domingo, 17 de noviembre de 2013

LIBROS - "A sangre fría", de Truman Capote: El verdadero horror era escribir

Habrá sido durante el verano de 1985, casi estoy seguro de eso, porque me lo pasé escuchando la Rock & Pop, que ese año había comenzado con sus transmisiones y tenían un separador con la voz de un joven Andrés Calamaro que avisaba que la 106,3 pasaría rock (y pop) las 24 horas del día. Con esa música de fondo me dediqué a escribir una novela sobre dos jóvenes que tras cometer un crimen escapan hacia la frontera. En la huida, su frenesí criminal los empuja a nuevos errores (horrores) y pronto me di cuenta de que el verdadero horror era seguir escribiendo. La culpa de ese error la tuvo A sangre fría, de Truman Capote. 
Creo recordar que alguna idea tenía acerca del carácter no ficcional de la novela (porque el libro es, ante todo, una novela) y no tengo dudas de que eso me martilló todavía más la pasión morbosa con que me enamoré de ella. De lo que no tenía noticias por entonces era de las pasiones de Capote, aunque, sólo leyendo, enseguida me di cuenta de que había algo más allá de las palabras que unía al autor con Perry, uno de los dos protagonistas. Algo que llegó hasta mí aquel verano y me empujó a escribir con esa pasión oscura de la que sólo los chicos y los enamorados son capaces.  

Columna publicada originalmente en el suplemento Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 15 de noviembre de 2013

LIBROS - "Metallica: Furia, sonido y velocidad", de Matías Recis y Daniel Gaguine: Una biografía, muchas polémicas

Dentro del amplio oficio de la escritura, cada trabajo tiene su complejidad y una obra biográfica no es precisamente de las más sencillas, mucho menos si el biografiado todavía no se ha dignado a trascender la materia. Es posible imaginar entonces la dificultad que representa una biografía que incluye, al menos, cuatro egos bien vivos que hace años surfean en la cresta de la ola. Eso es Metallica, la banda de rock pesado más importante del mundo en la actualidad, aunque tal afirmación impone ya desde el primer párrafo un arduo tema de discusión. Pero mejor volver unos pasos para atrás, para qué apurarse.
Acaba de llegar a las librerías del país Metallica: furia, sonido y velocidad, una biografía que busca reunir toda la información disponible acerca de este cuarteto estadounidense cuyos discos resultan cruciales para entender una parte muy importante de la historia del heavy metal, uno de los géneros más populares del rock, pero muchas veces injustamente despreciado. El libro, firmado por los argentinos Matías Recis y Daniel Gaguine, periodistas especializados en espectáculos en general y especialmente en temas vinculados a la cultura del rock, recorre la vida de los miembros de la banda, incluyendo a la media docena de músicos que alguna vez fueron parte de sus diferentes formaciones. Además de una buena provisión de anécdotas públicas y privadas, el trabajo de Recis y Gaguine se encarga de dividir el recorrido en períodos y de analizar casi dos decenas de trabajos de la banda, incluyendo discos, videos y recopilaciones. Los autores también incluyen algunos datos personales poco conocidos, como que James Hetfield, guitarrista y cantante de la banda, está casado desde 1997 con la rosarina Francesca Tomasi. Es decir, se encargan de mostrar a Metallica desde todos los perfiles posibles, pero sobre todo desde lo artístico y lo industrial, dos fuerzas en constante tensión dentro de la historia del grupo.
El libro resulta oportuno por varias razones. La primera tiene que ver estrictamente con el canal artístico: la celebración de los 30 años de Kill'em All, disco debut de la banda editado el 26 de julio de 1983, que significó un punto de quiebre dentro de la evolución del metal. Otras dos, relacionadas con el costado marketinero de la banda, son el reciente estreno de la película Through the Never, todavía disponible en las carteleras de algunos cines, y el inminente y promocionado show de la banda en la Antártida, con el auspicio de una muy vendida gaseosa baja en calorías. Ambos hechos, paradójicos y opuestos, resultan sin embargo una síntesis eficaz de lo que Metallica es y no sólo de lo que representa. Que por cierto no es lo mismo y Metallica: furia, sonido y velocidad sabe dar cuenta de ese carácter dual.
El origen de Metallica es similar al de cualquiera de las otras bandas que alguna vez hayan sacudido a la música juvenil, de Los Beatles a Nirvana, pasando por Black Sabbath, Sex Pistols y algunas pocas más: un grupo de adolescentes un poco raros, en busca de ese lugar en el mundo en donde las palabras y los sonidos coincidan con lo que se siente. No es casual que Metallica virtualmente inventara el thrash metal, fusión de la agresividad y la técnica musical del heavy metal con la furia y el inconformismo del punk y el hardcore. Tarea en la que, es justo decirlo, no estuvieron solos: bandas como Slayer, Megadeth, Kreator, Exodus, Anthrax, Coroner o Sodom colaboraron en la etapa fundacional de ese género que volcó al metal a un camino cada vez más pesado. Pero le correspondió a Metallica ser pioneros en muchas cosas, como haber grabado ese primer disco que sentaría las bases, o ser la primera y tal vez única banda del gueto thrash en pasar de la popularidad a la masividad, que tampoco es lo mismo.
El libro de Recis y Gaguine expone sin subrayar el camino que los llevó de ser una banda de chicos tocando lo que les gusta a convertirse en una empresa de señores que hacen negocios. Desde hace tiempo Metallica difícilmente sorprenda con sus creaciones, algo que no siempre fue así (ver recuadro), sin embargo se han convertido en una estructura industrial que necesita generar impactos comerciales que la sostengan. De ese modo se entiende mejor el estreno de Thruogh the Nerver, un concierto filmado, falazmente presentado como película, o el bizarro concierto en la Antártida que ya causó algunas polémicas en la Argentina, a partir de que un grupo de fanáticos pusiera en duda la transparencia del concurso que define quiénes viajarán a ver a la banda tocar en el hielo. Hechos que dejan bastante claro que Metallica está más cerca de cotizar en bolsa que de ser parte de ninguna revolución.

 UN RECORRIDO DISCOGRÁFICO

Metallica quedará en la historia del rock por haber reunido por primera vez todos los elementos sobre los que se fundó el Thrash Metal. Kill’em all fue un disco revolucionario y fundacional, que le quitó al heavy metal las pretensiones de virtuosismo sin resignar precisión ni complejidad (musical y técnica), sumando la suciedad y la rabia contestataria del punk. Sus siguientes discos perfeccionaron la fórmula y sin dudas Master of puppets representa la cima del género en cuanto a calidad compositiva. No es una locura comparar ese disco con alguno de bandas como Pink Floyd o King Crimson. Aunque en realidad And justice for all representa su trabajo más complejo desde lo musical y también el más influyente: a finales de los años 80, siete de cada diez bandas de Thrash querían sonar como ellos. Tan complicados son los temas del disco, que algunos nunca fueron tocados en vivo. En Youtube pueden verse las dificultades que el baterista Lars Ulrich tuvo con uno de esos temas durante las sesiones de grabación del juego Guitar Hero. Con el Álbum negro, en 1991, llegó para Metallica el tiempo de la masividad. Sin dejar de sonar pesado, la estructura de sus canciones eran menos ambiciosas y más preocupadas por agradar que por conmover. El salto fue enorme y la banda pasó de vender muchos discos a vender millones. En lugar de persistir en la búsqueda de nuevos caminos, Metallica intentó acoplarse a los cambios que otras bandas habían impulsado desde el grunge y el rock alternativo. El resultado fueron Load y Re Load, dos discos desparejos y alejados de la esencia de la banda. Lo mismo puede decirse de St. Anger, en el que buscaron modernizarse, asimilando el sonido de bandas como Korn. Finalmente hace cinco años editaron Death Magnetic, disco en el que intentan regresar a And justice for all, el punto de inflexión. En algunos temas se acercan bastante; en otros parecen una banda tratando de copiar a Metallica.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

jueves, 14 de noviembre de 2013

CINE - "Thor, Un mundo oscuro" (Thor: The dark world), de Alan Taylor: Un universo continuo

Los estudios Marvel Comics han llegado a establecer un estándar de calidad para las películas basadas en sus propios personajes, a partir de una fórmula que ha dado por resultado las mejores películas de sus series. Esta fórmula no es un misterio ni un secreto y ha tenido sus mejores exponentes en aquellos títulos en los que el carismático Robert Downey Jr. se encargó de interpretar el personaje de Tony Stark/Iron Man. La operación (acción + humor) multiplicada por protagonistas carismáticos le ha reportado a Marvel buenos dividendos cuando la ha cumplido, porque el público respondió a ese estímulo. No es casual que las películas de Iron Man estén entre las más vistas del estudio o que la primera de Thor haya resultado más exitosa en las boleterías que la de Capitán América. Y en vistas de que, en efecto, vuelve a cumplir a la perfección con los ingredientes de la receta, Thor: Un mundo oscuro repetirá esa performance.
Esta segunda entrega que tiene como protagonista al Dios del Trueno, dirigida por Alan Taylor, aprovecha varios aciertos del episodio original, a cargo del gran Kenneth Brannagh, quien en primer lugar había sabido encontrar y explotar el costado clásico que estos personajes basados en la mitología germánica tienen en potencia. Las intrigas palaciegas, los celos entre hermanos que resultan ser hermanastros, la muerte del padre (o la madre) y las historias de amor entre seres de distinta clase, tan propios de Sófocles o Shakespeare como de las novelas de la tarde, siguen presentes en esta segunda parte. Del mismo modo, Thor: Un mundo oscuro tiene momentos brillantes de humor que, a pesar de no pasar de escenas o secuencias muy breves, la película utiliza con eficacia para ir apuntalando el relato en los momentos en los que podría empezar a flaquear. El punto fuerte del film de Taylor vuelve a ser la relación ambigua entre el protagonista y su hermanastro Loki, amo del engaño, personaje que consigue disputarle el protagonismo al héroe. El punto débil, un villano bastante estereotipado y, paradójicamente, desprovisto de todo humor.
Hay otro acierto que las películas de Marvel han sabido trasladar de una a otra y que no es ajeno a Thor: Un mundo oscuro, cierta cohesión entre ellas que genera una sensación de realidad paralela. Un hecho que también es un éxito de adaptación, porque esa continuidad es una de las características fuertes del sello. Es decir, las películas de Marvel registran y promueven una idea de “universo” que siempre estuvo presente en las aventuras impresas de sus personajes. La versión cinematográfica del Universo Marvel se vuelve tangible sobre todo a partir de la interconexión cada vez más profunda que las distintas películas van teniendo entre sí y que en el caso de los personajes que integran los Avengers ya lleva al menos diez películas. Un fenómeno que tal vez sea único en la historia del cine. Eso no hace que sus películas necesariamente sean buenas, pero por lo general tienen un piso aceptable y el sentido de unidad generado a partir de la aparición sorpresiva de algunos personajes en las películas de otros, o de las ya clásicas escenas ocultas entre los títulos finales, permiten que ese efecto de encadenamiento retroalimente las virtudes del conjunto. Y, cómo no, ahí está el feliz cameo del gran Stan Lee, autor de muchos de los personajes más importantes de Marvel, como prueba definitiva de lo valiosa que resulta esa unidad estética en términos comerciales. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

sábado, 9 de noviembre de 2013

CINE - "Las brujas" (Las brujas de Zugarramurdi), de Alex de la Iglesia: Humor de creativo publicitario

Existe un mito alrededor del vasco Alex de la Iglesia. Un mito entendido como relato más o menos fabuloso que se alimenta de un fondo lejano y muchas veces inasible, pero que puede contener algún fragmento de verdad. El mito de De la Iglesia dice que se trata de un director innovador y creativo, cultor consumado del relato fantástico y el humor absurdo, en cuyas películas se enfrentan siempre, de un modo u otro, el bien y el mal, y siempre dispuesto a llevar las cosas radicalmente al extremo. Varios de sus films confirman algunas de las premisas incluidas en esta improvisada definición ad hoc, y otras, en cambio, se cumplen mucho menos de lo que se cree. Las brujas, su nuevo trabajo, presentado durante el reciente Festival Internacional de Cine de San Sebastián viene confirmar cuánto hay de mitología en el cine de Alex.
Como en otros títulos, el director vuelve a encontrar una excusa para el relato en su propia comunidad. Se trata del carácter esencialmente aldeano que subyace en una cultura que, como la española, no puede evitar que por las grietas de una modernidad prefabricada se cuele un pasado medieval no tan lejano. La historia contada en Las brujas, como ocurría con la inolvidable El día de la bestia, remite de modo directo al fuerte legado que la Inquisición ha dejado en las identidades ibéricas. Algo que también pasaba, pero de modo más moderado y sutil, vía franquismo, en Muertos de risa y Balada triste de trompeta. Casi un cliché (o un mal chiste), el apellido del director podría pensarse como prueba irrefutable de hasta dónde llega dicha influencia./
De la Iglesia se mete ya desde el título de su nuevo trabajo con una de las obsesiones de la Inquisición, y el comienzo del film da cuenta de un cineasta ingenioso y lúcido, capaz de sorprender con un notable primer acto, construido con un timing que pocos directores en el mundo pueden jactarse de poseer. Ahí, un grupo de ladrones disfrazados de estatuas vivientes asaltan una casa de empeños, llevándose un pequeño tesoro de minúsculas piezas de oro. Tanto la forma falsamente desprolija con que esta escena es presentada, como el frenesí coreográfico de la acción y la eficacia con la que consigue que los actores disparen sus mordaces líneas a una velocidad que nunca resigna precisión, dan por ciertos algunos detalles del mito. Incluso la brillante secuencia de títulos parece anunciar al mejor De la Iglesia.
Pero a medida que la narración avanza, ese piso que la película propone en sus primeros 15/20 minutos le va quedando cada vez más alto. Y ahí donde parecía haber un director osado que se atrevía a jugar con el extremo de lo políticamente incorrecto, el devenir del relato acaba por (de)mostrar que apenas hay uno bastante conservador y falto de sutileza. De hecho resulta imperdonable abordar el estereotipo de la mujer como bruja desde un humor que, de tan ramplón, es más digno de un equipo de creativos publicitarios que del director que filmó la gran escena que abre esta misma película. Que, después de empezar tan bien, De la Iglesia decida contar su historia de fugitivos convertidos en víctimas de un aquelarre con recursos humorísticos que parecen extraídos de una propaganda de cerveza, provoca una franca decepción. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Pagina/12.

jueves, 7 de noviembre de 2013

¿CINE? - "Metallica through the never", de Nimród Antal: Un gran show, una corto pobre y nada de cine

Tal vez lo más interesante que puede surgir de un artefacto como Metallica through the never es una discusión acerca de los límites del cine. Es decir, ¿corresponde incluir dentro de esa categoría a cualquier cosa que sea pasible de proyectarse sobre una pantalla gigante? ¿Qué tan crucial es el aspecto narrativo a la hora de decidir si un producto audiovisual es o no es una película? Para no llevar las cosas más lejos de lo que el espacio de esta nota permite, debe decirse que para quien suscribe no hay cine en esta película, sino un show de la banda más grande del heavy metal actual (entiéndase esto en términos industriales y nunca en términos artísticos) filmado con soberbia (en todas las acepciones de la palabra) y con un corto de ficción como “hilo conductor”, cuyos fragmentos se intercalan cada dos o tres canciones. Es decir, no hay mucha diferencia entre esto y las óperas filmadas que cada tanto integran el menú que ofrecen los cines porteños.
Lo que sí hay en Through the never es pretensión. La pretensión de que la inclusión de ese corto (bien filmado, como todo el show, pero bastante endeble en términos narrativos) alcanza para colocar a esta pieza musical dentro de la definición de cine. La pretensión de una banda que busca provocar impactos de marketing antes que legítimos hechos artísticos. Todo se entiende mejor si se piensa en su promocionado show antártico, organizado por la gaseosa que refresca mejor. En tanto show filmado, se trata de una buena oportunidad para quienes gusten de la banda. No sólo porque se ha capturado su esencia en vivo, sino porque el playlist está bien elegido. Aunque se lo puede acusar de ser tan conservador como para conformar a todos, el repertorio se permite evitar algunas canciones de esas que no deberían faltar (“Seek and Destroy”, por ejemplo) y ese atrevimiento es un punto a favor. Sin embargo ningun acierto por el estilo convierte a este show filmado en cine. Ni hablar de ponerse analizar lo que se propone desde la ficción, una suerte de revuelta popular anti sistema que está en las antípodas de las actitudes políticas de la banda (¿Alguien recuerda Napster?). Sin dudas Metallica through the never es un producto más de una banda que hace años se piensa a sí misma como un emprendimiento comercial antes que como un grupo de artistas alguna vez fabuloso.