miércoles, 12 de septiembre de 2012

CINE - 12º Festival de Cine Alemán: La mirada de esos otros

Comienza mañana la 12º edición del Festival de Cine Alemán, que tiene por objeto acercar al público porteño lo más destacado dentro de la producción cinematográfica germana más reciente. Gracias a la regularidad con que ha conseguido llegar a acumular su primera docena, este encuentro de cine ha ido convirtiéndose de a poco en una cita esperada dentro del calendario cultural de la ciudad, que le permite al cinéfilo local acceder a una importante cantidad de títulos que de otro modo no llegarían nunca a exhibirse en Buenos Aires. Y con una excelente calidad de exhibición, ya que todas las proyecciones se llevan a cabo en las salas del complejo Village Recoleta, sede habitual del evento.
En esta oportunidad el Festival de Cine Alemán, que se extenderá hasta el próximo miércoles 19, contará con una selección de largometrajes y otra de cortos, y un par de proyecciones especiales. Dentro de la programación principal se destaca el film Felicidad (Glück, 2011), de Doris Dörrie, una de las realizadoras alemanas más importantes de la actualidad. Muchos de sus trabajos son conocidos en la Argentina, algunos por haber sido estrenados comercialmente, como Las flores del cerezo, y otros por su paso por distintos festivales, como el BAFICI o ediciones anteriores de este mismo de Cine Alemán. Felicidad está basada en “Crime”, un relato del best-seller Ferdinand von Schirach, y sigue la relación entre dos jóvenes marginales, una chica que es refugiada de guerra que se prostituye para sobrevivir, y un muchacho punk que vive en la calle. Tomando la sordidez de los mundos que transita la pareja, subrayados por una estética sobrecargada y conscientemente kitsch, Dörrie consigue componer una historia de amor tan excéntrica como conmovedora. Otra de las películas que llaman la atención dentro de la programación es This ain’t California, de Marten Persiel. Este documental se basa en las imágenes originales de un grupo de jóvenes skaters que se dedicaban a patinar en los años '80 en Alemania Oriental. El film de Persiel muestra (y demuestra) que incluso en uno de los regímenes más estrictos del desaparecido bloque comunista del Este europeo, la juventud era capaz de encontrar espacios propios para expresar sus deseos, ansias y necesidades, aunque sea con el cuerpo, simplemente patinando. Y de paso permite descubrir que, lejos de las fantasías de Occidente, no todo era oscuridad al otro lado del Muro.
Dentro de los eventos especiales se encuentra el pre-estreno de El amigo alemán, de Jeanine Meerapfel. El film comienza en Buenos Aires y cuenta la historia de una hija de inmigrantes judío-alemanes y de su vecino y amigo, hijo de un ex teniente coronel de la SS, y recorrerá a través de sus personajes las diversas coyunturas históricas entre Europa y la Argentina. El amigo alemán, que cuenta con el trabajo de Celeste Cid en el rol protagónico femenino, resulta un bello ejemplo de aquello que se propone y consigue este Festival de Cine Alemán: unir dos culturas no tan ajenas a través del cine.


El Festival de Cine Alemán se lleva a cabo del 13 al 19 de septiembre en las salas del Village Recoleta, Vicente López 2050. Para ver la programación completa: www.cinealeman.com.ar

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

sábado, 8 de septiembre de 2012

CINE - La pelea de mi vida, de Jorge Nisco: Entre la piña y la manipulación

El box es uno de los deportes que más le ha dado de comer al cine, porque es donde con más claridad se reconoce al héroe épico tradicional. Pero también porque asimila mejor las estructuras dramáticas clásicas como la tragedia y la comedia, el melodrama y hasta el cuento de hadas. Basta recordar la saga Rocky, metro patrón para films de boxeo, pero también Toro salvaje (Scorsese), El campeón (Zeffirelli), Million Dollar Baby (Eastwood), las biopics sobre campeones como los Rockys Graziano (interpretado por Paul Newman en 1956) y Marciano, y hasta Gatica, el Mono, de Leonardo Fabio, para reconocer alguno o todos estos elementos. Si hubiera que ubicar dentro del grupo a La pelea de mi vida, se diría que está más cerca del melodrama de El campeón (pero sin golpes tan bajos), que de la épica de Rocky o del apunte social de las películas de Scorsese y Fabio.
Alex es un boxeador argentino venido a menos que, radicado en Colombia, se contenta con hacer unos pesos en combates arreglados por la mafia de las apuestas. Pero un día Alex tiene que pelear en presencia de Bruno, campeón del mundo también argentino, con quien parece ligarlo algún nudo del pasado, y entonces se negará a perder como indicaba el arreglo. Un poco por orgullo y otro para salvar su vida, Alex regresa al país. Pasaron más de diez años en los que nadie supo de él y todos lo creían muerto. Alex se entera que Sol, una novia rica a la que abandonó en su huida, tuvo un hijo suyo y que tras años de esperarlo al fin se casó para darle un padre al pequeño. El verdadero problema es que Sol murió y el padre adoptivo del chico es nada menos que Bruno. Casi todas las películas antes nombradas apelan a un imaginario asociado a la clase obrera y la cultura popular, que en combinación con la fantasía del ascenso social a las piñas acaban por cocer un caldo rico en propiedades míticas. La pelea de mi vida quisiera abrevar ahí, pero se permite licencias que malogran el intento.
En Rocky 3, el viejo entrenador Mickey le dice al héroe -que luego de tres películas se volvió rico y menos tonto que en las primeras- que no debe pelear con Kluber Lang (el personaje de Mr.T) porque ha perdido el hambre que lo llevó a ser campeón. Un hambre que ahora nutre a su rival. No se trataba sólo del hambre de gloria, sino de hambre real, el que empuja a chicos sin salida a encontrar un oficio en el boxeo. Eso, hambre, es lo que le falta a los protagonistas de La pelea de mi vida, dos tipos de clase media alta en los que no se atisba un pasado ni remotamente cercano al lumpen, del que suelen surgir los héroes del boxeo (real o cinematográfico). Ese perfil ABC1 del universo en donde se desarrolla, no arruina la película, pero afecta su verosímil. Por no hablar de la relación psicopática que ambos padres mantienen con el chico a partir de que el conflicto se desata, un festín de manipulaciones que harían las delicias de un gabinete psicopedagógico. Tampoco eso sería un problema si la película asumiera dichas conductas como espurias pero, al contrario, La pelea de mi vida cree que en esos actos retorcidos hay legítimas manifestaciones de amor. Con la ausencia de un personaje que ocupe el rol del “villano” -forma ociosa de evitar los clichés del sub género-, la película vuelve a caer en la manipulación y acaba castigando a uno de los protagonistas más que al otro (y tal vez al que menos lo merece), jugando un final agridulce por los motivos equivocados. Finalmente, el recurso del 3D aporta poco y sólo parece un intento de aprovechar la popularidad de los anteojitos en la boletería.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura y Espectáculos de Página/12.

viernes, 7 de septiembre de 2012

CINE - Papirosen, de Gastón Solnicki: Miro a mi familia y veo el mundo

Si hubo un premio cuya justicia difícilmente pueda ser discutida en la edición 2012 del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI), fue el que se llevó Papirosen, de Gastón Solnicki, ganadora de la Competencia Argentina. Se trata de un documental en el que el director realiza un retrato familiar a partir de filmaciones hogareñas, la mayoría registradas por él mismo en video, pero también por sus padres y abuelos en Súper 8 o VHS. Lejos del exhibicionismo banal de los reality show televisivos, esta intrusión (paradójicamente realizada por alguien que no es un intruso) comienza en Polonia poco antes de la invasión alemana que desató la Segunda Guerra Mundial y que arrastra el dolor de los que fueron perseguidos por llevar el estigma de simplemente ser judíos. Pero Papirosen -que significa Cigarrillos en ruso y es el título de una canción tradicional- no es una película elegíaca (aunque en su amplitud los lamentos también tengan un lugar), sino una oda, un canto de amor a la familia que incluye a cuatro generaciones. Tomando como disparador el nacimiento de su sobrino Mateo, que vino a inaugurar la última de esas camadas, Solnicki cuenta una historia en la que la abuela paterna se hace cargo de ser la voz ancestral que la relata. Claro que filmada por el menor de tres hermanos, la película no deja de tener la mirada revulsiva de un hijo hacia sus mayores, una mirada que declara con gracia el amor por los suyos, sin permitirse ser complaciente y no exenta de la impunidad que sólo se da en la más grande cercanía. “Sí, hacer una película de estas características es un acto de mucha impunidad, como sacarle una foto a alguien, conocido o desconocido, pero en situaciones de su intimidad. Incluso son actos de cierta violencia. Esa impunidad está en el centro del registro, pero en un sentido bueno, porque sólo a partir de ella se puede generar un material potente.”
-¿Cómo recibió tu familia el impacto de estar siendo observados?
-Bueno, todas las familias se documentan a sí mismas…
-Sí, pero no como proyecto a ser expuesto.
-Es que el proyecto no fue siempre claro. Ni siquiera para mí, e incluso una vez encarado no dejó de ser un acto muy fantasioso, hasta que llegó a exponerse en una pantalla. El impacto no ocurrió cuando les dije “voy a hacer una película con ustedes”, sino en el contexto mismo de la proyección, particularmente en el BAFICI.
-¿En qué momento te diste cuenta que en esos registros cotidianos de tu familia podía haber una película?
-No sé si hay un momento. Naturalmente la noche del nacimiento de mi sobrino en que empecé a filmarla, todavía no sabía bien lo que estaba haciendo, pero sin embargo lo hice con el rigor de quien cree que está haciendo una película. Recién cuatro años después volví a filmar, tomando ese material como antecedente, sintiendo que había algo interesante para contar a partir del crecimiento de Mateo, en quien me empiezo a ver reflejado en relación a mi infancia. Ahí empieza a aparecer la unión de esos dos puntos.
-Si uno continúa esa línea con que unís a Mateo con tu pasado, también es posible pensar que encontrás un futuro en el retrato que hacés de tu papá, y un futuro más lejano en el que hacés de tus abuelos.
-Sin dudas los vínculos familiares son complicados por esa proyección. Se ven en el otro cosas de uno mismo que gustan o no gustan, y curiosamente creo que eso se traslada al espectador, que puede reflejarse en ese vínculo que muestra la película a través de un voyeurismo que incomoda, porque a la vez que espía también se siente espiado en la medida que se reconoce. No sé cómo es el futuro, pero fue importante haber hecho la película siendo todavía hijo, porque creo que en el centro de ella está la paternidad. Me deja conectado con la idea de ser padre, tener mi propia familia y ver cómo hago para pasar por lo que me toque pasar.
-En tiempos de Reality Show, ¿no sentiste temor de que la película fuera relacionada con un formato tan maltratado?
-Yo mismo la relaciono. Hay algo del morbo de espiar la intimidad de una familia rica, digamos, que genera ese tipo de curiosidad. Pero creo que el recurso no está utilizado de esa manera, e incluso fuimos cuidadosos, porque hay situaciones de mucha fragilidad, ante las que no supe bien cómo posicionarme a la hora de filmar, pero menos a la hora de editar. Creo que la película evita ese tipo de manipulación. Al hacerla me amparé en la idea de sentir que lo hacía por el bienestar familiar y de hecho ha traído buenas consecuencias.
-La película consigue a partir de situaciones triviales, como un paseo de compras por Miami, tocar cuerdas profundas que exceden el marco familiar. ¿Esa trivialidad es una máscara?
-Es lo que tratamos de buscar, en qué puntos genuinos se podía apoyar la película. Creo que se da sobre todo en esta relación entre lo material y lo afectivo que en mi familia es bastante indisoluble. ¿Hasta qué punto se habla de guita y hasta qué punto se habla de amor? Ahí creo que hay una significación más universal y lo difícil era encontrar esa universalidad en la propia familia.
-En esa búsqueda de universalidad, Papirosen ilustra un fragmento importante de la historia judía, pero también retrata a cierta burguesía. En ambos casos lográs distintos grado de crítica sin resignar humor.
-¿Crítica en qué sentido?
-No evitás ser crudo. De hecho uno de los capítulos en los que dividiste la película se titula Los Miserables.
-Sí pero miserable tiene distintas acepciones. Entiendo que es ambiguo, pero miserable es alguien que sufre, que está en la miseria. No quise ponerlo como un insulto.
-Tampoco digo que sea un insulto, pero una vez elegida la palabra uno puede hacerla jugar en todas sus acepciones.
-Entiendo. Pero se trata de una cita al musical basado en la obra de Víctor Hugo, porque mi viejo siempre silba una de sus melodías. Respecto de lo crítico, no siento que haya una bajada de línea, no creo que sea descarnada.
-Tal vez no sea descarnada, pero tampoco condescendiente.
-No, pero no es crítica en un sentido acusador. A mi familia a lo sumo no les gusta verse en camisón o en bolas, pero no sienten que los estoy juzgando. Es más, cada uno cree que la película les da la razón en el marco de las pujas familiares. Lo cual es interesante.
-Y además, con este asunto de la forma en que se entrelazan amor y dinero, incluso te permitís jugar con algunos de los estereotipos más gruesos acerca de los judíos.
-Hasta podrían acusarme de antisemita (risas)
-Si bien no estás ausente, como director te has mantenido oculto en el retrato familiar. Pero en un momento apareces interrumpiendo una charla de tu papá y tu abuela, diciendo fuera de cuadro “no me van a dejar terminar nunca esta película”. Es sólo tu voz en off, pero tu presencia es muy potente en esa escena. Eso habla un poco de que a veces las obras se realizan a pesar el artista. ¿Hay algo de eso en Papirosen?
-Sí. Es interesante que lo veas así, porque hay otra escena donde es mi abuela la que pide el corte. Es una escena muy emotiva donde ella cuenta parte de su historia hasta que en un momento no puede más. Me dice con su acento polaco: “No podemos dejar para otro día, no quiero hablar más. Cortá”. No me dice dejame tranquila, no me molestes. Ni siquiera es “Cortala”. Dice “Cortá” y se coloca ella en el lugar de directora. No lo había pensado tan así, pero tanto que se habla de la ficción documental, ese es un momento en que inconscientemente estoy apelando a la mecánica más clásica del cine de ficción, a las órdenes de Corte y Acción.
-Además, si bien la película se dispara con el nacimiento de tu sobrino y después parece centrarse sobre la figura de tu padre y su lucha por recuperar su propia historia, su identidad, en definitiva la voz que rige la película, la encargada de contar la historia, es la de tu abuela.
-En ese sentido creo que es una película muy abierta, que puede ser leída desde distintos lugares. Ser el hijo menor de una familia; ser niño y que tus padres se separen; ser el padre y ver a tus hijos sufrir; ser una abuela y ver a tu familia desmembrarse. Creo que la película reproduce el organismo familiar en que los vínculos se construyen apoyándose unos en otros, una constelación sobre la que se apoya la película. Estoy de acuerdo con que mi abuela no sólo es la voz de la película, sino también un personaje entrañable. Parte de una generación que se lleva consigo al siglo XX.

Ecosistema BAFICI

En Septiembre de 2010, Papirosen se presentó en la sección Cine en Construcción del Festival Nacional de Cine de Río Negro. El premio se lo llevó Ausente, de Marco Berger, que luego ganaría el premio Teddy en el Festival de Berlín. Por su parte Papirosen compartió una mención con Tierra de los Padres, de Nicolás Prividera. Este año la película de Solnicki ganó la Competencia Argentina del 14º BAFICI, en tanto que la de Prividera no resultó seleccionada para ninguna de sus competencias, hecho que generó una carta pública en la que su director manifestó sus pruritos respecto del sistema de programación del festival y la cosa acabó en polémica. Los trascendidos indicaban que Papirosen había sido rechazada por el mismo festival en su edición anterior, habiéndosele sugerido al director que montara una nueva versión. “Es cierto que la película fue rechazada un año antes, pero nunca me sugirieron re-montarla”, corrige Solnicki. “La película no estaba terminada. Pero ninguna película argentina lo está cuando se presenta al BAFICI y llegan cagando. Pero es cierto que Sergio Wolf [último director de BAFICI, cargo que hoy ocupa Marcelo Panozzo] tenía una tendencia, que puede ser muy cuestionable, a considerar su lugar como dentro de un sistema de estudios, en donde viene el productor y te baja línea. Por más que lo hiciera con buena voluntad, se colocaba en un lugar muy raro que yo he sufrido. El BAFICI tiene derecho a hacer lo que quiera y en ese sentido no estoy de acuerdo con Prividera, más allá de que los criterios de selección sean arbitrarios o injustos y hasta mezquinos. Pero es parte del derecho constructivo de un festival decidir esto sí y esto no. Es raro que con una programación de 400 películas no se la haya mostrado, pero también es cierto que a cierto tipo de película nacional no incluirla en competencia es matarla y en ese caso es mejor no programarlas. En el caso de Papirosen fue positivo aquel rechazo, porque sirvió para terminar de resolver problemas de fondo que tenía. Pero si la película no iba al Festival de Locarno y se legitimaba por otros medios, tampoco sé si hubiera entrado al BAFICI.”

Papirosen se proyecta los viernes a las 20 en Malba, Figueroa Alcorta 3415 y los domingos a las 19:30 en las nuevas salas del Centro Cultural San Martín, Sarmiento 1551.

Versión ampliada del artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

martes, 4 de septiembre de 2012

LIBROS - "Éxodo jujeño", de Hernán Brienza: Una historia que ya tiene quien la escriba.

Ayer por la noche se realizó en el Sala Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional, la presentación de Éxodo jujeño, La gesta de Manuel Belgrano y un pueblo para construir una Nación, el nuevo libro de Hernán Brienza. En sus páginas, el periodista y politólogo reconstruye los hechos ocurridos en agosto de 1812, en el marco de la Guerra de la Independencia, cuando Belgrano, al mando del diezmado Ejército Revolucionario vencido en el desastre de Huaqui, decide replegarse hasta Tucumán, seguido por los hombres y mujeres del pueblo, quienes no dudaron en quemar todo (casas, bienes y cosechas), dejando a los ejércitos realistas sólo tierra arrasada. Se trata tal vez de la primera gesta popular de una nación que ha decidido su independencia. La primera y quizá la menos recordada.
Acompañado por una mesa de notables, integrada por Pacho O'Donnell, director del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego; por la periodista y directora de Radio Nacional, María Seoane, y por el periodista Roberto Caballero, Brienza presentó con orgullo su último trabajo, en un clima cordial y distendido. Seoane fue la primera en tomar la palabra: "Hacía mucho que no leía un libro que me hiciera sentir tan reconciliada con lo mejor de nuestra gente". Asi mismo se encargó de tender puentes a través de la historia entre aquella pueblada y otras gestas populares, como la del 17 de Octubre de 1945, o los movimientos ocurridos en diciembre de 2001 y en el año 2003. Y saludó con alegría la pasión puesta por el autor en su trabajo, ya que consideró que: "No hay posibilidades de abordar la historia de los pueblos sin una cuota muy alta de pasión, tal vez mucho más que de razón."
Roberto Caballero, por su parte, manifestó que "no es casualidad" que Brienza haya encargado de reivindicar el heroísmo del Éxodo jujeño "justo cuando se cumplen 200 años", porque considera que también los ecos de aquellos hechos tienen múltiples resonancias en las luchas y conquistas del presente. Asimismo valoró el trabajo del autor como muy importante para "las nuevas generaciones de militantes", ya que aporta un modelo como Manuel Belgrano, "un hombre lleno de virtudes que no son las de la figura del cuadro pintado". Y finalizó afirmando que "somos hijos de héroes como este y de esas rebeliones de los pobres".
Pacho O'Donnell fue el encargado de cerrar la ronda de oradores y lo hizo recordando una frase que complementa, o tal vez corrige, aquello de que la historia la escriben los que ganan. “Brienza suele decir al respecto que en realidad la Historia la ganan los que la escriben. Y esa es la tarea que nos hemos impuesto quienes compartimos el compromiso de difundir la historia. Lo que se propone Hernán con este nuevo libro." "La historia no se hizo porque Belgrano lo decidiera, sino porque hubo un momento social que lo hizo posible", continuó el historiador. Para finalizar, O'Donnell creyó conveniente destacar que "recordar a Belgrano como militar es ofenderlo, porque él era antes que nada un gran intelectual, cuya obra más grande fue acceder a dirigir los ejércitos de una nación que no tenía generales".
Todos coincidieron en destacar la importancia de abordar con nueva profundidad la figura de Belgrano y rescatar una gesta popular que hasta hoy no había tenido quien la escriba.


Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.

CINE - Bruno Dumont y su última película "Fuera de Satán" (Hors Satan): La fé en el cine

Dentro de una cartelera cinematográfica como la de Buenos Aires, cada vez más condescendiente con los vicios narrativos del (peor) cine norteamericano, la aparición de una película del director francés Bruno Dumont es una bienvenida pedrada en la cara. Porque Fuera de Satán, su película que se proyecta desde la semana pasada en la sala Lugones del teatro San Martín, es despabiladora. Brutalmente despabiladora. Y eso a pesar de (o justamente por) su ausencia de música, la austeridad de sus diálogos, o de su pensada y morosa progresión narrativa. Aunque eso de ningún modo significa que se trata de un film apto para cualquiera, sino todo lo contrario: Fuera de Satán en particular, y la obra de Dumont en general, representa un reto para el espectador. Un doble desafío en todo caso, que tanto abarca su construcción estética a contrapelo de las tendencias más comerciales dentro del universo del cine, como su punto de vista, una posición radical y revulsiva sobre conceptos como el Bien y el Mal. Una mirada no libre de ideología que puede volverse polémica en tanto involucra una crítica, poética pero abierta, sobre cuestiones como lo sagrado, la espiritualidad y las religiones. La cristiana en particular. Y es que Fuera de Satán ofrece una versión excéntrica de la liturgia y las mitologías evangélicas, característica que no es ajena al resto de la obra de Dumont: basta ver películas como La vida de Jesús, La humanidad o Entre la fé y la pasión.
La película transcurre en una aldea rural en la campiña normanda y cuenta la historia de un hombre solitario, casi un vagabundo, que mantiene una relación de ambigua amistad con una joven. Juntos comparten el tiempo, los rezos en medio de la naturaleza y las caminatas, pero también algún crimen. En ese lugar apartado y tranquilo, del que paradójicamente parece no haber salida, los protagonistas trazarán sin saberlo una línea muy fina que separa el bien del mal, sin que se sepa muchas veces por cuál de los dos lados caminan. “Si uno muestra acciones ordinarias de un modo natural, nada ocurre”, afirma Dumont. “Debe haber alguna desproporción en las acciones y en la interpretación de los actores, para que esta falta de equilibrio cobre un significado. Esto es lo que hace que los espectadores perciban algo más que lo que pueden ver a primera vista”. Es por eso que la tranquilidad de lo cotidiano transitado sobre ese filo, acabará indefectiblemente en estallidos de violencia tan breves como significativos. Los asesinatos, el deseo rechazado, la muerte de un ciervo, el exorcismo de una niña, el incendio de las cosechas y hasta una furiosa relación sexual, devienen actos rituales de innegable connotación espiritual y cada uno constituye, de algún modo, un milagro que invariablemente remite a relatos evangélicos. Sin embargo el director francés afirma que se propuso el desafío de intentar filmar un milagro sin “que necesariamente pudiera relacionárselo con lo religioso”, sobre todo porque, afirma, “no creo en Dios y mi película no exige ninguna fe por parte del público, más allá de la fe que el cine mismo demanda”.
En esta afirmación radica un punto nodal que puede servir para ver Fuera de Satán libres de los reparos y obstáculos que puede anteponer una interpretación religiosa demasiado conservadora. “Para mí el cine es aquello que permite que lo extraordinario pueda ser acomodado en lo ordinario”, reflexiona Dumont, “nos permite vislumbrar y percibir aquello de divino que hay en el hombre”. En efecto, más allá de sus múltiples lecturas, es evidente que las películas del director (y Fuera de Satán no es la excepción), asimilan al cine al relato religioso, tal vez porque, para él, “de algún modo el cine es semejante al misticismo. El misticismo dice ‘contempla la tierra y verás el cielo’. Bueno, ahí tenés: el cine también puede hacerlo, no necesitás una religión para eso”, concluye. Y aunque puede decirse que la historia de este hombre solitario y de la chica que lo sigue no es otra cosa que una alegoría sobre el bien y el mal, que alcanza brutales picos de explicitud, el francés considera que eso “puede ser dicho de casi cualquier película”. Y sostiene que Fuera de Satán “no es tanto una oposición simplista” acerca e la dualidad de lo bueno y lo malo, sino más bien una reflexión “sobre cómo uno construye su relación con el mundo, una relación en la cual el bien y mal realmente existen, pero en dónde lo importante es encontrar un lugar propio”. En ese recorrido, en esa búsqueda en la que, en definitiva, pueden resumirse miles de años de historia humana, tal vez se encuentre el punto de equilibrio de un cine tan complejo, y por eso tan rico, como el de este director francés. Fuera de Satán es una buena oportunidad para dejarse seducir por su cine, pero también para encontrar una obra revulsiva con la cual discutir. Para eso sirven, ni más ni menos, las buenas películas.


Dónde verla

Fuera de Satán, de Bruno Dumont, se proyectará en la Sala Leopoldo Lugones, av. Corrientes 1530, del martes 4 al domingo 9 de septiembre a las 14:30, 17, 19:30 y 22 horas.

Artículo publicado originalmente en la sección Cultura de Tiempo Argentino.