miércoles, 11 de septiembre de 2013

CINE - Semana el cine vietnamita en Buenos Aires: Entrevista con Ricardo Le, agregado cultural de Vietnam en la Argentina

Como parte de las actividades de la semana de Vietnam en Argentina, organizadas para celebrar los 40 años de relaciones bilaterales entre ambos países, hoy al mediodía en el cine Gaumont, se dará comienzo a la Semana de Cine Vietnamita. Participarán de la apertura el secretario de Cultura de Presidencia de la Nación, Jorge Coscia; el embajador vietnamita en Argentina, Nguyen Van Dao; la directora Nacional de Política Cultural y Cooperación Internacional, Mónica Guariglio; la presidenta del Instituto Nacional de Cine y Arte Audiovisual (INCAA), Liliana Mazure. El secretario y agregado cultural Ricardo Le fue el encargado de dialogar con Tiempo Argentino, para iluminar algunos aspectos de una cinematografía desconocida incluso para un público cinéfilo como el de Buenos Aires. “Esta es una gran oportunidad para nuestro cine y para estrechar todavía más los nexos entre la Argentina y Vietnam, específicamente en el sector cultural”, confiesa Le y cuenta que “el vietnamita es un cine joven, fundado en los años 50, y las películas incluidas en el ciclo representan distintas épocas de nuestra historia a partir de entonces.” 
No escapa a casi nadie que Vietnam fue uno el campo de batalla de una de las guerras más terribles del siglo XX, en la que el ejército revolucionario de este país consiguió derrotar a los Estados Unidos, la más grande potencia bélica de todos los tiempos, en su lucha por la libertad y la autodeterminación. “Nuestra historia ha pasado por muchas guerras. La última fue con los Estados Unidos, pero antes debimos librarnos del colonialismo francés”, afirma Le. El cine vietnamita acompañó y retrató las diferentes etapas de la historia de este país también joven, cuya independencia fue declarada en 1945 pero reconocida internacionalmente 9 años después. “Los años 50 fueron duros para el pueblo vietnamita, y la primera película que se presenta en el ciclo, Un ave paseriforme, retrata aquella época.” “Ya en los 60 la agresión norteamericana comenzó a ser el tema inevitable. Películas como Campo desierto o La niña de Hanoi retratan los sufrimientos que debió pasar el pueblo vietnamita como consecuencia de esa guerra”, completa Le.

-La selección muestra lo que significó esa guerra para Vietnam, pero la película No quemar ofrecer una mirada tan consciente del propio dolor como comprensiva del dolor enemigo. ¿Fue difícil aceptar esa otra cara de aquel enemigo?  
-Para nosotros era difícil ver esa otra cara. Durante la guerra el pueblo vietnamita realizó un esfuerzo enorme que nos obligó a enfocarnos en ese punto de vista, porque nos avalaba la razón y una causa justa. Entonces recibimos un apoyo internacional que no se limitó a los países amigos. En los propios Estados Unidos había enormes manifestaciones contra la guerra y fue muy importante el apoyo que recibimos de ellos, que también tenían motivos justos para sostener estos movimientos antibélicos. Hoy podemos reconocer el dolor del enemigo en aquellos que reclamaban que sacaran de Vietnam a sus hijos, a sus padres, a sus maridos, o en los soldados que tuvieron que pelear una guerra que no era las suya sino la de sus jefes.  
-La guerra de Vietnam es uno de los temas más frecuentes del cine estadounidense. ¿Cómo es la relación del espectador vietnamita con ese registro de la guerra?  
-Entendemos que cada régimen intenta encontrar los pretextos para justificar sus actos y sabemos que no tenemos posibilidad de cambiar su modo de pensar. Todavía somos pobres y débiles en tiempos de medios de comunicación, no somos masivos y eso supone una desventaja frente a esa propaganda. Pero la historia moderna ha demostrado que los amantes de la paz comparten nuestro punto de vista.  
-En Campo desierto llama la atención que los actores que interpretan a los norteamericanos también son vietnamitas. ¿Por qué?
-Durante la guerra existía un gobierno reconocido mundialmente establecido en Saigón, en el sur de Vietnam. Se trataba de un régimen de funcionarios vietnamitas manejado por los Estados Unidos y sólo reconocido por sus aliados, que intentaba establecer un gobierno soberano para manejar todo el territorio. Para conseguirlo trataron de vietnamitanizar la guerra, intentar legitimarla convirtiéndola en un conflicto entre dos bandos vietnamitas. Lo que la película muestra es que el ejército enemigo también contaba con muchos vietnamitas en sus filas.  
-¿Cómo evolucionó la industria del cine vietnamita desde los años 50 hasta hoy?
-Durante la guerra el cine no sólo aportaba al valor estético y cultural, sino también al valor revolucionario. El cine formaba parte del apoyo espiritual en aquella lucha. Cuando se consigue la paz y la unificación del país, el cine nos acompañó en esa nueva época, y se convirtió en una herramienta útil para reflexionar sobre los males que se derivan del proceso de occidentalización de Vietnam.  
-¿En qué consiste ese proceso?  
-En una apertura económica y una integración internacional que se viene realizando desde 1986, que nos ha aportado valores de otros países y que nosotros intentamos adaptar a los nuestros. Lamentablemente siempre hay un lado negativo que acompaña cualquier beneficio, que se genera como consecuencia secundaria del proceso de globalización. Los problemas de drogas o prostitución son nuevos temas que también se reflejan en nuestro cine.  
-¿Cuál es el objetivos de este tipo de semanas de fomento cultural en otros países?  
-Tratamos de llegar al público con un cine inocente, pero capaz de transmitir lo que ha atravesado nuestro pueblo y una imagen vietnamita pacífica. La cultura es fundamental para conectar seres humanos, porque no tiene límites ni fronteras. Y también quisiéramos que el cine argentino estuviera más presente en nuestro país, porque la imagen argentina es muy querida en Vietnam.
 -¿Por qué?  
-Bueno, yo de niño soñaba con venir para acá, porque me estimulaba mucho la imagen de Maradona. En Vietnam éramos fanáticos de Argentina durante los mundiales de fútbol de 1986 y 1990. Ahora hay en Vietnam dos restaurantes argentinos, donde se puede disfrutar del asado: ya ves como las bases culturales nos aproximan y nos permiten ser más comprensivos.

La programación día por día

Todas las películas se proyectan a las 19 en el Cine Gaumont, Av. Rivadavia 1635.



Jueves 12 de septiembre: Un ave paseriforme de Nguyen Van Thong (1962)
La pequeña Nga y su padre viven de la pesca en la orilla de un río. Este, además, tiene el deber secreto de ayudar a los revolucionarios a atravesar el río para cumplir sus misiones, y, a pesar de su edad, Nga quiere asistir a su padre a transportar a los guerrilleros. Los enemigos franceses sospechan que la familia tiene vínculos con la Resistencia.

Viernes 13 de septiembre: Campo desierto de Nguyen Hong Sen (1979)
La historia se centra en una pareja y su hijo pequeño, que viven en una cabaña situada en las aguas de la llanura. Fueron designados por la Revolución Vietnamita a mantener las líneas de comunicación militar. En esta obra, se describen los crímenes del imperialismo de los Estados Unidos y se expresa, profunda y entrañablemente, el amor familiar existente en las relaciones entre el padre y su hijo, el marido y su esposa, atravesando un guerra y sus constantes peligros.

Sábado 14 de septiembre: La niña de Hà Ni de Hai Ninh (1974)
Este filme retrata la vida en la capital de Vietnam, Hà Ni, en 1972. Ese año, las fuerzas aéreas de los Estados Unidos llevaron a cabo la operación Linebacker II, que implicó el bombardeo de Vietnam del Norte. En ese momento, la niña Ngoc Ha pierde a su familia. La calle donde vivía fue uno de los lugares más afectados, y se convirtió en un campo de batalla donde las tropas y el pueblo hanoiense se unieron en la lucha contra las fuerzas aéreas estadounidenses.

Dómingo 15 de septiembre: Octubre, ¿cuándo vendrás? De Dang Nhat Minh (1984)
De regreso a su casa desde la frontera sudoeste, Duyen lleva un dolor indescriptible: su marido ha muerto. Sin embargo, lo oculta frente a todos los miembros de su familia, especialmente a su suegro, que se encuentra enfermo. Sin embargo, llegado un punto, Duyen no puede seguir ocultando la triste noticia.
Lunes 16 de septiembre: Extrañando la campiña de Dang Nhat Minh (1995)
Ngu y Nham, su cuñado, realizan tareas en el hogar familiar, puesto que su marida trabaja lejos de casa. Nham es un muchacho muy joven y comprende la situación de Ngu. Además, se encuentra Quyen, una chica que huyó del país, que actualmente se encuentra de visita y siente una profunda pasión por el paisaje y la gente de su aldea. La película trata del amor a la tierra natal, aun cuando se vive lejos, en distintas situaciones.

Martes 17 de septiembre: La historia de Pao de Ngo Quang Hai (2005)
Pao creció y fue criada por Kia. Durante su niñez, odiaba a su padre y no comprendía las actitudes de su madre, Sim, que abandonaba a sus hijos para buscar negocios en el mercado. Luego de algunos acontecimientos, Kia desaparece y todos imaginan que se ha suicidado.  Pao se ve obligada a ir en busca de su madre, Sim. En esta búsqueda, descubre que Kia no ha muerto y vive en otra aldea con un nuevo amor.

Miércoles 18 de septiembre: No quemar de Dang Nhat Minh (2009)
La historia está basada en El Diario de Đng Thuy Tram, escrito durante la guerra por una joven doctora de  Hà Ni. A los 24 años, Đng Thuy Tram se ofreció a trabajar en los campos de batalla en la provincia de Quang Ngai. Fue asesinada por fuerzas estadounidenses y un oficial descubrió su diario. Cuando estaba a punto de tirarlo al fuego, un oficial vietnamita le dijo: “No queme esto, tiene fuego en ello”. Contra las regulaciones, el oficial logró mantener el diario durante treinta y cinco años, hasta que se lo entregó a la madre de Đng Thuy Tram, en 2005. Cuando fue publicado en Vietnam, causó sensación nacional y se convirtió en un best-seller al poco tiempo. Se trata de un filme que permite conocer esta atrapante historia bélica.
 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino. 

sábado, 7 de septiembre de 2013

CULTURA - Entrevista con Andy Ovsejevich, Director Ejecutivo de Ciudad Cultural Konex: El barco del arte en un mar de economía

La Ciudad Cultural Konex es enorme, una fábrica desocupada convertida en casa de cultura, tierra ganada a la crisis en favor del arte. Un espacio joven pero ya clásico que despliega su ecléctica programación en medio del Abasto. El Konex, como se lo llama familiarmente –porque si algo ha conseguido desde su creación es crear una familia, un público fiel que apoya cada una de las iniciativas que ahí se ofrecen-, se dedica a fomentar las artes en vivo: espectáculos y obras musicales, y las diferentes posibilidades del arte dramático son parte habitual de su variado y bien pensado menú. Al frente de este emprendimiento se encuentra Andy Osejevich, director ejecutivo y gestor cultural responsable de definir y llevar adelante las políticas que, desde su apertura en 2005, sostienen este éxito construido con paciente firmeza.
Andy es amable y no pone ningún reparo cuando para empezar a hablar de su trabajo al frente del Konex, se le propone empezar por definir su profesión. “Los gestores culturales cumplimos con el rol de administrar las artes. Si hubiera que definirlo desde un punto de vista económico, se puede decir que los artistas crean la obra y los gestores nos ocupamos de insertarlas en el mercado”, dice Osejevich. Llama la atención la naturalización de la palabra mercado cuando se habla de cultura, porque a veces pareciera que importara más el marketing que los valores artísticos genuinos. Sin embargo él tiene una respuesta para ver ese detalle de un modo menos dramático. “Yo estudié economía, con lo cual mi mirada tiene un sesgo de análisis de mercados” aclara y amplía. “La articulación entre economía y cultura es muy interesante, desde lo micro, con el comportamiento del individuo, hasta lo macro, que tiene que ver más con qué sucede en las sociedades. Por un lado siempre conviví y tengo una afinidad especial con las artes, y por el lado de mi formación, con la economía. Ese background es lo que me permite hacer este vínculo con la gestión cultural”, resume Osejevich. 

 -¿Pero cómo se concilia la idea de lo mercantil con la de lo artístico?  
-No es difícil, siempre que esté claro que lo primordial no es la economía sino el arte. No me gusta cuando los productos pasan a ser meramente comerciales y se usa al arte como excusa. Cuando el arte es genuino y hay un creador artístico que trabaja movido por una cuestión vocacional o inspiracional, y un gestor simplemente (o no tan simplemente) trabaja para insertarlo en un mercado en busca de una demanda de consumo, entonces para mí es perfecto.  
-¿Pero no se corre el riesgo de pensar antes en lo que se consume en lugar de pensar en lo que se produce, de correr detrás del consumidor en lugar de generar la tendencia?
-El riesgo se corre, sin dudas. Y en la realidad suceden ambas cosas: hay un arte generado on demand, pero hay otro que nace por cuestiones genuinas. Desde el Konex tratamos de no trabajar sólo con productos exclusivamente comerciales, sino que buscamos lo otro, lo que tenga realmente algo para decir, y luego vemos cómo se hace para que eso tenga un lugar en el mercado.  
-Supongo que el trabajo de elegir determinadas obras o propuestas genera relaciones con los artistas elegidos, que produce que artista y espacio empiezan de algún modo a ser sinónimos. ¿Cómo se manejan esos vínculos?  
-No hay una regla general. Básicamente buscamos artistas que tengan alguna afinidad con nuestra identidad como organización cultural, y a partir de ahí se genera esa relación que considero positiva para ambas partes: al artista le permite desarrollarse y crecer, y para nosotros es un insumo que nos permite seguir generando proyectos. Esa es la relación natural entre los artistas y las organizaciones culturales, que se necesitan para poder hacer su trabajo.  
-Acabás de regresar de un congreso de gestión cultural en los Estados Unidos. ¿Quién lo organizaba y qué cuestiones se abordaron en él?  
-Es un programa que lleva adelante del Kennedy Center, el centro nacional de artes escénicas de los Estados Unidos, que está en Washington. Tiene más de 40 años de historia y nuclea espacios como la Ópera Nacional, la Sinfónica de Washington, la Compañía de Ballet. Dentro de él tienen un instituto de gestión cultural y dentro de este, un programa internacional, una beca para gestores culturales de todo el mundo. Tienen una enorme experiencia para transmitir y son los propios gestores culturales los encargados de hacerlo, con el objetivo de generar una metodología para elevar el nivel de los gestores y hacerlos más eficiente. Ellos plantean que hay muchas instancias de educación artística, pero no tantas en lo que se refiere a gestión.  
-¿Cómo se traslada esa experiencia a un espacio importante como el Konex, pero que así y todo está lejos de las posibilidades de gestión de un monstruo como el Kennedy Center?
-Son diferentes escalas y uno no apunta reproducir tal cual lo que ellos hacen allá, porque también es otra sociedad, otra idiosincrasia, otra economía. Aún así hay metodologías de gestión que son adquiribles y se pueden implementar.
-¿Por ejemplo?  
-Michael Kaiser, presidente del Kennedy Center, plantea un ciclo que hace que las organizaciones culturales sean sanas. Dice que si uno crea, produce o presenta buen arte y se ocupa de comunicarlo bien, va construyendo y fidelizando una comunidad de seguidores que pueden ser transformados en ingresos que deben ser reinvertidos en más y mejores proyectos de arte. Ese modelo, a pesar de las diferencias de escala, se puede aplicar en la Argentina y la forma es planificando, porque trabajar sobre la marcha no te da tiempo de proyectar y te dificulta encontrar los recursos.  
-Entre todo esto mencionás el asunto de la fidelización y el establecimiento del nombre, dos cosas que el Konex ya consiguió. ¿Qué sigue?
-Seguir creciendo, porque no considero que “ya estamos”, sino que venimos haciendo un buen trabajo y estamos bien posicionados. Pero no hay que pensar este ciclo como un círculo que se mantiene invariable, sino como un espiral, porque año tras año debería ir creciendo. Tenemos intenciones de expandirnos y arrancar con programas educativos. Pero siempre de un modo que tiene que ver con respetar el arte en sí mismo, no verlo solamente como “un medio para”, sino como un fin. Es necesario destacar eso, porque si no se corre el riesgo de interpretaciones equívocas. Es cierto que, por más que tenemos pocos años, la Ciudad Cultural Konex no es una organización que recién arranca. Considero que estamos bien instalados y tanto los artistas como el público nos siguen, pero hay mucho por hacer. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

viernes, 6 de septiembre de 2013

CINE - "Un piso para tres" (Posti in piedi paradiso), de Carlo Verdone: Trash all' italiana

No es poco ni muy bueno lo que puede decirse de una película como Un piso para tres, relato mediocre de intención humorística del director y actor Carlo Verdone, que intenta pegarse a la etiqueta de lo que se conoce (o conoció) como commedia all’ italiana. Se sabe que la picaresca italiana tuvo su auge y posterior decadencia con figuras muy populares como Alberto Sordi o Ugo Tognazzi a la cabeza, quienes supieron explotar legítimamente ese registro hasta los años ’80. Querer hacer lo mismo ya entrado el siglo XXI es un anacronismo que sólo podría reportar buenos resultados clonando a Tognazzi o Sordi, fallecidos hace rato, o reviviendo directores como Mario Monicelli o Dino Risi. Y ésa es la sensación que se tiene al ver esta comedia: la de estar en presencia de un rito mortuorio o de una invocación espiritista.
Pero no sólo porque Verdone pretenda insuflar a su relato el espíritu de un género que lleva décadas clínicamente muerto, sino porque también les endosa ese carácter a sus protagonistas. Se trata de tres tipos que ya han pasado la mediana edad y se encuentran, a su pesar, rodando la cuesta abajo de los primeros años de decadencia. Pero a no confundir: acá no se está afirmando que todo aquel que pasa los 50 no tiene otra alternativa que sentarse a esperar que le llegue la parca, sino que la película ha elegido no darles a sus personajes más oportunidad que ésa. Y si bien en su epílogo se imposta un final feliz, éste resulta tan falso como una máscara funeraria y no hace más que ratificar que estos tres protagonistas no son sino mortos chi parlan. Un otrora exitoso productor de música pop que subsiste viviendo al fondo de una disquería especializada en rarezas; un crítico de cine miserable devenido periodista de chimentos por necesidad y un agente inmobiliario chanta, timbero y gigoló de señoras, que se ven obligados a compartir un departamento desvencijado para no terminar en la calle.
Aunque al inicio la película incluye un puñado de situaciones capaces de generar alguna sonrisa legítima, pronto comenzará a acumular otras que encienden la desconfianza. El humor se irá volviendo cada vez más básico (léase: pueril, banal, misógino), proponiendo situaciones que se pretenden folletinescas, pero que en lugar de acentuar el carácter cómico de los personajes sólo consiguen hacerlos ver cada vez más sórdidos, mezquinos y, sobre todo, terminales. A la par, algunos de ellos terminarán, de manera inverosímil, casi mágica, enamorados de (o encamados con) jovencitas, recurso que en lugar de resultar erótico representa una prueba adicional del carácter tanático de este film que, además de todo eso, es moralista y conservador. Si bien algunas pocas actuaciones son dignas dentro de la pobreza del panorama general, hay otras que pecan de una pornografía gestual que no ahorra en histrionismos burdos, histerias épicas y declamaciones a grito pelado, como si sólo fuera posible pensar al homo italicus desde ese estereotipo ramplón. Presentar a Un piso para tres como una commedia all’ italiana es entonces tan injusto como inexacto: quizá sería más certero hablar de trash all’ italiana. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

jueves, 5 de septiembre de 2013

CINE - "Aviones" (Planes), de Klay Hall: Cine de vuelo rasante

Se sabe que las Cars han sido dos de las películas más exitosas de la filmografía de Pixar en términos comerciales, ya que desde lo estrictamente cinematográfico puede decirse que se encuentran entre lo más flojo de lo surgido de ese estudio. Sobre todo la segunda de ellas, que es decididamente prescindible. No es extraño entonces que a partir de la producción de Aviones –relato que traspola (o amplía) ese universo a la aeronáutica– la saga haya pasado directamente a la órbita de la matriz Disney. Con buen tino, la decisión libera a Pixar de lidiar con la incomodidad de producir películas cuyo centro está corrido de lo meramente artístico hacia el lado del marketing. Porque si algo quedó claro es que el mundo de Cars, que ahora incluirá a los personajes de Aviones, pasó de ser una saga cinematográfica para convertirse en una de las franquicias más redituables dentro del gran negocio de la animación digital. Tal vez no en la taquilla, pero sí en la venta de productos adicionales. Por eso no se recomienda a quienes elijan ver esta película que lo hagan esperando encontrar en ella el noble espíritu de Pixar, sino que deberán conformarse con un relato clásico y hasta eficiente, dueño de un orden que le viene antes del marketing que del cine, pero, valga la paradoja, carente de vuelo.
Si bien es cierto que reproduce muchos de los esquemas y estructuras de Cars, curiosamente Aviones repite de manera casi textual el relato de Turbo, última película de Dreamworks (principal competencia de Disney/ Pixar). No caben dudas de que la historia de Dusty, una avioneta fumigadora que sueña con competir en carreras de aviones, tiene más en común con el caracol Theo que con el exitoso Rayo McQueen. A diferencia de este último, Dusty y Theo son dos lúmpenes que deben superar las limitaciones de su propia clase para alcanzar un éxito que hasta entonces sólo era posible en el marco de la fantasía. De hecho, no parece casual que ambas películas comiencen jugando con los sueños de sus protagonistas, porque, como en el caso del caracol de carreras, la historia de Dusty recupera lo primordial del sueño americano, esa idea de que todo es posible para cualquiera. Mientras el Rayo era un aristócrata, una estrella desplazada que buscaba recuperar su lugar de privilegio, Dusty y Theo son dos obreros en busca del ascenso social. No por nada el caracol forma parte de una comunidad pseudo rural que desea abandonar; no por nada el relator de la carrera de aviones (a quien el gran Gonzalo Bonadeo presta su voz con naturalidad) menciona que el ingreso de Dusty al mundo selecto de la competencia lo convierte en “el héroe de la clase trabajadora”. Si alguna sorpresa depara Aviones es la de presentar este breve e inesperado insert de peronismo pop.
Sacando eso, y algunos gags y chistes bien presentados, Aviones no aporta mucho más que una galería de nuevos personajes para renovar el catálogo de merchandising del mundo Disney. Bastante menos de lo que el mismo estudio logró con algunos de sus últimos títulos, como la exquisita Enredados, o la discutible pero efectiva Ralph, el demoledor. 

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

LIBROS - "Dibujos invisibles", de Gervasio Troche: Paradojas posrelativistas como sueños dibujados

Hay algunas cosas que son difíciles de explicar. Por ejemplo: por qué es más prestigioso un artista que exhibe sus obras en una galería, que otro que las expone en un libro. O por qué se toma más en serio a quien se califica a sí mismo como pintor o artista plástico, que a otros a quienes se identifica con el arte gráfico, la historieta o el humor encerrado en cuadritos. El uruguayo Gervasio Troche es uno de esos artistas que hacen todavía más difícil entender la cuestión o dar una respuesta definitiva al asunto.
Sí, es probable que pocos hayan escuchado o leído sobre Troche y sin dudas las ilustraciones que acompañan a este texto pueden resultar ejemplos oportunos de su trabajo, pero difícilmente consigan dar cuenta de la infinita riqueza que sus dibujos de apariencia simple son capaces de contener. Una riqueza que comienza por lo meramente formal, por todo aquello ligado al trabajo y a la sencillez técnica con que este joven ilustrador realiza sus dibujos incluidos en el libro Dibujos invisibles, publicado recientemente por editorial Sudamericana. Lejos de toda pretensión grandilocuente y libre de cualquier intensión barroca, su trabajo saca máximo provecho de la línea pura y del contraste simple de blancos y negros siempre plenos.  
Pero sin duda la gran potencia de las imágenes creadas por Troche se encuentra en su capacidad para abrir caminos sorprendentes a través de la lógica cartesiana, la que rige un mundo que todavía se piensa a sí mismo con la mirada de Isaac Newton. En ese sentido puede decirse que la obra de Troche es claramente post relativista, porque capta como la de pocos artistas el carácter paradojal de la realidad. Es por eso que en sus dibujos, a pesar de lo naturalmente bidimensional de su trazo rústico y la monocromía, la tridimensionalidad estalla en el imaginativo e inesperado uso que el autor hace de los diferentes planos y los juegos de perspectiva ocultos en cada imagen. Puede decirse que su trabajo sería inexplicable sin el antecedente de artistas como el holandés Maurits Escher o el belga René Magritte. Ese tipo de paradojas que Troche despliega son algunos de los puentes desde los cuales se puede acceder al disfrute de sus creaciones. "Siempre me gusto atrofiar la realidad y cuando uno dibuja hace eso", afirma el dibujante, sabedor de los detalles que definen su obra. Del mismo modo es consciente de que "todas las paradojas que están en Dibujos invisibles parten de sentimientos puros y de la necesidad de crear un mundo propio", una característica que sólo aparece en artistas preocupados por dar cuenta del mundo en que viven y de un modo de observarlo. Muchos de sus dibujos muestran también una lista de temas sobre los que vuelve una y otra vez. La música, el cosmos, la lluvia, las ventanas, las escaleras, la luz o la oscuridad son elementos que pueden resultar palabras clave para conectar con esa mirada antes referida. "Son elementos que en algún momento me llamaron la atención y me dejaron fascinado, porque reconocí en ellos cierta magia y misterio. Cuando dibujo esas cosas encuentro paz y veo que me puedo expresar con más libertad", afirma. Y coincide en destacar que todo aquello que en sus dibujos son representaciones del mundo, son al mismo tiempo el reflejo de una mirada interior, porque todas esas "son cosas que también suceden dentro de mí: las lluvias son internas, es en mi interior que por momentos llueve." 
–La oscuridad es un tema recurrente, que aparece más como posibilidad para descubrir lo inesperado que como fuente de miedo. Un sitio en donde habitan sueños antes que lo siniestro.
–Es que antes de abrir mi blog pasé por unos años un poco difíciles creativamente... me sentía un poco perdido, veía que no me estaba expresando bien a través del gag visual con remate de humor. Entonces fui abandonando de a poco la idea de hacer reír, o de buscar un efecto sobre el público, o de hacer dibujos que se adaptaran a alguna línea editorial. De repente me sentí en cero, sin saber cómo seguir, pero con tremendas ganas de expresar un montón de sentimientos. En esa búsqueda lo primero que apareció fue un personaje con una linterna lo cual expresaba muy bien mi estado y me había entusiasmado mucho... creo que la luz de la linterna fue la que encontró en mí una nueva forma de expresarme. Fue una luz esperanzadora. Porque la oscuridad puede ser vacío, pero a veces también es saturación, y el haz de luz es una guía para poder convivir con ese vacío.
–El cine es justamente el arte de proyectar luz en la oscuridad. ¿Reconocés alguna influencia de él?
–Tengo recuerdos fuertes con el cine, sobre todo en mi infancia. Sin dudas, aunque no de manera consciente, esos momentos volvieron a aparecer en la hoja.
–Algunos dibujos remiten a la idea de lo infinito, son como nuevas versiones de los espejos enfrentados: el hombre con la linterna que es iluminado por otra linterna; o el otro que se asoma desde la sombra de otro. ¿Qué representa para vos lo infinito?
–El infinito que trato de dibujar son apenas pedacitos, detalles del infinito. El infinito que dibujo es simplemente una relación entre el más allá y mi más hondo interior a través del dibujo: si represento a la noche, siempre es para expresar una noche propia. Por más que dibuje millones de astros, lo que sucede en los dibujos sucede dentro de mí.
–Hay también una mirada social en tus trabajos. Los protagonistas de tus dibujos siempre son de clase media o trabajadores, que visten guardapolvos o parecen empleados de oficina, algunos con sus ropas remendadas o emparchadas. ¿Por qué?
–Cuando dibujo no hago mucho plan de cómo se vestirán mis personajes... los visto como lo que me rodea, lo que conozco, e incluso yo me visto así. Vengo de una familia de clase media baja y viví toda mi vida en barrios de clase trabajadora, de eso me nutrí toda mi vida. Entonces a la hora de dibujar gente, siempre hago lo que conozco y conocí. 


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.