martes, 23 de junio de 2020

ARTES - Fundación Andreani inaugura nueva sede de forma virtual: La acción a pesar de todo

Las distintas casas de cultura de la ciudad de Buenos Aires y de toda la Argentina se han visto obligadas, como el resto de la sociedad, a reconfigurar sus agendas y formatos para poder acomodarse y subsistir en la complicada realidad de la pandemia. Museos, teatros y centros culturales debieron aprender a desarrollar un alter ego virtual para mantenerse activos, sosteniendo el vínculo con su público a través de redes sociales y plataformas de streaming. Pero el caso de la Fundación Andreani resulta único dentro del panorama actual.
A pesar de haber sido creada en 1990, hace ya 30 años, con el fin de promover la cultura, las artes y la educación, la Fundación Andreani no contaba con una sede fija en la que centralizar sus múltiples actividades e iniciativas, que incluyen entre otras cosas la organización de conciertos, espectáculos de danzas, apoyo a artistas de disciplinas diversas y un importante premio anual a las artes visuales. Pero el 2020 estaba llamado a ser el año en que eso cambiaría. En coincidencia con su trigésimo aniversario, la Fundación Andreani había planeado inaugurar su flamante sede en el barrio de La Boca, ubicada en un caserón sobre la avenida Pedro de Mendoza, frente al paisaje del Riachuelo y a la vuelta del tradicional paseo de Caminito. Y cuando parecía que la pandemia obligaría a posponer la fiesta hasta nuevo aviso, sus responsables decidieron mantener el proyecto en movimiento, adaptándose a los tiempos que corren.
Por eso, poniéndole buena cara a los malos tiempos, la Fundación Andreani realizará este miércoles 24 de junio a las 19 la inauguración virtual de su nueva sede, una invitación abierta para que todo el mundo pueda participar de ella, uniéndose a la transmisión que se realizará a través de su propio canal de YouTube (https://www.youtube.com/fundacionandreaniok). La misma incluirá una serie de videos realizados por los miembros de El Pampero Cine, una de las productoras cinematográficas más prestigiosas del país, encabezada por un equipo creativo de lujo que integran los cineastas Laura Citarella, Agustín Mendilaharzu, Alejo Moguillansky y Mariano Llinás. Sus imágenes no solo buscan presentar en sociedad a los diferentes espacios de la nueva sede, sino recrear el clima festivo que de manera inevitable envuelve a cualquier inauguración. Ahí también se podrán escuchar los discursos del presidente de la Fundación, el empresario logístico Oscar Andreani, y de su fundadora y directora, María Rosa Andreani.
A través de uno de esos videos se podrá conocer también la historia del edificio que a partir del miércoles cobijará a la fundación, cuya remodelación fue encargada al prestigioso arquitecto Clorindo Testa. Ubicada en Av. Pedro de Mendoza 1981, la histórica casona forma parte de la identidad del barrio rivereño, inevitablemente asociado a la inmigración italiana y a su colectividad. Como tal, sus paredes cobijaron a muchas de las actividades que definen la idiosincrasia de La Boca. Construida durante la década de 1880, ahí desarrolló sus actividades un astillero, funcionó muchos años como un tradicional conventillo y fue la vivienda y atelier del artista plástico Rómulo Macció en los años '60.
Pero también fue una propiedad semi abandonada, de las tantas que se amontonaron por años en ese barrio ubicado en el límite sur de la ciudad. Con el resurgimiento de la zona a finales de los ’90, declarada por el gobierno porteño como Distrito de las Artes durante el año 2012, la vieja casa tuvo la posibilidad de comenzar una nueva vida. Adquirida por los Andreani, los trabajos de remodelación arrancaron en 2018, demandando una inversión inicial de 70 millones de pesos. El resultado final, que combina la arquitectura de la fachada original del edificio con una nueva estructura interna, inspirada en los materiales y los colores con los que los viejos vecinos le dieron al barrio su cálida y personal fisonomía, es digno de ser admirado.
Pasado el fervor inaugural, los visitantes podrán recorrer también de forma virtual las dos primeras muestras que la Fundación Andreani eligió para dar inicio a las actividades en la nueva sede. Se trata de Deep Unlearning: Ejercicios de Desaprendizaje, de Mariano Sardón y Mariano Sigman, y Coleccionar un mundo, del fotógrafo italiano Gian Paolo Minelli. Ambas estaban pensadas para ser visitadas de manera física, pero la pandemia ha impuesto un modo distinto, lo cual, como señalan desde la Fundación, resulta un enorme desafío. Las dos podrán recorrerse de manera virtual a través de www.fundacionandreani.org.ar.
Deep Unlearning es una instalación interactiva concebida como un híbrido en el que se combinan la neurociencia con robots industriales, sensores e inteligencia artificial con el fin de producir una obra que demanda de la interacción con el espectador. Sardón y Sigman trabajan en base a las teorías de Andrew Meltzoff, investigador en ciencias cognitivas que exploró en la gestualidad de los bebés y buscan conseguir en el público el “desaprendizaje” de la gestualidad mecánica, simbólicamente representada por los robots. A través de un sistema de pantallas y cámaras, la muestra demanda que los visitantes imiten los gestos que muestran una serie de videos de bebés, que luego de ser captados son reprocesados por un algoritmo de inteligencia artificial y proyectados en una serie de pantallas que completan la experiencia.
Como si se tratara de un juego de equilibrio, la muestra de Minelli se aleja de la innovación digital para recuperar el espíritu de lo analógico. Coleccionar un mundo es en realidad un recorrido fotográfico por las distintas instancias de transformación de la propia casa que ahora la alberga, en carácter de sede de la fundación. En sus imágenes se puede ver y seguir el proceso de diseño, demolición y remodelación que tuvieron por objeto al espacio del propio edificio.
Además de estas dos muestras, ya en el mes de julio se multiplicarán las actividades de la Fundación Andreani, sumándose el programa Residencia en residencia, en el que Agustín Mendilaharzu (teatro y cine), Constanza Feldman (danza), Lux Linder (plástica), Mariano Giraud (plástica) y Sofía Medici (teatro), cinco artistas muy reconocidos dentro de sus disciplinas, producirán materiales desde sus casas. De este modo, la Fundación Andreani se pone en marcha con la misma energía que si el espacio estuviera abierto al público. 

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar.

domingo, 21 de junio de 2020

LIBROS y CINE - "Soy leyenda", de Richard Matheson: El clásico perfecto para la pandemia


Si hay una novela cuya lectura resulta significativa en este contexto de pandemia y aislamiento, esa es Soy leyenda. Publicada por el estadounidense Richard Matheson en 1954, durante los primeros años de la Guerra Fría, Soy leyenda transcurre a mediados de los ’70. Robert Neville es el último ser humano sobre la Tierra tras el estallido de una guerra bacteriológica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. La soledad de Neville está remarcada por el hecho de que un gran número de personas se han convertido en vampiros, quienes acechan al protagonista durante las noches, obligándolo a vivir recluido.
Verdadero clásico de la ciencia ficción que desde hace años resulta imposible de encontrar en las librerías, la novela iba a ser relanzada durante el mes de mayo a través del renacido sello Minotauro, que durante los años sesenta fue responsable de introducir en América Latina a algunos de los autores más destacados del género, como Ray Bradbury, Philip K. Dick, Arthur Clarke o el propio Matheson. Pero a partir la alerta sanitaria provocada por la Covid-19, su llegada a los puntos de venta fue postergada aún sin fecha firme. De modo que por el momento solo es posible acceder a la versión electrónica del libro, disponible a través de .
Más allá de su argumento fantástico, Soy leyenda representa una reflexión sobre una cantidad de temas nada frívolos. Desde el carácter gregario de la raza humana al cuestionamiento de la idea de normalidad y su carácter de construcción social, pasando por el vínculo con los otros y el miedo que provocan las diferencias, todo eso puede hallar el lector atento en la obra de Matheson. Esta multiplicidad adquiere nuevas implicancias cuando su alegoría se superpone con los complejos escenarios actuales. Porque Soy leyenda no solo puede ser vista como una metáfora oportuna en tiempos de coronavirus, sino que se vuelve un espejo especialmente poderoso en el que hallar un reflejo del paisaje social desolador provocado por el asesinato de George Floyd.
La novela de Matheson es considerada precursora del film La noche de los muertos vivos (1968), extraordinaria ópera prima de George Romero, padre del zombi moderno. En ambos casos la trama se sostiene en el miedo al otro, al que se ve como una amenaza por fuera de los márgenes de lo normal y que, por lo tanto, debe ser exterminada. Ese carácter de influencia se extiende a la primera de las tres adaptaciones cinematográficas que se realizaron del libro.
Se trata de El último hombre sobre la tierra (1964), producción italo-estadounidense protagonizada por el inolvidable Vincent Price, actor icónico del cine de terror. En ella los vampiros son concebidos con características casi idénticas a las del zombi romeriano, de andar torpe y accionar inconsciente, cuyo único motor es alimentarse de los vivos. Muy respetuosa de la trama original (Matheson estuvo a cargo de la primera versión del guión), en El último hombre sobre la tierra también aparece una segunda clase de vampiros. En ellos la conciencia no solo no se ha perdido, sino que se han organizado en una nueva sociedad, construida sobre las ruinas de esa humanidad de la cual Neville es el último vestigio.
La novela volvería a ser llevada al cine en The Omega Man (1971, varios títulos en la Argentina), con Charlton Heston en el rol protagónico. Cargada de un claro subtexto político, en The Omega Man se responsabiliza a la Unión Soviética por el colapso de la humanidad y la lucha de Neville contra la nueva sociedad de los vampiros puede ser vista como la disputa entre el individuo consciente y libre, contra una masa colectiva integrada por chupasangres. Quien quiera ver en ello la rivalidad entre el capitalismo y el comunismo cuenta con elementos para justificarlo. 
La última adaptación es la que más se aleja de la trama original, a pesar de ser la única que respeta el nombre de la novela. Con Will Smith como Neville, Soy leyenda (2007) es una película de terror convencional, en la que el subtexto social ha sido descartado para dejar solo la cáscara del relato, a la que luego se rellenó con los lugares comunes del género. Un caso típico en el que el cine no consigue dialogar de igual a igual con la literatura.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 18 de junio de 2020

CINE - "Retrato incompleto de una canción infinita", de Roly Rauwolf: El genio invisible

Todos en el mundo de la música (intérpretes, fanáticos, periodistas) saben quién es Daniel Melero y cuál es el lugar que le corresponde dentro de la historia del rock nacional. Notable tecladista y compositor en un país en donde los tecladistas compositores son vacas sagradas (García, Páez, Calamaro), su nombre sin embargo está lejos de tener una popularidad acorde a sus blasones. Y, la verdad, es probable que nunca la tenga. Melero es el prócer musical más invisible, un fantasma celebérrimo que eligió mantenerse a la sombra de las figuras luminosas con las que trabajó de igual a igual. El documental Retrato de la canción infinita, escrito y dirigido por Roly Rauwolf, es un intento por revelar los misterios que guarda su nombre.
Su carrera despegó a comienzos de los ’80 con Los Encargados, banda seminal del tecno en Argentina que en 1986 grabó su único álbum: Silencio. Quizá no hayá otro grupo que con un solo disco tenga la importancia de Los Encargados en el desarrollo del rock vernáculo. A partir de ahí trabajó para algunos de los artistas más importantes del país. De hecho, es uno de los pocos músicos (¿el único?) que ha estado en ambas orillas de la disputa simbólica que enfrenta como espejos a Los Redondos y Soda Stereo. Con los primeros grabó el disco Oktubre. Con los segundos lo unió un vínculo fortísimo por el cual llego a ser considerado “El cuarto Soda”. Con ellos tocó y produjo los álbumes Canción animal y Dynamo, donde muchas canciones lo tienen como coautor, llegando a grabar junto a Cerati el disco Colores Santos.
El documental de Rauwolf trasciende el mero recuento de los puntos más visibles de la carrera de Melero, necesario para mensurar su estatura artística pero insuficiente para abordar a la figura de un modo profundo. Justamente lo que Retrato incompleto de la canción infinita revela es el genio y figura de un autodidacta inteligentísimo, que se autodefine como un músico intuitivo más atento a lo sonoro que a lo formal, capaz de enunciar conceptos simples pero cuya belleza y complejidad trascienden lo musical para darle forma a una suerte de teoría estética ad hoc. En la brevedad de película Melero no deja de tirar una frase contundente tras otra y el gran mérito del director ha sido el de estar ahí para que su cámara lo registre.
Retrato incompleto de la canción infinita está compuesta de una buena parte de material original que el montaje se encarga de poner a dialogar con un interesante archivo. Y aunque el dispositivo cinematográfico que desarrolla Rauwolf es en general sencillo y en ocasiones hasta convencional, con eso le alcanza para trazar un retrato intenso y amplio de su protagonista.
Melero siempre habla de rock (“estoy moldeado por el rock”, afirma), pero por ese camino siempre termina refiriéndose a otra cosa: a la belleza, a lo sensible, al universo. “Lo que hace el arte es ser símbolo. Corre un telón transparente que nadie quería atravesar, para llegar a donde está la nueva belleza, que por lo general no es linda ni de buen gusto.” El protagonista se identifica con la ruptura como medio creativo y no cree que sea el buen gusto lo que define al arte, sino su capacidad para marcar puntos de inflexión. “El gusto es algo que aplico a la comida”, sostiene. “No pretendo eso de la música, porque la música que más me influyó no pertenecía a mi gusto.”
Melero no para. “Lo inaceptable me parece que es mucho más campo del arte que lo aceptado. En esa configuración el cine me ayudó mucho. Por ejemplo: cuando la gente ve Plan 9 del espacio exterior de Ed Wood cree que hay que reírse, pero lo que yo veo ahí es la capacidad de construir a partir de los medios. Y de construir lo que finalmente es un clásico, porque es difícil que un clásico guste en el momento en que es expresado. Y en el rock todavía está por verse cuáles van a ser los clásicos”. Melero desafía, sabe que su lugar en el canon del rock argentino es marginal y lo reivindica: “Yo no soy famoso”, dice. “Yo soy exitoso. Y los exitosos no tenemos fans”. Melero dixit.

Retrato incompleto de la canción infinita se puede ver ACÁ


Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12. 

CINE - "Escondido", Miguel Baratta: Persistencia de la forma

“A partir de la morfología se puede saltar fácilmente al arte, a la ciencia, a la biología. Podemos saltar a la música. En diseño ese tipo de conexiones son importantes: trascender la propia disciplina a partir de la posibilidad de hacer formas.” El concepto lo transmite a sus alumnos Horacio Wainhaus, titular de la materia Morfología en la carrera de diseño de la Universidad de Buenos Aires. Se trata de una llave que abre la puerta a comprender la importancia de las formas no solo en esas disciplinas, sino como parte esencial en la configuración de lo humano. Además es el comienzo que Miguel Baratta eligió para su documental Escondido, un objeto complejo en el que lo morfológico juega un rol determinante tanto en lo cinematográfico como en lo narrativo, en el diseño sonoro y el montaje, o en el modo en que se hilvanan las distintas historias que componen una trama invisible que se revela ante el espectador.
Dentro del recorrido que lo morfológico tiene dentro del diseño, Baratta se concentra en la creación de meta-objetos. El procedimiento consiste en tomar un objeto para acumular en torno a él una red de otros objetos, a partir de la cual se pueda tener una idea de lo que la pieza original representa o significa. Una deconstrucción simbólica que ofrece una reflexión sobre aquello que ha quedado en el centro del sistema resultante. El director utiliza esa estructura para ir enhebrando historias alrededor de aquello que las grandes tragedias humanas ocultan detrás del horror de su capa más visible. La Guerra de Malvinas, la Conquista del desierto, el Holocausto o el plan de exterminio de la última dictadura en la Argentina son algunas de las paradas que el relato va haciendo conforme se desenvuelve.
Una serie de fotos de excombatientes exhibe un dolor que la sociedad ha preferido sepultar bajo la tierra del olvido. Una colección de restos humanos del Museo de Ciencias Naturales de La Plata revela el modo en que se utilizó a la ciencia para blanquear el exterminio de aquellos pueblos a los que se les arrebató la tierra que hoy es conocida como Argentina. Relatos de niños ocultos por sus familias para escapar de la muerte durante el nazismo. Fotografías que exhiben rostros hoy desaparecidos. Baratta encadena los relatos de tal modo que las líneas que se cruzan entre sí van generando esa meta-red, en cuyo centro se alza, bien visible, la dignidad humana que la prepotencia del horror se empeña en tratar de dejar fuera de campo. Esa continuidad se fortalece en el registro minucioso de los distintos meta-objetos que los alumnos de Wainhaus construyen y con un trabajo sonoro que funciona como amalgama, haciendo de Escondido un delicado ensayo acerca de la persistencia de aquello que se resiste a ser olvidado.  

Escondido se puede ver ACÁ.


Artículo publicado originalmente en la sección Espectáculos de Página/12.

lunes, 15 de junio de 2020

LIBROS - "Medio siglo con Borges", de Mario Vargas Llosa: Un gigante mirando el cielo

A partir de esta semana está disponible en España la edición en papel del nuevo libro del escritor peruano Mario Vargas Llosa, en cuyas páginas se dedica a reconstruir su relación con Jorge Luis Borges. Publicado bajo el título de Medio siglo con Borges (Alfaguara), se trata de una colección de artículos, conferencias, entrevistas, reseñas y notas que el último autor latinoamericano en recibir el Premio Nobel de Literatura utiliza para dar testimonio no solo de su vínculo con la obra del gran escritor argentino, una de las más importantes de las letras universales del siglo XX, sino también de la relación personal que construyó con él hasta su muerte. Aunque el libro ya se consigue en formato físico en las librerías españolas, la inactividad que la pandemia de covid-19 ha generado en la industria editorial a nivel local impide que por el momento los lectores argentinos puedan acceder al volumen.
El título por un lado hace referencia a la edad que tenía el peruano, nacido en 1936, cuando ocurrió la muerte de su admirado colega porteño, quien falleció en la ciudad de Ginebra, Suiza, el 14 de junio de 1986 (ayer se cumplieron 34 años). Pero de algún modo también remiten a una medida que busca simbolizar el tiempo, mucho, que Vargas Llosa le ha dedicado a ser un ferviente lector de Borges. El autor de La ciudad y los perros lo expresa con claridad en la contratapa del libro, al que define como el “testimonio de más de medio siglo de lecturas de un autor que ha sido para mí una fuente inagotable de placer intelectual”.
Medio siglo con Borges tiene el atractivo innegable de reunir en un mismo espacio literario a dos de los autores más importantes de las letras surgidas en América latina. No solo porque se trata de un escritor enorme –Vargas Llosa— hablando, analizando y recorriendo la obra de un colega al que admira como un alumno a un maestro eterno, sino porque le permite al lector ser testigo privilegiado de esos diálogos. En su edición del fin de semana, el diario El País de Madrid, el más importante de España, publicó a modo de adelanto una entrevista que Vargas Llosa le hizo a Borges en Buenos Aires, en el año 1981, incluida en el libro. La misma, que atraviesa casi todos los tópicos habituales de la charla borgeana -desde la facilidad del autor de Ficciones para recordar de memoria versos que leyó en su infancia o juventud; su preferencia del cuento por sobre la novela como género literario; su devoción por autores como Joseph Conrad o Henry James; las historias de su linaje patricio; y, claro, su particular mirada política- funciona como un entremés que anticipa el plato principal.
“Yo soy un viejo anarquista spenceriano y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario”, responde Borges cuando el otro le pregunta cuál cree que es el régimen político ideal. Con elegancia, Borges recurre a una utopía para hablar de política en tiempos en los que la Argentina todavía estaba sumida en lo peor de la última dictadura. Pero en su siguiente intervención Vargas Llosa, reconocido propulsor de las ideas liberales, le da un empujoncito: “Pero usted se considera un anarquista, básicamente un hombre que defiende la soberanía individual en contra del Estado”. Con toda intención el peruano trata de acercar dos conceptos que en la teoría no pueden estar más alejados: la idea de “soberanía individual” del anarquismo y el individualismo, base y sostén del liberalismo. El procedimiento resulta exitoso y le permite a Borges desplegar su peor cara. “Sí, sin embargo, no sé si somos dignos. En todo caso, no creo que este país sea digno de la democracia o de la anarquía. Quizás en otros países pueda hacerse, en Japón o en los países escandinavos”, expresa el escritor, cuya ceguera parecía extenderse a las atrocidades que ocurrían afuera, incluso a pocas cuadras de su departamento de Barrio Norte. “Aquí evidentemente las elecciones serían maléficas, nos traerían otro Frondizi u otros..., etcétera”, completa Borges, sacando a relucir su conocida costumbre de jamás nombrar a Perón, jugando con la idea, falazmente cándida, de que aquello que deja de nombrarse tarde o temprano también dejará de existir.
Durante aquel reportaje el entrevistador estaba lejos de ser la eminencia literaria que es en la actualidad y el entrevistado todavía era una fija para recibir el Nobel. No sería sino hasta un año después, cuando el premio finalmente recayó en manos del colombiano Gabriel García Márquez, que quedaría claro que para la Academia sueca el perfil político de un escritor también es importante a la hora de celebrar su obra. Las discusiones en torno al asunto siguen tan vigentes hoy como hace 40 años atrás y el caso de Vargas Llosa no está exento de sus implicancias.
El texto de la contratapa continúa con elocuencia, revelando el tamaño de la admiración que un escritor siente por el otro. “Muchas veces lo he releído [a Borges] y, a diferencia de lo que me ocurre con otros escritores que me marcaron, nunca me decepcionó; al contrario, cada nueva lectura renueva mi entusiasmo y felicidad, revelándome nuevos secretos y sutilezas de ese mundo borgeano tan inusitado en sus temas y tan diáfano y elegante en su expresión. Siempre leí a Borges no solo con la exaltación que despierta un gran escritor; también, con una indefinible nostalgia y la sensación de que algo de aquel deslumbrante universo salido de su imaginación y de su prosa me estará siempre negado, por más que tanto lo admire y goce con él.” Habrá que esperar para poder leer Medio siglo con Borges, pero sin dudas valdrá la pena.

Artículo publicado originalmente en el portal de noticias www.tiempoar.com.ar