no fue la única que se dedicó a lucrar con la exhibición del cuerpo femenino. Otras, como la revista Libre, hicieron lo propio pero en papel ilustración y con ínfulas periodísticas. La televisión también se llenó de chicas con poca ropa, un argumento para subir el rating que aprovecharon sobre todo programas cómicos como los de Alberto Olmedo o Jorge Porcel (que ya contaban con experiencia cinematográfica en esa misma área). Y en el importado Show de Benny Hill hasta pudieron verse algunos (pocos) desnudos frontales, siempre dentro del horario de protección al menor. Pero las mujeres desnudas no fueron el único “aporte” que el destape le hizo a la comunicación. Durante ese período surgieron revistas como Cerdos y Peces, programas radiales como El submarino amarillo que conducía Tom Lupo, una emisora como Rock & Pop o un diario como Página/12. Todos ellos supusieron un giro revolucionario dentro de la historia de los medios argentinos y ninguno hubiera sido posible sin aquel bendito destape que, visto desde hoy, hasta parece un poco naif. 

Artículo publicado originalmente en la Revista Caras y Caretas.

domingo, 24 de febrero de 2019

LIBROS - "Losers", de Maximiliano Poter: Once perdedores del rock que rozaron la gloria

Maximiliano Poter llega puntual a la pizzería que está en la esquina de Entre Ríos y San Juan y lo primero que hace es agarrar el menú para elegir algo fresco. El calor es insoportable. Lo tientan los licuados, pero como el mozo le informa que solo se vende en jarra de un litro entonces pide un jugo de pomelo exprimido. Sin embargo el mozo se interpone una vez más entre él y su deseo: el proveedor no trajo pomelos y solamente tienen naranja. Maximiliano se ríe y le dice que un exprimido de naranja está bien. Cuando el mozo se va empieza a hablar de su primer libro, Losers. Historias de famosos perdedores del rock, que acaba de ser editado por ediciones B, donde compila once historias de personajes que estuvieron a un paso de alcanzar el Olimpo rockero pero que, por una razón u otra, se quedaron con las ganas.
Loser reune a un grupo de casi famosos liderado por los emblemáticos Pete Best, baterista original de los Beatles que fue reemplazado por Ringo Starr justo antes de grabar el disco debut, e Ian Stewart, tecladista y fundador de los Rolling Stones, que también en el umbral de la fama fue apartado de la banda ¡por feo! A ellos se suman, entre otros, Terry Reid, cantante maravilla que declinó la oferta de sumarse a la formación seminal de Led Zeppelin para priorizar una carrera solista que nunca despegó; Dave Evans, primer vocalista de AC/DC al que los barderos hermanitos Young nunca se bancaron; el pobre Mark St. John, prodigio que volaba con sus dedos por la guitarra pero que tuvo la desgracia de contraer una enfermedad que atrofió sus manos justo después de sumarse a Kiss; Ritchie Edwars, guitarrista de los británicos Manic Street Preachers que desapareció justo antes de una gira promocional por EE.UU y de quien aún hoy se desconoce su paradero; y Steve Tilston, promesa del folk británico al que John Lennon le mandó una carta amistosa en 1969, pero que él recibió recién en 2005. Una pandilla de perdedores.
“Creo que las historias de perdedores tienen un atractivo especial”, afirma el autor. "Siento que es imposible no sentirse identificado con alguna de las historias del libro, porque todos sabemos lo que es perder. Todos sentimos que alguna vez dejamos pasar un tren que nos hubiera cambiado la vida o nos quedamos con las ganas de decirle algo a alguien que podría haber resultado una bisagra en nuestra existencia. Todos somos perdedores”, sentencia Maximiliano Poter en el preciso momento en que el mozo se acerca a decirle que se acabaron las naranjas.

-Pero dentro del rock, donde los perdedores son mayoría, los protagonistas de tu libro tuvieron la suerte de llegar hasta la orilla de la fama.
-Son los “casi famosos” más famosos. Esa es una de las premisas del libro. Se trata de historias riquísimas que te llevan a pensar qué hubiera pasado si las cosas hubieran ocurrido de otra forma. ¿Hubiesen sido lo mismo los Beatles o los Rolling Stones si no echaban a Best y a Stewart? Y si bien el libro no juzga ni se mete con los personajes, te lleva a reflexionar acerca de qué es éxito y qué es fama, que son cosas completamente diferentes. Se puede ser tranquilamente una persona exitosa sin ser famoso.  
-Eso aplica a personajes del libro, como Padovani o Tilston, que se sienten exitosos sin haber alcanzado la fama.
-Lo son. Son tipos ignotos para las masas y aún así exitosos. Pero así como ellos están contentos con lo que lograron (más allá de que Tilston carga con esta cuestión de qué hubiera sido de él si recibía a tiempo esa carta de Lennon), también tenés casos como el de Bobby Jameson, que enloqueció buscando la fama que le habían prometido. Una ilusión. No sé cómo todavía los hermanos Coen no hicieron una película con la historia de Bobby Jameson, porque tiene todo: amor, locura, muerte.  
-Muchos fanáticos consideran a Ringo el gran suertudo del rock, lo opuesto a los personajes del libro. Un tipo que sin el talento de sus compañeros sin embargo estuvo ahí. La única diferencia entre él y Best parece haber sido la suerte.
-A ver: Ringo Starr, y a su manera Pete Best también, estuvieron en el lugar justo en el momento indicado. Lo que marcó la diferencia entre uno y otro fue la química con el resto de los integrantes de los Beatles. No sé si había elementos técnicos para decir que Ringo era mejor que Pete. Si se lo preguntás a Paul McCartney te va a decir que sí, porque él se ha cansado de elogiar a Ringo, a quien consideraba una maquinita detrás de la banda. Pero desde afuera, investigando, contando y recorriendo la historia te das cuenta de que lo que establece la diferencia es esa amistad que Ringo pudo generar con los otros tres, una complicidad y una empatía que Pete Best nunca consiguió. Él nunca fue parte de la banda, aunque estuvo con los Beatles casi tres años. Nunca hubo una amalgama con el resto.  
-Losers tiene además un efecto secundario: descubre que nuestros ídolos de la música a veces dejan mucho que desear en el terreno de lo humano.
-Es que todos tenemos nuestras miserias y estos ídolos no están exentos de eso. Son seres humanos como cualquiera. Pero algunos son pecados o errores de juventud, como en el caso de los Beatles, que eran pibes de 17 años a los que no les podés pedir la madurez de contemplar de forma adulta los sentimientos del otro. Eran pibes que estaban de joda en Alemania, viviendo ese momento tan importante y complicado de sus vidas, como es la adolescencia para cualquiera.  
-Pero lo de los Beatles no se limita al error de juventud, porque ya de grande tuvieron malas actitudes hacia Best y nunca ninguno de ellos se acercó a decirle: “Che, Pete: disculpá, éramos pibes”.
-Es cierto. Pete Best dijo en una entrevista que nunca, ni de adultos, tuvieron una palabra a su favor. Esas son miserias y todos en alguna medida mostraron algo de eso. Los Rolling Stones, The Police y ni hablar de Kiss, donde se sabe que tanto Gene Simmons como Paul Stanley son, digamos…  
-Exprimidores.
-Grandes capitalistas (risas).  
-Es cierto, como vos decís, que Losers puede ser leído en tono de comedia…
-Diría que tragicomedia es más apropiado.  
-Pero toca fibras dolorosas que también lo vuelven un libro triste que cuenta historias de chicos a los que les tocó sufrir, aunque vos no las narrás desde el drama.
-Alguien definió al libro como la crónica de once derrotas, algunas más dignas que otras. Es un libro que más allá de los pasos de comedia que tienen que tener, porque la vida también tiene sus absurdos y momentos divertidos, en realidad reúne once tragedias.  
-Una de las mejores formas de enfrentar una tragedia es manteniendo al menos la dignidad del humor.
-Y algunos de ellos han sido capaces de hacerlo y otros no. Quizás en alguna medida Pete Best ha podido. Hoy sabe perfectamente que hay un personaje construido alrededor de lo que le pasó y en cierta medida lo explota. Henry Padovani también. Él es un personaje bastante conocido en Francia y se aprovecha un poco de haber quedado fuera de The Police y de tener una historia interesante para contar. Pero hay otros que no pudieron pasar de eso.  
-Padovani parece ser el que mejor lleva su condición de "loser". Y además es uno de los pocos a quienes sus ex compañeros no han maltratado.
-Sobre todo teniendo en cuenta la invitación que le hicieron en la gira de la reunión en 2017, para que suba a tocar unas canciones junto a la banda en los shows de París. Eso los redime, además de que el proceso de aquella exclusión fue bastante digno, incluso con sus partes oscuras, sus charlas por detrás y cosas por el estilo. En algún momento Sting dio la cara, le explicó lo que pasaba y Padovani aceptó esa decisión. Sí: definitivamente hay gente que se comportó mejor que otra frente a la situación de comunicar una mala noticia.  
-¿Cuál de las historias de Losers es la que más te conmueve?
-La de Ritchie Edwards, el violero de los Manic Street Preachers, que tiene un montón de detalles terribles. Tiene algunos, surgidos de la investigación policial posterior a su desaparición, que son impactantes. Aún hoy siguen apareciendo datos que abren nuevos caminos de investigación para saber qué pasó con este tipo, si efectivamente se suicidó o si está escondido en un paraíso fiscal. Detrás de eso hay una banda que nunca pudo despedirse de un compañero, una madre que todavía está buscando a su hijo y una familia que sigue sin poder enterrarlo.  
-Una historia de duelo permanente, un sentimiento familiar a todos los argentinos.
-Especialmente. No hay nada más duro que desaparecer completamente de la faz de la tierra. Le deja a los que quedan un dolor que no cesa.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentina.

sábado, 23 de febrero de 2019

CINE - Murió Stanley Donen, director de "Cantando bajo la lluvia" y "Charada": Shame on You, Hollywood!

Que Stanley Donen, director de algunos de los clásicos más grandes de la historia de Hollywood como Cantando bajo la lluvia (1952) o Charada (1963), se haya muerto ayer a los 94 años, justo el día anterior a la ceremonia de entrega de los Oscar, es un cachetazo inesperado para varios. En primer lugar, y sobre todo, para la famosa Academia de Hollywood, que no solo nunca lo premió con una de sus icónicas estatuitas por su labor al frente de sus casi 30 películas, sino que ni siquiera tuvo la lucidez de nominarlo en la categoría de Mejor Director. Nunca. Suena increíble y lo es. El hombre que estuvo detrás de títulos como Siete novias para siete hermanos (1954), La indiscreta (1958) o Un camino para dos (1967), considerado uno de los maestros de la época más luminosa de la comedia musical, el que dirigió a Fred Astaire, Janet Leight, Gene Kelly, Audrey Hepburn, Frank Sinatra, Ingrid Bergman, Cary Grant, Elizabeth Taylor, Gregory Peck, Sofía Loren y los nombre siguen (y siguen), fue premiado en los festivales de Venecia y San Sebastián, nominado en Cannes, en Berlín e incluso a los Razzie (la parodia de los Oscar que premia a las peores películas de cada año), pero nunca fue tenido en cuenta para los premios de Hollywood, su propia casa. Y no solo fue ignorado por los Oscar: tampoco fue nominado ni una sola vez a los Globos de Oro. Estos datos, que por un lado hablan de la subjetividad de las nominaciones, por otro también confirman el valor relativo de estos premios. En otras palabras: si los miembros de la Academia nunca consideraron oportuno nominar a un maestro como Donen, entonces sus Oscar no pueden valer mucho.
Es imposible no mirar la filmografía de Donen sin pensar de inmediato en que es demasiado buena para ser real. Tuvo su debut a los 25 años, llegando a la meca del cine como asistente personal de Gene Kelly, a quien había conocido en Broadway, donde primero fue bailarín y luego coreógrafo. Y ya en su primera película, Un día en Nueva York (1949), codirigida con Kelly, le tocó estar a cargo de un elenco que incluía no solo a su mentor y amigo, sino nada menos que a Frank Sinatra, pareja que venía de dos exitazos como Levando anclas (1945, en la que Kelly baila en una famosa escena con el ratón Jerry) y La bella dictadora (junto a Esther Williams, también de 1949). Donen comprobó que no era fácil trabajar con estrellas, pero demostró tener con qué. Por empezar, Sinatra no quería ser parte de la película, pero el productor Arthur Freed lo convenció con la promesa de que podría cantar “Lonely Town”, una balada de Leonard Bernstein que a La Voz le encantaba. Sinatra llegó a grabar la canción, pero se enojó mucho cuando Donen y Kelly decidieron no filmar la escena en donde debía interpretarla. Y se sabe que Sinatra enojado no era cosa fácil. Ya en sus últimos años Kelly manifestaba un gran cariño por Una noche en Nueva York. No sólo por el trabajo con Donen, sino porque creía que si bien había hecho mejores películas, aquella había sido filmada en “el pico de su talento”.
El siguiente paso de Donen como director fue también el primero sin la compañía de Kelly y al mismo tiempo representó para él un sueño cumplido: trabajar con Fred Astaire en Boda real (1951). En ella Astaire realiza una coreografía en la que baila en el piso, las paredes y el techo de una habitación. Por esa escena Donen fue contratado en 1986 para dirigir el video “Dancing on the Ceiling”, uno de sus últimos trabajos, en el que Lionel Richie hace lo mismo. Donen nunca ocultó su admiración devota por el gran maestro de la danza cinematográfica, a quien admiraba desde que a los 9 años viera Volando hacia Río (1933), segunda película de Astaire y la primera en la que compartió elenco con su pareja de baile perfecta, Ginger Rogers. “Me pareció que la vida merecía ser vivida gracias a Fred Astaire”, dijo Donen alguna vez, recordando aquel momento epifánico frente a la pantalla. Tanto, que Astaire se convirtió en la influencia definitiva para comenzar en la adolescencia sus estudios de danza. Con apenas 16 años, Donen se mudó a Nueva York desde su Carolina del Sur, donde nació en 1924, y un año después debutaba en Broadway en la obra Pal Joey, dirigida por George Abbott, donde conocería a Kelly, el hombre que le cambiaría la vida. Donen volvería a dirigir a Astaire en La Cenicienta en París (1957), que también marca el comienzo de sus colaboraciones con Audrey Hepburn.
Su relación con Gene Kelly fue decisiva en la vida de ambos y no solo en el terreno de lo cinematográfico, donde dirigieron juntos otras dos películas además de aquel debut de 1949: Siempre hay un día feliz, de 1955, y la célebre Cantando bajo la lluvia. Esta última se encuentra al tope de los musicales mejor puntuados por los usuarios de la plataforma IMDb.com y segunda, después de El mago de Oz (King Vidor y Victor Flemming, 1939), en la lista de los 100 Mejores Musicales de la Historia confeccionada por el sitio Rottentomatoes.com. Con él compartieron su pasión por el baile, la coreografía, las películas e incluso una mujer, Jeanne Coyne, que fue la primera esposa de Donen entre 1948 y 1951, y que casi una década después se casó con Kelly, con quien tuvo dos hijos. El trabajo en pareja es otra de las características que marcan la obra de Donen, quien en 1955 filmó Un extraño en el paraíso en tándem con Vincent Minelli y también formó dupla creativa con Abbott, con quien compartió el rol de director en Juego de pijamas (1957) y Lo que Lola quiere (1958).
Entre los méritos de Donen se cuentan también el de haber convertido en clásicos a películas como Siete novias para siete hermanos, por la que los productores no daban dos pesos. El director fue obligado a filmar en los mismos sets que ya se habían utilizado en películas de mayor presupuesto, entre ellas Brigadoon, firmada por Minelli y estelarizada por Kelly, que luego tuvieron mucha menos repercusión que el film de Donen, realizado con un elenco de actores casi desconocidos. Otro de los muchos puntos altos de su carrera llegaría con el estreno de Charada, comedia de romance y misterio protagonizada por la encantadora pareja que para la ocasión formaron Cary Grant y Audrey Hepburn. A partir de la trama de misterio, llena de giros sorpresivos y la presencia de Grant en el rol protagónico, es usual encontrar que muchos definen a Charada como la película más hitchockiana que no dirigió sir Alfred Hitchcock. El vínculo les hace justicia a ambos directores. No es casual que, al igual que Donen, Hitchcock nunca haya sido reconocido por la Academia de los Oscar. Aunque al menos al director de Psicosis (1960) se acordaron de nominarlo cinco veces, ambos debieron conformarse apenas con unos Oscar honorarios, esos que se entregan de compromiso para corregir lo incorregible. Shame on you, Hollywood!

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

viernes, 22 de febrero de 2019

CINE - "Cafarnaúm, la ciudad olvidada" (Capharnaúm), de Nadine Labaki: Una ética del dolor

Nominada al Oscar en el rubro Mejor Película en Lengua Extranjera, donde competirá contra el caballo del comisario, la ubicua Roma de Alfonso Cuarón, Cafarnaúm, la ciudad olvidada es el tercer largo de la celebrada cineasta libanesa Nadine Labaki. Celebrada porque sus películas anteriores -Caramel (2007), ¿Y ahora a dónde vamos? (2011)-- le valieron una merecida fama de artista sensible, que se tradujo en una nutrida agenda en festivales como Cannes, Rotterdam, San Sebastián o Toronto. En varios de ellos incluso ganó premios del público, detalle que habla de su facilidad para conectar con el espectador. Ambos trabajos dan cuenta además de su buen pulso para moverse entre el drama y la comedia, sin que ello signifique abordar con ligereza temas complejos como la condición femenina o el peso de las identidades religiosas en el mundo árabe.
Si bien todo esto también forma parte de Cafarnaúm, existen esta vez una serie de elementos que rompen el equilibrio que Labaki había logrado en su obra previa. Acá narra la vida de Zain, un niño libanés de doce años que parece más chico, protagonista excluyente de la película. La misma avanza siguiendo el devenir de sus penurias que, se intuye, no son más que el reflejo de una realidad inevitable para los nenes de las clases bajas de países como Líbano, Siria, Palestina o Afganistán. Pero también para los que han nacido en la mayoría de los países de África o América latina. Incluida la Argentina, donde la pobreza es una epidemia en plena expansión y los abusos contra menores no son precisamente infrecuentes.
Cafarnaúm comienza con unos chicos jugando a los soldados en las calles de un barrio pobre. Aunque llevan armas hechas de madera y botellas de gaseosa vacías, no es difícil reconocer en sus movimientos una íntima familiaridad con los paisajes bélicos. Pero Labaki no está interesada en el panorama geopolítico, sino en tratar de pegarse a Zain para convertirse en testigo de su intimidad, responsabilidad que a través de su película traslada al auditorio. Así se sabrá que Zain está preso en una cárcel para adultos, condenado a cinco años por haber apuñalado a un hombre. "A un hijo de puta", dice Zain ante el juez que instruye la causa que el chico, ya preso, decide llevar contra sus propios padres, acusándolos de haberlo traído al mundo. A partir de ahí, dando un salto temporal hacia el pasado, Labaki reconstruirá el camino que su personaje debió recorrer para llegar hasta ahí.
Zain trabaja más que sus padres para mantener una familia que comparte con cinco o seis hermanas menores. Y se preocupa por ocultar la llegada a la pubertad de una de ellas, Sahar, de once años, y así evitar que la entreguen en matrimonio a un tipo de casi 30. No lo conseguirá, claro. Entonces escapará de su casa y hará amistad con Rahil, una inmigrante africana que lo lleva a vivir con ella a su casilla de chapa. Ahí cuidará al bebé de la mujer mientras ella va a trabajar. Hasta que Rahil es detenida por ilegal y Zain se queda solo. O no tan solo: ahora tiene que cuidar a un bebé.
Cafarnaúm no ahorra golpes de efecto, algunos sensiblemente bajos, para contar las desgracias de Zain, lista que acá se deja incompleta para evitar el spoiler, pero que se irá poniendo cada vez peor. También es cierto que Labaki consigue momentos de humor y ternura incluso en medio del horror más grande, y que el pequeño Zain Al Rafeea se luce en la piel del protagonista. Sin embargo el objetivo final es retratar la miseria, el dolor y la furia de Zain sin filtros, con crudeza y sin piedad. Ahí aparecen las preguntas y sobre todo una: ¿Por qué? Todo ser humano sensible, incluido el argentino de clase media, intuye que la realidad es un abismo, un infierno en el que la mayoría sufre más de lo que le es dado imaginar. El mundo es una mierda, sí. ¿Pero alcanza ese argumento para crear un personaje con el único fin de herirlo a discreción, de provocarle todos los daños posibles frente a un auditorio, solo para ilustrar que el mal existe? ¿Alcanza con la excusa de que el mundo es un lugar espantoso para convertir al cine en un dispositivo de agresión, que tiene como primera víctima a su propio protagonista y a través de él al conjunto de los espectadores? Preguntas difíciles que cada espectador deberá responder solo frente a la pantalla (o no). La película de Labaki habla por ella con elocuencia. 

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.