jueves, 5 de febrero de 2015

CINE - "El destino de Júpiter" (Jupiter Ascending), de Lana y Andy Wachowski: Photoshop para la falta de talento

Cuando durante 1999 los hermanos Larry (hoy convertida en Lana) y Andy Wachowski terminaron de rodar su opus dos, seguro imaginaban un éxito; lo que no podían saber es que esa película, Matrix, representaría el desembarco definitivo de la tecnología digital en la industria cinematográfica. Estrenada poco más de un siglo después de que otros hermanos, los Lumière, echaran a andar el tren del cine como ya no se lo conoce (es decir: fílmico y físico), Matrix encarnó el triunfo de lo digital y lo virtual, marcando un hito estético y sobre todo tecnológico que trasciende la obra. Tres lustros después, los Wachowski construyeron una carrera que incluye dos secuelas de Matrix (2003), una psicodélica versión del clásico del manga y el animé Meteoro (2008) y la complicada antes que compleja Cloud Atlas: La red invisible (2012), firmada en trío junto al alemán Tom Tykwer. Con ninguna de ellas consiguieron siquiera rozar lo generado con Matrix. Su nuevo trabajo, El destino de Júpiter, no es la excepción y viene a poner otra vez en duda la solvencia de los Wachowski como cineastas.
Difícil afirmar que se trata de su peor película, porque tanto Recargado como Revoluciones, las secuelas de Matrix, eran tan malas que no es fácil decidirse por una de las tres. Ciencia ficción de nuevo, El destino de Júpiter es la historia de la Cenicienta pero sobreproducida y llevada al formato de una saga espacial en la que todo es desmesurado, barroco e inverosímil. Su preocupación por contar historias donde una fachada virtual enmascara la realidad –recurrencia que hasta puede vincularse al cambio de identidad transgénero de Larry a Lana–, acá termina convirtiendo drama en impostura y afectándolo todo, empezando por las actuaciones. Que Mila Kunis no es una gran actriz no es novedad, pero Channing Tatum venía dando muestras alentadoras tanto en el drama como en la comedia y ahora en cambio parece una marioneta perdida en un aquelarre digital. Pero el asunto está lejos de ser un problema aislado. Eddie Redmayne, ganador de un Globo de Oro y nominado al Oscar como mejor actor por su interpretación de Stephen Hawking en La teoría del todo (que también se estrena hoy), está tan insoportablemente afectado en el papel de un vengativo rey del espacio, que no dan ganas de ir a averiguar si tanto reconocimiento es justo o si, como siempre, la Academia distingue a cualquiera que interprete a un tullido.
El rubro sobreactuación tiene su correlato en la musicalización, que no deja escena sin saturar con orquestaciones épicas carentes de personalidad. Y qué decir del diseño de arte, que abusa de un monumentalismo tan recargado y rococó que las naves parecen el escenario ideal para un Almorzando con Mirtha Legrand intergaláctico. Si a eso se suma que ningún personaje genera empatía, que se abusa de los homenajes a otros clásicos de la ciencia ficción, que el argumento es tan básico como una telenovela pero con pretensiones de fábula social, que las partes graciosas no son graciosas, que las de acción aburren y que todo costó 175 millones de dólares, es fácil concluir que la tecnología podrá haber cambiado al cine, pero que todavía no se inventó un photoshop que disimule la falta de talento. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

domingo, 1 de febrero de 2015

LIBROS - "Obras Completas", de Jorge Luis Borges: El amor encandilado

Los enamoramientos son como el buen cine o los buenos libros, tienen la capacidad de imponerse a la realidad. Quienes caen bajo ese influjo son víctimas de magnificaciones y simplificaciones de lo más burdas, que consiguen hacer que los defectos, incluso los más crasos, se borroneen bajo la luz de la virtud. El enamoramiento es un amor encandilado. Esa es la metáfora, un poco chusca, es cierto, que mejor define mi vínculo con Borges. No sólo con su obra: con él. Durante mi infancia, antes de que se me ocurriera leerlo, su nombre resonaba en la biblioteca familiar y ahora sé que ese eco era el anuncio de que mi curiosidad tarde o temprano me entregaría a él como una novia deslumbrada. Pero el tiempo es enemigo de los enamorados y de a poco empecé a conocer también al hombre detrás de los cuentos y supe que hay cegueras que van más allá de la inutilidad de los ojos. Entendí que la distancia entre ficción y realidad es la misma que media entre la obra y su autor, o la que va del enamoramiento al desengaño. O simplemente al amor, porque todavía amo a Borges. Pero cuando quiero volver a enamorarme agarro cualquiera de sus cuentos y leo.  

Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 30 de enero de 2015

CINE - "Dios mío, ¿qué hemos hecho?" (Qu’est-ce qu’on a fait au Bon Dieu?), de Philippe de Chauveron: El triunfo de la simplificación

Cuando Dios mío, ¿qué hemos hecho?, de Philippe de Chauveron, se estrenó en Francia en abril del año pasado, la posibilidad de que los miembros de Charlie Hebdo fueran asesinados en la propia redacción de la revista a manos de una célula extremista islámica hubiera parecido un mal chiste. Sin embargo, apenas diez meses atrás esta película daba cuenta, a su modo, del estado de la construcción multicultural de la sociedad francesa en la actualidad. Se trata del retrato de la familia de Claude y Marie Verneuil, levantada sobre las bases culturales y sociales de la Francia gaullista de los años ’70 (que hoy equivale a un conservadurismo de pretensión bienpensante que se debate entre liberalismo y progresismo nacional). Ocurre que las tres hijas mayores del matrimonio se han casado con hijos de familias judías, musulmanas y chinas, negándoles a sus padres (sobre todo a Claude) el orgullo de un nieto “francés”. Pero todavía hay esperanza: que la menor, soltera aún, salve el honor familiar consiguiéndose un marido que se un "auténtico francés", blanco y católico. A partir de eso el film construye una serie de enredos basados exclusivamente en los choques culturales ocurridos entre papá y sus tres yernos, intentando convertirse en un modelo a escala de las tensiones que tienen lugar a nivel nacional en la Francia contemporánea: un multiculturalismo que, en gran medida, es el involuntario legado que la política colonialista del propio Charles de Gaulle le ha dejado al presente. 
Como se ve, Dios mío, ¿qué hemos hecho? tiene todos los elementos para convertirse en una incómoda pieza de autocrítica. Porque la figura de Claude encarna las contradicciones de un pueblo como el francés, que siendo padre de los derechos humanos modernos y portador del estandarte que pregona aquello de “liberté, égalité, fraternité”, en el fondo (y últimamente no tan al fondo: basta ver como se engrosan los números de la ultraderechista Marine Le Pen en las encuenstas) se sentiría más cómodo si pudiera evitar compartir su casa con ciertas visitas. Ese es el reflejo que la película intenta mostrar puertas adentro y lo que la ha convertido en la segunda más vista de la historia del cine en su país, con 12 millones de espectadores. Pero no siempre el podio de la taquilla equivale a grandes méritos cinematográficos: Dios mío, ¿qué hemos hecho? es una comedia esquemática, cuyo humor nunca supera lo obvio ni ofrece más que personajes sin profundidad. Sirve de ejemplo el Claude que compone Christian Clavier, en torno a quien gira toda la narración, que es esclavo de su propia corrección política y cuya construcción no está muy lejos del "Padre Progresista" de Diego Capusotto, personaje que ni siquiera se encuentra entre los más logrados del cómico argentino. Entonces quizá la causa de este éxito deba buscarse en la necesidad de los franceses de imaginar que lo que les pasa no es más que una serie de malos entendidos culturales y no el producto de un conflicto social profundo. O en el deseo de que la realidad pudiera ser apenas una comedia pavota y no el espanto que, a un año del estreno de la película, acaba de explotar entre las manos de La República. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y espectáculos de Página/12.

jueves, 29 de enero de 2015

CINE - "Busqueda implacable 3" (Taken 3), de Olivier Megaton: Ni con Liam Neeson alcanza

Podría decirse que Liam Neeson devino en estrella del cine de acción de manera inesperada y que casi sin querer acabó convertido en uno de esos actores que son un género en sí mismos. La punta de ese ovillo se encuentra en el origen de Búsqueda implacable, saga que una vez logrado el rango de trilogía parece haber llegado a su fin. Es cierto que Neeson mostró siempre buenas aptitudes para el cine de acción, basta recordar que tuvo una importante participación en proyectos como la segunda fase de La Guerra de las Galaxias, en Batman Inicia de Christopher Nolan y hasta su protagónico como superhéroe en Darkman, de Sam Raimi, hace 25 años. Aun así era difícil imaginarlo como un habitué de esos papeles que solían ir a parar a las manos de Stallone, Schwarzenegger, Willis, Gibson o Statham. Pero con la guía de ese industrial del cine que es Luc Besson, el actor irlandés comenzó un camino sólido interpretando a antihéroes que calzan muy bien con su perfil de prócer. Una carrera prolífica que de 2008 para acá ha sumado casi una decena de títulos, todos entretenidos y algunos de ellos, como la primera Búsqueda implacable, dirigida por Pierre Morel, o Non Stop – Sin Escalas, de Jaume Collet-Serrá, buenas películas de acción.
Y eso es lo que ofrece Búsqueda Implacable 3 que, igual que la segunda entrega de la saga, vuelve a ser dirigida por Olivier Megaton, uno de los amanuenses favoritos de Besson en su faceta de guionista/productor. Aunque esta vez la serie termina de alejarse definitivamente de la premisa que le dio origen y que justificaba su título original, Taken, que en este caso podría traducirse como “capturado/ capturada”. El mismo era una referencia directa al secuestro de una adolescente en París, a la que su padre, Bryan Mills, un ex agente de la CIA interpretado por Neeson, termina rescatando a sangre y fuego de una red de trata de personas destinadas a la prostitución. En el segundo episodio Mills todavía se enfrentaba a los parientes de los criminales que habían secuestrado a su hija, con la ciudad de Estambul como telón de fondo. Pero acá ya no hay secuestro ni nadie a quien el héroe deba rescatar, con lo cual se desdibuja un poco el personaje, aunque eso no significa que le falten problemas por resolver. En este caso, el asesinato de su propia ex esposa, crimen del cual él mismo es el principal sospechoso.
Búsqueda implacable 3 es el episodio más flojo de la saga, en donde el montaje del dispositivo de la intriga es más endeble, dejando al verosímil cinematográfico al límite del fracaso. La película no consigue ser efectiva en la imprescindible tarea de mantener sus secretos bajo control, permitiendo que sea sencillo saber qué personajes ocultan algo y cuáles están puestos para justificar los abracadabras del guión. La única que se mantiene en pie, sólida y confiable, es la capacidad de Neeson para hacer de Bryan Mills un personaje creible y querible. Parece bastante, y lo es, pero no alcanza.  

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

miércoles, 28 de enero de 2015

LIBROS - A cinco años de la muerte de J. D. Salinger: ¿Se viene el "Guardián entre el centeno 2"?

El calendario necrológico de la literatura (siempre útil para el periodista cultural) indica que ayer se cumplieron cinco años de la muerte del estadounidense Jerome David Salinger, uno de los autores más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX. Un espacio que ocupa a pesar de haber publicado apenas cuatro libros, de los cuales El guardián entre el centeno (1951) es el primero y más conocido, uno de los títulos fundamentales de la historia literaria de los Estados Unidos. Fue ese libro el que le dio una popularidad inmediata con la que no había siquiera soñado, pero que una vez conseguida deseó con todas sus fuerzas dejar de tener. Salinger publicó Levantad, carpinteros, la viga del tejado, su último libro, en 1963 y su último cuento dos años más tarde. Desde entonces hasta su muerte vivió recluido en su casa en la ciudad de Cornish, negándose incluso a dar entrevistas y sin volver a editar un solo texto. Para su desgracia, ese encierro hizo que su popularidad en lugar de irse apagando se convirtiera en mito: alcanza con leer la referencia que hace a su figura el español Enrique Vila Matas en su libro Bartleby y compañía para tener una perspectiva de en qué clase de héroes se convirtieron Salinger y su obra durante esos 45 años de reclusión voluntaria. 
Pero es fácil darse cuenta de cuál es la diferencia entre dejar de publicar y dejar de escribir. Porque los escritores escriben y es eso, y no las publicaciones, lo que los define. Algo que se comprobó a poco de su fallecimiento en 2010. Según revelaron sus biógrafos Shane Salerno y David Shields en La guerra privada de J.D. Salinger, hay cinco obras inéditas que el propio Salinger habría confiado a los responsables de su herencia para ser publicados a partir de 2015. Con lo cual es muy probable que este año se conozca el primero de esos libros. Entre ellos se contarían un volumen de cuentos relacionados con el libro Franny y Zoey, de 1961, y una versión retocada de una obra conocida pero aún no publicada, The Last and Best of the Peter Pans (1942), en la que aparece la familia Caulfield, uno de cuyos miembros, el adolescente Holden, protagoniza El guardián entre el centeno.
Como en cualquiera de los órdenes culturales y sociales, la Segunda Guerra Mundial marcó un istmo abrupto en el panorama de la literatura norteamericana. Un filtro insalvable a través del cual la realidad comenzó a trazar cada vez con más fuerza el perfil definitivo de la potencia hegemónica en que la victoria había convertido a los Estados Unidos. Desde el presente la figura de Salinger aparece como la manifestación más clara de la narrativa de ese momento histórico, sobre todo la mencionada El guardián entre el centeno y sus Nueve Cuentos de 1953. Junto a otros autores como Kurt Vonnegut y los integrantes del movimiento Beatnik, conforman la superficie visible de un témpano enorme que desde la literatura retrata y define a su tiempo. Eso explica que en su país haya sido uno de los escritores de mayor celebridad, más allá de los detalles extra literarios que ayudaron a hacer de él una leyenda involuntaria, como haber llevado su decisión de dejar de publicar a extremos insospechados. Un dato interesante lo aporta Edhasa, su casa editorial en la Argentina, quienes antes del fallecimiento del autor debían conformarse con publicar una vieja versión llena de galicismos y giros castizos que acaban convirtiéndose en escollos para los lectores sudamericanos, ya que el propio Salinger se negaba sistemáticamente a autorizar una nueva traducción. Un detalle que, como la ausencia de referencias biográficas, fotografías o reseñas editoriales en contratapa y solapas internas de los libros publicados, funciona como una extensión del carácter hosco y huraño de su autor.
La segunda historia que potencia el misterio de su figura y de su obra, se relaciona con dos hechos trágicos y ajenos. Cuando el 8 de Octubre de 1980 Mark Chapman mató a John Lennon en la puerta de su casa, frente al Central Park de New York, junto con el arma homicida llevaba un ejemplar de El guardián entre el centeno. Tres meses después, John Hinckley Jr. disparó contra el entonces presidente Ronald Reagan e hirió a tres personas. La policía buscó en el hotel en el que se alojaba el agresor y ahí encontró un ejemplar de la novela de Salinger. Estos hechos se agigantaron hasta convertirse en leyenda urbana: a partir de entonces se dice que El guardián entre el centeno ha sido fuente de inspiración para muchos asesinos; que se encuentra entre los libros marcados por la CIA o el FBI como potencialmente peligrosos, y que quien lo compra o solicita en las bibliotecas públicas norteamericanas es considerado de inmediato por estas agencias de seguridad como una virtual amenaza al sistema. Puede encontrarse un eco de esta teoría en la película La conspiración (Conspiracy theory, de Richard Donner, 1997), protagonizada por Mel Gibson y Julia Roberts.
Es cierto que la obra de Salinger tiene un bienvenido carácter revulsivo y que retrata con maestría la desesperanza y turbación de la adolescencia, pero eso no alcanza para estigmatizarla como mera inspiración para psicóticos. Un mecanismo reductivo clásico de una cultura como la norteamericana, que todavía conserva una fuerte marca del puritanismo heredado de algunos de sus primeros colonos, del que también han sido víctimas otras manifestaciones culturales como la aparición del rock and roll en los años ´50. Por eso debe advertirse a quienes busquen violentas apologías en El guardián entre el centeno que acabarán defraudados. En sus páginas Salinger hace el relato en primera persona de una noche en la vida de Holden Caufield, un adolescente que, producto de algunas tragedias y vicios familiares y sociales, no consigue encontrar su lugar en el mundo. Sabiendo que no volverá a ser aceptado en su prestigiosa escuela al año siguiente, Holden decide que es hora de hacer su propio camino antes que tener que enfrentar a sus padres, en quienes no ve otra cosa que mediocridad, estupidez y conformismo, reflejo de lo que percibe en el mundo. Esa noche escapará del colegio para dar vueltas solo por Nueva York, pretendiendo todo el tiempo ser lo que no es. Alquilará una habitación de hotel; intentará tomarse unos tragos y conquistar alguna mujer en un pub de medio pelo; se sentirá víctima del acoso de un antiguo profesor, en quien buscará apoyo. Y sólo acabará encontrando algo del sentido común que busca en el mundo de los adultos en su pequeña hermanita.
Con El guardián entre el centeno, Salinger pone de manifiesto las múltiples formas en que el sistema olvida al individuo y de qué manera es atropellada la inocencia. Todo eso en medio del exitismo imperial de los años ´50 en la floreciente Norte América. Una certera y crítica metáfora social que parece no haber perdido su vigencia, en un mundo cada vez más parcelado, a través de un relato que combina la ternura ácida con una desesperanza para la que parece no haber consuelo. Igual que para aquel escritor que encerrado en un rancho de Cornish creyó que podría olvidarse de ese mundo hostil, o al menos hacer que el mundo se olvidara de él. Pero no ocurrió nada de eso.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo.