jueves, 28 de abril de 2016

CINE - "Goodnight Mommy" (Ich seh Ich Seh), de Veronika Franz y Severin Fiala: Veo, veo una cosa maravillosa, color rojo

No es raro que una película como Goodnight Mommy, de los austríacos Veronika Franz y Severin Fiala, haya generado tantos defensores como ofendidos. Tampoco sorprende que el motivo para que los primeros la ensalcen y los otros la detesten sea más o menos el mismo: que Goodnight Mommy no es una película de terror. Por suerte. Aunque una mirada general obligue muchas veces a la simplificación de etiquetarla dentro de ese género a falta de uno más apropiado. Es verdad que la película comparte determinadas herramientas con algunos subgéneros de dicha categoría –los climas ominosos, cierto sadismo explosivo y desatado, y un detalle final que no es prudente revelar– que la acercan bastante. Sin embargo el tratamiento general excede los límites del terror para avanzar sobre todo hacia el drama familiar, en donde lo sobrenatural funciona como un canal sobre el que sus protagonistas transitan como pueden su vínculo con la tragedia.
Pero así como no hay ninguna duda de que no se trata de una película de terror, tampoco la hay respecto de que Goodnight Mommy puede y debe ser definida como un film inquietante. Siniestro, en el más freudiano sentido del término. El hecho de que sus protagonistas sean Lukas y Elías, un par de mellizos idénticos, no hace más que poner como punto de partida el tema del doble, un tópico tradicional en la obra del padre del psicoanálisis, tan austríaco como la película. Y, como ocurre en La bruja –otro título reciente al que el rótulo del terror no le hace justicia–, acá es nuevamente el núcleo familiar la fuente desde la cuál emerge lo extraño y a la vez ominoso.
Goodnight Mommy comienza en una plantación en la que los dos chicos juegan a esconderse y a tomar al otro por sorpresa. Uno de ellos lleva una máscara. Como ocurre habitualmente con los mellizos, Lukas y Elías conforman una unidad bifronte en la que uno de ellos funciona como parte dominante de esa entidad. En este caso le corresponde a Lukas, el enmascarado, asumir el rol más activo y la película lo muestra siempre guiando los juegos y las incursiones por el campo que rodea la moderna y cómoda casa en la que viven.
Toda la primera secuencia representa muy sutilmente ese juego de dobleces y reflejos. Luego de jugar en el campo los chicos se adentran en un bosquecito para terminar en la boca de un túnel oscuro en el que Lukas empuja a Elías, para recién entrar él mismo una vez que su hermano ha desaparecido en las sombras. Pero esta serie de escenas también tiene un doble final y la siguiente muestra a Elías flotando en un lago encima de una colchoneta inflable. Su reflejo invertido se extiende sobre el agua, debajo de él. Elías llama a Lukas, pero todo lo que ve son burbujas y la superficie levemente alborotada del agua. Recién después de eso la madre llega a la casa, tras haberse sometido a una operación que, pronto se sabrá, tiene su origen en un accidente de autos. Lleva el rostro vendado, como una momia, y esa máscara forzada pone distancia entre ella y sus hijos.
Así como el título original de la película remite al tradicional juego infantil del Veo, veo, todo en la película es pasible de ser discriminado entre aquello que puede ser visto y aquello que no. Y en esa máscara que ella debe llevar (aunque a veces parece que en su uso hay más un deseo que una necesidad), los chicos encuentran un límite que les impide hallar a su madre. Y no se trata de una metáfora: encerrados en su propio mundo dual, Lukas y Elías se convencen de que la mujer bajo las vendas no es su madre. Una conclusión a la que la actitud poco maternal de ella con los chicos (y sobre todo con Lukas, a quien ignora de un modo cruel) le suma puntos.
Aunque es cierto que no se trata de una película de terror, eso no significa que el horror no sea parte de la ecuación. Pero un horror doméstico e íntimo, al que los cinéfilos podrán encontrarle fácilmente un pariente en la obra de Michael Haneke, en películas terribles como Funny Games (1997) y sobre todo El video de Benny (1992), donde lo familiar es atravesado de modo literal por el espanto. La virtud de Franz y Fiala está en su capacidad para hacer que ese horror emerja sin traiciones, pero también sin piedad.  

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

CINE - "Enemigo invisible" (Eye in the Sky), de Gavin Hood: Drones, cámaras, terroristas y Wikileaks

Como ocurre muchas veces en las películas "con mensaje", Enemigo invisible, del sudafricano Gavin Hood, empieza con uno. “La verdad es la primera víctima de la guerra”, dice una frase proyectada en los primeros fotogramas y se la atribuye al griego Esquilo, uno de los padres de la dramaturgia griega, pero quien antes que eso fue soldado del ejército ateniense que derrotó a la armada persa en Maratón. Pero la autoría de la frase es discutida y también se les adjudica al escritor pacifista británico Arthur Ponsonby, creador de un conocido decálogo de la propaganda pro bélica; y al estadounidense Hiram Johnson, senador demócrata, durante la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, en la actualidad dicho epigrama se ha vuelto popular luego de que el australiano Julian Assange lo pronunciara en 2010, tras publicar a través de su sitio Wikileaks toneladas de documentos secretos que revelaron el lado más oscuro de las incursiones militares de los Estados Unidos y sus aliados en Medio Oriente. Y es justamente con esa última aparición de la frase, y no con Esquilo, con la que el relato que Hood se vincula más estrechamente.
A tono con el cine post Jason Bourne, Enemigo invisible propone un escenario de conflicto global, en el que las potencias intervienen a distancia en diferentes focos esparcidos por el mundo, con el apoyo de sus adláteres locales. En este caso la acción se desarrolla en un barrio pobre de Nairobi, Kenia, aunque los motores que impulsan dichas acciones se encuentran en sendas bases militares de Londres y el desierto de Nevada, cerca de Las Vegas. Desde ahí, utilizando un sistema de vigilancia que combina agentes locales en tierra y drones estadounidenses en el aire, los altos mandos militares y políticos del Reino Unido y Estados Unidos dirigen una operación que busca eliminar a dos de los terroristas más buscados por el gobierno inglés, uno de los cuales es una ciudadana británica.
El film se maneja con un tono de seriedad, en un marco de pretensión realista (a pesar de la presencia de detalles dignos de James Bond, o de la reciente y lúdica Kingsman) y gira en torno de un dilema ético improbable, pero que de algún modo ya había sido abordado por Clint Eastwood en Francotirador. Cuando los responsables de la operación (una coronel y un general ingleses interpretados por Helen Mirren y el gran Alan Rickman, fallecido en enero) confirman la identidad de sus objetivos y se disponen a acabarlos con un misil, el piloto del dron que debe dispararlo capta con su cámara la presencia de una nena vendiendo pan en la esquina de la casa que debe ser bombardeada. Lo que sigue son órdenes, contraórdenes, recálculos de daños colaterales y discusiones para determinar qué es lo que debe hacerse. Es cierto que la película termina siendo una diatriba acerca del valor de “mal menor” de ciertas muertes civiles, justificadas por la destrucción de objetivos militares, un punto de vista muy discutible. (Algo similar pasaba con Tsotsi (2006), su película más conocida y por la que ganó un Oscar, aunque también dirigió el primer largometraje sobre Wolverine, el popular personaje de Marvel Comics). Pero no es menos cierto que Enemigo invisible consigue sostener un alto grado de tensión durante todo su desarrollo, haciendo que el relato justifique desde lo cinematográfico el debate que propone.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 25 de abril de 2016

CINE - "La Noche", de Edgardo Castro: La virtud del reflejo

Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici), año 2016. Leo las reseñas y las críticas que se han publicado sobre La Noche, el debut como cineasta del actor argentino Edgardo Castro, que participa de la Competencia Internacional del festival, y me sorprende que en casi todas se hable de ella como la película de la polémica o del escándalo. Dos categorías que en general los medios utilizan cuando quieren armar una bola de nieve, para vender una noticia por lo que no es o con una importancia que no tiene. Dos especialidades del periodismo moderno. Es ese consenso amplio lo que me sorprende. Me asombra que se dé por sentado que una película resultará polémica y escandalosa por el simple hecho de transcurrir en los ámbitos más sórdidos del universo nocturno, con un protagonista marginal y homosexual, y por utilizar al sexo explícito (explícito y homosexual) como instrumento narrativo ineludible. Sin embargo hay algo que me asombra todavía más: darme cuenta que también soy parte de ese acuerdo general, que yo mismo pensé que la proyección de La Noche en el Bafici no podía terminar sino en polémica o escándalo. ¿Pero polémica por qué? ¿Acaso los noticieros de TV, no se aferran con uñas y dientes a los cadáveres de cinco chicos muertos en una fiesta de música electrónica? ¿No nos han acostumbrado ya a ese nivel de sordidez, en cual tres personas desnudas tomando cocaína después de coger no deberían impresionarnos tanto? ¿Por qué sería escandaloso ver como un tipo le hace una fellatio a una travesti en una pantalla de cine, si en la actualidad estamos apenas a un click de acceder desde nuestros televisores, computadoras, tablets o smartphones, a la más grande enciclopedia de la pornografía jamás imaginada?
Llegado a este punto debo admitir que no me molesta tanto participar de ese consenso, como el hecho de encontrarme de golpe con un reflejo inesperado de mí mismo que me avergüenza. En esa capacidad de poner al espectador frente a un espejo incómodo esta la primera gran virtud de La Noche, sin dudas una de las películas argentinas más notables que se hayan proyectado en la historia del festival. Ocurre que ahora esa vergüenza me hace sentir responsable, porque no me gustaría que para el espectador desprevenido la película de Castro pudiera quedar pegada a esas dos palabras estériles (polémica y escándalo) y que todos sus méritos acabaran sepultados bajo la mugre de un inexistente alboroto cinéfilo. Le temo a que por esos prejuicios haya quienes la dejen pasar y se la pierdan; o peor todavía, quienes la vayan a ver buscando solamente eso. Ambas opciones son el infierno para una película tan delicada como esta.
Es cierto que La Noche tiene el poder para poner en jaque las convenciones morales y éticas de buena parte de los espectadores. Y no de manera hipotética ni en sentido figurado, sino abierta y concretamente. La película le propone al espectador ser testigo de un mundo que para muchos puede ser no sólo desconocido, sino también evitado. No fueron pocas las veces, mientras el relato iba avanzando sin más hilo que el de los excesos de Martín, su protagonista, interpretado sin atajos por el propio Castro, en las que instintivamente me pregunté a mí mismo: ¿Por qué la película me muestra todo esto? ¿Es necesario tener que ver estas cosas? Todavía me acuerdo de la incomodidad que me produjo la primera secuencia, en la que Martín sale de su casa para encontrarse en un hotelucho con un taxi boy y tener con él una prolongada sesión de sexo oral. En primer plano. Lo curioso es que puedo recordar esa incomodidad no como una idea, sino como algo más amplio. Una memoria física que me recorre el cuerpo y me trae de nuevo esa necesidad de acomodarme varias veces en la butaca, de apartar la vista de la pantalla y mirar para los costados, como si realmente no debiera estar ahí y pudiera ser descubierto vaya a saber por quién. Y otra vez la pregunta: ¿por qué tengo que ver esto? Por trabajo, esa fue la respuesta que me bajó de la cabeza al cuerpo, intentando ser tranquilizadora. Por trabajo. La pregunta volvió a repetirse varias veces en la secuencia siguiente. Martín va a un bolichito gay del que parece ser habitué. Después de tomarse unos saques en un baño roñoso donde otros contertulios intercambian libremente favores carnales, y luego de ver el show erótico entre una travesti vieja y un stripper musculoso, termina en la habitación de un telo con su amiga Guada, una travesti prostituta, y otro tipo al que conocieron esa misma noche. Entre ellos agotan casi todas las posibilidades de lo que un trío de esas características puede hacer, siempre delante de la cámara. Y yo ahí, en mi butaca, trabajando. Fue recién después de eso cuando pude abrir una puerta, aunque todavía no sabía si para entrar en la película o para salir de mí mismo.
La siguiente escena lo muestra a Martín volviendo a su casa de madrugada, en un estado al que podría definirse como de inconciencia ambulante. Tan arruinado, que no puede terminar de subir la escalera de su casa y tiene que tirarse a dormir en el rellano. Sentí tristeza y miedo por lo que pudiera pasarle al pobre tipo. Verlo así me hizo dudar, aunque todavía no estaba seguro de qué. Me bastó una escena más para saberlo. En ella Guada está sola en su habitación, en la pensión donde vive. Mientras mira la tele se come unas porciones de pizza a la napolitana, a las que prolijamente despoja de las generosas rodajas de tomate que las cubren. Después se peina, se viste, se arregla. Y otra vez a la calle. Esas dos escenas me despertaron. Ahí pude ver que La Noche, lejos de ser una película sobre el reviente y la sordidez de los bajos fondos del mundo gay, es una historia sobre gente sola, sobre el dolor, sobre la forma en que las compulsiones son capaces de esconder no sólo el deseo, sino también los propios sentimientos. Y que todas esas escenas de sexo, toda esa explicitud para mostrar los excesos de manera tan descarnada como natural, no eran sino un viejo McGuffin hitchcockiano. Una distracción, sí, pero no una pista falsa. Exactamente lo mismo me estaba pasando a mí al verla: lo que me incomodaba no era toda esa putez puesta en escena de modo tan visceral, sino otra vez el reflejo. Esta vez el de mis dificultades para reconocer mis deseos y sentimientos en muchas instancias de mi propia vida allá afuera, lejos del cine. (Sabrán disculpar el uso de la palabra putez, pero a diferencia de otros idiomas –como el inglés, que para casos así cuenta con una palabra muy oportuna como gayness—, el castellano carece por completo de un vocablo específico para definir estos menesteres.)
De golpe entendí que había dos personalidades, dos intenciones conviviendo dentro de La Noche. Dos líneas que parecían oponerse pero que en verdad corrían paralelas, una junto a la otra. Fue una epifanía. Recordé que cada una de las escenas de sordidez y descontrol que habían pasado hasta ahí, también habían tenido momentos de mucha ternura. Una ternura que se me había pasado por alto en medio de tanta genitalidad ensalivada y tanto nariguetazo, pero que ahí estaba, ahora me daba cuenta, esperando a que los protagonistas y los espectadores la reconozcamos para hacernos cargo de ella. También supe que en esos breves instantes había un amor que trascendía la ficción. Que Castro, el director, amaba a sus personajes y le dolían cada uno de sus desbordes y sus caídas, que lo atemorizaba la forma en que se ponían en riesgo de manera constante. El amor de un creador por sus criaturas que, lejos de la omnipotencia de otros dioses, no quería desentenderse de sus destinos. Ál contrario de muchos directores, para quienes sus personajes son apenas peones a los que es posible sacrificar en nombre de un fin mayor –como emocionar al público, por ejemplo—, Castro parecía depender de Martín y de Guada, y no al revés. Era él quien necesitaba que les vaya mejor y en lugar de utilizarlos para hacer que yo ría o llore de forma automática a costa de sus desgracias, me convenció para que los tomara de la mano y me permitiera caer con ellos hasta el fondo de ese infierno que parecía no tener salida.
En esa caída me angustió ser testigo de cada una de las situaciones por las que Martín se obligaba a transitar, cada una más triste que la anterior. Me reconfortó verlo ir de compras con Guada, y después a almorzar juntos, otra vez pizza. Me dolió verlo arrastrarse entre el Abasto y Once, ya bien entrada una mañana, tratando de conseguirse otro gramo de merca como si fuera el último (y tal vez lo fuera). Y me conmovió el final, que sin salirse de esa oscuridad opresiva, logra que toda esa ternura y ese amor que Castro fue dejando como un rastro de miguitas de pan a lo largo de la película, aparezcan de manera clara y potente, sin magia ni happy endings y sin resignar sutileza. Uno de los mejores finales que se hayan filmado en la historia del cine argentino, porque esas dos breves escenas justifican de sobra tanto dolor hecho cine, del mismo modo en que todo el calvario previo justifica la salvación de esas dos almas en pena. La Noche demuestra que, así en la ficción como en la realidad, un único y breve instante de felicidad alcanzan para compensar el sufrimiento de toda una vida.
Al contrario de lo que todos pensamos, no hubo ni polémica ni escándalo en el Bafici tras el estreno de La Noche. Lo que hubo en su lugar fue una marea de periodistas, críticos y espectadores conmovidos por la sensibilidad de una película extraordinaria, que sin dudas se merece el reconocimiento de alguno de los premios importantes de la Competencia Internacional, como los de Mejor Película o Mejor Director. Y si eso no ocurriera, ahí sí que habrá polémica y escándalo. Peor todavía: sería un afano. No importa que tan buenas sean las otras películas: La Noche es más.  

Artículo publicado originalmente en el sitio online La Agenda.

domingo, 24 de abril de 2016

CULTURA - Comenzó la 42º Feria Internacional del Libro: Una pluralidad de voces y silencios

Quizá como nunca antes, la jornada de apertura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que va por su edición número 42, estuvo rodeada de un clima enrarecido, de expectativas variopintas entre las que convivían el optimismo con la incertidumbre y el temor. Optimismo porque la continuidad de la Feria siempre es una buena noticia, una sana costumbre que con más de cuatro décadas parece gozar cada vez más de buena salud. Incertidumbre y temor por que el inestable clima social pudiera trasladarse puertas adentro de esta fiesta de la industria editorial.
Ya en los días previos fuentes vinculadas tanto al gobierno nacional como a la administración porteña manifestaban su preocupación por la turbia imagen pública del ministro de Cultura de la ciudad Darío Lopérfido, un actor de importancia no menor en este asunto, en tanto un evento como la Feria del Libro se encuentra dentro de su área de influencia directa. Vale la pena recordar que históricamente Feria y gobierno porteño mantuvieron un vínculo que siempre fue muy próximo. Sirve como ejemplo la tradicional Noche de la Ciudad, que organizaba el anterior responsable de la cartera de Cultura porteña, Hernán Lombardi (hoy Ministro de Medios Públicos de la Nación), pero que Lopérfido eligió no continuar este año. A eso se suman los constantes episodios públicos de rechazo que el ministro de Cultura viene sufriendo desde que, con absoluta falta de tacto político y sin sentido de la oportunidad, se le ocurriera cuestionar el número de los desaparecidos, sugiriendo que dicha cifra obedecía antes al clientelismo que a la historia. Por todo esto, no llamó la atención de nadie que Lopérfido no se encontrara entre los funcionarios que asistieron al acto inaugural de esta edición.
Pero ahí no terminaban las preocupaciones. Aunque no en el mismo nivel que en el caso del ministro de Cultura, la figura del escritor Alberto Manguel, director designado de la Biblioteca Nacional, también se convirtió en un dolor de cabeza para aquellas mismas “fuentes cercanas”. Es que desde que el 22 de marzo se concretara el despido masivo de más de 200 empleados de la Biblioteca, su perfil quedó en el ojo de la tormenta. A partir de eso no fueron pocos los que concluyeron que su condición de asumir en su nuevo cargo a partir del próximo mes de junio, estaba destinada a no quedar vinculado con esta incómoda instancia de achicamiento de la planta. Pero quiso el destino que Manguel, quien vive desde hace años en el extranjero, también fuera el invitado de honor de la Feria a quien se le confió la tarea del discurso inaugural de esta edición. Una invitación que, como se encargó de aclarar en su discurso Martín Gremmelspacher, presidente de la Fundación El Libro, entidad organizadora del encuentro, había sido cursada meses antes de que el nuevo gobierno le ofreciera el sillón de Borges. Fue así como, de buenas a primeras, la Feria del Libro se encontró con una bomba de tiempo entre las manos. Lo que tanto el gobierno como la organización temían (siempre de manera extraoficial, aunque las voces de todos los pasillos lo daban como un hecho consumado) era que los despedidos intentaran manifestarse durante el discurso de Manguel y que la cosa derivara en algún incidente serio.
La profecía, sin embargo, se autocumplió de manera parcial, porque si bien hubo un grupo de personas que se manifestaron de manera abierta durante la alocución que el aún no asumido director dirigió a los presentes, no se registró ni un solo incidente que merezca ser definido como tal. Simplemente un grupo de entre 30 y 40 personas esperaron a que Manguel agarrara algo de velocidad con su discurso para, entonces sí, ponerse de pie y en respetuoso silencio exhibir a mano alzada una serie de pancartas con consignas y preguntas dirigidas al orador. “No a la Biblioteca offshore”, “Una biblioteca no es un negocio” o “¿Quién dirige la Biblioteca Nacional?”, fueron algunas de ellas. Sin apartarse de la lectura de su texto, el nuevo director ignoró por completo la presencia de aquellos que lo increpaban. En esa actitud no sólo parecía no atender a las legítimas dudas de ese grupo de personas autodefinidas como “lectores de la Biblioteca” (ver recuadro), sino apartar la mirada de una serie de cuestiones que lo involucran. Entre ellas la de cargar con la responsabilidad que implican los despidos y el desmantelamiento de la red de actividades ocurridos en la Biblioteca Nacional a poco de que finalmente ocupe su cargo, más de seis meses después de su designación.
La intervención duró no más de cinco minutos. Luego de que los manifestantes se retiraran en paz y por su propia voluntad, Manguel siguió hasta el final de su discurso sobre la relación entre Don Quijote y la ciudad de Buenos Aires. En él Manguel regresa sobre la primera de las aventuras del personaje de Cervantes. “Don Quijote se topa con Andresito, a quien su patrón ha atado a una encina y azota brutalmente porque el muchacho ha tenido la osadía de exigir los nueve meses de sueldo que se le deben”, relata Manguel y el paralelismo desborda actualidad. “Oyendo esto, Don Quijote ordena al patrón que lo desate y que le pague el dinero debido. Éste, azorado por la apariencia demencial del caballero, promete hacerlo. Andresito le implora a Don Quijote que no le crea, que no cumplirá su promesa, que su castigo será peor que antes, a lo cual Don Quijote responde que el patrón ha jurado acatar sus órdenes ‘por la ley de caballería’ y que no se atreverá a romper tal alto juramento. Por supuesto, en cuanto Don Quijote se aleja, el patrón vuelve a atar a Andresito a la encina y le da tantos azotes que lo deja por muerto.” Manguel remató la anécdota afirmando que “En el mundo real no basta la fe del lector”. En este caso no es difícil acordar con él.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.

jueves, 21 de abril de 2016

CINE - "Al final del tunel", de Rodrigo Grande: Un policial bien ajustado

Joaquín es muy huraño para ser aún joven, y vive solo. En realidad vive con Casimiro, un perrito cascarrabias como él, que de tan viejo ya ni se levanta de la alfombrita que tiene en un rincón del caserón. Postrado en una silla de ruedas con la que va de la sala al sótano, donde tiene su taller, Joaquín tampoco camina. Y un día llega Berta, una chica atractiva con una hijita, preguntando por el cuarto que Joaquín alquila en su terraza. Aunque ella es confianzuda, Joaquín la trata con hosca indiferencia. Pero justo él cumple años y ella le prepara una torta, y como trabaja de bailarina de caño le regala una sensual función privada. Mientras Berta le baila a Joaquín, un clip de montaje paralelo muestra cómo la hija de ella se gana la confianza de Casimiro. La música funde ambas escenas y mientras el numerito de Berta sube de temperatura, el pobre Casimiro, estimulado por la nena, se pone de pie después de mucho tiempo. Luego de eso no sería extraño que el propio Joaquín milagrosamente también se levantase de su silla, pero no: él no se para. Aunque cualquiera con algo de picardía, efecto Kuleshov mediante, podrá imaginar que lo que se le para a Joaquín es otra cosa.

El relato de estas primeras secuencias es una muestra que representa con fidelidad los lúdicos mecanismos narrativos y la estructura completa de Al final del túnel, el entretenido tercer largometraje del director rosarino Rodrigo Grande, después de Rosarigasinos (2001) y Cuestión de principios (2009). Un policial que avanza de manera vertiginosa y aferrado a un guión de hierro, en donde todas las piezas encastran de manera perfecta con una prolijidad poco frecuente. Una perfección y una prolijidad que tal vez se vuelvan un poco excesivas, pero que en vistas de tanto policial descuidado y hecho a los ponchazos (no solamente los del cine argentino), se agradecen largamente. Porque Al final del túnel tiene una gracia que Grande sabe dosificar, aportando el tono preciso que cada instancia del relato va demandando. De esa manera la película es un thriller cuando debe serlo; nunca abusa del drama, aunque juegue con sus límites; no teme pisar el acelerador para ponerse violenta y moderadamente explícita en el momento justo; ni mucho menos apelar a la comedia sobre el final, como si fuera consciente de que el juego de casualidades que propone no puede ser tomado demasiado en serio, si no es con esa bienvenida cuota de humor.
Una de las fuentes de inspiración más habituales del cine actual es la realidad, al punto de que la repetida leyenda que avisa que lo que está por verse se encuentra “basado en hechos reales” se ha convertido en un lugar común. Si bien Al final del túnel no lo dice en ningún momento, la base policial de su historia retoma desde la ficción (y de manera muy libre) el ya mítico caso de los boqueteros que robaron una sucursal del Banco Provincia en el barrio de Belgrano, durante el fin de semana de Año Nuevo en 2011. Cambiando algunos detalles superficiales (el robo ocurre en Navidad en lugar de Año Nuevo) o agregando otros para aportar sordidez y convertir a los malos en monstruos (sobre todo al líder de la banda, interpretado con sádica eficacia por Pablo Echarri), Al final del túnel busca despegarse de aquel robo espectacular en el que la banda de boqueteros cavaron durante seis meses un túnel de 30 metros para llegar desde una casa vecina hasta la bóveda del banco. Para terminar de tomar distancia, Grande escoge un punto de vista externo para contar la historia: el de Joaquín, ese hombre inválido cuya casa se encuentra entre el banco y la propiedad que los ladrones eligieron para empezar a construir su túnel.
En la piel del protagonista, Leonardo Sbaraglia revalida su lugar como uno de los actores preferidos por los productores de este tipo de películas de “alta gama” del cine argentino. Junto a Echarri, el aporte del eterno Federico Luppi y la española Clara Lago, encabezan un elenco que logra hacer que este cuento en donde las fatalidades son la clave, consiga ser verosímil.

Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.